Por Mandinga
Hoy volví del trabajo, como cada tarde, odiando mi existencia, mi
rutina, mi ser. Abrí la puerta del departamento y allí estaba ella, mi fiel y
única amiga, recostada sobre su cama acolchada de color gris, hecha una bola,
completamente acurrucada. Me resultó extraño que no se lance al ataque con la
euforia y excitación con la que acostumbra recibirme, pero decidí no darle
importancia.
Fui a la cocina y puse la pava en el fuego. Uso fósforos, nunca me
gustaron los encendedores. Tomé una taza de la alacena y vertí el contenido del
sobre de sopa instantánea de zapallo, mi preferida, más, cuando llegaba cagado
de frío y sin ganas de cocinar. Esperé junto a la pava mientras me calentaba un
poco las manos con el calor que emanaba de la hornalla y una vez que el agua hirvió,
llené la taza y me dirigí al comedor.
Ya en el sillón, encendí la televisión y me acomodé debajo de una
manta, la misma con la que la tapo a ella las noches en que el frío se torna
insoportable. No. Ni loco dejo que duerma en mi cama conmigo, solo a veces, la
dejo que suba un rato si estoy leyendo un libro o trabajando desde la
computadora, también la dejo que me lama un poco, le gusta y debo admitir que a
mí también; suele acurrucarse entre mis piernas y allí se queda hasta que me
canso de sentirla contra mí cuerpo, o simplemente porque me da calor ¡Cómo odio
cuando me da calor! Me hace transpirar las bolas y debo admitir que eso me saca
de quicio, así que la termino echando de la cama con fastidio, ojo, no le pego
ni nada por el estilo, sería incapaz de lastimarla, tampoco soy un monstruo,
pero sí la empujo para que entienda que ya no quiero tenerla a mi lado y ella,
muy obediente, se aleja, da algunas vueltas por el comedor y va a parar a su
cama acolchada de color gris.
En la tele estaban dando uno de esos reality shows, como cada día,
cada tarde, cada noche, impregnando de grasa la pantalla, por suerte, fui hábil
y mi pulgar presionó con velocidad la tecla correspondiente para un segundo
después, estar en otro canal, el noticiero, no era mejor que el nefasto
programa, pero por lo menos aparecía alguna que otra actualidad bizarra,
pintada por una magistral pincelada de color político.
—Y vos, ¿qué mirás? —le dije en el momento en que noté que asomaba
apenas la mirada sobre el lomo. Me di cuenta de que me estaba mirando con
recelo, como si hubiera algo que le molestara.
Comencé a tildar mentalmente todas las cosas que hago por ella cada
día.
o
Comida en la
mañana, SÍ.
o
Salida al
patio, SÍ.
o
Comida en la
noche, aún no era la hora.
Por una milésima
de segundo, desvió su mirada hacia la puerta ventana que da al patio, fue casi
imperceptible, pero me di cuenta. Lentamente, dejé la taza en la mesa ratona,
retiré la manta que me cubría y me acerqué a ella, me agaché y comencé a
acariciarla donde más le gusta, suavemente, con el amor que únicamente yo sé
darle y ella, me lo agradeció con una sonrisa y, sin quererlo, otra vez sus
ojitos color miel se desviaron hacia la puerta ventana que da al patio.
Esperé, como el león que aguarda a su presa.
Conté hasta diez y giré velozmente la cabeza para ver cómo esa rata
inmunda se ocultaba detrás del muro, no era la primera vez que veía a ese
desgraciado espiando, maldito enfermo, ni siquiera puedo pensar en las cosas
que debe hacer mientras la espía y ella, tan inocente, tan vulnerable. Salí
disparado como un cohete, abrí de un golpe la puerta de vidrio que resonó con
furia, haciendo temblar el cristal y de un salto me trepé a la pared que divide
mi departamento del de ese hijo de puta.
—¡¡ENFERMO!! —grité, con una mezcla de furia y decepción, al darme
cuenta que ya no estaba allí —Rápido como la rata de mierda que sos —dije para
mí mismo —¡Sé muy bien que estás ahí! —arremetí nuevamente— ¡Sé que me estas
mirando, déjate de joder porque te voy a ir a buscar, forro, o mejor, si querés
ver algo vení y tocame timbre que te espero con los brazos abiertos!
Me bajé ofuscado por la situación y me prometí llamar al herrero al
día siguiente para cerrar todo el perímetro del patio. Me enfermaba la
posibilidad de que ese tipo, ese enfermo hijo de puta, pueda haber saltado
algún día mientras yo estaba trabajando y la haya tocado o quién sabe qué cosa.
Me metí nuevamente y cerré con traba sin dejar de mirar para el lado del muro
divisorio, sabiendo que ya no iba a aparecer nuevamente, por lo menos, por esta
noche.
—Ya está, ya está, no tengas miedo que este tipo malo ya se fue, no
te preocupes, mañana traigo a alguien para que cierre todo eso y compro unas
cortinas de esas que no dejan ver nada para adentro, así que quedate
tranquilita.
Me respondió con un lamento, casi un aullido que me dejó duro y me
hizo pensar lo siguiente:
¿Estaba triste porque se sintió vulnerada o porque eché a ese
fisgón?
Me sentí perturbado y nuevamente el pensamiento de que quizás ese
loquito podría haber entrado y haberla tocado como sólo yo lo hago, hizo que me
ponga rojo de la rabia.
Le pregunté si alguna vez había estado en contacto con él,
esperando una respuesta que estaba seguro que no llegaría, tan solo agachó la
cabeza y me miró de reojo, con las pupilas llenas de culpa, hecha una bolita,
sin más ropas que la piel que la cubre. Estaba tiritando de frío.
—Bueno, bueno, tranquila, vos no tenés la culpa —traté de
reconfortarla, mientras mis manos recorrían su cuerpo, como tanto le gusta a
ella, como tanto me gusta a mí. Verla estirarse panza arriba, entregándose por
completo a mis caricias, a mis juegos, me hace sonreír y por un momento, hace
que se me erice la piel, el escalofrío recorre mi cuerpo y mis manos juegan con
frenesí.
Le gusta.
A mí también.
Me paro y me encierro en el baño, no me gusta que ella vea lo que
hago cuando me encuentro solo con mis manos. La escucho acercarse y quedarse
parada junto a la puerta, mientras trato de contener mi respiración, que se
agita cada vez más. Recuerdo que una vez, lo hice sentado en el sillón, bajo su
mirada expectante y empezó a jadear, el pecho se le contraía y expandía con
velocidad, me di cuenta de que le gustaba verme, lo estaba disfrutando y, debo
admitir, eso me excitó aún más. Se acercó y comenzó a lamerme, la dejé, lo
disfruté, hasta que apretó sus dientes, raspando contra mi carne y tuve que
alejarla de un golpe a la vez que lo que guardaba en mi interior, explotaba
como un geiser. Recuerdo que después de esa situación, me guardó miedo —o tal
vez era rencor— por unos días, ni siquiera se acercaba a recibir las golosinas
que le compraba en el chino. Esperaba que me vaya a dormir y recién ahí, se
acercaba al plato de comida, la podía oír devorar con ansiedad para luego lamer
el plato metálico, como si tratara de extraer el sabor que quedaba impregnado
en su superficie. Eso sucedió cuando estaba aprendiendo, pero nunca lo volví a
hacer frente a sus hermosos ojitos.
Dejé en la cocina la taza de sopa fría y me preparé un té, lo que
acababa de pasar había acabado con mi apetito y necesitaba tranquilizarme un
poco. Le serví la comida y me metí en la cama, deseaba que se acabe el día lo
antes posible. Me costó dormirme, la cabeza me daba mil vueltas y mi agradable
manía de sobrepensar absolutamente todo, hacía que tenga los ojos abiertos como
dos huevos fritos. Eran más o menos las tres de la madrugada, cuando me pareció
escuchar un sonido metálico en la puerta ventana del comedor. Paré la oreja y
me dio pavor al sentir una voz que susurraba algo ininteligible. Me senté en la
cama lentamente y apoyé los pies sobre el suelo helado de mosaicos. Sentí un
escalofrío que hizo que se me erectaran los pelos del lomo, como electrificados,
me erguí sobre mis piernas cansadas y sin hacer el más mínimo sonido, caminé
descalzo hasta asomarme por la puerta del comedor para encontrarme con el
enfermo de al lado acariciando su cuerpo desnudo, recorriéndolo con sus
mugrosas manos, mientras sus libidinosas pupilas la admiraban llenos de lujuria
y deseo carnal.
—¡¡HIJO DE PUTA!! —vociferé mientras me abalanzaba sobre él como un
laúd de barro y rocas— ¡HIJO DE PUTA, ENFERMO! ¡TE VOY A MATAR!
Salté con furia sobre quién ahora era mi presa, comenzamos a
forcejear en el suelo y, al sentir su pene erecto presionando contra mi
ombligo, mi mente quedó completamente en penumbras, todo se oscureció. Segundos
más tarde, sentí una sustancia gelatinosa escurrirse entre mis dedos, mientras
mechones de pelos se enredaban y la calidez del flujo entibiaba mis rodillas.
PLAC PLAC PLAC PLAC PLAC PLAC
Mis brazos iban y venían como el martillo de los parques de
diversiones. Para cuando la vista se me aclaró y volví a la realidad, debajo de
mí se encontraba una masa deforme que alguna vez quiso ser un rostro humano.
Estaba en shock.
Mi mente trataba de comprender lo que acababa de suceder.
Miré a todos lados, buscándola.
Cuando mi cerebro tomó parcialmente el control de la situación, me
volvió el alma al cuerpo al verla escondida detrás del sillón, completamente
aterrada. Respiré y recién ahí, caí nuevamente en la realidad.
Estábamos los dos solos, como lo fue desde el principio, como debió
haber sido siempre.
Se puso de pie, se acercó y me abrazó.
Escribí un relato del género que quieras.
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