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sábado, 15 de junio de 2013

3º Especial de Sábados de Brutos Escritores



El error
Por Juan Esteban Bassagaisteguy.

Se despierta sobresaltado y ve a Federico junto a su cama, los ojos llenos de lágrimas.
—¿Qué pasa, Fede? —pregunta y mira el reloj despertador: las cuatro de la mañana.
—Hay un monstruo en el ropero, pá. Tiene… unas garras… enormes —solloza.
—Okey, te propongo algo. Vos acostate con mami y yo me voy a tu cama, ¿sí?
—¡Sí! —responde Federico, aliviado.
El hombre le cede su lugar en la cama matrimonial y le da un beso fraternal. Recién cuando lo escucha dormir va hacia la habitación del pequeño y abre las puertas del ropero.
Ningún monstruo, solo ropa y juguetes.
Apaga la luz y se acuesta en la cama de su hijo.
Es entonces cuando siente las zarpas filosas abriéndole el pecho de par en par, y la humedad de su propia sangre manchando las sábanas.
Y se da cuenta del error: no miró debajo de la cama.

El niño que sentía culpa por tener hambre
Por Raúl Omar García.

—¿Qué quieres?
El muchachito que había llamado a la puerta, y de seguro venía a manguear algo, hundió su cabeza entre los hombros y se echó a llorar.
—Perdón —balbuceó—. Tengo hambre.
El hombre, tocado por la escena, invitó a pasar al nene, que se enjugaba las lágrimas con las mangas de un buzo rotoso.
—No tienes que pedir perdón por querer comer, papito.
—No es por eso.
—¿Entonces? —inquirió confundido el mayor.
—Es por lo que voy a comer.
A continuación, el niño saltó sobre el anfitrión y clavó sus colmillos en la yugular de la víctima, la cual intentaba zafarse de la criatura, pero esta se aferraba como una garrapata.
El propietario cayó de rodillas, desvaneciéndose por la pérdida de sangre, y su espalda se fue inclinando hasta quedar sobre sus talones.
El pequeño espectro sorbió y tragó hasta saciarse.
Ni bien terminó de alimentarse, volvió a llorar.

Lágrimas de muerte
Por Antonio Tomé Salas.

La habitación se encontraba en penumbra, tan solo iluminada por el leve resplandor que despedía el televisor.

El niño estaba sentado en su sillín de Bob Esponja, su personaje favorito; en la pantalla, flotaba entre colores chillones un mensaje de "Fin de emisión".

Rodee el sillín, me incliné para cogerlo en mis brazos y llevarlo a dormir a su cama. Mañana tendría que madrugar para otro día duro de escuela.

Algo no iba bien. Me acerqué a él, para darle un beso de buenas noches.
Al besar sus suaves mejillas pude saborear la sal de sus lágrimas, lágrimas que habían corrido por sus mejillas cuando aun tenia vida.

Sintiendo mi cuerpo clavado al suelo, empecé a llorar. Eran lágrimas de muerte.

[Sin título]
Por Nati Lou.

Miro a su hijo una vez más, sin poder entenderle todavía debajo de sus lagrimas. Pensó, como madre, que ese momento no llegaría, o que llegaría, al menos, en la adolescencia. Pero no, tenia a su hijo de 5 años llorando en la cocina.
Llamo a su marido al trabajo, antes de ponerse a llorar ella también.
- Tiene hambre, dale de comer.
- Para eso, no te llamaba pelotudo.
- Amor tranquilízate, que no debe ser nada.
Dejo de llorar. Lo obligo a lavarse la cara y le compro una cajita feliz.
- Lucio ¿ahora me podes decir que te paso hoy?
- Mimi no me quiere más Ma. Hoy se sentó en la mesa de Pablo.

Cuando Lucio entro, de la mano de su novia, ya se había olvidado de esta anécdota. Cuando supo el nombre de esa hija de puta… supo que no seria una buena suegra.

El niño solitario.
Por Gean Rossi.

Caminando de regreso a mi casa, me encuentro con un niño a un lado de la calle con la cabeza entre las rodillas, me acerco a él:
            —¿Qué te ocurre? —le pregunto y levanta su cabeza bañada en lágrimas de desesperación.
            —Estoy solo. Solo para toda la vida.
            —¿Por qué lo dices, niño?
            —Mi hermano murió ayer, era quien me cuidaba luego de que mamá falleciera por la fuerte gripe, y pronto yo también moriré porque no tengo a donde ir, ni sé qué haré con mi vida. Tengo miedo…  —Sus palabras se cortaron por la cascada de lágrimas que volvieron a correr sobre sus mejillas.
            —Ven conmigo —le digo extendiendo mi mano—. Yo cuidaré de ti, y te prometo que estarás en un buen lugar.
            Él se aferra a mi mano y juntos empezamos a caminar. Con la otra mano toco el bolsillo posterior de mi pantalón, allí estaba la calibre 6 mm cargada y lista para la acción. Sonrío, volteo a ver al niño y pienso: Uno más para la colección.

Comprender…
Por Muriel Menendez.

Toby jugaba con Jackson, su hermano mayor, cerca del lago. Pero entre tanto juego el globo quedó enganchado en unas ramas que quedaban sobre las aguas. Jackson se adentró sin dudarlo para recuperarlo. Pero cuanto más se acercaba al globo más profundo se encontraba.
Al empezar a oscurecer, los padres de Toby se acercaron a la zona donde sabía que los pequeños jugaban. Encontraron a Toby sin parar de llorar mirando un globo que había engancho sobre el árbol del lago y de repetir una y otra vez “ha ido a buscarlo”. Pero Jackson no salió y Toby comprendía por qué.

El golpe
Por Ricardo José Vega.

Encontre esta foto
perdida entre papeles…
y recordé esa noche
de discusión brutal
ya no habia mas familia

solo odio en dos seres
que algún día creyeron
en el amor total.

Yo no entendia como 
aquello fue posible...
como aquel hogar mio,
tan sólido,,, se hundió
y por que entramos llorando
en la noche y el frío
mi mama sollozando
abrazada al cuerpo mio
y fuimos caminando
en medio del gentio,
los dos.

Aprendi que una cosa
que se llama Destino
de un sopapo dá vuelta
tu camino o el mío...
sin avisarte nada
sin decirte: 
" CUIDADO 
Que como no te apartes te voy a atropellar "!!

y cuando te das cuenta
ya sucedió a tu lado 
aquella cosa horrible, hundiendo tu pasado
que nunca ...nunca...nunca
podrá resusitar !

El deseo
Por Evelia Garibay.

Valentina estaba sentada en la banca del parque donde siempre esperaba a Fede pero él no aparecía, suspiró mientras miraba a la gente a su alrededor y fue cuando notó al pequeño parado unos metros enfrente de ella; la miraba fijamente y gruesos lagrimones resbalaban por sus mejillas, verlo hizo que le doliera el corazón pero ella tenía sus propios problemas.
Valentina miró hacia otro lado sin notar que el chiquillo no apartaba la mirada de ella.
"Sólo quería una segunda oportunidad, ¿quién iba a pensar que la primera estrella me concedería un deseo? De haberlo sabido hubiera sido más específico."
Fue el último pensamiento de adulto de Fede, todo lo demás se había desvanecido con las horas, ahora sólo era un chiquillo de 5 años que lloraba profundamente sin saber exactamente por qué, mientras miraba a una hermosa pelirroja a la que no conocía de nada.

La sorpresa
Por Marje Musa.

Era el día de Navidad, Israel se despertó con el ruido.
—¡Feliz Navidad, Isra! —le gritaron sus papás al unísono.
Él empezó a llorar amargamente.
—¿Por qué lloras así? —preguntó la mamá, temiéndose lo peor.
—¡Ven, acércate, abre los regalos! —sugirió el padre.
—No quiero, ya veo que no hay bici. No sé si podré esperar otro año. ¡Odio tener que ser bueno!

«Liberación»
Por Héctor Priámida Troyano.

Se enfadarían cuando volvieran, de eso el hombretón estaba seguro. Esperaba que la cosa no llegara a mayores: al fin y al cabo, traían la pasta, y habría tanta guita que se les quitarían las preocupaciones de un plumazo. A no ser, claro, que hubieran surgido complicaciones: de aquellos cabrones no podía uno fiarse nunca. ¡Millonetis de mierda! En cuanto te descuidabas, te partían el ojete.
Además, la culpa no era suya. Aunque jamás había sido un tipo sensible, el machacón llanto del niño había crispado sus nervios. Lo había desquiciado.
El jodido cachorro no había dejado de llorar ni por un momento. La mordaza sofocaba los sollozos, mas las lágrimas continuaban incesantes. Y eso antes incluso de que le hubieran cortado el dedo meñique hasta la segunda falange…
Pero ahora, tras el accidente, disfrutaba del silencio mientras aguardaba.
El crío llevaba ya un buen rato sin llorar. Sin respirar.

La vida es dura
Por Marje Musa.

—¿Qué te pasa, cariño? —le preguntó la maestra.
Él lloraba como un Madalena, empezaba a tener hipo.
—Es que... —intentó contestar Rubén.
—Tranquilo. cuando estés preparado me lo cuentas —sugirió la señorita.
—Es que me duele mucho al escribir —explicó al fin, levantando la mano derecha, dejando a la vista una herida minúscula en su dedo meñique.

El peor día
Por Camila Carbel.

El pequeño Ramiro se sentía completamente solo en el mundo, abandonado, sin nadie con quien contar.

Estaba convencido que recordaría ese maldito día por toda su vida, nunca se había sentido tan triste. Ni cuando, hace cinco meses, su papá había salido de casa para no volver. 

—Tranquilo, Ramiro. Ya no llores más, podemos comprar otro osito de peluche mañana. —Propuso la madre del niño. 

—¡No quiero otro oso! Quiero el mió, quiero a Rafa—grito mientras las lágrimas le resbalaban por sus mejillas. Y miraba al perro del vecino con un odio que jamás había experimentado anteriormente.


sábado, 30 de marzo de 2013

2º Especial de Sábados de Brutos Escritores


Distinto tiempo
Por Juan Esteban Bassagaisteguy.

El agujero en medio de los ojos rezumaba humo, sangre y sesos, y el olor a pólvora invadía el lugar.
Se habían terminado los días en que, sumisa pero sufriendo un calvario inimaginable, aceptaba todo sin decir palabra.
Ya no más «¡hijadeputa!», «¡conchudademierda!», «¡boludaaa!» y el golpe certero posterior con que él, mientras le tiraba de los pelos, rubricaba su firma indeleble, ennegreciéndole un ojo, quebrándole la nariz o rompiéndole un brazo.
Todo tenía un final.
Y un principio.
Comenzaba la etapa donde el mayor de sus hijos, todavía adolescente, debía rendir cuentas ante la sociedad por lo que acababa de hacerle a su padre.

Cinco segundos
Por Raúl Omar García.

Giro sobre mis talones al oír el percutor, tan rápido como me es posible. La bala queda congelada a centímetros del orificio del revólver, envuelta en una espesa nube de humo. La oscuridad del ruinoso túnel resulta apenas quebrantada por el fogonazo de la detonación con un círculo de luz mustio, que me permite apreciar el rostro inconmovible del que me disparó.
Al principio me querían como conejillo de indias, pero hace meses que desean verme muerto.
Puedo detener el flujo del espacio-tiempo con solo cerrar los ojos por cinco segundos, y revertir la situación del mismo modo. Aun así, no fui capaz de impedir que asesinaran a mi familia.
Y todo por mi don.
Me rasco la cabeza, avanzo lagrimeando hacia mi atacante, me detengo ante la bala y abro grande la boca.
Estoy cansado de huir.
Dejo caer mis párpados y cuento mentalmente: uno, dos, tres, cuatro, cinco…

Bienvenida
Por Alejandra Lopez.

La paz del campo se había roto por una serie de robos en las humildes viviendas de Vaca Grande.
Ramón compró un arma para defenderse, no lo tomarían desprevenido.
Y llegó la noche en que la tuvo que usar. Escuchó ruido afuera de la casa y a los perros ladrando alborotados. Se asomó a la ventana y, aunque estaba muy oscuro, alcanzó a distinguir una sombra agazapada al lado de su puerta. Nervioso, apuntó con el revólver y le disparó al bulto. Esperó, y vio que no se movía, entonces fue a abrir la puerta y con horror comprobó que era su hermano menor a quien había matado.
Durante más de un año no supo nada de él, que ahora había recorrido más de ochocientos kilómetros desde su pueblo natal para darle una sorpresa.

Siendo un mercenario
Por Adrián Tovar.

Detrás del gatillo el miedo no tiene razón, sin embargo es un visitante frecuente, algo contrario a la compasión. Mis ojos recorren el lomo del cañón y mas allá, pendientes a quien aparezca amenazante, en perfecta coordinación mis dedos jalan del gatillo enviando al mas eficaz de la muerte. El disparo es preciso, la bala ahora se aloja en el ojo de un hombre, que tuvo la desgracia de ser mas lento.
Relajo mi arma confiado y dando un respiro hondo saboreo la pólvora flotante. Escucho un movimiento, mi amiga asesina salta preparada para defenderme.
Abro la puerta del armario para encontrarme a una mujer indefensa cuyos ojos se esconden mientras su boca invoca a la misericordia. "Misericordia entonces" ahora en su frente un hilo de sangre divide su cara. No me pagan por victimas, pero un alma desesperanzada reconoce a otra.
"Misericordia..." saboreo el cañón "...no para mi".

El magnicida
Por Héctor Priámida Troyano.

¿Cómo era posible que nadie lo percibiera? ¿De veras confundían a semejante fantoche con el primer mandatario de la nación? Su entonación era idéntica —eso era innegable, sí—, y su fisonomía imitaba la original —tampoco esto lo discutía—, pero en sus ojos no fulguraba destello alguno de humanidad. ¿Solo él advertía el brillo reptiliano de aquellas pupilas?
Mas la suplantación del Presidente saldría pronto a la luz. Allí estaba él, alerta gracias a las voces que le prevenían en el fondo de su cabeza. El Señor lo había honrado designándolo con su dedo, y los médicos, cómplices de la conspiración de los monstruosos invasores, habían resultado incapaces de acallar las revelaciones.
«¡Mátalo!», resonó la orden en su mente. El «elegido» disparó el arma y el proyectil, provocando una lluvia de diminutos cristales, impactó de lleno contra el rostro que le hablaba al país desde la pequeña pantalla.

[Sin título]
Por Jaume Albiol Escayola.

El chico se movió por pura supervivencia.Una acción,una reacción.Lo que vió despertó en él un instinto que hizo que únicamente pensara en defenderse.Tenía un arma y aunque no había disparado nunca lo había visto millones de veces en las películas.Presionó con el dedo índice el gatillo y ya estaba todo hecho.Una vez el proyectil salió del tambor no había vuelta atrás.La bala salió a una velocidad endemoniada y el chico se quedó embobado intentando seguir la trayectoria del proyectil con la vista.Imposible.Casi al instante de haber presionado el gatillo el tipo que tenía delate suyo dejó caer lo que llevaba en la mano e intentó tapar la hemorragia con las palmas de las manos en pleno estómago.Cuando el tipo cayó al suelo pudo observar lo que le había caído de las manos y no parecía ninguna amenaza.Quizá se había precipitado,pero una vez sale la bala no hay vuelta atrás.


sábado, 16 de febrero de 2013

Especial de Sábado de Brutos Escritores


[Sin título]
Por Grisel Amador.

Al salir, todo parecia normal, todo se veia igual al momento que entre a esa habitación, pero algo habia cambiado dentro de mi. . . No sabia si era miedo lo que sentia o una alegria inmensa que, no sabia como explicar, lagrimas de comprension, de paz, de amor corrieron por mis mejillas. Al llegar a mi casa abrace a mis hijos que me esperaban ansiosos, hablamos, compartimos una cena especial. Pasan los dias y llega ese momento esperado y temido por todos, debo ir de nuevo. . .

[Sin título]
Por Grisel Amador.

Debo recorrer ese pasillo de hospital, es la hora en la cual debo entregarme, sin miedo, con mucha paz pero, que alegria! ahi estan ellos! las personas que ame y que hacia tiempo que no veia, me llaman, sonrien, abren sus brazos para recivirme. . . ESTOY FELIZ! ESTOY BIEN! al caminar por ese pasillo del hospital, ya no vi nada, Yo no estaba en ese cuerpo.

[Sin título]
Por Alfred Comerma.

Cada día me enfrento a un recorrido para mí angustioso, ver lo largo del trayecto, con todas esas puertas, sin saber lo que esconden, donde tal vez la raya que separa vida y muerte, ya la han traspaso sus ocupantes, o quizás peor, no la acaban de traspasar nunca, quedando como seres que miran sin luz propia.

[Sin título]
Por Angie Leal Rodríguez.

Tengo miedo, pero llegaré hasta él… sé que me espera, oigo el latido de su corazón agitado, ¿o es el mío? ¡Debo estar loco!
El piso está frío y resbaloso… Como sea.
Ya casi, no desesperes. ¡No te vayas! ¡Espérame!
***
Cuando llegó hasta ahí solo vio el rastro de sangre.

Despedida
Por Luis Seijas.

Al terminar de pulir el piso, el Sr. Juan se volvió y vio que su labor estaba completa. Soltó un largo suspiro, que viajó a través de ese pasillo que lo había visto primero crecer y luego darle de comer. Envolvió el cable alrededor de su fiel pulidora, para guardarla en el cuarto de mantenimiento. Y aunque ya no se acordaba de cuántas veces había realizado ese ritual, siempre lo terminaba bañado en una mezcla de sudor y lágrimas.

Una promesa incierta
Por Raúl Omar García.

Los sonidos de mis pasos retumban en la soledad del pasillo, el cual recorro como si lo hiciera en cámara lenta. Las paredes que me flanquean son de un gris opaco, con manchas de humedad que dibujan formas que parecieran tener vida propia. A lo lejos, distingo la reja en la parte superior del umbral que debo cruzar, y me resulta extraño verla enrollada: siempre que vengo está bajada.
De pronto, las luces del corredor se apagan, dejándome a ciegas. Los tubos tras los plafones del techo comienzan a titilar y se encienden, mortecinos, de forma alterna. Las puertas de las habitaciones de esa pieza larga y estrecha se abren al unísono de par en par y me invade el olor a azufre.
Me persigno y beso la estola que llevo alrededor del cuello mientras me prometo que este será el último exorcismo que le practique a esa pobre niña.

[Sin título]
Por Alejandra Lopez.

Llegó el día de dejarlo para siempre. Lo miro por última vez y me enternezco. Me llevaré grabadas en las retinas las luces potentes de los pasillos, el olor a desinfectante mezclado con el de la enfermedad. Miro el piso reluciente y siento una tibia lágrima rodar por mi mejilla. Ya es hora de partir aunque no quiera; entonces me alejo sin mirar atrás, preguntándome qué tal será el jovencito que reemplazará en la limpieza a este viejo jubilado.

[Sin título]
Por Alejandra Lopez.

Siempre me gustaron las historias de terror por esa ambivalencia de “creo pero no creo”. Cuando entré a trabajar como enfermera en el hospital y me contaron que por las noches se oye el taconeo de la enfermera fantasma, lo tomé con recelo.
La primera noche en mi puesto escuché los tacos en el pasillo y luego se abrió violentamente la puerta de la ciento dieciocho.
Entré en la habitación, y vi a la jovencita que habían operado por la mañana. Había restos de vómito a los costados de su boca. Le tomé el pulso y no lo encontré, intenté las maniobras de resucitación que no dieron resultado.
Discutimos por mucho tiempo con mis colegas si el fantasma la mató o si la quiso ayudar, y no llegamos a ningún acuerdo por eso que les decía al principio de que las ambivalencias son las que hacen al terror tan interesante.

Habitación de hospital
Por Juan Esteban Bassagaisteguy.

Salgo al silencio nocturno del pasillo a fumar un pucho. Lo necesito urgente. La tensión que estoy viviendo —sumado al intenso olor a fármacos— es insufrible. Y la nicotina es lo único que me proporciona algo de paz y tranquilidad.
Pero, claro, está prohibido fumar dentro del hospital y no tengo otra que salir del lugar. Se ve luz al fondo del pasillo, donde está la salida, y hacia allí me dirijo.
Aunque antes doy una última mirada al interior de la habitación que recién abandoné.
Ella duerme recostada en un sillón junto a la cama, cansada por el duro trajinar de las últimas semanas.
Se me escapa una lágrima cuando noto el amor que explota desde sus poros: ni dormida deja de sostenerme la mano.
Aún no se ha dado cuenta de que, desde hace quince minutos, yo ya no respiro ni sufro más por este cáncer de mierda.

El piso trece
Por Axel S. Salas.

Jimmy Louis se escurrió de las sabanas como cada noche, dando saltitos por el suelo frío del hospital.
El camisón volaba tras de él a lo largo de los pasillos de luces muertas.
Jimmy Louis pasaba de largo entre la gente que se amontonaba cada vez más conforme los pisos del hospital eran más altos. Gente murmurante que se andaba por ahí igual que él, con el camisón por doquier como en un día de campo.
Alcanzó el piso trece, el piso oscuro; y como cada noche la pelota roja salió de entre las sombras, rodando lento hasta sus pies. El otro niño estaba ahí, donde no podía verlo igual que siempre; llorando.
Jugaron hasta que el niño, quién le recordaba a una papa quemada dejó de lanzar la pelota. Le hablaba, siempre decía lo mismo, siempre sin dejar de llorar.
Pero Jimmy nunca cruzaba la línea de luz.

El buen discípulo
Por Héctor Priámida Troyano.

Jack odiaba a aquellos santones. A los doctores del hospital, que marchaban por sus pasillos pavoneándose de su ciencia, enfermos de engreimiento. El recelo que despertaban sus preguntas —¿hasta qué distancia puede saltar la sangre de una aorta cortada de un tajo?, ¿cuántos tirones son necesarios para arrancar unos intestinos a fuerza de brazos?— había forzado al futuro médico a disimular su curiosidad.
¿Cómo esperaban que aprendieran la anatomía? No en la Facultad, con aquellos inútiles remedos artificiales que no alcanzaban a representar más que torpemente huesos y órganos; ni ahora allí, donde solo se les permitía diseccionar cadáveres. Él precisaba experimentar con carne viva, pero no se les dejaba acercarse ni siquiera a los pacientes desahuciados.
Nada importaba ya. Hacía tiempo que practicaba por su cuenta. Saldría de nuevo aquella noche. Y otra golfa de Whitechapel, convenientemente destripada, se hallaría llamando a las puertas del Infierno.

Habitación 217
Por Evelia Garibay.

Cada noche es lo mismo, cien pasos de ida y cien de regreso me bastan para recorrer el pasillo entero. Detrás de cada puerta cerrada hay una historia pero la que más me intriga es la de la chica de la habitación 217.
Ahí esta ella como cada noche, con un lienzo en blanco y las pinturas a la mano. Siempre pinta imágenes de pesadilla que harían temblar al más valiente pero yo ya me acostumbre, lo más extraño fue darme cuenta que después de ver su pintura de la noche al día siguiente me encontraba con la descripción exacta de la imagen en las noticias.
¿Será realmente locura? Eso es lo que dicen los psiquiatras pero no ven lo mismo que yo. Ella comienza a pintar y yo continuo mis rondas, de regreso me asomare y veré que desastre es el que devela esta noche.




miércoles, 10 de octubre de 2012

Arqueología, Agonía y Bibliofilia

Por Héctor Priámida Troyano.

Arqueología

El guarda dormitaba en el pasillo ante la sala de Egipto. No escuchó a sus espaldas las pisadas del monstruo, amortiguadas por los vendajes.


Agonía

«nEl viejo se aferraba a la vida. Toda resistencia cesó cuando reconoció a su amada entre los habitantes de la luz. Ya nada podría separarlos.




Bibliofilia

¡Plaf! El tomo aterrizó de pleno sobre el mojón. Ante la visión de esas láminas del test de Rorschach, se prometió dejar de leer«normalidad»«normalidad» en el baño.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Un golpe de suerte


Por Luis Del Val Carrasco.


La noche había sido magnífica. Pero lo mejor de todo era que, al parecer, no había concluido todavía. La celebración de la despedida de soltero estaba resultando un éxito completo. Gerardo contraería matrimonio con Lidia en menos de una semana y la alegre pandilla tenía muchas ganas de divertirse.
     «¡Vamos, panoli! ¿Qué es lo que andas dudando?», escuchaba con absoluta nitidez en su cabeza al travieso personajillo que trataba de hacerle caer en la tentación. «¿Vas a desperdiciar semejante oportunidad?», le preguntaba indignado al hombre el ilusorio ser, blandiendo su minúsculo tridente.
     La fiesta había comenzado en uno de los restaurantes más selectos de la ciudad. Gerardo y sus amigos cenaron de forma opípara. El homenajeado dio cumplida cuenta de un chuletón de casi medio kilo, regado con generosas raciones de vino, y degustó a su término unos exquisitos profiteroles de chocolate negro flambeados con brandy.
     Pero el suculento postre que se presentaba ahora al alcance de su mano no lo había esperado ni por asomo. Tras la gula, reclamaba exigente su turno la lujuria.
     «Acepta lo que se te ofrece y da las gracias. Disfruta. No seas tontaina», volvieron a resonar las burlas del imaginario diablillo en su cerebro.
     Después de ingerir una serie de licores supuestamente «digestivos», el grupo de amigotes había trasladado el festejo hasta un local de topless en el que, entre bailes desmañados y bromas procaces, siguieron trasegando sus buenas dosis de alcohol.
     Para rebajar la excitación provocada por la visión de la escultural anatomía de las camareras del establecimiento, decidieron por mayoría rematar la noche en el casino y poner a prueba la suerte. Esta se mostró muy risueña con el futuro marido: en apenas una hora, la mesa de póquer le deparó unas ganancias considerables.
     —¡Vaya golpe de suerte! Eres un verdadero capullo. Ya conoces el dicho: afortunado en el juego, desafortunado en amores... —le había soltado en son de chanza su colega Darío, escocido en parte porque ni él ni el resto de los juerguistas se hubieran visto favorecidos de igual modo por el azar.
     Era hora ya de regresar: Gerardo canjeó las fichas en la oficina de cobros del casino, puso a buen recaudo en su cartera el dinero obtenido y la festiva comitiva se dirigió al aparcamiento de la casa de juegos para recoger sus vehículos. Sin embargo, fue allí donde empezó el problema para el feliz ganador. Apoyada contra una de las pilastras del estacionamiento, una hermosa joven lloraba a lágrima viva. El espectáculo cortó en seco las risotadas del grupo de amigos.
     Se interesaron por lo que le sucedía. La joven les contó sollozando que había mantenido una violenta discusión con su novio por un asunto de cuernos y que el muy cerdo, al ver descubierta su infidelidad, se había largado pitando en el coche dejándola allí tirada. Les explicó que no tenía posibilidad de tomar un taxi (¡el cabronazo la había arrojado del auto sin darle tiempo ni a coger el bolso!) y que a aquellas horas de la madrugada el transporte público no funcionaba ya, y les rogó si podían acercarla hasta su domicilio.
     Al principio, algunos de ellos se mostraron solícitos, pero se echaron atrás de inmediato en cuanto conocieron la dirección exacta del punto de destino. Se trataba de un suburbio muy alejado de la zona de la ciudad en la que se encontraban y, con el volumen de alcohol que llevaban en sus venas, ninguno quiso exponerse a ser detenido en un control rutinario por la policía de tráfico y a que le fuera requisado el auto.
     La muchacha era atractiva, atractiva de veras. No parecía nativa. Su piel era muy blanca, y sus cabellos muy rubios: con seguridad provenía de algún país eslavo. De hecho, Gerardo, a pesar de que había estado muy concentrado en sus naipes, recordó haber divisado su despampanante silueta deambulando alrededor de la mesa de póquer del brazo de un tipejo con pinta de hampón... Incluso en esos instantes de abstracción, se había fijado en ella.
     La belleza de la joven hizo aflorar de súbito el espíritu quijotesco del hombre, el cual le propuso que lo acompañara a su vivienda.
     —Te puedes fiar de mí. Soy un caballero. Dispongo de una habitación libre. —Y le aseguró que a la mañana siguiente, una vez despejados los vapores etílicos, la conduciría sana y salva hasta su casa.  
     —Trato hecho —afirmó la desconocida sin vacilar, tendiéndole la mano—. Tampoco es que tenga demasiadas alternativas... Tendré que confiar en ti. Me llamo Claudia.
     El acento extraño de su voz confirmó la intuición del hombre acerca de su origen foráneo. E hizo algo más: el tono tintineante de aquella voz provocó que a Gerardo se le erizara de deseo el vello de la nuca. Empezaba a arrepentirse de haberle hecho la impulsiva proposición. Vislumbraba enojosas complicaciones en el horizonte...
     —¡Ey, Don Juan, a ver como te portas! Esmérate y deja bien alto el pabellón nacional, ¿eh? —exclamó Darío al tiempo que propinaba un codazo en los riñones a su compañero de francachelas—. ¡Aprovecha tu racha de buena suerte!
     El comentario pícaro del guasón suscitó un coro de carcajadas lascivas entre los presentes. Pero lo más raro fue que la grosera broma no dio la impresión de incomodar a la joven, quien, aceptando sin reparos la invitación de Gerardo, se introdujo con presteza en el coche del mismo.


II

     El hombre no experimentaba ninguna clase de culpabilidad. Bien sabía Dios que había intentado resistirse con todas sus fuerzas, pero al final había flaqueado y le había resultado imposible no enredarse en los lazos amorosos de Claudia.
     Nada más entrar en el apartamento de Gerardo, su huésped se había ofrecido a servir unos combinados para ambos, a fin de —según dijo— corresponder a la amabilidad del mismo: vodka con naranja para ella y ginebra con cola para su anfitrión. Este había puesto en el reproductor de música un CD de El Bolero de Ravel, una composición de acordes enérgicos que poseía la virtud de despertar su euforia. Cuando volvió al sofá en el que permanecía sentada Claudia, esta sostenía el vaso de él en una de sus manos.
     —¿No te gusta tu bebida? —inquirió—. Si prefieres whisky o ron...
     —No, no, está perfecta... Es solo que quería probar la tuya —contestó algo azorada.
     La joven dio un ligerísimo sorbo al combinado, esbozó un mohín que Gerardo consideró encantador y volvió a depositar el vaso en la mesita baja. El hombre observó que había dejado en el borde del vidrio una marca de carmín con la forma de sus preciosos labios. El hombre lo tomó y vació su contenido de dos largos tragos.
     Cuando Claudia, de sopetón, le propuso hacer el amor, Gerardo no había dado crédito a sus oídos. Una hembra tan esplendorosa como aquella, ofreciéndosele a él...
     —El bastardo de mi novio me ha engañado, ¿no? Me ha humillado. ¡A ! Pues le pagaré con la misma moneda. ¿No quieres ayudarme a vengarme de ese hijo de puta?
    Sin darle tiempo a reaccionar, la mujer se abalanzó sobre él y lo besó con fiereza en la boca. Su lengua se abrió paso a través de sus labios y se entrelazó con la suya aprisionándola como si fuera una boa constrictor.  
     Gerardo pensó en su prometida con desesperación como un baluarte para no sucumbir a la implacable seducción de la extranjera. No obstante, la pugna fue breve: en la fugaz contienda que se libró en su conciencia, la voz débil del angelito de ridículas alitas se vio pronto soterrada por los gritos estentóreos del diablillo del tenedor rojo:
     «¡Vamos, panoli! ¿Qué es lo que andas dudando? ¿Vas a desperdiciar semejante oportunidad? Acepta lo que se te ofrece y da las gracias. Disfruta. No seas tontaina».
     —No pretendo nada serio contigo, no te preocupes. Nada de compromisos. Tan solo resarcirme de ese mal nacido —prosiguió Claudia liberando la lengua de su presa. Hablaba con rabia: tenía la tez acalorada, y sus ojos despedían un relampagueo felino—. Mañana me marcharé y tú reanudarás tu rutinaria vida. Te casarás y podrás ser dichoso con tu querida mujercita. Esta no se enterará, descuida.
     La alusión a su prometida con aquel diminutivo le sonó despectiva. Y fue justo ese desdén lo que acabó de desatar su pasión, barriendo de un plumazo sus reticencias por entero. Esta aventura significaría la despedida definitiva de su soltería: como enfrentarse a una tormenta en alta mar antes de embarcarse en un apacible crucero.
     Se arrojó enfebrecido sobre la muchacha y hundió el rostro entre sus cabellos, aspirando con ansia su delicioso aroma. Claudia respondió agarrándole la cara con furia y cubriéndosela de besos húmedos, dejando un rastro de dulce saliva en sus facciones. Le mordisqueó salvaje el lóbulo de la oreja y le atenazó con los labios el nacimiento del cuello, ejerciendo una presión que puso a su amante al rojo vivo. Aquella marca le duraría varios días: pero eso no importaba entonces, ya encontraría alguna manera de ocultarla a los ojos de su ingenua novia.
     El hombre comenzó a arrancar la ropa de la joven. Sin cuidado, con rudeza. Aquellos modales impetuosos de cavernícola parecieron complacer a la mujer, a juzgar por los ronroneos de placer que emitía. ¡Qué piel más sedosa!, se sorprendió Gerardo. Su tacto tibio era aterciopelado, suave y resbaladizo como el de la epidermis de una serpiente. Claudia se retorcía sinuosa, dejando unas veces contemplar su esplendor al arrebatado amante, y cubriéndose otras veces juguetona como si sintiera pudor de exhibir su maravillosa desnudez. Gerardo contempló extasiado los pechos de aquella diosa sexual: voluminosos, rotundos y turgentes, de color canela y con unos pezones sonrosados duros como balines de plata. Experimentaba una erección brutal, el miembro le latía en pulsaciones insoportablemente dolorosas, y no se acordaba de haber tenido nunca otra igual, ni siquiera de adolescente, cuando se hallaba en plena eclosión de sus hormonas y le acuciaba el deseo de continuo. Era tal su excitación que creyó que, si no alcanzaba pronto el orgasmo, su cuerpo estallaría de un momento a otro, volando en mil pedazos y abrasando con su calentura el universo.
     Pero... ¿qué le ocurría ahora? ¿Por qué aquella somnolencia de repente? ¿Cuál era la causa de aquel súbito sopor? El sujeto se frotó los ojos hasta lastimarse, intentando con denuedo mantenerlos abiertos... Mas fue en vano.

III

     «¡Estúpido!», se recriminó a sí mismo el individuo cuando se apercibió de lo acaecido: aquella zorra lo había narcotizado. ¡Claro! ¡Le había echado la droga en la bebida! Por eso la había sorprendido con su vaso en la mano. «¿Durante cuánto tiempo he estado durmiendo?», se preguntó con estupor. Los crudos rayos del sol del mediodía que invadían el desvalijado salón contestaron de forma tácita a su interrogante.
     Gerardo se levantó a comprobar los daños: el dinero ganado la noche anterior había desaparecido de su billetera, así como todas sus tarjetas de crédito. Su teléfono móvil de última generación. El ordenador. El costoso televisor de plasma, y el equipo de música, y... ¡Bien se la había jugado la maldita rusa! ¡No era más que una vulgar ladrona, una buscona de casino! Y aquel tipo de mala catadura con el que la había visto en la casa de juegos era a todas luces su cómplice. Ella le había abierto la puerta de la casa durante su inconsciencia y se habían llevado todo lo que habían podido. ¡Qué suerte más perra la suya! ¡Menudo pardillo que estaba hecho! Sí, desde luego que aquella despedida de soltero no la olvidaría mientras viviera: había sido realmente memorable... ¡A ver qué explicaciones le daba ahora a Lidia! 




lunes, 7 de mayo de 2012

En el sótano


 Por Luis Del Val Carrasco.

Basado en «El escarabajo de oro» de Edgar Allan Poe.
                                                             
    
     I

     Allí erguido, en actitud ensimismada, lord Reginald C***, el último heredero adulto de una estirpe de la más elevada alcurnia, contemplaba desde la popa del barco las refulgentes aguas del océano. La quietud y pureza de las mismas, así como la forma en la que estas despedían, con un furioso reflejo, el brillo de los declinantes rayos de un sol apenas perceptible ya en el horizonte, parecieron infundir en su martirizado espíritu parte de la serenidad perdida. Perdida irremisiblemente desde que...
     —¿Disfrutando de las vistas, amigo?  
     —¿Ehhh...? —contestó de mala gana el interpelado, quien no esperaba aquella interrupción. El hombre se giró un momento hacia el desconocido que le había dirigido la palabra de un modo tan insolente, lo examinó con desprecio mal disimulado y concentró su vista en la estela de la nave, un reguero de espuma de inmaculada blancura. Y volvió a abstraerse en sus lúgubres meditaciones.
     ¿Habrían descubierto ya el holocausto que había tenido lugar en su palacete de King’s Road? ¿Sería de dominio público la demencia que se había adueñado de sus actos? Él había hecho lo posible para encubrirlo todo, pero quizás el incendio del edificio no hubiera sido suficiente para borrar las huellas de sus crímenes... No había transcurrido aún ni una semana de los hechos. Y él no tenía medios de saber en qué estado se encontraba la investigación policial...
     —Obra bien, caballero —insistió aquella voz cordial. Su poseedor, un muchacho atildado de agradable aspecto, aparentó no darse cuenta de que a su forzado interlocutor le molestaba su presencia—. Aprovechemos la bonanza actual. A juzgar por las previsiones, no va a durar mucho.
     —¿Por qué lo dice? —preguntó por mera cortesía. Se inclinó sobre la fría barandilla del lujoso transatlántico, apoyó displicente los brazos en el metal y prosiguió dándole la espalda al entrometido.
     —¿No ha leído esto su señoría? —El respetuoso tratamiento surgió de sus labios de una manera automática: las elegantes ropas y el porte altivo de aquel hombre manifestaban a las claras su origen noble. Alzó la mano y señaló hacia el poste que se hallaba detrás de ellos.
     El aristócrata se sintió intrigado a su pesar y siguió con la mirada la dirección en que apuntaba el gesto del importuno charlatán. Este tuvo entonces ocasión de observar las profundas ojeras y las arrugas que afeaban las facciones del individuo. Se interrogó mentalmente si padecería alguna afección grave. Y si esta sería una enfermedad de carácter físico o si consistiría más bien en la clase de tribulaciones que emponzoñan el alma. El aire huraño del sujeto y la turbiedad de su mirada le llevaron a inclinarse por esta segunda opción.   
     Escrita en letras mayúsculas, sobre un enorme cartel de pizarra gris, rezaba una inquietante advertencia:

     INFORME DE CAPITANÍA DEL TRANSATLÁNTICO «POPULAR-1»:
     13 DE NOVIEMBRE DE 18... – FUERTE OLEAJE Y TEMPESTAD SE PREVÉN DURANTE LA NOCHE. SE RUEGA A LOS HONORABLES PASAJEROS QUE PERMANEZCAN EN SUS CAMAROTES. POR SU SEGURIDAD. AL ALBA...

     ...EL TEMPORAL HABRÁ AMAINADO —leyó el joven con alegre escepticismo—. Tal vez se equivoquen, ¿verdad? Hemos gozado de un día espléndido, y el mar se encuentra en calma chicha.
     —Es cierto —concedió a regañadientes lord Reginald—. El cielo luce raso. No hay una sola nube. —Una gaviota planeó sobre su cabeza, volando con  aleteos frenéticos.
     Las estrellas comenzaban a destellar en el firmamento y, en efecto, no existía ningún velo que eclipsara su incipiente resplandor. 
     —Con probabilidad se trata de una alarma injustificada. Por cierto, disculpe mi deplorable falta de educación. Me llamo Hadrien, Hadrien Lawrence.
     El sujeto titubeó un instante, pero acabó correspondiendo por fin al apretón de manos. Un saludo breve, desprovisto de calidez y energía. No obstante, no le reveló su nombre a su reciente conocido.
     —Por si acaso, yo me encerraré dentro de un rato en mi cabina. Y no creo que salga de ella hasta mañana. —Guiñó un ojo, aunque lord Reginald no captó su significado.
     —Los truenos nos despertarán. Tendremos la oportunidad de comprobar si el aviso es verídico.
     —Ojalá estalle una tormenta terrible. —El mozo esbozó una sonrisa que le iluminó la cara—. Estamos de viaje de luna de miel, ¿sabe usted? Algunos familiares de mi novia... —El rubor le tiñó las orejas, y se corrigió—: ...de mi mujer, Penelope, habitan en Portland, y nuestra intención es pasar con ellos unos días. Luego partiremos de Maine y visitaremos Nueva York y Washington. Y Baltimore, donde iremos a orar ante el sepulcro de un escritor por el que Penny y yo experimentamos una gran admiración: Edgar Allan Poe. ¿Ha oído usted hablar de él?
     —Sí, sí, lo conozco —asintió con vehemencia el gentilhombre—. ¡Qué rara casualidad! Precisamente fue un relato suyo, «El escarabajo de oro», gracias al cual averigüé que... —Enmudeció de repente. Dudó si debía continuar o no. No fuera a escapársele algún detalle demasiado esclarecedor. Que pudiera delatarlo.
     —¿Qué averiguó? —dijo Hadrien animándolo a seguir.
     —No importa. —El aristócrata dio por zanjado el tema con brusquedad. ¿Qué le sucedía? ¿Tan trastornado se hallaba? Había estado a punto de confiarse a un completo extraño, al borde de realizarle una confidencia íntima—. Pero cuénteme... ¿por qué quiere que el temporal sea violento? Reconozco mi perplejidad: no le entiendo a usted. ¿Acaso no desea una travesía sin sobresaltos?
     —Sí, por supuesto. Hemos estado ahorrando durante mucho tiempo, realizando costosos sacrificios, para poder permitirnos este viaje. Sin embargo... —El joven hizo una pausa. Y reprodujo de nuevo aquel guiño incomprensible.
     —¿Y bien? Explíquese usted de una vez, caballerete. —El tono festivo de aquel jovenzuelo le estaba devolviendo el buen humor que jamás habría sospechado ser capaz de recuperar.
     —Nunca viene mal un poco de diversión nocturna, ¿no opina así su señoría? Si a mi Penny la asustan los relámpagos y las sacudidas del buque, se estrechará con más fuerza entre mis brazos... Y ahí encontrará a este servidor, dispuesto a consolarla y a hacer que olvide la borrasca.  —Otro guiño, cargado de una picardía exultante.
     Una carcajada sincera brotó de la garganta del afligido pasajero. Le reconfortó la evidencia de que ingenuos enamorados poblaban todavía la faz de la tierra. La constatación de la pujanza del amor. No para él, claro, para él aquella especie entera de sentimientos se había tornado imposible tras la muerte de Camellia... Sobre todo, después del descubrimiento del aborrecible comportamiento de esta.
     —¿Y su esposa? ¿Descansa abajo, en el camarote? —aventuró Hadrien—. No es bueno permanecer solo en un crucero de placer.
     —No, no... Mi esposa... —Los malos recuerdos volvieron a entristecerlo—. Mi esposa no puede abandonar Inglaterra. Mi hijo («¿Pero de veras es mío?», dudó) y yo vamos a instalarnos en el Nuevo Mundo. Justo hoy cumple un año de vida.
     El pequeño bastardo («¡Dios bendito!», se reprochó, «tengo que dejar de pensar en él en estos términos. He de confiar en que es mío, en que yo soy su padre, o no servirá de nada esta fuga. En caso contrario, ¡más me valdría arrojarme con él ahora mismo por la borda!») dormía el sueño de los inocentes en el compartimento de su progenitor, el cual había cesado de prestar atención a la cháchara de su acompañante. Este advirtió el retraimiento de su interlocutor y se adelantó a despedirse.
     —Bueno, no le entretengo pues. Le devorará la impaciencia por regresar al lado de su pequeño. Mañana le veré y le presentaré a mi Penny. Espero que me permita usted conocer a su hijito.

     Mas el reencuentro no se dilataría hasta el día siguiente. Únicamente unas horas más tarde, el fugitivo, vestido con su camisa de dormir y empapado hasta la médula por las embestidas de las olas que amenazaban con hacer zozobrar la nave, contemplaría a Hadrien hacinado en una barcaza y abrazado a su esposa...


     II
    
     Un año antes (día 13 de noviembre).

     La dama recorría presurosa la calle. Le urgía arribar a su destino. El acentuado abultamiento de su vientre evidenciaba su avanzado estado de embarazo. Lady Camellia C*** se movía con torpeza bajo la persistente llovizna londinense sorteando los vehículos y la inusual marea de gente desharrapada que provenía de Trafalgar Square.  
     «¿Qué hace aquí esta turba?», se preguntó con extrañeza lady Camellia. Hacía un día de perros.
     Hacia allá se encaminaba la mujer, decidida a romper con su amante. Temía que Armand opusiera resistencia, pero su resolución era inquebrantable. Ante sus argumentos, Armand terminaría por mostrarse razonable. Debía hacerle comprender que aquella idea del duelo era a todas luces descabellada... Esa relación clandestina debía finalizar de inmediato. Ella iba a tener un hijo y la inminencia de la maternidad la había devuelto a la senda de la cordura. El adulterio había sido una torpeza imperdonable, fruto del aburrimiento producido por diez años de un matrimonio que había devenido en hastío y monotonía. Semejante desvarío concluiría, y ella se reintegraría al redil de una vida conyugal carente de excitación pero apacible. Sus obligaciones como futura madre se impondrían a la frivolidad de aquellos amoríos culpables.
     Armand había recibido una misiva que le anunciaba la cita. Mas aguardó en vano toda la jornada a la mujer que la había redactado.
     Lady C*** escuchó una detonación cercana. El disparo de un agente de policía, que pretendía poner freno a la algarada de los manifestantes que protestaban por los incidentes de represión política acaecidos recientemente en Irlanda, espantó a los caballos de un carruaje haciendo que estos invadieran la acera. Uno de los corceles, despavorido, se alzó sobre sus cuartos traseros y descargó una coz con las patas delanteras contra los viandantes. La mujer no pudo esquivar el golpe: absorta en sus cavilaciones, apenas sintió el brutal impacto del casco de la bestia en su espalda. Se desplomó con la columna vertebral partida, muerta en el acto.
     Los disturbios de este día serían bautizados por la prensa británica como «el Domingo Sangriento». Para lord C***, viudo desde aquel exacto instante, aquella fatalidad desencadenó el derrumbamiento estrepitoso de su moralidad.
                                    
                                          * * * * * * * * * * * * * * * *

     —¡Usted no se halla en su sano juicio, señor! —exclamó el auxiliar de la morgue.
     Los médicos del Hospital St. George, adonde fue conducido el cuerpo de la fallecida, le practicaron una cesárea post mórtem a fin de provocar el alumbramiento. La gestación había rebasado el octavo mes, y de las dos criaturas engendradas por la difunta logró sobrevivir uno de los gemelos. Un varón robusto, perfectamente formado, sin ningún rastro de la naturaleza prematura de su nacimiento, que atronó con sus vagidos los oídos de los doctores y de las enfermeras que asistieron al parto, como si llorara a pulmón vivo el óbito de su infortunada madre.
     —Se lo suplico por lo más sagrado —rogó el desconsolado marido—. Tenga compasión de mi desgracia.
     —Lo que usted me pide es absolutamente irregular. —El empleado del depósito de cadáveres del sanatorio, un hombrecillo pequeño y contrahecho, negro como un demonio, empezó a vislumbrar la perspectiva de lucrarse con aquella inusitada solicitud.
     —Nadie se enterará —aseveró tajante el aristócrata.
     —Le repito que es de todo punto inviable.
     —¡Por Dios santo! Una única noche. Una despedida sin testigos. Mi esposa y yo solos, para poder desahogar mi dolor.
     —Si algo así llegara a saberse, me quitarían mi empleo.
     —Le prometo que nadie lo sabrá jamás. Me llevaré el secreto a la tumba.
     —¿Y qué ganancia obtendría yo si accediera? —le interrogó el subalterno.
     —Mi gratitud eterna, mi reconocimiento perpetuo...
     —Con esas cosas no se paga en las tiendas. No se compran alimentos ni se costea el alquiler —se burló el canalla—. Los trabajadores arrastramos una existencia miserable.
     —¡Ah!, ¿alude usted a una gratificación? —Aquel interés ruin suscitó la viva indignación del suplicante. De buena gana habría agarrado a aquel vil sujeto de la pechera y lo habría aplastado contra la pared, pero... ¿qué necesidad había de ello? Si algo poseía en abundancia el orgulloso linaje de los C***, era precisamente dinero.
     —Por nada del mundo querría yo que usted juzgara que pretendo aprovecharme de su situación. —El jorobado echó un vistazo a la mesa de mármol en la que yacía la muerta—. Da la impresión de que duerme, ¿verdad?
     El viudo asintió en silencio.
     —El forense no se ha ensañado con ese ángel. —Su voz destilaba zalamería. En cualquier otra coyuntura, a su interlocutor le habría resultado repulsiva. Pero se tragó la bilis, ya que precisaba de su aquiescencia.
     Las lágrimas de rabia anegaron los ojos de lord Reginald. 
     —La causa de la muerte es clara: un desgraciado accidente —continuó parloteando el mezquino individuo—. Por eso la autopsia no ha sido exhaustiva.
     «¡Cierra el pico, maldito imbécil!», gritó para sus adentros lord C***.
     —Veo que usted la adoraba, sir. Y yo no tengo entrañas para negarle este deseo —dijo el empleaducho—. Si su señoría fuera tan amable de compensar con un pequeño emolumento los riesgos que voy a afrontar por concederle este favor...
     Ya no se habló más. El trato fue concertado a plena satisfacción de ambas partes.
     Tras marcharse el trabajador del establecimiento, nuestro protagonista pudo dar rienda suelta a su aflicción. Besó una y mil veces las manos exánimes del objeto de su pasión, le dirigió incontables confesiones de idolatría y juramentos de fidelidad ultraterrena, una fidelidad que traspasaría las barreras de la muerte. Y la amó, la amó con delirio reiteradamente a lo largo de aquella macabra noche, consciente de que al amanecer desaparecerían para siempre tales oportunidades de deleite.
     Al sentir las primeras luces del nuevo día, el infeliz se sobrepuso a su desesperación, acomodó el cadáver en una postura digna y arregló el cabello desordenado de la muerta. Pronto sobrevendría el momento del sepelio: era el turno de que las plañideras y los enterradores realizaran su tarea.


     III

     Cinco meses antes (mediados de junio).

     Con el transcurso inexorable del tiempo, el hogar de lord C***, conmocionado siete meses atrás por el trágico fallecimiento de la señora de la casa, se había ido encauzando de un modo paulatino hacia la normalidad.
     La abnegada Isabella, la hermana menor de Lord Reginald, la cual se hallaba soltera, se había mudado, a partir de la Nochebuena del año anterior, desde la vetusta mansión solariega en la que habitaba con sus padres hasta la morada de su hermano para cuidar de este y del tierno huérfano. Lady Isabella era una damisela adorable, dotada de un intelecto no demasiado agudo, pero de una candidez y bondad extraordinarias. Y en aquel trágico trance había hecho gala además de una fuerza de voluntad y un tesón sobresalientes.
     De nada había valido la reticencia inicial del hermano, a quien le apenaba que la joven renunciara a su alegre vida de bailes y flirteos con sus pares de la alta sociedad para cargar con una responsabilidad que no le correspondía. Mas la damita había opuesto una férrea obstinación hasta obtener la conformidad de su hermano.  
     En tanto que una legión de sirvientes y criadas atendía al bienestar doméstico de su amo, la señorita consagraba todos sus desvelos a su sobrino Tobiah, a quien había llegado al extremo de considerar como su propio hijo. El pequeño Toby tampoco conocía a otra madre sino a aquella.
     El viudo era el único que no se había recuperado de la desgracia sufrida. Antes al contrario, la noche que había pasado velando el cadáver de su esposa hizo germinar en su corazón una pulsión erótica de carácter monstruoso. Si bien había intentado combatir con denuedo aquellas horrendas tentaciones, acabó por sucumbir al perverso atractivo de la necrofilia. Para saciar sus apetitos morbosos recurrió al empleado de la morgue, de nombre Freddy, quien resultó ser un bribón que se plegó sin rechistar a todas sus abyecciones a cambio de una sustanciosa recompensa.
     Escogió el lóbrego sótano de la residencia como escenario de sus solaces prohibidos, preparó allí un camastro y ordenó construir un acceso directo desde el nivel de la calle para que su cómplice pudiera hacer entrar por él con mayor facilidad a sus amantes ocasionales. Una vez que las damas habían prestado sus servicios (una o dos noches a lo sumo, hasta que la putrefacción causaba los naturales estragos en sus cuerpos), eran retiradas con pulcritud por aquel mismo truhán, quien las devolvía, en apariencia intactas, al lugar del cual las había sustraído.    
     Solamente el buen Dios sabe cuánto tiempo se habría prolongado aquella abominación si un descubrimiento fortuito no hubiera desatado la locura del dueño de la casa...

            
     IV

     Dos semanas antes (finales de octubre).

     —Muy ingenioso el razonamiento.
     Lord Reginald levantó la vista del periódico y miró con curiosidad a su hermana.
     —Disculpa. ¿Qué decías, querida?
     Luego de haber degustado una cena exquisita, los dos hermanos se habían reunido en una acogedora salita para dedicarse a la lectura. Él se informaba de las noticias de la jornada y ella se recreaba con las rocambolescas peripecias de un relato de aventuras.
     —Me refería a esto. —Lady Isabella cerró el volumen que sostenía entre las manos y le mostró el título, grabado en letras doradas de estilo barroco.
«El escarabajo de oro» —pronunció el hombre en voz alta.
—Lo he tomado de tu biblioteca. Supongo que lo has leído.
—Sí, recuerdo el argumento a grandes rasgos. —Hizo memoria, y resumió—: Es la historia de un joven arruinado, quien, gracias a un golpe de suerte y a sus dotes deductivas, halla, con la ayuda de un buen amigo y un antiguo esclavo negro, el botín escondido de un pirata de antaño. 
     —Una narración extraordinaria —apreció la mujer—. Los personajes son muy simpáticos, y al cabo encuentran un tesoro.
     —Ja, ja, ja —rió el aristócrata—. Apostaría que aún crees en las hadas. Te envidio, hermanita. Tú y tu optimismo incorregible... Te encantan los desenlaces felices.
     —¿Y por qué no habría de ser así? —replicó la dama—. Ya existe suficiente maldad en el mundo real —dijo, apuntando con un mohín desdeñoso el periódico de su hermano— como para que encima nos privemos de soñar con sucesos bonitos en la ficción.
     —Es probable que tengas razón, Isabella, sí —admitió lord C*** en tono conciliador—. Te aconsejo entonces que no leas más cuentos de Poe. «El escarabajo de oro» constituye una excepción en su obra. Es autor de unos relatos estremecedores. Gatos del Averno que resucitan de entre los muertos para atormentar a sus maltratadores, y desalmados que asesinan a ancianos aprovechando cobardemente que estos duermen...
     —¡Oh!, no me escandalices, Reggie —exclamó la señorita—. Te haré caso, descuida. Pobre diablo. Conozco algo acerca de la biografía del escritor. Las penurias económicas y el alcoholismo debieron malograr su ingenio e influir en que su imaginación forjara tales pesadillas.
     —Una vida digna de conmiseración, francamente. Pero dime, ¿qué es lo que te ha parecido tan ingenioso?
     —¡Todo! —Los ojos de la muchacha relampaguearon de entusiasmo—. La concatenación de los hechos, lo bien hilado de la trama... La inteligencia con la que el protagonista desvela el mensaje cifrado del pergamino, y la propia manera en que este mensaje se torna visible al ser acercado al fuego por mera casualidad...
     Lord C*** pegó un respingo en su sillón. ¡Tinta invisible!, era obvio que tenía que tratarse de eso. ¿Cómo era posible que no se le hubiera ocurrido antes? Poco después del fallecimiento de su esposa, cuando se sintió con la fuerza necesaria para ordenar las pertenencias de la finada, se había topado, apiladas en el fondo de un cajón del escritorio de la difunta, con unas cartas misteriosas. El papel era de excelente calidad, y las hojas se hallaban enrolladas y atadas con primor mediante lazos de terciopelo de color granate. Al desplegarlas había percibido aún un delicado perfume, un aroma distinto al que había usado su cónyuge. Lo más enigmático era que estaban en blanco, sin ningún rastro de que se hubiera escrito alguna vez en ellas. ¿Por qué razón se habría tomado Camellia la molestia de adornarlas con tanto esmero? Solo por azar no las había arrojado él entonces a la chimenea.
     —¿Qué te sucede, Reggie? —le preguntó lady Isabella, quien reparó en la excitación que habían producido en el hombre sus palabras.
     —No es nada, querida, ha sido un simple escalofrío —repuso el hermano, esforzándose por ocultar su inquietud—. Estoy muerto de sueño —se excusó, ansioso por marchar a comprobar la veracidad de sus sospechas. Se levantó impetuosamente, besó en la frente a la joven y le deseó buenas noches.
                                      
                                          * * * * * * * * * * * * * * * *
    
     Las cartas, calentadas con el fuego de una vela, revelaron su vergonzoso secreto.
     «No tienes por qué seguir ligada a un marido al que, según afirmas, ya no amas...»
     «Huyamos juntos, no vaciles más, rompe ese matrimonio que te aprisiona...»
     «Recobra conmigo la libertad. Gocemos juntos de la felicidad que merecemos...»
     «¡Sé valiente! ¿No te he brindado suficientes pruebas de mi amor? Considera lo dichosos que seremos cuando podamos reunirnos para siempre...»
     «Voy a retar en duelo a tu estúpido marido. No tiene ningún derecho a retenerte contra tu voluntad...»
     El cerebro del ultrajado marido se desquició al leer las evidencias de la traición cometida por su esposa. Aquellas frases, trazadas con una caligrafía amanerada, le laceraron el corazón. Y lo más oprobioso era el firmante: Armand. ¡Armand, aquel insignificante petimetre! Aquel sastrecillo de tres al cuarto, ese advenedizo franchute de bigotes gomosos y acento relamido que con asiduidad había visitado la casa con el pretexto (porque eso había sido: ahora lo veía con claridad) de ofrecer a su mujer sus mercaderías parisienses. Debía haber recelado de sus cumplidos afectados, de tanto milady por acá y milady por allá, de sus galanterías, de sus ojos en blanco y de sus muecas ridículas, todo lo cual él había tomado por simples artimañas de comerciante servil. ¿Tan necia había sido su esposa para caer en las redes de aquella sabandija asquerosa, de semejante escarabajo
     «¿Un duelo?», sopesó por un instante dicha posibilidad. ¡No!, no le otorgaría el privilegio de una muerte honrosa. Se cobraría cara la afrenta. Compuso a toda prisa una esquela. Se la remitiría de inmediato a través de Freddy, su leal esbirro.
                                      
                                          * * * * * * * * * * * * * * * *
    
     —Le traigo un recado imperioso de lord Reginald C***.
     —¿A estas horas intempestivas? —preguntó somnoliento monsieur Armand.
     —Le ruego con encarecimiento que lea este mensaje. Tengo instrucciones de acompañarle hasta la residencia de su señoría tan pronto como lo haya hecho.
     —¿Tan urgente es el asunto? —expresó su perplejidad el francés.
     Leyó la misiva. En ella el noble indicaba su propósito de agasajar a su venerada hermana con motivo de una celebración familiar: deseaba encargarle un ajuar completo y aseguraba que no repararía en gastos. Todo era poco para una personita tan amada. De ahí que la entrevista debiera tener lugar en noche cerrada, para evitar toda indiscreción. Monsieur Armand encontró aquello realmente estrafalario. Sin embargo, en su larga carrera comercial había conocido a muchos clientes excéntricos. Aquel sujeto era un idiota arrogante, como a menudo le había asegurado la infortunada Camellia... Le causó gracia la expectativa de enriquecerse a expensas del marido cornudo. Le sacaría el jugo como una sanguijuela.
     —Deme unos minutos. He de vestirme para salir. Enseguida lo acompaño.

                                                                 
     V

     Una semana antes (primeros días de noviembre).

     El innoble emisario, Freddy, fue cosido a puñaladas por el agraviado marido en cuanto cruzó el umbral del sótano. Ya había cumplido su misión: atraer al ratón hasta la trampa. Lord Reginald no quería exponerse a dejar ningún fleco suelto. Alguien que pudiera formularle preguntas, o incluso que intentara chantajearle, cuando desapareciera el sastre y nadie volviera a tener noticias suyas nunca más.
     El extranjero, en cambio, no corrió la misma suerte. Fue amarrado como una res y encerrado en aquella tenebrosa mazmorra. Moriría, sí, pero no de una forma tan clemente. No lo hizo hasta unos días después, tras ser víctima de torturas espeluznantes.
     El vengativo viudo, sordo a sus patéticas súplicas, comenzó reventándole los ojos con las tijeras de costura de su antigua amante. Luego le fue quebrando los dedos uno a uno: un día, los de la mano derecha; al siguiente, los de la izquierda. Lo molió a golpes. Le hizo saltar los dientes a puñetazos. Le cortó finas tajadas de carne de la cara  y de los brazos, con cuidado de que no se desangrara, para así prolongar al máximo su suplicio. Le descoyuntó las piernas. Le pateó el pecho hasta astillarle el esternón y hacerle asomar las costillas. En el momento de su agonía, monsieur Armand apenas era ya un amasijo grotesco de huesos y tendones sanguinolentos. El aristócrata había reservado para entonces el castigo supremo: le amputó los genitales, los miembros que habían sido la fuente de su pecado, y se los embutió en la boca desdentada.
     Una vez despojado de su juguete, lord C*** dirigió su ira irracional contra el bebé. No soportaba la idea de que aquel niño pudiera no ser suyo. El hijo de aquel maricón francés. Mas la providencial intervención de lady Isabella frustró el atentado. El monstruo mantenía atenazada férreamente entre sus manos la garganta del pequeño, cuando los gemidos de este alertaron desde la cuna a su madre postiza, siempre vigilante.
     —¡Por los clavos de Cristo! ¿Qué estás haciendo, Reginald? —había gritado la voz aterrorizada de su hermana.    
     El hombre sintió clavarse en su rostro las uñas de la joven, que le atacaba con fiereza. Se desembarazó de ella propinándole un empujón que la propulsó contra la pared de enfrente. Desnucada, su cuerpo cayó al suelo sin vida.
     ¡Había matado a su hermana! ¡Dios santo!, ¿qué había hecho?
     Se arrodilló para abrazar su cuerpo y regó su rostro con sus lágrimas. Abrumado por la magnitud del homicidio, cogió al niño, aún con la cara amoratada, y prendió fuego a la casa. Que las llamas purificaran aquellos horrores. Días más tarde, tuvo conocimiento de que todos los sirvientes habían perecido en el incendio.
     Él se escondería en algún tugurio de los suburbios a la espera de poder huir de Inglaterra. Se embarcaría en la primera nave que zarpara de la isla. El destino no importaba. Adonde fuera.  

    
     VI

     Ni el sonido estruendoso de las sirenas de emergencia del barco ni el llanto desaforado de la criatura despertaron a tiempo al asesino. Dormía sumido en el sopor producido por la dosis de opio que había ingerido antes de acostarse. Desde los horripilantes episodios acaecidos la semana anterior, no había sido capaz de conciliar el sueño sin la ayuda de la droga. Cuando al fin ascendió a la cubierta, con el niño arrebujado entre sus brazos, la nave se hallaba escorada y el naufragio era inminente. La tormenta había sido devastadora: un rayo había impactado en el casco del buque y había abierto una enorme vía de agua.
     Las barcazas de salvamento se encontraban atestadas de gente que chillaba empavorecida. No quedaba el menor hueco libre. Reconoció en uno de los botes a Hadrien, quien abrazaba con fuerza a una muchacha que lloraba presa del pánico. Luchando contra los embates del huracán, lord Reginald, como guiado por un designio divino, logró acercarse al bote, el cual no había descendido todavía hasta la superficie del mar embravecido. Le tendió a Toby al joven y, en cuanto su hijo se encontró a salvo en las manos de aquel, él saltó por la borda.
     Su pensamiento postremo fue que ni siquiera la inmensidad de las aguas del océano bastaría para lavar tamañas atrocidades.

Fin