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lunes, 21 de agosto de 2023

Por amor a Georgina

Creo que, de alguna forma extraña e incomprensible, mi amor por Georgina existía aun antes de conocerla. Solo esto puede explicar la completa, la profunda familiaridad que sentimos el uno con el otro desde nuestro primer encuentro. 

Nuestro noviazgo fue apacible y sin excesos románticos. Yo aún vivía con mi madre; así que siempre nos veíamos en su vetusta casa, heredada de sus padres y situada en las afueras de la ciudad. Hacíamos el amor por la tarde; nos agradaba sentir en nuestras pieles la luz dorada del último sol, que entraba por los amplios ventanales mientras nos amábamos. Tras el clímax, compartíamos a menudo un breve sueño. Luego, ella siempre me pedía que me marchara. Yo aceptaba sin objeciones ese pudor social, que le impedía admitir que nadie que no fuera todavía su esposo pasara la noche en su vivienda. Pocos meses después, compartimos la alegría de la boda con nuestro amigos y familiares. Me mudé a su inmueble. Encontré enseguida trabajo como contable, mientras que ella hacía cerámicas en casa para su venta. La vida parecía ofrecernos una sosegada y dulce existencia, sin exigirnos nada a cambio.

A las dos semanas de convivencia, una jornada cualquiera, me desperté en la fase más avanzada de la noche. Era algo infrecuente en mí, tengo un sueño muy profundo. Como no podía conciliarlo de nuevo, me levanté, fui a la cocina y me preparé una infusión. Estaba sentado en la mesa con la taza caliente entre mis manos, cuando oí unos pasos titubeantes en el pasillo. Mi esposa se acercaba para acompañarme en mi vigilia. Me sentí confortado. Cómo la amaba. Pero quien entró por la puerta era… La mejor forma de expresarlo, creo, es decir que era el envés siniestro de Georgina. Llevaba el mismo camisón que ella. Pero medía cinco centímetros más. Un pelo desgreñado y salvaje envolvía su rostro color ceniza. Afilados caninos sobresalían de sus labios oscuros. Su cuello estaba surcado por gruesas venas esmeralda, que se ramificaban hacia los senos. Los ojos seguían siendo, de alguna forma, los de mi amada; pero mostraban un iris rojo sobre un demencial fondo negro, y me miraban con una sinrazón animal. Los gruesos tendones rojizos de sus miembros se definían con precisión bajo una piel translucida y grisácea. Las uñas eran garras azules y afiladas. El porte general se asemejaba al de una horrenda bestia a punto de saltar sobre su presa. Era Georgina, sin duda. Era, también, un monstruo. Que se aproximaba a mí lentamente.

Comencé a gritar aterrorizado, mientras me apretujaba contra una esquina de la cocina. Se acercó, respirando de forma ruidosa. Estaba ya a medio metro y comenzaba a levantar un brazo, cuando acerté a decir, con una voz lastimera y aguda hasta el patetismo: «Georgina... soy yo». 

Se detuvo y se quedó mirándome. Creí ver en sus pupilas un débil brillo de entendimiento. Comenzó entonces a respirar con más lentitud. Creo que de alguna manera logró reconocerme, desde el fondo de su alma irracional. Aquella noche no me devoró. Su ansiedad bestial disminuyó gradualmente, hasta que, como una sonámbula, regresó al lecho. Yo me quedé hecho un ovillo sobre mi propia orina en el suelo de la cocina, sin valor para nada más que no fuera temblar y gemir. Al amanecer recolecté un mínimo de valor y me acerqué al dormitorio, trémulo y confuso. Allí encontré a mi esposa, a mi dulce Georgina, durmiendo plácidamente. Me dirigí entonces al salón, todavía muy asustado.

Cuando despertó, se alarmó al verme en tan lamentable estado. Le conté entonces lo sucedido de forma atropellada. Ella abrió desaforadamente los ojos; hundió el rostro entre sus manos; sollozó; me pidió perdón. Luego me explicó, entre hipidos y lamentos, que aquella transformación le sucedía desde que se hiciera mujer. Que tenía tanto miedo a perderme que no había tenido el valor de contarme. Que había supuesto, de manera ingenua, que la vida conyugal aplacaría su estigma. Volvió a llorar. Me pidió perdón de nuevo. Me pidió que no la dejara.

No lo hice, por supuesto. Amaba a Georgina. Y la convivencia, como bien sé, está hecha de pequeñas concesiones por ambas partes. Mi esposa se transformaba por las noches en un ser del inframundo. Bien, ¿acaso iba a abandonarla por ese detalle? Por supuesto, mi sueño desde ese día pasó a ser muy ligero. Y eso hacía que me despertara con frecuencia y que coincidiera con ella. Con la otra, quiero decir, porque la transformación sólo ocurría de noche, y, desde aquel primer encuentro, casi a diario. Por suerte, comprobé con alivio que yo no corría riesgo: mi esposa nocturna no me consideraba ni un enemigo, ni alimento.  

Logramos, con el paso de los días, alcanzar un equilibrio en aquellas extrañas noches. Hasta tal punto, que, por insólito que parezca, empecé a tomar cierto gusto a compartir ocasionalmente algunas horas de la madrugada con aquel ser inaudito. La otra Georgina se mostraba inesperadamente melancólica. Observaba los objetos cotidianos con curiosidad, mientras gruñía suavemente. No quería nunca salir de casa, pero se acercaba a la ventana, y miraba absorta el cielo estrellado. Cuando yo le hablaba, con dulzura, solo distinguía mi tono de voz, como los animales. Al cabo de unas horas siempre retornaba al lecho. A la mañana siguiente nunca recordaba nada. Con el tiempo, y por repetitivos, dejé de relatar a mi esposa los eventos nocturnos. Asumimos con naturalidad la realidad, y seguimos adelante.

Sin embargo, aunque se suele decir que la naturaleza humana es impredecible, en el caso de los hombres resulta tristemente pronosticable: a los pocos meses de la nueva situación, comencé a desear a la otra Georgina. Tantas horas de cercanía en las horas nocturnas habían convertido lo que antes me aterrorizaba, en una presencia cercana, y finalmente, en objeto de mi ansia sensual. Soñaba con conocer el tacto de su piel traslúcida, y acariciar aquellos insólitos pechos con venas esmeralda, hundiendo mi rostro en su esternón. ¿A qué sabría su boca oscura? En definitiva, quería hacer el amor a la contrahaz de mi esposa. Por supuesto, no le dije nada a su versión humana. Intenté negar mis propios instintos, avergonzado. Todo fue inútil. Era un deseo irreprimible, y así me lo reconocí a mí mismo. Decidido entonces a actuar, busqué asesoramiento. Pero ni en la Biblioteca Nacional ni en internet encontré nada relacionado con cómo cortejar a una mujer-demonio. Lo que yo ignoraba por entonces es que a esas alturas la atracción era ya mutua. Todo se inició de forma sencilla. Una noche, la otra Georgina se aproximó a mí más de lo habitual, y comenzó a olerme con interés el cuello y las axilas. Noté cómo su respiración se agitaba. No negaré que yo también me excité. Extendió entonces un brazo. Rasgó mi pijama con sus garras y me trituró un hombro. Chillé, loco de dolor. Ella tomó mi alarido como una muestra de reciprocidad. Me levantó en vilo, soltó un grito gutural y me lanzó alegremente contra el mueble del salón. Mi cuerpo rompió dos estanterías y los libros se desparramaron por el suelo. A continuación, saltó sobre mí con una mueca feroz que quise interpretar como una sonrisa. No me extenderé en detalles, por lo demás privados. Diré sólo que nuestro primer encuentro sexual fue parecido a un espectáculo de lucha mexicana en el que los contendientes se hubieran excedido con las metanfetaminas. 

A la mañana siguiente, tenía el rostro amoratado, el labio superior partido, una posible fisura en la vértebra L2 y el cuerpo lleno de pequeñas heridas. Aunque no hubiera tenido tales secuelas, le habría confesado igualmente los hechos a mi esposa. Sentía que la había engañado. Con ella, sí, pero traicionado, al fin y al cabo. Su primera reacción fue de estupor. Durante unos instantes no pudo articular palabra. Comenzó a mirarse sus manos, con alguna uña rota. Luego sus pechos. Luego me miró a mí. Estalló entonces, para mi enorme sorpresa, en una sonora carcajada. «Si vas a serme infiel, mejor que sea conmigo» dijo, con un tono un tanto travieso. Y continuó luego con nuevas carcajadas, que casi le hicieron ahogarse. Solo me puso tres condiciones. Que al igual que respetaba sus deseos durante el día, hiciera lo mismo por la noche. Que no la manipulara aprovechándome de mi raciocinio. Que no me acabara gustando más la otra que ella. No hace falta decir que acepté alborozado. El destino ordenaba de nuevo las piezas del tablero. Pero nada es nunca como uno espera, y un retazo de la oscuridad acaba siempre por alcanzarte, ¿verdad?

 Nuestra casa, como he mencionado, estaba situada en los suburbios de la ciudad, a los que las rutas de la policía apenas llegaban. Por ello, sentía en ocasiones que podíamos estar en cierto riesgo. Esta sensación se acrecentó cuando comencé a ver, algunas mañanas, una furgoneta gris parada no muy lejos de nuestra casa. Debería haber sospechado algo. Debería. Un día de invierno en el que me demoré mucho en el trabajo, llegué a mi hogar cuando el sol ya se estaba poniendo. Vi entonces la furgoneta, aparcada enfrente de la puerta. Encontré forzada la cerradura. Entré alarmado, y en el interior descubrí el horror. Había dos extraños en el salón. Uno de ellos tenía un lazo de captura de perros en la mano. El otro sujetaba una gran saca. Nuestro secreto nunca había sido tal; estaban cazándola como a un animal. Georgina lloraba y se acurrucaba, al borde del ataque de nervios. Al verme, el de la saca dijo con frialdad: «Date prisa. Antes de que se transforme. Este ejemplar vale la pena». Les grité que nos dejaran en paz. Entonces el tipo de la saca me fracturó el hueso nasal con un puñetazo. Me quedé trastabillando mientras sangraba. Me golpeó luego el estómago, dejándome sin resuello. Me alejé torpemente de él; agarré como pude la lámpara de una mesa y se la tiré a la cabeza. Se protegió con las manos, pero no pudo evitar que le hiciera un corte en un pómulo. Mostró entones una sonrisa siniestra, mientras sacaba lentamente un cuchillo de su bolsillo trasero. Con fría profesionalidad me hizo un tajo en el brazo derecho. Chillé ridículamente mientras me tapaba la herida con una mano. Comenzó a hacer una perversa danza a mi alrededor, mientras seguía haciéndome tajos, uno tras otro, con calma, siempre sonriendo. Chas, chas, chas. Su colega también reía; ya había conseguido lazar a Georgina, y se estaba divirtiendo. Yo grité desesperado:

—¡Georgina! ¡Ayúdame! ¡¡Ayúdame por Dios!!

Mi mujer estaba en estado de shock, medio ahogada por el lazo. El sol no se había puesto del todo. Y yo, yo estaba aterrorizado. Mi agresor agarró entonces el cuchillo como quien sostiene un picador de hielo. Se disponía a darme la puñalada final.

Nada importaba ya; nada me costaba hacer una última apuesta. Me abalancé hacia Georgina, abrazándola con rudeza, y con mi mano derecha le herí la espalda empleando las fuerzas que me quedaban. Las uñas de mis dedos índice y medio se partieron mientras desgarraban su epidermis. Ella aulló salvajemente. Mis energías me fallaron, y todo se apagó para mí.

Cuando desperté, débil y aturdido por efecto de los cortes, lo primero que vi fue el rostro de mi esposa lleno de moratones y pequeñas heridas, que ella se intentaba limpiar con calma. Estaba hecha un eccehomo. El resto del panorama era desolador. Los cadáveres de los dos hombres estaban despedazados. Sus vísceras, repartidas por el suelo como piezas de un puzle siniestro, parecían haber sido parcialmente devoradas. Georgina me sujetó entonces la cabeza con ternura, y me dijo con voz queda y triste:

—Amor, ¿cómo estás? 

—Nos has salvado, vida mía. No te preocupes, todo va a salir bien —repuse.

—No, no, estás equivocado. Es tu amor el que nos ha salvado —dijo ella con dulzura—. Querido, esto no lo hecho yo. Lo has hecho tú. Eres el que se ha transformado.

No podía asimilar lo que me estaba diciendo. Pero entonces volví a mirar los cadáveres. Reparé entonces en el sabor extraño y amargo que tenía en la boca. Y en la sangre de mis uñas. Dios.

—Hacer el amor con mi otro yo ha hecho que te transmita mi estigma —prosiguió mi esposa—. Lo llegué a intuir en algún momento, pero... No quería perderte. Eres mi vida. Eres la primera persona que me ama como soy. Perdóname.

Me quedé conmocionado. Recordé entonces la profunda oscuridad en la que me había hundido. No había sido un simple desmayo. Era mi nueva naturaleza, emergiendo por primera vez desde los pliegues más oscuros de mi alma. O, tal vez, desde el amor infinito que sentía por aquella mujer. Nuestra relación acababa de dar un nuevo paso, extraño y sobrecogedor. Y aun confuso y aturdido, estaba dispuesto a afrontarlo.

Georgina se puso entonces la mano en el vientre con delicadeza. 

—Hay algo más, amor mío. No nos has salvado solo a nosotros. También a él.

Georgina estaba embarazada. 

Han pasado tres meses desde entonces. Enterramos los restos de aquellos bastardos en el jardín interior; nadie los echará de menos. No sé con cuál de las dos Georginas concebí nuestro hijo. Ni cual será la que dé a luz. O quién le dará el pecho. ¿Seremos buenos padres? ¿Será nuestro hijo como nosotros?  La verdad es que todas estas cuestiones me parecen cada vez más pueriles. Sé que ambas versiones de mi esposa serán madres maravillosas. 

Y yo les seguiré queriendo, feliz, por el resto de mi afortunada existencia.

 

 

Consigna: Relato de hasta 4 hojas, tema libre

Seudónimo: Igor Náhuatl

El sabor que su auto necesita

¿Está cansado de pagar el impuesto al peatón?

Entonces, acérquese a nuestras concesionarias

y conozca el nuevo Brad Everest de Golden Astra.

Nada más confortable en materia de humanos.

.

 

—Fue una experiencia increíble, Mercedes. La concesionaria organizó un ágape con los últimos modelos en exhibición ¡Y el vendedor me invitó a subir a un Brad Everest! —Romeo hizo girar las ruedas para darle más énfasis a sus palabras.

—Qué bueno, querido. ¿Y te gustó?

—¿Qué si me gustó?… no te imaginas la comodidad del interior, la… la suavidad de los órganos… fue como sentarse en las entrañas mismas de Dios.

            Mercedes apenas lo miró. Tenía la trompa fruncida y los faros levemente inclinados hacia abajo.

            —Ajá. Las entrañas de Dios. Me imagino.

            —Y los comandos. Tendrías que haber visto esas terminaciones nerviosas.

—Ya sabes que es un gasto que no nos podemos permitir, ¿no?

—Pero…

—Ni una palabra más… ¿Qué quieres cenar hoy?

            Romeo bajó un cambio y suspiró sin dejar que el desánimo se trasmitiera a su voz.

—Cualquier lubricante semisintético estará bien.

 

En la mañana gris unas microscópicas partículas de carbón golpeaban el vidrio del ventanal de la cocina. Antes de ir al trabajo, Romeo se tomaba su taza de aceite mientras acariciaba a su pequeño moto-motor distraídamente. Faroleó algunas páginas del diario sin mucho interés. La superpoblación de rodados en el continente africano abría el debate sobre el control de natalidad. ¿Era ético obligar a las centrales motrices a limitar su producción a un único cero kilómetro por pareja? ¿Podían las entidades gubernamentales determinar el tamaño de las familias? ¿Hasta qué punto era real el problema de la superpoblación? Romeo se encogió de hombros. Mercedes y él no pensaban encargar un modelito por el momento.

Al pasar la página, un folleto impreso a color cayó sobre su capot.

Un lustroso Brad Everest lo miraba desde el papel con unos preciosos ojos color avellana. Tenía los brazos en posición de jarra, lo que permitía admirar una musculatura perfecta. Los contornos del fuselaje eran poesía pura. La elegancia y sofisticación del vehículo iban más allá del buen gusto. Claramente los ingenieros de humano móviles sabían lo que hacían.

“Lo nuevo de Golden Astra te dejará sin aliento” rezaba el slogan. «Vaya que sí» pensó Romeo mientras apuraba su taza de aceite.

 

            Le tomó una hora cuarenta llegar al trabajo. Veinte minutos por encima del margen de tolerancia. El lector de patentes le advirtió que le descontarían el presentismo por llegar tarde por tercer día consecutivo. Su jefe, un viejo Volvo gris plata, lo miró con cara de pocos amigos al ingresar a la oficina. Otra vez descendía en el ranking de las buenas impresiones gracias al pésimo servicio del trasporte público. El hombre-bus nunca pasaba a horario, además, siempre iba atestado y su interior apestaba a gases.

            Romeo se sentó en su cubículo y se puso a cargar las planillas de cálculo pendientes. Sería un día largo y aburrido, sin posibilidad de escapatoria.

            Al mediodía, en el amplio comedor de techo abovedado, decidió que almorzaría solo 15W40. Sus colegas le habían reservado un lugar pero apenas lo saludaron al estacionar junto a ellos. La atención del grupo estaba enfocada en Ci-Ford, que no paraba de parlotear revoleando las ruedas y haciendo guiños.

—…una autonomía de 400 kilómetros con el estómago lleno ¿Se imaginan? Porque un full tendrá todos los detalles que quieras, pero pocos vehículos te ofrecen ese rendimiento…

—¿De qué me perdí?—interrumpió Romeo, a quién Ci-Ford le parecía un soberbio y un monopolizador compulsivo de cualquier conversación.

            Rover limpió su parabrisas y le pasó la aceitera a Meriva, la jefa de recursos automotrices, quién le dedicó una caída de faros más que elocuente. Corso, que estaba en la cabecera de la mesa, se volvió hacia Romeo.

            —Ci-Ford está de estreno, amigo. Se apareció hoy en la playa de estacionamiento con un…

            —¿Por qué no lo dejas que lo cuente él? —amonestó Meriva—, después de todo es su primicia, ¿no?

            Corso arrugó la trompa y se excusó.

            Ci-Ford entornó los faros y sonrió con esa sonrisa artificial que encantaba a todo el mundo, menos a Romeo.

            —Un Brad. Me compré un Brad Everest de Golden Astra.

            —Ah…qué bien, te felicito.

            Ci-Ford continuó la conversación en el punto exacto en dónde la había dejado.

Romeo simuló un educado interés pero apenas escuchó el relato. El resto del día sufrió de mala carburación, cosa que lo mantuvo distraído y rumiando pensamientos poco generosos.

           

Décadas de lluvia ácida habían reducido la garita de colectivo a una escultura abstracta. Romeo se guareció lo mejor que pudo y rogó que el hombre-bus llegara pronto. El cielo tenía el aspecto de una compota de ciruelas y amenazaba con una caída fuerte de graupel. Típico clima de otoño en la ciudad.

Un caucásico deportivo se detuvo junto al cordón. Al abrir la compuerta Romeo vio que la conductora era Meriva.

—¿Te llevo? Te puedo dejar en el acceso norte. —A Romeo le extrañó verla en dirección a los suburbios pero se encogió de chapas y se subió al humano sin chistar.

            —Gracias, Merv. Qué raro verte en dirección al populacho.

            —Ah, ¿viste? Es que tengo una cita con mi amante.

Él captó la sonrisa torcida. Meriva nunca hablaba en serio y le encantaba dar rodeos para desconcertar al interlocutor. La conocía lo suficiente para saber que no daba puntada sin hilo.

—Prometo no decir nada. Soy discreto como un depósito de chatarra.

Ella aceleró y tomó la autopista sin ceder el paso a los demás vehículos, que hicieron sonar sus cuerdas vocales.

—No, nada tan excitante. Necesito pasar por el taller. Una parada estratégica antes de volver al principado.

            Romeo admiró el tablero: los relojes cromados con sus agujas rojas se entrelazaban en seductora simbiosis con la carne viva. Un modelo John de lujo, solo adquirible para el escalafón gerencial.

—¿Tienes problemas con el vehículo? ¿Tan pronto?

—¿Qué? Oh, no —Meriva sonrió —¿Dije taller? Quise decir guardería. Tengo que pasar a buscar a mi Cooper y llevarlo a una fiesta de cumpleaños en las torres de Puerto Motor. Las mamis del chat jamás me lo perdonarían si no lo llevo. Aunque no creo que nos quedemos mucho. Entre nosotros, Romeo: esas chicas me aburren. Son amas de casa con mucho tiempo libre y nada de ambición.

Romeo no supo que decir. Se quedó un momento pensando y eligió cambiar de tema.

—Con respecto a mis llegadas tarde…

Meriva se pasó al carril rápido y lo miró con expresión divertida.

—No te preocupes por eso, querido. Tengo una noticia importante para darte. Espero que los chismosos de “radio pasillo” no se me hayan adelantado.

Romeo tragó combustible. Lo despedirían allí mismo, en medio de la autopista, en una conversación que pretendía ser distendida, con alguien que había tardado tres años en no confundir su nombre.

Pero en cambio Meriva dijo:

—El señor Volvo te dará un ascenso. Ya está todo arreglado. A partir del lunes te desempeñarás como gestor de producto.

—¿Qué? —Su motor pareció detenerse en seco.

—En efecto. Hace tiempo que se viene hablando de esto en la cúpula. Necesitan a alguien serio y competente, y creo que te ganaste el puesto con creces.

—¿En serio? No sé qué decir.

—No digas nada. Pero más vale que invites a tu mujer a cenar a la luz de las velas. Un ascenso así amerita un festejo.

Cuando Meriva lo dejó en el acceso, Romeo se quedó más de media hora viendo pasar el tráfico bajo la lluvia ácida. De pronto tenía la cabeza llena de cálculos y los ramalazos de felicidad que lo asaltaban eran tan apabullantes que no le permitían carburar con normalidad.

 

Romeo suspiró y entró en su casa. Mercedes conversaba con su amiga Focusa en la sala. Su mujer le dedicó una mirada de curiosidad al verlo pasar en dirección a la cocina. Controladora y atenta a todo, como era, le preguntó si se sentía bien.

—Todo bien, amor. Estoy un poco cansado, nada más.

—Bueno, esta noche cenamos temprano.

—Me parece bien. Me voy a dar una ducha.

Esa misma noche, antes de dormir, Mercedes insistió:

—¿Qué era esa cara de hoy a la tarde? Parecías trastornado, ¿seguro no pasó nada en el trabajo?

Romeo estuvo tentado de contarle la novedad a su esposa. Pensó en las variables y derroteros por los que se encaminaría la conversación. Necesitaban hacer un reforma en la sala. El techo tenía fisuras y se llovía. Las paredes estaban descascaradas. Tenían una asignatura pendiente con el banco para saldar la hipoteca. También estaba el bendito asunto de poner a sus suegros en un asilo, cosa que se llevaría una tajada importante de cualquier adicional que ingresara en sus arcas. Decidió improvisar:

—Nada cariño. Mucho papeleo en la oficina y me sentó un poco pesado el almuerzo. Eso es todo.

Su mujer lo observó con suspicacia y antes de apagar la luz lo amonestó por relegar su salud y nunca sacar cita para ir al taller a que le revisaran el motor.

Romeo prometió hacerlo. Pero en lo más profundo de su circuitos consideró tomar una decisión muy distinta. Un deseo largamente demorado se encontraba, de pronto, a su alcance. ¿Por qué no? ¿Acaso no se partía el chasis todos los días desde hacía años? ¿Por qué diablos no? ¿Por qué no presentarse mañana temprano en la concesionaria? ¿Por qué no sentarse en las entrañas de Dios y conducir hasta el final del arco iris, donde los ríos de lluvia ácida desembocaban en un mar de colores horrorosos e inimaginables?

***

Consigna: Tema libre

Seudónimo: Síndrome de Marfan

domingo, 30 de julio de 2023

Todo queda en casa

Cuando recobran el conocimiento siempre les ocurre lo mismo. Antes de abrir los ojos lo primero que les sobreviene son los olores. Son aromas conocidos, que sus mentes confusas reconocen al instante. Huelen la humedad, adherida a sus fosas nasales, como un ser vivo correoso e informe. Huelen el hormigón, y en sus bocas pastosas, embotadas, se instala un sabor desagradable. Huelen al moho, extendiéndose en los pulmones, en una conquista de esporas invisibles… Es entonces cuando con dificultad van abriendo los parpados, pesados. Un  leve haz luminoso penetra en sus pupilas, pero una fosca envuelve las imágenes, que se moldean y cambian a su antojo. Les cuesta unos minutos hasta que sus cerebros consiguen aclarar la situación. Los ojos, nerviosos, se mueven de un lado a otro, en una periferia que abarca hasta donde sus cabezas pueden girarse… Descubren donde están. Una fábrica abandonada. Desde sus posiciones en el suelo pueden observar las poleas, las cintas transportadoras, las enormes máquinas y motores. Pero todo está en desuso, el tiempo ha ido apropiándose de cada rincón, las sombras pintan el silencio de ruidos inconexos. Hasta que sus ojos me ven… Intentan gritar, pero la mordaza es fuerte. El golpe es seco, certero, justo entre la sien y el lóbulo temporal.

 

El vertedero tiene un hedor tan penetrante que aunque te duches varias veces aún perdura el estigma de la putrefacción en la piel. Miro mi reloj: las 7.45… Ahora recapacito. No tenía que haberme echado las mechas, pero mi peluquera es una pesada. Cuando salga de este apestoso lugar tendré el cabello hecho una porquería. Dinero tirado.

−¡Inspectora Guardado, ha aparecido un trozo más!  

Es el agente Gutiérrez, de la científica, sobre un montón de desperdicios. Un gilipollas. Tiene entre las manos una pierna, por su morfología, femenina. Está en proceso de putrefacción. Miríadas de moscas revolotean alrededor, el imbécil intenta apartarlas de su cara con su mano libre. El olor es tan fuerte que traspasa la mascarilla. El miembro tiene pegado por la parte seccionada trozos de basura.

−¡Métela en su bolsa correspondiente y la pones junto a las otras partes!

Es la tercera porción del cuerpo que la científica encuentra… Esta mañana, poco antes de las 6 de la madrugada mi móvil comenzó a vibrar como un poseso sobre la mesilla de noche. El comisario Andrade me habló de mala hostia, yo le contesté de igual forma. Cosas de la falta de sueño y el primer café…« Nuevas partes amputadas de un cuerpo, dijo». El quinto en cuatro meses, siempre en lugares distintos. Un operario al iniciar sus labores con la excavadora halló el macabro incidente. Un torso, un brazo. Un factor común, a todas las victimas les falta la cabeza.

 

 

A pesar de su inconsciencia apenas noto el peso de su cuerpo. Sus cabellos se han echo a un lado dejando ver parte de su rostro. Es una chica bonita. Una costra de sangre seca se le ha acumulado en la sien. Pero respira, eso es bueno. Por un momento pensé que el golpe había sido fatal… La fábrica parece un animal dormido, cómplice  de mis desvelos nocturnos. La cargo en la parte de atrás de la Westfalia, y tras asegurarme de que no hay nadie manejo hasta mi casa del bosque. La vivienda se halla en un coto privado de caza, en lo profundo de la masa forestal. Un lugar alejado de la civilización y solo transitado cuando levantan la veda para la cinegética… Antes de aparcar el vehículo en el garaje le quito la matrícula falsa y las fundas de los neumáticos. Consejos efectivos… 

Tardé en construir el sótano más de un año. Sus paredes insonorizadas ayudan mucho. No tengo porque contenerme… Deposito a la chica sobre una mesa de metal y la ato con correas de pies y manos. No puedo evitar que mis recuerdos me lleven al principio…

 

Cuando llego a comisaria tengo que aguantar las bromas de turno de los petardos de las oficinas. Vertí sobre mi ropa casi un frasco de colonia y restregué con tanta fuerza mis manos que tornaron en un color rojizo. En vano, el hedor a podredumbre aún perdura en mí.

−¿Qué nuevo perfume usas, Guardado? –Dice López con una sonrisa estúpida.

−¡Eau de cochon, la nueva fragancia natural! –Apunta su colega.

−¿Por qué no os vais los dos un poquito a la mierda?... Parra… López…

−¡La mierda ya la traes contigo, jajajaja!

−¡Gilipollas! –Sentencio y me encierro en mi despacho tras un portazo.

El día transcurre entre legajos de papeles e informes. Me siento agobiada por el Comisario que quiere avances con el caso “Del Tablajero”, como lo ha bautizado. No entiende que no exista ni una sola prueba. Tengo que aguantar su arenga, sus despropósitos, poniéndome de inútil y vaga. Aún puedo escuchar sus alaridos por el pasillo… Mi compañero Fer me trae un café aguado de la máquina. Creo que esa jodida máquina está ahí desde que construyeron el edificio. Noto como me sonríe y como no puede evitar que sus ojos azules se fijen en mis pechos. Me pone cachonda y pienso en Borja empotrándome contra la mesa mientras lo hacemos, estoy deseando largarme de aquí y empezar mi semana libre… Fer sigue sonriéndome, con esa cara de bobo que ponen los tíos cuando están encoñados y harían cualquier cosa por una mujer, seguro que está medio empalmado… Quizá algún día me lo tire.

 

Aquel niño siempre volvía los veranos a pasar las vacaciones al pueblo. Era esa clase de personas que te caen mal sin que hubiera un motivo exacto. Estuve dos noches sin dormir pensando en cómo hacerlo. Mis insomnios me recompensaron con una idea. No iba a resultar complicado. Aquel chaval, a pesar de ser de ciudad parecía cortito, sin muchas miras…

Lo cité en la vieja almazara abandonada. Al llegar se extrañó que no hubiera nadie más. El día anterior le dije que habíamos quedado un grupo de chicos para jugar por el molino, que se animara, que lo pasaría bien. Que no se arrepentiría. Que dentro de poco llegarían los demás.

A mi señal lo llevé por los oscuros pasillos que conducían a la bodega. A pesar de que la actividad comercial había cesado desde hacía años aún quedaban algunos motores, tornas y aparejos para la fabricación del oleo. Incluso debajo del suelo, había enormes vasijas de barro para conservar el aceite. Algunas de esas ánforas tenían restos de borra y aceite… Cuando llegué a los depósitos me detuve y lo miré a los ojos.

−¿Quieres ver el interior de los contenedores? –Le propuse poniendo voz de suspense.

−¿No es peligroso?

−¡Anda ya, será divertido!

Con algo de esfuerzo aparté la tapadera. Un fuerte olor a oleo rancio nos hizo retroceder. Después de unos segundos nos asomamos a la oscura abertura. El chico miraba ensimismado, absorto en el abismo. Ni se percató cuando le empujé. Puedo decir que luchó, su pequeño y enclenque cuerpo intentó salir a flote. Pero aquel líquido oleaginoso lo engullía, lo arrastraba. Sus ojos inyectados en pánico me miraban implorantes, solo obtuvieron por respuesta mi sonrisa cínica… Fue fácil convencer al pueblo que había sido un accidente, un desgraciado incidente…

 

La casa me recibe con un fuerte olor a lejía. Me gusta la pulcritud, el orden, la meticulosidad de cada paso. Echo un rápido vistazo. Las luces están encendidas, pero no hay nadie en la planta de abajo. Me acerco hasta las escaleras que dan acceso al piso superior. Todo tranquilo. Escuchó un ruido. ¡El sótano!

Bajo muy despacio los escalones, la luz está encendida. Al descender el último peldaño la veo…

 

Voy desnudando poco a poco a la mujer, ella se resiste. Puedo ver el miedo en sus pupilas, el pánico a que abuse sexualmente de su hermoso y terso cuerpo. ¡Qué equivocada está! Sus estrechos orificios no serán profanados por ninguna parte de mi anatomía. La despojo de la ropa porque así es más fácil… Extiendo un gran plástico en el suelo, cubre toda la superficie de la mesa. La chica puja por librarse de sus ataduras, gimotea. Me está poniendo nervioso. Para no escucharla más me acerco hasta mi plato technics y pongo el vinilo de la primera sinfonía de Mahler, Titán. El primer movimiento siempre me pone los pelos como escarpias. Los violines in crescendo, los clarinetes dibujando extrañas travesuras sobre la partitura… ¡Alto, un ruido en el piso de arriba! Atrapo entre mis manos un martillo de carpintero.

 

 

Al principio la muchacha no se percata de mi presencia. Está tan aterida que no es consecuente con lo que la rodea, solo con lo que la tiene aterrorizada. Tiene una mordaza que la aprieta la boca y está atada a la mesa metálica de pies y manos. Su cuerpo desnudo es hermoso, está perlado de sudor. Cuando me ve puedo percibir en sus ojos llorosos un halo de esperanza. Ha visto mi placa en la solapa de mi traje. Intenta avisarme del peligro con fuertes golpes de cabeza, la mesa tiembla. La música de Mahler es de mis favoritas, suena por toda la habitación acolchada…

−¡Hola cariño! –Puedo ver primero la estupefacción en la mirada de la chica, después, tras asimilarlo en su cerebro confuso, el horror sin fronteras−. Anda, suelta eso, por favor. –Señalándole  el martillo en sus manos.

−¡Ey, hola, llegas pronto! Me habías asustado. Aún estaba con los preparativos. –Contesta desde un rincón de la sala y sintiéndose un poco estúpido al depositar la herramienta sobre el suelo. Hoy está guapísimo.

La mujer intenta gritar, farfulla entre la mordaza que hiere sus labios. Me acerco hasta ella y acaricio su larga melena pelirroja. Ella aparta la cabeza violentamente. Arquea su cuerpo hasta levantarlo, en vano, vuelve a desplomarse.

−¡La primera y la última vez que abandonas los restos en un basurero! ¿No entiendes que es un lugar asqueroso? Admiro tu minuciosidad. A penas dejas rastros y si los hay, aunque sean leves, me encargo de que desaparezcan… ¡Pero hacerme ir a un vertedero, joder Borja!

Él me mira serio. Le ha dolido mi reprimenda. Resopla un par veces antes de acercarse a mí.

−Querida mía –comienza con una voz que se asemeja más a un susurro−. ¡Qué gran malestar me embarga ahora! No fue mi intención causarte ese mal trago. Solo seguí las pautas para no darles un patrón determinado. Se están acabando los lugares… El río… El arcén de la carretera comarcal… Los campos de trigo… El pozo…

Se separa unos metros y va hacía un pequeño carro con ruedas tapado con una lona.

−¡Quiero recompensarte! Por todas esas molestias causadas y de las cuales me siento profusamente avergonzado. ¡Te dejaré elegir los instrumentos de tortura! –Eso lo dice con decisión firme, mientras destapa el carro. Me reconforta.

Puedo percibir el horror extremo en los ojos de la chica, se queda paralizada. Su piel se ha vuelto pálida, se está meando encima…

Desde una estantería, a la espalda de la muchacha, silenciosas en su mar de formol, nos observan cuatro cabezas humanas perfectamente diseccionadas…

 

 

 

Consiga: En un máximo de cuatro hojas de Word, escribe en la plantilla predeterminada un relato del género que quieras, valiéndote de esta premisa:

Alguien, poco a poco recupera el olfato, y con él los olores conocidos: a humedad, a

hormigón y a moho. No tarda en darse cuenta de dónde se encuentra: una fábrica

abandonada.

Por: Gato negro

Campamento de canallas

La idea era estupenda. Aunque me preocupaban dos cosas: el calor insoportable de Malargüe en verano y que el equipo de producción no estuviera a la altura de las circunstancias. Se rumoreaba que ciertos participantes estaban insatisfechos con el contrato y que no respetarían las pautas del show. Y si eso pasaba, el efecto dominó  sería desastroso. No solo estaba en juego mi prestigio como director sino también una sustanciosa inversión familiar. Por eso mi psoriasis. Me había pasado el lunes entero ajustando detalles y discutiendo con productores ejecutivos, técnicos y guionistas. El martes, un día antes del comienzo del rodaje, llegó mi salvación. El grupo de psicólogos y coachs especialistas en criminología. Su presencia era fundamental para orientarnos, iluminar a los guionistas y hacer observaciones en cámara, pero sobre todo para contener a los diez desequilibrados que serían las estrellas del programa.

«Campamento de canallas – Tercera temporada», se esperaba que fuera un éxito, al igual que sus antecesoras. La receta era tan genial como volátil: se insertaba un puñado de sinvergüenzas en un paisaje agreste y se los hacía competir entre sí a cambio de una suma de dinero.  El inconveniente era que había que velar por que no se mataran. Por tal motivo, este año, la producción mantendría a los más peligrosos bajo medicación psiquiátrica. En la temporada anterior, un incidente casi acabó con el proyecto. Que no hubiera trascendido el desmadre legal desatado a raíz de las complicaciones de salud del padre Santoro tras ser atado con alambre y escondido durante tres días en lo más recóndito de la selva misionera, se debía al bufete de abogados del canal. Se necesitaron maletines repletos de billetes para compensar el asunto. Al final, un ganador se erigió con el trofeo. Un argentino, porteño, manipulador de pura cepa, alzó triunfal el lingote de oro. ¿Y no era eso lo que esperaba la audiencia? Claro que sí, la audiencia esperaba grandes dosis de miseria humana. Lo mismo que en un circo romano, incluyendo hienas, leones y mártires.

 

El ómnibus con los participantes arribó al set el miércoles a las diez de la mañana. A través de las ventanillas panorámicas, la reserva natural Caverna de las Brujas parecía un paisaje marciano aplastado bajo el yugo de un sol monstruoso. Era un lugar inhóspito que no parecía diseñado para la supervivencia humana. La dispersión de rocas iba de menor a mayor formando un anfiteatro en torno a un valle arenoso similar a un diorama tosco. No había ni el menor rastro de sombra y el termómetro marcaba cuarenta y seis grados.

En su bitácora mental diseñada para no dejar rastros, Martín Céspedes escribió: «Veinte horas en esta cafetera para que nos traigan al culo del mundo. En el penal me cagaba de frío y por lo que veo, acá pretenden freírnos como chicharrones. Pero se van a llevar una sorpresa. Ya hice amigos. Hablé con la Turca y con el Flaco, y a los dos les gustó mi plan. El .22 Corto está escondido debajo del asiento, desde que salimos de Buenos Aires lo acaricio con la punta de los dedos como si fuera un talismán. ¿Quién se conformaría con un lingote de oro cuando se puede llevar la reserva del banco central?

Los guías caminaban con desgano hacia el bus que estaba detenido a unos cien metros del puesto de entrada al parque.

—¿Pero qué le pasa al chofer? ¿Se quedó dormido? Qué ganas de hacernos caminar al rayo del sol. Tengo la camisa empapada.

—Dejá de quejarte, Cucciarello, que éstos no son turistas comunes. Además, el municipio aprobó el rodaje, ¿no? Parques Nacionales también. La coima grande la cobran ellos, pero alguna migaja caerá. Dale, repasemos la lista de participantes.

—Bueno, gordo. Pero hacelo rápido, que nos vamos a insolar.

—Diego Galante, abogado. Gonzalo Romaniuk, prestamista. Sandra Duman, estafadora. Marcelo Starciari, cirujano plástico, qué hijo de puta… éste tiene varios juicios por mala praxis, desfiguró a unas cuantas mujeres. David Wojcik, homicida. ¡Te juro que dice homicida, no me mires así!

—¡Gordo!

—…Martín Céspedes, éste también estuvo preso, por secuestro. Ah, pero si hasta salió en la tele. ¿Te acordás del caso de la chiquita…

—¡Gordo, presta atención!

Los hombres se detuvieron en el medio del trayecto. Algo no andaba bien. Al ver bajar a los pasajeros entendieron de qué se trataba. Los dos oficiales de gendarmería y el chofer habían sido tomados de rehenes. Cucciarello vio las armas y se olvidó de su compañero. Corrió torpemente hacia unas lomadas de piedra caliza. Un disparo al aire lo detuvo.

 

Debajo de la carpa hacía un calor diabólico, daba lo mismo estar ahí que tirarse de cabeza en una freidora industrial. Rolo Marcovich, el productor, me lo había advertido. Ahora nos lanzábamos miradas paranoicas y transpirábamos como cerdos mientras una desfallecida asistente nos leía el plan de rodaje. Estaba a punto de decirle a Rolo que tenía razón en cuanto a lo de filmar de noche, cuando oímos el disparo.

     —¿Qué carajo es eso?

La pregunta se respondió enseguida. Era como una tropilla salida del inframundo. Las caras transfiguradas denotaban una determinación feroz. Algunos habían optado por una participación activa, otros simplemente parecían disfrutar del descarrilamiento de los hechos. Nada de esto era bueno para los fines del programa, ¿o sí? Cuando Céspedes preguntó quién era el director levanté la mano sin dudar. Escuché atento sus exigencias y asentí con la cabeza. ¿Plata? ¿Vagones de plata? Por supuesto. ¿Garantías para cruzar a Chile por la cordillera? Pero claro que sí, querido. Lo único que le pedí a cambio fue que me dejara filmar el proceso. Céspedes, que no era ningún tonto, accedió. Pidió un celular e informó él mismo a la jefatura de Malargüe lo que estaba pasando. La conversación duró menos de sesenta segundos. «En cuestión de un rato» comentó a los presentes con aire arrogante, «el lugar estará rodeado y entonces podremos negociar por los rehenes».

Minutos después las cámaras grababan con avidez mientras el campamento era sometido a una reorganización drástica. Céspedes daba muestras de ser un buen líder y la mayoría obedecía sus indicaciones sin chistar. De hecho, Sandra “la Turca” Duman y Gonzalo “el Flaco” Romaniuk  se acoplaron a él como un guante. Al trío se unieron Marcos Petraca, un mitómano adicto a los barbitúricos que era hijo de un famoso fiscal, y Mirtha Surduy, conocida en la zona de Constitución con el inequívoco mote de «Fogatita». El resto pululaba por ahí, sin intervenir ni colaborar. Tras oírlos cuchichear detrás del grupo electrógeno, entendí que el abogado los había convencido de que el programa ya había comenzado, y que la cuestión «del secuestro» era solo una fachada para darle más emoción a la temporada. El que brillaba por su ausencia era David Wojcik, el único serial killer de intercambio que logramos pagar, no sólo por la diferencia cambiaria de la divisa norteamericana sino porque a los personajes como él los demandaban otros países con la franquicia del show.

Bajo las órdenes de Céspedes, encerraron a los gendarmes y el chofer del micro en el museo de fósiles de la cabaña de guardaparques. A los sonidistas, iluminadores, tiracables y resto del equipo técnico se le permitió hacer su trabajo siempre y cuando no interfirieran con los planes. Las dos escopetas que había en la cabaña fueron incautadas, así como todos los teléfonos celulares y handies. Hacia el mediodía, cuando la temperatura alcanzó la increíble marca de cincuenta y tres grados, los ánimos estaban, como mínimo, irritables. La policía local no daba señales de vida y nuestra estrella del momento comenzó a sopesar que quizá hubieran tomado el asunto como una broma. En ese sentido, la súbita intervención del coach espiritual, Sri Roberto Amal, fue inoportuna. El ceño de Céspedes se fue arrugando a medida que la cháchara de Amal tomaba vuelo. Las palabras del coach involucraban conceptos que parecían estar más allá de su agrado así que decidió responderle con un elocuente culatazo en la boca. Fin de la sesión. De la forma más sutil posible, le indiqué a uno de los camarógrafos que captara el momento.

A las tres de la tarde el mercurio alcanzó los cincuenta y ocho grados. Llegado a ese punto, todo el mundo se sentía aturdido. Nos movíamos con la languidez de los astronautas y cada pequeña acción era como escalar una montaña. Por eso, cuando Marcos Petraca distribuyó botellas de agua fría, agradecimos y bebimos con desesperación. Un cuarto de hora después se hizo evidente que nos había drogado. ¡El muy canalla había accedido al botiquín con la medicación psiquiátrica! Una corriente eléctrica energizó mi cuerpo y mi corazón comenzó a golpear como un martillo hidráulico. Me miré las manos y vi que temblaban sin control. «¿Estás bien, Juan?» Me preguntó la directora de fotografía. «Estás sudando a mares» Pero ella tampoco se veía bien, arrastraba la lengua y se tambaleaba. Al parecer, la ronda de medicamentos había sido azarosa. Algunos estaban absolutamente dopados y otros, como yo, acelerados. Me levanté de un salto y corrí hacia la carpa donde varios camarógrafos se habían reunido para desmayarse juntos. Tomé una Panasonic digital y la encendí con la intención de dejar testimonio del primer episodio. ¡Alguien tenía que hacerlo! Durante un rato me concentré en plasmar los estragos producidos en el campamento. En un momento capté a Mirtha Surduy volviendo desde las casas rodantes, justo detrás de la cabaña de guardaparques. Mirtha sonrió a cámara y se encogió de hombros con gesto inocente. Detrás de ella, una columna de humo negro se enroscaba en el zafiro azul del cielo en un contraste de lo más cinematográfico.

Bitácora mental de Martín Céspedes: «¡Boicot! Alguien ha arruinado mis planes. Ahora el fuego se ha propagado hasta la cabaña de guardaparques. Esos pobres diablos encerrados ahí… en fin. Todo está perdida ya. La mitad del campamento corre en círculos como pollos sin cabeza y la otra mitad se arrastra por el suelo. La Turca y el Flaco no se pueden levantar. Me miran con los ojos velados, balbucean.  Yo también me tambaleo, ¿será el calor? Petraca me dijo que… claro, je, je. Cómo le voy a creer una palabra a Petraca».

 

 Cucciarello sentía que le corría fuego por las venas. Del agotamiento que lo había embargado un rato antes no quedaba ni una pizca. El Gordo, en cambio, se había tirado a la sombra del grupo electrógeno y roncaba como un bendito. Cuando empezó el incendio en las caravanas y el campamento cayó presa de la confusión, a él se le ocurrió que su salvación estaba cerca. Solo tenía que trepar unos cientos de metros por un camino serpenteante y desaparecer en la fresca oscuridad de la caverna. Nadie como él conocía los vericuetos de aquel laberinto, así que sonrió ante la posibilidad de escabullirse. Iba por la mitad del trayecto cuando oyó que lo llamaban. El abogado. El maldito abogado le apuntaba con una escopeta.

—¿Así que ahí adentro es donde esconden el lingote de oro?—preguntó el hombre y esbozó una sonrisa torcida —Entonces, me vas a ayudar a ganar.

 

Mi instinto de director me condujo hacia el camino que subía hasta la caverna. Con el corazón a punto de explotar, trepé y trepé por la escalinata de roca. ¡Y no me equivocaba! La escena dramática se desarrollaba a pocos metros de la entrada. El abogado apuntaba a uno de los guías con una escopeta mientras mantenían un tenso diálogo. Levanté mi cámara para captar la situación y entonces, a través del lente, lo vi. Detrás de una formación rocosa emergió la figura lobuna de David Wojcik, el desollador de Wyoming.

  —¡Cuidado atrás! —grité, ignorando que ese sería el peor error de mi vida.

El abogado, sobresaltado por mi advertencia, giró sobre sus talones y apretó el gatillo. La perdigonada destrozó la Panasonic y arrancó mi mandíbula de cuajo. Vi volar hueso, carne y cartílago como si fuera confeti. Se produjeron más disparos y gritos, pero mi estado de shock me impidió entender quién había liquidado a quién.

Como en un trance, dejé atrás a todo el mundo y me tambaleé hasta la entrada de la cueva. Se estaba bien ahí adentro. Tenía el mismo soplo de aire húmedo de las catedrales. Me recosté sobre la arenilla y dejé que se escurriera entre mis dedos. Necesitaba descansar, cerrar los ojos un rato. No me percaté de la presencia del cirujano plástico hasta que su cara desquiciada se asomó en mi campo visual. Abrió su maletín y, luego de examinarme, dijo que no me preocupara, que podía arreglarlo.

La escena más patética de la temporada no fue captada para la posteridad; argumenté en defensa propia sin la ayuda de mi maxilar inferior.

                                                            

***

En cuatro páginas de Word, adecuado a cualquier género, respeta la siguiente premisa: «Herido de muerte por un ataque, alguien logra escapar y corre frenéticamente hasta encontrar una pequeña cueva que, erróneamente, toma por su salvación».

Seudónimo: Síndrome de Marfan

Zantganesh

La tormenta de arena rompió mi brújula y asfixió a dos de mis tres camellos. Desbarató también las provisiones y los odres de agua que transportaba en ellos. Vagué por el desierto durante dos días, perdido y acuciado por la sed. Al tercero, sacrifiqué a mi montura. Rasgué su joroba, y sorbí con asco y ansia la grasa que albergaba. Sequé luego al sol tiras de su carne y proseguí camino.

Al sexto día, al límite de mis fuerzas, vislumbré en el horizonte un punto negro. Pronto, pude distinguir los turbantes verdes propios de los cazadores mursi. Galopaban hacia mí; su presa era yo. Miré en derredor, y corrí a refugiarme en una cueva situada a unos doscientos codos. Sentí entonces un pinchazo en la pierna derecha. Un dardo. Tratándose de los mursi, era una sentencia de muerte. Logré aun así alcanzar la gruta. Luego, mi cerebro se fundió en negro. Cuando recuperé la consciencia, un hombre de barba y tez pálida estaba observándome. Me marcó la frente con polvo arcilloso, y me habló. Se llamaba Kaansar. Viajaba de regreso a su ciudad, y estaba protegiéndose del sol de mediodía, cuando yo había irrumpido en la gruta. Había dispersado con su fusil a los cazadores; y me había punzado una vena con hiedra roja, el mejor antídoto natural. Estaba por tanto en deuda con él. Me ofreció, para pagarla, ser su esclavo. Yo conocía la alternativa: abandonarme en aquella cueva, sin alimentos ni montura. Acepté. Por honor, y para salvar mi vida. O eso suponía yo. 

Pocos días más tarde, una vez hube recuperado fuerzas, proseguimos su camino de vuelta. Él montado en burro y yo a pie. Durante el viaje, me instruyó en las extraordinarias características del lugar al que nos dirigíamos: La ciudad estado de Zantganesh.

«Muchas grandes ciudades —me contó— dan gran importancia a la religión, y no permiten desviación alguna del credo, bajo pena de muerte. Otras sólo persiguen las riquezas. En mi ciudad, por el contrario, nuestro credo supremo es el ritual social. El ceremonial establecido para cada estamento, para cada actividad y cada situación. Cumplimos de forma estricta el protocolo más sofisticado y riguroso que nunca se haya conocido. La vida allí te resultará sencilla, siempre que conozcas el ritual que debes seguir según tu condición. Por ejemplo, en Zantganesh, ninguna viuda puede andar más de dieciséis pasos en la calle mientras el sol todavía brille en el horizonte. A la noche puede caminar hasta treinta y tres pasos. Si necesitara más para volver a su casa, la policía la detendrá y la enclaustrará en los pozos de la vergüenza. Pero a veces ni esto es necesario. Porque los mercaderes dejarán de venderle comida. Los aguadores rehusarán pasar por su casa. Sus conocidos esquivarán su barrio. Es muy probable que la viuda se encierre en su habitación y acabe con su vida, incapaz de soportar tal deshonra. 

Los comerciantes, como yo, debemos llevar durante los meses de Ythaim y Lithaim un embozo de color rojo. El resto de meses podemos mostrar el rostro. Siempre entregaremos las mercancías vendidas con las dos manos. Si por error utilizáramos una sola, deberemos rebajar en dos tercios el precio pactado. Los nobles tampoco escapan de sus deberes de etiqueta: el bastón de cedro que atestigua su rango social debe ser portado siempre en su mano izquierda. Al andar deben apoyarlo en tierra cada cuatro pasos, coincidiendo siempre con el pie derecho. Si hablan con otro ciudadano, deberán ponerlo en posición horizontal sujetándolo con las dos manos, salvo que su interlocutor sea artesano. En los arrabales de la ciudad se pueden ver muchos antiguos aristócratas reducidos a pordioseros por no haber sabido cumplir alguna de estas normas. Los ritos marcan el ritmo de nuestra existencia, y nos regalan la paz social. Los ciudadanos sabemos siempre qué podemos y debemos esperar de nuestros pares.»

Kaansar me contó que la guía suprema de comportamiento, el Protocolo, estaba registrado en mil quinientos rollos de papiro, custodiados en el palacio imperial. Había sido desarrollado a lo largo de siglos, en una labor delicada y minuciosa destinada a satisfacer todas las sensibilidades. Me habló también de los temibles protocolistas, los vigilantes de su cumplimiento: ancianos que atesoraban en su memoria todas las normas del Protocolo, y que dedicaban su vida a caminar incansablemente la ciudad, con sus túnicas carmesí, en busca de infracciones. Cualquier error era denunciado inmediatamente a la guardia real. Si la falta era grave, el destino del infractor quedaba entonces sellado. 

Nada más llegar a la ciudad, comenzó a enseñarme el ritual de comportamiento de los esclavos, cuyo conocimiento garantizaría mi supervivencia. La enseñanza duró cuatro meses, durante los cuales no osé salir a la calle. En mis primeras incursiones por la ciudad, el corazón me palpitaba con furia al cruzarme con un protocolista. A los dos años, ya era capaz de realizar encargos en el mercado sin cometer más que alguna falta menor. E incluso tomar un poco de kabish en la plaza mayor con mi señor Kaansar. Éste era una persona recta y honesta, y se convirtió en mi amigo y mentor. Con el tiempo, aprendí a amar esta ciudad singular, de gentes serias y leales. 

Pero cuando comenzaba a sentirme cómodo con mi humilde existencia, ésta cambió de forma súbita y terrible. Sucedió una noche de verano, en la que habíamos bebido profusamente kabish: Kaansar me descubrió su terrible e inesperado secreto: era un sedicioso. Un hereje. En lo más íntimo de su alma, no aceptaba el Protocolo. Y se había juramentado con otros ciudadanos para cambiar las cosas, aun a costa de su propia vida. Su relato, opuesto a todo lo que me había contado hasta entonces, me conmocionó:

«Mi querido amigo. Te he mentido. La historia que nos enseñan sobre el Protocolo no es cierta. Muchos de nosotros creemos con firmeza en que su origen es otro. Una historia alternativa, transmitida secretamente, y que ha costado la vida a muchos de sus partidarios. Créeme, si tienes fe en mi rectitud; el Protocolo no se desarrolló mediante aportes de los más sabios ciudadanos. Todo lo contrario. Fue elaborado, eso es cierto, hace siglos. Pero su autor fue un profeta loco. Un bufón perturbado que gustaba de escribir insensateces, al que un antiguo emperador mantenía encerrado en sus mazmorras, como mero divertimento de la corte, con la provisión de papiros que le exigía cada mes. A los siete años de su cautiverio, cuando se cansó de él, ordenó que lo degollaran. A los pocos días de la ejecución, una jornada particularmente aburrida, el monarca ideó la atroz broma: decidió convertir la perturbada invención de su antiguo prisionero en la guía suprema de la ciudad. Decretó como obligatorio el cumplimiento por sus súbditos de esas absurdas normas, castigando con sangre cualquier inobservancia de las mismas. Hizo además preceptiva su enseñanza en las escuelas, bajo la versión de que habían sido creadas por los mayores sabios del reino. Poco a poco, el miedo y el interés incorporaron esa versión a la memoria del pueblo como hechos reales. Lo aterrador fue cuando sucesivos monarcas descubrieron, sorprendidos y regocijados, que el Protocolo funcionaba como un mecanismo sofisticado y perfecto para el control social de su pueblo, por encima de cualquier ley civil o penal En Zantganesh, amigo mío, estamos recreando, cada día, cada minuto de nuestras vidas, la loca invención de un iluminado, para la tranquilidad de nuestros monarcas. Te salvé la vida, sí. Pero solo para traerte a una inmensa cárcel. A un teatro de locos.»

Si Kaansar se estaba confesando conmigo no era solo por al kabish ingerido. La rebelión estaba en marcha, y en pocos días iban a intentar derrocar el régimen mediante un arriesgado golpe de mano. El plan era muy osado. La burocracia de Zantganesh era famosa por su eficiencia. Conservaban con celo cada uno de los documentos firmados por los sucesivos monarcas; el clima desértico contribuía además a su conservación. Y no hacían excepción alguna. Todo era catalogado. Así que los rebeldes se proponían encontrar en el archivo real lo que llamaban “el decreto de la infamia”: la legendaria orden real donde el lejano monarca maldito habría decretado ordenar y transcribir los manuscritos del profeta loco a papiros oficiales; así como disponer los medios para hacer obligatorio su cumplimiento, e incorporar su enseñanza en todas las escuelas y gremios. Esperaban que, al mostrar aquel documento al pueblo, lograrían hacerles ver la locura de aquella sociedad. Preveían luego prender fuego al archivo. Por supuesto, ninguno de los rebeldes había visto el decreto. Pero estaban íntimamente convencidos de su existencia.

Yo había aprendido a querer a los zantganeshes. Respetaba y admiraba a aquella bondadosa persona que tenía frente a mí. Y no me consideraba cobarde. Me uní pues, al movimiento, no sin gran temor e inquietud.

El día de nuestra insurrección, el cielo amaneció turbio y frío. Los rebeldes salimos temprano a las calles de Zantganesh, cada uno desde su casa. Confluimos poco a poco en la plaza frente al archivo real, en el momento previsto. Cuando las cornetas reales sonaron marcando la hora décima, nos abalanzamos hacia su pórtico, reduciendo a la guardia que lo custodiaba. Un grupo reducido, entre los que se encontraba Kaansar, se lanzó al interior del edificio en busca del decreto de la infamia. El resto, poco más de cuarenta compañeros, aguardamos en la puerta, dispuestos a dejar nuestras vidas antes que permitir  que nadie entrara. Pero, apercibidos del asalto, un gran número de guardias comenzó a concentrarse en la plaza. Nosotros intentábamos amedrentarlos con las armas en alto y gritos amenazantes. Pronto nos doblaron en número, y se aprestaban a acometernos. La situación empezaba a ser desesperada. Necesitábamos ganar tiempo para nuestros compañeros. Nadie sabía cómo. 

En ese momento, tuve una loca inspiración. Recordé cómo, en mi infancia, mis amigos y yo jugábamos a representar la historia de Sazarfasar, el héroe mítico de mi pueblo. Muchos gustaban de representar el papel principal, el del héroe. Pero otros preferíamos representar otro rol: el de Galfasar, el amigo loco de Sazarfasar. Por la simple razón de que, básicamente, consistía en poner muecas sin parar, y cada cierto tiempo, hacer una danza absurda, alocada y muy cómica. Sin reglas. Una delicia para cualquier niño. 

Me adelanté entonces al frente de la plaza, entre mis camaradas y la guardia real. Lancé mi sable al suelo con gran teatralidad, lo que captó la atención de todo el mundo. Y comencé a realizar la representación más caótica que nunca se haya realizado de Galfasar, Alcé mi pierna derecha en ángulo recto. Giré hacia la izquierda mientras con el brazo derecho saludaba al sol. Salté y brinqué. Gesticulé desaforadamente, abriendo y cerrando la boca. Enarqué y junté las cejas, con gestos histriónicos que iban desde la perversidad a la lascivia, pasando por la picardía y la ira. Anduve encogido y bamboleante como un jorobado cojo, para a continuación levantar los brazos rápidamente, gritando al sol con la espalda inhiesta en un aullido gutural y salvaje.

Este cúmulo de disparates dejó tanto a guardias como a rebeldes aturdidos. No podían asimilar tal concentración de infracciones y delitos sociales. Eso nos dio unos minutos de margen. Tan solo eso, porque el capitán de la guardia real se aproximaba ya hacia mí con la mano en la empuñadura de su espada. Es cierto que una sonrisa se había dibujado en su rostro, pero mi treta no iba a bastar para compensar toda una vida de opresión social. Yo lo miraba de reojo mientras seguía danzando. Temí que los últimos momentos de vida consistieran en hacer el payaso en una plaza llena de soldados. Pero no me pareció tan mal final. Ya estaba a pocos metros de mí, cuando, inesperadamente, mi locura se contagió a mis compañeros de rebelión. Arrojaron uno tras otro las armas, y, luchando íntimamente contra toda una vida de normas grabadas a fuego en sus cerebros, comenzaron a contorsionarse en un patético intento de imitarme. Lo cierto es que se asemejaban a un grupo de golems defectuosos que intentaran bailar una danza gitana. No obstante, esto nos proporcionó unos instantes adicionales: tan ridículo era aquel espectáculo, que el capitán de la guardia, contra su voluntad, comenzó a carcajearse. Y no era el único. Pude entonces ver unas impetuosas llamas que comenzaban a emerger desde las ventanas del archivo real. ¿Habían fracasado nuestros compañeros? ¿Estaba todo perdido?

El capitán logró recomponerse, y retomó sus pasos. Ya estaba a pocos metros de mí. Desenvainó la espada y alzó el brazo. Cerré los ojos y me preparé a morir. Pensé en mi infancia, vivida en tierras lejanas y casi olvidadas.

En ese momento una figura humeante que no paraba de toser, salió corriendo desde el edificio en llamas, con un objeto en la mano, y gritando «¡leed esto, leed esto!». Era Kaansar. Con la ropa chamuscada y el rostro ceniciento, se ubicó en medio de la plaza, y con aire triunfante mostró un papiro que sobresalía de un cilindro de metal. El capitán de la guardia dudó. Cambió entonces de dirección y se aproximó a él. Envainó su arma, y le arrebató con brusquedad el cilindro de la mano. Observó los textos y los grabados del mismo. Extrajo el papiro, muy viejo y quebradizo. Comprobó el lacre con el sello real de la antigua dinastía Jaisi —era un hombre culto, como luego averiguaríamos— y luego, concentrado, comenzó a leerlo. Todos dejaron de bailar, expectantes. ¿Era el decreto de la infamia? 

El rostro del capitán se transformó poco a poco. Al terminar la lectura, bajó la cabeza. Respiró hondo, y nos dedicó una extraña mirada, con cierto aire de tristeza y admiración. Entonces se dio la vuelta y habló a sus hombres con su voz estentórea:

—Haced copias oficiales de este documento. Con cuidado, es muy quebradizo. Que lleguen a todos los cuarteles y gremios de la ciudad inmediatamente. Y a todos los protocolistas. Y... detened al rey. Bajo la acusación de alta traición a la patria.

Sobrecogidos, mis compañeros y yo prorrumpimos en gritos de entusiasmo. Apenas podíamos creerlo. Lo habíamos conseguido. Mientras tanto, el Protocolo ardía a nuestras espaldas en una gigantesca pira, tiñendo el cielo de hermosas tonalidades naranjas.  Zantganesh era libre de nuevo. El futuro nos pertenecía.

 

 

Consigna: Herido de muerte por un ataque, alguien logra escapar y corre frenéticamente hasta encontrar una pequeña cueva que, erróneamente, toma por su salvación.

 

Seudónimo: Igor Náhuatl