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sábado, 31 de enero de 2015

Ilusión de indulto


Por Diego Hernández Negrete.



Retocó su rostro con aquel gel que se tornaba en una suave capa de espuma fragante. A la par con el individuo de mismos gestos y facciones, comenzó a retirar la espuma suavemente con la navaja de afeitar de antaño, dejando al descubierto una nueva piel que lucía ligeramente más clara que el resto de la cara.
Otrora le hubiese sido más sencillo utilizar la máquina de baterías recargables que le había regalado su prometida, sin embargo, ella ya no estaba. Prefirió sentir por última vez el delgado filo del acero inoxidable empezando no muy lejos de su yugular hasta un dedo del lóbulo de la oreja. Habiendo terminado de rasurarse dejó el rastrillo sobre el alféizar, trató de convencer a sus múltiples facetas de ese momento si sería o no, la mejor decisión. Existía en él una ausencia de sentimientos que le hacían perder cualquier esperanza de vida. Todo se había ido al carajo.

Amaneció un día más después de pernoctar su primera y última noche en el lugar que sería su misa de agradecimiento, decidió convertirlo en su lecho de muerte.

Habían pasado tan solo unas cuantas horas desde que había recuperado la conciencia después de aquel aparatoso accidente. Recordaba vagamente ir manejando tranquilamente con Ely a su lado. De pronto aquel camión de dieciséis ruedas embistió su lado izquierdo haciéndolo rebotar contra una fila de carros aparcados en el carril del extremo derecho. Dos vueltas y todo se tornó en obscuridad.

Despertó una vez en el hospital aunque de eso recuerda nada. Él pregunta sobre Ely aunque se vuelve a sumergir en el sueño.

Sebastián creyó que Ely había sobrevivido al accidente. Sin embargo su familia mintió para tranquilizarlo cuando éste apenas recuperaba su conciencia. No recordaba detalles aunque él mismo se culpaba de haber ocasionado la muerte de su amada. Ningún recuerdo podía servir de consuelo. Después de tantos planes ni siquiera podía encontrar un solo motivo para seguir en pie.

No había un dolor físico, mas bien sentía una agonía mental que desvalorizaba todo aquello a su alrededor. Era incapaz siquiera de derramar una lágrima, simplemente su alma se había mudado a otro lado y su cuerpo vagaba sin razón alguna en la triste e irremediable realidad.

La ilusión del indulto pareció más como la esperanza de que todo se tratara de una mala pesadilla o inclusive una pésima broma. Sin embargo Sebastián perdonó su vida toda la mañana.

Ya a medio día sacó una cuerda gruesa de aproximadamente cuatro metros de largo que le sería suficiente para hacer un nudo bajo la parhilera de la pérgola floral que en los días futuros inexistentes sería su altar de boda. Regó sobre el suelo los pétalos secos que arrojarían las inocentes criaturas al celebrar la utópica unión, colocó una de las sillas que sería destinada para los padres de la novia y subió a ella. No vestía el mismo traje que llevaría porque ese había sido olvidado en la tintorería. 


Sebastián ató la soga cuidadosamente por debajo de su hueso hioides y sin decir una palabra de despedida se arrojó al abismo en busca de su prometida. 

sábado, 25 de octubre de 2014

Tragedia minimalista


Por Diego Hernández Negrete.


  Juanfra tiene dolores muy seguidos en todo su cuerpo. Todos los días en cualquier horario, trabaja en una caseta de cerrajería. Su vida es muy aburrida.

  Cuando Juanfra por fin consiguió una novia bonita y amable, le pasaba a darle todas las quejas de sus dolores, ella se hartó un día y lo abandonó. Cuando
Eva deja a Juanfra, Éste se realiza cortes en su piel, no por depresión, Juanfra se corta cerca de alguna parte de su cuerpo que le aflige. La cabeza por ejemplo, se realiza un corte superficial en la nuca para liberar la tensión. Atribuye esa conducta autodestructiva como alivio para su dolor. Juanfra ya se ha hecho muchos cortes en todo su cuerpo.

   Cierto día mientras realizaba un duplicado de llave, Juanfra se distrajo intencionalmente y metió su dedo en el cortador de la máquina, el cortador lo jaló y le cortó el dedo llegando la herida hasta su nudillo. Juanfra le importa poco, tenía reumas en su mano y se liberó el dolor anterior.

   Juanfra llama a su jefe para decirle del suceso e ir al hospital. En el trayecto Juanfra pasa por una peluquería y quiere afeitarse la cabeza. El dependiente se niega a atenderlo y asustado se ofrece a llevarlo al hospital. Juanfra sale de la peluquería sin decir una palabra.

   La enfermera lo canaliza y lo alienta a despreocuparse, "estarás bien" dice la joven enfermera. A Juanfra le importa poco, aunque le gusta que le hable, después de todo tenía mucho tiempo sin escuchar una voz tan bonita. Una voz que le recuerda a Eva.

   Juanfra llega a su departamento, no es propio por supuesto: lo renta con la mitad de su sueldo. Juanfra come una pieza de pollo frito de hace una semana, no le importa enfermar.

   Juanfra sale a trotar al parque, su autoestima subió un poco cuando ve el atardecer, va sobre el carril peatonal en contra y la gente lo observa con desagrado, lo evitan y se mueven a un lado. Juanfra no se ha dado cuenta de la pésima apariencia que tiene. Olvidó que el peluquero se negó a atenderlo, su ropa está sucia y además huele mal. Juanfra se orinó encima.

   Juanfra regresa agotado, sube al último piso a fumar un cigarro, observa la inmensa brillantez de la luna y sonríe. Juanfra sabe que es lo que sigue: quiere alcanzarla.

   Juanfra sube al borde del edificio, estira la punta de su mano cosida, se distrae un poco y da un pequeño salto. Juanfra se lanza al vacío.


   Juanfra ha muerto, pobre desgraciado.


Fin

sábado, 19 de julio de 2014

El mural de los lamentos



Por Diego Hernández Negrete.


I
Eran épocas de lluvia cuando decidieron ir en busca del búnker perdido. Llevaban más de tres horas buscando en el bosque entre la yerba crecida la entrada del supuesto alojamiento subterráneo. Se trataba de su octava hazaña como caza leyendas.
Dael Amado y su esposa Aura Araiza eran un matrimonio joven que sin hijos se dedicaban a desenterrar y explicar los orígenes de algunas leyendas locales. Había resultado exitoso y a la vez divertido hacerlo. En un principio Aura tenía mucho miedo de acompañar a su esposo ya que su condición emocional le hacía temblar incluso en la oscuridad.
Llevaban dos semanas alojados en la región tratando de localizar el lugar. Aura intentaba desde hace tiempo decirle algo importante a Dael, aunque el estrés que se acumuló debido a la intensa búsqueda hizo que tuviera que esperar el momento oportuno para hacerlo.
Dael ganó la confianza de su esposa y en cada viaje que emprendían Aura iba perdiendo el miedo y empezaba a familiarizarse con lugares desolados, oscuros e intransitables.
Cuando ya estaban a punto de rendirse y abandonar ese día aquel bosque solitario Aura pisó una trampilla de madera que cedió al instante por la humedad que había absorbido la vieja madera. Dael la tomó por el brazo y la ayudó a sacar su pierna del agujero que había hecho. Los dos sonreían; habían encontrado el búnker.
El pueblo más cercano estaba a diez kilómetros de distancia, un anciano llamado Himerio los había conducido a la mitad del camino hasta que decidió que sus piernas ya no podrían más, aunque su mirada decía otra cosa; más bien quería estar lo más alejado del bosque. Como la mayoría de los habitantes del pueblo, no quiso hablar mucho acerca de la leyenda del mural de los lamentos. Éste se encontraba en el pasillo de un búnker que servía como una fábrica de armas clandestina que operaba durante la segunda guerra mundial.
II
La leyenda decía que ahí trabajaba una pareja con su hija. El comandante que dirigía la producción de armas mandó encerrarlos en otro piso más abajo de donde se encontraban; era una especie de pozo de agua en desuso, el comandante decía que la niña de nombre Amelia interrumpía y distraía con juegos tontos al personal de producción por lo que los encerró en el pozo.
Conforme la niña crecía empezaba a llamar la atención de los hombres, el permanente hacinamiento los hacía desear a cualquier mujer. Además de armas, la fábrica produjo un grupo de mentes perversas que buscaban el placer carnal a toda costa.
Cierta noche cuando se mandó llamar a todo el personal de producción incluyendo a la pareja del pozo excepto a la hija, un par de soldados se escabulleron en la habitación de la niña que se encontraba en el fondo del pozo. Uno de los soldados se quedó haciendo guardia con la escotilla del pozo cerrada mientras el otro la violaría.
Mientras el comandante ordenaba modificar la jornada laboral para apresurar la producción de los subfusiles MP40 se escucharon los gritos de Amelia haciendo retumbar todos los pasillos del búnker. El guardia que vigilaba la escotilla le gritó en varias ocasiones a su compañero que regresara de inmediato aunque éste hizo caso omiso. El vigilante escuchó cómo la multitud emprendía una desesperada carrera hacia la habitación de Amelia, cuando calculó que casi pisaban sus talones decidió cerrar la escotilla y salir corriendo. Antes de huir, accionó un botón que tenía la escotilla para llenar el pozo de agua, cuando las paredes comenzaron a deslizar el agua hacia el fondo corrió dejando encerrados a Amalia y al violador.
Algunas versiones afirmaban que Amelia luchó en su defensa para evitar ser violad, el soldado terminó por degollarla y colgó su cabeza para después morir ahogado.

III
Dael bajó primero asegurándose que las escaleras estuvieran en buen estado. Aura seguía sus pasos y esta vez la emoción por haber encontrado el búnker hizo que siguiera aplazando aquella noticia que tenía para su esposo. Después de todo quería un momento a solas con él, sin muertos de por medio y sin estar trabajando para decírselo.
Cuando tocaron suelo, ambos se abrazaron e hicieron su ritual de comienzo: una pequeña oración y juntaron sus frentes como tratando de unir sus pensamientos para tener éxito en su búsqueda. Ya preparados se adentraron teniendo aun un poco de luz exterior debido a la inclinación de la entrada.
Justo donde estaba la primera puerta terminaba la luz, entre el umbral y la poca iluminación donde estaba parada Aura se alcanzaban a leer unas letras encima de la puerta de hierro: HOLA SATANÁS, TE QUIERO.
La puerta se abrió sin problemas, solo rechinó como era de esperarse debido a la oxidación y falta de movilidad. El eco que generó retumbó hasta el fondo de la oscuridad chocando una y otra vez con un laberinto de pasillos que parecía interminable. Las primeras señas relacionadas con la leyenda eran los mensajes que aparecían frecuentemente en las paredes de los pasillos. Algunas letras ilegibles y otras que fácilmente se distinguían de grafitis de otros visitantes como ellos. En muchas de aquellas frases se plasmaban lamentos de la crueldad con que habían terminado con los soldados.
Apareció el primer callejón sin salida, se trataba de una especie de agujero que aparentaba un váter. La pestilencia del hoyo les confirmó sus dudas, cuando apuntaron la luz de sus lámparas portables vieron residuos de excremento, jeringuillas usadas y bichos rodeando aquella porquería.
Después de una hora de camino encontraron una puerta diferente a todas, el laberinto parecía tomar un nuevo camino. Se trataba de una puerta de seguridad de unos veinte centímetros de espesor que muy difícilmente pudo haber sido arrancada por los drogadictos o vagabundos. Dael intuyó que había sido arrancada tiempo atrás cuando empezaban a atrapar a los nazis después de la guerra. En el tiempo que la fábrica había cesado las actividades y simplemente era un refugio post-guerra.

IV
La producción se suspendió cuatro meses después del incidente del soldado y Amelia. Se escuchaban rumores de que habían perdido la guerra, el pelotón no había regresado por las armas y por lo tanto no había comida. Los padres de Amelia seguían ahí, aunque se habían aislado en el pozo del recinto de muerte de la pequeña.
Antes de que llegaran los enemigos al búnker los padres de Amelia se habían vuelto locos, se negaban a salir del pozo. Tampoco probaban la comida que les quedaba. Sobrevivieron a la hambruna y al canibalismo.
Cuando llegó el pelotón americano a ejecutar a los nazis, los padres de Amelia habían desaparecido, en las paredes del pozo encontraron los nombres de los padres y mensajes que indicaban locura de quienes habían habitado ahí. Los americanos pensaron que se trataba de esclavos de guerra.
Un par de ellos se habían adelantado y bajaron al pozo para comprobar lo que había. La sorpresa terminó con sus vidas cuando alguien bajó la escotilla y activó el sistema de llenado. El resto del grupo se acercó e intentó abrirla pero el esfuerzo fue en vano.
Dentro del pozo escucharon los gritos de los soldados y unos lamentos de lo que parecía una mujer. Cuando los alaridos de los suyos hubieron cesado escucharon los sollozos de la mujer y unas cuantas palabras que alcanzaron a escuchar: Hier wohnt der Teufel.
Abandonaron el lugar sin rescatar a sus compañeros, nadie supo del todo si lograron salir con vida. Los gritos de Amelia se escuchaban por todos los pasillos pidiendo ayuda. Luego una voz endemoniada hacia retumbar las paredes de los pasillos haciendo que el techo amenazara con derrumbarse.
Después de los soldados nadie volvió a traspasar aquella puerta de seguridad que se dirigía a la central de producción de armas. Los nombres de los caídos quedaron grabados en las paredes del pozo. Justo como un registro de las muertes que vengaba el demonio que habitaba.
V
Aura señaló un generador de luz que estaba situado en un rincón de aquella monstruosa recámara. Quedaron atónitos cuando accionaron el interruptor de luz y la sala se iluminó.
Había cinco largas filas de máquinas individuales. Tenían en un extremo una broca y del otro una prensa que giraba con una manija circular. Cada fila tenía un nombre asignado: Gewehr 43 a.k.a K43, MP40, Mauser Kar 98k, Panzerschreck y Luger P08.
Dael y Aura sintieron un gran escalofrío al observar la maquinaria que había ocasionado la muerte de entre cincuenta y setenta millones de víctimas. Aquel metal corroído parecía hablar, como si hubiera absorbido las almas de los que habían muerto bajo el búnker.
Siguieron caminando atravesando más pasillos que daban vuelta una  otra vez hasta que se toparon con una tubería que ascendía al exterior, una especie de periscopio del que Himerio les había hablado. Probablemente era utilizado para hacer guardia y vigilar los límites de la trinchera aliada.
El joven matrimonio empezaba a sentir miedo, a pesar de no haber visto nada inusual sus mentes jugaban con ellos y les contagiaba locura. Aura se le veía con la mirada perdida aunque seguía avanzando indiferente. Parecía como si estuvieran resignados a vivir para siempre en ese terrible lugar. Tenían bastante tiempo que no se habían dirigido la palabra, en otras aventuras lo hacían para estar pendientes de cualquier ruido extraño; aunque es esta ocasión ni siquiera se dirigían una mirada de tranquilidad.
Finalmente llegaron a su destino, era una inmensa bodega donde había varias máquinas viejas y oxidadas. A un lado estaba una escotilla abierta, el pozo estaba lleno de agua pero la suciedad la había ennegrecido. Dael se acercó a un panel de control que estaba a un costado de la costilla, sopló el polvo y presionó un botón. El agua empezó a filtrarse sin bajar su nivel, en cambio se limpió y ambos pudieron ver el fondo del pozo. Se veían aquellas paredes con cosas escritas, también pudieron ver una puerta. Encima se leía claramente:
TE EXTRAÑAMOS
Sumido en un gran estupor Dael no se dio cuenta cuando Aura se había arrojado al fondo del pozo, corrió hacia la orilla y vio como nadaba hacia el fondo abrió la puerta del cuarto y entró.
Como si ya conociera lo que pasaría Dael se aventó al agua y con paciencia revisó lo que estaba en las paredes laterales. Pudo leer los nombres de los soldados americanos que habían quedado atrapados. Con letras de colores e infantil leyó la siguiente frase: El diablo vive aquí.
Dael no se sorprendió y se dirigió hacia la puerta en busca de Aura. Detrás de la puerta había una mesa de trabajo y dos máquinas iguales que la línea de producción con las siglas MP40. Enseguida estaba la habitación de Amelia. Aura estaba inmóvil con la mirada hipnotizada, en el centro de la habitación rodeada de juguetes, cuentos y muñecas; encima de la cama estaba colgada la cabeza de Amelia, su rostro y cabello eran de color gris blanquecino debido al agua. Pendía de una cuerda y su mirada triste contagió a la pareja.
Quisieron salir a tomar aire pero era demasiado tarde, alguien había cerrado la escotilla. Aura recordó que tenía que decirle algo a Dael pero no podía hablar. En las paredes empezaron a dibujarse sus nombres y fue entonces cuando Dael se dio cuenta de lo que los ojos de Aura le decían.
En la pared se dibujó otro nombre desconocido para Dael: AMELIA AMADO ARAIZA. Era el nombre de su hija no nacida. Dael acarició el vientre de su esposa y la abrazó para siempre en medio de la oscuridad del pozo.

FIN

sábado, 16 de noviembre de 2013

Legítima defensa


Por: Diego Hernández Negrete.


¿Homicidio premeditado en legítima defensa?

El título de esta entrada de mi diario se debe a una pregunta que me planteé durante un proceso penal en mi contra, nunca pensé que cuidar mi patrimonio podría resultar un homicidio, sabía de antemano que existía la legítima defensa, por supuesto también conocía el término exceso de legítima defensa, tal vez mi cualidad de prevenir ante cualquier situación me han puesto hoy detrás de las rejas.

Les contaré como llegué hasta aquí, celda número trece sin ningún compañero, a pesar del sobre poblamiento en el penal las autoridades decidieron que debo estar aislado, pienso que se debe al peligro que corro al estar con homicidas de verdad.

Todo surgió cuando compré en mercado libre un paralizador eléctrico de 6.7 millones de voltios, necesitaba de algún artilugio que me protegiera ante los riesgos que se corren hoy en día con tanto pandillero suelto. No tenía como comprobar su eficacia, les soy sincero; llegué a desear que me asaltaran para probar mi nuevo juguete; primer punto, empecé a prevenirme.

Cierto día conversaba con mi hermano recién asaltado y otro colega, nos relataba cómo lo habían asaltado y lo que pasó por su mente mientras transcurría el atraco.
Decía que vio acercarse a su vehículo a un pandillero y lo primero que se imaginó es que lo asaltaría, el joven se acercó junto con otros dos y le preguntaron por una calle, mi hermano no conociendo aquella zona le dijo que no sabía, en cuestión de segundos el pandillero metió medio cuerpo hacia el coche, tomó un celular que estaba en medio del tablero y salió corriendo perdiéndose entre la multitud en un tianguis, el resto de la historia no viene al caso; segundo punto, maquinar un plan de defensa.

Sabía que a mi alrededor existían múltiples factores de riesgo a los que me exponía desde que pisaba la calle, lo único que hice fue planear mis reacciones y alertar mis instintos evitando lo peor.

Un día recorría sin rumbo fijo las calles menos transitadas y mal iluminadas de la ciudad, necesitaba relajarme, no recuerdo muy bien por qué estaba tan tenso aquel día. Me detuve en un parque y por el retrovisor divisé a un peatón que caminaba muy despacio, tenía lentes oscuros y llevaba una caja de chicles en la mano. Lo primero que pensé fue que era uno de esos vendedores ambulantes que se hacen pasar por una terrible enfermedad para vender, cuando llegó a la ventanilla de mi auto se quedó parado titubeando, imagino que estaba analizando sus probabilidades de ser detenido y el riesgo de que hubiera testigos en el parque. Se acercó tentando el carro e intentó con la otra mano picarme los ojos, lo agarré del brazo y subí la ventanilla, solo me concentré en seguir cuidadosamente mi plan, al tiempo que aplasté su brazo encendí el carro y pise al fondo el acelerador, escuché sus alaridos y vi como se arrastraba por el camino, abrí un poco la ventanilla y su cuerpo se fue hacia las llantas traseras, el auto le pasó por encima. Mi exceso ocurrió cuando le pasé de nuevo con la reversa, quería asegurarme de que no se levantara con algún arma y me hiciera daño. Tercer punto: descartar la ceguera, la duda podría ponerse en mi contra.

Minutos después llegó una patrulla y me ordenó que saliera con las manos arriba, le grité que me había intentado asaltar, no escucharon mi versión de los hechos y me esposaron sin más. Las últimas palabras que oí del oficial fueron: es él.

No pertenezco a este lugar, lleno de maleantes tatuados y pandillas re-idealizadas, por ejemplo, miembros de pandillas contrarias aquí son aliados, la mayoría de ellos están por robo y consumo de drogas.
Los que la distribuyeron en el exterior la siguen vendiendo dentro del penal y ellos conforman otro grupo.
Generalmente los homicidas están en pequeños grupos aislados, no hablan mucho y difícilmente cuentan su motivo de encierro, particularmente hay dos casos que no están ligados a ningún grupo son los llamados asesinos seriales. Uno de ellos conocido por su tatuaje de enredaderas en el brazo izquierdo jamás cruza una palabra con otro interno, se limita a observar las actividades de los demás y de vez en cuando está leyendo algún libro. Corren rumores de que mató y enterró a cinco personas en un centro comunitario religioso, otros dicen que es inocente y otra persona lo condujo a la fosa donde lo capturaron y culparon injustamente. Su rostro expresa rencor y resentimiento, Abraham me contó que le dieron cadena perpetua sin ningún tipo de beneficio.
Abraham no se considera un asesino en cadena, dice que fue un arranque de furia y no pudo controlarse, disparó a 17 personas de las cuales 9 murieron dentro de una clínica del seguro social, llevaba más de 5 horas esperando a que lo atendieran. Iba con el psicólogo a tomar una hora de Programación Neuro-Lingúistica.

Abraham es mi mejor amigo dentro de la cárcel y es un ex-militar con Trastorno de Estrés post-traumático, el mismo atribuye su locura a las actividades que realizaba en el departamento de inteligencia de la milicia, me dijo que él mismo ejecutó a 15 personas en una casa de seguridad, dijo que estaba de infiltrado en un grupo del crimen organizado que se hacía llamar los benjamines. Su objetivo consistía en dar informes periódicos sobre la ubicación de las armas, drogas etc.
Un día descubrió que tenían secuestrados a 4 familiares de un deudor, por supuesto eran inocentes y Abraham sabía que los iban a ejecutar, fue cuando actuó y mató con granadas de fragmentación a todos los maleantes que había dentro. Su comandante le dijo que dirían a los medios de comunicación que había sido un enfrentamiento, la milicia no quería dar explicaciones de por qué había un infiltrado con un grupo criminal.
Siempre charlamos con mucho interés aunque no cree que sea inocente, todo el tiempo se burla en mi cara y dice que con el tiempo flotará la verdad. A veces lo ignoro y le sigo el juego, dentro de un lugar tan peligroso hace falta parecer el malo para imponer un poco de respeto.

Últimamente voy a terapia con un doctor, he tenido sueños muy extraños, para ser más exactos pesadillas donde hay muertes. Cuarto punto: No creer en los sueños aunque parezcan reales, les llaman sueños vívidos o lúcidos.

Mi abogado dice que es un caso muy difícil, dice que uno de mis comodines para salir es la narcolepsia, habló a solas con el doctor y está muy convencido de que me sacará. No estoy muy seguro de su plan, escuché que los síntomas frecuentes de la narcolepsia son ataques de sueño, alucinaciones, somnolencia extrema etc.


Escuchar todas las víctimas de mis compañeros reos me están afectando, primero vi muerta a Juanita, nos ayuda en casa con la limpieza, en sus manos tiene una envoltura de mis bocadillos favoritos, cuando me ve se siente culpable y lleva sus manos hacia atrás, de repente siento unas ganas inmensas de arremeter contra ella, justo en ese instante despierto sudoroso. Seguro estuve hablando durante el sueño, escuché la risa malvada de Abraham. Quinto punto: metete un pañuelo al dormir.

Esta mañana fui a la enfermería y me encontré al Doctor acompañado de otra persona, se presentó como un hipnotista, me hizo firmar una carta donde estaba de acuerdo en someterme a su tratamiento como parte de la investigación de mi caso. Hizo que me acostará en el sillón de exploración, tomó mi cabeza y ordenó que me durmiera, no tuve problemas al hacerlo ya que cada dos o tres horas me daban unas ganas inmensas de dormir, debe ser por la insuficiente alimentación que recibo, últimamente me he sentido muy cansado, siento una profunda desesperanza.
Cuando desperté, detrás del hombro derecho del hipnotista vi al doctor boquiabierto, pareciera que él fuera el hipnotizado, preguntó cómo me sentía, estaba renovado, me hizo descansar lo suficiente aunque otra vez había tenido un sueño terrible. Esta vez era mi vecino, lo seguía hasta su patio trasero y le clavaba un machete en la espalda.
Aparentemente estaba furioso porque el vecino estaba espiando a mi hermana, las miradas de ambos me perturbó, el hipnotista dijo que los delirios celotípicos eran comunes en la esquizofrenia. Me quedé mudo. Sexto punto: No dejes que tu mente te engañé, las pesadillas no pueden ser parte de tu memoria declarativa.

Por la tarde seguía conmocionado, me visitó mi novia. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar, sus ojos estaban vacíos, sus labios, párpados y cejas estaban caídas, en sus manos tenía un libro que me trajo un recuerdo, siempre le reprochaba su amistad con Damián. Le decía que no era normal que la visitara a su trabajo ni mucho menos que le regalara libros, puso su mano a través del vidrio y empezó a sollozar. Dejó el libro y se marchó. Séptimo punto: Nunca dejes que se vaya si no están las cosas bien.

Un señor güero y de bigote poblado me entrevistó, me colocó una pequeña pinza en el dedo medio, después me puso una especie de faja a la altura de los pectorales, ambos estaban conectados a un aparato que manejaba desde una portátil.
Durante todas las preguntas la gráfica que mostraba el ordenador se mantenía estable, preguntó por Juanita, mi vecino, Damián y el ciego. Al final su cara reflejaba desesperación. Finalmente me preguntó si me había drogado al menos 6 horas antes o si estaba desvelado, salió sin despedirse y vi como movía la cabeza hacia los lados cuando se le acercó el director del penal. Octavo punto: Finge estar tranquilo.

Escuché una fuerte discusión entre el Doctor y el director del penal, hablaban sobre mí. No había pruebas suficientes pero ¿De qué? Intento tranquilizarme y dormir, mañana será mi juicio.

Durante mi sueño estoy en el parque, veo por el retrovisor a un presunto ciego, en sus manos tiene una caja de chicles, un cosquilleo invade mi estómago, mi plan contra rateros debe ser puesto en práctica, cualquier mínima provocación hará que se eleve mi adrenalina, solo debo esperar a que se acerque lo suficiente. Noveno punto: acábalo.

Declaro esta entrada de diario como mi única confesión, les explico a detalle mi condición para que entiendan mi situación y me liberen lo más pronto posible, que estén conscientes de que soy inocente, soy un escritor que ansía su escritorio para trabajar.

Escuché al abogado decir que podrían declararme inimputable, me alegra oír eso y quiere decir que pronto estaré fuera, también lo escuché mencionar algo sobre un hospital psiquiátrico aunque me causó gracia, seguro hablaba de otro de sus casos, por supuesto yo no estoy loco. Compraré una nueva portátil para relatar detalladamente mi estancia en esta tenebrosa celda donde escucho voces. Décimo punto: Aceptar mi naturaleza.

Fin

miércoles, 10 de julio de 2013

Un buen matrimonio


Por Diego Hernández Negrete.


Dick y Jane era sinónimo de matrimonio perfecto, eran más de lo que catalogaba en la época de los noventas como una pareja de spot en contra de violencia y ejemplar de calidad de vida. Ambos trabajaban y hacían el deber del hogar juntos. No tenían vicios y salían a divertirse variablemente en su tiempo libre. Dick era pasivo, comprensivo, relajado y tímido. Jane sin duda lo complementaba; era Inteligente, responsable, sociable y adorable.

Así pues Dick era un maestro en las técnicas relacionadas con los ivos, ados e idos. Resolvía los problemas reflexionando en silencio las vulnerabilidades y las ventajas que lo ayudaban a mantenerse callado en el momento exacto y sólo era cuestión de tiempo esperar a que llegará la solución a sus manos. Su talón de Aquiles era el estrés, se le podía ver más tranquilo que un cocodrilo esperando el momento para cerrar la mandíbula, pero a decir verdad su cabeza palpitaba de dolor.
Si los comparáramos con animales Dick sería el cocodrilo, esperando bajo el terrible sol, hambreado hasta que la solución aterrizara en su boca. Jane sería un lindo loro que no para de hablar, algunas veces sin pensar hasta obtener resultados. Su arma eran las palabras. Ella iba al grano sin rodeos y sin oídos, su taladreante voz dejaba mudas a sus presas sin oportunidad de dejarlas siquiera abrir la boca. Una combinación perfecta la mantenía al mando, era tan adorable y persuasiva que no existía un no como repuesta. Su defecto era el rencor, podría acumularse tanto odio irrazonable que al final resultaban bombas de críticas destructivas.

Dick trabajaba en una empresa de seguridad privada donde era coordinador de embarques de exportación, su tarea era muy sencilla pero aburrida: contar cajas de zapatos y revisar algunas al azar para asegurarse que no hubiera nada ilegal dentro del calzado, indicaba a los cargadores como estibar la mercancía para equilibrar el peso de la caja del trailer, tomaba registro de las incidencias y la documentación del operador. En palabras más divertidas era como jugar bingo, al cantar línea suponía que se había repetido algún número de caja o que la misma iba en mal estado, y llenar el cartón ( o el formato de revisión de cajas) significaba que la orden de compra estaba completa. Lo malo del empleo era que Dick trabaja por disponibilidad y eso implicaba trabajar hasta que el último par de zapato saliera de la banda y fuera empacado junto con otros once pares que hacían una caja de pedidos de hasta seiscientas.
Su jornada laboral adorablemente podría ser desde cuatro horas o infernalmente se alargaba doce horas más sin remedio alguno de poder salir a comer algo.
Estaba bien pagado y además, trabajaba de dos a cuatro días por semana dependiendo de la temporada. Por ejemplo, en Estados Unidos había más exportación durante julio, en Brasil se mandaban de cinco a diez contenedores en abril debido al carnaval de Río de Janeiro o en Londres se disparan las ventas por el boxing day en diciembre.

Jane trabajaba en un gimnasio para ricos, en lugar de pesas había costosos aparatos en forma de plato donde se realizaban diferentes ejercicios básicos mientras la base vibraba. Agendaba de dos a cuatro sesiones por día, lavaba toallas y realizaba actividades esporádicas que su jefe le encomendaba, por ejemplo comprar dulces para los jóvenes debiluchos que se les bajaba la presión, ir a la farmacia por medicamento para combatir las dificultades al orinar (debido a la vergüenza viril de su musculoso jefe) o recortar números para poner en venta el auto viejo de la misma inútil persona.

Todo parecía marchar bien, hasta que los celos hicieron su aparición.

Jane tenía un odio incontrolable hacia Ayn, ex novia de Dick. Él trataba de hablar lo menos posible sobre ella, aunque Jane insistía en saber todo lo que pasará. Mientras él lo consideraba una omisión para evitar la incomodidad de Jane, ella afirmaba que eran mentiras u ocultamiento que suponía infidelidad. Jane también tenía un ex novio del cual muy poco o nada hablaba. Lo único que Dick sabía era que tenía un hijo o hija y que habían terminado mal.

Un episodio psicótico que tuvieron fue un delirio compartido que casi terminaba con la relación. Salieron juntos a caminar por el centro de la ciudad para pasar el rato, compraron helado, visitaron algunas tiendas y criticaron a algunos desgraciados hasta que pararon en un evento familiar donde una mujer gorda cantaba canciones típicas de bodas. Un signo peculiar de nervios de Dick era apretarle fuerte la mano a Jane sin decir nada, cuando lo hizo en aquel momento fue porque Jane había estado observando ciegamente a un joven con una carreola y que también la veía.
Cuando Jane sintió el apretón volteó la mirada en trescientos sesenta grados como buscando a alguien y de inmediato se empezó a alejar de la multitud soltando la mano de Dick, se enojó cuando éste rechazó su mano mientras ella se alejaba diciéndole que le explicara que estaba pasando.

El trayecto que habían hecho de ida, lo hicieron de regreso en una cuarta parte de tiempo, casi al llegar a casa de Jane, Dick la sujetó del brazo diciéndole que tenían que hablar, quería arreglar las cosas y saber qué había ocurrido exactamente. Dick mencionó algo acerca de su ex novio alegando que lo contrario al amor era la indiferencia y que no entendía por qué se había puesto así. Jane lo miró atónita y con la boca abierta preguntando de qué carajo estaba hablando. Típico en las relaciones, ella pensando que le había apretado la mano porque creyó que Ayn estaba cerca y se enojó cuando Dick no quiso tomarla de la mano, prediciendo que Dick quería verla. Contrario a esto, Dick pensó que Jane se descontroló cuando ella se dio cuenta que la había descubierto observando a su ex novio y que quería irse de ahí inmediatamente.

Por tonterías como esa solían discutir y pasaban días sin hablarse. El cocodrilo orgulloso sin pedir perdón y el loro adorable que adjudicaba falsedades inexplicables. Resultaba tan admirable que Dick insistiera y se dignara a aceptar la culpa como también ver a Jane quedarse callada y escuchar los razonamientos de su pareja.

Un embarazo indeseado prometía mejorar las cosas, contra todos los pronósticos (durante la menstruación y tomándose la pastilla del día siguiente) Jane dio a luz a una hermosa niña, era igual a su padre.
Al principio todo era maravilloso, ninguno pensaba en quien acechaba al otro, amaban a la niña y le dedicaban el tiempo necesario, la llevaban al parque y visitaban a los cuatro abuelos de Caylee.

Después de una tarde familiar Jane revisaba la correspondencia cuando se encontró con una carta de felicitación que rezaba el nombre de Ayn en el pie de página, empezó a gritar como loca, agarró un cuchillo y lo hundió en el muslo derecho de Dick, el pobre sin atreverse a regresar la agresión, corrió con la niña en brazos, se encerró en el baño toda la noche hasta que en la madrugada llegaron los paramédicos y obviamente las patrullas.
Durante el proceso se divorciaron y Dick consiguió la custodia de Caylee. Jane sin quedarse con los brazos cruzados luchó para quedarse con la niña aunque le sirvió de sombrilla en huracán.
Tras un mes de evaluación psicológica Jane fue diagnosticada con un trastorno bipolar con un episodio reciente hipomaníaco.
Fue considerada inimputable aunque la hospitalizaron de inmediato.

Un día, Dick recogió a Caylee de la guardería y la dejó en una fiesta de cumpleaños, regresó a casa solo con ánimos de descansar dos o tres horas. Cuando subía las escaleras sintió una vaga sensación que lo incomodaba, lo atribuyó a los nervios que dejaron las secuelas del infierno de Doña simpática, resultaba imposible pensar en ella, estaba con camisa de fuerza en las montañas de la locura.
Antes de echarse la siesta, Dick prendió la televisión y puso el noticiero, el titular era una bomba en el pabellón de alta peligrosidad en San Pedro del Monte, tres mujeres escaparon matando al vigilante, dos de ellas capturadas casi enseguida pero la tercera sigue libre. La cadena de noticas no menciona nombres aunque Dick sabe que se trata de Jane. Lo sabe porque notó una presencia en la sala de estar. Lo sabe porque huele a la esencia floral de Jane. Lo sabe en el momento que escucha unos ligeros pasos en el pasillo.

Dick enmudece, sus músculos se paralizan, sus ojos están fuera de órbita. Su cabeza le dice que debe moverse, correr y salir de ahí pero no puede.

Fin

sábado, 2 de febrero de 2013

El estigma de las raflessias


Por Diego Hernández Negrete.


I
La ley del talión
Leodegario era un niño no tan común, ni tan corriente. A menudo llegaba de la escuela golpeado, con chicles en el pelo, pezones retorcidos, escupitajos en la espalda, con el elástico del calzón descosido (no necesito explicar a qué castigo oriental me refiero) y hasta una vez llegó con el cabello tuzado.
Hijo de una fanática religiosa, Mary era una puritana; una santurrona que maldecía todos los placeres de la vida, su especialidad consistía en que todo lo bueno era precisamente lo que a Leo no le gustaba hacer, para el mayor de los colmos nunca le prestó demasiada atención.
Mary siempre lo recibía con la sonrisa de los mil pesares, aun viéndole el labio sangrando o el cuero cabelludo expuesto, fingía que todo estaba bien y cualquier situación la quería remediar con una tonta sonrisa.
Leo aprendió a pagarle con la misma moneda por lo que se limitaba a anunciar su llegada y después ponía el seguro de la puerta de su habitación durando largas jornadas somníferas encima de su colchón.
Nunca tuvo un amigo, o al menos que fuera racional y de carne y hueso. La mayor parte del día estaba utilizando su IPhone, regalo que le dio Mary cuando cumplió doce años, Leo no quiso pastel, ni fiesta o visitas de la abuela Eduviges, solamente rogó por su IPhone.
Cuando recién lo obtuvo duró dos días sin asistir a la escuela, Mary se dio cuenta que no iba porque en el refrigerador estaban las cinco tortas que le preparaba por semana para comer durante el receso, hubiera sido más sencillo echar un vistazo a la perilla del cuarto de Leo para darse cuenta que seguía encerrado, sin embargo como ya te has dado cuenta, Mary era un poquito distraída.
Como te iba diciendo, Leo no salía a jugar con sus vecinos, tampoco iba a darle la vuelta en bicicleta a la manzana, prefería pasar horas jugando Angry Birds o buscando nuevas aplicaciones en su IPhone que le permitieran sumergirse en su mundo sin tener que verle la cara a nadie.
Todas las noches lo despertaba una voz y en su mente resonaban tres nombres: Moisés, Raúl y Ascencio.
II
Dulces sueños
Moisés, Raúl y Asencio. Eran los tres nombres que más odiaba Leo, estaban en su salón de clase y eran los que siempre lo acechaban. Una vez metieron su cabeza en un inodoro lleno de heces, Leo no pudo contenerse y vomitó, lo hizo hasta que le resbalaba por las comisuras de la boca un líquido amarillento, su garganta ardía por las arcadas.
Ese fue el único día que Leo insultó a su madre, llegó llorando a casa y Mary le ordenó que bajara a saludar a la abuela Eduviges, le respondió llamándola ¡Albóndiga de mierda!
Ella pudo haberlo castigado, aunque quedó petrificada al oír semejante insulto, Mary se quedó unos segundos de cara a la puerta y con los nudillos pegados a la madera, no supo como reaccionar por lo que una vez más, sonrió e hizo como si tal evento jamás hubiera existido.
Leo consiguió un poco de calma cuando encontró una aplicación en su IPhone llamada Dream on, el nombre desde luego era muy llamativo, en la reseña explicaba el desarrollador, que se trataba de un controlador de sueños, podías soñar con los diferentes escenarios y sonidos que ofrecía la aplicación. Desde un jardín pacífico hasta una batalla en el desierto salvaje.
Consistía en poner el IPhone a un lado de la almohada, éste detectaba los movimientos de Leo mientras dormía y justo en el momento, reproducía el sonido del ambiente que había elegido.
Al principio no fue mas que un engaño, intentó con diferentes ambientes y las primeras tres veces resultó decepcionante, su iPhone a un lado conectado a la luz y sin ningún resultado favorable. La cuarta ocasión tenía un vago recuerdo de haber soñado algo, no lograba descifrar nada, de hecho estuvo apunto de borrar la dichosa aplicación, aunque decidió intentarlo una vez más.
Aquella noche, Leo confiaba en obtener resultados, eligió un paseo por Tokio. Enchufó el cable alimentador a la corriente y puso su IPhone boca abajo, a un costado de su cabeza.
Y en sus sueños por fin conoció a un amigo, se presentó como Dante, lo llevó  a conocer las calles transitadas de Japón, toda la gente tenía la misma cara, hablaban un idioma muy cómico y sus ojos parecían cerrarse. Leo deseó soñar por siempre, nunca despertar ni volver a ver la cara a su madre, tenía una amplia sonrisa de oreja a oreja.
III
Paseo por Tokio
El despertador sonó un lunes a las 6:45, los números que daban la hora eran de color rojo y tenía un extraño recuerdo de que alguna vez habían sido verdes. Leo bajó, tomó su torta y salió a la calle en espera del autobús, el jardín de la entrada lucía diferente, aunque nunca le prestó demasiada atención parecía estar más colorido, se distrajo un momento observando con detalle una raflessia que jamás había visto en su vida y que le producía una exhuberante tripofobia, volvió en sí hasta que el operador del colosal amarillo con franjas blancas estuvo apunto de cerrar sus puertas.
Mientras Leo recorría el autobús notó que todos sus compañeros tenían un extraño parecido, a excepción de los asientos del fondo que ocupaban Moisés, Raúl y Ascencio.
Por primera vez en lo que llevaba de conocerlos, no le lanzaron bolas de papel ni avioncitos, Leo encontró un lugar vacío y se sentó, las ventanas del autobús estaban empañadas y no podía ver hacia el exterior, de repente se empezó a dibujar sobre la humedad una frase: DANTE VIVE.
De repente todos los niños comenzaron a gritar, el autobús patinó y se desequilibró apuntando hacia un muro. Leodegario despertó, todo había sido un sueño.
Los números verdes parpadeaban y el aparato producía un estridente sonido de campana, se hacía tarde y Leo aun no se levantaba. Cuando abrió la puerta del refrigerador agarró su torta y contó las restantes; solo quedaban tres, para confirmar sus pensamientos volteó hacia el calendario y vio que era martes ¿Acaso se había dormido todo el Lunes? Era absurdo basar sus días en tortas, tal vez Mary había hecho una menos, o quizá solo había comprado cuatro bolillos en el supermercado, ¿ A quién carajo le importaba eso? Su jardín retornaba a la normalidad, subió al autobús y lo primero que vio fue un asiento vacío al fondo. Moisés estaba ausente.
Leo jamás había visto derramar una sola lágrima a Carmela, su maestra de historia. No podía ni hablar cuando intentó explicar la dolorosa muerte de Moisés, lo encontraron en un terreno baldío con la cara inmersa en un charco de agua, se había hinchado tanto que sus ojos no se veían, igual que los japoneses.
Esa noche, Leo sentía un terrible e inexplicable remordimiento, se colocó óleo en las sienes y buscó un escenario tranquilo en dream on. Eligió Jardín pacífico.
IV
Jardín pacífico
Dante estaba en un jardín de raflessias sentado en posición de flor de loto, su rostro dibujaba una horrorosa sonrisa, Leo sabía que Dante tenía que ver algo con el asesinato de Moisés. Dante asintió con la cabeza y empezó a carcajearse, su garganta se movía de una forma extraña, emitía una risotada distorsionada y cruel.
A un lado de Dante estaba un mantel de cuadros y una canastilla de mimbre, Leo alcanzó a ver en el interior una cabeza ensangrentada, corrió para vaciarla y cayó una torta envuelta en una bolsa de plástico con cierre, las mismas que utilizaba Mary.
Leo se alejó corriendo y tropezó con algo, buscó a tientas el objeto que lo hizo caer, era un collar con un diente de marfil. Recordó habérselo visto alguna vez a... ¡Raúl!
Despertó de inmediato y bajó con grandes pasos, abrió el refrigerador y había dos tortas. Inconscientemente ya estaba a la espera del autobús, esperó y esperó, aunque el camión nunca pasó.
Llegó a la escuela con el corazón a ciento sesenta latidos por minuto. Mientras caminaba hacia su salón, vio de reojo que Carmela estaba en la dirección, parecía un muerto viviente, pálida y con la mirada despistada. Leo chocó con la madre de Raúl quien había salido de su salón de clase, tenía las mismas características y en sus manos llevaba una caja llena de trabajos manuales y libros.
Un letrero pegado en el salón decía: se suspenden clases del 102 hasta nuevo aviso.
Leo regresó llorando a casa, quería arrojar su IPhone al concreto, lo sacó del bolsillo y vio que tenía una notificación de dream on.
¿Quieres vivir un Apocalipsis zombie o un paseo por la casa embrujada? Prueba los nuevos sonidos para esta noche de brujas, solo por tiempo limitado.
¡Nuevos escenarios disponibles en la tienda de sueños, pruébalo esta noche!
Leo llegó a casa, su madre no estaba, (o al menos el silencio lo decía) tampoco la abuela Eduviges, la casa olía a rancio, a carne podrida. Un olor similar al de las raflessias.
Subió a su cuarto y conectó su IPhone al contacto de luz, quería su última noche de brujas.
V
Noche de brujas
Las calles de Jerome estaban oscuras, llenas de niños disfrazados pidiendo dulces en las casas, niños vestidos de Jason, Michael Myers, Pennywise y unas cuantas brujitas con nariz postiza.
Leo afilaba un cuchillo de cocina con una piedra, tenía preparado su disfraz. Un saco negro lleno de hoyos y su cara maquillada de manera que parecía piel de rana, lucía agujeros por todos lados.
Salió a la calle con su dulcero en forma de calabaza, todos lo miraban atónitos y muertos de miedo, Leo no se detuvo, tenía claro su destino. Brincó la barda para acceder a la parte trasera de una casa, miró a través de la ventana y ahí estaba Ascencio, estaba ayudando a su hermano menor a ponerse una capa de vampiro, se veía más temible que ese que se dice llamar vampiro, aquel que lucha contra lobos feroces para defender a su novia humana que después, convertirá en vampiro para estar con ella hasta la eternidad, al final resulta que la hija se casa con un lobo (archi- enemigo del vampiro narcisista) y todos terminan felices, vaya estupidez, pensó Leo.
Asomó por la siguiente ventana, el cuarto estaba vacío, entró sigilosamente y cerró la ventana. Caminó pegado a la pared esperando el momento exacto, la luz empezó a fallar hasta que el foco del cuarto se fundió, echó la última mirada hacia la ventana y sonrió cuando vio que se había dibujado el nombre de Dante.
Ascencio cruzaba la penumbra con su hermano cuando Leo se abalanzó hacia él, le hundió el cuchillo en la garganta hasta que la sangre salió a chorros, Leo apretaba los dientes y no se dio cuenta que el pequeño vampiro yacía desmayado en el charco de sangre, ¿Qué ironía no? El vampirillo ya no necesitaba salir en busca de alimento, el lago hemático sería suficiente para esa noche.
Se escucharon fuertes alaridos por toda la ciudad, las lejanas sirenas cada vez se hacían más próximas. En Jerome, la ciudad se había pintado de rojo, rojo como las raflessias.
Fin