Por Parabellum
El otoño había vestido la avenida de
amarillo y ocre. En el aire flotaba esa melancolía que solo conocen las hojas
antes de caer. Bajo aquel paisaje
marchito, Paula caminaba hacia la casa donde había crecido. Siempre pensó que
el otoño era la estación de las cosas que mueren. Aquella vez tenía razón. Su
madre acababa de convertirse en una de ellas.
Habían pasado diecisiete años desde la
última vez que cruzó el umbral de aquella casa. El trabajo la llevó al otro
extremo del país, a una ciudad costera donde el turismo le abrió las puertas de
una carrera que jamás habría podido desarrollar en su pueblo. Más de una vez le
pidió a su madre que se mudara con ella. Nunca aceptó.
—¿Y perderme mis vacaciones? —respondía
entre risas cada vez que Paula insistía—. Prefiero ir cuatro veces al año a
verte.
Y cumplía su promesa. Llegaba con una
valija pequeña, cocinaba, paseaba por la playa y disfrutaba de esos días como
si fueran un regalo. Ahora ya no habría otro viaje. Paula regresaba para
cumplir su última voluntad: vaciar la vivienda y ponerla en venta.
La llave se resistió antes de girar.
Cuando la cerradura cedió, Paula tuvo la absurda impresión de que la casa
acababa de exhalar.
La casa olía a madera encerada, a jazmín y
a esa mezcla de alcanfor que siempre impregnaba los placares de su madre. El
viejo perchero seguía junto a la puerta. Del respaldo de una silla colgaba un
chal tejido a mano y sobre la mesa de la cocina descansaba una taza con un
resto de té reseco en el fondo.
Todo estaba exactamente donde debía estar,
o eso creyó. Tomó la valija y subió lentamente la escalera. Cada peldaño crujía
igual que en su infancia. Al abrir la puerta de su antiguo dormitorio sintió
que el tiempo se había detenido. La colcha de flores seguía extendida sobre la
cama, las cortinas color marfil dejaban pasar una luz tenue y el viejo
escritorio permanecía junto a la ventana. Nada parecía haber cambiado.
Dejó caer torpemente la valija sobre la
cama. El golpe hizo vibrar la mesa de luz y un libro cayó al piso.
Paula sonrió con nostalgia. Era un viejo
ejemplar de Mujercitas. Su madre se lo había leído una y otra vez cuando era
pequeña, hasta que aprendió a hacerlo sola. Lo recogió con cuidado y, por pura
costumbre, abrió la primera página. La dedicatoria seguía allí, escrita con la
prolija caligrafía de su madre.
"Para Paulina, con todo mi amor.
Mamá. 17 de julio de 1978."
Paula sonrió apenas. Su madre era la única
que la llamaba Paulina cuando quería mimarla. Para todos los demás, siempre
había sido Paula.
Entonces reparó en la fecha y la sonrisa
desapareció. Frunció el ceño y volvió a leerla. No podía ser.
Aquel libro había sido el regalo de sus
seis años. Lo recordaba con absoluta claridad. Su madre se sentaba en el borde
de la cama y le leía un capítulo cada noche, cambiando la voz de cada personaje
hasta hacerla reír. Incluso recordaba el vestido celeste que había usado ese
cumpleaños y la torta de chocolate que había preparado su abuela.
Sin embargo, la dedicatoria estaba fechada
dos años antes. Permaneció inmóvil, con el libro abierto entre las manos. Negó
lentamente con la cabeza.
—Debo estar confundiendo los recuerdos…
Cerró el libro con cuidado y volvió a
dejarlo sobre la mesa de luz. Hacía horas que estaba despierta y el viaje había
sido largo. Era lógico que el cansancio le estuviera jugando alguna mala
pasada. Respiró hondo. No había regresado para revolver el pasado, sino para
cumplir la última voluntad de su madre. Cuanto antes terminara de vaciar la
casa, antes podría volver a su vida.
Bajó la escalera con la intención de
preparar un café antes de comenzar. El silencio de la casa era tan profundo que
el crujido de cada peldaño parecía amplificarse entre las paredes.
Recorrió la cocina con la mirada. Todo
permanecía exactamente igual que en sus recuerdos: la alacena de madera, las
cortinas a cuadros, la vieja radio sobre la heladera.
Sonrió con melancolía. Entonces sus ojos
se detuvieron en una fotografía enmarcada. La tomó entre las manos. Era la foto
del casamiento de sus padres; la había visto cientos de veces. Su madre llevaba
el mismo vestido de encaje, el mismo ramo de azahares y la misma sonrisa
nerviosa. Pero algo no encajaba. Su padre tenía bigote.
Paula sintió un leve cosquilleo en la
nuca.
Observó la imagen durante varios segundos,
como esperando que recuperara su aspecto habitual. No lo hizo. Su padre jamás
había usado bigote. Era imposible que lo hubiera olvidado. Desde joven llevaba
una cicatriz que le atravesaba el labio superior y siempre decía que dejarse
crecer el bigote solo serviría para llamar la atención sobre ella.
Volvió a mirar la fotografía buscando la
cicatriz. No estaba. Un escalofrío le recorrió la espalda.
—¿Qué está pasando...? —susurró.
Dejó la fotografía sobre la heladera con
más brusquedad de la que hubiera querido.
Cerró los ojos unos segundos y se masajeó
las sienes.
—Dormiste poco y acabas de enterrar a tu
madre —se dijo en voz baja—. No empieces a inventar fantasmas.
Abrió la canilla y dejó correr el agua
fría sobre las manos. El contacto la tranquilizó un poco. Preparó el café
despacio, obligándose a concentrarse en cada movimiento: llenar la cafetera,
medir el café, encender la hornalla.
Cuando el aroma comenzó a invadir la
cocina, sintió que el nudo en el pecho aflojaba apenas.
Era absurdo. Una dedicatoria con una fecha
equivocada y una fotografía distinta no significaban nada. Se sirvió una taza y
salió al pequeño patio del fondo. El aire fresco le golpeó el rostro, despejándola.
Levantó la vista buscando instintivamente el jacarandá.
Paula quedó inmóvil. El jacarandá no
estaba. En su lugar se alzaba una araucaria gigantesca. Su copa sobresalía por
encima del techo de la casa y sus ramas, rígidas y oscuras, proyectaban una
sombra que cubría casi todo el patio. El café se derramó sobre el borde de la
taza sin que ella advirtiera que le temblaban las manos.
Una araucaria de ese tamaño no crece en
diecisiete años. Ni en cincuenta.
Volvió a mirar, esperando descubrir el
viejo jacarandá detrás del tronco o en algún rincón del terreno. Ni un tronco
cortado, ni un tocón, ni siquiera el círculo de tierra donde su padre lo había
plantado el día de su nacimiento.
Cada primavera, cuando las flores violetas
cubrían las ramas, su madre la hacía girar bajo la copa mientras cantaba, casi
en un susurro:
"Una flor y otra flor celeste del
jacarandá..."
Aquel era uno de los recuerdos más felices
de su infancia. No podía habérselo inventado. Sintió un escalofrío. Por primera
vez desde que había llegado, una idea comenzó a abrirse paso entre todas las
explicaciones racionales que había intentado darse.
¿Y si el problema no era su memoria?
El pensamiento le provocó un nuevo estremecimiento.
El cansancio la venció de golpe. Entre el
viaje, el velorio y las horas de tensión, sentía el cuerpo agotado. Subió
lentamente a su antiguo dormitorio y se dejó caer sobre la cama sin siquiera
quitarse los zapatos.
El sueño la envolvió casi de inmediato.
Tenía seis años.
Corría por el pasillo con un vestido
celeste mientras abrazaba un ejemplar de Mujercitas. Desde el patio llegaba la
voz de su madre tarareando la célebre melodía de María Elena Walsh, aunque Paula
sabía que su preferida era la versión popular de Palito Ortega. La pelota de
trapo rodó hasta una pequeña puerta de madera.
No recordaba haberla visto jamás. Estaba
entreabierta. Del otro lado había otra habitación idéntica y una niña que tenía
su misma edad. Llevaba el mismo vestido celeste y el mismo libro apretado
contra el pecho.
Era ella. No alguien parecida.
Era como mirarse en un espejo.
Las dos permanecieron inmóviles, incapaces
de apartar la vista una de la otra. Entonces escucharon dos voces.
—¡Paula! —llamó una mujer.
—¡Paulina! —llamó otra, desde el otro
lado.
Las dos niñas sonrieron con timidez. Una
levantó la mano. La otra hizo exactamente lo mismo. Las yemas de sus dedos
apenas llegaron a rozarse. En ese instante la puerta comenzó a cerrarse.
Paula despertó sobresaltada. El corazón le
golpeaba con fuerza contra el pecho.
No había sido un sueño. Era un recuerdo.
La puerta había existido. Siempre había
existido, pero aquella tarde ninguna de las dos la había atravesado. Solo se
habían encontrado.
Entonces comprendió. El cruce no había
ocurrido en su infancia. Había ocurrido cuando regresó a la casa de su madre. Cuando
la llave giró en la cerradura y creyó que la casa había exhalado.
Por eso la dedicatoria.
Por eso la fotografía.
Por eso la araucaria.
No era su memoria la que fallaba. Había
cruzado a otro mundo sin darse cuenta cuando abrió la puerta de la casa.
Bajó la escalera casi corriendo. Abrió la
puerta de calle y salió a la vereda. Respiró hondo. Miró las casas de enfrente,
los árboles, el cielo gris del otoño. Se atrevió a rezar, aunque se consideraba
agnóstica. Juntó algo de valor y volvió a entrar.
Nada cambió.
La araucaria seguía proyectando su sombra
sobre el patio.
Corrió hasta el pasillo.
Buscó desesperadamente la pequeña puerta
que había visto en el sueño.
No estaba. Solo encontró una pared lisa, apoyó
la mano sobre ella y notó que estaba fría. Del otro lado no llegaba ningún
sonido.
De repente, una epifanía la atravesó: la
puerta solo se abría para quien aún no sabía que existía.
Las lágrimas comenzaron a correrle por las
mejillas.
Afuera, el viento hizo crujir las ramas de
la araucaria.
Muy lejos, casi como un eco, creyó
escuchar la voz de su madre cantando:
"Una flor y otra flor…"
Paula cerró los ojos, rogando que esta
vida no fuera tan diferente a la suya.
Sabía que jamás volvería a encontrar el camino de regreso. Del otro lado, alguien, casi idéntica a ella, debía de estar preguntándose de dónde había salido aquel viejo jacarandá.
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