lunes, 3 de agosto de 2026

La dedicatoria

 Por Parabellum


El otoño había vestido la avenida de amarillo y ocre. En el aire flotaba esa melancolía que solo conocen las hojas antes de caer.  Bajo aquel paisaje marchito, Paula caminaba hacia la casa donde había crecido. Siempre pensó que el otoño era la estación de las cosas que mueren. Aquella vez tenía razón. Su madre acababa de convertirse en una de ellas.

Habían pasado diecisiete años desde la última vez que cruzó el umbral de aquella casa. El trabajo la llevó al otro extremo del país, a una ciudad costera donde el turismo le abrió las puertas de una carrera que jamás habría podido desarrollar en su pueblo. Más de una vez le pidió a su madre que se mudara con ella. Nunca aceptó.

—¿Y perderme mis vacaciones? —respondía entre risas cada vez que Paula insistía—. Prefiero ir cuatro veces al año a verte.

Y cumplía su promesa. Llegaba con una valija pequeña, cocinaba, paseaba por la playa y disfrutaba de esos días como si fueran un regalo. Ahora ya no habría otro viaje. Paula regresaba para cumplir su última voluntad: vaciar la vivienda y ponerla en venta.

La llave se resistió antes de girar. Cuando la cerradura cedió, Paula tuvo la absurda impresión de que la casa acababa de exhalar.

La casa olía a madera encerada, a jazmín y a esa mezcla de alcanfor que siempre impregnaba los placares de su madre. El viejo perchero seguía junto a la puerta. Del respaldo de una silla colgaba un chal tejido a mano y sobre la mesa de la cocina descansaba una taza con un resto de té reseco en el fondo.

Todo estaba exactamente donde debía estar, o eso creyó. Tomó la valija y subió lentamente la escalera. Cada peldaño crujía igual que en su infancia. Al abrir la puerta de su antiguo dormitorio sintió que el tiempo se había detenido. La colcha de flores seguía extendida sobre la cama, las cortinas color marfil dejaban pasar una luz tenue y el viejo escritorio permanecía junto a la ventana. Nada parecía haber cambiado.

Dejó caer torpemente la valija sobre la cama. El golpe hizo vibrar la mesa de luz y un libro cayó al piso.

Paula sonrió con nostalgia. Era un viejo ejemplar de Mujercitas. Su madre se lo había leído una y otra vez cuando era pequeña, hasta que aprendió a hacerlo sola. Lo recogió con cuidado y, por pura costumbre, abrió la primera página. La dedicatoria seguía allí, escrita con la prolija caligrafía de su madre.

"Para Paulina, con todo mi amor. Mamá. 17 de julio de 1978."

Paula sonrió apenas. Su madre era la única que la llamaba Paulina cuando quería mimarla. Para todos los demás, siempre había sido Paula.

Entonces reparó en la fecha y la sonrisa desapareció. Frunció el ceño y volvió a leerla. No podía ser.

Aquel libro había sido el regalo de sus seis años. Lo recordaba con absoluta claridad. Su madre se sentaba en el borde de la cama y le leía un capítulo cada noche, cambiando la voz de cada personaje hasta hacerla reír. Incluso recordaba el vestido celeste que había usado ese cumpleaños y la torta de chocolate que había preparado su abuela.

Sin embargo, la dedicatoria estaba fechada dos años antes. Permaneció inmóvil, con el libro abierto entre las manos. Negó lentamente con la cabeza.

—Debo estar confundiendo los recuerdos…

Cerró el libro con cuidado y volvió a dejarlo sobre la mesa de luz. Hacía horas que estaba despierta y el viaje había sido largo. Era lógico que el cansancio le estuviera jugando alguna mala pasada. Respiró hondo. No había regresado para revolver el pasado, sino para cumplir la última voluntad de su madre. Cuanto antes terminara de vaciar la casa, antes podría volver a su vida.

Bajó la escalera con la intención de preparar un café antes de comenzar. El silencio de la casa era tan profundo que el crujido de cada peldaño parecía amplificarse entre las paredes.

Recorrió la cocina con la mirada. Todo permanecía exactamente igual que en sus recuerdos: la alacena de madera, las cortinas a cuadros, la vieja radio sobre la heladera.

Sonrió con melancolía. Entonces sus ojos se detuvieron en una fotografía enmarcada. La tomó entre las manos. Era la foto del casamiento de sus padres; la había visto cientos de veces. Su madre llevaba el mismo vestido de encaje, el mismo ramo de azahares y la misma sonrisa nerviosa. Pero algo no encajaba. Su padre tenía bigote.

Paula sintió un leve cosquilleo en la nuca.

Observó la imagen durante varios segundos, como esperando que recuperara su aspecto habitual. No lo hizo. Su padre jamás había usado bigote. Era imposible que lo hubiera olvidado. Desde joven llevaba una cicatriz que le atravesaba el labio superior y siempre decía que dejarse crecer el bigote solo serviría para llamar la atención sobre ella.

Volvió a mirar la fotografía buscando la cicatriz. No estaba. Un escalofrío le recorrió la espalda.

—¿Qué está pasando...? —susurró.

Dejó la fotografía sobre la heladera con más brusquedad de la que hubiera querido.

Cerró los ojos unos segundos y se masajeó las sienes.

—Dormiste poco y acabas de enterrar a tu madre —se dijo en voz baja—. No empieces a inventar fantasmas.

Abrió la canilla y dejó correr el agua fría sobre las manos. El contacto la tranquilizó un poco. Preparó el café despacio, obligándose a concentrarse en cada movimiento: llenar la cafetera, medir el café, encender la hornalla.

Cuando el aroma comenzó a invadir la cocina, sintió que el nudo en el pecho aflojaba apenas.

Era absurdo. Una dedicatoria con una fecha equivocada y una fotografía distinta no significaban nada. Se sirvió una taza y salió al pequeño patio del fondo. El aire fresco le golpeó el rostro, despejándola. Levantó la vista buscando instintivamente el jacarandá.

Paula quedó inmóvil. El jacarandá no estaba. En su lugar se alzaba una araucaria gigantesca. Su copa sobresalía por encima del techo de la casa y sus ramas, rígidas y oscuras, proyectaban una sombra que cubría casi todo el patio. El café se derramó sobre el borde de la taza sin que ella advirtiera que le temblaban las manos.

Una araucaria de ese tamaño no crece en diecisiete años. Ni en cincuenta.

Volvió a mirar, esperando descubrir el viejo jacarandá detrás del tronco o en algún rincón del terreno. Ni un tronco cortado, ni un tocón, ni siquiera el círculo de tierra donde su padre lo había plantado el día de su nacimiento.

Cada primavera, cuando las flores violetas cubrían las ramas, su madre la hacía girar bajo la copa mientras cantaba, casi en un susurro:

"Una flor y otra flor celeste del jacarandá..."

Aquel era uno de los recuerdos más felices de su infancia. No podía habérselo inventado. Sintió un escalofrío. Por primera vez desde que había llegado, una idea comenzó a abrirse paso entre todas las explicaciones racionales que había intentado darse.

¿Y si el problema no era su memoria?

El pensamiento le provocó un nuevo estremecimiento.

El cansancio la venció de golpe. Entre el viaje, el velorio y las horas de tensión, sentía el cuerpo agotado. Subió lentamente a su antiguo dormitorio y se dejó caer sobre la cama sin siquiera quitarse los zapatos.

El sueño la envolvió casi de inmediato.

Tenía seis años.

Corría por el pasillo con un vestido celeste mientras abrazaba un ejemplar de Mujercitas. Desde el patio llegaba la voz de su madre tarareando la célebre melodía de María Elena Walsh, aunque Paula sabía que su preferida era la versión popular de Palito Ortega. La pelota de trapo rodó hasta una pequeña puerta de madera.

No recordaba haberla visto jamás. Estaba entreabierta. Del otro lado había otra habitación idéntica y una niña que tenía su misma edad. Llevaba el mismo vestido celeste y el mismo libro apretado contra el pecho.

Era ella. No alguien parecida.

Era como mirarse en un espejo.

Las dos permanecieron inmóviles, incapaces de apartar la vista una de la otra. Entonces escucharon dos voces.

—¡Paula! —llamó una mujer.

—¡Paulina! —llamó otra, desde el otro lado.

Las dos niñas sonrieron con timidez. Una levantó la mano. La otra hizo exactamente lo mismo. Las yemas de sus dedos apenas llegaron a rozarse. En ese instante la puerta comenzó a cerrarse.

Paula despertó sobresaltada. El corazón le golpeaba con fuerza contra el pecho.

No había sido un sueño. Era un recuerdo.

La puerta había existido. Siempre había existido, pero aquella tarde ninguna de las dos la había atravesado. Solo se habían encontrado.

Entonces comprendió. El cruce no había ocurrido en su infancia. Había ocurrido cuando regresó a la casa de su madre. Cuando la llave giró en la cerradura y creyó que la casa había exhalado.

Por eso la dedicatoria.

Por eso la fotografía.

Por eso la araucaria.

No era su memoria la que fallaba. Había cruzado a otro mundo sin darse cuenta cuando abrió la puerta de la casa.

Bajó la escalera casi corriendo. Abrió la puerta de calle y salió a la vereda. Respiró hondo. Miró las casas de enfrente, los árboles, el cielo gris del otoño. Se atrevió a rezar, aunque se consideraba agnóstica. Juntó algo de valor y volvió a entrar.

Nada cambió.

La araucaria seguía proyectando su sombra sobre el patio.

Corrió hasta el pasillo.

Buscó desesperadamente la pequeña puerta que había visto en el sueño.

No estaba. Solo encontró una pared lisa, apoyó la mano sobre ella y notó que estaba fría. Del otro lado no llegaba ningún sonido.

De repente, una epifanía la atravesó: la puerta solo se abría para quien aún no sabía que existía.

Las lágrimas comenzaron a correrle por las mejillas.

Afuera, el viento hizo crujir las ramas de la araucaria.

Muy lejos, casi como un eco, creyó escuchar la voz de su madre cantando:

"Una flor y otra flor…"

Paula cerró los ojos, rogando que esta vida no fuera tan diferente a la suya.

Sabía que jamás volvería a encontrar el camino de regreso. Del otro lado, alguien, casi idéntica a ella, debía de estar preguntándose de dónde había salido aquel viejo jacarandá.


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Ella

 Por mandinga


Hoy volví del trabajo, como cada tarde, odiando mi existencia, mi rutina, mi ser. Abrí la puerta del departamento y allí estaba ella, mi fiel y única amiga, recostada sobre su cama acolchada de color gris, hecha una bola, completamente acurrucada. Me resultó extraño que no se lance al ataque con la euforia y excitación con la que acostumbra recibirme, pero decidí no darle importancia.

Fui a la cocina y puse la pava en el fuego. Uso fósforos, nunca me gustaron los encendedores. Tomé una taza de la alacena y vertí el contenido del sobre de sopa instantánea de zapallo, mi preferida, más, cuando llegaba cagado de frío y sin ganas de cocinar. Esperé junto a la pava mientras me calentaba un poco las manos con el calor que emanaba de la hornalla y una vez que el agua hirvió, llené la taza y me dirigí al comedor.

Ya en el sillón, encendí la televisión y me acomodé debajo de una manta, la misma con la que la tapo a ella las noches en que el frío se torna insoportable. No. Ni loco dejo que duerma en mi cama conmigo, solo a veces, la dejo que suba un rato si estoy leyendo un libro o trabajando desde la computadora, también la dejo que me lama un poco, le gusta y debo admitir que a mí también; suele acurrucarse entre mis piernas y allí se queda hasta que me canso de sentirla contra mí cuerpo, o simplemente porque me da calor ¡Cómo odio cuando me da calor! Me hace transpirar las bolas y debo admitir que eso me saca de quicio, así que la termino echando de la cama con fastidio, ojo, no le pego ni nada por el estilo, sería incapaz de lastimarla, tampoco soy un monstruo, pero sí la empujo para que entienda que ya no quiero tenerla a mi lado y ella, muy obediente, se aleja, da algunas vueltas por el comedor y va a parar a su cama acolchada de color gris.

En la tele estaban dando uno de esos reality shows, como cada día, cada tarde, cada noche, impregnando de grasa la pantalla, por suerte, fui hábil y mi pulgar presionó con velocidad la tecla correspondiente para un segundo después, estar en otro canal, el noticiero, no era mejor que el nefasto programa, pero por lo menos aparecía alguna que otra actualidad bizarra, pintada por una magistral pincelada de color político.

—Y vos, ¿qué mirás? —le dije en el momento en que noté que asomaba apenas la mirada sobre el lomo. Me di cuenta de que me estaba mirando con recelo, como si hubiera algo que le molestara.

Comencé a tildar mentalmente todas las cosas que hago por ella cada día.

o   Comida en la mañana, SÍ.

o   Salida al patio, SÍ.

o   Comida en la noche, aún no era la hora.

            Por una milésima de segundo, desvió su mirada hacia la puerta ventana que da al patio, fue casi imperceptible, pero me di cuenta. Lentamente, dejé la taza en la mesa ratona, retiré la manta que me cubría y me acerqué a ella, me agaché y comencé a acariciarla donde más le gusta, suavemente, con el amor que únicamente yo sé darle y ella, me lo agradeció con una sonrisa y, sin quererlo, otra vez sus ojitos color miel se desviaron hacia la puerta ventana que da al patio.

Esperé, como el león que aguarda a su presa.

Conté hasta diez y giré velozmente la cabeza para ver cómo esa rata inmunda se ocultaba detrás del muro, no era la primera vez que veía a ese desgraciado espiando, maldito enfermo, ni siquiera puedo pensar en las cosas que debe hacer mientras la espía y ella, tan inocente, tan vulnerable. Salí disparado como un cohete, abrí de un golpe la puerta de vidrio que resonó con furia, haciendo temblar el cristal y de un salto me trepé a la pared que divide mi departamento del de ese hijo de puta.

—¡¡ENFERMO!! —grité, con una mezcla de furia y decepción, al darme cuenta que ya no estaba allí —Rápido como la rata de mierda que sos —dije para mí mismo —¡Sé muy bien que estás ahí! —arremetí nuevamente— ¡Sé que me estas mirando, déjate de joder porque te voy a ir a buscar, forro, o mejor, si querés ver algo vení y tocame timbre que te espero con los brazos abiertos!

Me bajé ofuscado por la situación y me prometí llamar al herrero al día siguiente para cerrar todo el perímetro del patio. Me enfermaba la posibilidad de que ese tipo, ese enfermo hijo de puta, pueda haber saltado algún día mientras yo estaba trabajando y la haya tocado o quién sabe qué cosa. Me metí nuevamente y cerré con traba sin dejar de mirar para el lado del muro divisorio, sabiendo que ya no iba a aparecer nuevamente, por lo menos, por esta noche.

—Ya está, ya está, no tengas miedo que este tipo malo ya se fue, no te preocupes, mañana traigo a alguien para que cierre todo eso y compro unas cortinas de esas que no dejan ver nada para adentro, así que quedate tranquilita.

Me respondió con un lamento, casi un aullido que me dejó duro y me hizo pensar lo siguiente:

¿Estaba triste porque se sintió vulnerada o porque eché a ese fisgón?

Me sentí perturbado y nuevamente el pensamiento de que quizás ese loquito podría haber entrado y haberla tocado como sólo yo lo hago, hizo que me ponga rojo de la rabia.

Le pregunté si alguna vez había estado en contacto con él, esperando una respuesta que estaba seguro que no llegaría, tan solo agachó la cabeza y me miró de reojo, con las pupilas llenas de culpa, hecha una bolita, sin más ropas que la piel que la cubre. Estaba tiritando de frío.

—Bueno, bueno, tranquila, vos no tenés la culpa —traté de reconfortarla, mientras mis manos recorrían su cuerpo, como tanto le gusta a ella, como tanto me gusta a mí. Verla estirarse panza arriba, entregándose por completo a mis caricias, a mis juegos, me hace sonreír y por un momento, hace que se me erice la piel, el escalofrío recorre mi cuerpo y mis manos juegan con frenesí.

Le gusta.

A mí también.

Me paro y me encierro en el baño, no me gusta que ella vea lo que hago cuando me encuentro solo con mis manos. La escucho acercarse y quedarse parada junto a la puerta, mientras trato de contener mi respiración, que se agita cada vez más. Recuerdo que una vez, lo hice sentado en el sillón, bajo su mirada expectante y empezó a jadear, el pecho se le contraía y expandía con velocidad, me di cuenta de que le gustaba verme, lo estaba disfrutando y, debo admitir, eso me excitó aún más. Se acercó y comenzó a lamerme, la dejé, lo disfruté, hasta que apretó sus dientes, raspando contra mi carne y tuve que alejarla de un golpe a la vez que lo que guardaba en mi interior, explotaba como un geiser. Recuerdo que después de esa situación, me guardó miedo —o tal vez era rencor— por unos días, ni siquiera se acercaba a recibir las golosinas que le compraba en el chino. Esperaba que me vaya a dormir y recién ahí, se acercaba al plato de comida, la podía oír devorar con ansiedad para luego lamer el plato metálico, como si tratara de extraer el sabor que quedaba impregnado en su superficie. Eso sucedió cuando estaba aprendiendo, pero nunca lo volví a hacer frente a sus hermosos ojitos.

Dejé en la cocina la taza de sopa fría y me preparé un té, lo que acababa de pasar había acabado con mi apetito y necesitaba tranquilizarme un poco. Le serví la comida y me metí en la cama, deseaba que se acabe el día lo antes posible. Me costó dormirme, la cabeza me daba mil vueltas y mi agradable manía de sobrepensar absolutamente todo, hacía que tenga los ojos abiertos como dos huevos fritos. Eran más o menos las tres de la madrugada, cuando me pareció escuchar un sonido metálico en la puerta ventana del comedor. Paré la oreja y me dio pavor al sentir una voz que susurraba algo ininteligible. Me senté en la cama lentamente y apoyé los pies sobre el suelo helado de mosaicos. Sentí un escalofrío que hizo que se me erectaran los pelos del lomo, como electrificados, me erguí sobre mis piernas cansadas y sin hacer el más mínimo sonido, caminé descalzo hasta asomarme por la puerta del comedor para encontrarme con el enfermo de al lado acariciando su cuerpo desnudo, recorriéndolo con sus mugrosas manos, mientras sus libidinosas pupilas la admiraban llenos de lujuria y deseo carnal.

—¡¡HIJO DE PUTA!! —vociferé mientras me abalanzaba sobre él como un laúd de barro y rocas— ¡HIJO DE PUTA, ENFERMO! ¡TE VOY A MATAR!

Salté con furia sobre quién ahora era mi presa, comenzamos a forcejear en el suelo y, al sentir su pene erecto presionando contra mi ombligo, mi mente quedó completamente en penumbras, todo se oscureció. Segundos más tarde, sentí una sustancia gelatinosa escurrirse entre mis dedos, mientras mechones de pelos se enredaban y la calidez del flujo entibiaba mis rodillas.

PLAC PLAC PLAC PLAC PLAC PLAC

Mis brazos iban y venían como el martillo de los parques de diversiones. Para cuando la vista se me aclaró y volví a la realidad, debajo de mí se encontraba una masa deforme que alguna vez quiso ser un rostro humano.

Estaba en shock.

Mi mente trataba de comprender lo que acababa de suceder.

Miré a todos lados, buscándola.

Cuando mi cerebro tomó parcialmente el control de la situación, me volvió el alma al cuerpo al verla escondida detrás del sillón, completamente aterrada. Respiré y recién ahí, caí nuevamente en la realidad.

Estábamos los dos solos, como lo fue desde el principio, como debió haber sido siempre.

Se puso de pie, se acercó y me abrazó.

 

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