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lunes, 27 de marzo de 2017

Tercera parte por Dr. A tomar por el culo

Seudónimo: Dr. A tomar por el culo
Autor: Sergio Bonavida Ponce

            La niña escribía en el diario: «la solvo estas al fino de la ekzerco».
Estaba tan absorta en la tarea que no reparó en la presencia. Él estaba allí. Vestía únicamente unos calzoncillos y su cuerpo retenía copioso sudor producto de la fornicación con su madre.
            —Hola, niña.
            La pequeña mujer no dijo nada. Cerró el diario y con sus manos se desmelenó. El lazo azul cayó en la alfombra. Acto seguido, manos en la espalda, desabrochó los botones de su ceñido vestido. Este se deslizó por el pálido cuerpecito en dirección al suelo.
            —Tan puta como tu madre.
            Ella no se inmutó. Se acercó lentamente en dirección al hombre contoneando las caderas. Él adelantó la mano prohibiéndole acercarse más.
—No. ¿Querés libertad? ¡Primero los joputas de abajo!

* * * (...) * * *

            —¿Y ese ruido? —Ángela observó al techo.
            —¿Qué ruido? —Sergio se intranquilizó.
            Robe roncaba estirado en el sofá.
            —Chinga tu madre, ¿empiezan con tonterías?

* * * (...) * * *

           Una manita de piel pálida se deslizaba lentamente por la barandilla de las escaleras...

Tercera parte por Moore

Seudónimo: Moore
      Autora: Carmen Gutiérrez

    «Roberto estaba asustado. Iba a disculparme por no haberlos acompañado a ver las jaulas pero no me dejó hablar, tomándome del brazo me obligó a subir y me las mostró. Me olvidé del dolor en la pierna al verlos aunque fingí que todo estaba normal.
-No encontramos a Raúl –dijo sin aliento-. Cuando los vio soltó una carcajada y se largó. Ángela lleva dos horas buscándolo en los alrededores… Dime que tú también los ves…-suplicó.
No podía apartar los ojos de las aterradoras cajas de metal pero si contaba lo que veía confesaría mi adicción. Mi cerebro dijo que toda esa sangre era imaginaria y que no había seres humanos malformados encerrados; incluido al bebé, cubierto aun con la placenta, que me miraba mostrando una mueca salvaje de dientes afilados. Es la morfina, me dije.
-El recién nacido es el peor –dijo Roberto.
Me estremecí. Él también lo veía.
-¿Y Sergio? –pregunté.
De eso hace casi una hora. Roberto fue a buscarlos, mientras espero a que regresen hago esta grabación para que quede constancia de todo… (Ruidos) ¿Roberto?... ¿Ángela? ¡Oh, Dios mío! ¿Mujer, estás herida? ¡Siéntate, traeré agua! ¡Oh, por Quetzalcoatl!
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Tercera parte por Abram Gannibal

Seudónimo: Abram Gannibal
    Autor: Asier Rey Salas

    Los escritores se acomodaron en la casa y se relajaron entre caladas prohibidas y juegos de mesa, felices con su merecido descanso. A las doce estaban de camino a sus catres, vencidos por la diversión.
A la una, todos dormían plácidamente.
A las dos, un alarido rompió el silencio.
Raúl se levantó, asustado; salió al pasillo y se encontró con Carmen, con Roberto, con Ángela... igual de atemorizados y extrañados. Habían oído aquel ruido desgarrador con demasiada nitidez.
—¿Dónde está Sergio? —preguntó Carmen. Todos se azoraron y miraron hacia aquella puerta cerrada.
Comenzó a manar la sangre y a manchar los pies descalzos de los escritores. Raúl se desbocó y aporreó la puerta, fuera de sí.
Cedieron las bisagras y la puerta se vino abajo. Allí, sobre la cama, reposaban los restos del malhadado poeta. Una cajetilla de cigarrillos era lo único que podía mirarse sin desagrado.
—Dios —susurraron—. Sergio... ha muerto.
Las lágrimas se desbordaron entre los presentes. Estaban en mitad de una pesadilla.
—Mirad —advirtió Roberto—. Hay algo allí.
Todos miraron a la esquina indicada. Apenas visible por la oscuridad, un arrugado lazo azul les anunciaba una terrible realidad.
Había un asesino en la casa.

Tercera parte por Raskólnikov

Seudónimo: Raskólnikov
Autora: Yol Anda

* * * (...) * * *
Saltar la verja que bordeaba la mansión fue sencillo y, tras un par de patadas que Ángela propinó a la puerta principal carcomida por los años, se adentraron en ella. Conservaba su estructura original y constaba de diez habitaciones, cada cual más siniestra. Subieron hasta una oscura buhardilla que dominaba la casa, por lo que no tardaron en discutir sobre quién la ocuparía.
—Ni de coña, amores. Yo la encontré y yo seré quien elija primero —se impuso Ángela apoyando la mano derecha en su cadera—. Si Carmen quiere compartirla, se lo permito, pero solo a ella. ¿Dónde se ha metido Sergio? Carajo, se ha cabreado…
Pero Carmen tampoco estaba allí. Se había adentrado en la buhardilla, así que los demás siguieron sus pasos. Entre nubes de polvo y gigantescas telarañas, se sobresaltaron al escuchar un desgarrador grito. Era Carmen. Corrieron  a tientas y encontraron un espectáculo atroz: Sergio, sodomizado por una niña con un lazo azul en la cabeza, suplicaba de rodillas con los ojos saliéndose de las órbitas. Sus chillidos atravesaban a duras penas las bragas que le había metido en la boca el monstruo que, de pronto, alzó un enorme cuchillo y blandió sobre él.

Tercera parte por Flander furiosito

Seudónimo: Flander furiosito
           Autora: Ángela Eastwood

          —No es justo, pequeña ama, —boqueó el náufrago medio ahogado—. Nosotros también queremos divertirnos.
—Miradlos. —Susurró la niña observando tras los cristales—. ¿Sabéis qué? ¡He cambiado de opinión! Todos participaréis del festín. ¡Ja! ¡Tú! Sí,  la zorra de hierro. Ponte este modelito de mamá y baja, rauda, a recibirlos. Dirás que trabajas para una inmobiliaria; que no te importa que pasen a visitar la casa si les place, incluso que tienes permiso de tus jefes para dejarles pernoctar aquí, mientras se comprometan a publicitar el nombre de la casa en sus cuentos. ¡Sí! ¡Eso es! Y luego… ¡Oh, cómo se humedecen  mis braguitas de bebé solo de pensarlo! Después los conducirás al sótano, con el pretexto de enseñarles el escenario del crimen. Puedes añadir a tu parloteo estúpido cómo colgué a mi mamá de aquel gancho para rajarla, después, desde la boca hasta ese coño suyo de ramera. Entonces, cuando todos estén distraídos buscando la mancha de sangre seca, atraparás al escritorzuelo alto, encerrarás al resto y luego me lo traerás. ¿Qué no podrás? ¡Asquerosa lesbiana oxidada! ¡Tienes la mitad del cuerpo de acero! ¡Utiliza tu increíble fuerza robótica para reducirlo!
Y el resto: id preparando los juguetitos.

Tercera parte por Shion

Seudónimo: Shion
    Autor: Robe Ferrer

    —¿Creías que habíais llegado a esta casa por casualidad? —le preguntó la joven aniñada—. ¡Yo os traje aquí!
La niña le hizo un profundo corte en la mejilla derecha, igual que había hecho antes en la izquierda. Debido a la mordaza de cinta americana, Sergio no pudo gritar.
Los cinco se habían disgregado nada más entrar, en busca del mejor rincón para inspirarse. Ninguno había vuelto a saber de los demás.
—Sé que no fuiste tú el que pactó con mi madre. Eres demasiado mediocre para que tus letras puedan retenerme, pero me dirás quién me atrapó en esta casa. Sergio meneó la cabeza a modo de negación.
La joven retiró la mordaza, pero el chico aguantó el grito. Sabía que en cuanto separara los labios, sus mejillas se desgarrarían hasta las orejas.
Ante este hecho, la falsa niña le atravesó el ojo derecho con un lápiz. El grito, aunque ensordecedor, no se escuchó más allá de las paredes de la vieja habitación.
—Dime lo que quiero saber o morirás desangrado; igual que tu compañero. —Señaló hacia una esquina donde yacía Roberto sobre un gran charco de sangre.
Sergio se desmayó, chorreando sangre por el ojo y las mejillas.


Tercera parte por Leeloo

Seudónimo: Leeloo
      Autora: Yolanda Boada Queralt

   Sergio frotó el sucio cristal de la ventana con su propia manga y espió a las dos mujeres. Habían salido al jardín con la excusa de fumar un pitillo y allí estaban, regalándose cariñitos entre las plantas muertas.
—¡Tíos, no os lo vais a creer! ¡Ángela y Carmen están haciendo manitas!
Miró de soslayo a los demás, que bebían cerveza ante sus portátiles.
—¡A buenas horas te enteras! —soltó Roberto, carcajeándose.
—Ay, Sergio... Si dejaras de mirarte el ombligo y levantaras más a menudo la cabeza... —comentó Raúl, uniéndose a las risotadas.
Sergio tomó una de las linternas que habían dejado sobre el aparador polvoriento y salió del salón refunfuñando. Roberto se incorporó y fue tras él, pero solo oyó el eco de unos pasos que se perdían escaleras arriba. Subió la escalinata alumbrado por los últimos rayos del sol que atravesaban la vidriera de colores.
El chirrido de una puerta llamó su atención. Era la habitación de una niña. Entró y la vio: la casa de muñecas.
Abrió algunas de las ventanitas y halló un libro escondido. «Mi Diario». Entonces sonó un chasquido tras su espalda y contempló, paralizado, la silueta de una mujer que colgaba de la lámpara.