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sábado, 20 de septiembre de 2014

El testigo


Por Alejandra López.



¡Qué artista que sos hija de puta! Casi, casi me haces creer que estás mal. Dejá de llorar, si es eso lo que querías.
Bah… mejor dicho, lo que vos hiciste.
Y el César ni se da cuenta, se come el verso de que fue un infarto. Claro, el pobrecito está tan destrozado… Lo quería mucho al Julio. Creo que mucho más que a la madre. O mejor dicho, no la quiere nada a la vieja podrida. Si le hizo la vida imposible cuando se casó con la Lili, “esa atorranta” le decía siempre.
Pensar que yo vi todo lo que hizo con el Julio y no pude hacer nada para impedirlo…
La vi sacar varias pastillitas de esas que ella usa para dormir. Las molió con sumo cuidado en la mesada de la cocina y se las puso en el tecito.
“Tomá, te compré este té de yuyos en la farmacia. Es para que puedas dormir mejor, viejo. Cien por ciento natural” le dijo con esa sonrisa chueca que tiene mientras se sentaba en el sofá, al lado de él y le extendía la taza tibia.
Y el Julio se lo fue tomando de a sorbos, y unos veinte minutos más tarde, cuando la bruja lo agarró del brazo y lo acompañó a la cama, él se tambaleaba que casi, casi se durmió parado.
La verdad es que hasta ahí no me imaginaba lo que quería hacer. Eso sí, me pareció un poco raro tanta amabilidad con el Julio, ella que siempre lo trataba mal y a los gritos por cualquier cosa: que si hacía caca y no apretaba el botón, que si comía el guiso con la mano en lugar de usar cubiertos, que no se podía abrochar los botones de la camisa sin ayuda. Y así infinidad de cosas, todo le molestaba, no se aguantaba la enfermedad del pobre.
¡Qué basura! Hacer esto… al menos lo hubiera abandonado, o qué sé yo…lo podría haber metido en un geriátrico.
Pero, claro. Eligió el camino más fácil para que no la critiquen, eligió matarlo. Yo vi cuando le aplastó la cara con la almohada un montón de tiempo. Vi los temblores en el cuerpo del Julio y la vi a ella redoblar los esfuerzos con la almohada que no soltó hasta que vio que por un buen rato el Julio permanecía inmóvil.
Después agarró el teléfono y llamó al médico. Cuando vino el gordito ése, trataba de consolarla: que la demencia senil estaba muy avanzada, que el corazón de su esposo era débil y ¡ja!, que no se sintiera mal porque ella lo había cuidado mucho.

Recién llegaron de la calle, traen olor a flores y tierra. Ella sigue sollozando de a ratos sobre el hombro del César hasta que le dice que va a preparar café y se aleja.
El César me mira de repente como dándose cuenta de mi presencia. Me acaricia la cabeza mientras pronuncia mi nombre. Yo le muevo la cola y lengüeteo su mano, más no puedo hacer.

sábado, 22 de junio de 2013

Ese tema no se toca


Por Alejandra López.


La personalidad de mi hermana había hecho una especie de cortocircuito. Sabía que mis padres la llevaban contra su voluntad, al psiquiatra. También sabía que tomaba medicamentos. Cuando me cayó la ficha de que ella estaba peor de lo que yo creía, mi sentimiento de culpa se exacerbó.
Por supuesto que todo giraba en torno a ese episodio de la infancia, pero no quiero volcarlo aquí; es demasiado tortuoso.
Si bien durante la niñez Lucila se comportó como una criatura normal, al llegar a la adolescencia se tornó agresiva. Especialmente con mi madre, a la que culpaba porque “se tendría que haber dado cuenta”. Comenzó a encerrarse en sí misma y casi no salía. Su ropa era toda negra. Solo encontraba placer en la pintura y mimar a su gato. Realmente dibujaba muy bien. Se dedicaba a la figura humana, pero todas eran caras doloridas y los colores que utilizaba para pintar, oscuros.
En cuanto a mí, les diré que el sentimiento de culpa aumentó. Por qué le hizo eso a ella y no a mí. Yo era cuatro años mayor que ella y tendría que haber hecho algo. En mi interior estaba esa deuda pendiente con mi hermana y la necesidad de saldarla. Hace poco comencé a pagarla.
Fue una tarde en la que quedamos solas porque nuestros padres cruzaron a la vereda de en frente para darles el pésame a unos vecinos por la muerte del hijo, se había arrojado a las vías del tren porque la familia no aceptaba su homosexualidad.
Lucy pintaba en la planta alta y yo, abajo, leía un libro en mi cuarto. Los gritos de mi hermana y los maullidos del gato me sobresaltaron. A pesar de mi fobia a las escaleras (cosa que no sé a qué se debe), las subí precipitadamente.
Cuando entré en la habitación, vi a Lucy llorando y al gato tirado e inmóvil en un charco de sangre. Entonces noté el cuter que ella tenía en la mano y comprendí.
Me hervía la sangre de bronca y dolor al ver a nuestro gatito inerte, con los ojos abiertos y la lengua afuera. Le pegué una bofetada a mi hermana y, mientras la sacudía, empecé a gritarle: “Qué le hiciste a Toby, estúpida, qué le hiciste”. Ella se limitó a mirarme con sus ojos grises y helados, y me dijo: “También es tu culpa”.
Inmediatamente mi actitud cambió. La abracé y traté de tranquilizarla. Balbuceó que el minino había arañado uno de sus dibujos, se obnubiló y lo atacó con el cuter por el cuello. Yo le dije que lo entendía, que la iba a ayudar. La hice acostar y fui a buscar una bolsa de consorcio. Introduje al pobre gato con el cuello bamboleante en la bolsa y salí de la casa. Hacía mucho frío y nubarrones grises se extendían por el cielo. Verifiqué que mis padres no estuvieran cerca y caminé cuatro cuadras hasta llegar al terreno baldío, donde había un basural, y allí deposité la bolsa con nuestra querida mascota.
Me apuré para volver a casa y limpiar todo antes de que regresaran nuestros padres. Luego hablé con Lucy que sollozaba en la cama. Le dije que no contara nada, que fue un simple error, y después de todo, el gato era viejo. Quizás hasta le hubiese hecho un favor porque le evitó que sufriera una penosa enfermedad.
En fin, nadie se enteró de lo sucedido. Simplemente al gato no lo habíamos visto. Se fue a vagabundear por ahí y no regresó más.
Sabía que Lucila empeoraba. Empezó a hacerse cortes en los brazos con los cuchillos de cocina. Decía que eso se lo había enseñado una “amiga”, que lo hacía para descargar tensiones.
Un día entré a su habitación, ya no recuerdo para qué, y la vi sentada en la cama haciéndose cortes en los brazos. Diminutos hilos de sangre corrían por su piel. Me abalancé sobre ella y le grité: “Dame eso, dámelo”. Ella lo sostenía con fuerza a pesar de su delgadez extrema y me dijo: “¡¿Ahora te acordás de mí?! ¿Por qué no me ayudaste antes?”. Forcejeamos por el cuchillo hasta que pude quitárselo haciéndome unos cuantos cortes en la mano derecha.
Luego Lucila se tiró sobre la cama emitiendo un llanto débil, me pareció un animalito en agonía.
Yo veía a nuestros padres cada vez más preocupados. Las consultas con los médicos eran más frecuentes. Daba pena ver a mi hermana al día siguiente de su visita al psiquiatra. Como le aumentaban dosis o le agregaban medicamentos, parecía un zombie.


Dos meses después del episodio del gato, yo me encontraba con Lucy en el jardín. Ella había mejorado bastante, se notaba más tranquila, hacía un par de semanas que no se autoflagelaba y, hasta de vez en cuando, sonreía y hacía alguna broma. Mientras yo regaba  las plantas, ella barría las hojas. Papá se había ido a trabajar y mamá, que vivía encerrada cuidando a mi hermana, como la veía mejor, fue a comprar algo que necesitaba para la comida, en el barrio. Vivíamos en un departamento tipo casa, el nuestro era el último y el jardín daba a un pasillo común. Se escuchaban  gritos de chicos vecinos que jugaban a la pelota. Algunas lagartijas y mariposas se veían entre las plantas, pronto llegaría la primavera. Yo me regocijaba con el arco iris formado por la lluvia que salía de la manguera, contra un sol que se iba apagando.
Luego, todo sucedió muy rápido. El golpe de la pelota de los pibes que cayó sobre nuestra hortensia. La carita de Iván, el nieto de la vecina, que se asomó entre las rejas y solicitó la pelota. Lucy, que la tomó junto a la escoba con la que estaba barriendo. Y después, el palo de la escoba chocando una y otra vez contra el cuerpo del nene. Cada vez más rápido. Cuando salí de mi estupor me abalancé sobre mi hermana y se la pude quitar, no sin esfuerzo.
El cuerpo del nene quedó tirado en el piso salpicado de sangre, otros niños comenzaron a rodearlo y lloraban. Ya se escuchaban pasos rápidos y los gritos de los vecinos, cuando de un empujón, metí a Lucy en el living y cerré la puerta con llave. Nos dejamos caer en el sofá,  la abracé y acaricié sus cabellos. Ambas hicimos oídos sordos a los gritos, los golpes en la puerta, los reclamos de los vecinos y la sirena que se iba acercando.
Esta sería para mí la prueba más importante para saldar la deuda con Lucy. Le expliqué que yo me adjudicaría los hechos, que no debía contradecirme. Cuando le pregunté si lo comprendía y estaba de acuerdo, solo asintió con la cabeza, sollozando. Así lo hicimos.


Esta habitación no me gusta, las paredes son blancas y entra mucha luz por la ventana. Yo hubiera preferido un poco más de oscuridad. Todavía no quieren traerme mis lápices y mis dibujos, dicen que cuando yo esté mejor, que los lápices son peligrosos. Ja,ja, pero qué estupidez. La psicóloga que me visitó ayer es un amor. Solo me hizo algunas preguntas tontas y unos tests. Le pregunté por el nene y me dijo que se va a recuperar aunque tal vez pierda el ojo izquierdo. Bueno, después de todo, mi hermana no es una asesina.
   Pero la psicóloga que me vio hoy no me gusta nada. Es incisiva, cruel. Primero comenzó preguntándome qué recordaba yo de las visitas a la casa de mis abuelos paternos cuando tenía tres años. No le contesté. Luego me preguntó qué recuerdos tenía cuando presencié cómo mi abuelo arrojó a mi hermana por las escaleras después de haberla violado. Solo la miré interrogativa. Y por último, preguntó si yo era consciente de que esa caída provocó la muerte de Lucy. Yo me pregunto dónde estudió la estúpida esta, cómo se puede ser tan maldita. Entonces ahí fue cuando le dije que de ese tema yo no hablo.

Fin

sábado, 30 de marzo de 2013

2º Especial de Sábados de Brutos Escritores


Distinto tiempo
Por Juan Esteban Bassagaisteguy.

El agujero en medio de los ojos rezumaba humo, sangre y sesos, y el olor a pólvora invadía el lugar.
Se habían terminado los días en que, sumisa pero sufriendo un calvario inimaginable, aceptaba todo sin decir palabra.
Ya no más «¡hijadeputa!», «¡conchudademierda!», «¡boludaaa!» y el golpe certero posterior con que él, mientras le tiraba de los pelos, rubricaba su firma indeleble, ennegreciéndole un ojo, quebrándole la nariz o rompiéndole un brazo.
Todo tenía un final.
Y un principio.
Comenzaba la etapa donde el mayor de sus hijos, todavía adolescente, debía rendir cuentas ante la sociedad por lo que acababa de hacerle a su padre.

Cinco segundos
Por Raúl Omar García.

Giro sobre mis talones al oír el percutor, tan rápido como me es posible. La bala queda congelada a centímetros del orificio del revólver, envuelta en una espesa nube de humo. La oscuridad del ruinoso túnel resulta apenas quebrantada por el fogonazo de la detonación con un círculo de luz mustio, que me permite apreciar el rostro inconmovible del que me disparó.
Al principio me querían como conejillo de indias, pero hace meses que desean verme muerto.
Puedo detener el flujo del espacio-tiempo con solo cerrar los ojos por cinco segundos, y revertir la situación del mismo modo. Aun así, no fui capaz de impedir que asesinaran a mi familia.
Y todo por mi don.
Me rasco la cabeza, avanzo lagrimeando hacia mi atacante, me detengo ante la bala y abro grande la boca.
Estoy cansado de huir.
Dejo caer mis párpados y cuento mentalmente: uno, dos, tres, cuatro, cinco…

Bienvenida
Por Alejandra Lopez.

La paz del campo se había roto por una serie de robos en las humildes viviendas de Vaca Grande.
Ramón compró un arma para defenderse, no lo tomarían desprevenido.
Y llegó la noche en que la tuvo que usar. Escuchó ruido afuera de la casa y a los perros ladrando alborotados. Se asomó a la ventana y, aunque estaba muy oscuro, alcanzó a distinguir una sombra agazapada al lado de su puerta. Nervioso, apuntó con el revólver y le disparó al bulto. Esperó, y vio que no se movía, entonces fue a abrir la puerta y con horror comprobó que era su hermano menor a quien había matado.
Durante más de un año no supo nada de él, que ahora había recorrido más de ochocientos kilómetros desde su pueblo natal para darle una sorpresa.

Siendo un mercenario
Por Adrián Tovar.

Detrás del gatillo el miedo no tiene razón, sin embargo es un visitante frecuente, algo contrario a la compasión. Mis ojos recorren el lomo del cañón y mas allá, pendientes a quien aparezca amenazante, en perfecta coordinación mis dedos jalan del gatillo enviando al mas eficaz de la muerte. El disparo es preciso, la bala ahora se aloja en el ojo de un hombre, que tuvo la desgracia de ser mas lento.
Relajo mi arma confiado y dando un respiro hondo saboreo la pólvora flotante. Escucho un movimiento, mi amiga asesina salta preparada para defenderme.
Abro la puerta del armario para encontrarme a una mujer indefensa cuyos ojos se esconden mientras su boca invoca a la misericordia. "Misericordia entonces" ahora en su frente un hilo de sangre divide su cara. No me pagan por victimas, pero un alma desesperanzada reconoce a otra.
"Misericordia..." saboreo el cañón "...no para mi".

El magnicida
Por Héctor Priámida Troyano.

¿Cómo era posible que nadie lo percibiera? ¿De veras confundían a semejante fantoche con el primer mandatario de la nación? Su entonación era idéntica —eso era innegable, sí—, y su fisonomía imitaba la original —tampoco esto lo discutía—, pero en sus ojos no fulguraba destello alguno de humanidad. ¿Solo él advertía el brillo reptiliano de aquellas pupilas?
Mas la suplantación del Presidente saldría pronto a la luz. Allí estaba él, alerta gracias a las voces que le prevenían en el fondo de su cabeza. El Señor lo había honrado designándolo con su dedo, y los médicos, cómplices de la conspiración de los monstruosos invasores, habían resultado incapaces de acallar las revelaciones.
«¡Mátalo!», resonó la orden en su mente. El «elegido» disparó el arma y el proyectil, provocando una lluvia de diminutos cristales, impactó de lleno contra el rostro que le hablaba al país desde la pequeña pantalla.

[Sin título]
Por Jaume Albiol Escayola.

El chico se movió por pura supervivencia.Una acción,una reacción.Lo que vió despertó en él un instinto que hizo que únicamente pensara en defenderse.Tenía un arma y aunque no había disparado nunca lo había visto millones de veces en las películas.Presionó con el dedo índice el gatillo y ya estaba todo hecho.Una vez el proyectil salió del tambor no había vuelta atrás.La bala salió a una velocidad endemoniada y el chico se quedó embobado intentando seguir la trayectoria del proyectil con la vista.Imposible.Casi al instante de haber presionado el gatillo el tipo que tenía delate suyo dejó caer lo que llevaba en la mano e intentó tapar la hemorragia con las palmas de las manos en pleno estómago.Cuando el tipo cayó al suelo pudo observar lo que le había caído de las manos y no parecía ninguna amenaza.Quizá se había precipitado,pero una vez sale la bala no hay vuelta atrás.


sábado, 16 de febrero de 2013

Especial de Sábado de Brutos Escritores


[Sin título]
Por Grisel Amador.

Al salir, todo parecia normal, todo se veia igual al momento que entre a esa habitación, pero algo habia cambiado dentro de mi. . . No sabia si era miedo lo que sentia o una alegria inmensa que, no sabia como explicar, lagrimas de comprension, de paz, de amor corrieron por mis mejillas. Al llegar a mi casa abrace a mis hijos que me esperaban ansiosos, hablamos, compartimos una cena especial. Pasan los dias y llega ese momento esperado y temido por todos, debo ir de nuevo. . .

[Sin título]
Por Grisel Amador.

Debo recorrer ese pasillo de hospital, es la hora en la cual debo entregarme, sin miedo, con mucha paz pero, que alegria! ahi estan ellos! las personas que ame y que hacia tiempo que no veia, me llaman, sonrien, abren sus brazos para recivirme. . . ESTOY FELIZ! ESTOY BIEN! al caminar por ese pasillo del hospital, ya no vi nada, Yo no estaba en ese cuerpo.

[Sin título]
Por Alfred Comerma.

Cada día me enfrento a un recorrido para mí angustioso, ver lo largo del trayecto, con todas esas puertas, sin saber lo que esconden, donde tal vez la raya que separa vida y muerte, ya la han traspaso sus ocupantes, o quizás peor, no la acaban de traspasar nunca, quedando como seres que miran sin luz propia.

[Sin título]
Por Angie Leal Rodríguez.

Tengo miedo, pero llegaré hasta él… sé que me espera, oigo el latido de su corazón agitado, ¿o es el mío? ¡Debo estar loco!
El piso está frío y resbaloso… Como sea.
Ya casi, no desesperes. ¡No te vayas! ¡Espérame!
***
Cuando llegó hasta ahí solo vio el rastro de sangre.

Despedida
Por Luis Seijas.

Al terminar de pulir el piso, el Sr. Juan se volvió y vio que su labor estaba completa. Soltó un largo suspiro, que viajó a través de ese pasillo que lo había visto primero crecer y luego darle de comer. Envolvió el cable alrededor de su fiel pulidora, para guardarla en el cuarto de mantenimiento. Y aunque ya no se acordaba de cuántas veces había realizado ese ritual, siempre lo terminaba bañado en una mezcla de sudor y lágrimas.

Una promesa incierta
Por Raúl Omar García.

Los sonidos de mis pasos retumban en la soledad del pasillo, el cual recorro como si lo hiciera en cámara lenta. Las paredes que me flanquean son de un gris opaco, con manchas de humedad que dibujan formas que parecieran tener vida propia. A lo lejos, distingo la reja en la parte superior del umbral que debo cruzar, y me resulta extraño verla enrollada: siempre que vengo está bajada.
De pronto, las luces del corredor se apagan, dejándome a ciegas. Los tubos tras los plafones del techo comienzan a titilar y se encienden, mortecinos, de forma alterna. Las puertas de las habitaciones de esa pieza larga y estrecha se abren al unísono de par en par y me invade el olor a azufre.
Me persigno y beso la estola que llevo alrededor del cuello mientras me prometo que este será el último exorcismo que le practique a esa pobre niña.

[Sin título]
Por Alejandra Lopez.

Llegó el día de dejarlo para siempre. Lo miro por última vez y me enternezco. Me llevaré grabadas en las retinas las luces potentes de los pasillos, el olor a desinfectante mezclado con el de la enfermedad. Miro el piso reluciente y siento una tibia lágrima rodar por mi mejilla. Ya es hora de partir aunque no quiera; entonces me alejo sin mirar atrás, preguntándome qué tal será el jovencito que reemplazará en la limpieza a este viejo jubilado.

[Sin título]
Por Alejandra Lopez.

Siempre me gustaron las historias de terror por esa ambivalencia de “creo pero no creo”. Cuando entré a trabajar como enfermera en el hospital y me contaron que por las noches se oye el taconeo de la enfermera fantasma, lo tomé con recelo.
La primera noche en mi puesto escuché los tacos en el pasillo y luego se abrió violentamente la puerta de la ciento dieciocho.
Entré en la habitación, y vi a la jovencita que habían operado por la mañana. Había restos de vómito a los costados de su boca. Le tomé el pulso y no lo encontré, intenté las maniobras de resucitación que no dieron resultado.
Discutimos por mucho tiempo con mis colegas si el fantasma la mató o si la quiso ayudar, y no llegamos a ningún acuerdo por eso que les decía al principio de que las ambivalencias son las que hacen al terror tan interesante.

Habitación de hospital
Por Juan Esteban Bassagaisteguy.

Salgo al silencio nocturno del pasillo a fumar un pucho. Lo necesito urgente. La tensión que estoy viviendo —sumado al intenso olor a fármacos— es insufrible. Y la nicotina es lo único que me proporciona algo de paz y tranquilidad.
Pero, claro, está prohibido fumar dentro del hospital y no tengo otra que salir del lugar. Se ve luz al fondo del pasillo, donde está la salida, y hacia allí me dirijo.
Aunque antes doy una última mirada al interior de la habitación que recién abandoné.
Ella duerme recostada en un sillón junto a la cama, cansada por el duro trajinar de las últimas semanas.
Se me escapa una lágrima cuando noto el amor que explota desde sus poros: ni dormida deja de sostenerme la mano.
Aún no se ha dado cuenta de que, desde hace quince minutos, yo ya no respiro ni sufro más por este cáncer de mierda.

El piso trece
Por Axel S. Salas.

Jimmy Louis se escurrió de las sabanas como cada noche, dando saltitos por el suelo frío del hospital.
El camisón volaba tras de él a lo largo de los pasillos de luces muertas.
Jimmy Louis pasaba de largo entre la gente que se amontonaba cada vez más conforme los pisos del hospital eran más altos. Gente murmurante que se andaba por ahí igual que él, con el camisón por doquier como en un día de campo.
Alcanzó el piso trece, el piso oscuro; y como cada noche la pelota roja salió de entre las sombras, rodando lento hasta sus pies. El otro niño estaba ahí, donde no podía verlo igual que siempre; llorando.
Jugaron hasta que el niño, quién le recordaba a una papa quemada dejó de lanzar la pelota. Le hablaba, siempre decía lo mismo, siempre sin dejar de llorar.
Pero Jimmy nunca cruzaba la línea de luz.

El buen discípulo
Por Héctor Priámida Troyano.

Jack odiaba a aquellos santones. A los doctores del hospital, que marchaban por sus pasillos pavoneándose de su ciencia, enfermos de engreimiento. El recelo que despertaban sus preguntas —¿hasta qué distancia puede saltar la sangre de una aorta cortada de un tajo?, ¿cuántos tirones son necesarios para arrancar unos intestinos a fuerza de brazos?— había forzado al futuro médico a disimular su curiosidad.
¿Cómo esperaban que aprendieran la anatomía? No en la Facultad, con aquellos inútiles remedos artificiales que no alcanzaban a representar más que torpemente huesos y órganos; ni ahora allí, donde solo se les permitía diseccionar cadáveres. Él precisaba experimentar con carne viva, pero no se les dejaba acercarse ni siquiera a los pacientes desahuciados.
Nada importaba ya. Hacía tiempo que practicaba por su cuenta. Saldría de nuevo aquella noche. Y otra golfa de Whitechapel, convenientemente destripada, se hallaría llamando a las puertas del Infierno.

Habitación 217
Por Evelia Garibay.

Cada noche es lo mismo, cien pasos de ida y cien de regreso me bastan para recorrer el pasillo entero. Detrás de cada puerta cerrada hay una historia pero la que más me intriga es la de la chica de la habitación 217.
Ahí esta ella como cada noche, con un lienzo en blanco y las pinturas a la mano. Siempre pinta imágenes de pesadilla que harían temblar al más valiente pero yo ya me acostumbre, lo más extraño fue darme cuenta que después de ver su pintura de la noche al día siguiente me encontraba con la descripción exacta de la imagen en las noticias.
¿Será realmente locura? Eso es lo que dicen los psiquiatras pero no ven lo mismo que yo. Ella comienza a pintar y yo continuo mis rondas, de regreso me asomare y veré que desastre es el que devela esta noche.




sábado, 26 de enero de 2013

El día más feliz


Por Alejandra López.



I

El hecho de ver que menstruaba todos los meses, constituía para la mujer una tragedia. Lloraba sentada sobre el inodoro ante la impotencia de procrear.
Un hijo era lo que más deseaba de la vida. Hacía diez años que se había casado y nunca utilizó métodos anticonceptivos. La maternidad era para ella una necesidad.
Se guió por los días fértiles para mantener relaciones sexuales. Se hizo estudios junto a su esposo, pero todos dieron bien. Su médico le decía que el estado de ansiedad podía jugarle en contra para lograr el embarazo. Que debía distenderse y el bebé llegaría. Pero, cómo hacerlo si no podía controlar el temor de ver  frustrado así su sueño más grande y hermoso.

                                      
II

El gemido del bebé al despertarse llenaba el cuarto. Su habitación era hermosa. Pintada en un suave color celeste pastel, con una guarda en las paredes de Winnie Pooh. Colgaba sobre su cuna un móvil con animalitos que emitía al girar, una melodía como de cajita musical.
Era un bebé muy amado. Al menor suspiro, cualquiera de sus padres acudía con rapidez a ver qué le sucedía. El pequeño iluminaba sus vidas. Él se sabía querido y se los hacía saber cuando se calmaba al auparlo. Les sonreía y les regalaba el “ajó” más tierno que tenía.


III

La mujer decidió gastar todos los ahorros en una fecundación asistida. De qué le servía el dinero si no le daba la posibilidad de ser madre.
Sin remordimientos, y apoyada por su esposo concurrieron a una clínica especializada.
Los médicos evaluaron el caso y decidieron probar con un método mediante el cual aplicarían inyecciones a la mujer para la estimulación ovárica. Esto haría que el óvulo a fecundar fuera perfecto. A su vez, recolectarían semen de su marido. Los bioquímicos seleccionarían a través del microscopio los mejores espermatozoides; y para finalizar,        el médico los introduciría mediante una jeringa especial en el útero de la mujer.
Esta práctica podría llevarse a cabo durante seis meses. Si no daba resultado en ese lapso, tendrían que intentar con un sistema más sofisticado.


IV

El tiempo pasaba y el bebé crecía. Tal vez demasiado rápido. Pero los padres lo disfrutaban minuto a minuto.
Con seis meses de vida, el pequeño ya contaba con seis álbumes de fotos. Uno por cada mes vivido. Si la cosa seguía así, cuando cumpliera diez años tendría ciento veinte álbumes. Cada gesto, cada mueca estaban retratados, hasta por las noches le tomaban una fotografía mientras dormía. Para qué tantas, se preguntaría el niño algún día…
Por ahora se ocupaba de vivir. Eso consistía en gran parte, en jugar con la montaña de juguetes que poseía, untarse la cara con el puré o yogur, sentirse molesto por el primer diente o por el baño que le daba hacia el atardecer su padre, acurrucarse en los brazos de la madre o dormir. Las preocupaciones de los adultos todavía quedaban lejos para él.


V

El día más feliz para la pareja llegó después del tercer intento. El embarazo se hizo realidad. Lágrimas de dicha brotaron cuando vieron el embrión en la primera ecografía.
Los nueve meses que lo llevó en su vientre, la mujer vivió la experiencia más alucinante y dulce con la cual siempre soñó. Su esposo la acompañó mimándola y sintiendo los movimientos en el vientre de ese hijo tan deseado.
Llegó el día del parto y con él su bebé. Todo el dolor y miedo fue borrado por el primer vagido del pequeño.
Era un vigoroso varón de tres kilos y medio. Perfecto de la cabeza a los pies y rebosante de salud. 


VI

Hoy el niño se despertó algo irritado. El diente que le estaba saliendo lo tenía a maltraer. Rechazó la mamadera que le quiso dar la mujer. Ella pensó que quizás estuviera muy caliente. Dejó al bebé sentado en el piso del comedor, algo nerviosa por el llanto que no podía calmar, y fue hacia la cocina para enfriar la leche.
Ya eran las ocho y oyó el auto en marcha de su esposo en el garage. Hora de irse al trabajo.
Un pensamiento negro cruzó por la mente de la mujer.
Corrió hacia el comedor donde había dejado a su hijo. No lo vio, pero sí vio que la puerta que comunicaba la habitación con el garage estaba abierta.
De manera simultánea el hombre soltó el embrague y aceleró para salir. Lo sintió, pisó algo. Frenó. Bajó del auto y se topó con su mujer. Ambos se abalanzaron sobre ese pedacito de ellos aplastado por el auto. El dolor más grande del Universo los atravesó, instalándose para siempre en sus almas.

Ya pasó un mes desde esa penosa mañana. Ahora es de noche; el dolor es mucho, insoportable. La pareja ya está acostada. Ambos sonríen, se besan, se abrazan y cierran los ojos. Son felices, van al encuentro de su hijo.
El olor a gas empieza a inundar la casa.

Fin

     

sábado, 25 de agosto de 2012

Frente al espejo


Por Alejandra López.



Julián Cepeda, llegó a su casa desde el trabajo, como todas las tardecitas.
Al abrir la puerta del pequeño departamento, lo recibió Angie, su única compañía. Una perrita sin marca que había encontrado vagando por las calles tres años atrás.
El departamento era chico pero cómodo, Julián consideraba que más que suficiente para ambos. Él trabajaba como locutor en una emisora radial de la zona en que vivía.
Fue hasta la cocina y sirvió un plato de leche para Angie, después tomó una botellita de Coca-Cola de la heladera y fue al comedor. Se abocó a leer el diario vespertino mientras paladeaba la bebida fresca.
Esto era para él una rutina que disfrutaba y a la vez le permitía “estar siempre informado” para su trabajo.
La necesidad de ir al baño, hizo que interrumpiera su lectura. Orinar le urgía.
Cuando vació su vejiga, se lavó las manos y en un gesto mecánico se miró al espejo. Éste le dijo que ya era hora de que fuera a la peluquería.
Pensaba en la posibilidad de ir el sábado a cortarse el pelo cuando lo sobresaltó un ruido proveniente del comedor. Rápidas pisadas que cesaron para luego sentir el crujido de algo. Algo que sonaba a papel. La adrenalina comenzó a hacerle estragos en el cuerpo. Quedó paralizado ante el espejo del baño con el corazón palpitándole como un caballo desbocado.
Estaba segurísimo de haber cerrado la puerta con llave y no había abierto ninguna ventana.
Aguzó el oído, y por encima de los locos latidos de su pecho, siguió escuchando: ruido de papel, como si alguien diera vuelta las páginas de un libro.
Y la perra que ladraba siempre ante la presencia de extraños, ahora permanecía en silencio. Él había oído hablar de ladrones que drogaban y dejaban fuera de combate a las mascotas.
Suspiró, y con las piernas temblándole, decidió salir del baño y enfrentarse a lo que hubiera en el comedor.
Primero se proveyó de un arma, la afilada tijerita de cortarse los bigotes que tenía en el botiquín.
Salió y se quedó petrificado.
Se vio a sí mismo dando vuelta las hojas del diario y tomando sorbos de Coca-Cola.
El Julián que leía el diario, lo miró y le sonrió.
Parado, con la tijerita de los bigotes en la mano, comenzó a acercarse y casi estuvo a punto de tocarlo, pero sus piernas le ordenaron que corriera. Y corrió hacia el cuarto de baño. Le parecía que el corazón le iba a estallar en la cabeza. Trabó la puerta, apoyó las manos en el lavatorio y se miró al espejo. En él, no se reflejaba imagen alguna.
Gritó. Corrió hacia la puerta de entrada, mirando de soslayo al hombre que permanecía indiferente a todo, hojeando el periódico y dando sorbitos a la gaseosa.
Ya fuera del departamento, inhaló profundamente hasta serenarse.
Tomó una decisión. Ingresó nuevamente al departamento. Se acercó al Julián que leía el diario, asombrándose de la tranquilidad de ambos. Alzó la mano y clavó la punta de la tijera en la yugular del hombre. La sangre estalló. En el último estertor, la tijera cayó con un ruido surrealista.
Nadie pudo explicarse por qué Julián Cepeda, hombre calmo, responsable en su trabajo, atento con sus vecinos aunque un tanto solitario, se había suicidado.

Fin

sábado, 2 de junio de 2012

La foto


Por Alejandra Lopez.


Estoy todavía internada en la clínica y tengo entre mis manos, que ya no soportan más la vía del suero, una de las fotografías que la semana pasada tomó mi esposo de nuestras vacaciones en la costa. Recuerdo perfectamente aquel día porque fue uno de los pocos que nos tocó a pleno sol y casi sin viento. Después del desayuno se me pasaron las náuseas y bajamos a la playa que estaba repleta de gente de todas las edades charlando, jugando y riendo en ese cálido día. Un mar verde y furioso llenaba nuestras bocas de sal.
Yo estaba con mi pequeña hija de dos años cavando en la arena para hacerle el castillo a sus Barbies. Una sombrilla roja nos protegía a ambas de los rayos del sol de ese febrero que estaba resultando de maravillas para los tres.
Mi esposo se agachó a unos metros de nosotras y, con el mar de fondo, oprimió el disparador de la cámara que inmortalizaría nuestras sonrisas.
Cuando al otro día fuimos a revelar el rollo no podíamos entender lo que aparecía en esa fotografía. No era yo quien estaba con mi dulce Valentina. Era un niño de unos ocho o diez años el que aparecía sonriente a su lado, cavando en la arena. Sus cabellos castaño claro y sus ojos grises con una pícara sonrisa nos miraban desde el papel. ¿Cómo pudo pasar esto?
Le pregunté a mi marido si cuando fui a buscar agua caliente para el mate él había tomado otra foto a Valentina con algún chico de la playa. Me lo negó rotundamente, solo había sacado fotografías familiares y paisajes. El episodio rondó por nuestras cabezas durante algunos días y luego fue desplazado por los paseos y una faringitis que tuvo Valentina con casi 40º de fiebre en nuestro viaje de regreso.
Dos noches atrás se cortó la luz en mi casa. Yo estaba en la planta alta acomodando ropa y mi hija comenzó a llorar temerosa porque estaba sola abajo viendo los dibujitos antes de irse a dormir.
Me iluminé precariamente con un encendedor y bajé corriendo las escaleras. Solo recuerdo que trastabillé y caí. De ahí en adelante perdí el conocimiento y todo lo que sé es porque me lo contaron. Llegó mi esposo del trabajo veinte minutos más tarde y encontró a nuestra hija llorando y a mí en un charco de sangre. Una ambulancia me trajo a esta clínica, cuando recuperé el conocimiento ya todo había pasado. Los médicos me hablaron de una importante contusión cerebral, pero ya está bajo control. La fractura de la pierna izquierda tiene para más de un mes de yeso, voy a quedar bien. También me dijeron que lo lamentaban muchísimo, pero no pudieron salvar a mi bebé. Era un embarazo de seis mese pero ingresé a la clínica sin latidos fetales.
Sigo contemplando la foto de mi hija en la playa con ese niño que ocupa mi lugar y fantaseo ¿o no? Y se me ocurre que quizás ese chiquito es su hermano, mi hijo, que nos quiso regalar una sonrisa antes de partir.

Fin

                                                                                                        

miércoles, 11 de abril de 2012

Un regalo placentero


Por Alejandra Lopez.


La señorita Elvira había cumplido sus módicos setenta y ocho años. Solterona y virgen por naturaleza, se sentía muy feliz y disfrutaba de hacer-lo-que-se-le-diera la-gana.
Desde turismo con grupos de jubilados, ver alguna obra de teatro o jugar a las cartas con sus amigas.
El día de su cumpleaños recibió en su casa a dos de ellas. Preparó té con masitas secas porque el mate le caía mal. Recibió un regalo comunitario: camisón de franela rosa con flores y un set de baño que consistía en sales, una esponja y un jabón con olor a violetas.
Las ancianas se contaron chismes y alguna que otra anécdota lejana.
Cuando despidió a sus amigas, decidió estrenar los regalos. Preparó el baño, se deleitó con el agua tibia y se fregó con la esponja enjabonada. Luego de unos minutos, secó su cuerpo enjuto y se colocó el camisón nuevo. En el dormitorio encendió el televisor y se acostó. Le gustaba mirar alguna película antes de dormirse, pero no la porquería que estaban dando ahora. Una pareja desnuda se retorcía en la cama y las manos no dejaban de moverse. Suspiros y jadeos era lo único que se oía. “¡Qué asco! –pensó- No se puede ver una película decente”. Apagó la tele con el control y se dedicó a dormir.
El día siguiente transcurrió como otro cualquiera para la señorita. Pero no acabó igual. Cuando por la noche se metió en la bañadera y comenzó a pasarse la esponja, notó que ya no era tan áspera. Era suave, y la acariciaba haciéndole percibir sensaciones extrañas. Eran como dedos y eso fue lo que vio cuando la miró. A la esponja le salían por sus poros, dedos. No atinó a contar cuántos, porque del susto, la arrojó lejos en el agua. Respiró hondo varias veces hasta que decidió volver a agarrarla. “Esponja común y corriente, demencia senil en puerta” –pensó.
Se la pasó nuevamente por la piel. Por cada recoveco. Y los dedos cumplían su función, acariciar y explorar lugares que nunca nadie había tocado. Tiernos pellizcos en lo pezones, hicieron salir de la boca de Elvira un largo suspiro. Caricias en el vientre hasta llegar a su vulva que la hicieron estremecer. “Adentro, más por favor” –susurró la señorita Elvira. Y penetró la esponja para apropiarse de la virginidad de su dueña. El cuerpo se arqueaba y un rictus de placer aparecía en el rostro de la anciana. Jadeos suaves al principio hasta el grito que puso fin al clímax, salían de su boca.
Aturdida y un poco mareada se incorporó con la esponja en su mano. La observó con detenimiento y luego, con mucho cuidado, la guardó. Después se puso el camisón y fue a la cama. Esa noche no encendió el televisor.


Fin.