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miércoles, 20 de junio de 2012

Silencio familiar

Por Cristian Barbaro.


1
   Sebastián se encuentra sumergido en la comodidad de su sillón favorito. Mira hacia la puerta de su habitación, a la mitad del pasillo, al tiempo que crudas lágrimas florecen de sus rojos ojos. Está solo en la casa, es de noche y extraña a sus padres, su familia. Los dos se han ido y la soledad ha invadido el hogar. El silencio es prácticamente sepulcral. A través de la ventana se proyectan los últimos rayos de un día que toca a su fin.
   Se levanta de su sillón y se dirige a la puerta de su habitación, toma el picaporte frío y se queda quieto al instante, parece una estatua que muere con el tiempo. El miedo invade su cuerpo repentina y violentamente, aún no se atreve a abrirla. Realiza  un suave gesto de cabeza que expresa decepción y regresa a la sala, donde se hallaba descansando. Mira por la ventana y ve el atardecer: todos los días mueren de un modo bello y elegante, si todas las muertes fuesen así sería más sencillo enfrentarlas. Pero no es así en la vida, la muerte es mucho peor de lo que imaginan los vivos. Vuelve a sentarse en su sillón preferido y oye el silencio por el resto de la tarde. Un silencio que ya le es muy familiar. Apoya su cabeza contra el respaldo y se duerme.

2
   La noche llega en silencio cual amante ingresa a escondidas en la cama de un amor prohibido, dispuesto a amar solo un momento pero por el resto de la eternidad. Sebastián se encuentra dormido cuando su eterna amante ocupa el reino de la oscuridad.
   «Despierta», oye que le dice una voz en algún lugar de la casa. Sebastián abre los ojos lentamente, con suaves parpadeos; aún hay rastros intensos del sueño en su mente pero distingue que la voz proviene de allí, de la realidad. Del pasillo.
   ―Mamá, ¿eres tú? ―pregunta mientras mira hacia el pasillo, sentado en su sillón.
   Claro que no es ella; ella se ha ido muy lejos de casa y él no puede verla, hay que ser sensato. Él es el culpable de que sus padres no estén allí, amándolo y cuidándolo de los peligros del mundo.
   ―Perdóname por hacerlo. No quería hacerlo pero Él me ordenó. Estaba dentro de mí y no me dejaba pensar con claridad.
   Silencio.
   Nadie responde a sus palabras. Un chillido se eleva en medio de la oscuridad y Sebastián se levanta de su sillón de un sobresalto. Atraviesa el pasillo a toda velocidad y se detiene a la mitad de éste, frente a la puerta de su habitación, y la cierra antes de que ésta se abra del todo y deje ver los oscuros secretos que esconde.
   ―Lo lamento. Llévenme con ustedes. Los amo. ―Su voz se oye quebrada en la casa vacía. Está llorando. Implora perdón, pero éste aún no ha llegado. Y tal vez jamás lo haga.
   Todo está oscuro. Salvo la luz del baño, que ilumina parte del pasillo que comunica su habitación con el baño,  dormitorio de sus padres y la sala de estar. Sebastián se dirige hasta el dormitorio de sus padres y entra. Mira la cama matrimonial iluminada por la luna, que espía a través de la ventana en busca de restos de vida. Es una imagen onírica, casi mágica. La sangre salpicada en las paredes del cuarto apenas pueden divisarse en esa oscura claridad.
   Sebastián se acerca a la cama y la acaricia como si pudiese sentir el calor de sus padres. Un sonido se oye detrás de él. Da media vuelta y ve a una figura detenida en medio del pasillo. Puede ver sus ojos, estos emiten un suave pero terrorífico destello. Como todas las noches. Su visitante se ha despertado una vez más.
   ―No, no quiero que me lleves contigo. ―La figura, oscura ya que la luz del baño no llega a tocarlo, comienza a caminar en dirección al dormitorio matrimonial. Sebastián retrocede unos pasos y grita. Grita tan fuerte que la figura se detiene abruptamente, todo sucede de igual manera todas las noches.
   Cierra sus ojos y piensa que esto es un castigo por haberle fallado a sus padres, es lo que se merece y debe pagar. Espera a que la figura se acerque hasta él con los párpados cerrados su destino pero nada sucede. Pasa unos minutos y los abre. La figura ya no está allí. Nuevamente, el silencio reina en la casa.
   «Es tu imaginación», piensa Sebastián. «La soledad te está volviendo loco». Cree que así es, y a lo mejor no está equivocado. Sabe lo que va a suceder a continuación pero el miedo siempre se inyecta en su cuerpo renovado, dispuesto a robarle trocitos de raciocinio de su mente cada vez que lo hace. Nunca logra escapar a estos sentimientos que lo agobian todas las noches.
   Se recuesta en la cama de sus padres luego de rezar y pedir por ellos. Mientras las evidencias de sus actos violentos se hallan ocultos en la oscuridad.

3
   Las hojas de los árboles murmuran los secretos de los vientos cuando Sebastián despierta. Se levanta de su cama, abre la puerta de la habitación sin mirar a su alrededor, no recuerda si la ha cerrado él o su visitante nocturno, pero no le importa ahora que es de día y no hay miedo corriendo por sus venas, y atraviesa el pasillo arrastrando los pies. Se detiene frente a la puerta de su habitación y su corazón comienza a latir con intensidad, suda demasiado y respira con dificultad. La puerta está abierta, lo suficiente para espiar lo que se oculta dentro y llevar su mente a las profundidades de la locura pero aparta la mirada. No quiere ver, todavía no.
   «Anoche salió del cuarto y fue a buscarme», piensa. «Sí, era él. Siempre es él». Lo sabe pero no lo acepta.
   Se acerca con sumo cuidado, evitando hacer ruido alguno y cierra la puerta sin mirar hacia el interior. El olor que sale de allí es horrible, ¿cuánto tiempo ha transcurrido? Sebastián no lo recuerda. Cruza toda la sala y sale afuera. La brisa lo abraza apenas cruza el umbral y Sebastián se siente aliviado al ver un nuevo día pero, al mismo tiempo, anhela no volver a ver ninguna noche más. Ya no quiere ver al visitante que lo viene a buscar cuando el sol se esconde para llevárselo quién sabe adónde. No se imaginaba en ningún momento que las consecuencias serían vivir esta eternidad mientras salpicaba de sangre y muerte todo el hogar, más en la habitación de papá y mamá.
   Da la vuelta a la casa y camina por un sendero unos cien metros. El lugar se halla alejado a más de tres kilómetros de la civilización, por ende, se puede disfrutar de la tranquilidad que se respira. Pero con la calma siempre está el silencio, y eso es a lo que Sebastián le teme: el silencio familiar, creado por la ausencia de sus padres.
   Sigue caminando al tiempo que mira a su alrededor. De verdad no sabe cuánto tiempo ha transcurrido pero supone que alguien debe haber transitado aquellos caminos hace tiempo. Se detiene cuando ve las dos cruces precarias, hechas con madera podrida hallada detrás de la casa.
   ―Hola, mamá. Hola, papá ―saluda mientras mira las dos cruces que se elevaban a su derecha, señalando tumbas precarias. La tierra continúa fresca, sobre cada tumba hay sendas rosas recién arrancadas de la vida, ellas nunca se marchitan porque el tiempo no avanza allí―. Espero que estén bien. La verdad es que los extraño mucho. Lamento lo que les sucedió. Yo no quería matarlos pero estaba loco. Muy loco y no podía evitarlo. Querían encerrarme en un loquero, y yo no podía permitirlo; mi otro yo tampoco quería acabar encerrado, fue él, mi lado oscuro, quien me controló durante todo el momento de locura. Ahora mírenme, estoy aquí totalmente solo y rodeado de este silencio de mierda. La muerte me viene a buscar todas las noches pero yo resisto. Aún los estoy esperando, mamá y papá. Creía que nos íbamos a encontrar luego de...
   Un ruido seco se oye a su espalda. Sebastián da media vuelta sobre su eje con torpeza y no ve nada, salvo un gato negro y salvaje, que lo mira con la cola levantada y los pelos de la misma y su lomo erizados; siempre aparece a la misma hora y actúa de la misma manera pero, aún así, lo sorprende y asusta. El bufido que el gato profiere es intenso; tiene su pata derecha levantada en el aire, sus garras cortan la paz que se respira.
    Sebastián se acerca al animal sabiendo lo que hará a continuación rogando que no se repita como todos los días pero nada cambia: el gato sale corriendo como alma que lleva el Diablo, totalmente asustado. Sebastián lo entiende. No debe ser fácil para el animal ver a la muerte a los ojos. Y todo continúa repitiéndose como una escena que no conforma a un director de cine cruel e inagotable.

4
   Regresa a su casa luego de acompañar a sus padres durante unas horas mientras ellos descansan por toda la eternidad. Se sienta en su sillón favorito y se queda mirando hacia el pasillo, donde se encuentra la puerta blanca de su habitación. Piensa que pronto tendrá que enfrentar a lo que se esconde allí dentro si quiere que el día sea diferente. Solo debe abrir la puerta y entrar, sabe que está invitado al cambio.
   Se acerca a la puerta de su cuarto y abre la puerta sin meditarlo un momento más, ya no soporta todo ese silencio de un mundo que no existe y se asemeja al infierno que merece vivir. Es un movimiento tan abrupto que no le da tiempo a Sebastián de reaccionar; así debe ser. Se ve la parte trasera de su cama y un pie colgando de la misma. Las moscas se posan sobre la carne fétida, corrompida por el tiempo que avanza sobre la carne sin vida y el gran poder de la muerte, solo allí hay rastros del avance de los malditos minutos. El olor invade sus fosas nasales y lo marea, Sebastián está a un ápice de vomitar. Pero no tiene nada para vomitar dentro de él.
   ―Enfrenta a la muerte ―se dice a sí mismo, apenas susurrando. Se acerca al cuerpo que yace sobre la cama, con un pie colgando con trozos de carne desprendida en igual condiciones y el brazo derecho cuelga del borde de la cama, debajo de la mano yace el arma en el suelo. Hay salpicaduras de sangre por doquier―. Duele ver que no hay nada después de la muerte, solo vida eterna, sin tiempo ni sonidos. Es el castigo que merezco por asesinarlos.
   Se sienta en el borde de la cama e inspira profundamente. El silencio retorna a la casa. Sebastián está muerto, pero no es la muerte a lo que le teme, él teme a la noche y al cuerpo, SU cuerpo, que allí yace luego de pegarse un tiro en la cabeza; ese es el visitante que por las noches se levanta para llevárselo a conocer los secretos del silencio sepulcral: el silencio familiar, repleto de oscuridad y sufrimiento, donde el tiempo no avanza sobre la vida.

Mi gata y yo

Por Alejandra Lopez.


Siento mi cuerpo cansado, dolorido. La fiebre alta me impidió dormir bien a pesar de las aspirinas y el té con limón que tomé antes de acostarme. Sé que en algún breve momento debí quedarme dormida. Así lo afirma ese sueño tan vívido que tuve, del cual me desperté bañada en un sudor frío y gritando como otras noches; se ha vuelto a repetir.
Desde hace un mes, mi vida, mi cuerpo y mente giran en torno a la pérdida de mi amada gata. Ella fue mi única compañía por doce años, llenó mis momentos de soledad desde que me jubilé. Perderla fue un golpe bajo. No hago otra cosa más que pensar en Trixi y en su amor que colmó mi vida vacía, sin parientes ni amigos. Tengo buenos recuerdos de ella. Pero los otros, los malos, son los que predominan y me golpean una y otra vez, como el día en que la vi sentada y no podía apoyar una de sus patitas delanteras. Pensé que sería alguna pavada, que ya se le iba a pasar. Pero como esto no sucedió, llamé al veterinario. Cuando la vino a ver me dijo que tenía una uña infectada, quizás producto de un hongo, cosa normal en los gatos, y le recetó un antibiótico. Al terminar el tratamiento, Trixi seguía igual. Una semana más tarde vi que la mitad izquierda de su cara estaba hinchada, lastimada y sangrante. Hablé con el veterinario por teléfono y me explicó que era síntoma de una muela infectada y que repitiera los antibióticos.
Cuando ya habían pasado cuatro días de tratamiento, la gata no mejoraba y comía muy poco. Por eso la llevé a otro profesional que la revisó íntegra y su diagnóstico hizo realidad mis temores. Cáncer. Linfosarcoma. Todos los ganglios linfáticos afectado por la enfermedad. Era ya terminal. Solo le dio otros antibióticos y corticoides pero el final ya se palpaba, era inminente.
Desde que obtuve el diagnóstico correcto, Trixi vivió dos semanas más. Día a día fui descubriendo un bulto nuevo en su cuerpo. Quedó ciega de un ojo y sabía que pronto me tendría que enfrentar a la eutanasia para que no tuviera una dolorosa agonía.
Cuando mi gata dejó de comer por tres días consecutivos, junté coraje y la llevé a efectuar la práctica que le quitaría la vida antes que el cáncer se diera el lujo de hacerlo.
Desde ese momento mi vida sin Trixi comenzó a ser vida con lágrimas y un dolor infinito que me envuelve en oleadas.
Son muy pocas las noches que no sueño con ella. El sueño es siempre el mismo. La veo sentada en el patio, toda fina y elegante a pesar de que tiene media cara carcomida por el cáncer y asoman bultos por todo su cuerpo, especialmente en la columna. Trixi parpadea con un ojo ciego y me habla. ¡Sí! Me habla con voz melosa  y dice: “Te extraño” En el sueño le contesto: “Yo también, hermosa”. Entonces ella comienza a ronronear y lo hace cada vez más fuerte hasta que su ronroneo se convierte en un trueno estrepitoso y es ahí cuando me despierto, como anoche.
El cuerpo me arde nuevamente. Seguro que la fiebre me volvió a subir. Me levanto y voy hasta el baño a tomar del botiquín otro par de aspirinas. Enciendo la luz y tengo que apoyar mis manos sobre el lavatorio porque me mareo y mi visión se torna negra. Cuando la vista se me aclara, veo dentro de la pileta, gotas de sangre. Levanto la mirada hacia el espejo y la imagen que me devuelve me corta el aliento. La mitad izquierda de mi cara está hinchada y el lugar donde se encontraba mi nariz es un amasijo carcomido, purulento y sangrante. Mis manos, doloridas e hinchadas, se apresuran a quitar el camisón. Retrocedo un par de pasos para tener una visión más amplia de mi cuerpo ante el espejo. Descubro bultos y ganglios inflamados en varias partes: en ambas axilas, en las mamas y el abdomen. Con la mirada llego hasta mis pies. Los dedos del derecho están inflamados, los del izquierdo también, pero en éste la uña del dedo gordo está rota y sangra a borbotones.
El horror se transforma en alarido (¿maullido?). El grito cesa bruscamente ahora. No va perdiendo volumen, se corta en seco.
Vuelvo a mirar mi cuerpo con mayor detenimiento y sonrío. Quizás en un par de semanas dejaré de soñar con Trixi.

La cabaña

Por Leonardo Chirinos.


     La herida no paraba de sangrar y presionaba fuerte con mi mano sobre ella mientras cruzaba el oscuro prado en dirección a la cabaña, guiándome prácticamente por instinto. De forma casi imperceptible, mi paso se aceleraba hasta convertirse en un trote chueco, el cual me hizo caer al suelo más de una vez, y cuando eso ocurría giraba presto, cauteloso de ser acechado por aquella bestia, la misma que de un mordisco me había arrancado un pedazo de piel del brazo que en esos momentos debía estar consumiéndose en sus inhumanas entrañas. Pero al escrutar, solo encontraba niebla, una espesa bruma que se movía con sigilo en la oscuridad, como si la maldad en su estado más puro se cerniera sobre mí. De forma veloz me incorporé y continué el camino.
     Cada paso que daba era como un salto de fe, solo contaba con la luz de la luna porque la niebla me había ocultado el pasaje a casa. Si había errado en la dirección, si mis pasos me llevaban al bosque, estaría cavando mi propia tumba. Pero no podía pensar en ello, no se trataba solo de mí, Diana me esperaba en casa, el único ser que me ha acompañado todo este tiempo y ha soportado mi mala conducta. Se trataba de ella, y si no llegaba antes que esa cosa hambrienta que rondaba en la niebla, estaría en terrible peligro.
     «Papá», susurraron a mi espalda y sentí cómo el sonido palideció mi piel al igual que un soplido extingue una vela. El frio poseyó mi cuerpo y desde entonces jamás lo abandonó. Giré aterrado y pude ver a distancia una sombra que oscilaba hacia los lados con suma lentitud.
     —¡Tú no eres mi hijo! —Grité, y las palabras se extendieron en la noche como un lamento—. Lo sepulté hace un año —agregué en un murmullo que solo yo pude escuchar, como si no estuviera convencido que haya muerto.
     Un agudo dolor inyectaba mis articulaciones con cada leve movimiento que hacía, y mis piernas se volvían cada vez más pesadas. El abdomen se encontraba rígido, presionando el ardor que crecía dentro de mi estómago. Luego de unos minutos, milagrosamente, un resplandor amarillento se comenzó a vislumbrar a través de la espesura de la niebla, formando la silueta curvada de una colina no muy alta. Detrás de ella estaba la cabaña. Me apresuré para subir la elevación y cuando por fin divisé el umbral, un latido de dolor apuñaló mi herida y me tumbó al suelo. La punzada parecía tener vida propia y se extendía por mis venas como un veneno maligno, pero yo solo observaba la cabaña y lo cerca que estaba de llegar a ella. En ese momento no existía sentimiento más doloroso que el de no terminar de recorrer el sendero; aquella imagen de la cabaña se volvió encharcada por las lágrimas y solo una pregunta recorría mi mente «¿Porque no pude ser más fuerte?».
     Permanecí estático por unos segundos y cuando la resignación comenzaba a invadir mi mente el dolor cedió. Al momento en que pude flexionar las extremidades me levanté y continúe, esta vez no presionaba la herida porque la hemorragia ya había cesado. Cuando me encontraba a solo un par de metros de la casa, Diana surgió por la puerta y corrió a toda velocidad hasta mí. Al llegar a mi regazo acaricié su brazo tibio, tiñendo de rojo su pálida piel.
     — ¡Estas ardiendo! —me expresó alarmada. Se apartó de mí y observó la herida en el brazo— ¿Qué te hizo eso?
     —Sinceramente, no estoy seguro cariño —le dije, y formé una mueca burlona—. Tenemos que entrar.
      La halé hasta la puerta, estiré mi brazo hasta el interruptor del poste y un reflejo me hizo voltear hacia la colina: la niebla empezaba a dibujar la silueta que lánguidamente cabeceaba hacia los lados. Aquella criatura había gozado de mi sabor y ya sabía dónde encontrarme. Apagué la luz del pórtico y cerré la puerta con llave.
     Atravesé cojeando la sala de la casa hacia el interruptor y dejé él cuarto en total oscuridad.
     —¿Qué pasa allá afuera? ¿Por qué apagas las luces? —preguntó preocupada.
     —La cosa que me hizo esto —le mostré el brazo—, está allá afuera, Diana, y si no hacemos algo, si le damos la oportunidad, esa cosa es capaz de matarnos. —Su mandíbula inferior se desprendió del resto de su rostro y cubrió sus labios rojos con la mano.
     —Pe... ¿Pero dónde está tu escopeta? —preguntó.
      Limpié el sudor de mi frente
     —La perdí cuando me atacó —contesté sin poder verla a los ojos.
     —¿Pudiste ver cómo era?
     —Diana, cualquier cosa que diga traerá más preguntas y, créeme, este no es el momento.
     —Pero quiero saber si se trata de un oso o…
     —No, no es un oso — intervine y comencé a proyectar la aterradora escena en mi mente—. No recuerdo muy bien pero, entre el forcejeo, por un instante creí que era nuestro hi…
     Un fuerte golpe en la puerta principal hizo vibrar la madera polvorienta del piso y un reflejo nos obligó a inclinarnos al mismo tiempo.
     —¡Sube a la habitación y apaga las luces, yo te alcanzo enseguida! —le grité en susurros.
     —No puedo —balbuceó con las manos cubriendo su boca.
     —¡Sí, sí puedes! Ve, que yo buscaré algo para defendernos.
     Ella accedió a la orden y yo crucé de nuevo la oscuridad de la sala, atento a los golpes que la bestia daba desde afuera. Llegué a la concina, golpeé el interruptor con la palma de la mano y, en un parpadeo, la habitación se tiñó de negro. A su vez, la luz azulada de la luna, la cual entraba por la ventanilla de la cocina, se intensificó y una detestable e indomable intriga me impulsó a mirar hacia afuera. Lentamente comencé a avanzar y a relajar los músculos. Llegué hasta la ventana y el resplandor lunar contrajo mis pupilas. Al asomarme pude ver cómo la niebla danzaba de forma pesada y lúgubre alrededor de la casa. Detrás de esta, distinguí las sombras de unas personas que se aproximaban. Mi futuro pareció tomar el color de la esperanza hasta que noté la pesadumbre y el sigilo del andar de aquel gentío.
     El ardor en mi estómago se incrementó, caí al suelo y comencé a vomitar. Cuanto terminé, limpie la boca con mi mano y observé bajo el débil resplandor que surgía de la ventana mis dedos manchados de sangre. Abrí la llave del fregadero y me lavé horrorizado, giré presuroso, agarré un cuchillo de cocina que atravesaba el borde de la mesa de madera y comencé a caminar hacia la habitación, llegué a la escalera y comencé a subir sobre las rechinantes tablas de la escalera, la luz de la habitación continuaba encendida. Mi respiración se volvió tan acelerada que el oxígeno no parecía suficiente para mantenerme con vida y el miedo volvió a nublar mi mente
     —Dios, no quiero morir. No esta noche —supliqué en un susurro—. Sé que moriré, pero esta noche no. Esta noche es mía.
     Los golpes a la puerta se habían multiplicado y el estruendo dentro de la casa se convirtió por unos instantes en música de fondo para aquella pesadilla que estábamos viviendo. La mano que sostenía el cuchillo dio un vuelco que me hizo caer sobre la escalera, luego cada una de mis extremidades comenzó a retorcerse y empecé a golpearme descontroladamente con los escalones, la pared y las rendijas de la escalera. Todo en torno a mí se cubrió de sangre y luego solo hubo oscuridad.
     Momentos después me levanté del charco de sangre que había dejado sobre la escalera y caminé hacia la puerta de la habitación observando todo a mí alrededor. Nada se veía como antes, nada se escuchaba como antes ni tenía la esencia de antes. Golpeé la puerta de madera, no podía sentir mi legua, al igual que otras partes de mi cuerpo, pero lo más importante era que ya no había dolor. Diana abrió la puerta de par en par y me observó pasmada. Mi estómago se retorcía como una criatura descontrolada llevando a mi mente solo una orden: «Come.»
     Me lancé sobre Diana, incrusté mis dientes sobre la apetitosa piel de su cuello y le arranqué un trozo de un mordisco. Sus gritos alcanzaron cada rincón de la cabaña intensificando los golpes de aquellos que intentaban entrar, pero luego calló con un ahogo y pude sentir cómo su corazón dejaba de latir cuando trituraba uno de sus dedos con mis caninos. Llevé mi mano hasta la boca y saque el anillo dorado de compromiso. «Hasta que la muerte nos separe» se grababa en su interior. Lo tiré al suelo y seguí con mi festín.
     Luego de una hora bajé tambaleando la escalera. Toda la casa parecía moverse de un lado al otro, al igual que un barco en una tormenta, y me hacía golpear continuamente los muros. Los golpes continuaban en las paredes de la casa, pero no sentía miedo ni dolor, no había alegría ni rabia, mis actos eran gobernados por el instinto y una gran parte de la conciencia había desaparecido.
     Abrí la puerta y vi el rostro cadavérico de aquel que una vez fuera mi hijo. Este me devolvió la mirada por unos segundos pero giró y comenzó a andar en dirección al fuerte resplandor que se percibía detrás del bosque. Junto a él estaban otros que hacía tiempo habían sido sepultados, y todos comenzaron a caminar detrás de él. El pueblo estaba de fiesta y muchos borrachos tambaleaban por las calles. Los jóvenes fornicaban escondidos en el bosque y los niños dormían indefensos en sus camas. Mi estómago comenzó a retorcerse de nuevo y el hambre volvió con más intensidad. La poca cordura que tenía desapareció y comencé a caminar con el resto en dirección al pueblo, acompañado de la niebla, a través los árboles. Hacia nuestro gran banquete.






CUM LAUDE

Por Ester Carillo.


—Lo siento bonita, pero no hablo chino— dije mientras apuraba la última calada de mi Chester— si no, hubiese cedido a tus súplicas antes de torturarte por primera vez, hacía ya meses.
Miré al asustado y pálido rostro petrificado delante de mí. Acercándome a ella, la arranqué el trozo de esparadrapo que tapaba su boca.
—¡Lo estamos consiguiendo pichona mía!-susurré al oído.
Al acercarme más pude comprobar que el lóbulo de su oreja derecha, el cual había cercenado noches antes, estaba comenzando a cicatrizar.
—Esta noche no va a ocurrir- dije subiendo las escaleras de la bodega—y cerrando la puerta tras de mí, pude escuchar como ella rompía a llorar.

Ahora que me había convertido en el experimento de un loco, repasaba día a día todos los errores que había cometido en mi vida, y desde luego, de todos los cometidos, haber estado esa noche en aquella acera había sido el peor…
La sangre de los cortes de las piernas empieza a coagular y siento que día a día con cada tortura, cada vez que Él desliza su navaja por mi cuerpo sale de éste cada vez menos sangre, pronto ya no habrá nada que brote, se habrá marchitado y yo seré libre…
“Esta noche no va a ocurrir”, había dicho Él; no sé cuánto tiempo más podría aguantar. Estar en esta bodega húmeda y fría me perfora los huesos. ¿Cuántos días llevo ya allí?-Ya no me acuerdo. Alzo la vista y sólo veo el ennegrecido y mohoso techo de la habitación, mientras busco a un Dios que hace mucho tiempo que me ha dado la espalda…  

Bueno, las cartas bocarriba, soy estudiante de último curso de Criminología. Estuve mucho tiempo deliberando cual iba a ser mi proyecto de fin de carrera y llegué a la conclusión de que debía ser algo apoteósico para conseguir la calificación cum laude, pero, ¿cómo sería capaz de impresionar a mis profesores y catedráticos?
Durante meses estuve en archivos y bibliotecas de la ciudad documentándome sobre todo tipo de torturas; visité museos, consulté a los más importantes teóricos, me empapé de películas snuff y entonces lo vi claro y fue cuando di con Liu.
Cuando la conocí, Liu se vendía en un cruce de calles a las afueras del barrio chino. ¿Una prostituta desaparecida?- A quién coño le importaba; nadie iba a mover un dedo por encontrarla, ni siquiera su chulo; daba una patada a una piedra y le salían cinco pequeñas Lius dispuestas a hacer lo mismo que su antecesora con la misma devoción. Mi plan estaba saliendo poco a poco a pedir de boca.
Liu era una prostituta rutinaria; tras días observándola a una distancia prudencial, sabía que todos los viernes por la noche a la misma hora, iba a estar en el cruce de calles habitual. Aparqué en la acera, conecté los faros del coche y dejé que se acercase e hiciese todo el numerito prostituta-cliente de rigor.
—Hola guapo-dijo en un inglés macarrónico.
—Hola preciosa ¿Por cuánto?
—Completo sesenta dólares.
—Conforme, sube.
Ella se subió al auto y me dedicó una sonrisa de dientes nacarados, ¡pobrecita, qué inocente!
Media hora después llegábamos a mi casa; bueno técnicamente no era mía, era de mi abuela, cedida caritativamente a su único nieto, un servidor, mientras ella permanecía en una residencia de ancianos tras sufrir una nueva recaída.
Una vez en el salón, tras forcejear un poco con ella, la inmovilicé atándola de pies y manos, la tapé la boca con un trozo de cinta aislante, y tomándola en brazos la bajé por las escaleras que conducían a la bodega, la cual iba a ser su última, y apostaba el cuello, más acogedora morada.
¡Qué bien lo pasamos Liu y yo durante todos los meses que duró mi proyecto de fin de carrera! Resultaba delicioso verla asustada; notar como perdía día tras día las esperanzas de salir con vida cuando mi trabajo llegase a su fin.
Nunca abusé sexualmente de ella; de hecho el sexo siempre me había dado asco y si encima era con una prostituta pues ya ni te cuento. Por el contrario, disfrutaba de su cuerpo de otra forma: le hacía cortes, lo quemaba, lo hacía sangrar…pero sin lugar a dudas, mi parte favorita tenía lugar por las noches; ella me miraba con aquellos ojos rasgados, sollozantes, suplicando que acabase de una vez con su dolor y yo respondía siempre “esta noche no”. ¡Y oh, su cara de decepción resultaba tan hermosa!
Pero tras casi medio año dedicado en cuerpo y alma, el proyecto llegaba a su fin y aquella noche sí que sucedió. Fui muy minucioso con la culminación de mi trabajo; si yo quería una calificación cum laude, la muerte de Liu debía estar a la altura.
No me extenderé demasiado en el particular, creo que le debo eso a Liu por todos sus servicios prestados, pero sí os diré que hubo gritos, lágrimas, súplicas, vísceras y sobretodo sangre, mucha sangre.
En resumen, la elaboración del proyecto me ocupó casi seiscientas páginas, más múltiples fotografías que le iba sacando día a día a sus heridas, más una película que mostraba las últimas horas de la vida de Liu.
Creo sinceramente que he hecho un trabajo magistral: notas al pie de página, bibliografía bien datada y cumplimentada, objetivos claros…sean justos conmigo ¿me merezco o no me merezco una calificacióncum laude?

miércoles, 11 de abril de 2012

Mauri


Por Evelia Garibay.


—Mamá, ¿qué se siente morir?, ¿alguna vez lo has pensado? —preguntó el niño sentado en el asiento trasero del auto, tenía nueve años y el mundo era una incógnita constante.
—No sé qué se siente —respondió exasperada la madre, había mucho tráfico y además iban tarde—, y tú no tienes que preocuparte por eso.
—Sí, tengo que hacerlo, sé que voy a morirme y no quiero, quiero vivir para siempre.
—Nadie vive para siempre —contestó resignada al ver que Mauri no iba a dejar el tema—, todos vamos a morir algún día, esperemos que a nosotros nos falte mucho todavía y deja de hablar de eso que me estas poniendo nerviosa y tengo que concentrarme en manejar.
Mauri conocía el tono de voz que mamá utilizaba cuando ya no quería que él siguiera hablando, se quedó callado, pero la vocecita en el interior de su cabeza que le decía que la muerte estaba cada vez más cerca no se callaba.

Era temporada de lluvias, Mauri odiaba las noches en las que al sonido de la lluvia torrencial se unían los truenos, sabía que mamá no lo dejaría meterse en la cama con ella, así que se tapaba la cabeza con las mantas y esperaba a que terminara, en esas noches también odiaba ser un niño grande y haber dejado que mamá pusiera a su Dumbo en el estante de los muñecos de peluche.
Esa noche la tormenta lo despertó, alcanzó a ver el brillo en la ventana y después, un trueno que hizo vibrar los vidrios lo desperezó por completo, se tapó la cabeza con las mantas y se puso las manos sobre las orejas, intentando dejar fuera el sonido, pero la tormenta era tan fuerte que no sirvió de nada, un nuevo trueno lo hizo estremecer y fue seguido por otro que pareció surgir dentro de la habitación, se oyó muy cerca, Mauri frunció el entrecejo y despacito se asomó entre las sábanas, quizá las vibraciones habían hecho que algo se cayera, pero en la penumbra, todo se veía normal.

—Escuché que estás haciendo preguntas acerca de la muerte —una voz hueca hablo desde los pies de la cama— yo puedo responderte, digamos que es mi área de experiencia.
Un nuevo trueno retumbó fuertemente, Mauri gritó y mojó los pantalones.
—¿Ya no quieres preguntar? —La voz sonaba enojada— Hice esta parada especial para hablar contigo y ahora te has quedado mudo. No importa, yo hablaré pero quiero que pongas atención ya que no voy a repetirlo. —La voz ahora estaba más cerca, aunque no se oían pasos, más bien se escuchó que algo se deslizaba por la alfombra—. La muerte es universal, nadie se salva de ella y nadie lo hará, nunca. ¿Qué se siente morir? Es diferente para cada persona, para los enfermos o los que están sufriendo, es una liberación, los que mueren en un accidente o de forma inesperada la sienten como un castigo, lo cierto es que no importa, seas rico, seas pobre, seas viejo o seas joven, si es tu hora de morir, entonces morirás.
—Yo no quiero morir —gritó Mauri aterrado entre las sábanas— no quiero dejar de respirar, no quiero —los sollozos no lo dejaron seguir hablando. Un olor a podrido comenzó a filtrarse entre las sábanas, no quería ver qué era lo que despedía esa peste.
—Nadie quiere —la voz sonaba apenada— ni siquiera para los que sería una liberación, nadie me acompaña nunca de buena gana, pero es mi deber, lo que viene después depende de cada quien, yo no puedo responderte sobre eso, lo tendrás que averiguar tú solo.
—Nooo —gritó Mauri— vete, por favor, vete.
—Ya, no hay porque hacer tanto escándalo, pensé que te estaba haciendo un favor al responder tus preguntas, ya me voy, pero nos veremos de nuevo en otro momento.
Todo se quedó en silencio, incluso la tormenta había concluido, Mauri comenzó a descubrirse la cara poco a poco cuando una mano putrefacta salió de entre las sombras y le tocó la mejilla.
—Prefiero acabar de una vez, no quiero tener que dar otra vuelta.

miércoles, 22 de febrero de 2012

El diligente y el prisionero (el signo de la fatalidad)


Por Cherman Sanz "aka" Velvet Revolver.


Llegó una tarde de enero y desde entonces su hogar no fue más que una grotesca celda que los reclusos denominaban “la celda de los condenados.”
Tenía la apariencia de un ser completamente perturbado, sus grandes y ominosos ojos parecían sumergirse plácidamente en la repugnancia de la oscura celda barroca como dormidos, quizás soñando despiertos o simplemente reviviendo los acontecimientos que lo empujaron a estar en aquella jaula asquerosa que olía a mierda y muerte.
Todo comenzó una cruda noche de invierno a un poco más de un año de la llegada de Joe al penal Auburn, se encontraba sentado de cuclillas en una de las esquinas de la celda, aferrando sus rodillas con las manos y presionándolas contra su pecho en el mismo momento que me acerque con el banquete, lo que en la jerga carcelaria llamamos “la ultima cena.” Como Joe no había pedido nada, tome el atrevimiento de llevarle una porción de pollo con papas y un vino de clase como un agradable gesto en lo que sería la última noche de su vida.
Me acerque y se lo deje para que lo tome por una pequeña rejilla que había para el paso de los alimentos, sus grandes ojos inyectados en sangre me miraron entonces bajo la tenue luz de la lámpara de queroseno que proyectaba las sombras inmortalmente estáticas de las rejas a medianoche, pero sus labios no profirieron palabra alguna. Lo contemple un instante, pero rápidamente su mirada se volvió a mecer hacia algún lejano horizonte, muy lejos de estas recónditas criptas tejidas de tristezas. Estaba a punto de marcharme cuando sus labios se articularon de una forma torpe y lenta, como si en todo ese tiempo no hubiesen propiciado palabra alguna, olvidando quizás el valor de estas en la soledad de lo que llego a ser su hogar.
Lamber ¿puede acompañarme esta noche? No quisiera… no quisiera quedarme solo…no esta vez.
Que podía hacer, tenía apenas veintitrés años y la suficiente bondad en mi corazón para que sus palabras lograran conmoverme, no sería moral ni de buen cristiano dejar tirado a un hombre a su suerte la última noche de su vida, aun para alguien como Joe ese castigo era demasiado. No estaba en mis capacidades juzgar, ya había tolerado suficiente e iba a pagar con su vida por sus errores. Sus palabras sin embargo me tomaron completamente por sorpresa, en los largos días y largas noches que llevaba en la prisión jamás me había dirigido la palabra y apenas si había probado bocado alguna vez, sin embargo se encontraba en una inmejorable forma física, algo que era el meollo de los comentarios de los guardiacárceles de Auburn.
Claro —respondí mientras sentía como emergía una gota fría en mi frente y trataba de deslizárseme por la sien, me la seque rápidamente mientras simulaba acomodarme la gorra de plato azul. Aguarde que acerque una silla.
Estuve un largo rato sencillamente mirándolo, como sus ojos danzaban hacia el rincón opuesto de la celda donde el halo de luz se desvanecía sin tocar la piedra desgranada de la pared y volvían a ponerse en mi dirección, estuvo así una buen tiempo hasta que por fin profirió una especie de mueca, la clase de siniestro gesto que antecede un largo y perturbador relato. Parecía como si estuviese viendo un fantasma, esa fue mi sensación entonces, un fantasma. Sí.
Voy a prescindir del pollo Lamber –dijo finalmente. ¿Pero me permite? —señalo la botella.
Claro.
La tomo y se la zambulló de lleno a la boca, el gorgoteo que se produjo cuando el pico se incrusto bruscamente en la comisura de los labios de Joe, fue semejante al de una pequeña cascada chocando contra las magulladas rocas del fondo de un río, una melodía extendida, uniforme y encantadoramente triste. Un fiel reflejo acorde al contexto de aquel viejo momento.
¿Me haría el honor?
Por supuesto —tomé la botella de sus manos por entre las rejas y la sostuve un momento, tras una leve admiración le di un picotazo seco. ¡Nada mal he!
Dígame Lamber ¿cree que la perversidad del ser humano, es sobre todas las cosas…el principal aliciente que nos compone?... Somos al fin y al cabo BESTIAS ¿no es verdad?
Supongo —Sus palabras sonaron muy medidas. Me tomo unos segundos poder reincorporarme. Usted es el condenado, usted más que nadie debería saberlo bien –dije finalmente.
Muy bien, supongo que así son las cosas. ¿Quieres saber, no es así?
Joe se paro nuevamente para tomar la botella de mis manos y acabarla de un trago, una vez humedecido sus labios y rejuvenecido sus fibras con el embriagante elixir tomo asiento en la retorcida cama armada con caños, la cual expulsaba un grotesco olor a oxido que, fusionado con la asfixiante esencia del queroseno formaban una bruma esbelta que se respiraba en todo aquel ambiente de pesadilla.
La celda de los condenados a muerte se encontraba en el bajo fondo de la prisión, se llegaba bajando unas largas y arqueadas escaleras de adoquín. Tras recorrer un largo pasillo de unos treinta metros alumbrado solo por unas cuantas antorchas que en raras ocasiones se encendían, se llegaba al final del trayecto a la celda de Joe, el único prisionero destinado a ese agujero de aquellos últimos dos años.
Allí en la completa soledad de aquel basurero, en las mazmorras de la prisión Auburn un hombre solo podía matar su tiempo con una furtiva imaginación e ilusiones de algo que podría haber sido, de haber sido otra cosa. Pero para un monstro como Joe Sullivan solo había un camino; consumir e inyectarse esporádicamente narcóticos, especialmente ampollas de morfina para mantenerse en un estado comatoso hasta el día del juicio final. Esto lo conseguía gracias a que aseguraba firmar el día de su muerte un testamento a nombre de varios guardias con la intención de heredarle sus tierras.
Muy bien, veo que de verdad quiere saber concluyó después de unos minutos y dio comienzo a su relato.  Aún hoy, después de tantas décadas recuerdo con espantosa claridad aquellas funestas palabras.

“Mi padecimiento comenzó en 1865 un año antes de comenzar con mis delirios, de la noche a la mañana se me hizo imposible conciliar el sueño. Terribles pensamientos me habitaban y daba interminables vueltas en mi alcoba antes de poder encontrar el ansiado descanso, cuando por fin lo habitaba me sumergía profundamente en ensoñaciones tan vívidas y macabras que me costaba discernir la realidad de ellos. Paulatinamente esto se fue convirtiendo en una constante y de pronto me vi envuelto entre las sombras de mi aposento, trabajando, cortando y pegando artículos periodísticos, rellenando hojas en un idioma místico que se me fue invocado a escribir entre otras cosas y convirtiéndome al fin y al cabo en un solitario.
Poco a poco lo fui aceptando, su causa comenzó a ser mi causa y sus muertos comenzaron a ser los míos, cuando caía en ese profundo coma de los sueños y cruzaba el umbral que une la realidad y la mera ficción de las construcciones emotivas de oscuros mundos, me encontraba con él, su poderosa figura me captaba por completo, me envolvía en sabiduría y abría mi mente de par en par lista para llenarse de ese nuevo conocimiento del cual se me proveía, los secretos de la existencia amigo mío, la vida y la muerte, el bien y el mal, no son más que pequeñas distracciones que obnubilan nuestros caminos y nos alejan de nuestros destinos. Cuando eso sucede, cuando alguien se aleja demasiado de su deber místico en este soplo de tiempo y vida que nos congrega y nos aúna, entonces Lamber, entonces él se los lleva. Esto lo sé, porque todo lo que un hombre puede aprender en cien vidas se me fue dado en un suspiro, en un momento elegido y cupo en un renglón del alma.
El diligente, comenzó a frecuentarme una noche cuando estaba sumergido en la más profunda y estelar de las visiones, entonces pude sentir y ser consciente en ese estado somnoliento de que una puerta se estaba abriendo, traté de resistirme e intenté en vano despertar, mi cuerpo no respondía a los mandatos de mi mente, fue cuando decidí dar el primer paso hacia el umbral, lo cruce completamente. Una nebulosa me envolvió entonces y mi espíritu se estremeció de sensaciones nunca antes experimentadas, sentía terror, pánico, pero también emoción.
Comencé a vagar por interminables extensiones de tierras, me sentía neurótico como si hubiese ingerido una gran cantidad de narcóticos, mi visión era borrosa y desaparecía en ratos y se aclaraba en otros, era una alucinación tan vívida que escapaba a mi comprensión de aquellos días. Hasta que lo vi, la fina silueta que se dibujaba en la bruma pasada de la medianoche e iba torneando una negra y nefasta forma en parte humana, en parte aura… como un espectro. El diligente me seguía a una distancia prudencial como levitando, se movía de una forma recta y su largo tapado negro era casi una mancha en el horizonte arrastrado por la brisa de aquellos días otoñales.
Llegado un momento, cercano a las tres de la madrugada según mi reloj de bolsillo en que él se adelantaba largos trechos para posarse a lo lejos como la imagen grotesca de una estampilla del infierno, entonces sus víctimas caían… tres minutos pasadas las tres, sencillamente así sucedía, podía ser un descampado, una casa, un burdel, siempre terminaba de la misma manera, la víctima y el diligente. En ocasiones llegue a presenciar terribles accidentes, como la mujer que terminaba la visita con su amante y salía despavorida hacia su hogar para cumplir a la mañana siguiente con su función de madre  en plena tormenta torrencial, corría y corría cuando de la nada un árbol se desprendió cayendo sobre su lomo para luego retorcerla en la acera, o el caso del niño ciego que se perdió y termino ahogado en el río, también y solo en algunas ocasiones he presenciado atroces crímenes, por los cuales paradójicamente se me incrimina. Solo los presencie tras su perturbadora esencia, vi lo que sus ojos miraban y sentí lo que su ente sentía, paz.
A él no le importa como llegue el suceso, de que terrible forma su víctima pague su error, su misión es marcar y ejecutar, ¿la mía? Te estarás preguntando leal compañero, la mía es llamada en la santa lengua EL DESTIERRO. Consiste en ultrajar el cajón de la victima una vez sea sepultada, y desproveerla de cualquier artilugio religioso que posea para a continuación invocar las santas palabras que le darán el descanso merecido al ente que ocupe dicho cuerpo, esto puede consistir en una elevación del espíritu o en un forzado descenso según los meritos del individuo en el por qué de esa desvinculación de su destino, hay recompensa si el alejamiento de ese camino fue por inmaculada fe y un propósito noble que lo llevo al fin y al cabo al sacrificio, así como hay pena si se debió a las arraigadas formas que el pecado puede tener en un soplo de vida. Por mi experiencia puedo decirte Lamber y aunque suene atroz escucha… la forma de despedirse de este mundo dice mucho de quien fuiste en vida y quienes luego se alzan como los más puros de los arcángeles amigo mío, siempre perecen en este plano de la forma más aberrante y nefasta que te puedas imaginar, llevan marcado el sello de la violencia en sus carnes. Su virtud como seres humanos, es su castigo divino, su prueba de fe.
El diligente como podrás ver, no es más que un mercenario, un títere que está más allá y que escapa a nuestra comprensión. Alguien tan nefasto como necesario, necesario para mantener el equilibrio, pero esa ya otra historia. No tengo todas las respuestas pero si te diré algo, todos nacemos marcados e individualizados, tenemos un propósito por el cual se nos ha otorgado este soplo de vida y tiempo, podemos elegir aprovecharlo o podemos elegir desviarnos del camino. El destino es tan impalpable como espontáneo, pero puedes apostar que existe y que tiene un plan para ti, al final todos somos juzgados por los místicos campos superiores que gobiernan el universo, todos formamos parte de él, somos eslabones que componen un todo y que se necesitan para funcionar y si una pieza cae, es necesario sacarla y reemplazarla rápidamente para no dañar…”
El equilibrio —dije instantáneamente  completando así la frase final.
Así es Lamber, así es…
Sus palabras me sonaron entonces tan perturbadoras como increíbles, Joe era sin duda un lunático muy peligroso y había estado el suficiente tiempo encerrado en aquella jaula como para profundizar y agudizar sus delirios, sin embargo algo de todo aquello seguía teniendo un dejo de verdad. En la vida, somos sencillamente eslabones, somos una sociedad con nuestros mas y nuestros menos, pero al fin y al cabo, como seres humanos nos necesitamos los unos a los otros para sobrevivir, nuestra vida es corta pero en muchos casos productiva y con suerte dejaremos impreso nuestro pequeño eco en el mundo que nos vio nacer y que nos vio morir ¿acaso será eso lo que quiso decirme con eso de los eslabones, que así como caen se remplazan? ¿Vida y muerte? ¿Si te sales de los limites de tu destino eres marcado y ejecutado? Reemplazado por una nueva vida que emerge al mundo. Es ridículo, así lo creía en verdad.
Joe jamás intento defenderse de las acusaciones, ni hablo de lo sucedido. Testigos lo incriminaron en los episodios y las pruebas refutaron su participación en los hechos, su morada era una especie de santuario místico, un completo basurero repleto de adornos religiosos, velas multicolores de varias formas (santos y gárgolas) y recortes de diarios de espantosos crimines con pequeñas notas puestas en un idioma irreproducible.
Los objetos que las victimas cargaban en sus féretros y se encontraron en su hogar terminaron por arrastrarlo hasta la prisión Auburn, donde cumpliría su condena al día siguiente. Su castigo por esos atroces crimines fue la silla eléctrica, un objeto tan aberrante y funesto como los propios crímenes de Joe, a veces la corriente se atascaba y no daba los voltajes suficientes para una muerte rápida. Esto provocaba  sentencias interminables, minutos que en ocasiones llegaban a la hora, con cuerpos reventados y quemados que sufrían una agonía indescriptible.
Joe, el profanador como se lo conocía en el penal jamás llego a padecer tan atroz amargura, murió esa misma mañana de los hechos que he narrado con anterioridad. Lo encontramos colgado de su cinturón al hierro horizontal de las rejas con una pequeña nota escrita en sangre sobre su pecho; equilibrio.
Joe Sullivan se quito la vida esa misma noche de invierno de 1894 que le siguió a nuestro encuentro, su cuerpo fue enterrado en una fosa común sin lapida ni nada que lo identifique en el patio de recreación Auburn y jamás fue reclamado por ningún allegado o familiar. En cuanto a mí, jamás me permití volver a pensar en aquella noche. El recuerdo me provocaba demasiada angustia y dolor.
Hace un tiempo los médicos me diagnosticaron seis meses de vida, es lo que se estimó que viviría una persona con un cáncer tan avanzado como el mío. Ya llevo un año y medio desde entonces y por primera vez en mis cincuenta y dos años siento una corriente de energía fría que me hiela la sangre y me hace percibir esa sensación esquizofrénica que altera el comportamiento, revelando esa cara oculta que se muestra al momento de sentir el miedo calando hondo en los huesos, miedo porque por primera vez creo entender las palabras de Joe es el equilibrio y él se los lleva Lamber. Fueron sus últimas palabras antes de despedirse, Lo deje morir señalado como un asesino, ahogando su historia en la escabrosa cripta de mis recuerdos para siempre, hasta hoy… el diligente, esa bruma oscura y desalineada que se dibuja frente a la cama en la que estoy recostado me observa y espera paciente, a través de su capucha creí verlo con sus grandes y ominosos ojos neuróticos inyectados en sangre, proclamando esa mueca de victoria apretada entre los dientes. Están a punto de ser tres minutos pasadas las tres, ya no siento miedo, no quiero tenerlo, el santo esta aquí, ha venido por mí, EL PRSIONERO.


FIN