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miércoles, 23 de mayo de 2012

Hongos


Por Carmen Gutiérrez.



     Cerré la puerta justo a tiempo, antes de que el florero con rosas rojas y blancas que había arreglado en la mañana, volara hacia mi cabeza, por suerte se estrelló en la madera blanca y no en mi sesera.

     —La vieja tiene puntería. —Murmuró Rafael acercándose con la escoba listo para recoger los pedazos de jarrón del otro lado de la puerta.

     Sí, si tiene puntería. Con el tiempo he aprendido a escapar antes de quedar descalabrado y más pendejo, como el pobre de José, quien en un descuido quedó babeando para siempre en las caballerizas. Doña Fernanda no se tienta el corazón para arrojar cosas a diestra y siniestra. Cuando da una orden y esta no se cumple, hay que permanecer alerta, desconfiar del silencio o de su vocecita chillona, porque cuando menos te lo esperas, sale detrás de las puertas y al primero que ve le lanza lo que tenga a la mano. Pero ¿Qué podemos hacer? Solo somos los sirvientes del diablo.

     Llegando a la cocina, aún escuchaba sus gritos mezclados con las respuestas tranquilas de Rafael, que con su voz de ruiseñor era el único que podía calmarla. “¡…a ese engendro de puta, que si no tengo el guisado de puerco con el caldo de hongos de luar, preparado como le dije, lo castraré!…”. Ni que decir que al escucharla mis pelotas se encogieron por instinto.

     Sin esperar más, monté al viejo “Estrella” y me dirigí al pueblo a buscar los mentados hongos de luar, preguntándome dónde los encontraría. Nunca había oído hablar de esos hongos y nunca había escuchado que hubiera un guisado de puerco preparado de esa manera. Pero cuando Doña Fernanda ordena, se hace.

     Bajé al pueblo sin entusiasmo, pero resignado a codearme con los lugareños. Evito siempre que puedo tener que bajar, pero con la amenaza hecha contra mi hombría, decidí poner buena cara y conseguir de una vez otro de sus caprichos. 

     Afuera de la primera casa, encontré a un hombre enorme y gordo como una ballena. Limpiaba un montón de cerezas moradas con tanta paciencia que parecía que las acariciara una por una.

     —¡Buena mañana tenga usted, buen hombre que limpia frutas! —Saludé quitándome el sombrero.

     Me miró con desconfianza, como si pensara robarle. Murmuró algo ininteligible y volvió a acariciar sus cerezas.

     —Doña Fernanda manda preguntar dónde puedo encontrar hongos de luar. —Agregué tomando su jeringonza como un saludo.

     Contestó diciendo algo entre dientes y sin mirarme a los ojos. Cuando hice el intento de bajar del cuaco para escuchar mejor me gritó:

     —¡Puede decirle a la Doña que los busque en su trasero! ¡Seguro encuentra hasta telarañas! —Y soltó una carcajada que me heló la sangre.

     Me alejé maldiciendo en voz alta al tipo y a toda su descendencia mientas su risa me seguía por toda la calle. Al doblar la esquina me encontré con que la tienda de Catarino ya estaba abierta y entré a preguntar por los dichosos hongos. Ni que decir que salí a los pocos segundos maldiciendo a Catarino y toda su descendencia también. Podía ver lo mal que pintaba el día.

     Siempre es así, a los lugareños no les gusta nada relacionado con Doña Fernanda, no pueden entender que ellos tienen suerte de estar lejos de esa enorme casa llena de miedos. Con una locura tan contagiosa que algunos días es necesario cerrar los ojos y amarrarse las manos para no correr y estrangular a todo el mundo.    

     Después de unas horas el calor era insoportable, me estaba cocinando en mis propios jugos y aún no encontraba a nadie que me diera razón de mi objetivo. En todos lados la gente esquivaba mi presencia o me ignoraba por completo.

     Sé que mi condición de servidor en casa de la Doña provoca que me traten mal de vez en cuando, pero siempre me sorprende. Siempre. En estos casos me siento con lagunas mentales. Recuerdo vagamente la sensación de haber hecho algo infame, pero lo peor que pude haber hecho es trabajar para Doña Fernanda y obedecerla. Aun así, creo que no es motivo para que la gente del pueblo me odie. ¿O si?

     Sumido en mis pensamientos, montado mi viejo caballo, llegué frente a una casita linda llena de flores, con un almendro plantado enfrente cuya sombra fue un alivio para mi asoleada persona. Bajé de “Estrella” y lo até al tronco para que la sombra lo animara un poco. El pobre caballo estaba más cansado que yo.

     En el pasto amarillento, también refugiándose en la sombra, una pequeña jugaba con tácitas y platitos primorosos de cerámica. La niña levantó la vista cuando me acerqué y me sonrió de forma tan natural que no pude evitar acariciarle el dorado cabello.

     —¿Cómo te llamas, pequeña niña que juega? —Pregunté sentándome frente a ella.
     —Andrea. —Respondió sin mirarme
     —¡Ah! ¿Y qué haces?
     —Estoy haciendo comida. —Contestó sirviendo “aire” en una taza y me la dio.

     Bebí mi “aire” haciendo gestos de gusto y le agradecí con la mano en el corazón, como hacíamos en mi pueblo.

     —¿Encontraste los hongos? —Preguntó.

     Ahora que lo pienso debería de haberme asombrado que lo preguntara, pero no fue así. De cierto modo sentí que nadie en el mundo me conocía como esa pequeña y fue reconfortante en el momento.

     —No, estoy sospechando que los hongos de luar no existen. Me resignaré a vivir como pendejo en las caballerizas o como eunuco. —Reí nervioso. Entiendan que aprecio mucho mis joyas de la familia, pero no puedo hacer nada contra mi destino.
     —Yo tengo unos cuantos. —Dijo la niña sonriendo.

     Tomó un pequeño cuenco de cerámica, sacó una bolsa de aire, rellena de aire y vació el contenido de aire en el platito. Lo puso en mis manos y me miró con esos ojos de venado, enormes y profundos. Todo estaba bien, con ella todo estaba de maravilla. No quería irme, quería quedarme a su lado y jugar con ella, cantarle canciones, arrullarla y cuidarla toda la vida. Me parecía haberla visto antes, pero al igual que con los pueblerinos, no podía recordar dónde o cómo. De pronto me sentí sucio.

     Iba a levantarme para despedirme cuando la pequeña se acercó a mí, puso su cabecita en mi pecho pegando su oído a mi solapa. Se quedó así unos minutos y al separarse sus ojitos estaban llenos de lágrimas.

     —¿Qué sucede, pequeña niña que llora? — acaricié su carita y limpié sus mejillas.
     —¡Tú tampoco tienes! —Tocó levemente mi pecho con su manita, lloraba desconsolada— No hay ruido ahí adentro. No hay tum tum… yo tampoco tengo ruido.

    Deduje que se refería a los latidos del corazón, comencé a decirle que sí tenía, que no se asustara, cuando ocurrió. Recordé todo. Me puse de pie y caminé hasta donde el caballo espantaba moscas con la cola. Andrea me detuvo al tirar de mi casaca. Me dio el platito donde los hongos de luar brillaban de aire y se metió corriendo a la casita.

    Camino a casa, ignoré a los que me insultaban, a los que me gritaban y se burlaban de mí. Esquivé distraído un escupitajo que alguien lanzó desde una ventana. No tenía con qué defenderme. No podía decir ni hacer nada.

    Al entrar al establo para desmontar a mi cuaco me sorprendí de ver que todo seguía igual. Al menos para el pueblo y para nosotros los habitantes de la enorme hacienda. Alguien me dijo una vez que el tiempo se detiene en la muerte, que los sentimientos se largan y nos dejan solos vagando en el corredor del olvido. Pero a diferencia de nosotros, los fantasmas de Doña Fernanda, los pueblerinos no olvidan que en un acto de locura, la vieja nos ordenó quemarlo todo, asesinar sin piedad a inocentes y culpables, que cumplimos sus órdenes como siempre lo hacíamos, que en medio de la noche, contagiados con la ira y la demencia de la Doña recorrimos las calles borrando todo vestigio de vida. Que enfermo del odio contagioso de esa mujer, maté sin remordimientos a mi pequeña Andrea.

     Ellos no olvidan. Nosotros si. Porque nosotros sucumbimos a la muerte agradecidos por la oportunidad de olvidar nuestros pecados, sin saber que estaríamos condenados a obedecer y temer a la Señora Fernanda por toda la eternidad.

     En la cocina preparé el puerco, hice el guisado y vacié el aire del platito de Andrea en el caldo que cocinaba lentamente la carne de aire, las cebollas de aire. El aroma picante de un platillo imaginario que nadie probaría. Deseé con lo que me quedaba de alma que los hongos de luar fueran venenosos, como el aire que no respiro. Al poner la mesa, he olvidado de nuevo.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Mañanas imaginarias


Por Adrián Granatto.


Desde que empezaron las clases me levanto a las seis de la mañana para preparar a los chicos. A Victoria la pasan a buscar a las seis y media con el transporte escolar y Nacho entra a las ocho en el colegio que queda a cuatro cuadras. Noelia, mi esposa, ya está en el trabajo, así que soy yo el que se ocupa de esto. Para no correr el riesgo de quedarme dormido, luego de que pasan a buscar a la nena prendo la computadora y escribo un rato hasta las siete y media.
A esa hora es todo silencio, excepto por los coolers de la CPU. Ese zumbido lo tiene uno tan asumido en el cerebro que ya no lo registramos como un sonido en sí. Lo mismo pasa con los relojes de pared: al principio el "chis chis" arrastrante de las manecillas parece repercutir en toda la casa para luego pasar a formar parte de nuestro rango sonoro, con lo que nos encontramos mirando varias veces el reloj para ver si funciona. En otras palabras: uno se acostumbra a ciertos sonidos y ya deja de oírlos.
Pero hoy, mientras repasaba un texto viejo y amenizaba el momento con unos mates, algo me distrajo. Al principio no supe qué era, sólo entendía que una nota disonante se había hecho presente.

           Abrí la puerta para escuchar mejor, creyendo que el sonido venía de afuera, y me encontré con la niebla. No es algo inusual en la zona donde vivo, pero eso no quita que siempre me incomode verla. Es una niebla pesada y gris que convierte al mundo que conocemos en un interrogante. Mi imaginación se desata al distinguir unas enormes moles que avanzan lentamente entre ella. Por un instante mi ojo mental ve con claridad a bestias hambrientas buscando su desayuno matutino, para luego mostrarme lo que realmente son: camiones con acoplado esperando su turno para entrar en la balanza pública de la esquina.   
 Los perros se acercan hasta mí. Me acuclillo entre ellos y los acaricio.
—¿Todo bien? —les pregunto.
Todo okey, parecen responder con sus ladridos.
Uno de los camiones hace sonar la bocina y los perros salen disparados hacia el alambrado que corre a lo largo de todo el frente. Desde allí ladran al camión. Ezequiel, el más veterano de los perros, me echa una mirada como diciendo “Vos tranqui, que acá estamos nosotros para hacer acto de presencia”.
Entro a casa y cierro la puerta. Colgada de ella, del lado de adentro, hay una muñeca de trapo con aspecto de bruja montada en una escoba. Según mi señora, sirve para espantar las energías negativas. Me pregunto, y no por primera vez, de donde salen esas creencias. Puedo entender lo de algunos Santos, como San Cayetano o San Jorge, pero esto de las brujas me suena como algo pagano; me hace pensar en aquelarres en lo profundo de los bosques con mujeres bailando desnudas alrededor de fogatas chisporroteantes.
Me siento frente a la computadora sin quitar la vista de la muñeca. Una melena de hilos de lana roja le enmarca la cara donde luce una sonrisa radiante. Y es precisamente esa sonrisa la que me inquieta. De pronto estoy seguro de que ella es la culpable de mi malestar.
 Tengo que hacer un esfuerzo para no levantarme y descolgarla de su sitio. Hay dos cosas que me lo impiden. La primera es que, de hacerlo, significaría que la muñeca tiene influencia sobre mí; y la segunda es que Noelia me preguntaría qué pasó con la muñeca y le tendría que explicar, lo que equivaldría a una mirada de extrañeza de parte de ella, una mirada que expresaría que me faltan varios caramelos en el frasco.
Vuelvo la vista al monitor justo en el momento en que se acaba el álbum de fotos que tengo de salvapantallas y la misma se oscurece. Y en el reflejo de esa negrura me veo a mí mismo y a una figura parada detrás de mí.
En este punto voy a serles sincero y decirles que grité espantado. Me giro en la silla sabiendo que no habría nadie allí parado, pero que cuando volviera a mirar en el monitor oscuro aquella figura estaría con las manos sobre mi cuello.
Me llevo una sorpresa al ver a Nacho con los ojos bien abiertos, casi tan aterrado como yo, y pálido.
—¡¿Qué hacés ahí?! — le grité—. ¡No sabés el susto que me hiciste pegar!
—¿Yo? ¿Y vos a mí, qué? ¡Casi me cago encima con el grito que pegaste!
—¿Qué estás haciendo? —pregunté.
—Voy al baño.
—¿No podías hacer ruido al levantarte, como un chico común y corriente?
—¿Y cómo es el ruido que hacen al levantarse los chicos comunes y corrientes? —me contestó Nacho a la vez que seguía camino al baño.
—No sé —admití—. Haciendo ruido con la cama, o chancleteando al caminar, podría ser un buen comienzo.
—Claro —dijo él volviendo del baño—. Voy a tratar de recordarlo para la próxima vez. No sea cosa que nos terminemos muriéndonos los dos de un paro cardíaco por los gritos que pegás.
—¡Silencio! —susurré levantando la mano. Aquel sonido extraño había vuelto a repetirse. Era una especie de chirrido—. ¿Escuchaste algo?
Deseaba con todo mi corazón que me dijera que sí, que había escuchado algo. Si no lo hacia, era que algo malo me pasaba.
Fue un alivio cuando asintió con la cabeza.
—Es un grillo —dijo con seguridad apabullante.
—¿Qué? —dije sorprendido.
—Un grillo —repitió—. Un insecto ortóptero. Seguramente es un macho porque está cantando.
—Sé lo que es un grillo, no es eso lo que pregunto. Lo que pregunto es qué hace acá dentro.
—Romper las pelotas —fue claro Nacho—. Estuvo toda la santa noche dale que dale con la musiquita. Encima, el tipo es de repertorio acotado y siempre te toca la misma canción. —Mientras hablaba, se había arrodillado y miraba bajo la mesa—. Aparte, el hijo de puta espera que estemos dormidos para arrancar. Para mí que lo hace a propósito.
—Ojo con la boca —le advierto—. Después la tengo que aguantar a tu vieja, que me llena los huevos preguntándome de donde sacás esas palabrotas.
—¿De dónde será, no es cierto? —me dice desde debajo de la mesa. No necesito verle la cara para saber que está sonriendo.
Miro la muñeca colgada de la puerta con una chincheta y no puedo evitar también sonreírme. Me siento un pelotudo por haberle dado hasta minutos antes un aura sobrenatural, diabólica si tengo que ser honesto. En verdad es para partirse de risa. Tanto quilombo por un grillo de mierda.
Tampoco es algo de lo que avergonzarse. Soy de la idea de que hay horas específicas donde la mente es más permeable para aceptar hasta lo irreal; y estaría dispuesto a apostar que las mejores horas para eso es entre la medianoche y el amanecer.
Hay ruidos bajo la mesa.
—¿Qué estás haciendo, Nacho? —pregunto frunciendo el ceño.
—Lo encontré.
El siguiente sonido es de masticación. Escucharlo me hace poner la piel de gallina.
—¿Nacho?
—¿Qué? —dice alguien detrás de mí.
Parado en la puerta de su habitación, con cara de dormido, despeinado, descalzo y en calzoncillos, Nacho espera mi respuesta.
Lo que se encuentra bajo la mesa asoma la cabeza entre mis piernas. Ya no es Nacho, ya no necesita esa máscara, es otra cosa, y lo estoy mirando directamente al rostro.
Aquello se relame los restos del grillo y abre la boca en una sonrisa dentada.
—Hambre —grazna con voz libidinosa.
Y se lanza a mis testículos.

Rutina


Por Camila Carbel.


  Pensé que al fin esta noche lo lograría. Todo iba viento en popa, el me sostenía con ambas manos por las caderas, para ayudarme con los movimientos, ya que mis piernas estaban agotadas, pero aun así ambos deseamos seguir. Por placer, eso seguro, pero yo sobre todo por curiosidad. En mi mente solo había una palabra orgasmo, ¿Qué era eso? ¿Cómo se sentía? ¿Me daría cuenta cuando lo experimentara? Pero sobre todo no dejaba de pensar: ¿Esta noche tendré un orgasmo?. Mi mente se centraba en todos estos asuntos, mientras mi cuerpo seguía su movimiento descendente, ascendente, en la parte baja de mi novio, bien dotado por cierto.
  Cuando empecé a sentir un sonido, primero lejano, luego mas cercano. No podía saber de que se trababa, lo único que sabia era que quería que se detuviera. Aunque de todas formas ya nos había desconcentrado. y él me miraba fastidiado como si fuera culpa mía.
  Y ahí fue cuando desperté, toda sudada, y  el teléfono sonando. Ese era el ruido que sentía en el sueño.
  Me levante de la cama para atender, pero cuando iba a tomar el auricular, dejo de sonar. Lo mire con un odio, y me volví a acostar, mientras puteaba al teléfono y al inoportuno que había llamado, y no solo que me había despertado del sueño, si no que me había hecho tomar frió al pedo, ya que en el apuro de atender no me dio tiempo de ponerme una campera.
  Estaba pensando en el sueño, el cual había sido muy, demasiado real. Y hasta tenia los mismos pensamientos que tengo cada vez que cogemos con mi novio y yo no se si tengo o no un puto orgasmo. Estaba en toda esa meditación, cuando vuelve a sonar el teléfono.
  Me levanto dispuesta a gritar al que estuviera al otro lado de la línea, y averiguar que carajo quería a esta hora de la mañana. Levanto el tubo, pero solo logro articular un: hola.
-Hola hija, ¿como estas?
-Bien mamá- digo tratando de parecer lo mas natural posible para que no se note que recién me despertaba.
-¿Estabas durmiendo todavía?
Y como no puedo mentir, al menos no sin haberlo planeado previamente, dije:
-Si. ¿Qué pasa?
Luego de putearme por dormir tanto y acostarme tarde la noche anterior, me dijo que cocine tarta de jamón y queso. Pero que tenia q ir a comprar el fiambre en el almacén del otro barrio, el dinero estaba sobre la mesa. Luego de eso corto.
  Y muy alegre, (irónicamente, creo que nadie puede levantarse contento a las 11 de la mañana para ir a comprar jamón y queso) me vestí, me cepille los dientes, me aplaste un poco los pelos, y salí al frió infernal, (mi imagen de infierno es un lugar congelado, donde todas las almas tiritan hasta la eternidad) que hacia en las calles. Y comencé con la caminata hasta el almacén, compre el maldito fiambre, volví a casa, prácticamente congelada, y lógicamente con un humor bastante malo, en realidad diría pésimo.
   Iba a ponerme a cocinar en ese mismo momento, pero me pareció mejor idea sentarme a ver tele un rato. Quería despejar la mente, no quería seguir pensando en ese sueño, si bien no era nada del otro mundo, pero me daba vergüenza. Sin embargo no logre mi objetivo, el sueño se reproducía en mi mente una vez y otra vez y otra vez.
  Apague la televisión y me fui hasta la cocina lista para hacer la tarta. Saque todas las cosas que iba a necesitar, y una vez todo ordenado, listo para comenzar, me colgué. Es decir, no tenía ganas de hacer nada, me quede pensando. No se si es normal que una piense tanto en tan poco tiempo, y sobre diversos temas, casi al mismo tiempo, y sobre todo cuando no se encuentran relacionado unos con otros.
  Lo primero que pensé fue como habían aumentados los precios, me salio casi 20 pesos comprar el fiambre, cuando antes salía menos de 10. Luego pensé en la rutina de todos los días, siempre eran todos lo mismo: me levantaba, estos últimos 4 meses sin ganas de hacer nada, miraba televisión, cocinaba, cuando volvía mamá comíamos en silencio, excepto por el televisor. Luego, me iba a mi pieza y me quedaba encerrada allí, me quedaba horas frente a la computadora sin saber que hacer, hasta que venia Marcos mi novio, luego cenábamos y me volvía a encerrar en mi habitación, pero esta vez con Marcos adentro. Y hablábamos, teníamos sexo, a veces veíamos películas. Y eso era todo. Todos los días de las vacaciones. Y si no solo se le sumaba ir a las clases y estudiar debes en cuando, nada más.
  ¿Y  mis amigos? Oh, prácticamente no tengo amigos, la gente siempre le falla a uno, los pocos amigos que tuve lo hicieron, y ya no confió en nadie. Claro tengo compañeros de la facultad, algunas noches salgo con ellos, pero no son amigos, casi nunca los veo fuera de temas relacionados con el estudio, y la verdad, es que tampoco me interesa. Hay una chica con la que me llevo mejor, se llama Jimena, pero solo eso, nos llevamos bien.
  ¿Y mi familia? Mi mamá, nunca esta y nunca se puede hablar de nada, así que prácticamente vivo sola.
  ¿Y mi vida? Este pensamiento siempre esta presente, y nunca conseguía encontrar la respuesta para esta pregunta. Mi vida, solo era eso, rutina. O dicho de otro modo, una mierda, una verdadera mierda. Siempre se lo quise decir a alguien, pero jamás lo hice. Siempre quise decir muchas cosas, que se que nunca las diré, yo solo me limito a callarme. Supongo y espero que la gente pueda ver el odio en mis ojos cuando lo hago. Eso espero.
 No soy fanática de un programa, no soy fanática de una banda de música, no soy fanática de un autor, no soy fanática de un deporte, nada. Vivo por que el aire es gratis eso es todo. No tengo ninguna pasión.
  ¿Y Marcos? Bueno, es mi novio desde hace casi un año. Lo quiero, pero a él le miento que lo amo. No se lo que es amar, pero a él le gusta que se lo diga. También pienso en Marcos, creo que a veces me es infiel, pero nunca lo confirme, seguro alguna vez habrá estado con otra cuando se va de fiesta con los amigos, ¿y que? Todo el mundo se miente y miente a otros, es normal. Y cuando nuestra relación termine, vendrá otro y será todo igual.
  El concepto de la rutina, eso es mi vida, rutina. Y luego de repetirme esto una y otra vez, pienso si la vida de todas las personas es igual. Seguro que si, pero siempre me queda una duda. Y seguido de este pensamiento, reflexiono sobre mi futuro, y me pregunto si me recibiré de profesora de matemáticas, si lograre tener un trabajo el cual cubra todas mis necesidades, si viviré con alguien o seguiré viviendo sola, si tendré hijos y si es asi, cuantos. Todo eso aun no se puede responder, pero no se si me interesa saber la respuesta. Quizás no despierte para saber que tendré que cocinar mañana. Y eso, eso si estaría bueno.
  Y como todo es rutina. Ese siempre es mi ultimo pensamiento, ojala me muera mañana, o hoy mismo. No se porque una sonrisa nace en mis labios siempre que pienso eso.
  En fin, debí hacer la tarta, pero cuando llego mamá y aun no estaba lista por lo que se molesto un poco, pero no le di importancia, y le subí el volumen a la radio, se molesto más, y me dijo que me comportara, que ya nos quedaba poco tiempo viviendo juntas. Luego de unos momentos me di cuenta de lo que había dicho, primero me asuste un poco, porque pensé que se iba a morir, pero luego use el poco seso que me quedaba y me di cuenta que seguramente lo decía, porque me echaría de casa si yo no me iba en un par de años. No le di importancia, y saque la tarta del horno, se me había quemado. De todas formas la comimos.
  Luego siguió la rutina, lo único para resaltar de ese día es que no tuve el maldito orgasmo cuando tuvimos sexo con Marcos.
  La típica rutina continuo a los largo de toda una semana, tampoco es gran cosa, solo son 7 días. Y lo único que note, es que había días que mamá llegaba mas tarde que de costumbre, pero nunca le pregunte porque, ella tampoco lo dijo.
   Paso otra semana más, y el Miércoles, antes de cenar me preguntó si Marcos no vendría, le dije que no. Marcos se había ido a jugar al fútbol con sus amigos, pero no lo comente, que le importaba a mi madre lo que hiciera mi novio. A veces ni a mi me importaba. Quizás ya era hora de cambiar de pareja. No tenia a nadie en la lista de espera, pero claro, siempre podía salir alguna noche con Jimena o con alguien del grupo de estudio de la facultad y conocer a alguien.
  En ese momento mi mamá dijo una frase que me saco de mis pensamientos de encontrar novio nuevo. Me informó que tenía cáncer. El cual era incurable ya que estaba en su cerebro, por lo que era imposible una operación de extracción. Ambas lloramos abrazadas, creo que sobre todo llorábamos porque sentíamos miedo.
  Sin embargo esta noticia no afecto la rutina. Mamá siguió trabajando. Y yo estudiando y saliendo con Marcos.
  Dos meses después una compañera de trabajo de mi madre llamo a casa. Pero estaba vez logré atender antes que se cortara, no había tenido ningún sueño esa noche. Al menos no uno que recordara.
  -Guadalupe- dijo con un hilo de voz, apenas audible- Tu madre sufrió una descompensación, esta internada en la clínica Santo Tomas. Está bastante mal. Debes venir a firmar los papeles, yo no puedo, porque debe ser un familiar. Si no tienes para un taxi, yo te presto, y lo pagas cuando llegues aquí.
 Lo único que conseguí  decir fue bueno. Ambas quedamos en silencio durante casi un minuto. Hasta que logre preguntar:
-¿Cómo se encuentra ella?
-Bueno los médicos dicen que su estado es reservado, pero seguro se mejorara.
-¿De verdad cree eso?- pregunte, ya que había notado un cambio en su voz.
-Para serte sincera Guadalupe, no lo sé. Pero roguemos a Dios que así sea.
  Luego colgué, mi cabeza no paraba de pensar. Lo único que sabía con seguridad es que estaba triste, y que no sabía que haría.
  Estaba por llamar el taxi, pero no lo hice. Decidí tomar otra decisión.
  Fui al baño, saque dos blíster de calmantes. Me fui hasta la cocina, y saque una a una las pastillas, había un total de 24 píldoras. Las tome de a dos, ya que eran muy pequeñas. Las primeras 6 las tome con agua, luego recordé que había quedado una botella de vodka de mi anterior cumpleaños. La busque al fondo del armario de mi ropa, y tome las 18 pastillas restantes con esta bebida que parecía alcohol etílico. Luego solo espere, tirada en la cama.
  Espere la muerte, más tranquila de lo que había imaginado, desde el primer día que pensé en el suicidio.  Sin saber que a la misma hora que se paraba mi corazón, también lo hacía el de mi madre. 

La visita

Por George Valencia.



Eran casi las tres de la mañana cuando decidí hacerlo de una vez por todas. Era eso, o seguir dando vueltas en mi cama con un calor de campeonato.
Me levanté, me vestí rápida y silenciosamente, cogí los prismáticos y acto seguido me dirigí a la cocina. No tenía armas conmigo, nunca las había necesitado, pero no fue difícil improvisar una: mi mamá había comprado un estuche de cuchillos Ginsu hacía menos de un mes y su filo, si lo que decía el comercial era cierto, duraría hasta el juicio final.
Sólo necesitaba uno. Lo cogí de donde estaba colgado, y los demás tintinearon con un sonido que se esparció por la cocina en una suave cadencia. Lo guardé en la parte de atrás del pantalón, procurando no realizarme una segunda cortada en mi trasero, y me dispuse a atravesar el pasillo en dirección a la salida.
La parte buena era que sólo había una persona a la que corría el riesgo de despertar, mi madre. La parte mala era que debía pasar prácticamente a su lado para salir.
Corrí la cortina, única división que me separaba de su habitación, y pasé por su lado en puntas de pies. A mitad del recorrido me detuve, la miré y ella emitió un ronquido a modo de saludo.
Estaba dormida. Eso era bueno.
Continué unos pasos más y llegué a la puerta que daba al salón. La abrí y ésta emitió un leve chasquido. Fue entonces cuando me habló:
—¡Esteban! ¿Adónde crees que vas? —dijo, y eso era malo.
Palidecí, petrificado. Todo se había ido al traste nada más comenzando.
—Tú no vas a ningún lado hasta que no peles las patatas. Tu papá no tardará en llegar…
Respiré aliviado. No sabía que mi mamá hablaba dormida, pero al parecer la vida siempre te tenía reservada una sorpresa hasta en los momentos más inesperados.
Cerré la puerta tras de mí, doblé a la derecha y bajé los escalones en dirección a la salida.


Una vez fuera, miré calle abajo.
Allí estaban. A unos cien metros de distancia, un resplandor salía de uno de los garajes ubicados al final de la calle.
—Hijos de puta —susurré, y me encaminé en dirección contraria.
A pesar de la hora, debía dar un amplio rodeo para no levantar sospechas en caso de que hubiese algún trasnochador observando por la ventana. La ropa me favorecía. La mayor parte de la que uso es negra, así que la indumentaria no representó ningún problema. Me hubiera gustado tener un pasamontañas, pero qué le íbamos a hacer. Era lo que había y debía agradecer a Dios por ello, como solía decir mi madre.
Me sorprendió lo calmado que estaba. Lo que iba a hacer no era nada bueno, pero qué más daba, ellos se lo habían buscado.


Treinta minutos más tarde me hallaba sobre un saliente de un prado ubicado a unos doscientos metros del garaje en cuestión, mirando a través de los prismáticos.
Sonreí.
Sería fácil. Había sólo cinco personas reunidas alrededor de una mesa cubierta de botellas de licor y colillas de cigarrillo… seis, si contábamos al bebé que, a juzgar por su rostro congestionado y su boquita abierta hasta su máxima expresión, lloraba en su cuna. Eran cuatro hombres y una mujer, todos entre los dieciocho y los veintidós años de edad. Cuatro greñudos y una greñuda, todos con cortes de cabello que recordaban al Pájaro Loco de los dibujos animados. Dos de ellos estaban tirados en el suelo, aparentemente dormidos, y los otros dos estaban bailando, cada uno con una botella de cerveza en la mano, alrededor de la última, que cantaba a voz en cuello, ajena a los llantos del bebé.
—Hijos de puta —repetí.
Guardé los prismáticos y me dispuse a dar un nuevo rodeo.


Fue fácil, tal como había supuesto, y rápido.
Al llegar a la esquina tras la cual estaba el garaje abierto, eché un nuevo vistazo subrepticio. Todo seguía igual.
Me deslicé por la pared como un felino, entré y me puse manos a la obra.
Agarré por el cabello al primero que se me atravesó, el Greñudo Despierto Nº 1, que estaba de espaldas, saqué mi Ginsu y lo degollé como a un pavo. La sangre manó profusamente, salpicando a la chica, la Greñuda Chillona, que se quedó mirándome ahogando un último de sus insoportables alaridos.
Solté al tipo y me encargué de ella. Era guapa, pero el deber era el deber. Una puñalada en la barriga fue suficiente. Cayó despatarrada.
El otro tipo, el Greñudo Despierto Nº 2, quiso pasarse de listo y hacerse el héroe, abalanzándose en mi dirección. Pisó una botella y cayó de bruces. Lo recibí con un corte sesgado en la garganta y poco faltó para decapitarlo. Miré el cuchillo, sorprendido, y tomé nota mental de enviarles una carta de agradecimiento y felicitación a los de Tele Ventas.
Sentí un vago sentimiento de culpabilidad: había discutido varias veces con mi mamá sobre la inutilidad de comprar esos cuchillos luego de que viera el comercial de Tele Ventas. Evidentemente, ella tenía razón: eran muy buenos.
Quedaban los Greñudos Dormidos Nº 1 y Nº 2. No se habían dado por enterados, así que en un alarde de buen corazón, los dejé en las manos de Morfeo.


El bebé seguía llorando.
Pobrecillo, pensé. Me dirigí hacia el detonante de mi espíritu justiciero, el que había terminado por derramar la copa de mi paciencia: el equipo de sonido. Corté todos los cables con una limpia cuchillada y el repetitivo, insoportable y estruendoso “chis-pum chis-pum” del reggaetón cesó con un último zumbido.
Se hizo el silencio, sólo quebrado por los llantos del pequeño.
Cerré los ojos, inspiré profundamente y sonreí agradecido.
No tardó mucho tiempo para que el bebé también se calmara y comenzara a gorgotear, complacido. Me acerqué a la cuna, le rasqué la barriga al bebé y éste me devolvió una dulce sonrisa sin dientes. Sonreí nuevamente. Lo abrigué bien y le guiñé un ojo diciendo:
—Que quede entre los dos, ¿eh?
—Ah-gú-gú —respondió el bebé, que comenzaba a notarse soñoliento.
—Así es, amiguito, así es.
Me encaminé hacia la salida, dispuesto a irme a mi casa a dormir plácidamente, libre del exasperante “chis-pum”, cuando en un arrebato de genialidad se me ocurrió una idea.
Miré a mi alrededor en busca de algo que me sirviera para tal fin, cogí una pantufla que se encontraba olvidada bajo la mesa, la humedecí en uno de los charcos de sangre y pinté en la pared:

¡NO MÁS RUIDO!

Observé la frase, pensativo.
Lucía bien. Con clase.
Sonreí una vez más (sin duda el silencio me ponía de buen humor) y me encaminé a casa, dando vuelta a la manzana, por si acaso. Eran más de las cuatro de la mañana.


Cuando llegué, mi mamá seguía roncando. Eso era bueno.
Estaba cruzando la habitación en dirección a la cocina cuando dijo:
—No vuelvas a hacer eso, Esteban —y eso era malo.
Pegué un salto y poco me faltó para soltar un grito. Sentí un nudo en la garganta.
—Sabes que no me gusta que uses gel. Tumba el cabello.
Hasta dormida me sermoneaba con lo mismo. Aun así, suspiré aliviado. Entré en la cocina y lavé diligentemente el cuchillo. Lo sequé, lo deposité en su lugar y seguí hacia mi habitación.
Cinco minutos más tarde estaba tirado a mis anchas en la cama, disfrutando del silencio que inundaba la casa. Ahora sí podría dormir tranquilamente. No sólo ese día, sino todos los fines de semana de ahí en adelante.
Puse algo de los Floyd a bajo volumen en el equipo de sonido, respiré profundamente y cerré los ojos, sonriendo.
Dormí diez horas.


Al día siguiente, un titular de un diario amarillista decía algo como esto:

“Insólito triple asesinato en el oriente de la ciudad. “NO MÁS RUIDO”, rezaba un grafiti sangriento en una de las paredes del lugar. Vecinos se muestran extrañamente agradecidos.”


Imaginación gratuita


Por Mauricio Vargas.


—Yo me leí Alicia en el país de las maravillas.
—Y qué tal —preguntó Joaquín, el profe de Literatura latinoamericana I. Era la primera clase, el primer martes del semestre y, como supuse, iba a preguntarnos qué habíamos hecho en vacaciones. ¿Leído? ¿O escrito quizá?
—Pues no me pareció la gran cosa, como lo hacen pensar los demás —respondió Julián tímido, como si le fueran a reprochar su opinión sobre aquella obra de la literatura universal—. Me gustó más la segunda parte, Alicia a través del espejo.
—Sí, suele suceder —dijo Joaquín acomodándose las gafas—. A veces uno cree que un libro es de determinada manera, sobre todo por tantas opiniones que uno se encuentra, pero cuando uno lo lee resulta ser diferente. Todo depende del lector.
—Ajá —respondió Julián, que había salido bien librado.
Luego seguí yo. Le dije que había leído dos libros de King, uno bueno y otro malo, además de El exorcista. Algunos que van en quinto semestre ven algunas clases con nosotros los de cuarto. Ellos son aquel grupito de mamertos que creen que vestirse de manera irreverente, usar gafas de marco enorme, beber tinto y fumar como chimeneas mientras comentan poemas de Porfirio Barba Jacob, los hace más literatos. Dos de ellos dejaron escapar risitas al oír la palabra «Stephen King» y «Exorcista». Joaquín siempre me molesta con eso del terror, pero no me incomoda, porque sé que sólo bromea. Pero  los otros… me parecen ridículos.
En fin. El profe volvió a hablar sobre la historia de Alicia. Dijo que era maravillosa por lo imaginario, no así como con Harry Potter.
—Hay diferentes tipos de imaginación. Por ejemplo, la saga de Rowling no me gusta porque es una imaginación muy gratuita. Deben sacar a los personajes de todo ámbito real para que logre funcionar.
Las chicas del curso que aman a Harry Potter pusieron caras, mientras que yo me preguntaba ¿acaso las dos historias de Alicia no son la misma vaina? Disculparán los críticos, pero poner a soñar a una niña para crear cualquier cantidad de cosas es un recurso facilista, al igual que hacerla pasar a través de un espejo para que viva lo imposible. ¿Por qué condenan al pobre mago por lo mismo? Hay historias que ameritan y necesitan su propio mundo. Una historia de Harry Potter ambientada en una ciudad normal, tan apegada a la realidad, sería algo estúpido y mucho más irreal que el propio Hogwarts.
De verdad que los prejuicios pueden ser un problema serio. Aunque al profe se la paso: es un lector entusiasta, apegado a sus inclinaciones literarias y a veces me veo reflejado en él, con una fascinación por Stephen King en vez de García Márquez.
La clase transcurrió entre anécdotas y lecturas pausadas del Popol Vuh, con un agradable sol entrando por la ventana. Mantuve mi pierna sobre una silla vacía todo el tiempo, con el calor agradable de los rayos posado sobre mi jean.
Al finalizar, Joaquín salió primero que yo. Quería aprovechar para preguntarle qué libros de King había leído (estoy seguro que lo ha hecho, pero parece no querer reconocerle a King un libro bueno, aunque creo que lo hace sólo para fastidiarme. Quizá se deba a que es la primera vez que tiene a cargo un grupo en el que la gran mayoría tenemos pasión por la literatura fantástica). También quería plantearle la cuestión de que el recurso de Harry Potter era tan válido como el de Alicia.
Salí por el corredor pero no lo vi. Imposible que haya bajado tan rápido las escaleras, pensé. Luego recordé que acostumbraba entrar al baño cuando acababa la clase, así que eché una ojeada, pero estaba vacío, excepto por un detalle que capté con el rabillo del ojo.
La bolsita de la librería Lerner que siempre cargaba, con unos cuantos libros y revistas literarias viejas que a veces nos regalaba, estaba sobre el tocador.
—Se le olvidó la bolsita al profe —dije en voz baja. ¡Estaba seguro que lo había dicho en voz baja! Sin embargo me escuchó.
—Ya la tengo —exclamó Joaquín desde lo desconocido. Su brazo surgió silencioso, agarró la bolsita y desapareció tras el  espejo que apenas vibró y luego se detuvo.




La mirada del sol


Por Sandra Geringer.


Me gusta mirar directo al sol, me resisto a parpadear y lo logro, por un ratito nada más. Soy minúscula para hacerle frente a tanto brillo, pero… cuando lo miro así, siento que le estoy robando un poquito de su luz y me la quedo para mí, para apreciar y ver las cosas de otra manera, tal vez, como las ve el sol, ¿por qué no?
Bajo la mirada y sigo caminando entre las hileras de trigo, veo como las plantas tiñen de verde la tierra y me maravillo con la naturaleza. Levanto mi cara al cielo, otra vez, buscando el sol como un girasol maduro. Siento ardor en los ojos, pero necesito ver un poco más.
Parpadeo, observo lo que me rodea y todo cambia de perspectiva, enfoque, color y forma… es como una gran gota dorada y translúcida, que le da un toque de vejez a las cosa, como ver fotos antiguas, ya amarillentas y con alguna mancha en una esquina que la hace defectuosa pero no por ello menos hermosa.
Lo intento otra vez, ahora aguanto un poco más. Miro mis manos, se ven enormes al principio, borrosas… hasta que, lentamente, las identifico tal cual son. Sin embargo, mmm...… no sé, me parece que noto algo distinto… Alzo la mano derecha ¿o es la izquierda?... Acá pasa algo extraño: ¡¡¡mis manos están al revés!!! No, no, no, no puede ser. Me estoy sugestionando y alarmando por nada. Pero…
Disimuladamente, como en contra de mi voluntad, miro mis pies… ¡también! Es como ver mi reflejo en un espejo.
Respiro hondo y trato de calmarme, sin lugar a dudas el sol me está haciendo mal, estoy alucinando, sola, en medio del campo.
Busco una sombra con desesperación, corro hacia la casa, ¡uff, qué lejos está! Llego con el corazón desbocado. Intento abrir la puerta y no encuentro el picaporte. Miro y siento frío en el cuerpo al notar que el picaporte ¡¡¡está del lado contario!!! No, no… no puede ser, siempre estuvo del otro lado… Como sea, ¡necesito entrar!
Siento cómo retumban los latidos de mi corazón en los oídos, estoy asustada y me siento ridícula a la vez… ¡¡¡si sólo miré el sol!!!
Coordino torpemente mano y picaporte, sin pensar ni en derecha ni izquierda, lo importante es entrar. Lo consigo. Con el cuerpo cierro la puerta y me apoyo en ella, necesito tocarla para saber que lo que pasa es real, porque empiezo a dudar de mí…
Una risa zonza, medio histérica me sorprende. La reprimo porque tengo que calmarme, con urgencia.
Quieta, muy quieta, contra la puerta, intento controlar mi respiración. Cierro los ojos, los mantengo apretados lo más fuerte que puedo, para que la oscuridad absoluta los invada. La siento, siento la negrura y me aflojo. Cuento hasta diez, no, mejor hasta veinte…
Un último suspiro y abro los ojos. Parpadeo. Observo con atención a mi alrededor… Todo se ve translúcido y brillante a la vez, es difícil de describir… hasta imposible, creo. Busco el ventanal, el sol por allí debe entrar con toda su intensidad, pero no… Soy yo, son mis ojos los que ven así…
Mi razón me dice que estoy desvariando, que estoy soñando, que tengo un golpe de calor y estoy alucinando…
Necesito sentarme, sé que las piernas en cualquier momento van a fallar. Quiero dar un paso, pero tengo miedo, los vellos de la nuca están erizados, como alarmados, tengo un nudo tremendo en el estómago y me cuesta tragar saliva. Me obligo a caminar pero no… no puedo, estoy muy alterada, no confío en lo que mis ojos ven. No es real…
Miro mis manos otra vez, irradian una luz muy intensa, no me hace daño, al contrario, me reconforta, me hace sentir plena…
Este nuevo sentimiento me da la seguridad que preciso. Doy el primer paso mientras rebusco en mi mente el plano de la casa, para no tropezar con nada.
Todo está al revés, como si un espejo fuera mi guía…
¡Claro!
Suelto el aire que contengo. En la casa del campo sólo hay un espejo: en el baño, sobre el lavado.
Ya no importan los muebles ni la ubicación de los picaportes, me urge llegar al baño: ¡¡¡¡necesito verme!!!!
Ante la puerta del baño, dudo. No sé que puede pasar. Pienso: ¿saco el espejo al sol?, ¿traigo el sol al espejo? Me río, estoy desvariando mal… Pero a estas alturas poco me importa.
Miro mis manos otra vez, emiten luz pero aún son útiles. Voy a sacar el espejo y que sea lo que Dios quiera.
Torpemente cumplo la tarea. Estoy temblando y al límite de la cordura.
Estamos afuera, el espejo cubierto por una toalla y yo.
Antes de que me falle el ánimo, lo descubro…
Busco mis ojos en él, me absorbo con la mirada tratando de captar todo… Siento el cuerpo vibrar por tanta tensión, la claridad que me rodea se libera, inunda el espacio y me envuelve, me hace cosquillas, se mete en mi piel, surge por mis poros…
En el espejo sólo veo luz, no… algo más. Veo, y es porque mis ojos están allí, mudos protagonistas de mi agonía.
El calor me abrasa pero no hay dolor. El iris de mis ojos refleja el fuego que soy ahora.
El espejo cae, ya nada lo sostiene, y se rompe. Cada fragmento me refleja. Mis ojos se multiplican por cientos. Una llama ocupa toda la cavidad ocular…
Los pensamientos se desordenan y ya no importan. Ahora sólo siento: la presión es insoportable, quiero estallar, necesito hacerlo… La opresión se intensifica, la claridad que me envuelve se hace más nítida…
La explosión ocurre, sin testigos, en el medio del campo… Me convierto en billones de puntos luminosos a la vez… por fin veo las cosas como las ve el sol…
Me diluyo en cada cosa que toco, siento la vida que late en ellas, y el poder que tengo sobre la naturaleza entera…
Ya no soy diminuta, ahora la luz soy yo.
El atardecer me reclama, no sé qué me espera el día de mañana… tal vez otra persona llegue, ilusa, para robar la magia del sol y la perpetúe, como lo hago yo, hoy.

La diosa del mar


Por Norma Villanueva.



Estaba sentada a la orilla del mar. Eran las diez treinta de la mañana y no tenía más en mi mente que el ir y venir de las olas. Simplemente me tranquilizaba. Simplemente estaba ahí. Encogí mis hombros, respiré profundo y el aire saldado, invadió mis pulmones. Me sentí feliz, como nunca, pero un pequeño vacío empezó a formarse en mi corazón. Pero no supe que era.
- Puede que extrañes algo- dijo una voz ronca. Pero no de esas voces sabias. Esa era normal.
Mire hacia abajo, extrañada, pues estaba segura que solo estaba yo en la playa. Era una pequeño cangrejo negro, o quizá mi conciencia.
-¿Nos conocemos?- pregunte dudosa.
- No. Pero podríamos- dijo muy seriamente mientras sacaba sus largos ojos de cangrejo de las cuencas oculares. –Me llamo Mozi- dijo sin mostrar ninguna emoción.
-Mucho gusto, creo- le dije de forma vacilante
Puede que extrañe algo… es algo muy raro… ¿que podría extrañar?- me pregunte de forma muy despacio, como tratando de ordenar mis ideas. No supe que contestar, que podría extrañar si todo en mi vida ha sido efímero. Otro suspiro. Más olas. Otra bocanada de aire marino.
- Puede que sea algo que hayas dejado inconclu…
- No, eso jamás- no lo deje terminar- eso jamás Mozi, siempre termino lo que empiezo- dije sin alterarme.
-No soy Mozi- me dijo un poco molesto por la confusión- mi nombre es Api.
Vi hacia abajo, hacia arriba a los lados, y no había nadie o nada que me estuviera hablando. De repente vi un pequeño surco en la arena, con un nervioso trazado. De el emergió un pequeño caracol.
-¡Aquí abajo!- dijo de forma casi temperamental – puede que ni siquiera te hayas dado cuenta, pero tienes algo que jamás has terminado.
Recuerdos. Montones de recuerdos corriendo atropelladamente en mi cabeza. No podía ubicar algo, por muy pequeño que fuera, que dejara inconcluso. Más olas. Una bocanada larga de aire marino. La marea subía.
Lo único en lo que podía pensar era lo extraño de este día, había hablado con un cangrejo y un caracol. Eso era totalmente extraño. Empezó a crecer dentro de mí, una enorme sensación de vacío, de abandono. Me sentí triste… Mozi y Api habían abierto en mi algo que había estado cerrado por mucho tiempo, algo que nadie más había tocado nunca, porque simplemente no sabían que estaba ahí. Pero yo misma no sabía que era, porque simplemente ni siquiera yo sabía lo que era. Extrañaba algo, pero no sabía el que; y me sentía triste por ello.
Decidí levantarme, era suficiente para mí. Iría a mi habitación y descansaría; había pasado toda la tarde sentada en la playa, que lo más probable era que estaba deshidratada o no había comido lo suficiente. Mientras me levantaba, note que la playa ya se había llenado de más turistas. Estaban ahí, jugando, bebiendo, o simplemente tomando el sol. Espero que ninguno me haya escuchado hablar con el cangrejo y el caracol. Caminaba despacio. Fijándome muy bien en las personas que se atravesaban en mí camino. Esa joven con su bikini a rayas; una señora realmente gorda, que sin ningún ápice de vergüenza hacía un strapless, el señor que jugaba con sus dos hijos en la arena y su esposa congelando el tiempo en una fotografía.
De pronto sus expresiones cambiaron, todos tenían la misma cara de asombro y terror… miraban hacia mí y me señalaban. Yo no entendía nada, me vi más manos, los brazos, mis piernas una rápida mirada de frente: todo normal. ¿Por qué me veían? ¿Qué era lo que señalaban? Di un rápido vistazo hacía mi parte trasera. Mientras un señor me tomaba del brazo.
¡CORRA!, ¡QUE DIABLOS ESTA PENSANDO! ¡CORRA!- me dijo muy alterado.
Vi hacía atrás. Era una ola inmensa. Y no había nada que pudiera detenerla, y venia justo hacía la playa en la que estaba. Decidí no correr. Me quedaría ahí esperando que me tomara. Sería una muerte rápida. Escuche como violentamente entraba a la costa. Y arrasaba con todo a su paso. Todavía no me había alcanzado. Escuchaba como crujían las sillas de playa, como las palmeras eran quebradas por la fuerza del agua. Todavía no me había alcanzado. Vi como violentamente alcanzó a las personas que estaban en la playa, no tuvieron oportunidad de escapar, muriendo al instante, todos eran cadáveres flotando. Todavía no me había alcanzado.
Eso ya era extraño.  Vi a mí alrededor y yo estaba flotando en esa inmensa ola sin daño alguno. Como si estuviera en una burbuja de mi tamaño, protegida totalmente. Mozi y Api aparecieron al poco tiempo. Estaban felices de verme ahí junto con ellos. También un tanto sorprendidos.
Te dije que era la elegida- dijo Mozi en un tono muy excitado.
Yo sabía que lo lograría- terminó de decir Api. Debemos llevarla de inmediato con Ran- añadió muy serio el pequeño caracol.
¿Llevarme con quien?- pregunte desconfiada
La diosa del mar… ¿No lo recuerdas? - me contestó irónicamente Mozi.
Ha pasado mucho tiempo no seas duro con ella- dijo Api tratando de tranquilizar al cangrejo
No necesitaba nadar, la especie de burbuja de mi tamaño me transporta. Mis pulmones ya no necesitan oxigeno, se han acostumbrado al agua marina; y no me he convertido en una sirena, mis piernas tienen, ya una extraña forma acuática.
Tu cuerpo se está adaptando muy bien, y eso que ha pasado ya, mucho tiempo de la última vez que estuviste acá- me dice Api muy feliz.
¿La última vez que estuve acá?- pregunto extrañada. Yo nunca he estado acá- le digo  sin vacilar.
¡Déjala Api! Ran le explicara todo cuando lleguemos- reprendió Mozi.
Estamos ya muy cerca de la morada de Ran- dijo Mozi con un tono serio.
Por fin llegamos a donde Ran, y no era nada como lo pintan en las películas, no había pompa de un reino submarino, no habían criaturas marinas bailando, no había opulencia. Solo había una mujer, hermosa, muy hermosa.
Soy Ran, la diosa de los mares- dijo con una voz tan sublime que movió hasta la última de mis entrañas. Y tú eres mi descendiente, pero te lo explicare todo poco a poco- dijo mientras nos dirigíamos a otra habitación.
Mi cuerpo temblaba de la emoción, simplemente no podía creerlo, como era posible que yo fuera descendiente de la diosa de los mares.
Silencio absoluto.

¡Vamos a llegar tarde!- gritó mi abuela desde el otro lado de la puerta. La entrada al hotel es dentro de dos horas y faltan muchas cosas que alistar- siguió gritando mi abuela, mientras su voz entraba cada vez más fuerte en mi cabeza.
Abrí mis ojos y sonreí. Y supe que todo había sido un sueño muy extraño.
Puede que al final se haga realidad… hoy iremos a la playa- dije mientras me levantaba de la cama

La realidad es otra cosa


Por Cristian Barbaro.


En este momento es de día, una tarde de siesta infinita. Me propuse a escribir estas líneas mientras el sol bañase los enormes edificios platenses y calentase a los animalitos en las plazas porque temo que durante la noche vuelva a oír esos sonidos. Fuera hay un día espectacular, está para salir a pasear y disfrutar como nunca en la vida, pero yo no soy de hacerlo seguido; es cierto: soy un tipo un poco aburrido cuando se trata de buscarle la vuelta de tuerca a la diversión pero qué se le va a hacer, cada uno con su personalidad. En lugar de largarme a calentar mi hermosa piel bronceada (bueno: negra y hermosa) decidí quedarme sentado en el puff improvisado con andrajos de una persona que vivió en la pensión y nunca conocí para realizar mi tarea para La Jefa  Carmen en El Edén. Estoy en el pasillo que conecta mi habitación, que comparto con otras tres personas, estudiantes también de la UNLP, con el patio y el comedor, lugar donde se lleva a cabo un festín de hechos que poca importancia les doy porque soy un tipo aburrido (soy un tipo aburrido y no me avergüenzo, jamás lo hago), y además no tienen importancia para estas palabras.
Comencemos desde el principio. Desde que vi la imagen en la que me encuentro etiquetado en el facebook estuve analizando y estudiando cada hecho de mis días para escribirlos según el ejercicio literario, y hubieron unos cuantos que merecen ser  contados en estas páginas pero son muy extravagantes. Me los reservo para mi querida ficción, mis hijos que tanto amo y que, de a poco, están creciendo. Nadie creería lo loca que está la gente para llevar a cabo eventos y diálogos imposibles. Me pregunto si estas líneas serán coherente frente a la calificación final. Bueno, debo arriesgarme. Soy una persona que intenta encontrar su estilo, soy una persona que va de un lado a otro, llegando a rozar lo vulgar o tocar el cielo con las manos en la poesía en prosa que le escribo a mi amada...
Omito su nombre, creo que más que nada debido a la exposición que esto pudiera generar (no soy un escritor profesional pero hay personas que conozco que me leen).
En fin, toda esta introducción intenta dar el puntapié inicial a un momento de la noche de anoche, lunes primero de agosto. Llegué de la Facultad cansado, luego de horas acomodando y preparando el buffet para abrirlo hoy. Luego de las vacaciones de invierno fue bueno volver a ver a los rostros que me acompañan todo el año, oír las  voces ordenándome alguna tarea luego de dos semanas totalmente inactivo, como si fuese un maldito vegetal secándose en un desierto, cansado de descansar. Revisé un rato mi facebook y me degusté un partido bastante parejo entre la selección argentina y la  inglesa por la Copa Mundial Sub 20 de Colombia en la televisión. Luego, llegado la medianoche, me fui a acostar.
En la habitación, estaban dos de mis compañeros, ambos durmiendo, mientras yo miraba al techo, intentando pegar los ojos como lo hacían ellos. No podía hacerlo, aún me cuesta demasiado dormirme enseguida fuera de mi casa; hace un mes que me mudé a la pensión y no logro acostumbrarme del todo al cambio. En mi cabeza daba vueltas y vueltas a infinitas posibilidades de comenzar estas líneas para el segundo ejercicio, pero nada concreto llegaba a mi cabeza, ligera de ideas pero desesperada por actuar en cuanto halla algo. Ya estaba cerrando mis ojos cuando oí unos golpes provenientes del techo. Me llevé un susto de la puta madre. Recordé lo que me habían dicho algunos de los chicos que conviven conmigo en la pensión y el miedo creció a raudales.
Me gusta el misterio, para qué se los voy a negar. Pero también es cierto que me cuesta bastante explayarlo en palabras y que se entienda a la perfección. A diferencia de mi escritor de misterio (y muchos otros géneros más) preferido: Stephen King, yo soy un nene que aún no ha abandonado la teta (y en realidad no la dejé hasta que cumplí los tres años y mi hermano recién nacido era la prioridad).
En algunos momentos, los chicos de la pensión me hablaron de los fantasmas que, supuestamente, viven entre nosotros y se manifiestan de noche. Se cuenta que esta pensión fue un geriátrico hace casi dos décadas y que algunos de los pacientes que estiraron la pata aún están de visita por su lecho de muerte durante la noche. Yo soy bastante escéptico ante estos relatos aunque no descarto la posibilidad de la vida más allá de la vida (y de la muerte), lo no creo posible es que hayan fantasmas durmiendo  con nosotros. En un principio, estas historias para el mate de la tarde fueron mi inspiración para un relato que publiqué en mi blog hace unas semanas (“Fantasmas en el pasillo”) y ahí terminaban mi relación con los fantasmas que les tocaban las orejas a algunos de los muchachos o tiraban de la cadena del inodoro en plena madrugada (debo admitir que son muy educados).
Los golpes en el techo eran parecidos a los pasos de personas sin calzado. Abrí los ojos y miré hacia arriba, un punto rojo danzaba en mi campo visual, producto de mi ligero cansancio. Supuse que esos sonidos eran provenientes de las personas que vivían en el piso de arriba pero algo no encajaba en esta hipótesis. El silencio era perfecto, los golpes dejaron de oírse pero yo me preguntaba si arriba de mi habitación había un piso y vivía gente, eso era lo que no encajaba. Tuve que averiguarlo.
Me levanté de mi cama y salí al pasillo; a pesar de que estaban encendidos los calefactores a gas, hacía tanto frío que podía ver mi propia respiración. Salí al patio y miré arriba: me sorprendí al descubrir que no había un segundo piso allí. Tampoco  habían vestigios de que alguien hubiese transitado mi querido techo ya que tenía un excelente panorama del cielo estrellado y no había ninguna silueta oscura cortando el firmamento.
Además, ¿quién querría darse un paseo por el techo sobre una pensión sin un mango? Quedé un poco consternado y confundido. Tal vez era el cansancio que me estaba haciendo una jugada sucia a mi percepción del mundo. Volví a mi cama y me tapé hasta la cabeza con la frazada. Hacía más frío del normal. No era normal esa situación. En ese momento volvieron a mi cabeza todas las historias que los chicos más viejos en la pensión me contaron sobre fantasmas. Y tuve un poco de miedo, no lo niego. Creo que subestimé bastante los relatos de los chicos sobre estos entes. ¿O será que tengo demasiada imaginación que mis ideas escapan de mi cabeza para materializarse en el aire? En fin, debo recordarme que la vida no es joda, ni ésta ni la que pueda existir en algún otro sitio, diferente al de nuestra vida.
Hoy desperté con muchas ganas de escribir y la certeza de que lo de anoche fue real, tenía que contarles este hecho de uno u otro modo. Anoche alguien, no sé quién ni cómo lo hizo, caminó por mi techo unos segundos, de eso estoy seguro pero no pienso contárselo a los muchachos de la pensión ya que quedaría como un boludo luego de cuestionar sus historias. Aunque, tal vez, lleguen a leer estas líneas. Queda en mi lectura deducir qué puede ser real o no. Estoy con la certeza de que no estaba dormido. Y da mucho miedo tener certeza de algo.
Luego, durante esa noche, hubo algo más que me extrañó bastante: en algún momento de la madrugada me encontraba nuevamente en mi casa, oyendo los desagradables  maullidos de gatos peleándose en algún lugar del techo. El frío era del campo, de El Peligro, de mi hogar, y sentí ganas de levantarme y llamar a mi gato para que entrara a comer su comida y no saliera lastimado en las batallas de los gatos alzados (el mío está castrado) pero yo no estaba en casa, estaba en la pensión. Estaba en mi nueva cama de mi nueva vida como un hombre independiente. Volví a mirar al techo nuevamente esperando oír los golpes que oí durante toda la noche pero no hubo sonidos, ni siquiera de peleas de gatos; luego me dormí.
Lo peor de todo es que no sé si fue real lo que viví durante la madrugada o fue parte de un sueño; para mí fue real, eso es lo peor; no estar seguro también es muy feo.
Me pregunto si los fantasmas estarán enojados porque yo me burlé de ellos. Me pregunto si se enojarán (en caso de que existan) luego de que ponga un punto y aparte en estas líneas. Son tantas las preguntas que tengo y tan escasas las respuestas para otorgar que prefiero que siga existiendo el misterio alrededor de esta pensión y de mi cabeza durante la madrugada.
Prefiero terminar aquí e irme a dormir una siesta por un rato. Me siento cansado, está comenzando a atardecer y el frío no tardará en disminuir la temperatura hasta los crudos tres grados. Solo quería contarles una anécdota de mi vida y aprovechar el espacio otorgado para continuar creciendo, mientras en este lugar se debaten la ficción y la realidad. Hay cosas que sí son muy desagradables. Escribir cosas que suceden de verdad rozan la esencia del Riachuelo y es imposible agregar ingredientes extras para florecer las palabras... aunque no las necesite.