Mostrando entradas con la etiqueta Mauricio Vargas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mauricio Vargas. Mostrar todas las entradas

miércoles, 18 de abril de 2012

Ofrenda


Por Mauricio Vargas.


Cuando las puertas de la iglesia de abrieron temprano en la mañana, todo aparentaba estar en orden, hasta que el padre Alfonso Serrano se percató de que uno de los santos tenía sangre en la túnica. Al entrar, junto con una corriente fría y furiosa proveniente de la loma, caminó por la nave central y miró las manchas rojizas en sus vestiduras y en sus manos eternamente suplicantes. Si hubiese habido un rastro de lágrimas rojas sobre las mejillas inmaculadas, se habría armado una revolución en el pueblo. Pero la sangre que estaba viendo había sido derramada. Era sangre ajena.

Se acercó a la figura, pasó los dedos por la sustancia y se estremeció. Se limpió instintivamente en sus pantalones y descubrió que  las demás estatuas también estaban impregnadas. Caminó por la nave contemplándolas y encontró a los piesde la última figura una cabeza humana depositada a modo de ofrenda. La sangre del cuello se había secado como la parafina. Las flores del día anterior habían absorbido la humedad de la muerte. En el otro extremo del cuerpo de yeso, la cabeza del santo había sido reemplazada por otra de verdad que terminaba también, abruptamente, en un muñón sangrante. Aquellos dos pares de ojos vidriosos lo estaban mirando fijamente, implorantes, como si ya hicieran parte de aquella galería de personajes que han permanecido por años aguardando la segunda venida.

El padre Alfonso se tapó la boca y salió corriendo a llamar a la policía. Cuando le contestaron informó el hallazgo fatídico y le dijeron que lo primero que debía hacer era conservar la calma. Que cerrara la iglesia y pusiera un aviso. Nadie debía saber lo ocurrido o si no, en cuestión de minutos, el pueblo estaría desatado.

—¿Se robaron algo, Padre? —fue la primera pregunta.

—El sagrario está forzado, pero las cosas están intactas adentro —respondió aún nervioso.

De la iglesia no había salido nada, demasiado extraño para ser un lugar sin vigilancia. Las decapitaciones habían sobrepasado los límites de la racionalidad, pero eran buena señal para inclinarse más por algún acto profano. En Zamaral jamás se habría presentado una atrocidad semejante.

—En un momento vamos para allá. Haga lo que le dije, Padre. Y no vaya a tocar nada de la escena del crimen.

El padre Aflonso colgó y siguió todo paso a paso. Por primera vez en muchos años, la misa quedaba suspendida.





Veinticuatro horas antes, la misa transcurría con normalidad: cantos, plegarias y ofrendas. Para Miguel y compañía, estar allí, sentados en la última banca, era una misión de reconocimiento.

—Hermano, ¿ya sabe no? —le dijo Miguel a Jairo en voz baja—. Hoy por la noche es el golpe.

—¿Están seguros de querer hacer eso? —Jairo estaba sentado entre Miguel y Vicente. Se sentía presionado por lo que ahora, sabía, era una mala decisión—. Podemos volver a lo básico. Algo así como robar la tienda de don Gustavo o saquear la cantina.

—No, hermanito. Hoy las cosas cambian —le aseguró Miguel. Era un líder nato. Vicente, por otro lado, no decía nada, y le convenía seguir así, porque de lo contrario, las ganancias se repartirían solo entre dos y no habría nada más humillante que su parte fuera concedida al cobarde del grupo—. Ya estoy mamado de hacerme con tan poquita plata. Robar esos chusos quita mucho tiempo. Es esforzarse por nada. La iglesia, parcero, es la única opción que tenemos para abrirnos de este pueblo de mierda.

—¿Y si nos descubren?

—¡Qué nos van a descubrir ni qué ocho cuartos! Por la noche esta iglesia queda sola, ya le dije. Tenemos vía libre, y con Vicente vigilando no tenemos pierde, ¿sí o no? —Lanzó una mirada a Vicente y éste se limitó a asentir—. Mire, Jairo: hace rato que he venido craneándome este plan y usted no se va a cagar en él, ¿me entendió? Ya no hay tiempo para arrepentirse.

—¡Yo no he dicho nada!

—Y está muy bien que siga así. —Le dio unos golpecitos en la espalda como a cualquier animal obediente.

La misa continuó. Los feligreses hicieron fila para recibir el cuerpo de Cristo, representado en un trozo de galleta costeña. Al final, luego de la bendición, el tumulto comenzó a salir. Los tres compinches recorrieron la iglesia y fueron hacia las esculturas de los santos. Una anciana que apenas si podía caminar, depositó a los pies de San Francisco Solano un ramo de flores sobre los pegotes de parafina.

—¿Quiere que le diga algo? A mí estos santos me dan cosa —confesó Jairo.

—Tan guevón. Cómo le va a tener miedo a unas estatuas —Miguel soltó una risotada que resonó en el lugar.

—No sé. Esos ojos miran muy extraño, como si supieran lo que uno está pensando o diciendo. Parecen atentos.

—Pues va a tener que olvidarse de esos mieditos cacorros, porque esta noche, en plena oscuridad, vamos a tener todas esas miradas sobre nosotros todo el tiempo.

Jairo no dijo nada y Vicente tampoco.

Salieron de la iglesia a recibir los primeros rayos del sol que ya comenzaba a calentar.

—Bueno, señores —dijo Miguel—, aquí nos separamos. Que no nos los vean juntos hoy, por favor. De pronto no sospechen, pero es mejor prevenir. Nos vemos en la noche, ya saben dónde.

—Todo bien —respondió Vicente—. A las once.





Un frío impresionante se había apoderado de Zamaral. Jairo Miguel Peña iba retrasado a la cita. Llevaba un talego para echar la mercancía, tres linternas y una palanca de hierro para forzar la puerta. Sus colegas lo estaban esperando detrás de la iglesia. El vapor salía de sus bocas y casi que resplandecía entre la oscuridad. Miguel, que tenía las manos enfundadas en los bolsillos de su chaqueta, lo vio primero:

—Se estaba como demorando, ¿no? A qué jugamos, hermanito.

—Ya, ya , ya. Aquí traje las cosas.

—Eso.

Vicente recibió los implementos y preguntó la hora.

—Once y cuarto. Yo creo que es mejor empezar ya.

—¿Seguros que el padre no está?

—¡Que no, hombre! —exclamó Miguel, desesperado—. Ese man nunca se ha quedado en la casa cural, por lo menos desde que llegó al pueblo. El padre Ramiro sí se quedaba aquí…creo, pero el que está ahora no. Seguro le dan miedo los santos. —Reprimió la carcajada con su brazo.

—Este man tan montador. A mí me dan cosa, y qué.

—No, nada. Más bien comencemos.

La pequeña puerta de madera que había atrás, en la iglesia, no opuso mucha resistencia al forcejeo. La palanca encajó a la perfección y la madera, que emitió algunos crujidos, cedió. Vicente se quedó afuera vigilando. Aunque trataron de ser los más precavidos, les dio la impresión de que el sonido de la puerta al abrirse había resonado en todo el pueblo. Cuando abrieron, Vicente corrió a la parte frontal de la iglesia y no vio a nadie, así que dio la señal.

Adentro estaba inundado de un olor a incienso y humedad. Aunque no les demoró mucho acostumbrarse a la penumbra, el camino hacia las entrañas del lugar era incierto. Caminaron despacio y, por una puerta lateral, fueron a salir a la nave del lado izquierdo. El inmenso espacio bajo el que se hallaron era increíblemente poderoso en medio de la oscuridad. Era como estar en el vientre de una bestia del cual no se podía salir. Las imágenes de las pinturas, apenas perceptibles para el ojo, adquirían el privilegio de guardar en su lienzo pasmado los misterios de las tinieblas. Fue en ese momento cuando Miguel Sanabria pudo llegar a comprender el miedo que los santos provocaban en Jairo. A la luz danzante de las linternas, no se podían contemplar bien las formas. Aparecían furtivamente un ojo, una boca, un brazo, envejecidos por el tiempo. Mas sin embargo no dejaba de maravillarse por las sensaciones que lo embargaban: su corazón palpitaba y un cosquilleo le recorría las piernas. Jairo, obviamente, estaba igual o incluso peor.

Lo que debía procurar Miguel era mantener la calma y tratar de estar al frente de todo.

—Hey, pss. Jairo. —Incluso en voz baja, el espacio amplificaba los sonidos. Y era más desesperante ver que Jairo no escuchaba.

—¡Jairo! —insistió con precaución.

Pero el otro estaba embobado, inmóvil. Miguel se acercó por detrás y le agarró el brazo.

—¡Aaahh! —gritó Jairo. Todo el lugar se estremeció. Miguel dio un respingo y soltó la linterna.

—¡Chito, guevón! —dijo con su voz controlada. Recogió la linterna y añadió—: ¿Es que la quiere cagar o qué? Más bien páseme esa palanca. No perdamos tiempo.

Se acercaron al sagrario y Miguel encajó la palanca en la puertita dorada.

—Bueno, parcero. Aquí adentro está el boleto para largarnos de Zamaral. Hagámosle.

Antes de que pudieran hacer algún esfuerzo, un ruido los distrajo. Algo había caído más allá del altar, por el lado de las bancas. Los dos se quedaron quietos. Jairo, con el corazón desbocado, lo primero que hizo fue mirar al Jesús
crucificado que dominaba el ábside. Su cara sangrante parecía reprochar las acciones que se estaban cometiendo bajo Su presencia.

—Qué fue eso —dijo Jairo.

—Sshh. —Miguel enfocó vertiginosamente el fondo de la iglesia. Desencajó la palanca y se aproximó al altar. Trató de descifrar en medio de la oscuridad con la luz azulada de la linterna recargable, pero no logró ver más que las bancas y los
santos.

—Qué ve.

—Nada, Jairo.

—¿Será Vicente?

—No creo. Lo hubiéramos sentido al entrar. Además, él sabe que, pase lo que pase, no debe… no puede moverse de su lugar.

—¿Y entonces?

—Espere voy a mirar.

Miguel caminó hacia las sillas, con la palanca firme en una mano y la linterna en la otra. Se fue lentamente por la nave del lado izquierdo, examinando entre banca y banca.

Un hacha fabricada con una delgada lámina de hierro estaba en el suelo. Miguel la pisó sin querer y resonó. Dejó la palanca sobre la banca más cercana y recogió el artilugio. Era relativamente liviano y lo blandió en el aire provocando un silbido.

Jairo lo llamó y él lo enfocó con la linterna. Agitó el hacha para que la pudiera ver. Se preguntó si valdría algo, porque ya podría considerarse el primer elemento del botín. Pasó los dedos sobre la superficie áspera y se detuvo al escuchar un ruido detrás de él. El sobresalto le hizo soltar la linterna de nuevo. Se agachó para recogerla y de pronto, un choque estridente resonó en la iglesia y el corazón de los dos ladrones se les subió a la garganta. Algo pesado había caído. Miguel apenas tuvo tiempo para volverse y enfocar con la luz la cara de San Simón.

La estatua había bajado de su altar y uno de sus pies estaba astillado por el golpe. Los ojos estaban fijos en él, con la furia encendida en la pintura vieja de sus pupilas. El rictus de desprecio terminaba de adquirir fuerza en la tosquedad de su boca, bajo la barba espesa y reluciente. La figura empezó a aproximarse arrastrando su pie astillado por el suelo. El chillido que provocaba el desplazamiento era insoportable.

Miguel, que se olvidó por completo de lo que tenía en la mano, salió corriendo por la nave central hacia el altar. Su amigo estaba allí, enfocando con la linterna a San Francisco Solano. Mientras Miguel investigaba lo del ruido, Jairo había empezado a alumbrar las figuras cuando notó de qué manera la estatua movía la cabeza suavemente y se preparaba para bajarse de su altar. Ahora se acercaba por el otro lado hacia él. San Simón venía con lentitud en pos de Miguel por todo el centro de la iglesia.

Una vez los dos juntos, sólo pudieron mirarse. Mientras tanto, San Rey Luis de Francia con su espada al cinto, San Cayetano y San Roque empezaban a descender del lugar en el que habían permanecido tanto tiempo.

—¡Qué.. qué mierda es esto! —exclamó Miguel echándose la bendición. Los santos venían hacia él.

Jairo agarró el brazo de su amigo con fuerza y éste se desasió con brusquedad y nerviosismo. San Francisco Solano se aproximaba rápidamente. Subió los escalones del altar y las dos víctimas empezaron a retroceder para atrincherarse inútilmente en el fondo del ábside.

San Francisco Solano estaba bien cerca. San Simón, con el chirrido de su pie contra el suelo, ya venía por las escaleras también. Los otros tres iban hacia ellos más lentamente.

Miguel agarró con más fuerza el hacha que tenía y descargó su fuerza bruta, desencadenada por un miedo irracional, en la cabeza de la estatua con un golpe seco. Los pedazos de yeso volaron por todos lados y de la cabeza sólo quedó la mitad del mentón. En el centro, un hueco oscuro se adentraba en las profundidades de un cuerpo que jamás debió cobrar vida.

San Francisco Solano se tambaleó. Sus manos torpes examinaban el aire que ahora circulaba por el lugar donde alguna vez estuvo su cabeza. Retrocedió con tropiezos sin dejar de mover los dedos convulsivamente.

Pero las otras cuatro estatuas venían decididas. Jairo estaba petrificado y sus manos temblorosas trataban de aferrarse a los grabados de la pared detrás de él. Sudaba frío y su pecho se agitaba frenéticamente. Sólo podía contemplar el espectáculo.

En el retroceso por el golpe de Miguel con el hacha, las estatuas le lanzaron contra los dos. La dureza de las manos de yeso inmovilizaron a Miguel y soltó el arma.

—¡No, yo no! —gritaba Miguel, desesperado. Se agitaba frenéticamente, pero sus intentos de escapar se reducían a un berrinche ridículo. La fuerza de las estatuas superaban por mucho a la débil consistencia de la carne.

Jairo, en cambio, había comenzado a llorar.

Arrastraron a las dos víctimas al borde del altar. San Simón tiró a Miguel en el suelo y San Rey Luis de Francia puso el pie sobre su cabeza. Luego desenvainó la espada, tan liviana y poco precisa como el hacha, y bajó emitiendo un silbido hasta enmudecer en el contacto con el cuello. Con el filo irregular de un metal trabajado artesanalmente, el corte quedó a medias. La sangre brotó con presión en un chorro que salpicó a los santos en sus rostros y prendas. Un nuevo impulso del rey separó la cabeza del cuerpo.

San Francisco Solano seguía trastabillando en la oscuridad. No supo quién le ofreció aquella cabeza tan suave, pero lo primero que hizo fue ubicarla en el lugar vacío. Presionó y el moñón dejó escapar más sangre que se escurrió por los pliegues eternos de sus vestiduras. La cabeza quedó torcida, pero asegurada. Pronto adquiriría el tono blanco que haría juego con la piel del resto de su cuerpo.

Jairo contempló la decapitación de principio a fin. Había decidido, demasiado tarde, pugnar por liberarse. Todo el alboroto había hecho que Vicente, fiel a su líder, desobedeciera y entrara en la iglesia. Vio la función macabra que se estaba llevando a cabo y, aunque su amigo lo llamó en un grito desgarrador, prefirió mantenerse lejos. Quiso escapar, pero no pudo porque debía presenciarlo todo.

San Roque y San Cayetano lo tenían cogido del torso y de la cabeza respectivamente. Los dos halaron en sentidos opuestos y el cuello de Jairo se estiró abruptamente hasta que se separó de su cuerpo fibra por fibra. La sangre, oscura como la noche, salpicó por doquier.

Vicente derramó lágrimas en silencio, convulsivamente y, cuando vio que una de las estatuas se fijaba en él, no tuvo más remedio que huir y no parar de correr hasta desfallecer en medio de la carretera. Allí fue donde lo encontraron en la mañana, en shock.

Las estatuas depositaron los dos cadáveres en el confesionario. Aunque todas debían adoptar su posición natural para la misa del otro día, con la torpeza de San Francisco Solano, la ayuda de los otros fue indispensable. Fue el primero en subir a su altar y dejó que pusieran la cabeza de Jairo, violentamente cercenada, sobre las flores que Estercita —como le decían todos en el pueblo—, le había dejado después de la misa de la mañana.

Su inocencia era tan conmovedora, pues ignoraban que su apariencia estaba marcada considerablemente por las huellas del deber cumplido. Jesús lo había visto todo desde su cruz y, al parecer, estaba satisfecho.




Fin.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Vampiro en la línea


Por Mauricio Vargas.


—¿Sí? —Dijo el locutor en esos momentos—. ¿A quién tenemos en la línea?
—Buenas noches —respondió el oyente. Era un adolescente. Había estado escuchando el especial paranormal de la emisora toda la noche y se había trasnochado, como siempre lo hacía en los fines de semana. 
—Hola, cómo estás. Qué historia deseas compartir con nosotros.
—Sí, estee… pues en realidad no deseo contar una historia, El motivo de mi llamada es hablarles sobre mi vida, una confesión.
—¿Confesión?
—Esta es la primera vez que digo esto en público, y decidí que esta sería una buena opción para hacerlo. Es algo que no me deja dormir en paz y necesito decirlo.
—Está bien, aquí estamos todos los oyentes para atender a tu confesión. ¿Cómo te llamas?
—Preferiría permanecer en el anonimato.
—Bien, bien, adelante.
—Bueno. Yo tenía nueve años, aproximadamente. Recuerdo que tenía mucha hambre y había estado preparando un bocadillo cuando me corté un dedo sin darme cuenta. Obviamente, el dedo me empezó a sangrar, salpicando el piso con gotas rojas diminutas. No sé por qué razón, aún me lo sigo preguntando, me metí el dedo a la boca y, curiosamente, lo disfruté, ¿me hago entender? me gustó el sabor de mi sangre. 
—Sí, continúa —intervino el locutor. En el fondo tecleaban con rapidez.
—Bien. Estuve embelesado succionando hasta que caí en cuenta de mi letargo y mi extraño deleite. Luego de lavar la herida con agua y colocarme una cura, pensé en la sensación que había causado el contacto de la sangre con mi boca. Era curioso pero no lo suficiente para alarmarme; muchos también lo hacen cuando se lastiman ¿no? Era algo instintivo.
—Sí, claro —dijo el locutor.
—Sí, por eso no me alarmé. Pero en las horas de la noche me llegó el sabor de nuevo. Lo sentí en mi boca. Esta vez sí fue realmente extraño ¿entiende? No aguantaba la tentación de saborearla. Sin pensarlo me descubrí la pequeña herida y empecé a succionar, pero al ver que la sangre no salía mordí con fuerza hasta que sangró de nuevo ¿entiende? Así estuve durante una hora.
—¿Eran tan fuertes las ganas de probar la sangre? 
—Sí; no le miento. ¿No me cree?
—No, no he dicho nada. Es que es impresionante lo que cuentas.
—Es todo verdad —recalcó el joven oyente—- Como le venía diciendo, esa misma noche tuve un sueño muy extraño. Soñé que un sujeto vestido de negro, piel pálida y ojos inyectados de sangre salía de una espesa niebla. Yo me sentí atraído ¿entiende? Extrañamente me había parecido atractivo y cuando miré sus ojos quedé como hipnotizado. Luego desperté. No recuerdo nada más. Curiosamente, en la mañana, sentía el mismo síntoma de debilidad y unas intensas ganas de probarla.
—¿La sangre?
—Sí, la sangre.
—Y qué más sucedió —intervino el locutor—. ¿Alguien supo sobre sus nuevos y particulares gustos?
—No. Preferí mantenerlo en secreto, por lo menos hasta que se me pasara, cosa que nunca sucedería. A muchos les hubiera parecido un cuento de hadas ¿entiende? Pero estaba empeorando y yo me alarmaba.
»Durante mucho tiempo seguí experimentando los mismos episodios. Cuando tenía unos catorce años los eventos que se me presentaban eran más curiosos. Había empezado a soñar con épocas lejanas, ¿entiende?, cosas que no conocía, batallas medievales y escenas sangrientas de guerreros luchando ferozmente y muriendo de las formas más atroces. En aquellos días había empezado a perder el apetito por la comida corriente y solo me provocaba la carne a medio cocinar, o, en su defecto, cruda. Me producía un cosquilleo ver el trozo con su jugosidad de color rojo intenso, ¿entiende? 
»Una vez —por esa época estaba enamorado de una niña que estudiaba conmigo en el mismo salón a la que yo no era capaz de hablarle—, iba yo de camino al colegio cuando la vi que se acercaba. Noté que su rostro estaba pálido como el yeso y cansado ¿entiende? Cuando se acercó a mí se quedó mirándome con el ceño fruncido, como si estuviese tratando de escrutar algo en mi rostro, luego se desplomó en mis brazos y me preguntó algo que me dejó desconcertado: “¿Cuándo te volveré a ver? ¿Esta noche quizá?”
»Quedé frío al escuchar esas palabras. Desde ese momento asumí que yo me estaba convirtiendo en un no-muerto ¿entiende?
—¿Un no-muerto?
—S; un vampiro. Ahora, con dieciséis años sé que fui elegido para eso. Ya no es raro ver cosas extrañas en los sueños. A veces, a escondidas, como carne cruda o me corto los dedos y succiono la herida con un gusto indescriptible. Yo sé que muchos no me creerán, pero estoy seguro de qué soy.
Hubo una breve pausa y el locutor habló de nuevo.
—¡Tremendo! ¿Y has acudido a alguien que te pueda ayudar?
No hubo respuesta.
—Hola, oyente, ¿estás ahí?
Silencio.
—¿Hola?
No hubo respuesta.
—Bueno, parece que se ha caído la llamada. ¡Tremenda historia la que hemos escuchado esta noche! Algo de verdad muy serio. Según investigadores de ese campo, estas criaturas existen. Tal vez no como los pintan en las películas, pero sí con aquellas inclinaciones hacia lo oscuro y con gusto por la sangre. Es un tema que tenemos planeado tratar en algún programa. Es de por sí muy interesante. Esperemos que nuestro oyente vuelva a llamar —Sonó un fragmento de la cortina y luego continuó—: Estamos esperando sus historias. Las líneas están abiertas, mientras tanto vamos con música y ya regresamos. 
El locutor dudó por un segundo de la veracidad de la historia de aquel joven oyente, pero no lo dijo al aire. Su trabajo no consistía en poner en tela de juicio las experiencias de los oyentes; no estaba en su contrato. Él sólo se encargaba de conducir el programa. 
Por otro lado, Miguel Ángel había colgado para crear impacto, agregarle suspenso a su historia ficticia. Se reía de solo creer que el conductor del programa se había tragado semejante patraña. En ese momento había empezado a sonar la música. Música para maricas, pensó. Cambió la estación rápidamente a una donde si pasaban música de verdad. Estaba solo en su casa, sus padres estaban en una reunión. Podría subir el volumen todo lo que quisiera, bueno, al menos lo suficiente para no despertar a los vecinos; sólo tenía que cerrar la puerta de su habitación.

Cuando acabó la música, el locutor recibió otra llamada.
—Buenas noches, ¿con quién hablamos?
—El sujeto que acabó de llamar… debe retractarse.
—¿Disculpe?
—Aquel que dijo que era un vampiro, debe retractarse de inmediato. 
El locutor no entendía lo que estaba sucediendo, así que guardó silencio.
—Contáctenlo. Si no se retracta, las consecuencias serán muy serias. Buenas noches.
El locutor no se pronunció. La cortina comenzó a sonar nuevamente. Duró varios minutos.

Los señores Hernández habían llegado a eso de las tres de la madrugada y estaban algo extrañados. ¿Por qué Miguel Ángel habría de cerrar con seguro la puerta estando solo? La música sonaba duro en el interior de la habitación.
Tal vez se ha quedado dormido con la radio prendida.
Su madre abrió el cajón superior de su mesa de noche y sacó la llave que abría todas las puertas de la de la casa. 
Miguel estaba en el suelo, sobre su alfombra, dormido. Su madre lo movió sin que se inmutara. Su padre se dispuso a cargarlo y dejarlo sobre su cama cuando notó algo extraño. Dos agujeritos rojos en su cuello.
Un vampiro.
Bah, qué estupidez más grande. 
Pero la posibilidad existía, más de lo que su padre llegó a creer y desechar como una patraña de su cabeza. La visita de uno de verdad, uno al que no le gustaba oír a la gente tratándolos como criaturas míticas y haciendo uso de la larga existencia de su raza como cuentos de hadas para triviales entretenciones, pero su padre era muy viejo, obtuso e incrédulo para pensar en cosa más absurda. Su madre no le había visto las marcas, sólo se había ocupado de bajar el volumen a la radio. 
«Mañana le revisaré bien esas picaduras», pensó su padre. «Ahora es tiempo de dormir».




Fin.

sábado, 10 de marzo de 2012

Instinto materno


Por Mauricio Vargas.


Viajé por una vía destrozada, lidiando con el llanto incesante de Verónica. Cuando había querido escuchar la radio, se había enojado conmigo por mi desconsideración. ¡Cómo era posible que no respetara su dolor! Y yo lo hacía… lo mejor que podía claro; no me caracterizaba por ser una persona paciente. Traté, en los momentos que creí pertinente, de sintonizar alguna emisora del lugar, pero ella protestaba por mi atrevimiento, así que conduje casi todo el trayecto tratando de descifrar a través de la lluvia, con los sollozos de mi esposa y los relámpagos que iluminaban la zona a su antojo.
Aún me sorprendía de la hora en que habían decidido sepultar a la vieja. Si de mí hubiera dependido, Verónica hubiese podido ir al cementerio en compañía de su hermano. Pero esa inevitable responsabilidad que adquiere uno al casarse no me dejó quedarme en casa viendo la televisión, así que ahora estaba conduciendo, a altas horas de la noche, dirigiéndome a un lugar que el sepulturero nos había recomendado para pasar la noche. ¡Vaya recomendación!
 Y más inadecuado que la hora, había sido el lugar. La madre de Verónica parecía haberse casado con los cimientos de esa casa de porquería. Pablo, mi cuñado, había propuesto cremarla y depositarla en un osario en el cementerio de la ciudad, pero Verónica se había empeñado en respetar los deseos de su madre: sepultada bajo la tierra santa en su pueblo natal, con sus respectivas tres misas.
A veces pensaba lo ridículo que resultaba toda esa parafernalia. ¿Por qué tanto lío con un una persona que, al fin de cuentas, no tiene conciencia? Después de muerto, lo que hagan con uno es cosa de los vivos. Y las misas, ¿acaso se levantaría si no se celebraban? Era lo que más odiaba de todo. Aquella tradición no era más que un negocio redondo para la iglesia. Ni siquiera era una misa para el alma del difunto. Pagabas determinada cantidad de dinero solamente para que nombren al muerto en medio de la ceremonia, junto con otros diez desdichados.
Pero mi mujer no lo había comprendido, aún cuando le había hecho saber esas verdades de todas las formas. Aún dentro del auto, pensé en recriminarle todas esas costumbres sin sentido, pero de seguro me hubiera portado como un maldito animal. Yo también había perdido a mi madre, pero corrí con la suerte de haberme alejado a tiempo de mi hogar. La relación jamás fue tan estrecha como para que me afectara tanto la pérdida. Recuerdo que cuando murió, me llamaron. No derramé ninguna lágrima. Estuve en el velorio, vi como echaban la tierra en la fosa y me devolví para mi casa. Verónica, por otro lado, había permanecido el tiempo suficiente al lado de su madre como para que la dependencia de la niñez se reavivara aún más.
Cuando acabó la ceremonia, el sepulturero nos había recomendado una posada que quedaba a tres kilómetros del pueblo. Era humilde, pero suficientemente cómoda para pasar los siguientes días. Mi cuñado, junto con algunas amistades en común, habían decidido quedarse a tomar unos tragos en la cantina del pueblo. Me habían pedido que me llevara a Verónica para que descansara, así que me había perdido de una buena noche y había conducido saboreando con frenesí el regusto del aguardiente barato que me habían ofrecido.
Verónica se calmó poco a poco y me dijo que, si quería, podía prender la radio. Ya se sentía mejor. Deseoso de escuchar, al menos, la música de despecho tan popular por estos lados, encendí la radio y busqué desesperadamente una estación que no emitiera el desesperanzador sonido de la estática, pero fue en vano. Valiente la hora en que Verónica se había logrado calmar.

—¿Una semana?  —dijo la señora mientras sacaba el libro de registros bajo el recibidor.
—Ajá.
—Firme aquí, por favor.
—¿De verdad es necesario? —le dije cuando recibí el bolígrafo.
—Protocolo —respondió sin levantar la vista. Se acomodaba las gafas constantemente sobre la nariz.
Firmé y se lo regresé.
—Bien. Síganme.
Verónica se levantó del asiento del rincón en el que había dejado un rastro de bolitas de papel que había hecho con el pañuelo y me siguió.
—¿Te ayudo? —me preguntó queriendo agarrar la maleta.
—No; yo las subo. No hay problema. —Sospeché que quería reivindicarse por aquello de la radio.
—¿Somos los únicos? —pregunté mientras subía por la escalera. La señora iba adelante haciendo sonar las llaves del cuarto.
—No. Hay tres huéspedes más, pero están en el pueblo.
—Es probable que mi cuñado y algunas personas más vengan más tarde… si es que no se amañan en la cantina.
—Me parece perfecto, don Andrés. Es muy probable que se queden por allá, ¿sabe? Este pueblo es muy amañador. De todas formas, si vienen, yo los atiendo.
—Okey.
Cuando llegamos al corredor, un trueno hizo vibrar los cimientos y la luz se apagó. Verónica me agarró el brazo y sentí el pañuelo húmedo por los mocos y las lágrimas.
—No se preocupen. Siempre se va la luz cuando llueve así. Ahorita vuelve.
En semejante oscuridad repentina, la señora introdujo la llave y se movió con agilidad felina buscando la maleta.
—Me conozco esto como la palma de mi mano —dijo arrebatándomela.
Entró en la habitación y corrió las cortinas. La escaza luz del exterior dejó ver las siluetas de los muebles.
—Ya traigo unas velas —dijo pasando al lado mío y descendiendo las escaleras a toda prisa.
Entré en la habitación que refulgía de plateado con los relámpagos que antecedían el estruendo. Verónica, sin soltarme, se sentó en la cama. La noté nerviosa. El clima estaba espantoso y no ayudaban para nada a su estado de ánimo.
—Es bien ágil la viejita, ¿no?
El comentario no causó ningún efecto. Verónica seguía aferrada a mi brazo y yo sentía la humedad del pañuelo escurriéndose en mi piel.
—Aquí están —dijo la señora entrando en la habitación. Ubicó una sobre la mesa de noche y otra sobre el viejo tocador frente a la cama. La luz temblorosa de las llamas empezó a inundar la habitación. La señora cerró de nuevo las cortinas—. Mejor así. Noto que su esposa está un poco nerviosa. —Se me acercó al oído y casi pude sentir su aliento tibio y ferroso— ¿Le tiene miedo a los rayos?
La risita que dejé escapar fue tan inevitable como un reflujo.
—No, señora. Acaba de enterrar a su mamá, es todo.
—Ah —dijo la señora. Pude ver el marco de sus anteojos pasados de moda deslizarse por el puente de su nariz—. ¿Quiere que le prepare alguna agüita aromática?
—Se lo agradezco, pero no es nece…
—No hay ningún problema. Es mejor que se tranquilice para que pueda dormir bien. Por lo que veo, va a estar lloviendo así toda la madrugada. Ya se la traigo.
Y salió sin que pudiera responder.
Me senté a su lado y la abracé. Temblaba levemente por el llanto y los nervios. Iba a ser una noche bien difícil. De alguna manera, estar en un lugar ajeno en el que no pudieran invadirla recuerdos dolorosos, mitigaría la pena, pero el maldito clima no ayudaba para nada.
—Nos hubiéramos quedado en casa de mi mamá —me dijo con voz afónica.
—Aquí estamos bien, Verónica. En estos casos es bueno estar alejado de los lugares que nos recuerden más a los que se han ido. —No pude haber sonado más estúpido, pensé.
—Hubiera estado más cómoda. Hubiéramos— se corrigió.
—No, Verónica. Acá estamos mejor; créeme —dije, sin poder contenerme. Sentí que se movió entre mis brazos, pero no se atrevió a soltarse.
—¿Y tú cómo sabes de eso? Jamás has pasado por algo así.
—Ya, cálmate —dije dándole unas palmaditas en la espalda.
—¿Cómo quieres que me calme? —dijo soltándose al fin.  Se puso de pie y me miró fijamente. Su respiración se había acelerado y me habló en voz baja, con furia reprimida—. Mi mamá está muerta, Andrés. Vi cómo le echaban tierra encima. ¿Crees que no es duro afrontarlo?
—Verónica…
—¡No me calmes! —exclamó, haciendo un esfuerzo por controlarse.
La señora tocó la puerta abierta y entró con un pocillo humeante.
—¿Sucede algo? —Dejó la bebida en la mesita de noche.
—No pasa nada —le respondí. Verónica guardó silencio.
—Bueno, no siendo más, que pasen buena noche. Tómese el agüita —le dijo volviéndose hacia Verónica—; le va a hacer bien.—Dejó las llaves en el tocador y cerró la puerta suavemente.
—Tómate el agua. —Le ofrecí la bebida, pero la rechazó.
—No necesito nada de eso.
Tomé un sorbo y sentí alivio delicioso.
—Bueno, acuéstate entonces.
—No sé ni para que viniste. Nunca la quisiste.
—¿Y yo tengo la culpa? —protesté, dejando el vaso en la mesita—. Ella nunca confió en mí. Esa señora no me quería.
—«Esa señora»…
— Y sí, no tenía ganas de venir. Tú debías saberlo. Hubieras podido decirle a Pablo que te trajera.
Me sentí mal, pero la rabia me estaba consumiendo. Creí que con la muerte de esa señora, las cosas habían quedado ya solucionadas. No más problemas. No más intromisiones. Pero parecía que aún estuviera interfiriendo desde la tumba. ¿No hubiera sido más fácil que me muriera yo? Seguramente las dos hubieran quedado complacidas. Pero el mundo es injusto. Ahora debía lidiar con un acontecimiento que a mí ni me interesaba.
El llanto se desató de nuevo. Ahora iba a atraer a la señora y lo que menos quería era dar explicaciones. Suficiente con haber tenido que venir. Me irritó sobremanera y le di una cachetada.
Verónica se cayó en el instante y se me quedó viendo asombrada, a la luz titubeante de la vela.
No discutió más. Simplemente me dijo que no quería dormir conmigo esa noche.


Escuché con cautela a través de la puerta cerrada la oración que estaba haciendo. Aún estaba buscando consuelo en las palabras de su madre. Sólo que esta vez nadie le iba a responder.
Me sentí como un infeliz, pero no podía soportarlo. Nada me había obligado a aguantar aquel triángulo molesto cuando su madre estaba viva, y mucho menos lo haría ahora que ella estaba muerta.
En una situación así, después de una discusión, Verónica habría llamado a su madre, le habría contado todo, incluso que ella tenía razón al decir que yo era una porquería, y saldría disparada para su casa, a llorar en sus brazos como si aún fuera una niña vulnerable. ¿Y ahora qué haría? En el fondo me dolía verla así, pero a la vez me complacía al tener que ver de qué manera afrontaría los problemas.
La dejé en sus oraciones y bajé al primer piso. La recepción estaba vacía.
Salí al porche y me fumé un cigarrillo mientras la lluvia amainaba. Los relámpagos seguían ofreciendo ese tenebroso espectáculo de luces. Esperaría mientras Verónica se quedaba dormida y me iría a acostar. Mañana había que salir temprano para hablar con el padre sobre la misa. Mientras, aprovecharía para echarle un ojo a Pablo y los demás, si es que se dignaban llegar. Eran las once, más o menos.
Me dirigí al auto a toda prisa y recliné el asiento del conductor. Pensé en que tendría que lavar el auto y un sinfín de tonterías más. Intenté sintonizar una emisora, la que fuera, pero ninguna funcionaba. Saqué un Cd de la guantera y lo coloqué. Igual no había nada más qué hacer. Le bajé el volumen y estuve pensando sobre el detestable día de hoy, hasta que empecé a quedarme dormido con el reconfortante calor del auto.


Me desperté y la música había dejado de sonar. Los numeritos diminutos del tablero marcaban la una y veinte de la madrugada. Me incorporé, fumé el último cigarrillo de la cajetilla y regresé a la posada.
Lo primero que me intrigó fue la puerta entreabierta. Lo segundo, las pisadas de barro que estaban en el tapete de bienvenida. ¿Habían llegado ya los demás? No recordé haber escuchado llegar algún auto. Escudriñé en derredor pero sólo estaba mi Mazda. ¿O había sido Verónica? Me sorprendería si hubiera salido a este frío sólo para buscarme.
Entré, cerré bien la puerta y casi resbalé en más barro. El interior también estaba sucio, con tierra mojada esparcida desde la sala hasta las escaleras. La señora no estaba por ningún lado.
Alumbré con el encendedor y noté que las manchas de barro de extendían por la escalera hasta la pieza de Verónica. Había sido ella, sin dudas. Aunque no me explico por qué se había ensuciado de esa manera.
Cuidando de no pisar el lodo, subí hasta el cuarto y empujé la puerta. La luz de la vela casi se había consumido, pero me dejó ver con claridad a la mujer que acunaba en sus brazos a mi esposa.
Aunque su cara había reventado y lucía un color purpúreo, aún pude identificar esa mirada que tanto me despreciaba. Mi mujer lloraba y ella la consolaba. Quién sabe cuántas cosas le había dicho de mí esta vez. El olor a tierra inundaba la habitación. El pelo canoso estaba apelmazado y sucio, manchado con la sangre seca que se había mezclado con el lodo.
Era claro que su madre siempre estaría allí, para protegerla.


Fin.

lunes, 27 de febrero de 2012

El castillo de Otranto – Horace Walpole



En ese instante, el retrato de su abuelo, que colgaba sobre el banco donde habían estado sentados, exhaló un hondo suspiro e hinchó su pecho. Isabella, de espaldas a la pintura, no advirtió el movimiento ni supo de dónde provenía el sonido, pero se detuvo y dijo, a la vez que se dirigía a la puerta:
—¡Escuchad, mi señor! ¿Qué ruido es ese?
Manfredo, indeciso entre la huida de Isabella, que ahora había alcanzado la escalera, y su incapacidad para apartar los ojos de la pintura, que empezaba a moverse, había avanzado algunos pasos tras la joven, pero sin dejar de mirar atrás, al retrato. Vio entonces a éste abandonar el cuadro y descender al pavimento con gesto grave y melancólico.
—¿Estoy soñando? —exclamó Manfredo retrocediendo—. ¿O es que los demonios se han aliado contra mí? ¡Habla, infernal espectro! Y si eres mi abuelo, ¿por qué conspiras tú también contra tu atribulado descendiente, que tan alto precio está pagando por...?
Antes de que pudiera terminar la frase, la visión suspiró de nuevo e hizo una señal a Manfredo para que la siguiera.


La novela de terror como la conocemos ahora ha tenido que atravesar por toda una metamorfosis a través del tiempo, valiéndose de los elementos correspondientes a cada periodo histórico. Como preocupación principal, esta literatura ha tratado de escudriñar en los sentimientos del ser humano, en la creencia en lo fantástico como una condición natural del hombre y en la exposición de las emociones a través de lo macabro. Y no son la excepción aquellas primeras obras que se escribieron con este fin y que, casi sin saberlo, estarían inaugurando un nuevo género: la literatura de terror gótico.
Muchas obras fueron escritas, unas más reconocidas que otras, pero aportaron de igual manera al desarrollo de esta literatura. A finales del siglo XVIII tenemos a Mattew. G. Lewis con El monje o Sospecha, e incluso al propio esposo de la creadora de Frankenstein, Percy B. Shelley, allá a principios del XIX. Pero hay una obra en especial que se considera fundadora de toda esta literatura, un libro corto que abarca muchos de los componentes que perdurarían y evolucionarían a lo largo del tiempo.
El castillo de Otranto es una novela acongojante que combina el espíritu del hombre con los elementos sobrenaturales, todo en la historia trágica de la familia que habita en el verdadero protagonista de la historia: el castillo de Otranto. La presunta usurpación del trono ha desarrollado una ambición malsana del actual príncipe, Manfred, un ser despiadado que llevará hasta los límites el deseo de mantener viva su casta —decisión que toma luego de un lamentable episodio—, pero que está obligado a convivir con una esposa fiel y leal a sus caprichos y con dos hijas inocentes y virginales. Eso producirá contantemente enfrentamientos entre los familiares, poniendo en tela de juicio sus valores y su moral. Pero quien desatará la tragedia, núcleo principal de ésta historia, será el propio castillo, que dentro de sus muros conserva una maldición. Un yelmo enorme que aparece de manera misteriosa en el patio, visiones de enormes manos y pies revestidos de armadura que se ocultan en las habitaciones del castillo, retratos que cobran vida y estatuas que supuran sangre se convertirán en los agentes encargados de hacer del destino de la familia algo irrevocablemente fatal.
Horace Walpole escribió El castillo de Otranto en un impulso de inspiración, luego de un perturbador sueño en el que vio varios de los elementos macabros que utiliza en la novela. Emprendió la historia sin saber en qué acabaría y terminó encariñándose con ella cuando, a los dos meses, la culminó. Quizá es por eso que el libro es tan visionario en lo que a fantasía se refiere. Y aunque en la primera publicación se presentó como una traducción que habían encontrado —pues es comprensible el temor a ser rechazado por la crítica y el pueblo—, la obra significó un comienzo en el intento de mostrar el lado oscuro de la vida, la exaltación del misterio y lo terrorífico de la realidad. Finalmente, el autor decidió presentar, tiempo después, su obra como suya.
El castillo de Otranto es una pieza de puro deleite, disfrutable no necesariamente como lectura académica. La brevedad de la trama lleva hasta el final de un solo tirón, a una velocidad increíble, que encantará tanto al lector culto como al aficionado a la literatura gótica y de terror, y es clave si se quiere entender el origen de toda una tradición literaria que ha atravesado por tantos altibajos en su historia, desde un acogimiento colectivo por parte de los críticos, como el infaltable rechazo, pero que, afortunadamente, siempre ha visto la salvación en los lectores.
En lo que a historia se refiere, encontraremos odio, traición, ingenuidad, amor, perdón, tiranía, muerte, valentía y, lo más importante, pesadilla, todo amalgamado en una sola historia. El castillo maldito será el dios implacable, único testigo y vengador de las atrocidades que sus habitantes han cometido en medio de su ingenuidad terrenal y que finalmente llevarán a cuestas el peso de sus actos y aceptarán, con resignación, lo que el destino les tiene preparado. Un destino despiadado que ha sido regido por la misma representación del mal en los objetos más inesperados.