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lunes, 3 de agosto de 2026

La dedicatoria

 Por Parabellum


El otoño había vestido la avenida de amarillo y ocre. En el aire flotaba esa melancolía que solo conocen las hojas antes de caer.  Bajo aquel paisaje marchito, Paula caminaba hacia la casa donde había crecido. Siempre pensó que el otoño era la estación de las cosas que mueren. Aquella vez tenía razón. Su madre acababa de convertirse en una de ellas.

Habían pasado diecisiete años desde la última vez que cruzó el umbral de aquella casa. El trabajo la llevó al otro extremo del país, a una ciudad costera donde el turismo le abrió las puertas de una carrera que jamás habría podido desarrollar en su pueblo. Más de una vez le pidió a su madre que se mudara con ella. Nunca aceptó.

—¿Y perderme mis vacaciones? —respondía entre risas cada vez que Paula insistía—. Prefiero ir cuatro veces al año a verte.

Y cumplía su promesa. Llegaba con una valija pequeña, cocinaba, paseaba por la playa y disfrutaba de esos días como si fueran un regalo. Ahora ya no habría otro viaje. Paula regresaba para cumplir su última voluntad: vaciar la vivienda y ponerla en venta.

La llave se resistió antes de girar. Cuando la cerradura cedió, Paula tuvo la absurda impresión de que la casa acababa de exhalar.

La casa olía a madera encerada, a jazmín y a esa mezcla de alcanfor que siempre impregnaba los placares de su madre. El viejo perchero seguía junto a la puerta. Del respaldo de una silla colgaba un chal tejido a mano y sobre la mesa de la cocina descansaba una taza con un resto de té reseco en el fondo.

Todo estaba exactamente donde debía estar, o eso creyó. Tomó la valija y subió lentamente la escalera. Cada peldaño crujía igual que en su infancia. Al abrir la puerta de su antiguo dormitorio sintió que el tiempo se había detenido. La colcha de flores seguía extendida sobre la cama, las cortinas color marfil dejaban pasar una luz tenue y el viejo escritorio permanecía junto a la ventana. Nada parecía haber cambiado.

Dejó caer torpemente la valija sobre la cama. El golpe hizo vibrar la mesa de luz y un libro cayó al piso.

Paula sonrió con nostalgia. Era un viejo ejemplar de Mujercitas. Su madre se lo había leído una y otra vez cuando era pequeña, hasta que aprendió a hacerlo sola. Lo recogió con cuidado y, por pura costumbre, abrió la primera página. La dedicatoria seguía allí, escrita con la prolija caligrafía de su madre.

"Para Paulina, con todo mi amor. Mamá. 17 de julio de 1978."

Paula sonrió apenas. Su madre era la única que la llamaba Paulina cuando quería mimarla. Para todos los demás, siempre había sido Paula.

Entonces reparó en la fecha y la sonrisa desapareció. Frunció el ceño y volvió a leerla. No podía ser.

Aquel libro había sido el regalo de sus seis años. Lo recordaba con absoluta claridad. Su madre se sentaba en el borde de la cama y le leía un capítulo cada noche, cambiando la voz de cada personaje hasta hacerla reír. Incluso recordaba el vestido celeste que había usado ese cumpleaños y la torta de chocolate que había preparado su abuela.

Sin embargo, la dedicatoria estaba fechada dos años antes. Permaneció inmóvil, con el libro abierto entre las manos. Negó lentamente con la cabeza.

—Debo estar confundiendo los recuerdos…

Cerró el libro con cuidado y volvió a dejarlo sobre la mesa de luz. Hacía horas que estaba despierta y el viaje había sido largo. Era lógico que el cansancio le estuviera jugando alguna mala pasada. Respiró hondo. No había regresado para revolver el pasado, sino para cumplir la última voluntad de su madre. Cuanto antes terminara de vaciar la casa, antes podría volver a su vida.

Bajó la escalera con la intención de preparar un café antes de comenzar. El silencio de la casa era tan profundo que el crujido de cada peldaño parecía amplificarse entre las paredes.

Recorrió la cocina con la mirada. Todo permanecía exactamente igual que en sus recuerdos: la alacena de madera, las cortinas a cuadros, la vieja radio sobre la heladera.

Sonrió con melancolía. Entonces sus ojos se detuvieron en una fotografía enmarcada. La tomó entre las manos. Era la foto del casamiento de sus padres; la había visto cientos de veces. Su madre llevaba el mismo vestido de encaje, el mismo ramo de azahares y la misma sonrisa nerviosa. Pero algo no encajaba. Su padre tenía bigote.

Paula sintió un leve cosquilleo en la nuca.

Observó la imagen durante varios segundos, como esperando que recuperara su aspecto habitual. No lo hizo. Su padre jamás había usado bigote. Era imposible que lo hubiera olvidado. Desde joven llevaba una cicatriz que le atravesaba el labio superior y siempre decía que dejarse crecer el bigote solo serviría para llamar la atención sobre ella.

Volvió a mirar la fotografía buscando la cicatriz. No estaba. Un escalofrío le recorrió la espalda.

—¿Qué está pasando...? —susurró.

Dejó la fotografía sobre la heladera con más brusquedad de la que hubiera querido.

Cerró los ojos unos segundos y se masajeó las sienes.

—Dormiste poco y acabas de enterrar a tu madre —se dijo en voz baja—. No empieces a inventar fantasmas.

Abrió la canilla y dejó correr el agua fría sobre las manos. El contacto la tranquilizó un poco. Preparó el café despacio, obligándose a concentrarse en cada movimiento: llenar la cafetera, medir el café, encender la hornalla.

Cuando el aroma comenzó a invadir la cocina, sintió que el nudo en el pecho aflojaba apenas.

Era absurdo. Una dedicatoria con una fecha equivocada y una fotografía distinta no significaban nada. Se sirvió una taza y salió al pequeño patio del fondo. El aire fresco le golpeó el rostro, despejándola. Levantó la vista buscando instintivamente el jacarandá.

Paula quedó inmóvil. El jacarandá no estaba. En su lugar se alzaba una araucaria gigantesca. Su copa sobresalía por encima del techo de la casa y sus ramas, rígidas y oscuras, proyectaban una sombra que cubría casi todo el patio. El café se derramó sobre el borde de la taza sin que ella advirtiera que le temblaban las manos.

Una araucaria de ese tamaño no crece en diecisiete años. Ni en cincuenta.

Volvió a mirar, esperando descubrir el viejo jacarandá detrás del tronco o en algún rincón del terreno. Ni un tronco cortado, ni un tocón, ni siquiera el círculo de tierra donde su padre lo había plantado el día de su nacimiento.

Cada primavera, cuando las flores violetas cubrían las ramas, su madre la hacía girar bajo la copa mientras cantaba, casi en un susurro:

"Una flor y otra flor celeste del jacarandá..."

Aquel era uno de los recuerdos más felices de su infancia. No podía habérselo inventado. Sintió un escalofrío. Por primera vez desde que había llegado, una idea comenzó a abrirse paso entre todas las explicaciones racionales que había intentado darse.

¿Y si el problema no era su memoria?

El pensamiento le provocó un nuevo estremecimiento.

El cansancio la venció de golpe. Entre el viaje, el velorio y las horas de tensión, sentía el cuerpo agotado. Subió lentamente a su antiguo dormitorio y se dejó caer sobre la cama sin siquiera quitarse los zapatos.

El sueño la envolvió casi de inmediato.

Tenía seis años.

Corría por el pasillo con un vestido celeste mientras abrazaba un ejemplar de Mujercitas. Desde el patio llegaba la voz de su madre tarareando la célebre melodía de María Elena Walsh, aunque Paula sabía que su preferida era la versión popular de Palito Ortega. La pelota de trapo rodó hasta una pequeña puerta de madera.

No recordaba haberla visto jamás. Estaba entreabierta. Del otro lado había otra habitación idéntica y una niña que tenía su misma edad. Llevaba el mismo vestido celeste y el mismo libro apretado contra el pecho.

Era ella. No alguien parecida.

Era como mirarse en un espejo.

Las dos permanecieron inmóviles, incapaces de apartar la vista una de la otra. Entonces escucharon dos voces.

—¡Paula! —llamó una mujer.

—¡Paulina! —llamó otra, desde el otro lado.

Las dos niñas sonrieron con timidez. Una levantó la mano. La otra hizo exactamente lo mismo. Las yemas de sus dedos apenas llegaron a rozarse. En ese instante la puerta comenzó a cerrarse.

Paula despertó sobresaltada. El corazón le golpeaba con fuerza contra el pecho.

No había sido un sueño. Era un recuerdo.

La puerta había existido. Siempre había existido, pero aquella tarde ninguna de las dos la había atravesado. Solo se habían encontrado.

Entonces comprendió. El cruce no había ocurrido en su infancia. Había ocurrido cuando regresó a la casa de su madre. Cuando la llave giró en la cerradura y creyó que la casa había exhalado.

Por eso la dedicatoria.

Por eso la fotografía.

Por eso la araucaria.

No era su memoria la que fallaba. Había cruzado a otro mundo sin darse cuenta cuando abrió la puerta de la casa.

Bajó la escalera casi corriendo. Abrió la puerta de calle y salió a la vereda. Respiró hondo. Miró las casas de enfrente, los árboles, el cielo gris del otoño. Se atrevió a rezar, aunque se consideraba agnóstica. Juntó algo de valor y volvió a entrar.

Nada cambió.

La araucaria seguía proyectando su sombra sobre el patio.

Corrió hasta el pasillo.

Buscó desesperadamente la pequeña puerta que había visto en el sueño.

No estaba. Solo encontró una pared lisa, apoyó la mano sobre ella y notó que estaba fría. Del otro lado no llegaba ningún sonido.

De repente, una epifanía la atravesó: la puerta solo se abría para quien aún no sabía que existía.

Las lágrimas comenzaron a correrle por las mejillas.

Afuera, el viento hizo crujir las ramas de la araucaria.

Muy lejos, casi como un eco, creyó escuchar la voz de su madre cantando:

"Una flor y otra flor…"

Paula cerró los ojos, rogando que esta vida no fuera tan diferente a la suya.

Sabía que jamás volvería a encontrar el camino de regreso. Del otro lado, alguien, casi idéntica a ella, debía de estar preguntándose de dónde había salido aquel viejo jacarandá.


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Ella

 Por Mandinga


Hoy volví del trabajo, como cada tarde, odiando mi existencia, mi rutina, mi ser. Abrí la puerta del departamento y allí estaba ella, mi fiel y única amiga, recostada sobre su cama acolchada de color gris, hecha una bola, completamente acurrucada. Me resultó extraño que no se lance al ataque con la euforia y excitación con la que acostumbra recibirme, pero decidí no darle importancia.

Fui a la cocina y puse la pava en el fuego. Uso fósforos, nunca me gustaron los encendedores. Tomé una taza de la alacena y vertí el contenido del sobre de sopa instantánea de zapallo, mi preferida, más, cuando llegaba cagado de frío y sin ganas de cocinar. Esperé junto a la pava mientras me calentaba un poco las manos con el calor que emanaba de la hornalla y una vez que el agua hirvió, llené la taza y me dirigí al comedor.

Ya en el sillón, encendí la televisión y me acomodé debajo de una manta, la misma con la que la tapo a ella las noches en que el frío se torna insoportable. No. Ni loco dejo que duerma en mi cama conmigo, solo a veces, la dejo que suba un rato si estoy leyendo un libro o trabajando desde la computadora, también la dejo que me lama un poco, le gusta y debo admitir que a mí también; suele acurrucarse entre mis piernas y allí se queda hasta que me canso de sentirla contra mí cuerpo, o simplemente porque me da calor ¡Cómo odio cuando me da calor! Me hace transpirar las bolas y debo admitir que eso me saca de quicio, así que la termino echando de la cama con fastidio, ojo, no le pego ni nada por el estilo, sería incapaz de lastimarla, tampoco soy un monstruo, pero sí la empujo para que entienda que ya no quiero tenerla a mi lado y ella, muy obediente, se aleja, da algunas vueltas por el comedor y va a parar a su cama acolchada de color gris.

En la tele estaban dando uno de esos reality shows, como cada día, cada tarde, cada noche, impregnando de grasa la pantalla, por suerte, fui hábil y mi pulgar presionó con velocidad la tecla correspondiente para un segundo después, estar en otro canal, el noticiero, no era mejor que el nefasto programa, pero por lo menos aparecía alguna que otra actualidad bizarra, pintada por una magistral pincelada de color político.

—Y vos, ¿qué mirás? —le dije en el momento en que noté que asomaba apenas la mirada sobre el lomo. Me di cuenta de que me estaba mirando con recelo, como si hubiera algo que le molestara.

Comencé a tildar mentalmente todas las cosas que hago por ella cada día.

o   Comida en la mañana, SÍ.

o   Salida al patio, SÍ.

o   Comida en la noche, aún no era la hora.

            Por una milésima de segundo, desvió su mirada hacia la puerta ventana que da al patio, fue casi imperceptible, pero me di cuenta. Lentamente, dejé la taza en la mesa ratona, retiré la manta que me cubría y me acerqué a ella, me agaché y comencé a acariciarla donde más le gusta, suavemente, con el amor que únicamente yo sé darle y ella, me lo agradeció con una sonrisa y, sin quererlo, otra vez sus ojitos color miel se desviaron hacia la puerta ventana que da al patio.

Esperé, como el león que aguarda a su presa.

Conté hasta diez y giré velozmente la cabeza para ver cómo esa rata inmunda se ocultaba detrás del muro, no era la primera vez que veía a ese desgraciado espiando, maldito enfermo, ni siquiera puedo pensar en las cosas que debe hacer mientras la espía y ella, tan inocente, tan vulnerable. Salí disparado como un cohete, abrí de un golpe la puerta de vidrio que resonó con furia, haciendo temblar el cristal y de un salto me trepé a la pared que divide mi departamento del de ese hijo de puta.

—¡¡ENFERMO!! —grité, con una mezcla de furia y decepción, al darme cuenta que ya no estaba allí —Rápido como la rata de mierda que sos —dije para mí mismo —¡Sé muy bien que estás ahí! —arremetí nuevamente— ¡Sé que me estas mirando, déjate de joder porque te voy a ir a buscar, forro, o mejor, si querés ver algo vení y tocame timbre que te espero con los brazos abiertos!

Me bajé ofuscado por la situación y me prometí llamar al herrero al día siguiente para cerrar todo el perímetro del patio. Me enfermaba la posibilidad de que ese tipo, ese enfermo hijo de puta, pueda haber saltado algún día mientras yo estaba trabajando y la haya tocado o quién sabe qué cosa. Me metí nuevamente y cerré con traba sin dejar de mirar para el lado del muro divisorio, sabiendo que ya no iba a aparecer nuevamente, por lo menos, por esta noche.

—Ya está, ya está, no tengas miedo que este tipo malo ya se fue, no te preocupes, mañana traigo a alguien para que cierre todo eso y compro unas cortinas de esas que no dejan ver nada para adentro, así que quedate tranquilita.

Me respondió con un lamento, casi un aullido que me dejó duro y me hizo pensar lo siguiente:

¿Estaba triste porque se sintió vulnerada o porque eché a ese fisgón?

Me sentí perturbado y nuevamente el pensamiento de que quizás ese loquito podría haber entrado y haberla tocado como sólo yo lo hago, hizo que me ponga rojo de la rabia.

Le pregunté si alguna vez había estado en contacto con él, esperando una respuesta que estaba seguro que no llegaría, tan solo agachó la cabeza y me miró de reojo, con las pupilas llenas de culpa, hecha una bolita, sin más ropas que la piel que la cubre. Estaba tiritando de frío.

—Bueno, bueno, tranquila, vos no tenés la culpa —traté de reconfortarla, mientras mis manos recorrían su cuerpo, como tanto le gusta a ella, como tanto me gusta a mí. Verla estirarse panza arriba, entregándose por completo a mis caricias, a mis juegos, me hace sonreír y por un momento, hace que se me erice la piel, el escalofrío recorre mi cuerpo y mis manos juegan con frenesí.

Le gusta.

A mí también.

Me paro y me encierro en el baño, no me gusta que ella vea lo que hago cuando me encuentro solo con mis manos. La escucho acercarse y quedarse parada junto a la puerta, mientras trato de contener mi respiración, que se agita cada vez más. Recuerdo que una vez, lo hice sentado en el sillón, bajo su mirada expectante y empezó a jadear, el pecho se le contraía y expandía con velocidad, me di cuenta de que le gustaba verme, lo estaba disfrutando y, debo admitir, eso me excitó aún más. Se acercó y comenzó a lamerme, la dejé, lo disfruté, hasta que apretó sus dientes, raspando contra mi carne y tuve que alejarla de un golpe a la vez que lo que guardaba en mi interior, explotaba como un geiser. Recuerdo que después de esa situación, me guardó miedo —o tal vez era rencor— por unos días, ni siquiera se acercaba a recibir las golosinas que le compraba en el chino. Esperaba que me vaya a dormir y recién ahí, se acercaba al plato de comida, la podía oír devorar con ansiedad para luego lamer el plato metálico, como si tratara de extraer el sabor que quedaba impregnado en su superficie. Eso sucedió cuando estaba aprendiendo, pero nunca lo volví a hacer frente a sus hermosos ojitos.

Dejé en la cocina la taza de sopa fría y me preparé un té, lo que acababa de pasar había acabado con mi apetito y necesitaba tranquilizarme un poco. Le serví la comida y me metí en la cama, deseaba que se acabe el día lo antes posible. Me costó dormirme, la cabeza me daba mil vueltas y mi agradable manía de sobrepensar absolutamente todo, hacía que tenga los ojos abiertos como dos huevos fritos. Eran más o menos las tres de la madrugada, cuando me pareció escuchar un sonido metálico en la puerta ventana del comedor. Paré la oreja y me dio pavor al sentir una voz que susurraba algo ininteligible. Me senté en la cama lentamente y apoyé los pies sobre el suelo helado de mosaicos. Sentí un escalofrío que hizo que se me erectaran los pelos del lomo, como electrificados, me erguí sobre mis piernas cansadas y sin hacer el más mínimo sonido, caminé descalzo hasta asomarme por la puerta del comedor para encontrarme con el enfermo de al lado acariciando su cuerpo desnudo, recorriéndolo con sus mugrosas manos, mientras sus libidinosas pupilas la admiraban llenos de lujuria y deseo carnal.

—¡¡HIJO DE PUTA!! —vociferé mientras me abalanzaba sobre él como un laúd de barro y rocas— ¡HIJO DE PUTA, ENFERMO! ¡TE VOY A MATAR!

Salté con furia sobre quién ahora era mi presa, comenzamos a forcejear en el suelo y, al sentir su pene erecto presionando contra mi ombligo, mi mente quedó completamente en penumbras, todo se oscureció. Segundos más tarde, sentí una sustancia gelatinosa escurrirse entre mis dedos, mientras mechones de pelos se enredaban y la calidez del flujo entibiaba mis rodillas.

PLAC PLAC PLAC PLAC PLAC PLAC

Mis brazos iban y venían como el martillo de los parques de diversiones. Para cuando la vista se me aclaró y volví a la realidad, debajo de mí se encontraba una masa deforme que alguna vez quiso ser un rostro humano.

Estaba en shock.

Mi mente trataba de comprender lo que acababa de suceder.

Miré a todos lados, buscándola.

Cuando mi cerebro tomó parcialmente el control de la situación, me volvió el alma al cuerpo al verla escondida detrás del sillón, completamente aterrada. Respiré y recién ahí, caí nuevamente en la realidad.

Estábamos los dos solos, como lo fue desde el principio, como debió haber sido siempre.

Se puso de pie, se acercó y me abrazó.

 

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lunes, 27 de julio de 2026

El moderno cambio social

 Por Oráculo de Delfos


El 23 de febrero de 2018, el Señor Amarillo, permitió el debate abierto sobre la interrupción al embarazo. Su objetivo oculto era desviar la atención de la población al inminente aumento del dólar previsto para ese año, empezando con un valor de 18 pesos y tocando el punto más alto en octubre con 42 pesos.

El color de los pañuelos dividió a las personas: estaban los de pañuelo celeste, los pro vida y los de pañuelo verde, los pro aborto.

Se puso en uso el lenguaje inclusivo, para quienes entendían la profundidad que significa esto para las personas que no se sienten representadas con el sexo que les fue asignado al nacer.

La ética de los pro vida fue muy cuestionada dando a entender que actúan solo cuando les conviene. Si bien, pretendían “salvar las dos vidas”, al momento de caminar en las calles, ignoraban a los indigentes que pedían ayuda.

El color del pañuelo pro aborto se puso en duda ya que el verde simboliza la vida, idea contraria al significado que le impuso el movimiento.

El cristianismo representó un obstáculo ante la demanda de las multitudes, por lo que fue creada un pañuelo naranja que impulsaba la separación del Estado y la iglesia.

Al ser un tema con mucha controversia, parece que la mayor parte de quienes estaban a favor, lo hacían porque estaba de moda. Llegaron a asociar erróneamente el aborto con ser feminista, cuando en realidad tiene un sentido mucho más profundo.

Era muy frecuente ver manifestantes de algún bando cortando calles en Capital.

Toda esta nueva perspectiva, le dio una manera diferente de ver la vida a Lucia, que fue criada con buenos valores, por lo que solía repudiar el modo en que la vestimenta y la música definían a la juventud. A pesar de tener dieciséis años, no se veía ni sentía propiamente de la edad. Cumplía con el uniforme escolar, aunque procuraba usar la pollera mas debajo de las rodillas. Intentaba suprimir de su dialecto los modismos de sus coetáneos. Repudiaba los géneros que imperaban en la actualidad: el trap y la cumbia. No le gustaba el modo en que se normalizaba el consumo de alcohol, drogas, vivir de fiesta y menospreciar a la mujer a tal punto de reducirla solamente a un objeto de placer. Se consideraba calzar perfectamente el estereotipo de la estudiante tranquila que nadie parece notar, a menos que necesitaran ayuda con la tarea.

 Ver a diario protestas de mujeres con escasa ropa y pintadas le llamó la atención. La sola palabra “Feminismo” despertó en ella una profunda curiosidad, entonces se puso a investigar su historia. Leyó durante horas en muchos sitios web, absorbiendo cuanto conocimiento podía. Para las dos de la madrugada sintió que tuvo suficiente y simplemente se dispuso a escuchar música en YouTube con auriculares. Sus géneros predilectos eran el folklore y el flamenco; gusto que nunca mencionaba por miedo a recibir burlas. Como la reproducción estaba en modo automático, le sorprendió escuchar un ritmo nuevo, al menos para ella. Vio la pantalla y notó un video clip viejo de una cantante que nunca le interesó. La vestimenta, maquillaje y estética del video le encantó. Se preguntó cómo era posible que nunca haya investigado los temas clásicos de Ariksha. Escuchó un par más antes de dormir. A la mañana siguiente decidió que era momento de hacer un cambio. Etsa vez, si algo le molestaba, lo haría saber. Comenzó poco a poco a participar más en las clases, levantando el interés por parte de los compañeros. Durante el recreo, solía sentarse en las escaleras mientras dibujaba. Pero decidió dejarlo, porque un pequeño cambio podría hacer la diferencia. En su lugar prefirió escuchar música con auriculares mientras veía los estudiantes caminar de un lado a otro.  En el fondo se sentía tonta. Nunca necesitó hacer algo para atraer la atención de otros. Tal vez seria una oportunidad temporal solo para ver si consigue algún resultado. Sumida en sus pensamientos, no se percató que dos compañeras se le acercaron y le hacían señas para que las escuche. Pausó su lista de reproducción y se dispuso a atenderlas.

 _ ¿Cómo estas, Luci? Escuchamos las respuestas que dabas durante las dos primeras asignaturas. Sos re inteligente. ¿por qué no hablabas antes? Tus respuestas pudieron salvarnos muchas veces. Como sea. ¿Querés venir con nosotras?

_Claro. No es que tenga algo importante qué hacer. _ Guardó su celu y las siguió. En los pocos minutos que quedaba del receso conversaron de un montón de temas. Le gustó haber hablado tranquilamente con sus compañeras sin necesidad de haber dado el primer paso.

Esa noche, en la cena, Lucia les comentaba a sus papás lo bien que le fue en clase. Ambos la felicitaron y la animaron a ser mas conversadora para conseguir amigos. Fue así que decidió desenvolverse más con sus compañeros. Al principio pedía prestado útiles, y de manera disimulada iniciaba una conversación banal. Tal vez una medida insignificante pero lo suficiente como para querer seguir la charla en el recreo y así conocer mas a los compañeros. Le tomó cerca de un mes para lograr conversar con la mayoría del curso. Ahora la invitaban a un paseo por el centro o iba a la casa de una amiga. Como resultado, debía maximizar sus técnicas de estudio ya que, en su tiempo libre, se la pasaba escribiendo por mensaje con su nuevo círculo. Aun así, en caso de escuchar algún comentario misógino, trataba de concientizar la mente de quien lo dijo, omitiendo el hecho que podría también tratarse de una simple broma. Entendió que no puede modificar un pensamiento ajeno ni ofenderse solo por un chiste. Entonces creyó necesario reprimir su personalidad moralista. Prefirió ser como los demás esperarían de una chica de su edad. Optó por imitar la vestimenta de sus compañeras, con la pollera corta. Claro que los papás lo notaron pero llegaron a la conclusión que quería captar la mirada de algún chico que le guste. Sus calificaciones seguían manteniéndose altas a pesar de su nueva vida social. Implementó el uso del maquillaje sobre su rostro por primera vez. De manera sutil al principio, escalando con el pasar del tiempo. Los estudiantes la encontraban más hermosa y no se dieron cuenta en qué momento pasó de ser la mas desapercibida a la más bella.

Se aproximaba la ultima etapa del año: los exámenes finales. Se reunió con compañeros en casa de un tercero donde daban lo mejor de cada uno para abordar cada tema visto. Estudiaron arduamente por dos semanas, logrando aprobar la mayoría de las materias los que estaban muy flojos; en cuanto al resto, no se llevaron ninguna materia a diciembre. El año concluyó con el tedioso acto escolar, con la diferencia que Lucia portaba la bandera nacional, consiguiendo vítores y silbidos por parte de su curso.

Al finalizar el acto, sus amigas la invitaron a un boliche juvenil para menores que era seguro. Se mantuvo dubitativa por un largo minuto y como respuesta dijo que pediría permiso a sus papás. En casa trató de convencerlos. Le tomó como cinco minutos, pero lo logró bajo la condición de que el papá esperaría a la salida. Estuvo contenta y les confirmó a sus compañeros que iría. Lo pensó bien y notó que accedió ir solo porque lo sugirieron. En realidad, no sabía bailar y no tendría tiempo para aprender en un par de horas. Simplemente se vistió de una manera muy llamativa, nunca antes hecho y fue al evento nocturno. Su padre la esperaría en el auto en caso de alguna emergencia, dejándola que se divierta cómodamente. Mostró su documento y el patovica le permitió el acceso. Era un mundo diferente al que estaba acostumbrada. La indumentaria consistía en faldas cortas, vestidos, camisas y chupines, tacones y zapatillas de calidad. El antro estaba iluminado por hilos de luz y bolas colgantes que disparaban patrones luminosos. El volumen de la música era muy alto y debieron tocar su hombro para que note que sus amigas la llamaban desde que entró. La llevaron al sector de las mesas donde estaban casi todos los de su curso. Le ofrecieron asiento y un trago de fernet. Es evidente que no bebía. Se le notó en la mueca que puso al probar apenas un sorbo, pues le resultó mas amargo que la realidad. Provocó risas por parte de los demás presentes y le ofrecieron Gancia con Sprite. Era tan dulce que se le olvido que se trataba de alcohol. Un compañero la invitó a la pista de baile, obteniendo negativas ya que no sabia bailar, por lo que le prometió enseñarle en el momento. Accedió y trató de imitar sus pasos. Muy ridículos al principio pero logró sincronizarlos al cabo de unos minutos. Los demás que observaban fascinados desde la mesa, se unieron a ellos, ya sea que estén en pareja o no, todos bailaban obedeciendo los compases que sonaban en los parlantes.

 Lucia por primera vez se sentía viva. Contenta de haber socializado con sus compañeros, de fortalecer la cercanía y que logren invitarla a un evento el cual no se hubiera imaginado en su vida disfrutar. Sin embargo, ahí estaba, gozando el momento con amigos y compañeros. Y siguieron danzando hasta el cierre del local a las seis de la mañana. Se despidió de cada uno y corrió emocionada hacia donde su padre tenia estacionado el auto. Golpeó la ventanilla para despertarlo. Una vez dentro, le contó de principio a fin cómo le había ido, omitiendo el hecho de haber consumido alcohol. Apenas llegó a casa, se echó a dormir hasta pasada la una de la tarde. En el grupo del salón agradeció a todos por haberla invitado. Salió la propuesta de ir a bailar cada fin de semana ya que eran las vacaciones. Todos estuvieron de acuerdo, salvo Luci, que debía pedir permiso. Convencerlos no fue difícil. Estaban alegres de que su hija pueda disfrutar de su juventud. Además, finalizó el curso con sobresalientes calificaciones, así que merecía una recompensa durante las vacaciones. Su petición obtuvo luz verde. Como resultado, cada viernes por la noche iba a bailar con sus compañeros. Mejoraba cada vez que lo hacía y hasta solía bailar con algún que otro desconocido si es que tenían valor de invitarla. Se le ocurrió la idea de vestirse con combinaciones de colores vivos, hasta teñirse el pelo si lo creía necesario, ya que los padres le daban permiso. Al hacerlo, sentía como captaba la mirada de quienes asistían al boliche. Ya sea por envidia, deseo, curiosidad o admiración, le gustaba ser el centro de atención.

En una ocasión quiso ir sola. No solamente ingresar con sus compañeros, sino que no quería que su padre la espere. Su idea consistía en salir un miércoles. Su vestimenta se basaba en el videoclip de aquella cantante pop: una camisa blanca, corbata negra, falda negra, medias de red, tacones negros, la cara perfectamente maquillada, y por último pero no menos importante, el pelo color violeta, que se lo tiñó un par de dias antes.

El plan era sencillo: escapar por la ventana de la pieza a media noche, bailar hasta las seis de la mañana y volver en Uber bajándose una cuadra antes para no alertar a sus padres. Se escabulliría de nuevo por la ventana y nadie sabría lo que habría hecho por la noche.

Ahora sí, todos se fijarían en ella. Con ese atuendo se sentía muy empoderada. Faltaban dos cuadras para llegar al antro. El lugar estaba muy oscuro y vacío. Pero no tenia miedo, porque no hay probabilidad de que le pase nada en lo que se convertiría su gran noche.

 

“A veces, salgo a caminar por el bosque. Me gusta el silencio. Es donde puedo pensar mejor. Hay deseos que son difíciles de saciar. Por eso es que prefiero la compañía muda de la Luna. No me juzga. Solo observa sin decir nada. No pude haber elegido una mejor compañera para mis búsquedas. Esta noche hubo algo novedoso en mi rutina. Una hermosa flor, específicamente una jacinto. La intensidad de su violeta me deslumbró. Esta flor debía ser mía.  Me acerqué en silencio. La acaricié, olí su dulce néctar. La extraje de la tierra. Palpé sus finas raíces. Deshojé sus bellos pétalos uno a uno lentamente. En mis manos, su tallo se quedó sin clorofila. Ya estaba hecho. Un nuevo espécimen para mi colección. Nadie notará que falta una flor. Hay millones en el bosque. Y miles que aún están por brotar.  Guardo cada resto en un sobre y lo sello. Acomodo la tierra y el pasto de donde la saqué. Me dirijo a casa y abro una nueva entrada en mi diario de flores. Dedicarme a registrar casos únicos en la botánica hace la vida mas interesante. Me pregunto cuándo será la próxima vez que tenga una bella flor como la que tuve hoy.”


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martes, 14 de julio de 2026

Argentum

 Por Parabellum


El ejército avanzaba con la lentitud de quien desafía la montaña. La nieve castigaba los rostros, el viento cortaba la respiración y los cascos de las mulas se hundían en senderos que parecían trazados por gigantes. Nadie hablaba más de lo necesario. Cada hombre reservaba sus fuerzas para el siguiente paso.

El general José de San Martín conocía de memoria las penurias del Cruce de los Andes. Había previsto el frío, la altura, el hambre y el cansancio. Incluso la posibilidad de perder soldados antes de enfrentar al enemigo.

Pero no aquello.

La primera desaparición ocurrió durante una noche de luna llena. Un centinela abandonó su puesto para investigar un aullido que descendía desde las laderas. Al amanecer solo encontraron su fusil, un reguero de sangre sobre la nieve y unas huellas enormes que se internaban entre las rocas.

Nadie quiso decirlo en voz alta. Los baqueanos se persignaban al caer la tarde. Los arrieros murmuraban antiguas historias aprendidas de los pueblos cordilleranos. Hablaban de una criatura que caminaba erguida como un hombre, pero cazaba como una bestia. Decían que aparecía únicamente cuando la luna iluminaba las cumbres. Los oficiales atribuyeron las muertes a un puma. Los soldados sabían que un puma no dejaba huellas con forma de manos.

Cuando un segundo hombre desapareció a la noche siguiente, el rumor terminó por llegar al campamento del general.

San Martín escuchó el informe sin interrumpir al capitán. Permaneció en silencio unos segundos, observando las montañas que comenzaban a teñirse de azul bajo la luz del atardecer.

—Esta noche saldré yo.

El capitán creyó haber oído mal.

—Mi general... ¿usted?

San Martín tomó su sable, acomodó el poncho sobre los hombros y respondió con una serenidad que heló más que el viento de la cordillera.

—Si hay una bestia acechando a mis hombres, será mejor que me encuentre a mí primero.

El capitán intentó insistir, pero San Martín ya había salido de la tienda. Tomó su sable, una pistola de chispa y una linterna de aceite. Solo pidió que nadie lo siguiera.

La luna llena iluminaba la nieve con un resplandor fantasmal. El silencio era tan profundo que el crujido de sus botas sobre el hielo parecía un disparo. Caminó durante casi una hora siguiendo las huellas encontradas esa mañana. No eran las de un animal ni las de un hombre. Eran una mezcla imposible de ambas.

De pronto, un aullido desgarró la noche. Provenía de un bosque de lengas, unos metros más arriba. San Martín desenvainó el sable y avanzó sin vacilar.

Entre los árboles distinguió una figura enorme. Caminaba erguida, cubierta de un pelaje oscuro que se confundía con la sombra. Sus ojos amarillos brillaban como brasas bajo la luna llena.

La criatura también lo había visto. Durante unos segundos, ninguno de los dos se movió. La bestia rugió y cayó sobre él con la violencia de un alud. San Martín rodó por la nieve y apenas alcanzó a interponer el sable entre las fauces abiertas. El acero vibró bajo el peso del monstruo.

Aprovechando un instante de desequilibrio, giró sobre el talón izquierdo, esquivó una nueva embestida y, con un movimiento ascendente aprendido tras años de campaña, hundió el sable bajo el pecho de la criatura.

La hoja atravesó carne, hueso y corazón. Un alarido inhumano estremeció la cordillera. La fiera retrocedió tambaleándose. Sus ojos amarillos se clavaron en los del general con una mezcla de odio y sorpresa. Dio dos pasos vacilantes, perdió el equilibrio al borde del precipicio y desapareció en la oscuridad del barranco.

El eco de la caída tardó varios segundos en apagarse.

San Martín permaneció inmóvil, con la respiración agitada y el sable aún extendido. Había visto morir a muchos hombres. Ninguno podía sobrevivir a una herida semejante. Limpió la hoja en la nieve y emprendió el regreso al campamento convencido de que el peligro había terminado.

Al amanecer, un grito desgarró el campamento.

Un centinela yacía muerto a pocos metros de su puesto. El cuerpo presentaba las mismas heridas que las víctimas anteriores.

San Martín observó las enormes huellas marcadas sobre la nieve y sintió un escalofrío que nada tenía que ver con el frío de la montaña.

Él mismo había atravesado el corazón de aquella criatura, sin embargo, seguía viva. Escuchó el informe del nuevo ataque sin decir una palabra. Cuando terminó, pidió que llamaran al capellán.

El sacerdote observó las huellas dibujadas sobre un cuero y escuchó el relato del combate.

—¿Dice usted que le atravesó el corazón?

—Con mi propio sable, padre.

El capellán bajó la mirada. Permaneció unos instantes en silencio antes de responder.

—Entonces no era un hombre.

San Martín frunció el ceño.

—Explíquese.

—En Europa conocí relatos semejantes. Los llamaban licántropos... hombres lobo. Criaturas condenadas que no pueden morir por el hierro ni por el plomo.

—¿Y cómo se las mata? —preguntó don José. Le resultaba difícil aceptar la existencia de semejante criatura. Sin embargo, él era católico, creía en el misterio de la transubstanciación. No podía simplemente descartar que hubiera otros secretos entre el cielo y la tierra.

El sacerdote levantó la vista.

—Con plata. Argentum, en latín.

—Argentum... —repitió San Martín.

—El mismo metal que dio nombre al Río de la Plata. Dicen que la plata purifica aquello que la oscuridad corrompe.

Don José se acercó al herrero y explicó lo que quería:

—¿Cuánta plata necesitaremos? —le preguntó.

—La suficiente para recubrir el filo de un sable —respondió el herrero.

En pocos minutos comenzaron a aparecer monedas, medallas, rosarios, anillos y pequeñas reliquias de plata. Nadie preguntó si volverían a recuperarlas, a pesar de que la mayoría tenía gran valor sentimental. Aquella noche, cada hombre entregó una parte de sí para salvar a todos.

El herrero retiró el sable de la fragua portátil con unas tenazas. La hoja irradiaba un fulgor distinto. Ya no era el brillo del acero, sino el resplandor blanquecino de la plata fundida, parecía que la misma luna habitaba en él.

San Martín lo tomó entre sus manos y comprobó su equilibrio. El peso apenas había cambiado. El capellán terminó de bendecirlo. Luego lo enfundó lentamente y levantó la vista hacia el cielo.

La luna llena acababa de asomar detrás de las montañas.

—Que nadie me siga —ordenó.

Ningún hombre discutió la orden.

El general se internó solo entre las rocas. La nieve amortiguaba sus pasos y el viento formaba remolinos blancos que ocultaban el sendero. A cada instante tenía la sensación de que alguien lo observaba.

Entonces escuchó el aullido. Esta vez no sonó lejano. Sonó detrás de él.

San Martín giró justo a tiempo para bloquear el zarpazo. Las garras chocaron contra el sable y las chispas iluminaron la noche. La fuerza del impacto lo lanzó varios metros cuesta abajo.

La criatura era aún más imponente que la noche anterior. La herida que le había atravesado el pecho seguía abierta, pero no sangraba. Bajo la luz de la luna parecía una herida condenada a no cerrar jamás.

El hombre lobo sonrió mostrando los colmillos.

—Aprendes rápido, general...

No era un rugido. Era una voz humana deformada por la maldición.

La bestia volvió a atacar.

San Martín esquivó la primera embestida, pero la segunda lo alcanzó de lleno. Las garras desgarraron su uniforme y le abrieron un profundo corte en el hombro. El sable escapó de su mano lejos de su alcance.

El monstruo avanzó lentamente.

—Has peleado con ejércitos... pero nunca contra la noche.

San Martín retrocedió hasta sentir el vacío del precipicio detrás de sus botas. No tenía salida.

El hombre lobo saltó para rematarlo. En el último instante, San Martín se dejó caer de rodillas y sintió el aire que desplazaban la garras al pasar sobre su cabeza. Rodó por la nieve, aferró el sable con ambas manos y, antes de que el monstruo pudiera girarse, lanzó un certero tajo ascendente. El filo cubierto de plata atravesó nuevamente el pecho de la bestia.

Esta vez el alarido fue distinto. No era de furia, era de dolor.

Una luz plateada comenzó a extenderse por todo su cuerpo. El pelaje se desprendía como ceniza arrastrada por el viento. Poco a poco, el monstruo recuperó la forma humana.

Antes de morir, levantó la vista hacia San Martín.

—Gracias...

Fue la única palabra que alcanzó a pronunciar.

Poco después, San Martín regresó al campamento. Caminaba con dificultad. El uniforme estaba desgarrado y el hombro sangraba bajo el poncho. En su mano derecha sostenía el sable, cuyo filo aún conservaba un tenue resplandor plateado.

Ningún soldado preguntó qué había ocurrido. Bastó ver que el general volvía solo.

El capellán se acercó, observó el arma y esbozó una leve sonrisa.

—Hoy fue el argentum el que venció.

San Martín negó con la cabeza mientras devolvía el sable a la vaina.

—No, padre. Fue la unión de estos hombres la que venció. Ninguno dudó en desprenderse de lo poco que tenía para salvar a los demás. Sin ese sacrificio, este sable no habría sido más que un pedazo de acero.

El sacerdote contempló a los soldados, que comenzaban a preparar la marcha como si nada hubiera ocurrido. Luego levantó la vista hacia las montañas y dijo en voz baja:

—Argentum... Plata. Quizá sea una señal. Tal vez algún día estas tierras sean conocidas por ese nombre, para recordar que no fue el metal, sino la unión de su gente, la que venció a la oscuridad.

San Martín guardó silencio. Ajustó el sable al cinto y montó su caballo.

—En marcha. Aún queda un continente por liberar.

El Ejército de los Andes reanudó el cruce mientras el primer rayo de sol borraba las últimas huellas de la bestia sobre la nieve.


Consigna: Escribí un relato basado en la portada del libro de Federico Monzón.

San Martin Cazador de hombres lobo

Por Oráculo de Delfos


Año 1812

. La sociedad estaba pasando por muchos momentos turbulentos, aunque la vida seguía igual. Vendedores ambulantes anunciaban a gritos sus productos, los esclavos inundaban las calles haciendo mandados para sus amos y las carrozas levantaban lúgubres polvaredas.

La noticia que preocupaba a la gente, se trataba de la aparición de cadáveres en puntos poco transitados. Lo que tenían en común estas victimas eran cortes profundos que solo una bestia enorme podría provocar. Nadie entendía cómo era posible ya que solo perros y gatos caminaban sueltos.

El Primer Triunvirato, que apenas llevaba unos meses de ser creado, no proporcionaba la seguridad que los habitantes esperaban. Mas aun, su modo de gobernar mostraba contradicciones a las bases sobre la que se fundó. La Intendencia General de Policía, creada por el Primer Triunvirato, debió incrementar la cantidad de vigilantes para mantener la seguridad. A pesar de esta medida, el numero de cuerpos encontrados no menguó, mas bien aumentó.

El miedo social impulsó a los propios militares a montar guardia tanto de día como de noche. Los primeros dias, parecía que la paz se había restaurado, entonces aparecieron los cadáveres de algunos soldados. Aunque estaban aterrados, debían mantener sus puestos para que la fe de las personas no desate el caos en la vida diaria. 

Pudieron respirar temporalmente cuando San Martín arribó a Buenos Aires junto con 17 militares de Estados Unidos. Apenas terminaron de instalarse, fueron informados del terror que acechaba en las calles. Analizando la situación, idearon un plan apara intentar capturar a la bestia. Esa misma noche un hombre con pasos torpes y olor a alcohol barato caminaba a su casa. La zona estaba muy tranquilla. Faltaba poco para llegar a su hogar. Se oyó un ruido, pero no vio nada al voltear. Creyó que era su imaginación. Siguió su camino. Esta vez escuchó pasos demasiados pesados como para tratarse de una persona. Al voltear se volvió a encontrar con un panorama solitario. Esta vez, cuando fijó su mirada al frente, chocó con un muro esponjado y cayó al suelo Los muros no son así. Quiso ver lo que era ese objeto y quedó helado de la impresión. No se trataba de una persona ni de un perro. Era enorme, casi dos metros o más. Se lo escuchaba gruñir y abrir alas garras que tenia por dedos. Esta criatura levantó un brazo al cielo con intención de matarlo, pero cayó de inmediato a su lateral. Un disparo le dio en la muñeca. La vigilancia nocturna brindaba frutos por fin. Varios militares que rondaban la zona se dirigieron a toda velocidad para reducir a la bestia. Una vez atado, lo llevaron a una casa cercana donde estuvieron haciendo los análisis más modernos que podían. Llegaron a la conclusuion de que se trataba de un lobo. Un hombre lobo. Incluso podía hablar. Apenas podían entender porque hablaba en inglés. Recurrieron a un traductor para facilitarles la comunicación.

_Malditos argentinos. Se supone que no tendría que pasar esto. Me esforcé mucho para no ser descubierto. ¿Cómo fue que me atraparon? _ repitió en español el colaborador.

_Muy fácil. Aquel hombre que pensabas atacar, em realidad no estaba ebrio. Simplemente se empapó la camisa con cerveza y fingió caminar mal. Llegué a la conclusión que, en su mayoría, las victimas estaban solas o regresaban muy tarde a casa despumes de beber. Entonces el olor atraería al depredador. Así que ya sabemos cómo acabar con esta maldita peste.

El hombre lobo dio lo más parecido a un discurso, seguido del traductor.

No creo que sea posible. Somos miles y ya estamos infiltrados en toda la provincia. Nuestro objetivo principal es disminuir la población matando a los hombres para que nos sea más fácil invadir el territorio. En Inglaterra se descubrió un conjuro de invocación al animal oscuro que llevamos dentro. Hobbes ya lo dijo. “el hombre es el lobo para el hombre”. Todos los que invocaron a su lobo interior debieron entregar a cambio el alma. Pero eso valió totalmente la pena. Cada noche solo tenemos tres horas para convertirnos en hombre lobo a voluntad. Intentamos invadirlos 2 veces. Y ambas fallamos. Pero esta ocasión hay el doble de hombres de los que hubo en la segunda invasión. Aproximadamente veinticinco mil hombres dispuestos a matar a mansalva para expandir el imperio inglés. Aunque me maten, no harán ningún daño porque mientras están perdiendo el tiempo teniéndome retenido, todos mis aliados están acabando con la vida de los estúpidos argentinos. La señal para dar inicio al plan era el simple secuestro de uno de nosotros. Ya me tienen así que fueron notificados y optaron por la medida drástica. _ el traductor terminó de repetir todo pálido y empapado de sudor frío. Empezaron a oírse gritos en todas direcciones de la calle. Gente corriendo, carrozas chocando y rugidos. Quienes estaban en la casa empezaron a preparar sus armas: bayonetas, escopetas y espadas, aunque solo los más osados la usarían. _

Inesperadamente se desató una batalla campal entre los lobos ingleses y el pueblo argentino. Las personas se defendían como podían. Los que las tenían fácil eran los policías y los militares. Los civiles se defendían como podía, con herramientas de trabajo o armas que se encontraban en la calle o robadas de los cadáveres de sus dueños.  Usaron métodos de defensa desesperados ya que no habría tiempo esta vez para hervir agua. Las piedras no serían de mucha ayuda. Solo personas de alta sociedad se protegían echándole perfume a la cara de las bestias. Como los lobos son parientes de los perros, podrían perder el sentido de la orientación. Aprovechaban la confusión para golpearlos con atizadores o incendiar su pelaje.

San Martin hacía cuanto podía para acabar con esas criaturas empuñando su espada, mientras su retaguardia estaba siendo protegida por 5 soldados que se ofrecieron para brindar apoyo hasta acabar con el mal o hasta la muerte.  Lo que pase primero.

La escena era la misma en cualquier lugar que pasaban. Cuerpos desparramados tanto de humanos como de hombres lobo. La sangre bañaba las calles. Los gritos se seguían escuchando a la distancia. Iban reabasteciéndose con armas que encontraban y si tenían suerte, podían tomar agua en alguna casa, total no habría nadie vivo. Ya no sabían que hacer. Realmente no estaban preparados para una situación así.

Continuaron adelante, matando cuanto hombre lobo podían. El problema es que no contaban conque la munición se reducía con cada encuentro. Los seis hombres terminaron con una espada en cada mano, aunque llevaban el arma en caso de que la suerte les sonría con balas.

Sin darse cuenta, terminaron rodeados por el enemigo. Un soldado vomitó. Otro se orinó. Uno no soportó el miedo y se clavó la espada en el estómago. Solo quedaron cinco hombres, que lucharon hasta el final. A duras penas lograron herir un par de brazos y piernas. Esta voz los asesinados fueron ellos. Excepto San Martin, que lo ataron y lo llevaron con un inglés en forma de humano que también era bilingüe.

_A estas alturas, todo Buenos Aires habrá caído. Mañana vamos a continuar con Córdoba. Y así sucesivamente una provincia por noche hasta que todo este país esté bajo el dominio inglés. Una vez cumplido nuestro objetivo, podremos invadir Francia, y luego continuar con los países vecinos de Argentina. _ dijo el lobo mientras se rascaba una oreja.

_ ¡No veo necesidad de mantenerme con vida! ¿Por qué motivo no me mataron todavía? _ Gritó el general intentando forcejear sus ataduras.

_No te gastes en escapar. Están bien sujetas. Si no te matamos todavía es por la influencia que representas en muchos países. Te reconocen como uno de los mejores soldados de la época. así que vas a trabajar para nosotros forjando alianzas para y fortalecer la ayuda en Latinoamérica. Te vamos a tratar incluso mejor de lo que te trataban acá. Es una oferta que no se puede rechazar. Y además, si te interesa, también podrías invocar tu lobo interior para divertirte a tu manera. _ apunta su corazón con una garra en forma de amenaza. _ O podrías negarte y te matamos ahora mismo.

_Prefiero morir antes que ser un sirviente mas para los ingleses.

_ Excelente elección. _ Con las garras desfigura de un zarpazo el rostro de San Martín.

Tiempo después, no quedó ningún argentino. Se fue poblando de ingleses que venían en barcos. Argentina se convirtió en una colonia más. Y no hay quien sepa el secreto sobrenatural que usaron para consumar la tercera invasión inglesa.

 De lo que les tocaría preocuparse ahora es sobre cómo podrían atacar Francia. Napoleon es un líder militar invencible, aunque como cada humano seguro tiene una debilidad. No importa. Usarán el mismo método de convertirse en hombres lobo y obtener poco a poco el territorio del gran rival.


Escribí un relato basado en la portada del libro de Federico Monzon.