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sábado, 6 de junio de 2015

SINFÍN ESTELAR


Por Diego Enrique Hernández.


   Luego de cruzar el interminable agujero de gusano, creyó quedarse ciego por unos segundos, cuando de pronto experimentó a través de su ventana del alma, aquella aberración cromática que flotaba en los confines más profundos de la cuarta vertical.

   Había cruzado cuatro galaxias a lo largo de cuarenta años, y todo ¿para qué? Acaso la inversión de veinte años de su vida estudiando cosmología, calculando la curvatura del espacio y huyendo del canibalismo galáctico, había sido vasto para encerrar su vida en una solitaria nave, perdida en el gran mapa heliocéntrico.

   En su tesis, quiso demostrar aquel sonido misterioso que danzaba sobre el mar de estrellas, ese sonido que ningún otro ser había podido demostrar. En las primeras lunaciones de su viaje, presenció todo lo que quiso saber acerca del universo y sus rincones. Sin embargo diez mil millones de años luz lo distanciaban de la tierra y el regreso aseguraba primero la muerte, a menos que, encerrara su cuerpo en una cápsula vital, aunque ello supusiera un viaje ciego; sin motivo aparente, lanzando toda su relativa existencia a un agujero negro.

   Jo aún tenía suficiente comida espacial para sobrevivir un par de años más, sin embargo quería apostar todo y morir conociendo el motivo de aquel sonido monótono que lo arrullaba bajo las estrellas cuando era un ser terrestre. Ahora pertenecía al universo, hijo de la nova y testigo de las nebulosas de todas formas y colores. Comprendía el paralaje estelar de cualquier distancia corta, empero, no podía declararse el único rey del universo hasta develar el secreto sonoro que había despertado su interés y su razón de vivir sobre el universo. Cuando era un niño, en la medianoche despertaba bajo el esplendor de la luna, pendiente del ruido que le ponía la piel de gallina. Formando deseos, sueños y un miedo inexplicable que algún día comprendería.

   Ya no tenía contacto alguno con otro humano, sus recursos se limitaban a unas cuantas provisiones alimenticias y una recámara repleta de tanques de propelente. En el caso de que presenciara el origen del extraño sonido, sería como observar un atardecer disfrutando el momento y no preocuparse por encuadrar la escena en un cuadro digital de alguna cámara fotográfica. Así pues, Jo vivía como un cazador furtivo, aunque no conociera su presa. Pasaba horas en estado de alerta, sentado frente a la ventana principal de la nave espacial, dejando crecer aquella barba espesa y grisácea.

   Ahí estaba, frente la singularidad de los torbellinos intergalácticos, superando la velocidad de escape que le exigía ponerse de pie ante explosiones cercanas. Su cuerpo viejo, casi inerte, capaz únicamente de prender y apagar el piloto automático mediante comandos de voz. Alguna ocasión, cuando Jo pisó la tierra por ultima vez; creyó amar la soledad y enfrentar el silencio con exquisito placer, pero ahora, veía las cosas infernalmente distintas. Amaba aquel infinito lugar, pero su mente inventaba voces y conversaciones alimentando du patológica soledad.

   Jo sabía que pronto vendría algo bueno, aunque la muerte se atravesara de manera simultánea al tiempo de que su misterio quedara resuelto. Vivió su vida creyendo que vidas paralelas existían a la vuelta de la vía láctea. Peor aún, creyó que podría colonizar un nuevo planeta y mezclar su raza con seres superiores al ser humano. Dejó de creer en que la humanidad llegaría a ser un pensamiento unificado, que la violencia tendría fin y La Paz llegaría a existir en su totalidad en la tierra.

Se sentía hastiado de guerras. En ese instante más que nunca, comprendió en la infinidad de la maldad humana. También comprendió que de cambiar en nuestro pensamiento de las cosas cotidianas, todo sería terriblemente inacabable. Por ejemplo, en unos años su comida se acabaría, sin embargo, su concepto del alimento cambiaría, y lo que en ese entonces era una bolsa de puré de papa y chicharrón compacto; mañana sería un trozo de traje espacial, o en casos extremos, su mismo cuerpo en el caso de que la autodestrucción se apoderara de su mente.

   Alguna vez, mientras existía conciencia, Jo quiso cambiar al mundo y convertirse en un excelente ser humano que resolveros los misterios del universo, pero ahora era nadie.
   El tiempo dejó de existir en aquella nave espacial y la búsqueda de un extraño sonido lo acompañó junto a su lecho de muerte mientras la supernova absorbía su entorno.

   Encaró la muerte y en ese instante quiso abrazar a la hija que nunca tuvo, introducir su mano entre un costal de frijol recién cortado y hacer el amor todos los días. Jo comprendió que la felicidad no era tener lo que se deseaba, sino explorar nuevas posibilidades sobre aquello que no sabemos que no sabemos. Reemplazó momentáneamente la felicidad de ese sonido que emitía la gran explosión por verdaderas reflexiones sobre las cosas que sabía que no sabía. Como la posibilidad de amar a su familia pese a que lo habían abandonado en su infancia, sonreír en la calle a la gente que en algún momento creyó intelectualmente inferior que él, amar a los animales y naturaleza por ser parte de su entorno.

   Jo sonrío y sus lágrimas rodaron al cenit por la gravedad, abrazó su muerte junto a aquellas cosas que comprendió segundos antes de morir y descansó su muerte creyendo esperanzado en una vida post-mortem. Dejó de ser un científico y adoptó finalmente el don de convertirse en un ser humano, deseando con toda su alma que existiera una nueva vida para reponer todo el tiempo perdido.

   Ahora Jo era un sonido despedido de una galaxia destruída. Un susurro a medianoche, un sonido que tocaba la ventana a otro ser con miedo. Una nueva esperanza resurgía en la tierra, unas cuantas galaxias aún quedaban y cien mil millones de habitantes que despertarían en la madrugada con el terror incomprensible de hacer algo de su pobre e inútil vida. 

jueves, 8 de enero de 2015

6º Especial de Sábados de Brutos Escritores



Ella va a despertar
Por Daniel Echeverria.

Según los pitagóricos, los planetas emiten un sonido al recorrer sus órbitas, pero nadie puede escucharlo porque estamos acostumbrados a él.
Con la vida ocurre algo similar: despertarse cada mañana demanda acciones que, por estar acostumbrados, tampoco registramos.
Podría decirse que vivimos de manera automática, en una sucesión de imágenes reflejadas por un espejo. O que la única conciencia es la de la muerte.
Lo que sigue son palabras que no escribí.
-Veo mi cuerpo sobre la cama. Mi cara es la de un hombre que duerme en paz. Desde afuera siento la cesación de todo esfuerzo.
Una mujer duerme junto a mi cuerpo. Ella también tiene una expresión de paz, pero sus ojos se mueven. Debe estar soñando, hay vida trascurriendo frente a sus ojos.


[Sin título]
Por Enrique Hernández Negrete.

Era su segunda vez en locutorios. Ser el abogado de su prima le valió para poder realizar dos visitas: una familiar y otra de oficio. Sin embargo ella seguía en silencio, con la mirada perdida. No había dicho una sola palabra después de que la policía hallara a sus tres hijas degolladas.
Justo cuando estaba a punto de irse, ella emitió un extraño sonido desde el pecho y al volver la vista le dirigió una macabra sonrisa, su cara había cambiado de aspecto, lucía unas bolsas por debajo de los ojos, sus encías estaban hinchadas y sus ojos estaban inyectados en sangre.
—Vendrá por tu hijo esa noche— dijo ella. Sin saber que contestar Arturo tropezó con la silla, un frío recorrió su espalda y le dijo "Lo siento, no podré hacer nada por ti".
El guardia corrió la puerta de acceso a la zona de visitas y desde el fondo del pasillo estalló una risa demencial que resonó en todos los rincones del centro.


[Sin título]
Por Karytha Bravo Palma.

Cuando entró a ese museo nunca imaginó qué pasaría, solo quería estar con más gente, estaba aburrida de estar sola. Por lo que cuando vio a esa niña era lógico también que quisiera seguirla... Y una vez que la siguió ¿quien podría resistirse a la oportunidad de volver a sentir?... Ella no era santa, nunca lo fue y ahora no iba a empezar, por lo que sin contemplaciones se introdujo en el cuerpo de la niña de siete años que miraba todo con asombro. Ella solo queria volver a sentir. Y una vez que sintió no quiso salir... Era algo natural, ¿quien la puede culpar? era obvio que ella mataría el alma de la niña para quedarse con ese cuerpo y es por eso que ella ve en los reflejos su verdadero rostro.... Solo ella se ve... aún así sigue sintiendose sola, lo mejor quizás sería está vez morir acompañada.



Mamá
Por Federico Domenella.

Resignada, me limité a caminar por la desolada plazoleta que acompaña la soledad de mis días. De repente
oía música, y a mí alrededor descubrí antigüedades, artistas callejeros e instrumentos de madera vieja. Seguí rumbo. No dejaba de pensar en mamá. Desde la noche en que entraron a casa, hace ocho años, y la mataron por una simple vajilla de plata, mi mente se enroscó en un nudo tenso de ira, desesperación y venganza. Arribé al puesto más lujoso. Me tomé un respiro y observé la mercancía detrás de un entretejido. Me estremecí… allí estaba. Como un espejo, la vajilla donde mi madre solía llevar las tazas de té, reflejaba mi rostro y comencé a experimentar una horrenda alucinación. Cuando el vendedor se apiada de mi malestar, en menos de un segundo saqué mi revolver y le apunté al mentón. No vacilé. Atravesé su rostro con un disparo de justicia...


Cubertería de plata
Por Sergio Bonavida Ponce.

 ¿Sabéis que es lo que más me aterra al cerrar los ojos delante de un ajuar de cubertería de plata? Lo que más me aterra es pensar que cuando cierre los ojos, la figura reflejada en la cubertería no cerrará los suyos al unísono con los míos. Sino que los mantendrá abiertos. Mirándome.
Acechándome.
Y en ese instante de tiempo, cuando mi pulso se acelere y mi corazón se desboque, yo no sabré si realmente el reflejo tiene los ojos abiertos o no, porque yo ya habré cerrado los míos... quizás para siempre.

miércoles, 11 de abril de 2012

El jardín de los tiempos


Por Diego Enrique Hernández.


El sol ya se había apagado, era medianoche, los gatos lloraban como bebés, unos cuantos rechinidos del viejo colchón interrumpían la melodía felina, José ya dormía pero Diego aun estaba despierto. Un frío penetrante atravesó su rostro y Abrió los ojos de inmediato, creyó estar soñando, pero era real, se dirigía hacia su cara una especie de cien pies gigante, flotaba y provenía de la pared, tenía unas hebras negras, sus movimientos ondeantes eran hipnotizantes, intentó alejar aquella cosa pero sus manos se encontraban y atravesaban a la extraña criatura, quiso soltar un grito pero no pudo, bajo de la cama con el pie equivocado y cayó, pero de inmediato se incorporó y salió corriendo del cuarto como un rayo, no podía respirar y el corazón aparte de palpitar como un corredor de baseball haciendo una carrera, le empezó a doler tan fuerte que parecía ya no bombearía sangre, el vientre también fue víctima del dolor, pero éste menos intenso. Esto ocurrió en menos de 6 segundos, en el suelo, Diego esperaba recuperar el aliento después de tan tremendo susto que lo invadió aquella noche.
-Diego, que ocurre, por qué haz salido disparado del cuarto, que hay? -Dijo José.
-nada Pepe, ve a dormir, sólo fue una mala pesadilla.
Vamos, regresemos al cuarto a dormir, mañana ambos tenemos examen.
Aunque en su interior sabía que no fue así, temía que volviera...
regresaron al cuarto, pero antes de que José se echara a la cama tomó un cobertor sabiendo que era tiempo de calor.
Diego volteó a la pared de donde había procedido el cien pies o lo que hubiera sido y vio la silueta de un hombre en una posición cómoda y a la vez arrogante, no quiso molestar más al pequeño José por lo que deseo que se hiciera de día lo más pronto posible.
José notó su cara la cara de miedo y angustia de Diego le acercó el cobertor y le dijo:
No te preocupes, tu lo has dicho sólo fue una pesadilla, mejor cobíjate, se que el calor es sofocante pero a veces así me siento más seguro.
-Buenas noches José
-buenas noche Diego.
Los dos se envolvieron y Diego hizo algo que tenía años sin hacer, le besó la mejilla y le dio las gracias.

No era la primera vez que ocurría algo extraño en mi cuarto, sucesos tan extraños y difíciles de explicar, mis propios padres me creían loco, sin embargo yo no encontraba una razón lógica para tomarle importancia a mis terribles experiencias. Mi mamá siempre culpaba a la clase de libros que leía o al género de películas que le gustaba ver, y por supuesto aquel payaso que tenía colgado frente a su cama, era pennywise de la novela "Eso (It)" de Stephen King fue regalo de mi última Navidad, un pintor no muy conocido me hizo una réplica de Tim Curry de una escena de la adaptación de la película.

Todo comenzó hace 8 meses, tras la trágica muerte de un buen amigo, Fernando era alto, muy delgado, tanto que su espalda se encorvaba, le encantaba leer y hablar de historia, alguna vez intercambiamos libros y charlamos sobre filosofía, esto tan solo 3 días antes de su muerte.
El periódico narró la nota como un paro respiratorio en plena clase, estaba exponiendo cuando de repente se tocó la sien con la yema de los dedos y dijo - Permítanme un poco porfavor - segundos después se desvaneció y cayó al suelo, el golpe fue directo en la cabeza, intentar resucitarlo fue en vano y a petición de sus padres no hubo autopsia.
Todo la escuela estaba conmocionada por el suceso, los más afectados fueron sus compañeros que vivieron esa terrible pesadilla.
En el velorio fui incapaz de derramar una lágrima, aun no lo creía, ya en el panteón a la hora del entierro fue cuando lloré, había echo una carta de despedida y saqué varias copias para repartirlas para amigos y familiares, mi intención no era que la leyeran en voz alta, sino más bien un consuelo para reducir el dolor.
Cuando uno de los familiares leyó la carta, mi alma se destrozo, lloré hasta no poder, cada palabra era una astilla en el corazón. Esta fue la parte más difícil de contar.

Pasó una semana cuando tuve una fuerte visión, al menos eso creo. Estaba sentado bajo un árbol acompañado de Massiel mi ex-novia, en la acera de enfrente por cada casa había un pequeño árbol ornamental, aun había luz suficiente para reconocer a alguien cruzando por el otro lado, como toda colonia, es tan común ver caminando siempre a la misma gente, paseando a un perro, yendo a la tienda por un bocado o tomar el camión, desde lejos vi una figura grande, extremadamente delgada y como es de suponer; su espalda encorvada, cuando pasó por primera vez no volteó la mirada, pero 2 minutos después cuando venía de regreso, se ocultó al árbol paralelo donde yo estaba sentado, sentí que mi corazón empezaba a latir muy lento y se me iba la respiración, el fuerte mareo casi me provoca un desmayo cuando asomó su cabeza por el tronco del árbol, era él, mi sangre se heló y un dolor de cabeza me invadió.

No entiendo por qué la oscuridad siempre es cómplice del miedo, a pesar de que la luna luce un bello paisaje y es la hora más tranquila, siempre entraba en pánico con aquellos eventos delirantes, por no llamarlos paranormales.
Tres meses después de la muerte de Fernando volvió a ocurrir algo extraño, recuerdo que estaba viendo la adaptación de "El dragón rojo" escrita Thomas Harris, intentaba dormir cuando entró un fuerte aire y me hizo abrir los ojos, había finas telarañas por toda mi habitación, me incorporé de un salto y una bola negra flotante se dirigió a la cabecera de mi cama, esperé unos segundos y solté una risilla medio apagada, - Una mala pesadilla- pensé y un silencio abrumador me hizo echarme bajo las sábanas.
Únicamente pasaba el tiempo suficiente para olvidar el suceso cuando ocurría el siguiente, de manera que no los relacionaba de inmediato, cada que pasaba algo iba aumentando el miedo, la intensidad, como si a aquella cosa no le fuera suficiente, o se quisiera hacer notar y vaya que lo logró.
El siguiente encuentro fue el que me empezó a desconcertar y parecía cobrar un poco sentido, sólo tenía los ojos cerrados, ni siquiera existía pesadez o cansancio, sentí que me hormigueaba la mejilla, después se tornaron en caricias, ¡Alguien me estaba acariciando el rostro! Cuando abrí los ojos tenia de frente una cara, podía sentir su aliento y escuchar unos leves susurros, mi primer impulso fue lanzar golpes, pero fue inútil, de repente desapareció y comencé a marearme, era como estar ebrio , todo dada vueltas y ya deliraba.
Todo acabó cuando mi hermano encendió la luz del comedor, acababa de llegar a casa, entonces reino de nuevo el silencio y en mis sueños el viento traía lamentos.

La penúltima ocasión, una antes del cien pies, fue la mas desgarrante, ya estaba a la mitad de cruzar al otro mundo, me alejaba de la realidad hasta que llegaron las telarañas, sentí que algo me estorbaba en la nunca y dirigí mis dedos hacia aquella cosa, entre dormido y despierto me quité de encima una especie de cabellera, larga, sedosa, el miedo me despertó completamente y me escondí bajo el cobertor, me puse en posición fetal y como si fuera una bomba de aire al inflar un globo, algo se introdujo en mi vientre y llegó hasta el pecho, me obligó a quedarme recto, por unos instantes no pude moverme ni gritar, fueron 2 largos minutos hasta que, como si me libraran de cadenas salté de la cama y me puse a llorar.

Desde aquella vez no recuerdo que haya salido algo de mi cuerpo, y según para algunas personas sin saber esta historia, he cambiado mucho mi carácter y emociones empeorando claro, ahora ya no regresan tan seguido las telarañas, pero llega la inspiración para escribir poemas a eso de la una de la madrugada, a veces no es tan malo estar loco, fingir estar cuerdo suena mas descabellado, sin embargo me gusta mi nueva vida y así la continuaré.

Casi lo olvido, esta mañana me levanté y sin saber porque fui hacia la puerta y mire atrás de ella, ( cabe aclarar que nunca la cierro) colgado ahí estaba un morral que nunca le pude regresar a Fernando, un poco empolvado y parecía feliz de que por fin lo hubiera encontrado...


Fin.