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sábado, 17 de octubre de 2015

Mañana de una tarde de Versus por la noche



Hace 4 días.
Juan abre la puerta del cuartel general del Edén y el olor a humo de cigarro le golpea la nariz. Sonriendo, abre las ventanas y descubre una taza de café con residuos de lápiz labial en el borde; Carmen deja las tazas por dondequiera, al igual que los ceniceros.  Juan es el primero en llegar y siempre hace el mismo recorrido: de la puerta a las ventanas y de ahí directo a su escritorio. Revisa las notas del día; es una jornada larga la que espera por delante. Su instinto de contable lo domina, descarga los datos de los polls, elabora un archivo de Excel con los datos descargados, hace un nuevo archivo para controlar el desarrollo de Versus, hace capturas de pantalla y revisa las notificaciones de la página de El Edén de los Novelistas Brutos. Deja notas en la pizarra con el trabajo elaborado, termina el mate que se preparó antes de llegar y se va a su despacho real, donde lo esperan más datos y hojas de cálculo por elaborar.
Es curioso este cuartel. Es un refugio y sala de reuniones al mismo tiempo que ejerce el papel de oficina ejecutiva. Todos tienen su lugar especial y su modo personal de trabajo. Cada uno tiene su propio portal que los lleva de sus casas y vidas reales hasta este sitio secreto del ciberespacio en el que la magia del Edén se forma.
El siguiente en llegar, por lo general, es Raúl. Entra de prisa, vacía los ceniceros, lleva las tazas de café a la cocina y revisa las notas que ha dejado Juan. Da su visto bueno, chequea la actividad en la página y deja aclaraciones pendientes para cuando llegue Carmen. Con la misma prisa con la que entra, sale como un bólido directo a dormir. En su vida real trabaja de noche, así que no regresará al cuartel hasta que haya descansado. Ya en la cama recuerda que la consigna de la siguiente ronda de Versus necesita elaborarse, así que regresa y deja una nota amarilla que dice: «Más tarde hago el sorteo de las parejas y redacto las consignas».
Carmen es la última en llegar y entra directo a la cocina para lavar sus tazas y prepararse otro café. Usará el lugar de Juan para trabajar solo por ese día —y porque no encuentra su lápiz—. Descarga los datos de las encuestas y diseña una imagen para dar a conocer los ganadores de la primera ronda. Coteja los datos de Juan con los suyos, imprime la imagen y la deja para revisión. Tiene que irse, pero aún tiene medio cigarro encendido y decide esperar para terminarlo. Mientras, revisa los archivos que dejó Juan y la aclaración de Raúl. Sonríe. Antes de salir agrega una nota al pizarrón: «Deberíamos de estar orgullosos, 20 participaciones de 22 apuntados».
Más tarde, cuando Juan regresa, repite la operación de revisión y descarga de datos. Revisa la imagen con los ganadores de la ronda y escribe debajo de esta: «Bárbaro, che».
 
Justo después llega Raúl. Ya descansado y con la mente despejada se sienta al lado de Juan a realizar los sorteos. Simultáneamente, ambos se ponen al tanto con lo acontecido en el día. El recinto se llena con el suave aroma a mates, Juan hace una broma y Raúl ríe alegremente. Así los encuentra Carmen.
—Noté algo raro —dice esta después de dar un beso en la mejilla de cada uno—. Como saben, los polls nos dan la dirección IP de cada votante. Hay dos personas que votan por los mismos relatos, Fulana y Zutana, con una diferencia de un minuto o tres, y comparten la misma dirección IP. ¿Las conocen?
—¡La pucha! —dice Juan, revisando los datos—. No me había fijado. Fulana lleva años participando con los votos y de vez en cuando veo algún comentario, pero a Zutana no la ubico.
—Me llamó la atención porque siempre aparecen juntas —dice Carmen desde la cocina; ya está con otro café.
—¿Anulamos esos votos? —pregunta Raúl sin levantar la vista de su block de notas.
—¿Y si son hermanas?
—¿Son votos en beneficio de algún autor en particular? —vuelve a preguntar Raúl.
—No —responde Carmen, sentándose a la mesa—. Están en todos los polls. No veo algún voto viciado, lo que veo es una posible identidad dudosa. No infringe las reglas del anonimato.
—Pues nada —dice Raúl, encogiéndose de hombros.
—Por lo que decís sobre cada una de las dudas, Carmen, y dado que no benefician a nadie, podríamos, en este caso en particular, aceptar ambos votos... Pienso en voz alta —agrega Juan, tocándose la frente.
—Otra cosa, mariposas… —interviene Carmen—. ¿Puedo poner la imagen de los que pasan a la siguiente ronda? ¡Por favor! ¡Por favor! ¡Por favor!
—Si ya no hace falta nada, publicá —responde Raúl, sin dejar de anotar cosas en su libreta.
¡Yeah! —festeja Carmen, y se va, pegando saltitos y bailando, a hacer la publicación.
Juan y Raúl la miran sonriendo mientras se aleja.
—Me da gusto que regresara —menciona Juan, señalándola con un gesto—. Tú no das esos saltitos y esos bailes.
—Eso es porque no apreciarías mis movimientos, pero mirá. –Raúl se levanta y hace los pasos de la Macarena.
Juan suelta la carcajada antes de volver a sus hojas de cálculo.
En ese mismo instante, se escucha el sonido que hace el agua cuando aprietan el botón de la mochila del inodoro, y Pepe sale del baño:
—¿Me perdí de algo?

miércoles, 15 de agosto de 2012

La gran mansión

Por José Luis "Pepe" Martinez.

De niño fui pobre, mi padre era un ebrio que lo mejor que hizo por nosotros fue morir. Mi madre era una triste mujer que ayudaba en un puesto de ropa usada en el mercado y la feria, en verdad éramos unos miserables que no tenían nada más que lo justo para cubrir el cuerpo.

Eran compañeros desde el caso de Los crucificados, de eso hacía ya cinco años y eran los mejores amigos desde hacía cuatro. Congeniaron a la perfección. Carlos Márquez no tenía pelos en la lengua, nunca temblaba al decir lo que estaba bien o mal; por su parte Arturo Ramos se distinguía por su trato equitativo y eso fascinaba a Márquez, porque no lo trataba de una forma especial por sus orígenes.
—¿Dónde encontraron el cuerpo? —quiso saber el agente especial Márquez.
—Cerca de las ruinas de la gran mansión —dijo Ramos con un poco de reticencia, sabía que a su amigo no le gustaba nada ese lugar.
—Pues nada, creo que regresaremos al dulce hogar.

Un buen día, mi madre se cansó y decidió que era hora de buscar fortuna en la gran ciudad, así que nos fuimos a la capital. Logramos acomodarnos casi de inmediato, pues ella fue contratada como el ama de llaves de la gran mansión a las afueras de la capital.

El edificio era exactamente como Márquez lo recordaba, pero ahora parecía más tétrico al tener las ventanas tapiadas y las puertas aseguradas. Cerca de la puerta se encontraba ya el equipo forense examinando la escena del crimen.
—Qué espanto de lugar —dijo Ramos frunciendo el seño.
—¿Me lo dices o me lo cuentas? —respondió su compañero sin gesto alguno en la cara. Lo que le interesaba era el cuerpo, este era el quinto del mes.
—Una nueva víctima cada diez días —mencionó Ramos—, todos varones de la misma edad, casi la misma altura, color de piel y estatus social. Todos con la cara… mutilada.

Titubeó al decirlo; desde que tomaron el caso Márquez era muy susceptible a las deformaciones de las víctimas. Ramos supuso que era debido al pasado de su amigo.

—Pero este es el primero que dejan a la puerta de la casa —señalo Márquez inclinándose sobre la manta blanca que ahora estaba marcada con líneas rojas.
—¿Crees qué está cambiando su ritual?
—No, creo que la ha cagado —dijo sonriendo con una mueca aterradora, al ver la ventana rota a un costado de la puerta principal—. Mira esto, está recién rota y ninguno de estos pelmazos lo ha notado.
—Bueno, lo nuestro son los cuerpos, no los tipos que los dejan —dijo el jefe de la cuadrilla forense que por fin se digno a mirar a Márquez a la cara.
—¿Te apetece entrar por una tacita de café? —dijo a Ramos, ignorando por completo al jefe forense.
—¿No será mucha molestia?
—Ninguna, pase usted —ofreció el agente inclinándose de una manera ridícula, pero sin sonreír.

Cuando entramos la primera vez en la gran mansión quedé deslumbrado, sentí que la vida cambiaría, teníamos un lugar donde vivir, comida caliente, ropa nueva y la promesa de un futuro mejor para mí. El patrón era una persona muy buena y noble, después descubriría que no todo ere miel sobre hojuelas.

Se encontraban en la enorme sala de estar y a pesar de que todo estaba cubierto de polvo y basura, Márquez se desenvolvía bien por el terreno. Se movían con precaución, como les enseñaron en la academia. No querían alertar al posible sospechoso/testigo de que estaban al acecho.
—Te juro que si dices separémonos… —dijo Ramos con tono de reprimenda—. ¿De verdad crees que está aquí dentro?
—Estoy seguro —lo interrumpió Márquez con el ceño aún más fruncido—. Creo que escuché algo arriba, iré yo primero tú espera aquí.
—Vale, pero ten cuidado —le advirtió al agente—, no quiero que esto se convierta en una thriller de serie B.

El hijo del patrón, quien tenía la misma edad que yo, resultó ser un bastardo engreído. En poco tiempo comprendí que era su esclavo, cuando jugábamos a las luchas él siempre se excedía y yo me llevaba la peor parte. Los moretones en mi cara eran tan evidentes que tenía que inventar historias ante el patrón y mi madre para que no lo culparan. Temeroso de regresar a las sucias calles me quedaba callado. Era, en verdad, un hijo de perra.

Al  subir las escaleras recordó todos los juegos infantiles, todas esas tardes de juegos con su compañero, aderezados por el arrepentimiento. Cada escalón era un “si tan solo hubiera...”
—No me martirizaré —se dijo en un susurro.
—¿Cómo dices? —quiso saber Ramos quien ya lo seguía de cerca.
—¡Mierda! —se sobresaltó Márquez—. Te dije que esperaras en la planta baja.
—Y un carajo, no pienso dejarte solo en este lugar, te ves muy tenso desde que entramos. Sé que los recuerdos te están atormentando y te crees culpable por lo que está pasando.
—No sé de qué me hablas, Arturo.
—No insultes mi inteligencia, Carlos, desde que llegó el caso a la oficina lo he sabido.
—¿Crees que el jefe lo sepa? —dijo sorprendido.
—¿Soy la única persona que sabe lo que hiciste aquí cuando eras niño?
—El único —confirmó Carlos.
—Bien. Entonces no hay de qué preocuparse —dijo en un tono conciliador—. ¿Desde cuando sabes que es él?
—Desde el primer cuerpo.
—Pero… joder. ¿Sabías que era él?

No hubo respuesta. Carlos Márquez siguió caminando alerta sin poner más atención a su amigo y compañero.
La peor parte de mi vida en esa mansión fue cuando quedé marcado, éramos ya casi unos adolescentes cuando el amo –como él exigía que le llamara– me jugó su última trastada. En esa ocasión decidió que jugaríamos a Caballeros de la Mesa Redonda, él sería Sir Lancelot, equipado con una de las viejas dagas estilo medieval que servían de decoración en la gran mansión, yo sería el temible Caballero Negro enfundado en mi improvisado yelmo de papel de baño.

—Tú ve por el pasillo de la derecha —ordenó a Arturo—, yo iré por el de la izquierda.
—No me has contestado.
—Joder, hermano —replico Carlos visiblemente enojado—, si no he dicho nada es porque esperaba equivocarme.

No se dijeron nada más, cada uno caminó por su pasillo designado esperando encontrar al sospechoso.

Arturo Ramos irrumpió en todas las habitaciones que encontró, fue así que se topó con una cama improvisada y objetos varios sobre una mesilla de noche. Había estudiado suficientes perfiles de asesinos en serie para identificar la colección, un objeto personal de cada víctima para recordarle que fue suya. Examinó todo cuanto pudo, ya no había más un sospechoso, sino un culpable. Era hora de buscar a Carlos, temía por él. Arturo era el único que sabía todo el esfuerzo de Carlos por recuperar lo que perdió en esa misma mansión hace tantos años. Le aterraba que en un arranque de locura lo perdiera todo.

Con la cara sangrante fui trasladado de emergencia al hospital. Los médicos explicaron a mi madre que llegué justo a tiempo y que con la cirugía estética de la época no quedaría huella de mi accidente. El jefe de mi madre se ofreció a pagar los gastos, supongo que se sentía culpable, pues su hijo no hizo lo suficiente para evitar mi incidente. Me negué rotundamente. Ese fue el momento en que lo decidí. Sería yo quien liberaría al mundo de la inmundicia. En cuanto me dieron de alta me fui para siempre de la mansión y comencé a buscar el modo de impartir mi justicia.


—Hola criado.
—¿Qué cuentas, joven amo? —dijo dándose la vuelta.
—Cuando murió mi padre me convertí en El Patrón —replicó el hombre.
—Lo sé, seguí las noticias por los periódicos y vi cómo lo perdiste todo con tus locuras.
—Eso es cuestión de enfoques —dijo con una sonrisa sarcástica—, desde hace años encontré algo mejor que la riqueza, y por lo que veo, tú también encontraste algo.
—Así es y ese algo es lo que me trajo frente a ti.

El sonido del disparo recorrió toda la gran mansión hasta llegar a los oídos del agente Ramos, en ese momento su mayor temor se veía cumplido. Tenía que comprobarlo por sí mismo, no se permitió pensarlo dos veces. Deshizo el camino recorrido y corrió por el pasillo de la izquierda. No fue difícil encontrarlos, estaban en la única habitación que no tenía puerta.

—Así que lo has hecho —afirmó Arturo al ver el cuerpo del homicida tirado en el suelo con un disparo en la frente, a su lado se encontraba una daga estilo medieval —. ¿Con esta fue…?
—Sí, Arturo, esa daga fue con la que torturó y mató a esos jóvenes —dijo con voz desquebrajada.
—A lo que me refiero es…
—Sé a lo que te refieres y la respuesta es sí, y no solo la daga, también fue en esta misma habitación donde ese hijo de perra me mutiló hace tantos años —dijo tocando las horribles cicatrices de su rostro que eran el motivo de que nadie lo viera a la cara en el departamento de policía.


¿FIN?







miércoles, 2 de mayo de 2012

La Asamblea



Por José Luis "Pepe" Martínez.

      
     Fines de 2011
  
     —¿Por qué estás aquí?  —me preguntó el que dirigía la asamblea.
     —Me han dicho que este es un buen lugar para desahogarse —le contesté jugueteando con mis dedos.
     —En efecto. Cuéntanos tu historia —dijo mirándome directo a los ojos.
     —Verán —dije—, los días de mi vida adulta pueden llegar a ser monótonos y aburridos, hay lugar para la cavilación y la remembranza, y es así como llegue a aceptar ciertas cosas en estos días. Esta es una historia real. Le paso a... un amigo.
     Fue así como comencé.

XX.XX.2000


     En el año dos mil solo contaba con diecisiete primaveras.
     Ambos fuimos invitados a una fiesta por una conocida —solo teníamos conocidos por esos tiempos—. Como todo adolescente, nos emocionó un poco la idea de convivir con chicas de nuestra edad; y el baile, que era una invitación a lo sexual, nos motivó a asistir. Pero, mientras todos bailaban, nosotros nos quedábamos platicando, de forma acalorada con Gerardo, quién llegaría a ser nuestro mejor amigo en los siguientes meses. Casi al final de la fiesta fue cuando «mi amigo» la vio. En un principio no sabía qué pensar de ella, nunca hubo una charla amena, presentaciones o risitas tontas. Sin más, lo vi lanzarse y tomarla con dulzura por el cuello, que empapado en sudor la mantenía fresca y fundió sus labios en la boca de La morena. Lo que ocurrió después no lo tengo claro, el padre tiempo hace que los recuerdos se tornen engañosos.
     Al despertar tenía un dolor de cabeza de los mil demonios, no sabía dónde me encontraba ni qué hora era. Tirado en el suelo se encontraba el cuerpo de la chica, ese que la noche anterior se veía vibrante y tentador. Ahora yacía sucio y sin vida ante nosotros. No hubo momento de reflexión —no a esa edad—, solo pánico.
     Entre la incipiente negrura de la madrugada, nadie notó lo que arrojamos al canal del desagüe y así nos deshicimos de la prueba del delito.

XX.XX.2002


     Todo transcurrió con tranquilidad hasta ese año, cuando lo volví a ver. Lo encontré en un bar cerca de la universidad. Estaba sentado a la barra, me dio mucho gusto verlo de nuevo, nos saludamos por el espejo que había detrás  del barman. Casi me dio un infarto al ver a la muchacha que tenía al lado, pensé que era aquella que arrojamos al desagüe, casi idéntica, tenía sus mismos rasgos, y al igual que aquella, lucía tentadora y apetitosa cubierta de sudor. Él se despidió con un guiño de ojo y tomó entre sus brazos a La rubia, salieron por la puerta de vaivén y con un giro en redondo me invitaron a acompañarlos.
     Poco recuerdo de esa noche, cada vez que lo intento solo tengo recuerdos borrosos. Veo sus manos y a su conquista —nuestra conquista—, que se deja llevar por las caricias, y más tarde, en un cuartucho de hotel de mala muerte, escondimos el cuerpo inerte de la víctima.

XX.XX.2003 al XX.XX.2007


     El remordimiento que pasé en ese hotelucho me duró poco y me supo más bien a nada, así que busqué a mi amigo porque tenía ganas de repetir la experiencia. Nos seguimos viendo durante todos esos años, fuimos a cada fiesta, bar y antro de la ciudad. Salíamos con extravagantes delicias, nacionales y extranjeras. Escapábamos de los hoteles abandonando sus cuerpos cual recipientes vacíos, lo que ellas fueron en vida, ahora estaba dentro de nosotros, de , pero queríamos más. Yo quería más.
     Ya no nos conformábamos con una sola presa, llegamos a obtener hasta cuatro al mismo tiempo, y eso nos extasiaba.
     Las consecuencias de esos actos llegaron pronto. La necesidad de tener alguna joven en nuestras manos era demasiada, perdimos nuestros trabajos y la familia replicaba. Entonces decidí no volver a ver a mi «socio» hasta que las cosas se calmaran.

XX.XX.2010 a principios de 2011


     Conseguí un nuevo empelo casi de inmediato, el viaje en autobús podía llegar a ser eterno; nunca se me ocurrió que podríamos encontrarnos en uno de ellos, pero así fue. Lo vi subir campante y lozano con una compañía más que agradable; más bien sería un «presente» interesante. Era pequeña, brillante y elegante, parecía inagotable y actuaba de la manera que le pidiéramos: fuerte, suave, dulce o amarga. Pasé incontables viajes acariciándola y besando su boca, que, aunque siempre estaba fría, lograba calentar con mis labios ansiosos por saborear su contenido.  Mis  torpes manos terminaban empapadas en sus deliciosos jugos, que llegaba a lamer sin pudor frente a los pasajeros del autobús. Los demás no importaban, solo nosotros y nuestra compañera.

Fines de 2011


     —Dejó de importarme el trabajo, solo me importaba ella para uso exclusivo de mi propiedad. Aun así seguí presentándome hasta que el jefe descubrió mi conducta inadecuada dentro del área laboral —dije a la audiencia que se pasó la lengua por los labios al terminar de oír las últimas palabras de mi experiencia.
     —¿Él te mandó aquí? —preguntó a mi espalda, con un tono nervioso, el director de la asamblea.
     —Efectivamente —contesté, mientras tomaba valor para decir esa letanía que todo ellos han de admitir y la cual me costó tanto reconocer—. Hola, me llamo Luis y soy alcohólico.

miércoles, 25 de abril de 2012

Pasión



Por José Luis "Pepe" Martínez.

    Mentira si dijera que ella no toco mi corazón. Sería un pendejo si contara todo lo que sufrí a su lado, un malnacido si ocultara la dicha que compartimos durante esas noches de pasión. En todos nuestros encuentros bebía vino, de la misma forma que lo saborea ahora frente a mí, en este bar y con ese estilo tan suyo. Solo ver sus labios al contacto con la copa me derrite. ¿Habré cometido un error al dejarla ir? En mi mente la locura se desencadena, quiero ir a platicar con ella, pero la razón me susurra: ella ahora es parte del pasado.