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lunes, 6 de febrero de 2017

Aquel que observa

Por Ángela Eastwood.

          El hombre de negro paró frente a la casa. Nadie por las calles. Un perro ladró desde algún lado y le sonó afónico. Ladró otra vez y luego se hizo el silencio. Había un coche estacionado dentro, era un Dodge color negro. Aún debía estar caliente el motor. No había luz en las ventanas y miró a los lados. Encendió un pitillo y esperó.  Sabía que tarde o temprano se encendería la luz de la ventana. La ventana de arriba. Los había visto apearse del auto y entrar tomados de la mano. Riendo, besándose.
La mujer era muy bonita, casi una chiquilla. Llevaba el pelo largo y negro, casi por la cintura y los labios  pintados de rojo. El color de las putas, de la sangre. El amante le había mordido los labios mientras buscaba su pezón rosado por debajo del abrigo. El hombre del maletín oyó nítidamente cómo el tipo  le decía a la chica al oído dónde le iba a meter luego la lengua si era buena chica y lo que harían después si ella consentía en darse la vuelta. Tenía ese poder el hombre de negro.  La chica rio a carcajadas apretando las piernas para contener  la humedad que ya se abría paso hasta sus braguitas minúsculas. Casi podía escuchar aquel mensajero cómo crujían las rodillas de tanto apretarse una contra la otra, intentando sofocar el fuego.  Esos muslos jóvenes capaces de ahorcar a un hombre entre ellos. Menuda cárcel.
Sí. Estaba muy claro que ella ansiaba lo que el tipo quería darle. No tenía ninguna duda. Ella quería abrirse de piernas, necesitaba los embistes que el tipo le venía prometiendo toda la noche. Ese tipo asqueroso. Y casado. Ella no, pero tampoco tenía ya remedio. Estaba condenada desde que, horas antes, se había sentado ante su coqueto mueble a embadurnarse la carita con todas aquellas mierdas que no le hacían ninguna falta. Desde que, mirándose al espejo desnuda,  había pellizcado sus pechos para resaltarlos luego bajo la camiseta ajustada de los Red Hot Chilli Peppers. Desde que se había metido dentro de aquella faldita insuficiente que no tapaba sus rodillas y se había subido, por fin,  a aquellos altos tacones de buscona. Pobre oveja descarriada, tan joven, tan perdida. Pero para eso estaba él. Gracias a Dios.
El hombre de negro suspiró. Sabía lo que tenía que hacer. Lo llevaba haciendo mucho tiempo. Primero llamaría a la puerta y esperaría hasta que uno de los dos bajara. Siempre era el hombre. Luego se quitaría el sombrero de forma respetuosa y le daría las buenas noches. El anfitrión le preguntaría  qué quiere y qué hace aquí a estas horas de la noche y él le contestaría que no se trataba de lo que él quisiera sino de lo que podía ofrecerles. Le ofrecía la salvación. A ambos.  Si escucháis la palabra del señor aún tenéis la oportunidad de salvaros. ¡Arrepentíos! En el caso contrario padeceréis su furia.
Siempre era igual. El tipo casado le diría que se marchase, que no quería ni biblias ni mierdas de ese tipo, que si era un pirado o un loco y le amenazaría con llamar a la policía si no se largaba de una puta vez. El tipo del maletín le anunciaría que los había seguido cuando bajaron del Dodge, que entró detrás de ellos a aquel tugurio oscuro y cargado de tabaco; que los vio sentarse luego en medio de aquella bazofia humana que bebía y maldecía y se refregaban los cuerpos sudados bailando unos con otros, blancos con negros, mientras escuchaban extasiados el estertor agónico de aquel saxofón.
Sí. Siempre ocurría igual. El tipo casado le daría un empujón y luego cerraría la puerta  con violencia mascullando algo sobre los malnacidos de los curas y lo inoportuno de la visita, pero se olvidaría al minuto y subiría corriendo las escaleras no fuera a ser que aquel coñito casi infantil se enfriase, o se cerrase, como un capullo de rosa. Subiría relamiéndose, casi podía ver la erección incontenible dentro del pantalón. La polla de un potro, esa misma que ya no le apetecía a su mujer. Pobre santa. Sí, podía verlo. Al llegar arriba se abalanzaría  sobre la chica como un león a una gacela y le abriría las piernas y le preguntaría que por dónde se habían quedado antes de que llegara aquel loco hablando no sé qué de la mujer de un tal Lot. “Menudo mamarracho el tipo negro del maletín, no sabes qué cara de enfermo tenía, mi cielo”.
¡Podía escucharlo tan nítido!
Casi los oía reír desde la acera. Si cerraba los ojos podía escuchar el sonido absorbente de aquel coño hambriento y el sorbeteo luego de la lengua de él bebiendo de los jugos provocados, mientras ella, hincando las uñitas rojas en los cabellos de él le suplicaba que dejara ya a su esposa. Esa seta insulsa. “Sí, claro que la dejaré, amor, pero aún no es  el momento. Anda, ahora calla y  toma con tu manita de ángel esto que tengo que mira cómo lo has puesto tú solita mi vida, sí, así, acércalo a tu boquita ¡Oh nena, sí! ¡Cómo me gusta! ¡No pares!”
¡Ah! Cómo tenía que controlar las náuseas el hombre del maletín.
Siempre era igual, así, una casa tras otra, una calle tras otra y luego otra ciudad y otro país. Por eso no le quedaba otro remedio que abrir su maletín y levantar las palmas al cielo. ¡Oh buen Dios! Mira lo que hacen. Se ríen de ti y de mí y de ellos mismos. Maestro, muéstrales tu dedo acusador, porque no saben lo que hacen. Y entonces se abrían los cielos y rugía  el viento y los árboles se doblaban y llegaba por fin la luz resplandeciente. La luz lechosa, que no era una luz tan sólo, sino el vehículo transportador de las almas.
¡Qué cansado estaba y cómo pesaba ya aquel maletín tan lleno de almas! Almas asquerosas que hacían sitio a nuevas almas allí dentro. Apretadas, malolientes, purulentas, cancerosas, almas, que llegaban dejando aquellos cuerpos hermosos vacíos.  Aquellos  recipientes de piel y huesos que eran encontrados  al día siguiente por la asistenta de la chica, por la hermana de la chica, por la madre de la chica,  nunca por la esposa del ruin, en posiciones de lo más perturbadoras. Envases que eran luego examinados por la policía sin que estos encontrasen la causa de esa muerte compartida. Ni una huella, ni una gota de sangre, tampoco orificios de bala, ni restos de violencia. “La ventana no ha sido forzada, ni la puerta, los vecinos alegan no haber visto nada ni oído nada, señor comisario,  tan solo un perro afónico a los lejos”.  El hombre del maletín, si se esforzaba, casi podía ver la cara del comisario, un rostro ajado y anonadado ante la sorpresa.  Si cerraba los ojos podía concentrarse y escuchar sus palabras: “¿Qué ha pasado? ¿Cómo puede ser? ¡Qué hermosa es la mujer! ¡Y qué joven!”
¿Pero cómo explicarle a este esforzado investigador que él no tenía más remedio que hacer lo que venía haciendo tantos siglos? ¿Cómo explicar el asco que sentía mirando a través de las paredes? ¿A través de los cuerpos al caminar? No. No era fácil vivir como vivía el hombre del maletín. Mezclándose con la gente, rozando sus cuerpos lujuriosos, oliendo su bajeza.
Sí. Así es exactamente cómo sucedería todo, porque siempre era igual.
El hombre del maletín apuró el pitillo y lo aplastó en la farola. El perro ladró de nuevo algo más afónico que antes, la luz de la ventana se encendió por fin y el hombre se acercó despacio hasta la puerta y estirando sus largos dedos acarició dulcemente el timbre de la puerta. 

Lo sé, mi señor, lo sé



domingo, 5 de febrero de 2017

RECuerDOS

Por Ismael Manzanares.

—¿Mi hijo? Es un buen chico, sí señor, sí que lo es. ¿Por qué lo pregunta? Ah, ¿y está seguro de eso? Ya veo. No, no lo he visto desde hace semanas, pero ya no viene a visitarme tanto como antes. Está bien, dígame lo que necesita saber, pero que sea rápido. Me esperan para la partida de bridge y no puedo demorarme, ¿sabe usted?, mis compañeras son muy celosas de su tiempo y no aceptan que llegue tarde; sin ir más lejos la Paqui llegó tarde la última vez, ¿sabe usted?, tiene un lío con el carcamal de la cuarta planta y cada vez que en el comedor ponen lentejas… Disculpe, sí claro, lo entiendo. Como iba diciendo, mi hijo es una persona excelente. Toda su vida ha sido prudente, como su padre que en paz descanse, un hombre sencillo, atlético, poco hablador pero muy inteligente, sacaba las mejores notas de su clase, ¿sabe usted? Una vez en la escuela primaria hizo un dibujo sobre una guerra y los profesores no pudieron menos que darle un premio, otra vez participó en un concurso de disfraces tan bien que… Sí, sí, claro. Ah, pues no sabría decirle… espere, sí, hay algo. Últimamente estaba más abstraído, extraño diría yo, me parecía que una luz iluminaba su cara, como si estuviera enamorado, ¿sabe usted?…

Por las calles heladas de una ciudad Roberto espera en silencio. Un avión dibuja una estela blanca en el cielo nocturno. El tráfico ronronea más allá del canal y arranca destellos del agua inmóvil. La humedad arrastra un frío doloroso, atroz, que se fija en las mejillas y en las orejas desnudas.
Roberto espera en silencio.
Bajo la fina capa de hielo, iluminada fugazmente por los faros, una mujer se desliza, los cabellos vaporosos flotando como algas en torno a su cabeza, los ojos cerrados, la sonrisa en calma, en paz, las manos cruzadas sobre la cintura, el vestido ondeando entre las invisibles aguas. Roberto la observa sin inmutarse y ella sigue su camino por debajo del puente, medias blancas bajo la falda de florecillas, los pies calzados con unos mocasines de cuero, adiós, adiós.
El sonido del tranvía que llega arranca un movimiento en Roberto.
—Hallo.
—Goedemiddag.
Los vagones están casi vacíos a estas horas de la noche. Se sienta al fondo, en soledad, y el vehículo continúa su ronda, ronroneando y tintineando como un gato con campanillas. Está cansado, pero no tanto como para cerrar los ojos. No ahora, cuando hay tanto que ver. La caravana de refugiados atraviesa la ciudad moderna. Un hombre tira de un carro de madera cargado de bultos y enseres. Una campesina de cuerpo rotundo y pañuelo en el pelo acarreando tinajas de metal en un trineo de madera. Niños medio desnudos a la mano de sus padres, palos y aros, muñecos de trapo, ojos hambrientos.
La comitiva atraviesa, fantasmal, el tráfico ocasional de coches y bicicletas. Hay tanto que ver.

—Sí, es empleado nuestro. No me diga que se ha metido en algún lío… Comprendo, comprendo. Está bien, dígame qué necesita saber. Sí. No. Verá, en Snijder Archives cuidamos de nuestros activos. Nuestro eslogan de empresa es «su historia, nuestra historia», y eso significa que nos preocupamos por nuestros trabajadores para que puedan dar lo mejor de sí mismos, como a mí me gusta decir. Roberto es una persona muy capaz, un empleado serio, dedicado y eficaz. El paradigma de servicio que ofrecemos, si me permite decirlo, y esto es algo que nos enorgullece. Por supuesto, venga conmigo. Aquí lo puede ver, todo ordenado y recogido, aunque no siempre fue así. Claro, se lo explicaré. Verá, antes su cubículo era un desastre. Papeles por todas partes, cintas y vinilos, fotografías antiguas, viejos magnetófonos, piezas de coleccionista… Este hombre es un enamorado de su trabajo. Pero desde hace unos meses todo cambió, en línea con nuestra visión corporativa, como ya le he comentado. Roberto se volvió más concentrado, más intenso. Limpió todo ese desastre y comenzó a rendir a un nivel excelente. Me enorgullece decir que comenzó a abrazar los principios vitales de nuestra compañía. ¿Qué? Pues no sé qué decir. Siempre ha sido un hombre soñador. Pero estaba más contento, sí.

Los rechazados, los recordados. Reclamados, recelados, recortados, recibidos. Recuperados. Reconocidos. Recreados.
Roberto avanza por el claroscuro de un edificio abandonado. La luz de la luna se filtra entre las vigas de hormigón y dibuja figuras geométricas de una belleza imposible. Las sombras, la noche más negra. Las franjas iluminadas, manchas de pura plata. Y aquí y allá, ellos. Los recordados. Un soldado con un casco de metal, eternamente moribundo, con las granadas de mango aún colgando de su cinturón. Acaricia el pesado fusil como si fuera una madre con su bebé. La pierna vendada, la mirada perdida hacia el exterior. Roberto avanza, despacio, bebiendo de las formas que pueblan el espacio derrotado. Los reclamados. El sargento, apoyado sobre el grueso cañón de metal de una pieza de artillería. Roberto se asoma a sus ojos. La luz argéntea se ha vertido en ellos y reflejan de una melancolía que ya no existe en este mundo. De la boca entreabierta cuelga un cigarrillo y las volutas de humo trazan espirales sesgadas en las tinieblas. Los rechazados. Hileras de camillas cubiertas por sábanas. Las escaleras tajadas por una luz implacable. Hombres adultos llorando en las esquinas. El polvo en suspensión brillando en la noche de los tiempos.
Roberto avanza por la estructura quebrada, trémulo. No tiene miedo.

—Es un flipao. Ni te imaginas la cantidad de veces que me ha dado la brasa con las batallitas y las movidas de la guerra. Se sabe toda la historia, to-da, con fechas, lugares, qué se yo. Libros y más libros, películas, series, juegos de ordenador. Lo que sea. Un tío excelente, pero un flipao en toda regla. Siempre en otro mundo. Te lo digo yo que soy su mejor amigo y lo conozco de toda la vida. Incluso en su trabajo se las apañó el muy cabrón para meterse en una empresa que gestiona no sé qué cosa con documentos del siglo pasado. Yo de vosotros lo buscaba en una biblioteca antigua, al fondo del todo; donde quiera que estén los libros bélicos. Habrá encontrado un filón en alguna parte y se habrá quedado allí a vivir, con una tartera de macarrones y una botella de Coca-Cola. ¡Ja, ja! Pero no me digas. No, es demasiado tiempo. Uf, qué movida. Me has cortado todo el rollo, pensaba que ibas de farol. Sí, por supuesto, ayudaré en lo que sea. Ya me dirás qué puedo hacer para ayudar. Qué bajón.

No puede dormir. Los sueños son tan vívidos. Se revuelve, febril. Tiene la boca seca. Pero ese no es el problema.
No. Se levanta, desnudo, y mira a través del ventanal. Los rascacielos, a lo lejos, entran y salen de la realidad. Ahora ya no son solo visiones. Está empezando a escuchar los Junkers sobrevolando la ciudad, el bramido de sus sirenas, las ocasionales detonaciones. Está empezando a oler el polvo de los edificios derruidos, a escuchar los gritos de pánico. Pero ahora ya no son imaginaciones suyas. Ayer una mujer que huía con su bebé en brazos le detuvo, angustiada. «¡Helpen!», dijo. Entre las avenidas iluminadas de la ciudad moderna ha empezado a ver casas que no deberían estar allí, y circulan coches hace tiempo desaparecidos. En el trabajo alargó la mano para tomar el termo de café y en su lugar encontró una taza de cerámica que no era la suya. Donde estuvo su ordenador había aparecido un archivo de papel amarillento obsoleto, arcaico, en desuso.
No tiene miedo. Lleva toda la vida soñando con ello. Roberto se viste despacio y con una última mirada se despide de su cuarto, de su casa, de su vida. Toma un ascensor de puerta metálica —el moderno también desapareció— y sale a la calle al bullicio, a la gente que corre, al tableteo de las ametralladoras a lo lejos, a un mundo pasado que es ahora el suyo.


 —Pero nadie me cree. ¡Se ha ido, se ha ido! No ha desaparecido, ¿lo entiende? Se ha ido a otra parte, lejos, a un lugar donde no podemos alcanzarle. ¿Cree que estoy loca? ¡No lo estoy! Yo he vivido con él muchos años, ¿sabe? Conozco sus costumbres y sus manías. Y sí, le quería, yo le quería. Le quiero. Pero no puede haberse ido así porque sí, sin decir nada. No es propio de él. ¡No lo es! Tienen que hacer algo, ¡por favor! No se ha perdido, ¿es que no lo entiende? Tienen que buscar a un médium, a… a… ¡No lo sé! Por favor, ¡no estoy loca! Es inútil. Nadie me entiende…



La búsqueda de Adriana

Por Carmen Gutiérrez.

     Pero le traje un café…-dijo ella con timidez.

     Sí, es cierto. Perdone por eso. Nunca un “correcto” se me había acercado con buenas intenciones respondió él con una mueca y luego agregó al ver que la chica parecía confundida—; un “correcto” es alguien como usted. Personas que están haciendo lo que se supone que deben hacer, tienen un trabajo, una casa, una familia ¿Sabe cómo?

     ¿Usted fue un “correcto” alguna vez? preguntó ella sonriendo.
   
     Hace mucho tiempo. La gente piensa que somos diferentes, que algunos estamos locos se llevó el  índice  sucio a la sien y lo giró levemente. Pero nosotros buscamos lo mismo que ustedes. Comida para un día, un techo donde dormir, un abrigo para las noches heladas, pero no podemos quedarnos en un solo lugar y estar encerrados en una oficina no es una opción ¿Sabe cómo? No encajamos en nada.

     ¿Le gusta el café?

     Es bueno dijo dando un sorbo a su bebida, colombiano con fuerte aroma. Ah, no se sorprenda. Soy un vagabundo, pero no siempre lo fui. Hay una cafetería en el centro que me da una taza o dos en el invierno. Tengo un fino paladar y soltó una carcajada que mostró una dentadura casi perfecta, si el sarro no fuera tan evidente.

     Siguió riendo a carcajadas por algo que sólo a él le parecía gracioso. Adriana lo observó con interés; usaba una camisa de leñador con un suéter debajo, pantalones de lona raídos por las rodillas y guantes que no eran par. Parecía un vagabundo, sí, por la suciedad y su morral del ejército pero no parecía tener más de cincuenta años ni pasar hambre. Se llamaba Rey, que bien podría ser por Reynaldo…

     ¿Ha visto esa película? señaló Rey a un viejo cartel del otro lado del parque. En la imagen aparecía Will Smith con su hijo, Will llevaba un maletín y el niño una mochila a la espalda mientras un rayo de sol detrás de ellos daba la impresión de un atardecer“En busca de la Felicidad” dijo ensanchando los brazos como para dar importancia al significado.

     Sí, hace años.

     ¿Le gustó? Rey parecía muy interesado en su respuesta.

     Es bonita. Triste pero con un bonito mensaje.

     Es el mensaje el que importa ¿Sabe cómo? sacó un cigarrillo arrugado del bolsillo de su camisa y lo encendió Vi esa película en el centro, en ese viejo cine. Una pareja de gringos me había pagado cien grandes por tener sexo con la mujer, era una foca pálida con un buen par de tetas que se movía como poseída… saliendo del motel me encontré este boleto de cine así que aproveché la oportunidad. Los gringos me habían dado un baño y ropa limpia así que parecía un correcto

     Dio una calada larga a su cigarrillo y Adriana tuvo un extraño pensamiento. Por un segundo se imaginó a Rey sobre ella, desnudo, jadeando. Se lo imaginó limpio con la larga barba recorriendo sus pechos. En ese escenario incluso la enorme cicatriz de Rey que le cubría parte del ojo derecho parecía excitante. Con un estremecimiento alejó el pensamiento y cruzó las piernas.

     Pero el cartel continuó Rey ajeno a los pensamientos de la chica, no dice nada de lo que será la historia ¿Sabe cómo? Yo pensé que sería una película de negros, en un barrio negro y que el tipo ese estaría todo el rato tratando de sacar a su hijo de las drogas o algo.

     En cierto modo así es ¿no? preguntó ella y agregó Will está toda la película tratando de eliminar los paradigmas de ser negro en mitad de los ochentas.

     Sí. Trata de ser un negro metiéndose en el paradigma de un blanco volvió a reír.

     Adriana se vio de pronto sonriendo ante la ocurrencia, pero seguía preguntándose porqué estaban hablando de una película vieja.

     Mi punto es dijo Rey como si adivinara sus pensamientos, que uno ve las imágenes como ve a las personas. Esa foto no dice nada de la historia, deduces que será una lucha porque la felicidad se esconde entre más la persigas, pero puede ser diferente para cada uno. Para el protagonista, al menos lo que nos dice la historia, la felicidad es un buen empleo que le dé suficiente dinero para mantener a su hijo y que éste no termine vendiendo drogas, esa es su felicidad.

     Pero aun no entiendo… 

     Cuando usted se acercó a mí hace un rato pensé que venía a acusarme de violación o algo así. Ha pasado. A mi amigo Pelucas lo arrestaron porque una mujer que le fue infiel a su marido y quedó embarazada dijo que la habían violado en la plaza. Así que al igual que a la película, yo la juzgué a usted en un inicio. Ahora estoy tratando de saber qué demonios quiere y a donde me llevara esta historia.

     Adriana guardó silencio. Trató de decirlo pero los ojos negros de Rey se clavaban en su mente y no podía concentrarse. Lo había observado por días, y no podía dejar de pensar en él desde que lo vio sentado en la acera cuando ella iba para la universidad. Había imaginado diez escenarios posibles en los que hablaba con él y no se había preparado para un vagabundo filósofo que hablaba de películas sentimentaloides. De pronto los billetes que llevaba en el bolso le parecían un despliegue iluso de su parte.

     Yo te ví hace unos días dijo por fin-, mi padre era policía así que me enseñó a memorizar a la gente que me encuentro día a día, a los vecinos, a los empleados…
    
     Y a los vagabundos…completó él.

     Sí, pero no vengo a buscarlo para acusarte de nada. Yo…el edificio donde vivo tiene un sótano que nadie usa. Tengo la llave y pensé en dejártela para que…ya sabes…la uses esta temporada, con las nevadas y eso; dicen que este invierno será muy crudo.

     Rey la miró con escepticismo. Le había pasado de todo en la vida pero lo malo siempre había venido de alguien “correcto” y ahora esta muchachita veinteañera de cabellos cortos y ojos cafés venía a darle un refugio para el invierno.

     Si algo nos enseña el cine, chica dijo después de analizar sus opciones—, es que nada viene gratis. Nadie da ni el saludo sin esperar, al menos, un saludo de vuelta. El sótano me caería de perlas, pero no sé qué quieres a cambio.

     Ella se puso de pie y le dio la espalda. Se miró las manos y luego habló con voz temblorosa.

     —Cuando mi padre se jubiló pasó varios años tratando de buscar cosas que hacer con su tiempo libre pero encontró al alcohol y se fue de casa. Hace dos años me avisaron de su muerte. Lo encontraron congelado en Canadá, vivía como vagabundo y se dedicaba a beber y pedir dinero para comprar más bebida. Me prometí ayudar a alguien que estuviera en la misma situación que él. Si alguien en Canadá le hubiera ofrecido aunque sea un abrigo…

      Él se puso de pie y le colocó una mano callosa y ruda en el hombro. Quizá tenía razón en que nada era gratis. Quizá él le arreglara la calefacción o alguna fuga sin cobrarle nada mientras ella le ofrecía refugio. Quizá limpiaría los pasillos del edificio o sirviera de protección; podría hacer esas cosas mientras pasaba el invierno y él pudiera moverse y cambiar de ciudad. La chica parecía muy joven y ¡qué demonios! Tampoco era un adefesio, parecía amable, además no se había alejado cuando la tocó.

     Adriana le sonrió y desvió la mirada al notar la suya. Él le hizo un ademán y comenzaron a caminar. La gente los miraba al pasar. Formaban una curiosa pareja, algunos los vieron pasear con sus respectivos vasos desechables llenos de café, hablando de calderas y puertas, de llaves y entradas.

     Mientras pasaban frente a una  cafetería llena de estudiantes, Adriana se tropezó y Rey se apresuró a sostenerla. Una chica de lentes los grabó con su celular cuando ella se arreglaba el abrigo y él le tendía la mano, subió el video a internet y se volvió viral con el #FéEnLaHumanidadRestaurada antes de que ellos llegasen al edificio.

     Rey esperó en la entrada mientras ella subía a su apartamento y bajaba algunas mantas y almohadas, rodearon el edificio y Adriana le dio una pequeña llave.

     Abre dijo señalando una puerta metálica, si este va a ser tu  casa estos meses debes cuidar la llave.

     Rey obedeció y la puerta lo llevó a una angosta escalera de metal.
     ¿Sabes? dijo tomando las mantas de los brazos de la chica Una de las cosas que hizo que el negro ese de la película sufriera más de lo necesario, es que nunca admitió que necesitaba ayuda. ¿Sabes cómo? Si él hubiera dicho en algún momento que necesitaba dinero para su hijo, quizá alguien le hubiese ayudado dijo mientras bajaban.

     Bueno, tú no dijiste nada y yo me ofrecí a ayudarte.

     Pero, niña, mi situación es obvia dijo con una risita dejando las mantas en un pequeño catre junto a la caldera. Yo no ando por la calle vestido de traje, lo que ves es lo que hay y se señaló de cuerpo entero.

     Adriana sonrió un poco, se sentía más confiada y tranquila; durante la mañana, mientras planeaba encontrar a Rey, le preocupaba que él intentase atacarla o robarle, y  dejarla desangrándose en el sótano.

     No tengo mucho dijo recordando los billetes en su bolso y se los entregó a Rey, pero quizá puedas comprar algo de cenar. No voy a tener mucho que compartir, pero si necesitas algo puedes pedirlo.

Rey se sintió incómodo. Pensó en rechazar el dinero pero recordó que por estar hablando con la chica no había pedido en la avenida de siempre así que se lo guardó tratando de hacer que sus manos no temblaran.

Hay una puerta que conecta al sótano con el edificio, soy la encargada del mantenimiento así que sólo yo tengo la llave. Te la voy a mostrar en caso de cualquier emergencia.

     Rey comenzó a seguirla, confuso. Esa chica lo confundía. No había puesto ninguna regla, no había dicho “por favor no robes nada” o “No puedes entrar aquí”. Ella daba por sentado que él se comportaría bien. No le había preguntado si bebía o si se drogaba. Tampoco le había impuesto condiciones ni plazos. Simplemente le daba un lugar donde pasar el invierno. Quizá eso era la felicidad.

      Adriana rodeó la caldera y lo guió por un pasillo hasta una puerta, le dio una llave y le hizo un ademán para que se acercara a abrir. Él la miró a los ojos y sonrió, la cicatriz en el rostro se estiró tanto que sintió un tirón en el musculo de la frente. Hacía años que no sonreía tanto. Tomó la llave pensando en la mano de ella sobre su hombro. Lo tocaba. No quiso hacerse muchas ilusiones pero su cuerpo no estaba acostumbrado al contacto femenino, ya ni recordaba cómo se sentía tener a una joven entre sus brazos, aunque podría ser su hija.

     La llave no entra dijo sin volverse, quizá esté equivocada…

No pudo continuar, Adriana rodeó su cuello y lo degolló con una navaja de afeitar que llevaba oculta en el abrigo. Rey trató de luchar a pesar de que no podía respirar y sentía el calor de su sangre empapando su pecho, pero Adriana se alejó por el pasillo, retrocediendo, encantada ante el horror que los ojos del hombre reflejaban.


Mi padre violó a tres niñas en Canadá antes de morir dijo ella con tranquilidad, no fue sino un alcohólico desde el principio que abandonó a su familia en busca de su felicidad ¿Sabes cómo? dijo ella imitándolo. Si algo nos enseña el cine, Rey. Es que la gente puede cambiar, pero la escoria es escoria aquí y en China. No puedo saber que andas por aquí y esperar a que seas una buena persona, Rey. No puedo arriesgarme a que toques a las niñas de mi vecina. No voy a permitir que robes o violes a alguien sólo porque está de moda pensar en que la gente es buena Limpió la navaja con la camisa ahora más sucia de Rey y agregó¿Sabes cómo? pero siempre hay que limpiar muy bien la sangre… el cine enseña muchas cosas…          



El cartero siempre llama una...dos...

Por María Galerna.

      El timbre de la puerta sobresalta a la señora Kuiper que se encuentra ensimismada arreglando unos arietes de peonías en el jardín trasero de su encantadora casa. El cartero vuelve a insistir y la anciana, frotándose las manos contra el mandil verde pistacho, se dirige sin prisa alguna hacia la puerta de entrada.
      El hombre de uniforme gris, gorra de plato y sonrisa de esas que dicen <<estoy hasta los mismísimos…>> le entrega una carta certificada al tiempo que le dice:

—¿Me hace usted el favor de firmar aquí, en la hoja, al pie, donde pone <<firma del receptor >>?

La mujer lo mira con cara de no entender y una muda interrogación en sus burlones ojos azules.

—Siiii señora Kuiper, igual, igual que las últimas veinte veces que le he traído otras cartas parecidas —refunfuña el tipo— Y es de su hijo, igual, igual, que las otras veinte…

     La buena mujer firma, mirando de reojo y con sarcasmo al estoico funcionario, procurando eso si, que éste no se entere, sólo faltaría eso…
El hombre le entrega la carta y dando media vuelta se aleja mientras murmura entre dientes alguna maldición. Igual, igual, que todas las otras malditas veinte veces.   

     La señora Kuiper rasga con cuidado el sobre:

Mi muy querida madre:

      Como todos los años por estas fechas, emprendo mis vacaciones, le avisaré a mi vuelta.

                                        Le besa su hijo.

                                                                    Simplicio.

—¡Otra vez se va de vacaciones! Y no se da cuenta que ya no queda sitio… —mira a su espalda, hacia el jardín y continúa con su monólogo— ¿Unas margaritas o unas caléndulas? ¡Uhm! Tendré que mirar las flores de temporada.

     Simplicio es un muchacho de cara alargada sin fuste, ojos grandes y estúpidos y sin chicha que le cubra los huesos, esos que al trasluz se podrían hasta contar. Esta mañana se muestra nervioso, se acerca el momento de irse de vacaciones y aún no ha decidido el destino. Acaba de romper su hucha de cerdito y lo que encuentra no le alcanzaría ni para salir al portón de su casa. En fin, echará mano de los ahorros que guarda para emergencias.
     Enciende el ordenador y empieza una búsqueda en Google << Viajes para pobres sin espíritu >> y espera…la pantalla parpadea, un resultado encontrado, lo mira, lo remira, lee las ofertas y lo que incluye el viaje.

¡¡VENGA con nosotros a un lugar distinto, disfrute del calor, del paisaje y  de sus variopintos habitantes.  No se arrepentirá.
Excursiones en barca. Espeleología. Fauna autóctona.
Un paraíso del que no querrá regresar!!

      Reserva sin pensarlo, entra dentro de sus posibilidades. Anota la ruta para decírselo a La Yeni, su GPS.

     Prepara el equipaje que consiste en una mochila con lo imprescindible y una maleta  de dimensiones aceptables que deja vacía. ¿Qué por qué la lleva así?, bueno, siempre que vuelve de su viaje la trae llena. Se ahorra comprar una nueva en cada salida.

     El coche, un Renault Gordini de un color gris desvaído y con años para aburrir, se queja cuando lo ve llegar  <<¡Buf! Otro año más…>>, chirría su carrocería. Simplicio acomoda la maleta en el maletero y la mochila en el asiento del pasajero. Y se prepara para la aventura.

     Tras horas y horas de vicisitudes, pérdidas de rumbo y mil cosas más, que darían para tres tomos de <<Lo que no se debe hacer cuando sales de viaje>>, llega a su destino.

     El lugar no puede ser más desolador, un monte pelado y unas puertas desvencijadas.  Se arma de valor y pasa al interior acompañado por el tétrico chirriar de las bisagras. Un golpe de calor le da en toda la cara y apenas alcanza a ver al enorme perro que lo mira con sus seis ojos inyectados en sangre y le enseña los colmillos de sus tres feroces fauces. Oye un carraspeo a su espalda.

—Joven —le dice una voz con tonalidades cavernosas—  Debe cambiar su dinero por el del complejo, puede hacerlo en esa taquilla. Y le señala una caseta de feria situada cerca de un lago hediondo y más negro que la noche más negra. Simplicio se dirige hacía el lugar indicado no sin antes echar un vistazo al propietario de tan peculiar acento. Se trata de un tipo entrado en años, con tripa y un bonito color encarnado. Lleva un extraño sombrero adornado en su copa con dos puntas de ¿cuernos? El chapoteo de un remo en el agua lo distrae del examen del colorado personaje.

     Una barca se acerca a la orilla guiada por una figura encapuchada. Al ver a Simplicio extiende una mano.

—Su visita guiada —le dice— ¿Tiene los óbolos? Sino tendrá que hacerla nadando.

     El joven le da tres monedas, le ha advertido el gerente que le convenía ser generoso porque el barquero tiene malas pulgas. Según el tipo había clientes de temporadas pasadas aún esperando, por tacaños.

     Ya cumplido con el trámite, sube a la barca y entonces es cuando la ve…la criatura más hermosa que vieran sus vacuos ojos. Si la tuviera que definir, diría que es etérea. Rostro blanco lechoso, con unas graciosas ojeras negras alrededor de unos ojos que ocupan media cara; transparente, porque no es delgada, es más. Y vestida de novia premonitoria…

     A partir de ese instante el viaje pierde interés para Simplicio. No se percatará de las abrasadoras termas, ni de los baños de barro, ni las bañeras de hidromasajes con aguas burbujeantes, ni siquiera de las grandes saunas con enormes fuegos humeantes…Ni de sus variopintos usuarios que con sus gritos amenizan el lento deslizar de la barca.


     Ha pasado un mes desde la última vez que fue a casa de la señora Kuiper y se le ha hecho corto el tiempo. El cartero mira el sobre que lleva entre manos y llama al timbre. Clotilde, que así se llama la buena señora, abre la puerta.

—¿Me hace usted el favor de firmar aquí, en la hoja, al pie, donde pone <<firma del receptor >>?

La mujer lo mira con cara de no entender y una muda interrogación en sus burlones ojos azules.

—Siiii señora Kuiper igual, igual que las últimas veintiuna veces que le he traído otras cartas parecidas —refunfuña el tipo— Y es de su hijo, igual, igual, que las otras veintiuna…

     La buena mujer firma, mirando de reojo y con sarcasmo al estoico funcionario, procurando eso si, que éste no se entere, sólo faltaría eso…
El hombre le entrega la carta y dando media vuelta…

—¿Podría usted esperar un segundo? —le dice Clotilde al cartero mientras sigue leyendo la carta— me haría un gran favor. Miré, mi hijo me dice que este año no vendrá y tengo que plantar unas margaritas, pesan mucho y le estaría muy agradecida si…

     Si las miradas matasen, la señora Kuiper habría caído fulminada en ese mismo instante, pero como funcionario, se debe a la comunidad (maldita sea su estampa).

—Por supuesto, será un placer —le dice atragantándose con  las palabras.

     La mujer lo acompaña hasta el jardín, le señala unas enormes macetas y cuando el tipo se agacha a coger una…

 Mi muy querida madre:

      He conocido a una chica especial. Iremos a visitarla a usted las próximas vacaciones. Es la hija del dueño complejo vacacional. Aquí le mando una foto de nosotros dos.

P.D. La maleta sigue vacía.

                                         Le besa su hijo

                                                                     Simplicio



     <<Bueno, espero que a las margaritas les guste el cartero…>>piensa la señora Kuiper mirando la fotografía que tiene entre sus manos…


Tuareg

Por Juan Carlos Santillán.

1
"Año 6033 de Nuestro Señor Renovado; jornada 40 del Solsticio Estival Boreal; 1,5 Unidades Temporales pasado el Meridiano; 72 grados Escala Modificada de Celsius; Humedad Relativa 0,2..."
    ¡Calor de mierda!
    ¡Phillip, ese lenguaje!
    ¡Perdón, profesor!
     Phillip nunca habría podido imaginar que esto iba a ser tan aburrido. Si a los quince años te dicen que vas embarcarte en una expedición espacial como "oficial científico", te dices que todos esos años armando y desarmando armatostes en la escuela del profesor Leclerc sirvieron de algo. Y que la pasarás en grande fuera de este planeta infernal cubierto íntegramente de arena. ¡Frío, por las deidades, un buen planeta frío es todo lo que pide! Pero ya ha pasado un montón de días, siguen sin despegar y él se aburre como una piedra. Se ajusta bien el termotraje y decide salir de la nave a estirar las piernas.
     Baja por la escalinata y camina entre las interminables dunas de Central Park a Times Square, pasando junto a la cabeza semienterrada de la Estatua de la Libertad. Va, como siempre, pensando en esos nombres indescifrables. Han pasado de generación en generación sin que nadie termine de entenderlos. Se entiende qué es "estatua", aunque ya no se fabriquen, y, por supuesto, se sabe qué es "libertad", pero... ¿por qué hacerle una estatua? "Times Square" tiene varias interpretaciones, y parece tener sentido que, si se construyó una estatua a la libertad, se haga lo mismo con una plaza al tiempo. Cosas de los primitivos. Pero nadie entiende qué era "Central Park", la única área libre de ruinas, ideal para el despegue. Lo de "central" se puede entender, pero... ¿Qué diablos es un "park"? Los pseudocientíficos menos serios afirman que estaba cubierto de "árboles", entes fundamentados en el carbono de un tamaño equivalente a cien o mil de los rastrojos contemporáneos. No tiene sentido, claro, pero hay que recordar que son los mismos que afirman que entonces había corrientes de agua que circulaban por la superficie. Y que fue el propio ser humano quien destruyó todo aquello. Sí, claro. Y después va a resultar que esas ruinas gigantescas no eran construcciones funerarias, sino que estaban ocupadas por miles de personas haciendo... ¿qué? ¿Esa actividad indefinida que los paleoantropólogos llaman "negocios"? Buff....
    ¡Tuareg! —restalla la voz del profesor en el intercomunicador en su manga.
     Phillip se incorpora de un brinco y otea el horizonte. A lo lejos, divisa una gran nube de arena, semejante a una tormenta. Baja corriendo de la antorcha, pega un salto y sigue la carrera todo lo que le dan las piernas, rumbo a la nave. Montados en sus monstruosos megadromedarios, los tuareg descienden la empinada pendiente a una velocidad tan vertiginosa que ya los belfos de las primeras bestias resoplan sobre las alas del ornitóptero de reconocimiento cuando Phillip alcanza la nave, y sus descomunales pezuñas aplastan el pequeño vehículo al llegar el muchacho a poner un pie en la escalinata. Ésta se retrae veloz y las compuertas se cierran en el acto, aprisionando la cabeza de uno de los megadromedarios, que estalla como un fruto maduro, salpicando su sangre en el termotraje cubierto de arena. El viejo profesor lo empuja al interior
    ¡A tu cápsula, muchacho!
    ¿Partiremos ahora mismo?
    ¡Sí, el combustible no alcanzaría para una maniobra evasiva y un posterior salto a hipervelocidad, así que pasaremos de frente a lo último! ¡Métete a tu cápsula, los demás ya están dentro!
     Despojándose del termotraje en el camino hasta quedar por completo desnudo, Phillip atraviesa el reducido espacio y llega a la Sala de Hibernación, donde sólo quedan libres dos cápsulas.
    ¡Hey, alguien ocupó la mía!
    ¡Usa la mía, si lo deseas, muchacho, pero apresúrate!
     Una explosión retumba, haciéndoles perder el equilibrio.
    ¿Qué fue eso, profesor?
    ¡Sólo una de las bodegas, pero la próxima vez podríamos no tener tanta suerte!
     En las pantallas se ve, intentando introducirse por el agujero, a un puñado de desagradables tuareg,  con su grisácea piel apergaminada desprovista de vello y sus ojos amarillentos provistos de una tercera membrana traslúcida.
    ¡Van a entrar!
    No, en cuanto despeguemos, nos desharemos de ellos. Si alguno llega a entrar, reventará como un sapo en el vacío del espacio exterior. Cuando pasemos a hipervelocidad serán historia. ¡Ahora entra a la maldita cápsula!
     Phillip se introduce en la cápsula que señala el profesor, mientras éste termina de accionar un par de controles en medio del traqueteo y se dirige a la cápsula restante. El muchacho lo contempla maniobrar desnudo y decide que jamás será viejo. Aunque siente un gran afecto por el sabio anciano.
    Oiga, profesor, ¿no sería genial que nos tocara un hermoso planeta frío?
    Ten cuidado con lo que deseas, muchacho: podría llegar a cumplirse. Hasta pronto, mi buen amigo.
    Hasta pronto, Maestro.
     El profesor sonríe ante la deferencia del muchacho, y termina de acomodarse. Oprime un botón y ambas cápsulas se cierran herméticamente. Todo se estremece con el estruendo del despegue. Lo último que Phillip ve a través de la convexa cobertura transparente es el destello de la explosión. Y a los tuareg que, armados con gruesos garrotes, logran ingresar a la Sala de Hibernación. Después, nada.

2
"Año... cientos... y cuatro de.... Zzz..."
     El tablero estalla, echando chispas. La cobertura convexa se levanta. Phillip abre los ojos. No oye nada más que un monótono zumbido, como una fuerte ráfaga de viento. Se incorpora, aturdido. Deja pasar algunos minutos para que sus ojos se acostumbren a la luz, aunque ésta es escasa y más bien pálida. Una semipenumbra azulada. Finalmente, observa el interior de la nave a su rededor. Todo está destruido. Las demás cápsulas lucen destrozadas o estropeadas. La que lo contiene tiene los controles averiados y presenta numerosas abolladuras y raspones en la cobertura. Por todas partes, los tuareg son oscuras masas sanguinolentas, lo que quedó al ser succionados por el vacío del espacio exterior, supone el muchacho, tal como lo previó el profesor. El profesor. Phillip logra salir de la cápsula a trompicones, aún incapaz de controlar su cuerpo adormecido por la larga hibernación. Se pasea por las cápsulas. Observa detenidamente el interior de cada una. Todos están muertos. Esperanzado, se arroja sobre la última. Pero aparta la vista en el acto. El profesor es sólo un irreconocible amasijo de tejidos putrefactos. Aferrado a la fría superficie curva, Phillip llora amargamente por el hombre que le enseñó tanto y que, aunque sin saberlo, le salvó la vida con su gesto generoso. No sabe cuánto tiempo ha pasado cuando empieza a tomar conciencia de su propio cuerpo. Siente frío. Extraña sensación. Se dirige tambaleándose a un compartimento de la pared, donde el profesor mandó almacenar prendas apropiadas para todo tipo de clima posible que pudiese recibirlos, y coge una prenda elaborada con piel animal cubierta de pelo. La cabeza no le da para preguntarse de dónde diablos sacaron eso. Se la echa encima. Coge una bengala y la enciende. Está defectuosa, como todo en la nave, pero sirve. El cálido resplandor suelta rojas pavesas al aire. Phillip sale de la nave por el mismo agujero que emplearon los tuareg para entrar.
     Todo afuera es de la misma pálida tonalidad azulada. Al fondo se aprecian altos promontorios pétreos. A Phillip podrían parecerle blancos farallones congelados en una playa, o icebergs flotando a deriva en un mar casi congelado. Podrían parecérselo si conociera esas cosas, pero no las conoce. Sólo ve bultos que sobresalen del suelo a lo lejos. Y uno más cerca. Hacia él se dirige.
     Faltando pocos pasos, lo reconoce, aunque esté cubierto de esa sustancia blanca que sigue cayendo del cielo: las puntas que salen de la cabeza, el brazo levantado, la antorcha. Es la vieja estatua. Incapaz de reacción alguna, Phillip se limita a acercar la bengala. Es ella, sin duda. Vaya. El mundo frío. Su mismo mundo. No viajaron a ninguna parte, después de todo. Se quedaron ahí. Aunque ignora cuánto tiempo. Y qué pasó con el planeta. Malditos tuareg. ¿Qué habrá pasado con ellos, entonces? Pero es un mundo frío, ¿no? Sonreiría, si sintiera el rostro. Se lleva una mano a la boca. Tiene esa sustancia blanca adherida a la barba. Tiene barba. Y el pelo crecido. Y arrugas. La cápsula se dañó. Repasándose la cara con los dedos desnudos bajo el viento helado, nota algo. Le duelen las articulaciones. Sus quince años de vida consciente no le permiten tomar plena consciencia del pensamiento que martilla su mente sin cesar: es viejo. Y está absolutamente solo. Pero qué diablos, ¿es un planeta frío, verdad? Sigue sin poder sonreír. Está sólo. Está completamente solo. Las lágrimas se le congelan antes de escurrir de sus ojos.
    ¡Si al menos no estuviera solo! —consigue articular.
     De pronto, un ruido. Observa. Al fondo, levantando una gran nube blanca como una tormenta, se aproxima un numeroso grupo de jinetes al galope, profiriendo salvajes gritos. Phillip termina de entender, con la cruel sabiduría que no dan los años, sino la experiencia, que debe tener mucho cuidado con lo que desea. Porque puede cumplirse. Finalmente, consigue sonreír. Sabio, sabio profesor.
     La primera lágrima se descongela. Ya no se siente solo.

     La horda ya casi está aquí.