Por Greta Correa
Era verano de 1887. El
sol calentaba fuerte en las tierras del oeste. El vapor de la mañana inundó la
pieza de Domingo Romero, que siempre se despertaba como al mediodía. Trabajaba
en el campo por dos mangos. No le gustaba laburar para esos gauchos terratenientes,
que por tener piel más blanca y descendencia española se creían más que él.
“Elitistas pobres” los llamaba con su mejor amigo Santos, que tenía una
pulpería. Con su hermano sí hacía dinero de verdad.
Se
escapaba del trabajo para ir para allá, a veces no aparecía por dos días y
llegaba con aliento a vino. Se la pasaba jugando al truco con Santos.
Constantemente invitaban gente a jugar, mientras menos hablaran castellano,
mejor. La cosa era así: ellos eran muy buenos. Tenían sus señas específicas que
casi parecían telepatía. Apostaban cada semana con dos nuevos.
En
esa época había mucho inmigrante europeo que se quería adaptar. Tomaban el mate
y jugaban a las cartas, aprovechaban para enseñarles a los recién llegados.
Fácil, pero no explicaban la maraña mental detrás del juego. Los llevaba a la
pulpería de Santos y las chicas servían los tragos. Dejaban ganarles en las
primeras rondas para que agarraran confianza hasta que quisieran apostar. Ahí
sí les jugaba en serio. Hicieron enojar a más de uno. La voz se corrió de que
eran estafadores. Tenían que dormir con un ojo abierto.
Una
noche, le llegó la suerte a Domingo. Estaba llevando a los nuevos italianos a
lo de Santos. En el camino se le atravesó un hombre enorme de mostacho poblado.
Era una trampa. Los dos nuevos lo agarraron. Domingo fue más rápido y sacó su
facón. Le cortó el brazo al que lo tenía agarrado. El otro salió corriendo.
El
bigotudo vio la escena. No se quitaban la mirada de encima. Ninguno de los dos
iba a correr. El italiano agarraba su machete esperando a que Domingo hiciera
el primer movimiento. Se miraban frente a frente, sin pestañar. Sacaron sus
cuchillos y comenzaron a agitarlos, una estocada, otra estocada. Chispeaba el
metal contra el metal. Domingo se abalanzó contra el italiano sin miedo. Con la
mano derecha sostenía el facón y con la izquierda le pegaba con puño seco donde
podía.
El
hombre le mandó un sablazo que le llegó a la cara. El gaucho intentó
esquivarlo, pero no pudo. Le hizo un tajo que llegaba de la sien a la mejilla.
La sangre no tardó en cegarlo. Tuvo que dar unos pasos atrás, se trastabilló
por el mareo y cayó al suelo. El italiano soltó una carcajada. Domingo se
limpió la herida con el poncho y luego se lo enrolló en el brazo. Se levantó de
la tierra, recargado de ira. Ahora cargaba el facón con seguridad. “Nadie se
ríe de mí”, pensó. Su corazón latía con fuerza. La sangre le hervía. La
carcajada del italiano le enervaba. Corrió hacia él.
—¿Qué?
¿No tuviste suficiente, gaucho di merda?
El
italiano agarró su machete con las dos manos. El gaucho en un abrir y cerrar de
ojos ya estaba nariz a nariz con su adversario. Maniobraba con su cuchillo; le
hizo un corte en el costado. Mientras su oponente se doblaba hacia la
izquierda, ya Domingo le estaba atacando la costilla derecha. El italiano soltó
el machete, pero aún se defendía. Le logró desviar las estocadas con los
brazos. Domingo lo intentó tumbar. Era pesado y macizo. Lo intentó otra vez, no
podía. Le hizo un tajo en las bolas. El italiano se agachó y soltó un alarido
de dolor, la sangre brotó a chorros, la tierra la absorbía, parecía lodo.
Domingo le puso el pie detrás y lo empujó con fuerza. El italiano cayó al fango
rojo. Luego se agachó frente a él y le puso el facón contra el cuello.
—Mira
que te despellejo, ¿eh?—Domingo le paseó la navaja por la cara, bajaba el filo
desde la frente hasta la mejilla, lo cortó, le dibujó una equis.
—Andate,
italiano de mierda.—revoleó el cuchillo. El italiano salió corriendo dejando un
rastro tras él. Domingo se reía.
Después
del episodio se fue a celebrar en la pulpería. Llegó con la ropa manchada, la
cara chorreando sangre, pero no disimulaba la sonrisa pícara.
—¿Qué
te pasó, hermano?—dijo Santos.
—Tenías
que ver al otro tipo. Salió corriendo con el rabo entre las patas. —respondió
sonriendo.
—¿Quien?
—El
italiano del otro día. El grandote, de bigote.
—¿Cuál
de todos?—se rieron. El músculo contraído del cachete hizo que saliera un
chorrito de sangre.
—A
ver—Santos le levantó la cara y le echó ginebra en la herida. Domingo abrió la
boca y su compadre le dio un trago seco, Santos también tomó un trago. Se
carcajearon, se abrazaron y continuaron la noche.
Había chinitas con ellos. Bebieron
vino y ginebra, se dieron un gran banquete con las chicas y subieron al segundo
piso cuando ya tenían sueño. Era una habitación con dos camas, porque Domingo
se quedaba ahí a menudo. Las mujeres dormían en la habitación de abajo. Santos
sentía admiración por su amigo. Domingo le contaba con detalles cómo había
trazado la equis en la cara del enemigo, cómo esquivó el machete. Santos
pensaba que su compadre era perfecto. Siempre tenía una historia nueva y
siempre salía campeón. Le hubiese gustado estar ahí para defender a Domingo.
—De haber estado ahí, le hubiese
clavado mi facón en el ojo.—dijo Santos.
—Le
corté las bolas.
—De
haber estado ahí, se lo hubiese cortado entero.
—Difícil,
daba pelea también el italiano.
—¿No
te da miedo que nos venga a buscar?
—Na.
Y si viene, lo mandamos a dormir.
Entre risas, los
amigos se acostaron, sintiéndose ganadores.
Despertaron
con el grito de las chinas. Alguien había entrado. Domingo se espabiló y agarró
su facón. Cuando pudo enfocar, vio al italiano apuntándolo con una pistola con
mitad de la cara vendada y un pañal de tela. Trajo un cómplice, estaba
apuntando a Santos.
Domingo saltó de la cama
deslizándose por el piso. Los dos intrusos dispararon, ya estaba por sus pies.
Le cortó los ligamentos de los tobillos al bigotón.
—Fuera
abajo.
Cayó
como un árbol. El secuaz le apuntó, pero el gaucho ya tenía la boleadora en la
mano. Se la lanzó y lo ató como un animal. Le cortó el cuello. Se quedó con el
arma y buscó municiones. Se puso encima del italiano, que estaba en el suelo, y
le dio un tiro entre ceja y ceja.
Vio
a Santos en la cama, lleno de agujeros, desangrándose. Lo miró todo pálido,
soltó una lágrima y le persignó. Cerró sus ojos y lo cubrió con la manta. Sacó
los facones que estaban debajo del colchón, se los puso en su cinturón. Se asomó
fuera de la habitación para medir la situación. Había cuatro o cinco abajo.
Estaban con las chicas, acosándolas, tocándolas. Eran puros italianos.
Reconoció algunas caras que había retrucado. Fue a buscarlos con cuchillos, la
pistola y la boleadora.
—¡El
problema es conmigo! —gritó desde el balcón del segundo piso.
Dispararon
contra él, saltó del balcón y aterrizó en el piso rompiendo la madera bajo él.
Rodó y esquivó los tiros. Lanzó la boleadora a los pies de uno, cayó. Se acercó
a él y le clavó el facón en el abdomen, lo abrió hacia arriba hasta las
costillas. Se le salieron las tripas, el hombre gritaba en pánico.
Mientras
despedazaba al primero, apuntaba al segundo italiano. Le tiró dos cuchillos en
un microsegundo. Uno se clavó en la garganta, otro en la frente. No le dio
tiempo de disparar. Fue hacia el cuerpo, le sacó los cuchillos, que hicieron
que brotara un chorro de sangre. El del cráneo fue más difícil de sacar.
Sacudió los cesos del cuchillo y los puso en su cinturón.
A
sus espaldas estaba un tercer italiano, que le disparó. Le acertó en el hombro.
Domingo se volteó y le metió tres tiros. El cuerpo bailó chispeando las
paredes. Dio tres pasos antes de tumbarse al suelo. Domingo se acercó y le
revisó los bolsillos. Tenía un montón de plata, se la guardó. Le quitó el arma
de dos cañones, y siguió su camino cabizbajo. Observando dónde podrían estar
los otros dos que le faltaban. Se escondió tras el mostrador.
Escuchó
unos gritos en la habitación de las chinas. Domingo corrió y abrió la puerta.
Encontró al cuarto italiano sometido por las dos mujeres. Estaba atado como un
matambre.
—Bien
ahí las chinas.
Domingo
se acercó, el hombre rezaba en pánico. Le pasó el filo del cuchillo por el
cuello, de izquierda a derecha. La sangre del italiano le manchó la cara. Se
limpió y seguía serruchando, hasta que recordó que todavía quedaba uno.
—Cuélguenlo
de cabeza, que después nos lo comemos—le dijo a las chicas. El hombre seguía
vivo.
Salió
a cazar. Sus sentidos se agudizaron. Vio una luz blanca fantasmal apareciendo a
su izquierda, encima del mostrador. Reconoció que era Santos, señalando hacia
abajo. Domingo le guiñó el ojo. Sacó sus cuchillos. Se acercó sigilosamente
desde detrás del mostrador. De un salto se montó en la mesa y vio al italiano
agachado. Se volteó, agarraba su hacha y la agitó. Domingo le saltó encima y le
clavó los cuchillos en los hombros.
El
fantasma de Santos sostuvo al italiano de los brazos. Él, contra su voluntad,
quedó inmovilizado sin entender lo que le estaba pasando. Domingo sacó uno de
los cuchillos del hombro y se lo clavó en el ojo. El hombre gritó maldiciones
en italiano. Él clavó el machete en la boca. Después bajó los pantalones del
italiano y le agarró el pene, lo castró con su cuchillo más rústico.
Después
de eso, el fantasma de Santos desapareció. Domingo volvió a la habitación con
las chicas. El italiano estaba colgado boca abajo, ya pálido. Las sirenas
comenzaron a sonar a la distancia.
—Bueno
chicas, me parece que nos tenemos que ir.
—Tenemos
los caballos atrás.
Salieron Domingo y las dos chicas con los tres caballos, armados y con plata, en busca de otras tierras más allá del horizonte.
Consigna: Escribí un western gauchesco muy violento.
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