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sábado, 10 de noviembre de 2012

PARTO

Por Mauricio Vargas.

 Basado en Zombaby de Raúl Omar García.

                      El feto, declarado muerto hacía unos minutos,
                      se revolvió en la placenta y devoró a su
                      madre por dentro hasta surgir por el vientre rasgado.



El demonio surgió de la oscuridad y dejó ver sus ojos flameantes. Luego, otro demonio más pequeño vino corriendo hacia ella, le agarró por los pies y trepó por su entrepierna para introducirse por su vagina. El demonio rió y ella sintió el dolor en su vientre…
…y luego despertó gritando en la oscuridad. De nuevo su vientre le estaba doliendo. Puso su mano temiendo sentir los extraños movimientos como las veces anteriores, pero no sintió nada. Sin embargo, eso no la tranquilizó. Las horribles imágenes que embargaban sus sueños y la zozobra con la que despertaba cada noche estaban a punto de enloquecerla.
Sus sueños habían dejado de ser un lugar seguro desde que la violación en el callejón. Esa noche solitaria en la zona roja, el hombre se acercó a ella y la invitó a un trago, pero antes de llegar al establecimiento el hombre la empujó hacia el callejón y  la penetró violentamente. Ella quiso librarse, pero el sujeto la sometió, eyaculó y la dejó tirada en el callejón, gimiendo y llorando de dolor. Desde ese momento se había recluido en su casa. Decidió abortar cuando supo que estaba embarazada, pero a los tres días descubrió que su vagina estaba sellada. Trató de introducir un dedo adentro, pero no pudo; los labios estaban pegados. Ahora, una semana después del incidente, su vientre había crecido insólitamente. Cuando iba al baño, la orina alcanzaba a filtrarse, pero cuando intentó despegarse los labios fue inútil.
Mañana iría al médico, buscaría a alguien que la hiciera abortar, no sabía. Sin embargo, su preocupación inmediata era que, nuevamente, estaba desfalleciendo ante el sueño.

Cuando despertó en medio de la madrugada, no fue a causa de ningún sueño, pero encontró alrededor de su cama a cinco hombres observándola. En el centro había una criatura enorme de ojos centelleantes que sonreía. Ella trató de gritar, de salir corriendo, de despertar, pero algo le impedía moverse y emitir sonido. Escuchó las plegarias de los hombres a su alrededor y volvió a sentir el olor a azufre. Su vientre se empezó a  estremecer y el dolor la invadió. Vio cómo una pequeña garra rompía la piel del estómago, vio salir el brazo lleno de sangre y luego la cabeza con cuernos. La criatura emitió un agudo chillido. Luego, antes de morir desangrada, vio cómo el padre de ojos llameantes recibía a  la criatura en sus brazos.


Feliz cumpleaños

Por Antonio Tomé Salas.

Basado en Vendetta de José Alonso Casas

                                                       Con la furia contenida, de un hachazo. 

                                                       Castigó a quien le quitó lo más preciado, 
                                                       si simplemente su papá no le hubiera escondido la bicicleta.



Aquel frío día de Noviembre José entró como una exalación en su casa.

Era su cumpleaños. El niño que apenas cumplia trece años corrrió en busca de su padre.
–Papá papá, ¿y mí bicicleta papá?, hoy es mi cumpleaños.
El padre bajó las escaleras de madera y se acerco a su hijo, inclinandose hacia él hasta tocarse las rodillas con las manos, y le dijo:
–Lo siento muchísimo pequeño, pero me temo que este año no va a poder ser, tendrás que esperar al año que viene.

José sintió un hormigueo que recorria todo su cuerpo, pero reprimió las lágrimas que pugnaban por salir a flote.  
Su padre se fue a la cocina, y sentándose en una silla, le contó a su mujer lo sucedido:
–Cariño, no puedes ni imaginar la cara que ha puesto José cuando le he dicho que este año no le podemos regalar la bicicleta que le prometimos.

–Pablo no seas cruel y sube la bicicleta del sótano. Solo cumple trece años, y estaba muy ilusionado con su bicicleta. Anoche no podía ni dormir, tuve que hacerle una tila y todo.
–No te pongas así mujer. Voy arriba a dormir un rato, después cuando vengan todos sus amigos a la fiesta me despiertas ¿vale?, y mientras tú sacas la tarta, yo subo la bicicleta del sótano, ¿de acuerdo?
–Bueno, vale, que descanses cielo.
Pablo le dió un beso a su mujer, y después se dirigió hacia las escaleras que conducian al primer piso, donde se encontraba su habitación.
Iba subiendo las escaleras pensando en la cara que iba a poner José cuando viera la bicicleta, pero de pronto tuvo que pararse en seco.
José estaba sentado en el penúltimo escalón.

–¿De verdad que no me vas a regalar la bicicleta?
–¿Piensas que te estoy mintiendo?

Pablo rodeó a su hijo para subir el último tramo de escalera, reprimiendo la risa con el antebrazo tapando su boca.
"¿Y encima te vas a reir de mí?", pensó José con un destello de furia en los ojos.
Habían pasado dos horas cuando la puerta de la habitación se abrío muy lentamente.
Pablo notó una leve brisa que le hizo incorporarse de la cama. En la puerta, una silueta temblorosa se recortaba al trasluz.

–¿José?
La silueta atravesó la habitación en un suspiro. El hacha que portaban las manos temblorosas descendierón con una fuerza atroz.
–Ya no quiero mi bicileta.

Dualidad.

Por Carmen Gutiérrez.

Basado en Ritual de Pepe Martinez

                                                            Tomó la daga entre sus manos y con pulso firme lo cortó.
                                                            —¡Este es mi destino y mi maldición! —dijo
                                                            con una monstruosa sonrisa en el rostro.


El camino había sido largo y frío. Pasó años escondido en la pobreza y miseria, pero ahora estaba listo.

Frente a la casa dudaba en acercarse. Temía presentarse ante Jeshua, pues sólo uno sobreviviría aunque estaban viejos, cansados y fastidiados.  ¡Si Dios pudiera verlos ahora! ¡Renegados! ¡Rebeldes! El terrible dolor de cabeza le provocó arcadas. Una luz se encendió, vio la silueta de su amigo asomándose por la ventana y perdió el conocimiento. 

Cuando despertó, Jeshua le humedecía los labios con vino caliente y la chimenea templaba sus piernas.

—Creí que nunca me encontrarías, Damián.
—Sabes que no puedes huir.
—Tú tampoco, amigo mío.
—No. Pero te he buscado y tú te escondes de mí.

Jeshua se alejó  y avivó el fuego en el hogar.

—Tienes que hacerlo, es necesario. Naciste para ello—dijo su invitado a sus espaldas.
—Damián, no eres el indicado para darme sermones. También quieres evitarlo. 
—Debes salvar a la humanidad, Jeshua. Lo sabes.
—No quiero sacrificarme por ellos, no de nuevo. Dejé todo eso atrás y es injusto que vengas a pedírmelo; estoy retirado y viejo, sólo déjame en paz.
—Si no lo haces, —dijo Damián mordiéndose los labios— todo comenzará otra vez.
—No has hecho tu parte, aún no es el momento…
—¿Y vienes con tecnicismos? Sabes lo que pasará, conoces el resultado. ¡Mírame! Soy un monstruo. ¡Toca mi frente y lo entenderás! Antes de encontrarte, una familia me abrió sus puertas, me alimentaron, me cuidaron y los maté… sin pestañear. Esto va a empeorar… te lo suplico… —Damián rompió en sollozos desgarradores— ¡Soy un peligro, un demonio, debes hacer el ritual!

Jeshua asintió y sonrió tristemente. Damián se levantó y salió a la noche helada. La luna reflejada en la nieve le cegó. Se despojó de sus ropas y contuvo otro quejido antes de tumbarse.

La transformación era más visible. Su piel se confundía con la blancura y absorbía la luz. La oscuridad se extendía rápidamente cuando estaba cerca de Jeshua.

“Es hora” pensó Damián.
      —Es hora —murmuró Jeshua.

Silenciosamente rezó pidiendo perdón. Expuso el cuello de Damián, quien comenzaba a retorcerse y temblar, tomó la daga entre sus manos y con pulso firme lo cortó.
—¡Este es mi destino y mi maldición! —dijo con una sonrisa perturbadora en el rostro.   

Mientras Damián agonizaba en la nieve, Jeshua lanzó la daga contra el cielo.
—¡Reniego de ser tu hijo! —gritó a Dios, desesperado. 




Liberación

Por Evelia Garibay.

Basado en Pesadilla de Carmen Gutiérrez.


                                                            Al despertar, mis manos aún apretaban su cuello 
                                                            y siguieron hasta que su corazón se detuvo. 
                                                            Esta noche ningún monstruo volverá a molestarme.


Para Laura la noche en el club había empezado como cualquier otra, los tragos, sus amigas, el baile y el ligue, tres hombres sentados en la barra  no les quitaban los ojos de encima, pero al final de la noche a la única que se llevaron fue a ella. Sus amigas le advertieron que se quedara pero la emoción y el querer probar algo nuevo fue lo que la convenció.
Una hora después estaba a bordo de una camioneta con los tres hombres, ella iba en el asiento trasero en los brazos de él, no le importaba su nombre, solo lo que le hacía sentir, las manos masculinas recorrieron su cuerpo sin dejar ni un centímetro sin explorar, cuando las toscas manos se detuvieron sobre sus senos y pellizcaron los pezones Laura se estremeció y suspiró de placer nunca la habían tomado de forma tan brusca, la mezcla de temor y placer eran muy excitantes.
El ambiente cambió en cuanto la puerta de la casa a donde llegaron estuvo cerrada tras ellos, él la empujó por los hombros haciendola caer y uno de los otros hombres la tomó por el cabello y la arrastró hasta una habitación donde le arrancaron la ropa entre los tres, Laura intentó gritar pero le pusieron una mordaza y los movimientos desesperados de su cuerpo lo único que lograron fue agotarla rapidamente, cuando la fuerza la abandono, el agarre de los hombres se hizo menos fuerte pero aún así no consiguió moverse, las manos masculinas recorrieron su cuerpo pellizcando y apretando sin consideración, esto ya no era para el placer de ella sino solamente para ellos. Los tres la violaron, la golpearon y mordieron todo lo que quisieron, en algun momento de la noche uno de ellos trajo un cinturón de cuero y la golpeó hasta hacerla sangrar, Laura dejó de intentar gritar porque su garganta se sentía desgarrada pero las lágrimas no dejaron de fluir en toda la noche. Al final la dejaron sola con uno de ellos, él siguió usandola y golpeandola hasta que exhausto se quedó dormido junto a ella.
No la habían atado.
Sin hacer ruido Laura tomó el cinturón que el hombre había dejado a su lado lo enroscó en su cuello y comenzó a apretar y siguió apretando hasta que su corazón se detuvo, esta noche ningún monstruo volvería a molestarla de los otros dos ya se ocuparía mañana.

REVANCHA

Por George Valencia.

Basado en Venganza de Paris Legaz

                                                               Los sesos esparcidos en el suelo le hicieron cagarse. 
                                                               Olor a humo y sangre. Su última visión, 
                                                               un hombre llorando antes de jalar del gatillo.



Había experimentado un temor supersticioso por lo que pudiera acontecer después, pero jamás imaginó lo que ocurrió.
Lo primero fue la increíble cantidad de sesos desparramados que se esparcieron como un caldo blanquecino. Luego vino la sangre, una mancha roja bajo el cuerpo desplomado. Y por último el olor a pólvora, que inundó las fosas nasales de César en una vaharada tan penetrante que le lagrimearon los ojos.
Paradójicamente, esto último fue lo que más le impresionó. Había previsto la desagradable carnicería, pero nunca antes había disparado un arma, y no contaba con el pestilente hedor que sucedió al disparo. De hecho, pensaba estar muy lejos a esa altura, pero las cosas habían tomado un giro imprevisto.


Ella había sido la culpable. Ella se lo había buscado.
César trató de evitarlo, pero se hallaba ante una situación que había llegado a su límite. Uno muy jodido.
A veces la vida es un maldito callejón sin salida.
La amaba, y mucho, y le había dado todo, pero al final ella había decidido que lo mejor era la separación. Una separación definitiva, de raíz. Encima tenía el cinismo de decir que era por su bien. Sí, cómo no, pensaría más tarde cuando se enteró de que llevaba un par de meses saliendo con alguien. Un estúpido con muchos músculos y poco cerebro.
Cómo le había dolido eso, por Dios. Nunca pensó que sufriría tanto. Pero ahora ella tendría lo que se había buscado. Sí, señor.


Así que compró el arma, y aprendió algunas bases para su uso observando un video en internet. Nada complicado. La madre de César solía decir que su hijo aprendía rápido, aunque a falta de tiempo y de un lugar para practicar, solo cuando llegara el momento decisivo sabría qué tan efectivo había sido su aprendizaje.
Se moría por ver la cara aterrada que pondría ella.
Se dirigió a la habitación que solían compartir juntos, abrió la puerta, entró y disparó.
Sesos desparramados, sangre por doquier… Una escena desagradable, sí. Y ni hablar del olor a pólvora.
Pero lo peor era que su temor se había materializado.
Sabía que nunca iría al cielo, pero ver su propio cuerpo tirado en el piso segundos después de haber disparado le hizo tomar consciencia de que tampoco iría al infierno.
Un alma en pena, errante.
Lo que tanto temía…
…Aunque al menos podría verle la cara a ella después de todo…

Iré por ti

Por José Luis "Pepe" Martinez.

Basado en QEPD de Perdón Camila

                                                                             Deseó ver a su amada solo una vez más. 
                                                                            Sonó su celular, era su voz. Le dijo: “Voy por ti”. 
                                                                            Minutos más tarde escuchó sus rasguños en la puerta.



Scrash… scrash… scrash.



Sonó su celular, era su voz.

—Prometiste que estaríamos juntos para siempre, ahora veo que todo fue un error —le dijo la chica sollozando—. No debió pasar, se que eres inteligente y me podrás olvidar —los rasguños en la puerta fueron su despedida.
—Voy por ti —contestó el hombre, era demasiado tarde.

Agradeció a las nubes de tormenta que cubrieron la luna llena. La oscuridad fue su aliada. Se paró frente a la tumba y dejó caer la punta de la pala que rompió la tierra. En ese mismo instante un relámpago pinto el cielo, la llovizna comenzó a caer, tenía que darse prisa. El deseo de ver a su amada una vez más bien merecía cubrirse de barro y podredumbre. Los tres metros de arcilla que lo separaban del cajón fueron superados sin dificultades, con manos temblorosas acarició la tapa del ataúd, dentro descansaban los restos de su amor.

—¡Puedo escucharla bajo tierra! —gritó temblando.
—Tranquilo, ya hemos hablado de esto, no hay nada. Son alucinaciones.
—¡La defraude! ¡Llegue tarde! Si hubiera…
—Toma tus medicamentos.
—No necesito más medicinas.
—Te relajaran —contestó su colega.
—Solo hay una forma en que se vayan esos malditos sonidos —sentenció.

Descendió del coche tiritando, el lodo escurrió por las perneras de sus elegantes pantalones blancos, caminó con poca elegancia hacía el maletero y lo abrió. En su interior tenia los restos y en su laboratorio los objetos faltantes para consumar su obra. Con total respeto colocó el cuerpo sobre la fría plancha de acero y comenzó a cortar delicadamente con el escalpelo. No había sangre; la funeraria había hecho un buen trabajo en la mortaja.

—Pronto nos reuniremos nuevamente —dijo al cadáver de su novia.

La tormenta eléctrica arreció entrada la madrugada, cada relámpago iluminaba la sala de operaciones dejando ver la tétrica escena. Él sabía que lo perdería todo, su brillante carrera de cirujano se esfumaría cuándo vieran el resultado de este trabajo. Pero no le importaba, cada puntada que era dolorosa pero ya no podía parar. 


A la mañana siguiente las enfermeras lo encontraron agonizante, delirando con una sonrisa maniática en el rostro, en su nuevo rostro.


—¡He cumplido mi promesa! —vociferó ante la concurrida sala—. ¡Ahora se irán!, ¡tienen que irse! Ahora estamos unidos y nada, ni nadie podrá separarnos.

Scrash…scrash... scrash.

Escuchó cuando se cerró la puerta del coche patrulla que se lo llevó.





jueves, 8 de noviembre de 2012

“Alucinaciones”

Por Palomba Lainez.

 Basado en Vendetta de José Alonso Casas

                                                       Con la furia contenida, de un hachazo. 

                                                       Castigó a quien le quitó lo más preciado, 
                                                       si simplemente su papá no le hubiera escondido la bicicleta.


                                                

-Papá... Papá... Vení, rápido…Dale, apurate… Mirá… Lo ves… Ahí está en el patio andando en mi bicicleta…
Ramón no podía dar crédito a las palabras de su hijo. Acudía a su llamado pero jamás podía comprobar lo que le decía. Él no veía nada. Ni por un segundo era capaz de detenerse a analizar la situación, de imaginar que su hijo no mentía. En cambio sólo se limitaba a reprenderlo:
-Ya no sigas con esa historia…
Pedro era un chico flacucho, algo alto para sus diez añitos. Era muy inteligente, muy estudioso. Jamás tenía problemas de conducta en el colegio.
Las mayores dificultades en su vida eran la falta que le hacía su mamá, había muerto hacía cinco años después de un parto muy complicado al nacer su hermano, y la mala relación que tenía con su padre a causa de estas visiones que desde muy chico experimentaba.
Según su padre, sufría de “alucinaciones”. De noche se despertaba llorando, aterrado. Unos seres espeluznantes, desprovistos de piel, una especie de esqueletos de alambre negro, con una calavera triangular, sus piernas y sus manos terminaban en larguísimas  garras, trepaban por la reja de la ventana de su habitación a oscuras. Él los veía a través de la luz de la calle que los estampaba sobre las rendijas de la persiana de madera. Esto duraba apenas unos segundos los precisos para sumir a Pedro en una total consternación. Así sucedía todas las noches, aparecían, dejaban dos caramelos, uno para cada hermano y huían. Si los niños llegaban a chupar esos dulces, morirían, sus almas serían succionadas de su cuerpo y vagarían en las tinieblas.
Pedro se ocupaba de recoger los caramelos y hacerlos desaparecer.
Una noche no pudo contener su temor…
-Papá… Papá…Ahí vienen… Ahí vienen… Tengo mucho miedo…-exclamó.
Al oírlo Ramón corrió a su habitación, lo tomó fuertemente de un brazo, lo llevó al baño, lo sometió a una ducha de agua fría y luego lo dejó desnudo allí encerrado.
David, su hermano menor, al quedar solo en el dormitorio, descubrió los caramelos.
A la mañana siguiente David yacía inerte en su cama.
El odio que sentía Pedro hacia su padre se iba agigantando cada vez más.
Hasta que un día el niño se cansó de la incredulidad, la indiferencia y la crueldad de su padre.
Con la furia contenida, de un hachazo, castigó a quien le había quitado lo más preciado. 



Karma

Por Angie Leal Rodríguez.

Basado en Fantasma de William Fleming



                                                   Tenía miedo de que aquellas personas siguieran en la casa.
                                                   Desde su ático, recogió la bola de su tobillo,
                                                   viendo cómo se alejaban asustados.



-1-
Escuchó el zumbido de un objeto entrando por la ventana. Habían pasado muchos días desde la última vez que un ángel le lanzara algo de comer. Hacía frío y el viento helado pasaba libre ante la ausencia de vidrios, colándose hasta el último rincón del ático; estaba hecho un guiñapo, semidesnudo, descalzo, enjuto, débil hasta para respirar.
Perdió la cuenta de los días que llevaba ahí, se convirtieron en meses… muchos. El grillete se ceñía a su tobillo y le era cada vez más difícil dar pasos. Sus lamentos rompían la monotonía del ocaso. No lloraba, se le habían acabado las lágrimas.
Aún recordaba ese dieciocho de abril en el que, cobijado por el manto oscuro de la noche, entró al hogar de los Morgan y sigiloso como un gato roció el exterior de la casa con varios galones de gasolina y le prendió fuego.
-2-
Disfrutaba ver crecer las llamas, sentir el calor que emanaban, imaginarse a Mr. Morgan despertando asustado haciendo lo imposible por sacar a su esposa y a sus tres pequeños hijos de la casa ardiente; pero no lo lograrían, se achicharrarían cual bombones en fogata, gritarían de dolor al sentir su piel encogerse y quemarles hasta el alma, tal vez el humo llenaría sus pulmones y tuvieran una muerte rápida, pero sería mejor que sufrieran, que se retorcieran de dolor. Nadie pudo hacer nada.
Pasaron los días y su conciencia no lo dejaba tranquilo, se entregó a las autoridades, lo condenaron a cadena perpetua, pero no en una cárcel común, sino en los restos de la casa Morgan… sí, ahí mismo.
Tras mínimas labores de limpieza y aprovechando que la vivienda quedaba alejada del vecindario las autoridades acordaron que no habría mejor prisión que ésa, así nunca olvidaría su crimen, viviría atado a un pesado grillete de por vida en un desvencijado ático a punto de ceder, con la puerta llena de cadenas, causando lástima y horror, despertando ansias de venganza y a merced de la caridad de alguna que otra persona que de repente le aventaba un pan duro o alguna botella con agua.
-3-
Una anciana y su nieto se alejaban presurosos, asustados, pero conformes con su deber cristiano.
Con dificultad levantó la bola y logró alcanzar la comida. Abrió la bolsa y empezó a comer ansioso.
Esa fue la última vez. Al día siguiente sus ojos no le mostraron la luz.

Susurros

Por Camila Carbel.

Basado en Reflejo de Mauricio Vargas
                         
                                                                                 ¡Bang!
                                                                                 El tipo cayó muerto en el baño. 
                                                                                 Había hecho que se suicidara y, por fin, se sentía real. 
                                                                                 Pero aún seguía atrapado detrás del cristal.



Miles de veces escucho decir, “si te llevas un alma podrás traspasar el cristal.”



     Lo Monstruos existen, el mundo entero lo sabe aunque la mayoría jamás vio uno. Marcos sabía que habitaban detrás de los espejos, desde que era pequeño pero nunca lo contó. Él podía escucharlos, lo volvían loco. Cada vez que se acercaba a uno era como si lo hipnotizaran no lograba moverse, se quedaba paralizado. Le decían algo pero le resultaba imposible comprender.

     A medida que pasó el tiempo las voces fueron disminuyendo poco a poco. Pero siempre sintió que había algo detrás del cristal. Cuando no tenia nada que hacer le encantaba mirarse al espejo, se movía esperando que el reflejo se equivocara, pero eso jamás ocurrió. Otras veces simplemente le gustaba mirarse y hacer como que hablaba con alguien inventaba diálogos y discutía con personajes que inventaba en su cabeza.

 

 

 

     “Si te llevas un alma podrás traspasar el cristal.” No podía dejar de pensarlo. Le causaba mucha curiosidad ¿como seria el mundo del otro lado?, pero más le atraía el pensar que podía verter toda la oscuridad se su ser en ese mundo lleno de luz.
     La leyenda contaba que uno de sus tíos lo había conseguido, pero que había trabajado muy duro. Si eso era cierto, no había razón para pensar que él no seria capaz de logarlo.
     Decidió centrarse un ser, y focalizar todas sus energías en él, en provocarle el mayor daño posible para quedarse con su alma. Lo buscó desesperadamente hasta que lo encontró. Era un tipo común, pero su mirada era distinta, no tenía ese brillo, esa luz tan característica del resto.
     Cada vez que se acercaba comenzaba transmitirle su oscuridad. Al poco tiempo empezó a notar cambios. Parecía ser tan sencillo. Solo que le llevó más tiempo del que pensaba, los malditos no eran fáciles de convencer. Parecían verse afectados el primer tiempo, pero luego se mantenían igual durante una buena temporada. Pero un día lo consiguió, hizo que el tipo apretara el gatillo. Pero por alguna razón no podía atravesar el cristal.



     Lo primero que se le vino a la mente a Marcos fue un libro de King, donde un hombre se dispara a la cabeza, pero no logra matarse. De repente oscuridad total, hasta ver la luz del hospital.
Como se podía ser tan estúpido como para no matarse si se metía una bala en los sesos. 



La culpa

Por Héctor Priámida Troyano.

Basado en CONTROL de Evelia Garibay.

                                                              Mientras las agujas perforan mi piel no emitiré ni un ruido. 
                                                              El control es lo que importa, mi control. 
                                                              Y no darle la satisfacción al cabrón.



     Todo era culpa de aquella perra insolente. Rudin Fellon estaba convencido de ello. Aunque el dolor y la confusión le nublaban la mente, no lograba encontrar otra explicación. Se trataba de una maldición: la mujer a la que le había rajado la garganta era una hechicera, seguro, y lo había jodido —pero bien jodido— con un temible conjuro.
     La extraña estrella de cinco puntas que colgaba de su cuello debía haberle puesto en guardia. La fulana pertenecía a la detestable ralea que siglos atrás había infestado la ciudad.
     ¿No podía haberse quedado quieta, como habían hecho las anteriores? La visión de la afilada navaja había bastado para que ellas, paralizadas por el temor, le dejaran hacer. Rudin solo quería follar, y las zorritas le habían proporcionado lo que necesitaba. Si la bruja del demonio no se hubiera resistido, si no le hubiera mirado con aquellos ojos agrandados por el asco, despreciativos; si no le hubiera escupido, si no le hubiera hecho sentirse un insecto insignificante, si no hubiera gritado (le había metido las bragas en la boca, pero aun así seguía intentando chillar la muy puta), todavía continuaría viva. Y para colmo ni siquiera había conseguido correrse: la lucha le había dejado extenuado y la erección se le había desinflado como un globo pinchado.
     Desde entonces habían cesado sus correrías semanales de caza mayor por los parques y callejones de Salem. Al día siguiente del incidente, Rudin amaneció con la palabra «ASESINO» inscrita en el pecho. Con enormes letras rojas, del color de la sangre. Había intentado ocultarlas grabándose un tatuaje sobre ellas.
     —Ahí no tiene usted nada, amigo... —dijo, perplejo, el operario del taller de tatuajes.
     —Cierre el pico y realice su trabajo. —¿Cómo osaba burlarse de él aquel muerto de hambre? ¡Imbécil!   
     El obrero le pinchó de manera inclemente, molesto por la rudeza del cliente. Mientras las agujas perforaban su piel, Rudin no emitió ningún sonido. El control es lo que importa, mi control, pensó tumbado en la camilla. Y no darle la satisfacción al cabrón.
     Pero fue en vano. El tatuaje desapareció al poco por arte de magia y la infamante acusación volvió a hacerse visible. Y pronto empezó a provocarle un escozor insoportable.    
     Cuando, tras firmar su confesión espontánea, fue desnudado para el registro, el agente anotó escuetamente en el parte oficial: «Hombre. Raza blanca. 35 años. Sin defectos físicos aparentes. Cuerpo limpio: sin ninguna marca».

miércoles, 7 de noviembre de 2012

El VISITANTE DE LA TORMENTA

Por Eric Meighan.

Basado en Truenos de Antonio Tomé Salas.

                                                                  Estaba en la cama, el tercer trueno iluminó toda la habitación,
                                                                  con el corazón en la mano, la garganta cerrada. 
                                                                  El rostro pálido me miraba.


Se apagaron las luces de la habitación y Nicolás se preparó para dormir, tomó su vieja lámpara y la pasó del lado derecho de su almohada y empezó a soñar.
La habitación estaba oscura, pero había una luz que momentáneamente la iluminaba por completo y es era la de los truenos de la tormenta que estaba a punto de llegar, la tormenta  iniciaría en algún momento, pero eso no  garantizaba que fuese una noche tranquila.
Un trueno sonó ferozmente y el aire corrió como un caballo salvaje, Nicolás solo acomodo su cabeza del lado izquierdo. Un segundo trueno fue aun mas violento que el anterior, Nicolás abrió los ojos y vio por la ventana que el cielo estaba rojo fuego, creyó que la tormenta había pasado, entonces se levanto a correr las cortinas y regreso a la cama.
Al momento de acomodarse para volver a acostarse, un tercer trueno lo sorprendió e iluminó toda la habitación dejándola completamente blanca y a el dejándolo ciego por 5 segundos, cuando recupero la visión no pudo creer lo que veía, las luces se encendieron poco a poco y todo se iba poniendo amarillo. Alguien se asomó a la puerta del ropero de enfrente, era un cuerpo que vestía de traje color verde, algo distintivo es que tenía una enorme sonrisa y su piel era pálida.
Hay quienes corren en busca de refugio al ver a un extraño en su casa, pero Nicolás con el corazón en la mano y la garganta cerrada pregunto quien estaba ahí, que quien era aquel rostro pálido que lo miraba fijamente y se reía.
- Me marchare si haces lo que te digo, tienes que tomar papel y un marcador y tienes que dibujar tu casa y alrededor otras casa, y tienes que tachar al menos 5 casas -, dijo la entidad con voz metálica.
Convencido por este, Nicolás dibujo y tacho las 5 casas, dos al lado derecho, dos al izquierdo y una al frente, y este le dio el dibujo.
-Mi energía se está agotando, debo irme - el hombre tomó el dibujo. Un segundo después cae al suelo. Su cadáver se deshace en una montaña de cenizas.
En tanto, amanece Nicolás sale a la calle, no puede creer lo que ve,  las casas vecinas han sido destruidas tal como en el dibujo.
Y una nota colgada en su puerta dice con sangre: Gracias por ayudarme.

Solo recuerda y hazlo.

Por William Casanova.

Basado en Zapping de Nati Lou.

                                                            Puso las noticias y vio las imágenes de un choque. 
                                                            Reconoció la patente de su madre. Sonó el teléfono. 
                                                            No contesto. Tampoco pudo dormir más. 


Se levantó de su cama todo despavorido sin idea de lo que había ocurrido anoche. Mantuvo las luces apagadas puesto que la mínima luz le lastimaba los ojos. Pasado un rato prendió la televisión y puso las noticias cuando de pronto observó las imágenes de un choque. Reconoció la matrícula de su madre. Se levantó del sofá impactado por la grave noticia, triste, desolado, caminó hasta el baño para enjuagarse la cara, al llegar prendió la luz y observó sus manos con un gran asombro, estaban cubiertas de sangre. Miró rápido al espejo y observó como su cara también estaba ensangrentada, con un moretón en la cabeza por lo que rápido abrió la llave del lavabo y se lavó para quitarse todas las manchas de sangre que tenía. Se percató de que alguien  había pasado junta al baño en ese mismo instante. Este se asomó del baño para ver si de verdad había alguien o solo fue su mente jugando otra broma. Tal vez era la confusión por el hecho de que estaba asustado sin mínima idea de lo que había pasado anoche, una broma mental como cuando de niño confundes un abrigo debajo de la cama con un monstruo. Se apagó la luz del baño, trató de prenderla pero ya no encendía, salió del baño y se dirigió a la sala, también trató de prender la luz pero nada, la luz se había ido. De pronto algo lo atacó, sujetó las manos del atacante para que el cuchillo no lo alcanzara. Su fue arrodillando mientras veía como la sonrisa del atacante se hacía más y más grande hasta que abrió la boca e intentó hablar pero la luz regresó a la casa. Se levantó y la luz se fue nuevamente. Miró alrededor y ya no era uno, sino cinco. Se logró soltar y corrió a la cochera para poder escapar de lo que había ocurrido. Cuando entró observó su coche todo destrozado por un choque del que se acababa de acordar. Se empezó a reír y tiró sus llaves al suelo. Regresó a la sala y se sentó en el sofá con sus cinco ilusiones. “Se lo merecía” dijo uno. El otro reafirmo: “Cierto, nos dijo locos, y claramente no lo estamos, solo vemos cosas que posiblemente no existen, por cierto, es tu turno”. La policía entró a su casa pero no reaccionó pues había entrado al sueño eterno.

El ermitaño maldito

Por Alejandro Aguilera.

Basado en MONÓTONO de George Valencia

                                                                            El hombre de negro entró al bar, 
                                                                            se sentó a la barra y ordenó un vodka. 
                                                                            Nadie le atendió. 
                                                                            Ser el último habitante de la Tierra era aburrido.

Miró la basta variedad de licores en el estante del bar; los analizó uno a uno en busca de un buen vino que lo mantuviera ocupado durante toda la noche. Llenó su pipa con el tabaco más fino y se sirvió un vaso con el mejor whiskey que pudo encontrar. 
Escribía sobre un viejo pedazo de papel, el cual había encontrado en uno de los estantes. “El temor posee mi alma, cada parte de ella. He perdido la cordura pero; llegada la hora, desfilaré impávido y victorioso hacia el abismo”.
Ser la última persona viviente lo había arrastrado a la demencia. Había estado solo durante tanto tiempo que de no ser por el gusto que sentía por escribir, habría olvidado toda palabra.
Revisaba su arma mientras degustaba los mejores vinos. La “colt” que sostenía en su mano, se había convertido en su salvador, ni siquiera el mismísimo “Jesús” podía superarlo.
De vez en vez prendía su pipa, disfrutaba cada bocanada como si fuera la última de su larga y lacerante vida.
No dejaba de pensar en su familia. Pensaba en el último día que vio a su hijo; de todas las personas que había perdido, era él a quien más extrañaba. Cada vez que él venía a su mente, su cuerpo aletargado no podía moverse. Su corazón irrefrenable y, sus ojos amplios y profundos como el averno, lo hacían ver como un loco.
Pensaba en la hora de su partida, imaginaba la inmensidad. No era algo que hubiera pensado de la noche a la mañana, había cavilado durante mucho tiempo. “¿Te volveré a ver?”
Se acercaba la hora, la aurora se presentaba sugerente.
Sentía un fuerte ardor recorriendo su espina dorsal, había llegado el momento.
Tomó su revólver; bebió el último trago de un sorbo, dejó el vaso sobre la barra y prendió su pipa mientras se dirigía hacia la salida del bar.
El sol se exhibía ligero e insólito. La noche había sido tan larga que parecía no recordar la apariencia del astro diurno.
Se encontraba en un momento de sutil rareza, el lugar tenía un aspecto grisáceo y la neblina presagiaba el último haz de entereza.
Sentía una gran debilidad estremeciendo todo su cuerpo, sus piernas hacían un desmesurado esfuerzo por mantenerse erguidas.
Miró su revolver con un apego desmedido, como un ser temeroso e indefenso busca el afecto y protección de su madre.
“¿Te volveré a ver?”.

martes, 6 de noviembre de 2012

EL ANILLO

Por Luis Seijas.

Basado en Venganza de Paris Legaz

                                                               Los sesos esparcidos en el suelo le hicieron cagarse. 
                                                               Olor a humo y sangre. Su última visión, 
                                                               un hombre llorando antes de jalar del gatillo.


La puerta del cuarto estaba abierta. Y al oír el primero disparo, la niña abrió los ojos y vio como un segundo disparo, le desaparecía las orejas a su perrito “poky”. Se acurrucó en su cama  y abrazó la almohada.
El hombre que se paseaba por el salón, a la vista de la niña, no hacía más que resoplar  y manchar de rojo todo el piso. Sus manos temblaban y cuando se pasaba la manga de la chaqueta por la boca —que no era su boca, aunque tenía tanto tiempo con esa máscara que la sentía como una segunda piel— el sonido del roce del hule hacía que un escalofrió lo estremeciera.
La niña lo veía desde el cuarto embojotada en su cobija, con los ojos abiertos en par en par. El temblor le empezó desde los pies, el sudor y las lágrimas le irritaban los ojos y con la boca seca gritó: ¡mami, corre, el hombre malo está afuera!. Cuando el reloj dio una campanada, el hombre de la máscara volteó y ladeando un poco la cabeza, se interesó por lo que estaba debajo de esa cobija. Se acercó poco a poco, empuñando la escopeta  con la mano derecha, apartando de una patada el cuerpo de “poky”. Se detuvo en medio del pasillo, resopló por enésima vez y volvió para tomar por los cabellos a la mujer que estaba tirada en el piso junto al sofá y que sollozaba sin parar, la colocó para que, ese par de ojos verdes que eran idénticos a los suyos, los observara. Levantó el arma con lentitud  y disparó… los sesos y la sangre salieron volando por todo el pasillo, dejando tras si una pintura surrealista en las paredes.
La niña —al ver la escena— se le relajaron los esfínteres y una mancha oscura se abrió paso en su pijama. Arrugó su nariz y se quitó la cobija; al notar lo mucho que estaba mojada tanto ella como la cama, se empezó a desvestir. Al alzar de nuevo la cabeza vio al “hombre malo” en la entrada de su cuarto, apuntándola con la escopeta. Su atención se centró en el anillo ostentoso, que éste tenía en el dedo anular de la mano izquierda.
— ¡Papito, papito!, te juro que no me vuelvo a orinar—. Dijo la niña, cerrando los ojos y abriendo los brazos.
            —No, princesa, ya sé que no lo harás más.