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sábado, 20 de octubre de 2012

El ángel malvado


Por Palomba Lainez.



El crepúsculo con su cielo acelajado, el lúgubre manto de la noche presagiaba.Domitila era una mujer añosa, robusta, su vestimenta extravagante y su cabellera, hirsuta, una maraña enguedejada.
En Buenaventura las casas se acerrojaban inútilmente a la noche que había caído ya y a la historia que aquella mujer pregonaba, cuando como por arte de magia el cruel y macabro obrar del destino adarvaba a los ciudadanos.
Aquel fabuloso relato bloqueaba sus pensamientos e implacable se aseguraba de no dejar una sola mente sin amedentrar.
Cierto día llegó a aquella ciudad una hermosa mujer.Tenía una bella figura, ojos muy azules y cabellera larga y dorada.Llevaba a un pequeño de la mano tan bello como ella, los mismos ojos, el mismo cabello.Su dulce hijo era muy lindo en verdad y despertó la envidia de las otras madres que inconscientemente trasmitían este vil sentimiento a sus hijos.
Una tarde el pequeño paseaba a orillas del río, disfrutando del sol y de la belleza del lugar.
En la verde pradera, pinos y árboles se regocijaban felices anidando a los pájaros que entre sus ramas alegres cantaban.
Ya empezaba a anochecer cuando de entre las sombras aparecieron pequeños duendecillos.
Acercándose cada vez más al niño atemorizado lo empujaron a las profundidades del río.Así el pobre indefenso murió ahogado y los duendecillos no eran más que un grupo de perversos niños del pueblo motivados por la maldad y la envidia.Expertos nadadores eran; al salir del agua escondieron sus trajes donde nadie jamás pudiera hallarlos.
Al otro día, ante la noticia de la desaparición del niño, en el pueblo resurgió la leyenda de unos duendecillos.Se decía que éstos capturaban a los niños y los transformaban a su imagen y semejanza.
Así, la crueldad de aquellos malvados quedó encubierta.Jamás apareció cadáver alguno y la desdichada madre casi estuvo al borde de la locura sin conocer el destino real de su hijo.
Del pequeño no hubieron rastros, en su lugar, en el sitio de su desaparición misteriosamente se instaló una escultura con la figura de un ángel, la imagen perfecta del niño era pero su rostro dejaba traslucir una mezcla de dulzura y venganza a la vez.
Desde ese momento, nadie osaba visitar el lugar.
Los presagios de Domitila dividían a los habitantes.Estaban los que opinaban que era una vieja hechicera y que con su atemorizante relato sólo quería mantenerlos alejados del río para poder llevar a cabo en la oscuridad de la noche allí sus maleficios.No faltaban los que por miedo se negaban a creer en esto o aquello y no querían ni oír hablar de dicha historia ni los que no ocultaban su miedo encerrándose en sus casas ante el último rayo de sol.
Así fue hasta que un día un niño se escapó de la protección de su madre y desafiando tantas supersticiones, se dirigió hacia el río.Y  efectivamente allí estaba el ángel malvado escondiendo tras su dulce apariencia su sentimiento de  maldad y venganza.
Se fue acercando tímida y despaciosamente hasta que el ángel lo vio y con una sonrisa maléfica lo hizo estremecer.
No sabía si seguir acercándose cuando, de repente, el ángel pareciendo adivinar sus sentimientos le habló:
-No temas que daño alguno te haré.
A lo que el pequeño contestó:
-¿Cómo puedo creerte?
-Sólo mira mis ojos, en ellos verás al niño que un día la maldad y la envidia a este destino condenó y hoy tú salvarás.
-Sí creo en ti, tus ojos me dicen lo que dicen tus palabras.Pues, entonces ¿qué debo hacer?
-Sin dejar de mirar mis ojos toma mis manos y a la vida me devolverás.
Así el pequeño de un salto se liberó de aquella prisión de mármol.Sin embargo en ella quedó eternamente inmortalizada la maldad para que nunca fuera olvidada ni volviera a ocurrir algo así en aquel pueblo.
Nunca se supo de la salvación del niño quien junto a su madre escapó de allí para jamás regresar huyendo aún de
aquel sentimiento de venganza que a su inocencia de niño impusieron.
Allí dejó a la estatua angelical bautizándola con el nombre de Ariel porque precisamente su significado era ángel malvado.



Fin

miércoles, 11 de abril de 2012

Dos espejos, dos direcciones


Por Palomba Lainez.


Se habían encontrado por casualidad haciendo las compras con sus respectivas familias.El latente recuerdo de esa amistad tan especial no impidió que, a pesar de los veinte años transcurridos, lograran descubrirse entre la habitual multitud propia de la hora.Olvidándose de las compras e incluso de los niños que correteaban por el lugar, se quedaron tiesas mirándose de hito en hito.Así permanecieron unos segundos hasta convencerse ambas que se tenían frente a frente.Rompiendo las barreras del tiempo por un breve instante sintiéronse aquellas pequeñitas que tantos juegos habían compartido y siempre atesoraban en el baúl de sus recuerdos.Sellaron el mágico momento con un fuerte abrazo, con lágrimas en los ojos y la firme promesa de encontrarse al día siguiente.
Vivía obsesionada con su imagen y el espejo era su cómplice y su tortura a la vez.Pero aquel día era diferente.Todo era distinto.Hasta ella misma.La imagen que le devolvía el espejo al cepillar sus largos cabellos rubios le parecía más bella y veía resaltar más aún sus ojos verdes como dos esmeraldas en aquel rostro de piel clara.La alegría ante la inminencia del encuentro con su amiga de la infancia le palpitaba en el corazón.
Eligió aquel vestido blanco a lunares negros que tan bien le sentaba.Arregló su cabello y maquilló su rostro de delicadas facciones.El espejo le devolvía la imagen que deseaba, ni más ni menos que la realidad, la bella mujer que era.Todo su cuerpo irradiaba un brillo especial.A pesar de tantos arreglos en aquellos momentos era esa niña de tantos otros días de su lejana infancia.
Tomó su cartera de cuero que combinaban con sus finos zapatos negros.Se aseguró llevar consigo la dirección y salió.
Ya estaba en Julián Pérez 1580.Una construcción baja muy lujosa.Las paredes todas recubiertas de madera labrada.Grandes lámparas colgaban del techo.
Todo era igual a través de los corredores por los que fue avanzando.Un departamento tras otro se sucedían ante sus ojos.En ninguno de ellos figuraba el número indicado por su amiga que en algún lugar la aguardaba.
Cansada estaba ya de recorrer en vano tantos pasillos.Llegó al final de uno de ellos paro solo encontrarse  frente a su propia imagen tan hermosa como la que había visto en Eel espejo de su habitación.
Pero esta vez su rostro reflejaba cansancio, desilusión y desdicha.Resignada apoyó sus manos sobre las reflejadas y de repente, mágicamente el espejo se abrió como si fuera una puerta giratoria.
Ya del otro lado todo era igual: los pasillos, las paredes, las lámparas.Todo estaba en penumbras.La noche había llegado.Aún allí el número del departamento no existía.Aquellos tantos corredores hacían del lugar un gran laberinto.Desesperaba, solo quería huir de allí.Tanteando en la oscuridad logró al fin hallar la salida.
Una vez fuera, a una distancia considerable, donde sentirse segura y a salvo de semejante pesadilla, giró sobre sus pasos para comprobar que aquel lugar mostraba la misma fachada por donde había ingresado.Era igual sí, pero un cartel tenía impresa la dirección  Moreno 830.
Empezó a correr, solo quería regresar a su casa.Azorada y traspirada despertó revolviéndose en su cama.Todo había sido un mal sueño.
Empezaba el nuevo día, ahora sí el encuentro real.
Tanteó su mesita de noche y allí estaba la dirección de su amiga: Julián Pérez 1580.
A la hora del desayuno inesperada y misteriosamente su marido le entrega un papel con la dirección que, según él, ella le había pedido guardar el día del encuentro: Moreno 830...


Fin.