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sábado, 13 de febrero de 2016

9° Especial de Sábados de Brutos Escritores


Paciencia
Por Luis Seijas.

Han pasado dos horas desde que sonó la campana de la salida y aún estoy aquí, sentado en el último pupitre esperando que venga Rosita.
Me escondí cuando el señor de vigilancia -creo que se llama Leo- pasó a revisar el salón. Espero que ella haya hecho lo mismo, lo último que quiero es que la castiguen por mi.
Ojalá haya comido suficiente en el recreo, por la sed no me preocupo; porque ella siempre tiene el termo lleno de agua.
Sé que va a venir, lo siento aquí en mi pancita. Igual que cuando la veo entrar en el salón, es una sensación como de hambre sin importar que haya recién desayunado.
Ya es de noche y la puerta del salón no se abre todavía.
Me pregunto: ¿Cuánto tiempo tengo que esperar para que me den mi primer beso?


[Sin título]
Por Calista Manríquez.

Antes de que empezara el apocalipsis ella había asistido a esa escuela y en esa misma aula.
Le pareció extraño que, pese al caos alrededor del edificio y en las otras salas, esa estuviera en buen estado. Los vidrios intactos y limpios, los muebles de madera enteros y no convertidos en leña como tantos otros, el piso limpio... tan normal en un mundo devastado y destruido que se sintió transportada a un tiempo en que la vida era fácil y su única preocupación era pensar que ponerse al día siguiente para ser la mejor vestida de la secundaria.
Quizá su mente moribunda la hacía alucinar llevándola a esos días más felices mientras que el mundo real se deshacía con el impacto de la bomba nuclear que el gobierno había lanzado para acabar de golpe con el problema.


La lección.
Por Facu Dassieu.

- Estudiantes, en nuestra lección de supervivencia, haré hincapié en la especie humana, que es con la que mayor interacción tendremos en la cotidianeidad.
Paren las antenas y presten suma atención.
El ser humano posee un tamaño colosal y es hábil para crear diversos métodos para destruir especies, incluyendo la suya.
- Disculpe Profe, pero es sabida nuestra resistencia a las inclemencias naturales más extremas. ¿Cómo puede ser mortales para nosotros?
- Buena pregunta. Nuestros conciudadanos más ancianos han determinado que pueden crear alimentos químicamente atractivos y letales. La muerte por aplastamiento con toda clase de objetos es también muy común.
Para subsistir huiremos valiéndonos de nuestra velocidad y tamaño aunque contamos con una ventaja evolutiva que los hace aterrorizar: Volar hacia sus caras.
Usar las alas - memorizó la larva de cucaracha y, sintiéndose valiente, pensó: será emocionante enfrentarlos.


SIBILANTE
Por Ángela Eastwood.

Llegó agarrada a un andador. El profesor se giró para mirarla y trazó un enunciado en la pizarra: La guerra civil española. Los muchachos miraron a la vieja y pensaron que debía tener como mil años. Sólo tiene 100, aclaró el profesor acariciando la mejilla arrugada y fina como papel de cebolla de la anciana.
Sonó un móvil anunciando algún mensaje importantísimo y una bomba de chicle explosionó en unos labios de fresa. El profesor sentó a la invitada en su sillón de enseñar y la anciana miró a la clase. No le funcionaba muy bien el oído a Remedios y gracias a esa sordera oportuna no pudo oír las risitas sofocadas, ni los comentarios jocosos, ni las mofas.
—¿Queréis saber cómo suenan las bombas al caer en mitad de la noche silenciosa? Imaginad el silbido de una serpiente.


MI CLASE FAVORITA
Por Francisco Medina Troya.

Alicia era tímida,con una mirada azul cielo. Se movía por la clase con elegancia y aunque ella trataba de evitarlo la danza de sus caderas atrapadas en su vestido ajustado me dejaba hipnotizado. Apenas prestaba atención a las palabras de sus labios y hacía como que escribía en el cuaderno de francés. Multitud de dibujos de corazones atravesados y su nombre rubricado de mil formas y tamaños lo adornaban. Mis ojos ávidos la seguían ajenos a las bolitas de papel que mis compañeros me lanzaban con saña y me paraba en sus manos blancas de marfil, que, con una letra inmaculada realizaban el enunciado en la pizarra... Cuando sonaba la campana un sentimiento de perdida me ahogaba. Mientras abandonaba la clase la miré por última vez, y ella, dueña de mi desasosiego ordenaba sus libros como si el mundo fuera tan fácil...


LA CLASE
Por David Otero Arias.

Ese tic tac que escuchamos hace rato rompe el tenso silencio del aula
Todos miramos sin mover un músculo. Morillo permanece de pie ante la pizarra, no consigue despejar la x de la ecuación. El padre Fajinas señala de modo despectivo con su índice los pantalones del muchacho que aparecen mojados en una de las perneras; se ha meado encima del pánico que le provoca el cura. Suena la campana que pone fin a la clase pero nadie se atreve a moverse. Fajinas, nos mira con suficiencia y desprecio; sale dando un tremendo portazo. Toda la clase grita al unísono, ¡se ha meado!, riendo y golpeando con las manos la tapa de nuestros pupitres. Morillo, cabizbajo, vuelve a su puesto, se sienta y oculta la cabeza entre sus brazos. Ante la fría indiferencia de todos, llora en silencio…


[Sin título]
Por Evelyn Roa Herrera.

Era la chica más linda de la escuela nunca había visto una niña tan bonita, el uniforme limpio la falda medianamente corta y perfecta le grite me gustas y le mandé un besó al aire. Ahora nunca más la veré la directora me hecho de la escuela y para colmó se puso a Pololiar con Juan. Siento qué odio la escuela.


Graduación
Por Robe Ferrer.

Tras cuatro años de instituto, hoy, por fin, es el día de la graduación. Será la última mañana que me siente en mi sitio, junto a la mesa del profesor. Hoy también será el último día que mis compañeros se sienten en su sitio. Será el último día que mis compañeros se sienten en cualquier sitio.
Desde aquí delante he tenido que aguantar insultos, lanzamientos de tizas, gomas de borrar, papeles chupados escupidos a través del canutillo del boli… Pero hoy me vengaré. Todos están deseando recibir el diploma y empezar la universidad. Sin embargo, lo único que recibirán será un balazo de M-16.
Me siento en la mesa del profesor a la espera de que empiecen a llegar mis compañeros. Ya se acercan, los oigo por el pasillo. La puerta se abre y aprieto el gatillo.


Pánico
Por Gean Rossi.

Sentado en el último puesto, uno parece no existir. Pero está bien, así no me atravieso en la vista de alguien que esté más interesado en la clase que yo. ¿A quién le importa lo que pasó hace doscientos años? Estoy seguro de que… Dios, ¿qué ocurre? La estancia parece muy escandalosa de pronto, como si todos decidieran hablar a la vez; gritar, incluso. Pero al mismo tiempo todo parece mudo. El mundo a mi alrededor se ha silenciado. Mi respiración se entorpece. Respiro, pero el aire no llena mis pulmones. Mis ojos se desvían a todos lados y la vez no se fijan en nada. Veo las bocas moviéndose, los rostros tan calmados y alegres. Podría asegurar que estoy a punto de morir. ¿Alguien notará lo que me ocurre? No. Sentado en el último puesto, uno parece no existir.


sábado, 27 de junio de 2015

Donde la eternidad huele a rosas


Por Luis Seijas.


En lo más alto de la torre, Roland despierta y me ve. Su ropa sucia y descosida, las botas cubiertas con manchas granate y desgastadas en las puntas, dan fe de lo que las batallas, tanto ganadas como perdidas, pueden hacer de un hombre. Observo todo eso y lo que siento es respeto y  admiración hacia él.
—Largos días y placenteras noches, sai—me saluda aturdido aún.
—Y que veáis el doble, pistolero —le contesto y hago una pequeña reverencia.    
Se levanta del catre con muestras de cansancio y dolor a pesar de haber dormido desde que llegó, hace ocho días. El olor a rosas se aviva al acercarse a la ventana y observa como el sol se pone en el horizonte. Disfruta el momento sin saber que ese mismo ocaso, es la ilusión repetitiva de su destino.
—Llegaste hace ocho días, pistolero.  
Se volvió al escuchar mi voz.
Espero sentado, con mi espalda apoyada en la puerta, la primera pregunta. Siempre es así: Dos preguntas y dos respuestas.
—¿Y tú desde cuándo estáis aquí? 
—No lo recuerdo. Pero si sé para qué… y es para decirte que los mundos se seguirán moviendo  y que la única forma de salir es saltando por esa ventana.
El pistolero vio de nuevo hacia la ventana, para luego acercarse y sentarse en el piso frente a mí. Envuelve un cigarrillo y lo enciende.
—¿Tenéis tiempo, para escuchar mi historia? —Me pregunta luego de soltar una bocanada de humo.
—Tiempo es lo que me sobra aquí, pistolero —Le contesto guiñándole un ojo.
Y me cuenta todo sobre el amor, la amistad, las balas, la sangre y sobre todo el destino. Al terminar su relato se levanta, camina hacia la ventana y salta.
*************
Así es como Roland, cada ocho días me relata su historia. No me canso de escucharla ni de disfrutar este olor a rosas.
Quizás un día salte también y sienta la arena caliente en mis pies.

sábado, 9 de mayo de 2015

7º Especial de Sábados de Brutos Escritores



[Sin título]
Por Calista Manríquez.

Jugar a ser valientes nunca había sido su fuerte. Incluso, no le avergonzaría decir frente al mundo que era un cobarde.
Frente a todo el mundo menos frente a ella. La linda pelirroja que le robaba el sentido común y convertía sus fluidas palabras en un montón de silabas entrecortadas y mucha veces sin sentido.
Así que cuando ella le dijo que probara su valentía él tomó su linterna y se metió por entre los sucios y laberínticos pasillo de aquel abandonado edificio.
Estaba oscuro, sucio y solitario. Su mente racional le decía que todo ese asunto de los fantasmas solo era un mal chiste usado para asustar a los ilusos, que él no era así, que él no debía temer, que debía esperar los 15 minutos de la apuesta y salir vencedor.
Último pasillo, una única luz y la clara sombra de una niña.
"Quizá deberías empezar a creer"


[Sin título]
Por Eva Leonor García Bogado.

Se alejaba al fin de si misma.
Por ese pasillo que conocía al detalle, que guardaba sus ecos, sus huellas, su sangre primera, su horror.
Simplemente lo decidió así. Espontáneamente. Ya sin miedo ni rencor. No sabia del tiempo, ni del frío ni el adiós.
Olvidada de ella, se fue. No se llevo. Y estuvo bien. Mora ahora en otra, en todas. Ella sos.


[Sin título]
Por Miguel Ángel Di Giovanni.

Familia Valenzuela:
Primeramente agradezco haber elegido nuestra firma para la refacción.
Como dijimos en la charla telefónica, el objetivo era convertir su casa en un espacio humano.
Ya en el estudio, con la arquitecta Quivera nos abocamos a proyectar una mejora en la iluminación natural del corredor que conecta habitaciones, sala y patio. Al ampliar las fotos vimos lo que nos pareció un defecto, pero no. En la foto (que saque yo mismo y en vuestra presencia), se ve claramente una extraña silueta femenina.
Conmocionada, la señorita Quivera hace un llamado, y pasándome el celular dice “cuéntele arquitecto”. Me presenté. Expliqué lo que ocurría. Del otro lado de la línea me piden un mail con la foto. Eso hice. Cuarenta minutos después sonó el celular. Familia Valenzuela, la voz del otro lado de la línea dijo: Abandonen la casa, y cortó.
Por eso, apreciada familia, renunciamos realizar la obra.
Atte. Arquitecto Salvador Castañeda


[Sin título]
Por Luis Seijas.

Esta sentado en el pasillo sintiendo como el frio del piso se apodera de sus nalgas. Ve la pantalla de su computadora y el cursor titilando le taladra los ojos. No sabe sobre qué escribir.
Alza la vista y los bombillos se apagan uno a uno. Vuelve a su página en blanco esperando que la musa le llegue.
Los bombillos titilan y la ve...
Sin pensarlo sus dedos empiezan a golpear las teclas.


[Sin título]
Por Matías Raña.

Un paso. Eco. Otro paso. Eco. Silencio.
Una risa cálida, inocente, se escapa entre el ladrillo húmedo de las paredes.
Ella sabe que el miedo es la reacción adecuada. Más siente el más profundo acceso de ternura y empatía.
“Así es la entropía”, advierte la niña. Suena inteligente, algunos dirían ancestral. Su interlocutora asiente. Las epifanías no se discuten.
Durante toda su vida la mujer padeció la presencia de la niña en los pasillos, en recovecos sombríos. La niña que pervertía lugares sacrosantos con su fantasmal figura.
Siempre con un paso, el eco consiguiente, y el silencio.
Hasta ese día.
“Así es la entropía”, repite ella, mientras nota que el dolor de ovarios que ningún analgésico pudo calmar había desaparecido.
Repite las palabras cual mantra al mismo tiempo que da cuenta que lleva un vestido corto.
Repite las palabras mientras camina hacia la luz, aceptando por fin su destino.


La búsqueda
Por Juan Esteban Bassagaisteguy.

Camino por el pasillo del hospital y no lo encuentro. Estoy sola pero eso no me preocupa. Y no estoy asustada, como cuando tenía dos o tres años. No. Ahora ya tengo doce, soy mayor y me las tengo que aguantar.
Él no tuvo piedad de mí y no me olvido. Tenía dieciocho años y era mi papá. Y dio el visto bueno para que, con solo dos meses de habitarla, me rasgaran de la panza de mamá.
Privilegió estudiar para ser médico, que amarme y ser padre por primera vez. Y yo, en aquel entonces, no me pude defender.
De todas maneras, sé que algún día, ya recibido, volverá a Rauch para trabajar en el hospital (cómo no saberlo, si soy —fui— su sangre).
Y ahí finalizará mi búsqueda, para bien o para mal.


[Sin título]
Por Ultraman SesentayTres Libros.

La luz al final del pasillo es un imán y un destino para Ana, quien camina por el corredor hacia su encuentro. Avanza despacio, como tanteando con sus pies cada baldosa y de cada baldosa cada grieta o imperfección. Camina con cuidado, los ojos al borde de la ceguera de tanto mirar la meta distante. ¿Distante? No, ya no.
Ana percibe que la luz va a su encuentro más velozmente que lo que ella misma procura acercarse y decide detenerse. En un par de segundos la luz va a abrazarla, envolverla, alzarla... La luz encenderá a Ana como una tea viviente, y en un segundo la niña y el pasillo serán una misma cosa, ardiente primero, incandescente después, invisible al final.
Kilómetros más allá del pasillo y la niña que ahora son menos que cenizas, el hongo atómico se yergue majestuoso y malévolo.


[Sin título]
Por Sergio Bonavida Ponce.

 «Mamá, Mamá... Papá ha vuelto. No, maldita estúpida, no corras, le pondrás nervioso otra vez, Papá es muy sensible y no le gusta que corras. Eso es. Tranquila. Mira tú bonito reflejo en el filo. ¿Si he sido una niña buena? Claro, Papá. ¿Y Mamá?¿Si ha sido buena? No, Mamá no ha sido buena. Siempre triste y llorona. Se queja y hace aquello que está mal. Es una chivata. Y en esta familia no somos así. Claro que no Papá. Te eché de menos. ¡Claro que sí! ¿Por qué te acercas tanto a la ventana Mamá? Cuidado, a Papá no le gustan tus manías. ¡Maniática imbécil! Siempre es culpa tuya, Papá es bueno. Maldita loca. Mira tú reflejo en el filo. Míralo. Maldita sea. Míralo maldita puta. ¿Mamá?¿Mamá?¿MAMÁ?»


[Sin título]
Por Enrique Hernández Negrete.

La luz trascendió pese al mar de oscuridad. Con el alma manchada y la inocencia perdida, dejé atrás aquel infierno sumergido en sangre. Sin la esperanza de que el umbral recobrará tan siquiera una mínima pizca de felicidad. Después de haber sobrevivido a la masacre del materno infantil, salí a rastras esperando morir de agonía mental.


miércoles, 2 de abril de 2014

Silencio y ascensión


Por Luis Seijas.


I
Sale del bosque
con la vista serena,
iluminado.
II
Sus poros arden
la nieve le retrasa,
retorno presto.
III
Y quiere llegar
con el ocaso, pero
feliz y dulce.
IV
Camina solo
detrás, deja sombras y
pieles curtidas.
V
Solo estuvo,
en el bosque, pensando
y meditando.
VI
Cruza el valle
a pesar de la brisa
indómita, hoy.
VII
Su mirada va,
limpia de sexo carnal
juntando flores.
VIII
Esperan verlo
y escuchar de su boca
cómo y por qué.
IX
Tanto tiempo
alejado, pero no
olvidado fue.
X
Un necesario
retiro para ser rey
de su pueblo zen.



jueves, 26 de diciembre de 2013

Una navidad de puertas abiertas

Por Luis Seijas.

I

Los teléfonos de su casa no paraban de sonar para invitarlo a programas de televisión, de radio, entrevistas en el diario de mayor circulación de la ciudad argentina de Rauch, lugar donde lo vio nacer. Todos querían una primicia de los próximos trabajos que estaba por publicar, qué idea estaba rondándole. Ansiosos de saber de la vida de ese talentoso escritor como lo es Juan Esteban Bassagaisteguy. Había trascurrido diez meses desde el lanzamiento de su libro “Historias de Azotea” y el éxito estaba en pleno apogeo.

Sentía en su fuero interno un deseo inmenso de seguir escribiendo hasta que se les gastaran las huellas dactilares. Pero cuando llegaba a su hogar y encendía la PC, todo se esfumaba, como si le hubiese deslizado un interruptor. Sentado frente al monitor con la página de Word en blanco y el puntero titilando, taladrándole los ojos, deseaba que esa “puerta de siete cerraduras” se abriera y dejara salir las cantidades infinitas de historias que hacían vida en su mente.

A pesar de esos diez tortuosos e insomnes meses, la página en blanco le decía presente aún.

Los preparativos para la navidad lejos de relajar y hacer fluir las letras a Juan, lo presionaban y su espiral lo ahogaba poco a poco. Se exigía cada vez más, deseaba demostrarse que ese éxito no había sido casualidad.    

II

— ¡¡¡ Navidad, navidad, blaaaanca naaaaviiidad!!!

La algarabía de los tres hijos y Mariana (su esposa) armando el árbol de navidad y cantando villancicos, inundaba toda la casa. Para la mayoría de las personas, es la época donde los buenos deseos y la alegría están a flor de piel. No importa si están jodidos hasta el cuello, los otros once meses del año, la magia surge como si tuviera vida propia.

Pero esa magia se negaba a entrar en el estudio de Bassa…

Había probado todos los métodos recomendados para salir del llamado bloqueo de escritor: escribir en otro sitio, darse una ducha y cambiarse de ropa para empezar de nuevo, leer más de lo que estaba acostumbrado, ver películas con más frecuencia, contarle a algún ser inanimado o imaginario qué era lo que estaba tratando de escribir, jugaba fútbol con sus amigos más de lo habitual… pero nada de nada.

Sentado en su estudio, recordó la última vez que tuvo un bloqueo y, por coincidencias de la vida, había sucedido en una temporada navideña pero hacía ya diecisiete años. No recordó la causa, pero si el remedio que encontró para librarse de el: un paseo y un encuentro.

Aún guardaba el morral y el block de notas que había llevado a ese paseo a “El Castillo de Egaña”; una mansión (abandonada desde mucho tiempo) construida entre los años 1918 y 1930. Ubicada en Rauch a unos 275 kilómetros de Buenos Aires – Argentina.



III

Ese día cansado de no hacer nada, tomó su morral, una botella con agua, algunas provisiones, un block de rayas, dos lápices afilados, un sacapuntas y un borrador nuevo. Se encaminó a esa vieja mansión de visión lúgubre y descuidada pero que para Bassa surtía un efecto tranquilizador, necesario para aquietar su mente y su corazón.

En todo el partido de Rauch, la época navideña se sentía en cada esquina y él se concebía como un grinch. No le importaban las sonrisas y las risas inocentes de los niños que se portaban bien, para que “San Nicolás” le trajera el regalo que deseaban. Las personas con su árbol de navidad en mano, bolsas repletas de regalos, paseaban a su lado.

Bassa los observaba sin ver y los oía sin escuchar, solo tenía en mente su destino.

Al abrirse camino por el sendero y al ver a unos pocos metros al Castillo, sonrió. Una sonrisa pura y simple… como lo son las mejores cosas de la vida.

Faltando pocos metros, notó unos resplandores que provenían del piso de arriba. Intrigado, apuró el paso tratando de explicarse qué serian esas luces.

Arribó a la planta baja jadeando, las gotas de sudor bañaban su rostro y cuando alzó la vista a la ventana de la torre, vio una silueta que resaltaba en cada resplandor. Tenía en su mano derecha un artefacto que Bassa no lograba descifrar qué era. Subió con cuidado las maltrechas escaleras y al llegar al rellano una voz a su espalda lo saludó.

—Buenas tardes —dijo la silueta, que resultó poseer una sonrisa radiante y una mirada pícara y profunda—. Discúlpame si te asusté, mi nombre es Mariana.

—Hola, el mío es Juan —saludó, con los ojos abiertos de par en par y el corazón palpitándole a mil por hora.    

Vio la cámara fotográfica en la mano derecha de Mariana. Ella notó que la pregunta iba a salir de la boca de  Juan y se le adelantó.

—Vengo acá a tomar fotos para una tarea del colegio, me enamoré de este lugar desde que lo vi la primera vez —Caminó hacia la ventana.

—Yo, yo… ya me enamoré, te entiendo perfectamente —logró balbucear mientras la veía atarse una cola de caballo.

Mariana se volvió y lo invitó a ver el atardecer desde la ventana.

Dentro de la cabeza de Juan Esteban las cerraduras empezaron a ceder una a una. La puerta se abrió lentamente y todo fluyó. Había encontrado la dueña de las sietes llaves.



IV

Fuera la cena estaba lista y llaman a Juan. Salió del letargo en que se había sumergido. Sonrió cuando vio en la página de Word,  el nombre de Mariana escrito en todas las líneas y entendió que la salida que buscaba, estaba llamándolo para cenar y agradeció el regalo de Navidad que le habían entregado sin pedirlo.

Salió del estudio, abrazó a su mujer y la besó. Mariana gratamente sorprendida le preguntó

—¿Todo bien? —dijo mientras acomodaba los platos sobre la mesa.

—Ahora si… todo perfecto. Feliz Navidad, mi amada cerrajera.

Mariana lo vio con cara de no entender nada. Toda sonrisa ella, toda alegría.
Juan Esteban, que no necesitaba explicarle nada, la amó aun más.

            



Fin…


sábado, 16 de febrero de 2013

Especial de Sábado de Brutos Escritores


[Sin título]
Por Grisel Amador.

Al salir, todo parecia normal, todo se veia igual al momento que entre a esa habitación, pero algo habia cambiado dentro de mi. . . No sabia si era miedo lo que sentia o una alegria inmensa que, no sabia como explicar, lagrimas de comprension, de paz, de amor corrieron por mis mejillas. Al llegar a mi casa abrace a mis hijos que me esperaban ansiosos, hablamos, compartimos una cena especial. Pasan los dias y llega ese momento esperado y temido por todos, debo ir de nuevo. . .

[Sin título]
Por Grisel Amador.

Debo recorrer ese pasillo de hospital, es la hora en la cual debo entregarme, sin miedo, con mucha paz pero, que alegria! ahi estan ellos! las personas que ame y que hacia tiempo que no veia, me llaman, sonrien, abren sus brazos para recivirme. . . ESTOY FELIZ! ESTOY BIEN! al caminar por ese pasillo del hospital, ya no vi nada, Yo no estaba en ese cuerpo.

[Sin título]
Por Alfred Comerma.

Cada día me enfrento a un recorrido para mí angustioso, ver lo largo del trayecto, con todas esas puertas, sin saber lo que esconden, donde tal vez la raya que separa vida y muerte, ya la han traspaso sus ocupantes, o quizás peor, no la acaban de traspasar nunca, quedando como seres que miran sin luz propia.

[Sin título]
Por Angie Leal Rodríguez.

Tengo miedo, pero llegaré hasta él… sé que me espera, oigo el latido de su corazón agitado, ¿o es el mío? ¡Debo estar loco!
El piso está frío y resbaloso… Como sea.
Ya casi, no desesperes. ¡No te vayas! ¡Espérame!
***
Cuando llegó hasta ahí solo vio el rastro de sangre.

Despedida
Por Luis Seijas.

Al terminar de pulir el piso, el Sr. Juan se volvió y vio que su labor estaba completa. Soltó un largo suspiro, que viajó a través de ese pasillo que lo había visto primero crecer y luego darle de comer. Envolvió el cable alrededor de su fiel pulidora, para guardarla en el cuarto de mantenimiento. Y aunque ya no se acordaba de cuántas veces había realizado ese ritual, siempre lo terminaba bañado en una mezcla de sudor y lágrimas.

Una promesa incierta
Por Raúl Omar García.

Los sonidos de mis pasos retumban en la soledad del pasillo, el cual recorro como si lo hiciera en cámara lenta. Las paredes que me flanquean son de un gris opaco, con manchas de humedad que dibujan formas que parecieran tener vida propia. A lo lejos, distingo la reja en la parte superior del umbral que debo cruzar, y me resulta extraño verla enrollada: siempre que vengo está bajada.
De pronto, las luces del corredor se apagan, dejándome a ciegas. Los tubos tras los plafones del techo comienzan a titilar y se encienden, mortecinos, de forma alterna. Las puertas de las habitaciones de esa pieza larga y estrecha se abren al unísono de par en par y me invade el olor a azufre.
Me persigno y beso la estola que llevo alrededor del cuello mientras me prometo que este será el último exorcismo que le practique a esa pobre niña.

[Sin título]
Por Alejandra Lopez.

Llegó el día de dejarlo para siempre. Lo miro por última vez y me enternezco. Me llevaré grabadas en las retinas las luces potentes de los pasillos, el olor a desinfectante mezclado con el de la enfermedad. Miro el piso reluciente y siento una tibia lágrima rodar por mi mejilla. Ya es hora de partir aunque no quiera; entonces me alejo sin mirar atrás, preguntándome qué tal será el jovencito que reemplazará en la limpieza a este viejo jubilado.

[Sin título]
Por Alejandra Lopez.

Siempre me gustaron las historias de terror por esa ambivalencia de “creo pero no creo”. Cuando entré a trabajar como enfermera en el hospital y me contaron que por las noches se oye el taconeo de la enfermera fantasma, lo tomé con recelo.
La primera noche en mi puesto escuché los tacos en el pasillo y luego se abrió violentamente la puerta de la ciento dieciocho.
Entré en la habitación, y vi a la jovencita que habían operado por la mañana. Había restos de vómito a los costados de su boca. Le tomé el pulso y no lo encontré, intenté las maniobras de resucitación que no dieron resultado.
Discutimos por mucho tiempo con mis colegas si el fantasma la mató o si la quiso ayudar, y no llegamos a ningún acuerdo por eso que les decía al principio de que las ambivalencias son las que hacen al terror tan interesante.

Habitación de hospital
Por Juan Esteban Bassagaisteguy.

Salgo al silencio nocturno del pasillo a fumar un pucho. Lo necesito urgente. La tensión que estoy viviendo —sumado al intenso olor a fármacos— es insufrible. Y la nicotina es lo único que me proporciona algo de paz y tranquilidad.
Pero, claro, está prohibido fumar dentro del hospital y no tengo otra que salir del lugar. Se ve luz al fondo del pasillo, donde está la salida, y hacia allí me dirijo.
Aunque antes doy una última mirada al interior de la habitación que recién abandoné.
Ella duerme recostada en un sillón junto a la cama, cansada por el duro trajinar de las últimas semanas.
Se me escapa una lágrima cuando noto el amor que explota desde sus poros: ni dormida deja de sostenerme la mano.
Aún no se ha dado cuenta de que, desde hace quince minutos, yo ya no respiro ni sufro más por este cáncer de mierda.

El piso trece
Por Axel S. Salas.

Jimmy Louis se escurrió de las sabanas como cada noche, dando saltitos por el suelo frío del hospital.
El camisón volaba tras de él a lo largo de los pasillos de luces muertas.
Jimmy Louis pasaba de largo entre la gente que se amontonaba cada vez más conforme los pisos del hospital eran más altos. Gente murmurante que se andaba por ahí igual que él, con el camisón por doquier como en un día de campo.
Alcanzó el piso trece, el piso oscuro; y como cada noche la pelota roja salió de entre las sombras, rodando lento hasta sus pies. El otro niño estaba ahí, donde no podía verlo igual que siempre; llorando.
Jugaron hasta que el niño, quién le recordaba a una papa quemada dejó de lanzar la pelota. Le hablaba, siempre decía lo mismo, siempre sin dejar de llorar.
Pero Jimmy nunca cruzaba la línea de luz.

El buen discípulo
Por Héctor Priámida Troyano.

Jack odiaba a aquellos santones. A los doctores del hospital, que marchaban por sus pasillos pavoneándose de su ciencia, enfermos de engreimiento. El recelo que despertaban sus preguntas —¿hasta qué distancia puede saltar la sangre de una aorta cortada de un tajo?, ¿cuántos tirones son necesarios para arrancar unos intestinos a fuerza de brazos?— había forzado al futuro médico a disimular su curiosidad.
¿Cómo esperaban que aprendieran la anatomía? No en la Facultad, con aquellos inútiles remedos artificiales que no alcanzaban a representar más que torpemente huesos y órganos; ni ahora allí, donde solo se les permitía diseccionar cadáveres. Él precisaba experimentar con carne viva, pero no se les dejaba acercarse ni siquiera a los pacientes desahuciados.
Nada importaba ya. Hacía tiempo que practicaba por su cuenta. Saldría de nuevo aquella noche. Y otra golfa de Whitechapel, convenientemente destripada, se hallaría llamando a las puertas del Infierno.

Habitación 217
Por Evelia Garibay.

Cada noche es lo mismo, cien pasos de ida y cien de regreso me bastan para recorrer el pasillo entero. Detrás de cada puerta cerrada hay una historia pero la que más me intriga es la de la chica de la habitación 217.
Ahí esta ella como cada noche, con un lienzo en blanco y las pinturas a la mano. Siempre pinta imágenes de pesadilla que harían temblar al más valiente pero yo ya me acostumbre, lo más extraño fue darme cuenta que después de ver su pintura de la noche al día siguiente me encontraba con la descripción exacta de la imagen en las noticias.
¿Será realmente locura? Eso es lo que dicen los psiquiatras pero no ven lo mismo que yo. Ella comienza a pintar y yo continuo mis rondas, de regreso me asomare y veré que desastre es el que devela esta noche.