Mostrando entradas con la etiqueta ETCL: Ejercicio 10 — Policíaco—. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ETCL: Ejercicio 10 — Policíaco—. Mostrar todas las entradas

jueves, 16 de agosto de 2012

DE ESTE Y DEL OTRO

Por Ernesto Suárez.

     Antes de que George me llamara al celular me encontraba inmerso en mi rutina de todos los sábados en la noche.  Estaba muy tranquilo, acostado en mi cama, devorando la última funda de nachos que había en mi cocina y viendo cualquier tontería en la televisión.  Me encontraba de muy buen humor pues no tenía ningún caso pendiente y había planeado pasar todo el domingo con mi hijo.  Justo estaba pensando en si debíamos ir primero al cine y luego al zoológico cuando el maldito aparato empezó a sonar.  Contesté rápidamente, sin ver el identificador de llamadas, y saludé a George antes de que este dijera algo.
     –¡Maldita sea, Andy! Te estoy llamando del celular de mi hija ¿Cómo rayos supiste que era yo?
     –No tengo amigos ni vida social, Yoyo –respondí, levantándome de la cama y sintiendo como el buen ánimo abandonaba mi cuerpo–.  Sólo hay dos seres humanos en este planeta de mierda que osarían llamarme a esta hora y a uno de ellos su mamá ya lo mandó a dormir.
     –Me alegra ser alguien especial en tu vida.
     –Ya no estoy de buen humor Yoyo, más vale que sea importante.
     –Lo es.  Será mejor que te vistas rápido pues estoy camino a tu casa. Calculo que te pasaré recogiendo en veinte  minutos.
     –¡¿Veinte minutos?! Pero qué…¿cuál es la emergencia nacional?
     –Asesinaron a la hija del alcalde.  Los jefes han ordenado que tú y sólo tú te encargues de la investigación, así que arroja a la basura la funda de porquerías que estabas comiendo y vístete a toda carrera.

     Hace dos años estuve al frente de la investigación del asesinato de Eric Johnson y de su esposa.  Las pocas pistas que inicialmente encontramos nos hicieron pensar que los Johnson habían sido víctimas de un maldito robo que había salido muy mal; sin embargo, algo en mi interior no estaba convencido de eso y por ello decidí analizar las cosas desde otro ángulo.  No voy a aburrirlos con todos los detalles, ni con las malditas peripecias que tuve que pasar, así que sólo les diré que me costó muchos dolores de cabeza descubrir que el crimen había sido planeado por el socio del Sr. Johnson.    Debido a que Eric era uno de los hombres más importantes y poderosos del mundo de los bienes raíces, y también amigo personal del alcalde de la adorable Nueva York, resolver su homicidio me convirtió en una momentánea celebridad y en el superhéroe al que recurrían los jefes cada vez que se presentaba un crimen de alto perfil.  Pero ahora la víctima era la hija del jefe de los jefes y por eso estaba seguro de dos malditas cosas: la primera, que resolver este crimen podría convertirme en el detective más intocable y popular de la ciudad, status que no podría importarme menos; y la segunda, que lo contrario haría de mí un paria y mi vida no se diferenciaría mucho de la que tienen los pordioseros leprosos de la India.
     Aunque estábamos usando la sirena, no se nos estaba haciendo fácil abrirnos camino a través del congestionado tráfico.
     –¿Quién encontró el cadáver? –pregunté, luego de pensar en aquellos desafortunados hindúes.
     –Los oficiales Newton y Jones.  Ellos fueron los primeros en arribar a la escena del crimen.
     –¿En serio? ¿Quién contactó a la policía?
     –Victor Donnell, el esposo.
     –¿Y cómo supo que algo estaba mal con su mujer?
     –Por lo que sé, el hombre se encontraba en el cumpleaños y decidió llamar a su esposa para ver cómo estaba.  Parece que la atacaron mientras hablaban.  El tipo pidió auxilio a los otros invitados y alguien llamó al 911.
     –¿El cumpleaños?
     –¿Acaso no ves noticias Andy?  Hoy cumple 86 años de vida y todos los ricachones se juntaron…
     –Ahhhhh, ya ya –le interrumpí al recordar el dichoso evento. Ochenta y seis años bien vividos.  No pude evitar sonreír y sentirme feliz por ella–.  ¿Y por qué no estaba ella en el festejo?
     –No lo sé, pero el esposo está en el apartamento y podremos preguntarle –me respondió antes de guardar silencio un buen rato y luego preguntarme lo que ya estaba considerando–.  ¿Crees que se trate de una venganza de la familia Rizzo?
     –Tal vez.  No creo que debamos descartar ninguna posibilidad.
     Antes de que su padre se convirtiera en alcalde, Stephanie Hayes, pues no usaba el apellido de su esposo, ya era muy conocida en Nueva York. Era una de las mejores fiscales de la ciudad y una gran mujer.  Decidida, de temperamento fuerte y espíritu incorruptible, en poco tiempo se convirtió en el símbolo del renovado sistema de justicia; y por supuesto, eso también la puso en la mira de muchos criminales y le hizo ganarse su buena cantidad de enemigos.  Tres meses antes había concluido un difícil caso de asesinato en contra de Paolo Rizzo, jefe de la familia Rizzo, logró que lo declararan culpable y que lo sentenciaran a cadena perpetua.  Obviamente, las amenazas no se hicieron esperar; sin embargo, no soy hombre que cree en las coincidencias, había algo muy familiar, y mi instinto empezó a decirme que los hijos de Don Paolo no tenían nada que ver con esto.

     Stephanie y Victor, un tipo que había amasado su fortuna con su empresa de corretaje, esas que le dicen a los ricos donde invertir su dinero para hacer más dinero, vivían en el penthouse de uno de los edificios más lujosos de la ciudad.  Tuvimos que atravesar un enorme mar de periodistas y fotógrafos para llegar hasta el lobby; y otro pequeño de vecinos, policías y personal de la alcaldía para ingresar al apartamento.
     El cadáver se encontraba en la cocina.  Estaba vestida con una bata rosada de seda y yacía junto a la refrigeradora.  Había un sándwich a medio preparar sobre el mesón y su celular estaba en el piso, a un par de pasos de distancia.  Le habían estrangulado, casi decapitado, con una cuerda de piano que aún estaba alrededor de su cuello.  No era una imagen agradable.
     –¿La puerta de la refrigeradora estaba abierta cuando llegaron? –pregunté.
     –Sí.  Todo está como lo encontramos –me respondió uno de los técnicos forenses.
     –¿Qué piensas Andy?
     –Bueno Yoyo, por lo que tenemos enfrente, es claro que Stephanie estaba preparándose un aperitivo nocturno cuando el asesino la sorprendió por detrás –dije con mucho desgano.  Aunque diferente, todo esto me era muy familiar y por ello me estaba sintiendo más convencido de que investigar a los Rizzo sólo sería una pérdida de tiempo–.  ¿Dónde está el esposo?

     Victor se encontraba en la habitación principal.  Estaba sentado en la cama y parecía que había llorado mucho.  Un tipo estaba parado junto a él, también vestía smoking y fue el primero en dirigirnos la palabra.
     –Buenas noches caballeros, soy Leonard Brand, abogado del señor Donnell.
     –Buenas noches abogado, señor Donnell, soy el detective Andrew Calderón y este es mi compañero el detective George Wallace.  Lamentamos mucho lo ocurrido, la fiscal Hayes era una excelente persona.  Sabemos que no es el mejor de los momentos pero necesitamos hacerle algunas preguntas, a solas de ser posible.
     –¿Por qué a solas? –preguntó el tal Brand.
     –¿Algún problema? –dije mirándole fijamente–. ¿Acaso el señor Donnell necesita de un abogado?
     –¿Le parece el mejor momento para hacerse el simpático detective? ¿Le gustaría que le comentara a sus superiores acerca de su actitud en…
     –Tranquilo Leonard –interrumpió Victor antes de ponerse de pie–.  No tengo nada que ocultar y quiero que estos caballeros tengan toda la información que necesitan para atrapar a esos malditos Rizzo.
     –¿Estás seguro Victor?
     –Muy seguro. Déjame hablar a solas con los detectives.
     El abogado respiró profundamente, me dirigió una mirada asesina y se retiró de la habitación balbuceando algo sobre decirle a mi capitán que me reprenda o una tontería como esa.
     –Deben disculpar a Leonard, no sólo es mi abogado sino también un gran amigo. Díganme en qué les puedo ayudar.
     –Acaba de comentar que quiere ayudarnos a atrapar a los Rizzo, ¿por qué piensa que fueron ellos? –pregunté.
     –¿Quién más podría ser?  Esos animales mataron a ese banquero de la misma forma y las últimas semanas estuvieron amenazando a Stephanie.  Ella reportó varias de estas amenazas.  Notas dejadas en el parabrisas, llamadas anónimas, emails desconocidos.  Le rogué que pidiera escolta policial, su padre también lo hizo, pero se negaba a permitir que estos locos alteraran su vida.
     –¿Por qué no fue con usted a la fiesta? –preguntó Yoyo.
     –Un par de horas antes me dijo que estaba sintiéndose mal, un poco agripada, y que no se sentía con fuerzas para lidiar con la alta sociedad.  Ofrecí quedarme a hacerle compañía pero me dijo que uno de los dos debía hacer acto de presencia, así que me fui.
     Empezó a sollozar y a lamentarse, a decirnos que de haberse quedado hubiera podido evitar esta tragedia. Al cabo de unos segundos decidí interrumpir sus lamentos con otra pregunta.
     –¿Por qué llamó a su esposa?
     –Quería saber cómo se sentía.
     –Parece que estaba mejor –comenté–. Estaba preparándose un sándwich de jamón, queso, tomate, lechuga y mucha mayonesa.  No es lo que alguien con malestar se animaría a comer.  Además estaba desnuda.
     –¿Perdón, detective?
     –Sólo traía puesto esa fina bata de seda.  Creo que alguien con gripe se hubiera puesto algo más abrigado, ¿no cree usted?
     –¿Qué está insinuando detective?
     –Nada señor Donnell, sólo le estoy comentando que parece que su esposa se estaba sintiendo mejor de salud.
     Victor permaneció en silencio unos segundos, miró por momentos a cada uno de nosotros, ligeramente desconcertado.  Antes de que pudiera pensar en algo que decirnos, continué preguntando.
     –¿Qué hizo el día de hoy?
     –¿Perdone?
     –Antes de la fiesta, ¿qué hizo hoy? ¿Fue a alguna parte? ¿Visitó a alguien? No sé.
     –Estuve en la oficina hasta las cuatro, luego pasé por la tintorería retirando mi smoking y vine para cambiarme.
     –¿Su chofer puede verificarnos eso?
     –Yo no tengo chofer, detective.  Me encanta conducir.
     –Ok. ¿Y dónde parquea su vehículo?
     –Hay dos niveles de subsuelo, detective, yo me estaciono en el superior. Detective, ¿qué relación tienen estas preguntas con lo ocurrido con mi esposa?
     –Lamento mucho este interrogatorio señor Donnell pero es nuestra obligación conocer todos los movimientos de las personas cercanas a la víctima –contestó Yoyo.
     –Ya veo.  Sería bastante ilógico que me vieran como sospechoso puesto que fui yo quien llamó a la policía.
     Todos guardamos silencio ante este comentario.  Victor se empezó a incomodar, noté claramente que se estaba arrepintiendo de haber dicho algo como eso y por ello hice una pregunta estúpida, importante para mí pero estúpida de todas maneras.
     –¿Ha visto la película The Usual Suspects?
     –¿Qué cosa detective?
     –George, ¿puedes hacernos el favor de dejarnos a solas un rato?
     Yoyo no pudo evitar su expresión de desconcierto e inquietud pero igual se retiró de la habitación.  Una vez que cerró la puerta detrás de él, volví a preguntar sobre la película.
     –Sí, detective, he visto la maldita película, ¿se puede saber…
     –¿Qué le pareció la actuación de Chazz Palminteri?
     –¿De quién?
     –Chazz Palminteri, el hombre que interpretó a Dave Kujan, el policía que interroga a Kevin Spacey a lo largo de la película.
     –Oh ya, no sé, me pareció que estuvo muy bien.  Detective, por Dios, ¿por qué demonios me pregunta esas tonterías?
     –Reconozco que estuve disparando al aire y por suerte le he atinado a algo –dije antes de sacar mi arma y apuntar a Victor.
     –¡¿Qué diablos?! –exclamó antes de levantar los brazos.
     –Ahora vas a permanecer muy tranquilo y me vas a escuchar con mucha atención. ¿Vas a estar calmado y no vas a gritar? No quisiera hacer alguna estupidez.
     Victor asintió afirmativamente, apartó su mirada del arma y la enfocó en mi rostro.
     –Perfecto Victor, buen muchacho. Verás, tal vez me equivoque pero esto es lo que pasó.  En la mañana saliste a tu oficina, hiciste tus tonterías, pasaste recogiendo tu traje y en el camino recogiste a tu cómplice. Asumo que se escondió en la cajuela del auto y así fue como entraron al edificio.
     –Eso es ridículo, las cámaras de seguridad…
     –Están desactivadas, Victor –le interrumpí–.  Los forenses conversaron con los guardias y estos dijeron que todo se apagó esta mañana.  La administración contrató un sistema de cámaras inalámbricas y empezaron el cambio hoy.  El edificio volverá a estar monitoreado desde mañana en la tarde.  Todos los residentes fueron notificados de esto hace un mes.
     –Su teoría no tiene sentido detective. ¿Acaso no vio el ascensor? No se puede simplemente oprimir el botón del penthouse. Se puede ir sin problema a los otros pisos pero el botón de este se activa con mi huella dactilar, la de Stephanie y la de dos guardias.  Lo mismo ocurre en la escalera de emergencia, podemos salir pero sólo se puede volver a entrar a este piso mediante reconocimiento de huellas.
     –Lo sé y por eso le pregunté sobre la película.
     –¡¿Qué?!
     –Dave Kujan no fue interpretado por Chazz Palminteri, no en este universo, sino por Al Pacino.
     Victor retrocedió un paso, abrió sus ojos todo lo que pudo y empezó a temblar.
     –¿Dial M for Murder? –pregunté mirándole fijamente–.  Todo esto fue tu idea, ¿verdad?  Alfred Hitchcock jamás se convirtió en director de cine en este mundo sino que fue un renombrado escritor de novelas y cuentos.  Esa película nunca se hizo en esta realidad y por ello confiaste en que nadie vería algo extrañamente familiar en este crimen.
     –¡¿Y usted cómo demonios sabe todo esto?!
     –Porque ambos venimos del mismo lugar Victor. De un mundo en el que Marilyn Monroe falleció en 1962 y no está ahora en algún salón celebrando su cumpleaños número 86. ¿Qué pasó? ¿No resististe la curiosidad de verla en persona?
     –Yo…yo…
     –Tú y el Victor de este mundo lo hicieron bien.  Aprovecharon que no habría cámaras y el Victor de aquí subió sin problemas, pues obviamente son sus huellas las que están registradas, y se quedó aquí.  Tú, en cambio, saliste de la cajuela, te pusiste el smoking que trajeron de la tintorería, subiste al lobby, esperaste un par de minutos al auto que te llevaría a la fiesta y delante del guardia saliste del edificio.  Eso te dio tu primera coartada –me detuve un segundo para tomar aire.  Observé la expresión de terror que se apoderaba del rostro de este Victor y continué–.  El Victor de aquí esperó a que llamaras a Stephanie y en cuanto lo hiciste la asesinó.  Sabía que no podría salir por el lobby, y que también podrían verlo si salía por el garaje, así que decidió no arriesgarse.  Bajó al subsuelo y se escondió en la cajuela del auto ¿verdad?
     Victor tenía su boca abierta pero no emitía sonido alguno. Guardé mi arma, di dos pasos hacia él y lo miré fijamente a los ojos.
     –Él está ahí ahora, abajo, dentro de la cajuela, esperando a que te dejemos ir para luego cambiar lugares.  Tú volverás a nuestro mundo y él será el pobre hombre que perdió a su esposa a manos de un misterioso profesional enviado por la mafia.
     –¿Quién eres tú?
     –Soy Andrew Calderón, detective de homicidios pero del Nueva York que perdió a las Torres Gemelas en el 2001.  El Andrew de este mundo y yo cambiamos lugares hace cinco años y la razón por la que hicimos eso no es de tu maldita incumbencia.
     –¿Co…co…cómo…
     –Igual que ustedes, encontramos un portal en la casa de nuestros padres.  ¿Dónde encontraron el suyo?
     –E…en…en nuestra oficina…en el baño.
     Volteé a Victor, lo esposé, le leí sus derechos, los González, y sus Miranda también por si acaso, y lo conduje hacia la puerta.
     –¡¿Estás loco?! ¡¿Tienes alguna idea de lo que pasará si descubren lo de los universos paralelos!?
     Honestamente, en ese momento no tenía la más remota idea de lo que podría pasar, lo único que sí sabía es que no podía dejar escapar a estos malditos homicidas, pues estaba bastante seguro de que la otra Stephanie Hayes había sido asesinada también.  Al final, me convertí en un tipo muy popular, ya habrán imaginado que no fue por resolver un homicidio, y aunque lo que vino después me ha hecho arrepentirme, varias veces,  de haber revelado la existencia del otro lado, Yoyo procura calmar mi conciencia recordándome que lo hice por una noble causa y que esas mujeres merecían tener justicia.  Qué les diré, parece que de nobles causas también está empedrado el camino hacia el infierno.
    


La no querida

Por Alejandra López.

El cadáver de la mujer fue traslado hacia la morgue por un móvil de la policía científica. Al lugar también habían llegado una ambulancia y dos patrullas policiales que cercaron el lugar donde se encontraba el cuerpo que había caído desde el 4º piso del edificio donde vivía.
A simple vista los policías dedujeron que se trataba de un suicidio o de una muerte accidental. El procedimiento exigía una investigación y luego recién podrían concluir el caso.
La causa fue asignada al despacho del inspector Saldívar quien ya en la oficina le dijo a su ayudante:
—Es una occisa femenina de cincuenta y ocho años. Vivía sola, era soltera y trabajaba en un par de escuelas como docente en el área de matemática. El familiar más allegado es un sobrino de veintinueve años a quien se considera como único heredero.
Tuve la oportunidad de hablar con él porque yo mismo le comuniqué la noticia y me dijo que hace más de un mes que no la ve pero sí habló con ella la semana pasada para saber el resultado de unos estudios médicos que su tía se hizo. Por lo que me contó, la mujer tenía cáncer. Así que por ese lado muy probablemente estemos ante un suicidio.
—¿Y un accidente?
—Mirá Gonzalez, eso queda prácticamente descartado. Era una mujer de 1,60 mts.y la baranda del balcón queda por encima de su cadera.
—No estarás pensando en un asesinato ¿o sí?
—Yo no pienso nada. Te dije que en esta profesión no debemos descartar ninguna posibilidad.
—Hay un elemento que llama poderosamente mi atención querido Gonzalez y éste es que muy cerca del cuerpo de la mujer fue encontrada una lapicera roja. Sobre la mesa del comedor había hojas, unos…exámenes de un grupo de alumnos que estaban siendo corregidos por la mujer. Les entregué la lapicera a los peritos para que se verifique si la tinta coincide con la de las hojas y era de ella. De ser así, nos tenemos que plantear por qué una mujer que se va a suicidar se llevó la lapicera para arrojarse por el balcón.
Mañana me entrevistaré con las directoras de las escuelas en las que trabajaba y vos te encargarás de hablar con los vecinos del edificio donde vivía.


—¿Qué novedades hay del caso de la docente? —preguntó Saldívar a su ayudante.
—Hablé con varios vecinos y la mayoría o no la conocía o la conocía muy poco. Los que la conocían poco dijeron que era una mujer reservada, de pocas palabras. Solo “buenos días” o “buenas tardes” cuando se cruzaban en la entrada o en el ascensor. Pero en el piso en el cual vivía la mujer, tres vecinos coincidieron en decir que era “una vieja cascarrabias” o “una vieja de mierda”.Aparentemente la mujer se llevaba mal y vivía quejándose con el encargado por “ruidos molestos” como una radio o porque los sonidos de los arreglos en las otras viviendas le molestaban. También protestaba por las mascotas. Es un edificio donde está permitido tener animales. El vecino de al lado me dijo que el del departamento F la acusa a ella de haber envenenado a su gato. También me contó que escuchó una discusión entre ellos y oyó claramente que el del F le decía a la maestra que la muerte de su gato no iba a  quedar en la nada y que él se vengaría de ella. Ahora bien, cuando fui al F, el hombre me dijo que recién se enteraba del fallecimiento de la docente porque ese día él estaba en San Nicolás por cuestiones de trabajo.
—Interesante. Yo por mi parte hablé con las directoras y las dos coincidieron en decir que la occisa era un persona difícil y muy cuestionada. Estuvieron a punto de hacer un sumario por malos tratos a sus alumnos en ambas escuelas pero no lo hicieron por esta cuestión de su problema de salud. Sabían que ya estaban ante un final inminente por el cáncer o una próxima jubilación por incapacidad. Dicen que era cuestión de esperar pocos meses.
Era una mujer muy perversa dando su materia. El 90% de su alumnado reprobaba los exámenes y los denigraba psicológicamente de manera verbal. Los trataba de “burros”, “vagos” o “inútiles”. El hecho más relevante fue cuando un alumno de quince años le planteó que su examen estaba mal corregido, ella le gritó y llegó a zamarrearlo. Esto sucedió la semana pasada.
Por otra parte estuve haciendo averiguaciones y el sobrino de la maestra fue despedido hace quince días de su trabajo, además tiene una hipoteca sobre su propiedad que no podrá pagar si no consigue el dinero. Su tía además de ser la dueña del departamento que habitaba, posee una casa en la costa.
—A propósito, recién llegó el informe sobre la tinta de la lapicera y coincide con la de las hojas que estaba corrigiendo antes de morir.
—Bien, ¿qué te dijo el encargado del edificio?
—Nada importante. El edificio tiene varios departamentos que son alquilados como oficinas y por eso fluyen rostros conocidos y desconocidos. Ese día no recuerda que la maestra haya recibido visitas.
—Pedí un informe sobre el vecino que la amenazó, tenemos que corroborar su coartada. También hay que verificar si en la familia del alumno hay algún tipo de antecedentes. Yo me encargaré de hablar con su médico.
El día siguiente amaneció nublado y lloviznando. El caso de la maestra lo tenía preocupado a Saldívar, parecían estar en medio de una maraña donde todo era posible.
El médico le dijo que su paciente presentaba un tumor maligno con metástasis en el hígado. Se negaba a recibir tratamiento quimioterápico y solo estaba tomando calmantes muy fuertes. La maestra era muy obcecada y había decidido continuar trabajando hasta el final, no aceptó licencia médica. El galeno tampoco había notado rastros de depresión que lo hicieran pensar en una potencial paciente suicida.
Cuando el inspector Saldívar entró en la oficina, su ayudante lo esperaba sentado frente a unos papeles. Luego del saludo Saldívar le dijo a Gonzalez.
—La hipótesis del suicidio de la maestra queda prácticamente descartada. Su médico no detectó conductas suicidas en la víctima, aunque lo seguiremos pensando. Podría haberse tratado de una pulsión súbita que la indujo a arrojarse por el balcón.
—Yo tengo algunas novedades. Rastreamos la coartada del vecino. Efectivamente fue a San Nicolás por cuestiones de trabajo, pero ese día se lo tomó libre porque la junta a la cual debía asistir se pospuso para el día siguiente.
—Interesante, ¿ya se sabe algo de los movimientos de él durante ese día?
—Sí. Nuestros colegas de San Nicolás le siguieron el rastro y el encargado del hotel donde se hospedaba declaró que a la hora en la que falleció la víctima el señor del F abandonó el hotel diciéndole que iría a una exposición en el centro. Regresó al hotel dos horas más tarde y ordenó la cena en su habitación. Así que el señor del F queda descartado, dos horas no le alcanzan para venir a Buenos Aires, matarla y volver a San Nicolás.
—No tenemos que apresurarnos, podría tratarse de un crimen por encargo.
—Hace un rato llegaron las escuchas telefónicas de la SIDE* y es importante que oigas la que proviene del celular del alumno. Según el rastreo, el adolescente conversa con un amigo.
Gonzalez pulsó el botón del reproductor donde se escuchaban las voces de los jóvenes:
—Che, boludo. Ayer faltaste, se murió la vieja, la de matemática.
Risas del otro lado y la voz de su amigo:
—Te la cargaste vos. Sos de palabra, ¿eh?
—Era una hija de puta. Se lo merece, guacho ¿quién carajo se creía que era?
—¿Sabe alguien?
—¿Qué?
—Y… que te cargaste a la vieja, qué va a ser.
—No, no. Dicen que se suicidó
—Dale, andá boludo…
—En serio, posta boludo.
—Sí, sí. Te creo y todo.
—Está bien boludo. Calláte y no digas nada porque sino te mando al frente a vos con el asunto del Turco.
—¡Sos un hijo de puta! Está bien, ¿cómo fue?
—¿Vas hoy a la placita a buscar merca?
—Sí, más vale.
—Después te cuento boludo.
Gozalez apagó el reproductor y le dijo a Saldívar:
—Los policías que interrogaron a los vecinos del joven dijeron que es un buen chico pero e n su casa es muy agresivo. Frecuentemente se escuchan discusiones con la madre por el tema de la droga. Dicen que hace menos de un mes escucharon los gritos de los dos y la mujer fue a parar a un hospital. Parece que el hijo le cortó el brazo cuando la amenazaba con un cuchillo y tuvieron que darle puntos. La madre lo negó rotundamente, dijo que se le resbaló el cuchillo mientras cocinaba pero nadie le cree, quiere tapar al hijo. Después de haber oido esta escucha yo creo que el pibe está hasta las manos.
—Bien, bien. Tenemos que dar intervención al juez de menores y solicitar una orden de allanamiento. De todas maneras, el muchacho podría haber alardeado ante su amigo ¿Se sabe algo de la declaración del sobrino de la mujer?
—Declaró hoy y dijo que la semana próxima saldará la hipoteca. Está dispuesto a presentar su coartada solo si se lo pone como testigo de identidad reservada. Es un poderos empresario casado y con hijos que mantiene una relación paralela con él. Dice que este hombre le pasa una suma de dinero todos los meses y le dará lo necesario para cancelara la hipoteca. Ya se hicieron los arreglos para que el testigo declare el próximo lunes.

En las primeras horas de la mañana  los policías llegaron a la humilde vivienda de un barrio en los suburbios donde las calles eran de tierra. Parecía que la gente todavía estaba durmiendo. Solo se escuchaba el ladrido de los numerosos perros del barrio ante la  llegada de los patrulleros.
La vivienda del adolescente permanecía silenciosa. El inspector Gonzalez se acercó a la desvencijada puerta de madera y la golpeó reiteradas veces. Nadie se asomó. Hizo un gesto a dos agentes que se adelantaron para derribar la puerta, uno de ellos giró el picaporte y éste cedió, la vivienda no estaba cerrada con llave.
La casa parecía estar vacía. Los policías atisbaron el lugar y cuando entraron en el único dormitorio vieron el cuerpo exánime de una mujer de mediana edad tirado sobre la cama. Sobre ella, un cinto marrón.
El inspector Saldívar no necesitó tomar el pulso de la mujer para saber que estaba muerta, los rasgos del rigor mortis ya eran notables. Se acercó y pudo ver que en el cuello de la mujer había marcas de estrangulamiento. Luego, el inspector Saldívar dirigió su mirada hacia la mesa de luz donde había un portarretratos con la foto de la mujer que ahora yacía en la cama y un adolescente de unos quince años.



*SIDE: Secretaría de inteligencia del estado. En Argentina, organismo equivalente a la CIA.

miércoles, 15 de agosto de 2012

Agorafobia


Por Carmen Gutiérrez.



     “Cada día me prometo que saldré a partirle la cara al hijo de puta, me juro que entraré en su maldita torre de cristal y le romperé los huesos, cada día. Despierto, me visto, como cualquier cosa y me paro frente a la puerta. Giro la perilla y empiezo a sudar. Mis piernas se tambalean y veo luces verdes a través de mis parpados fuertemente cerrados. Tiemblo y me derrumbo en sollozos de desesperación. ¿Qué voy a hacer? Nada. Otra vez nada. Como cada día.

     Este caso es el más importante de mi vida y no soy capaz de dejar estas cuatro paredes sin ventanas. Soy un cobarde, una escoria de la sociedad, un fantasma condenado a estar encerrado por su propia voluntad. Dicen que la venganza es un plato que se sirve frío, que uno no la obtiene hasta que está preparado y entonces pierde todo sentido. Pero no puedo. Estoy tan preparado como un elefante para aprender a volar. Y ahí voy de nuevo a escuchar las grabaciones, a tratar de vencer el encierro y buscar entre mis huevos la valentía para salir.”

22 de junio de … 20:00 hrs, Ciudad de México.

     —¡Maciel! ¡Maciel! —el grito de Lucas rebotó en las paredes mohosas y oscuras del túnel—¡Maciel, hay ratas!
El detective se volvió e iluminó con la linterna a su compañero en la cara.
     —Estamos en la alcantarilla ¿Qué esperabas, pajaritos? —preguntó torciendo los ojos— ¿Te asustaste? Se supone que el marica soy yo y tú eres el policia que me protejerá.
     —Cuando me pediste que te acompañara no dijiste nada de bajar al drenaje. —replicó Lucas con una mueca.
     Maciel se llevó la mano al auricular inalámbrico que llevaba todo el tiempo en la oreja y soltó una carcajada.
     —Dice Bosco que tú tampoco mencionaste que gritas como niña —siguió caminando sin dejar de reír—. ¡Muy buena, Bosco!
     —¿Cómo puedes estar todo el tiempo con ese aparatillo en la oreja? Estás loco, Maciel, y de remate. ¿Ese tipo escucha todo lo que haces?
     —Todo, Lucas. Bosco y yo estamos siempre conectados; soy sus ojos y oídos. Somos un ser simbiótico controlado por computadora —contestó reanudando el camino, imitando a un robot—. Bueno, está bien. Dice Bosco que no es cierto lo de la compu.
     —¿Por qué nunca me lo has presentado? —Lucas se colocó al lado de su compañero para no quedarse atrás de nuevo y encendió su linterna oficial de la policía— Estoy sospechando que ese tal Bosco es tu amigo imaginario.
     —Si fuera imaginario no me lo cogería tan seguido —negó con la cabeza y agregó— Está bien, ¡está bien! Retiro lo dicho. Nunca me lo he cogido. Bosco pide que eso quede bien claro. ¿Vas a seguir jodiendo o podemos continuar?
     Lucas siguió caminando en silencio, no estaba seguro si Maciel se refería a él o a su amigo cogido imaginario, pero continuó.

     —Creo que casi llegamos —dijo el detective al cabo de un momento—. Según Bosco, eso debe estar por aquí, así que abre bien esos ojos de toro loco que tienes y avísame si lo ves.
     —¿Ver qué? No sé ni que estamos buscando ni donde estamos.
     —El cadáver.
     —¿De qué tipo de cadáver estamos hablando?—preguntó Lucas escandalizado.
     —Del tipo de todos los cadáveres, imbécil. Muertos, sin vida, a veces sin carne, fríos, tiesos... de ese tipo.
     —Entendiste lo que quise decir. ¿Sabes que si encuentras un cadáver lo tengo que reportar?
     —Lo sé —contestó Maciel—. Para eso te traje.
     —¿Me vas a explicar de una chingada vez que carajos estamos haciendo aquí? —Lucas se detuvo y sacudió su chaqueta llena de barro—…o doy media vuelta y te reporto.
     —¡Oh no! ¡El poli malo quiere reportarme! —Maciel juntó las manos morenas en señal de rendición y le guiño un ojo— ¡Lléveme, señor policía! ¡He sido un niño malo!
     —Deja las pendejadas y comienza a hablar o me largo —amenazó Lucas conteniendo una sonrisa y sentándose en algo que parecía ser un escalón—. Estoy cansado, empapado y encabronado. Dame un cigarro, lo necesito aunque me explote la alcantarilla en la cara.
     —No podemos detenernos, Luquitas —Maciel hizo el ademán de apuntarlo con el dedo y se detuvo a mitad del movimiento—. Está bien, Bosco dice que te cuente.
     —Ese Bosco es el jefe, ya lo entendí —se llevó las manos a la boca en forma de bocina y gritó—. ¡Controla a tu bestia, compadre! 
     —No tienes que gritar, animal, te escucha aunque susurres y además puede verte. Este pendiente es tecnología de punta —replicó el moreno al señalar una micro cámara en su lóbulo y encendiendo un Camel— ¿Sabes quien es Esteban Larraín?
     —¿El millonario? ¿El dueño de Televisión Larraín? ¿El quemado?
     —No, pendejo. El aliado de Batman. —contestó elevando las manos— Claro que el millonario. Pues el loco ese me ha contrata… bueno, nos ha contratado para que probemos que él no es él. Así como lo oyes. Tiene la loca teoría de que fue utilizado para suplantar al heredero de los Larraín allá por los años cuarenta.

     Lucas lo miraba con los ojos muy abiertos y una sonrisa incrédula.

     —Sé que es una idiotez. Pero el hombre es millonario, como lo dijiste, y ha pagado por adelantado. Además me mostró una prueba que me hace pensar que tiene razón.
     —¿Cuál? —preguntó Lucas con el cigarrillo colgando de los labios y sin preocuparse más por su ropa y el barro.
     —El tipo se ve viejo, como de unos setenta años. Si no fuera porque tiene media cara chamuscada diría que menos, como unos cincuenta y tantos. Pero su identificación y su acta de nacimiento dicen que nació en mil novecientos dieciocho.
     —¡Sí, claro! Y yo me parezco a Blanca Nieves. Si eso fuera verdad el hombre estaría a punto de cumplir…
     —Cien años, ¿entiendes? Bosco trató de rastrear todos los documentos posibles y en efecto: Esteban Larraín cumplió noventa y seis años este noviembre.
     —¿Y si tiene pacto con el Diablo?
     —Claro, eso es más lógico. Bosco, ¿cómo es que no se nos ocurrió eso? —guardó silencio un momento y agregó— Pregunta Bosco que si eres así de estúpido o entrenas delante del espejo a diario. Si fuera un satánico, ¿por qué pagaría “nuestro retiro” por adelantado?
     —¡Ya! Lo entendí. ¿Cómo llegó a esa conclusión?
     —Según el loquillo ese, el verdadero Esteban Larraín fue asesinado por su madre cuando cumplió los veinte años y su padre lo encubrió todo diciendo que en uno de los viajes en avión que hacía a Estados Unidos desapareció. Según los registros, Larraín era piloto aficionado y su avión fue encontrado hecho mierda en la Sierra Madre, pero no había rastros de él o su acompañante. Esto fue noticia en mil novecientos cuarenta, para entonces Larraín llevaría dos años muerto y no hay registros suyos en ese lapso de tiempo. Para cuando el padre reportó el accidente, y las investigaciones fueron realizadas, nadie echó de menos su presencia porque era un tipo muy huraño. No tan raro como Bosco pero casi.
     —No me cuadra. Esta historia no me cuadra y se me entumió el trasero —Lucas comenzó a caminar cabizbajo—. Si se estrelló en un avión ¿cómo es que ahora esta ahí, sentadito en el trono de su imperio mediático?
     —Bosco encontró noticias en mil novecientos cuarenta y cinco en los diarios donde informan que Esteban Larraín fue encontrado en un rancho de la Sierra, donde unos campesinos lo habían cuidado y ayudado a recuperarse, con la cara desfigurada y la memoria en blanco, el joven Larraín pasó meses en terapias y tratamientos, curiosamente con el auge de las cirugías plásticas nunca se preocuparon por arreglarle la cara al pobre cabrón. Larraín dice que le dijeron que tenía casi veintisiete años, pero él recuerda que a los treinta años aún tenía problemas de adolecentes, cosa que sus padres achacaban a la pérdida de memoria.
     —¿Cómo sabe Larraín que su madre…?

     Maciel se toqueteó el tatuaje de estrella que llevaba en el brazo como cuando analizaba algo detenidamente.

     —Según él, sacó conclusiones. Mencionó algo de unos pasteles de cumpleaños y otras chingaderas —puso los ojos en blanco y suspiró—. Dice Bosco que la madre estaba loca y que cada cumpleaños le llevaba un pastel con veinte velas sin importar cuantos cumpliese,  siempre le pedía perdón y antes de suicidarse discutió con su padre, este le gritó que nunca volvería a encubrirla, que cada dos años hacía “lo mismo”, pero Larraín no sabe a que se refería con eso de los dos años. Bosco encontró registros médicos donde la señora tenía visitas por embarazo cada veinte meses o así. Bosco cree que se embarazaba y abortaba a propósito.
     —¡Gente loca! —replicó Lucas con un aspaviento.
     —Eso no es todo, sus familiares cercanos están muertos. No hay tíos, primos o parientes con quien hacer una comparación de ADN. Sólo su hijo y sus nietos están vivos pero…
     —Su ADN concuerda con el actual Larraín… —concluyó Lucas con la boca abierta.
     —Así es, pequeño saltamontes —Maciel se acomodó el pendiente que llevaba en la oreja derecha—. Bosco dice que es el caso más raro en el que hemos trabajado pero nos sacará de pobres. Encontramos registros de la policía de la Delegación Cuauhtémoc donde a Larraín padre lo detuvieron en mil novecientos sesenta en esta zona. Alguien lo vio saliendo de una alcantarilla y lo apresaron. El reporte de la policía, que nos enviaste, dice que al padre lo encontraron lleno de lodo y empapado y alegó que estaba ebrio. Lo soltaron sin hacer investigación alguna, pero Bosco cree que el señor estaba tratando de ocultar algo tan grande que no podía encargárselo a nadie más. He ahí la razón de que estemos aquí y no en un bar donde trataría otra vez de convencerte y llevarte a un motel.
     Lucas ignoró el comentario pero siguió alumbrando el camino para evitar las ratas y caer en algún agujero. Maciel parecía escuchar a Bosco, porque inclinaba la cabeza a la derecha y no decía nada pero caminaba con paso seguro.

     —Ahí está. ¡Hijo de la chingada! —exclamó Lucas apuntando a un recoveco con la linterna— ¡Son como diez!
     —¡Bosco, lo encontramos! —Maciel trataba de iluminar un poco más, regulando la intensidad de su propia lámpara— ¡No mames, Bosco, dime que estás grabando esto!

     Una pila de huesos y cráneos humanos muy pequeños se alzaba ante ellos. Había alrededor de ocho o nueve cuerpos de bebés envueltos en mantas finas pero desgarradas por el moho y la humedad y unos cuantos más desperdigados por el suelo.
     —¡Hijo de puta! ¡Hijo de puta! —repetía Lucas sin atinar a pedir refuerzos. Sólo alumbraba de aquí para allá tratando de identificar el mazacote de evidencia que tenía delante.

     Maciel se acercó al montón y empezó a apartar con cuidado los huesitos en sus propias mantitas.
     —¡No toques nada, Maciel! —ordenó Lucas— Esto es evidencia.
     —Lo sé —dijo este sin detenerse—, pero tienes que ver esto.

     Bajo los huesos de los bebés, el esqueleto de un hombre adulto, aún con sus ropas puestas y una soga alrededor del cuello, los miraba desde los huecos donde tuviera los ojos. Maciel le apartó la chaqueta de cuero y debajo de la camisa casi deshecha encontró una cadena de plata con un dije en forma de aeroplano, detrás se leía:

“E. Larraín, Asoc. Mex. D. Aviación

     —¡Puta madre! —gritó—¡Bosco, lo encontramos! ¡Es él! Grábalo todo, ¡todo!
     —Tengo que avisar, Maciel —Lucas ya estaba sacando la radio para comunicarse con el cuartel—. Detective  Lucas Saavedra a central, solicito refuerzos. Cambio.
     —No puedes reportar esto, Lucas —dijo Maciel a su espalda con un tono más frío de lo normal y apuntándolo con una Veretta—. Sólo te traje para evitar que la policía se entrometiese y que me sirvieras de pantalla.  Lo siento, compadre…
     Y disparó.

     “¿Cómo pudo hacerme esto? ¿Cómo pudo convencerme de meterme en este embrollo? ¿Cómo pude confiar en Maciel? Nunca esperé eso. Aún lo recuerdo y me lleno de rabia e impotencia, el sonido del disparo ampliado por el eco en el túnel me despierta en las noches, la espalda me duele, la cabeza me da vueltas. Pero tendré mi venganza, lo sé”

23 de junio de … 1:35 hrs, Ciudad de México.
-Maciel gritando en el coche, tratando de conducir y explicar al mismo tiempo…adelanto.
-Maciel llegando al hotel Campestre en las afueras…adelanto.
-Esperando en la suite presidencial…adelanto.
-Entra Larraín en la habitación, solo y vestido con una elegante pijama de seda…pausa.

     “No quiero seguir viendo esto, pero sé que lo haré. Como cada día”

     —Eso fue rápido, señor Maciel—dijo Larraín sirviendo una copa de whiskey— debo confesar que cuando lo conocí, no creí que un chico tan joven, tatuado y con aretes por todos lados pudiera hacer el trabajo. Incluso sus lentes de contacto verdes me hicieron dudar. Sin contar con el hecho de que sea usted el detective gay más promiscuo que he conocido.
     —Me halaga, señor —respondió el chico alzando una ceja—, y eso que no le he mostrado los piercings que tengo en el culo. Hacen trabajo de retención.
     —No sea tan cínico, Maciel —el millonario se sentó frente a él y bebió un poco—. Hablemos de negocios.
     —A eso vine, pero usted insistió en coquetear conmigo y eso me distrajo, no se enoje. Usted empezó.
     —¿Qué fue lo que encontró? —preguntó Larraín lacónicamente. 
     —Le envié las fotografías por correo electrónico hace unos minutos. Sus sospechas son ser ciertas: Usted no es Esteban Larraín.
     —Me lo temía —volvió a beber— ¿Qué pasó con su amigo Lucas?
     —Cumplió su función. No dirá nada porque no puede. ¿Qué va ha hacer? ¿Renunciará a la fortuna de familia por ética? —preguntó el detective en una carcajada.
     —No haré nada de eso. Sólo son manías de anciano, quiero tener claras mis ideas y negocios ahora que tengo que pasar el mando de las empresas a mis familiares. Estoy rodeado de idiotas y no quiero dejar ni un cabo suelto en mi pasado. Tengo una reputación que cuidar, señor Maciel.
     —La reputación le costó la vida a muchos de sus falsos hermanos. Vea las fotografías y la información que le envié. Está todo ahí y de una manera clara y concisa —se levantó y estiró la espalda—. Me retiro, señor impostor. Estoy sucio, mojado y encabronado. Necesito un cigarro. —dijo riéndose de la ironía. Algo parecido había dicho Lucas unas horas antes.
     —¿Necesita más dinero, señor Maciel?—Larraín abrió la cajonera del escritorio y sacó un estuche para chequeras.
     —No. Necesito un cigarro.
     —Puedo ofrecerle uno.
    
     Maciel se acercó a tomarlo y en ese momento Larraín tomó un cortaplumas del estuche, se lo clavó al joven en la garganta y lo giró para romper la yugular.

     —No quiero cabos sueltos. Tengo una reputación que cuidar. —dice el impostor al final de la grabación.

     “No sabe que lo vi todo, ni que lo tengo grabado y lo revivo todos los días. Larraín no ha entregado sus empresas ni se ha hablado de él en las noticias. Sólo yo sé de la muerte de Maciel y la policía aún no ha hecho pública la desaparición de Lucas. El bastardo hijo de puta vive creyéndose a salvo de todo pecado cometido, pero lo sé todo y él ni siquiera sabe que existo. El miedo que tengo al exterior es la delgada línea roja que lo mantiene vivo. ¡Vamos, Bosco! Hazlo por el único amigo que has tenido en tu puta vida.”

La puerta se abrió lentamente invadiendo de luz el interior, se escuchó el chasquido de una automática al cargarse y después de años de estar encerrado, Bosco dio un paso al exterior. Luego dio media vuelta y volvió a encerrarse, sonriendo porque al menos hoy pudo abrir la puerta.




La gran mansión

Por José Luis "Pepe" Martinez.

De niño fui pobre, mi padre era un ebrio que lo mejor que hizo por nosotros fue morir. Mi madre era una triste mujer que ayudaba en un puesto de ropa usada en el mercado y la feria, en verdad éramos unos miserables que no tenían nada más que lo justo para cubrir el cuerpo.

Eran compañeros desde el caso de Los crucificados, de eso hacía ya cinco años y eran los mejores amigos desde hacía cuatro. Congeniaron a la perfección. Carlos Márquez no tenía pelos en la lengua, nunca temblaba al decir lo que estaba bien o mal; por su parte Arturo Ramos se distinguía por su trato equitativo y eso fascinaba a Márquez, porque no lo trataba de una forma especial por sus orígenes.
—¿Dónde encontraron el cuerpo? —quiso saber el agente especial Márquez.
—Cerca de las ruinas de la gran mansión —dijo Ramos con un poco de reticencia, sabía que a su amigo no le gustaba nada ese lugar.
—Pues nada, creo que regresaremos al dulce hogar.

Un buen día, mi madre se cansó y decidió que era hora de buscar fortuna en la gran ciudad, así que nos fuimos a la capital. Logramos acomodarnos casi de inmediato, pues ella fue contratada como el ama de llaves de la gran mansión a las afueras de la capital.

El edificio era exactamente como Márquez lo recordaba, pero ahora parecía más tétrico al tener las ventanas tapiadas y las puertas aseguradas. Cerca de la puerta se encontraba ya el equipo forense examinando la escena del crimen.
—Qué espanto de lugar —dijo Ramos frunciendo el seño.
—¿Me lo dices o me lo cuentas? —respondió su compañero sin gesto alguno en la cara. Lo que le interesaba era el cuerpo, este era el quinto del mes.
—Una nueva víctima cada diez días —mencionó Ramos—, todos varones de la misma edad, casi la misma altura, color de piel y estatus social. Todos con la cara… mutilada.

Titubeó al decirlo; desde que tomaron el caso Márquez era muy susceptible a las deformaciones de las víctimas. Ramos supuso que era debido al pasado de su amigo.

—Pero este es el primero que dejan a la puerta de la casa —señalo Márquez inclinándose sobre la manta blanca que ahora estaba marcada con líneas rojas.
—¿Crees qué está cambiando su ritual?
—No, creo que la ha cagado —dijo sonriendo con una mueca aterradora, al ver la ventana rota a un costado de la puerta principal—. Mira esto, está recién rota y ninguno de estos pelmazos lo ha notado.
—Bueno, lo nuestro son los cuerpos, no los tipos que los dejan —dijo el jefe de la cuadrilla forense que por fin se digno a mirar a Márquez a la cara.
—¿Te apetece entrar por una tacita de café? —dijo a Ramos, ignorando por completo al jefe forense.
—¿No será mucha molestia?
—Ninguna, pase usted —ofreció el agente inclinándose de una manera ridícula, pero sin sonreír.

Cuando entramos la primera vez en la gran mansión quedé deslumbrado, sentí que la vida cambiaría, teníamos un lugar donde vivir, comida caliente, ropa nueva y la promesa de un futuro mejor para mí. El patrón era una persona muy buena y noble, después descubriría que no todo ere miel sobre hojuelas.

Se encontraban en la enorme sala de estar y a pesar de que todo estaba cubierto de polvo y basura, Márquez se desenvolvía bien por el terreno. Se movían con precaución, como les enseñaron en la academia. No querían alertar al posible sospechoso/testigo de que estaban al acecho.
—Te juro que si dices separémonos… —dijo Ramos con tono de reprimenda—. ¿De verdad crees que está aquí dentro?
—Estoy seguro —lo interrumpió Márquez con el ceño aún más fruncido—. Creo que escuché algo arriba, iré yo primero tú espera aquí.
—Vale, pero ten cuidado —le advirtió al agente—, no quiero que esto se convierta en una thriller de serie B.

El hijo del patrón, quien tenía la misma edad que yo, resultó ser un bastardo engreído. En poco tiempo comprendí que era su esclavo, cuando jugábamos a las luchas él siempre se excedía y yo me llevaba la peor parte. Los moretones en mi cara eran tan evidentes que tenía que inventar historias ante el patrón y mi madre para que no lo culparan. Temeroso de regresar a las sucias calles me quedaba callado. Era, en verdad, un hijo de perra.

Al  subir las escaleras recordó todos los juegos infantiles, todas esas tardes de juegos con su compañero, aderezados por el arrepentimiento. Cada escalón era un “si tan solo hubiera...”
—No me martirizaré —se dijo en un susurro.
—¿Cómo dices? —quiso saber Ramos quien ya lo seguía de cerca.
—¡Mierda! —se sobresaltó Márquez—. Te dije que esperaras en la planta baja.
—Y un carajo, no pienso dejarte solo en este lugar, te ves muy tenso desde que entramos. Sé que los recuerdos te están atormentando y te crees culpable por lo que está pasando.
—No sé de qué me hablas, Arturo.
—No insultes mi inteligencia, Carlos, desde que llegó el caso a la oficina lo he sabido.
—¿Crees que el jefe lo sepa? —dijo sorprendido.
—¿Soy la única persona que sabe lo que hiciste aquí cuando eras niño?
—El único —confirmó Carlos.
—Bien. Entonces no hay de qué preocuparse —dijo en un tono conciliador—. ¿Desde cuando sabes que es él?
—Desde el primer cuerpo.
—Pero… joder. ¿Sabías que era él?

No hubo respuesta. Carlos Márquez siguió caminando alerta sin poner más atención a su amigo y compañero.
La peor parte de mi vida en esa mansión fue cuando quedé marcado, éramos ya casi unos adolescentes cuando el amo –como él exigía que le llamara– me jugó su última trastada. En esa ocasión decidió que jugaríamos a Caballeros de la Mesa Redonda, él sería Sir Lancelot, equipado con una de las viejas dagas estilo medieval que servían de decoración en la gran mansión, yo sería el temible Caballero Negro enfundado en mi improvisado yelmo de papel de baño.

—Tú ve por el pasillo de la derecha —ordenó a Arturo—, yo iré por el de la izquierda.
—No me has contestado.
—Joder, hermano —replico Carlos visiblemente enojado—, si no he dicho nada es porque esperaba equivocarme.

No se dijeron nada más, cada uno caminó por su pasillo designado esperando encontrar al sospechoso.

Arturo Ramos irrumpió en todas las habitaciones que encontró, fue así que se topó con una cama improvisada y objetos varios sobre una mesilla de noche. Había estudiado suficientes perfiles de asesinos en serie para identificar la colección, un objeto personal de cada víctima para recordarle que fue suya. Examinó todo cuanto pudo, ya no había más un sospechoso, sino un culpable. Era hora de buscar a Carlos, temía por él. Arturo era el único que sabía todo el esfuerzo de Carlos por recuperar lo que perdió en esa misma mansión hace tantos años. Le aterraba que en un arranque de locura lo perdiera todo.

Con la cara sangrante fui trasladado de emergencia al hospital. Los médicos explicaron a mi madre que llegué justo a tiempo y que con la cirugía estética de la época no quedaría huella de mi accidente. El jefe de mi madre se ofreció a pagar los gastos, supongo que se sentía culpable, pues su hijo no hizo lo suficiente para evitar mi incidente. Me negué rotundamente. Ese fue el momento en que lo decidí. Sería yo quien liberaría al mundo de la inmundicia. En cuanto me dieron de alta me fui para siempre de la mansión y comencé a buscar el modo de impartir mi justicia.


—Hola criado.
—¿Qué cuentas, joven amo? —dijo dándose la vuelta.
—Cuando murió mi padre me convertí en El Patrón —replicó el hombre.
—Lo sé, seguí las noticias por los periódicos y vi cómo lo perdiste todo con tus locuras.
—Eso es cuestión de enfoques —dijo con una sonrisa sarcástica—, desde hace años encontré algo mejor que la riqueza, y por lo que veo, tú también encontraste algo.
—Así es y ese algo es lo que me trajo frente a ti.

El sonido del disparo recorrió toda la gran mansión hasta llegar a los oídos del agente Ramos, en ese momento su mayor temor se veía cumplido. Tenía que comprobarlo por sí mismo, no se permitió pensarlo dos veces. Deshizo el camino recorrido y corrió por el pasillo de la izquierda. No fue difícil encontrarlos, estaban en la única habitación que no tenía puerta.

—Así que lo has hecho —afirmó Arturo al ver el cuerpo del homicida tirado en el suelo con un disparo en la frente, a su lado se encontraba una daga estilo medieval —. ¿Con esta fue…?
—Sí, Arturo, esa daga fue con la que torturó y mató a esos jóvenes —dijo con voz desquebrajada.
—A lo que me refiero es…
—Sé a lo que te refieres y la respuesta es sí, y no solo la daga, también fue en esta misma habitación donde ese hijo de perra me mutiló hace tantos años —dijo tocando las horribles cicatrices de su rostro que eran el motivo de que nadie lo viera a la cara en el departamento de policía.


¿FIN?