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jueves, 12 de enero de 2017

Tacones en tu corazón


Por Soledad Fernández.


Entrás a la casa de la avenida 54 y en el segundo en que atravesás la puerta, un aire espeso se filtra en tu nariz. Te penetra. Avanza por tus fosas nasales y se anida en tu cerebro. Esa es tu señal. La señal de peligro, de que algo no anda bien. Aunque como siempre, no hacés caso.

Mientras tratás de no enredarte en una guirnalda, saludás a unos cuantos que se te hacen conocidos. A Marcia la conocés de la oficina. Ella te sonríe. Estás casi seguro que quiere acostarse con vos. Pero no te gusta. “Quizás cuando esté muy desesperado”, te decís y sonreís. La imaginás gimiendo y te causa repulsión. No, ni siquiera cuando estés desesperado. 

“Hay que dar una vueltita y ver”, pensás mientras agarrás de una mesa un vaso con una bebida naranja. Tiene mucho hielo. No es jugo, obvio. El alcohol quema tu garganta y llega enseguida a tus neuronas. Sabés que no deberías tomar. Pero hoy te lo permitís. Después de todo, es 31 de diciembre. “Venite a la fiesta de fin de año”, decía la tarjetita que encontraste en tu escritorio, “La vas a pasar bomba”, continuaba. “¿Por qué no?”, te dijiste. A pesar de todo lo que eras, a pesar de ser el jefe mal arreado, rezongón e incluso, a pesar de ser casi un acosador de las secretarias, te apreciaban. ¿Lo hacían? Por supuesto. Nadie se resistía a tus encantos. 

Si, sos irresistible. Sobre todo para Laura, la de las fotocopias. Ella te guiña el ojo cuando le mirás las tetas y le hablás de la minita que te llevaste la noche anterior a la cama. También te escucha cuando te burlás de Marcia. Todos lo saben. Ella y vos son incompatibles, aunque ella te vea como la madre de sus hijos.
Por ahí fue ella la que te invitó. Eso te deja pensando. Junto a la notita había una flor, una rosa negra. “Extraño color”, pensaste. Pero te pareció adecuado llevarla. Como un código secreto de encuentro. En la solapa del saco, la llevás puesta. Esa es tu entrada triunfal: el traje de la oficina y la rosa. Estar presentado es tu fuerte. Y tus ojos claros. También los hoyuelos que se te hacen al sonreír. Esos son tus atributos. Y hacerlas gemir en la noche. Con una copa de champán y esa pastillita que las relaja. Así no preguntan, así no te exigen. O no te demandan por acoso. 

Marcia seguro que quiere probar. La pastilla, la tuya, todo. Pero te hacés el difícil. Aunque hoy está más presentable. Maquillada y con tacones tiene un aire misterioso. Como por la mañana. Ella nunca usa perfume, pero hoy le sentiste un aroma sensual. Diferente. Muy raro. ¿Estás seguro que nunca te la llevaste  la cama? Ya perdiste la cuenta de cuántas fueron y hasta tenés dudas. Quizás en una noche de desesperación y alcohol…quizás una noche como la de hoy, de fin de año solitaria. Las burbujas de alcohol te juegan una mala pasada en momentos así. Tus recuerdos se alborotan. Pensás en Marcia y la mantenés ahí por si no surge otra alternativa. Siempre como última opción. 

Aunque cuando llegás al living de esa casa llena de gente, mujeres al parecer (¿todas?), observás unas curvas vestidas de rojo. Unos tacos aguja negros, un cuello blanco. “No puede ser ella”, pensás. Pero estás seguro de que es. Esos rulos recogidos en un rodete se te hacen demasiado familiares. Querés escaparte, pero ya es tarde. Ya te vio. “Hacete el boludo”, pensás y te bajás de un saque el vaso que venías saboreando. Hacés que saludás a otra compañera que ni te mira y amagás con irte, pero ella avanza hasta vos. No podés evitar observarle las tetas que están apretadas en ese vestido escotado. Tampoco podés evitar pensar en la noche en que te la llevaste a tu departamento e hiciste con ella todo lo que se te antojó. La pastilla funcionó mágicamente. María fue tu primera. El debut de las mujeres empastilladas. Luego de ella, lo demás se te hizo vicio. 

La saludás ausente. Ella te habla pero no le entendés. La música te ensordece. Las lucecitas que se encienden y se apagan dan un fulgor extraño, con sombras grotescas en las paredes, demoníacas. Querés irte, pero ella te toma de la mano y esa sensación extraña se disipa. “Bueno”, pensás, “Si empezamos así…” y te lleva por una escalera. Caminás detrás de ella, observando su culo enorme, rojo, ajustado. Aunque sentís que todo te gira. “No voy a poder”, pensás. Pero no te importa. Quizás te quedes dormido entre sus tetas. Sería el cielo, aun sin hacer nada. Sí, estás seguro de que esta noche es perfecta para dormir sobre su cuerpo desnudo. 

Subís las escaleras. Se te hacen eternas como la mañana en que ella fue a encararte. Te acusó de violarla. “Yo no te obligué a nada, amor”, le habías contestado. Pero ella insistió. Tuviste que encerrarla en aquella clínica. Cuando se es el jefe es fácil tener abogados poderosos que estén a tu disposición. “Parece que la estancia en el sanatorio le hizo bien…en todos los aspectos”, pensás mientras de refilón te parece ver a Mónica, otra de tus conquistas. 

Alguien, otra chica vestida de traje negro, te da un vaso con una bebida verde. “Es especial para vos”, te susurra al oído y la tomás. No es sed lo que te impulsa, es la misteriosa mujer de labios carnosos que casi roza tu piel cuando te habla. Querés irte con ella, pero tu dama de rojo te tironea y obedecés como un niño tonto. 

Atrás queda la de negro e imaginás su puchero. “Hay para todas”, pensás mientras tus pies tropiezan con un escalón. Caes de rodillas, pesado. El equilibrio te abandona momentáneamente y casi rodás escaleras abajo. Te agarrás de la baranda y sentís la adrenalina en tu pecho. Ese acelere peligroso, el calambre en el estómago. La taquicardia se instala mientras tratás de despejarte del alcohol. “Vamos tontito”, dice tu guía femenina y te parás con dificultad para seguirla, “Ya falta poco”, te susurra mientras te ayuda a seguir. “¿Tan desesperada estás?”, le preguntás y ella te sonríe. O eso parece esa mueca en sus labios. Algo maquiavélico se filtra en sus ojos y por un segundo dudás. Pero alguien te empuja. Una mano en tu espalda, más abajo tal vez. No podés distinguir, aunque te gusta. Es la de negro. “Así, sí”, te reís estúpidamente. 

Entran los tres a la habitación. Hay velas y una cama con dosel bordó. Como aquella vez. Como todas las veces. Es una réplica de tu habitación. El aire espeso te penetra otra vez y sentís que el piso se mueve. En un segundo todo se oscurece a tu alrededor. 

Un ardor penetrante te despierta. Estás agitado. Tus pupilas están dilatadas, tu respiración se entrecorta. El terror inunda cada uno de tus poros. Buscás a tu alrededor. Todo está borroso. Te querés levantar pero algo te lo impide. Estás atado. Hay risas y murmuraciones a tu alrededor. Son ellas. Son todas. María sobresale. El rojo llamativo que viste se te hace incandescente. Ella sonríe. Vos no tanto. 

Un dolor en el costado te hace mirar a tu derecha. Está Marcia ahí. “A ella no le hice nada”, pensás, aunque el desprecio puede ser terrible para alguien que te desea. Llorás de dolor. “¿Qué es esto?”, decís con la palabra entrecortada. Algo te molesta en el costado y sentís la humedad en tu espalda, caliente, viscoso. Hacés un esfuerzo sobrehumano y alcanzás a ver algo clavado en tu costado ¿es un zapato? Es un tacón, son muchos. En el pecho, en la panza, en tus piernas. Llorás como un nene. Suplicás como un cobarde.
Son ellas que clavaron sus zapatos en tu cuerpo. ¡Reaccioná! Los mismos zapatos que exigías que usaran en tus encuentros, en tus sesiones dopadas de sexo abusivo y sin control. Aullás de dolor. Agonizás. Rogás que se termine.

María se acerca con su zapato. Tiene un taco de 15 centímetros, extremadamente fino, afilado como ella, como el odio que juntó durante tanto tiempo en la clínica. Eleva el zapato y con la violencia de quien estuvo encerrada, privada de una vida, te clava el último tacón en el corazón, y aunque parezca que no tenés uno, enseguida queda demostrado que sí. Cuando de pronto deja de latir.

sábado, 21 de marzo de 2015

Desposeída


Por Soledad Fernández.


Estábamos solos en la tarde tranquila, y su pequeño corazón, al fin desposeído, había dejado de latir. Silencio, mucho silencio a mí alrededor, en mi corazón. Lo observé largamente. Me acerqué a su rostro: olía a almendras y chocolate, quizás a caramelo. ¡Era tan bello su aroma, tan dulce…! y su rostro. Estaba cálido, él siempre había sido así.
Una lágrima brotó. Los recuerdos se tornaron agobiantes. Incontrolables. Mi mente no paraba de rememorar cada instante y paz era lo que menos encontraba en mis pensamientos. Necesitaba entender, aunque la claridad no llegaba.
Lo observé otra vez. Su expresión… él era un ángel, el custodio de mi vida. Mi pecho se contrajo con aquel pensamiento. Suspiré. Con sus apenas cinco años había sido un sol que iluminaba mis días, aún los más tristes.
Hasta que todo empezó.
Al principio fueron detalles, indicios mínimos que denotaban cambios en su comportamiento. Pequeñeces que sólo una madre dedicada puede notar. Y así lo hice. Miradas de soslayo, palabras que antes no existían en su vocabulario. Era tan pulcro y de repente, un día me llamó “víbora venenosa”. ¿Qué se supone que debía hacer? Primero desesperé porque jamás él…. De inmediato lo tomé del brazo y lo llevé al baño. Le lavé la boca con jabón, por supuesto, y juntos fuimos a la iglesia a rezar. Dios debía perdonar sus faltas.
Pero era preocupante. Si, comencé a pensar que si a esa corta edad él debía pedirle perdón a Dios… ¿qué pasaría luego?
"Es cosa de niños", me decían las vecinas.
"Si, por supuesto. Pero si lo dejo… cuando sea más grande entrará a las drogas o a una pandilla… no, la educación comienza por casa. Así decía mi madre. Y en casa estoy yo.
Y estaba yo porque su padre… cobarde.
Luego de aquella vez, las cosas se calmaron un poco. Mi niño volvió a ser ese ángel maravilloso al que me había acostumbrado, el mismo que cuando era bebé. Pero luego de unos meses aparecieron nuevamente las miradas y ciertas palabras, demoníacas palabras. Me asusté, entré en pánico. Tal vez mi hijo escuchaba a otras personas que hablaban así. Personas inescrupulosas, personas a las que nada les importaba. Ni siquiera el Señor.
Comencé a rastrear cada acción, cada lugar, todo aquello que estaba en contacto con él. Hablé con su maestra del jardín de infantes y sólo tuvo palabras de halago para con él.
"Es un niño maravilloso, un ángel realmente".
Así que, al parecer, no era allí donde aprendía esa conducta. Pero no desistí, continué investigando, analizando cada variable. Hablé con las mamás de sus amigos. No tenía muchos, pero si dos o tres. Las mamás juraron que sus niños se portaban como ángeles y que mi hijo era así en sus casas. Así que tampoco eran las compañías.
Pero la conducta impropia continuaba, día a día. Y esa mirada acusatoria. Esos ojos penetrantes, oscuros que escrutaban mi alma cristiana. En aquellos momentos comenzamos a frecuentar aún más nuestra iglesia e incluso hablé con el Padre, le conté mis temores.
"Son los temores de toda madre… el niño es sano, es bueno, es un ángel del Señor".
Rezamos. Rezamos mucho. Le pedí al Señor piedad por mí, por mi hijo, por nuestras almas. Le pedí fuerzas para sobrellevar esa carga, esos ojos, esas palabras.
Luego de ello, la calma retornó pero esta vez fue más breve. Recuerdo esa tarde en particular. Él estaba jugando con sus autitos en el jardín trasero de la casa y ya había llegado la hora de la merienda. Siempre merendábamos a las cinco en punto, como cuando yo era pequeña. Recuerdo que mamá me hacía lavar las manos con lavandina… o quizás es lo que recuerdo. Sería jabón, sí. Pero siempre a las cinco. Ni un minuto antes, ni uno después. Se respetaba lo que mamá decía. Sobre todo si no quería que la tormenta se desatase… y eran oscuras tormentas.
“A merendar, cariño”, recuerdo que le dije y él no contestó. Entonces, urgida por la hora y viendo que todo estaba preparado, salí a buscarlo.
“Vamos, corazón mío a merendar…”, insistí.
"No quiero, estoy jugando", contestó sin mirarme. Sus palabras eran ásperas. Cerré mis puños para no desesperar y le hablé calmadamente: “Pero es la hora… vamos que se enfría… mi vida”.
"¡Dije que no quiero! Estoy jugando con mis autos", respondió con dureza. Y me miró con esos ojos vacíos, oscuros, que escrutaron mi alma atormentada. Acto seguido y presa del pánico por la situación inesperada, lo tomé del brazo con fuerza e intenté llevarlo adentro. "Dejame. ¡Dejame!", gritaba desaforado.
“Va…mos aden...tro. Es.. hora de… la merienda”, le dije mientras forcejeábamos.
Pero entonces pasó lo que jamás creí posible que sucediera: él me empujó con violencia haciéndome trastabillar y caer al suelo, mientras me gritaba: “Bruja, no me toques más. Te odio. ¡Te odio!”
Fueron puñales en mi pecho. Solo pude salir corriendo a mi cuarto a rezar. Tomé la Biblia e intenté encontrar una respuesta que al principio se negaba a aparecer. Pero de repente, mientras oraba por el alma de mi indefenso niño, la respuesta llegó a mí como una Revelación y entendí de qué se trataba todo. Entendí el motivo por el que mi ángel actuaba de esa manera y lo peor de todo, entendí que nadie más que yo lo veía. Supe de esa manera, que debería llevar adelante yo misma aquel ritual del que hablaban las escrituras sagradas.
Entonces, lo hice… esa tarde, mientras él descansaba lo observé. La luz del sol se escondía y con sus últimos destellos lo bañaba haciendo que se viera más angelical aún, y por un momento dudé de mi decisión. Pero entonces entendí que el Diablo puede seducirte de mil maneras y esa cara de ángel era una de sus tantas trampas.
Lo levanté con suavidad entre mis brazos y lo llevé al patio. Allí había preparado el lugar, debajo de un árbol centenario. Recordé cómo mi madre había hecho lo mismo cuando yo era pequeña, “y resulté de lo más normal”, pensé. Aunque por un momento mis manos y todo mi cuerpo se estremecieron con el recuerdo.
Suspiré. Despacio, casi como si me faltasen las fuerzas suficientes, comencé con un rezo pero de inmediato mi pequeño despertó y asustado, comenzó a gritar de una forma extraña. Sus alaridos no eran de este mundo y por un instante me aterrorizaron más que el recuerdo de mi madre y su enorme crucifijo. Un gruñido demoníaco que devastó mi corazón, brotó de esos pequeños labios y yo recé muy fuerte, cerré los ojos y mientras hice aquello, puse mi mano en su pequeña boca, desesperada por que parase de vociferar.
“Ya…shhh… silencio. Dios ayúdalo… ¡silencio que no puedo pensar bien!”
Y mientras con la mano obstruía su boca, impidiendo que gritase, continué con mi ritual sanador. Recé fuerte. Usé la palabra del Señor mientras mi pequeño se agitaba, endemoniado. De esa manera no podía seguir. Sus pataditas no me dejaban concentrar, entonces me coloqué sobre sus piernas y sin quitar la mano de su boca, continué con la oración. Luego de unos minutos de intenso rezo, sus movimientos de a poco fueron menguando. Si, el exorcismo funcionaba. Mi bebé se calmaba con cada palabra, con cada amén. Y entonces los movimientos acabaron de golpe y su cuerpo se volvió flácido. El bien había triunfado. Si.
Pero entonces, retiré mi mano de su rostro como si su piel quemase, aunque ya no ardería jamás y lo miré: sus labios estaban azulados, sus ojos entreabiertos, dilatados… vacíos. No entendí que salió mal. “Esto no está bien… no”, dije. Mientras lo sacudí para que reaccionase.
Luego de unas horas llegaron algunos vecinos que al verme con mi Ángel en brazos y sin vida, sólo me acusaron con sus miradas.
“Están todos poseídos como lo estuvo mi bebé. Sí, pero yo lo salvé. Ahora su pequeña alma, pura como cuando nació, irá con el Señor”, dije evitando que me saquen a mi pequeño.
Y todos esos recién llegados, en aquella apacible tarde, me dieron sus miradas oscuras, vacías, desaprobando mi accionar, y se llevaron a mi pequeño ángel.
“¿No ven que hice lo correcto? ¿Por qué me lo quitan? ¡No se lo lleven… nunca estuvo lejos de mí! Teníamos que merendar a las cinco…”
No se lo lleven, por Dios. Nunca estuvo solo… le teme a la oscuridad.
Y como esos demonios no me escuchasen, fue que busqué un cuchillo y desesperada lo hundí en mi garganta… para ir con él, con mi angelito, y acompañarlo eternamente.

Fin

Autor: Soledad Fernández - Todos los derechos reservados 2015

Imagen: de la web