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sábado, 14 de mayo de 2016

Donde moran los espíritus


Por Ángela Piñar.


Debo confesar que hay muy pocas cosas en este tedioso mundo que me gusten más que perderme por los nebulosos bosques del pantano de Hockomoc. Esa ciénaga es el corazón de un triángulo maldito y las tres puntas que conforman esa peculiar caja torácica son las ciudades de Abington, Rehoboth y Freetown. Los indios Wampanoag se referían a él como «ese lugar donde moran los espíritus» y contaban, a todo aquel que se prestaba a escuchar sus historias, que uno debe andar con mucho cuidado cuando se pierde por esos humedales, porque a veces el viento trae voces engañosas que te empujan a la locura o a cometer actos poco cristianos.

Las desapariciones de extranjeros tragados por espejismos hicieron famoso el lugar a nivel internacional, pues no pocos sabuesos vinieron husmeando tras la huella de algún extraviado. Con el tiempo se confirmó que todo aquel que se perdía en esos espejismos ya no se le veía más en ningún otro lugar del mundo. También influyeron a la mala prensa del lugar la aparición de animales mutilados con fines satánicos, o la continua profanación de los cementerios. No eran infrecuentes tampoco las noticias de encuentros en mitad del bosque con animales de dimensiones grotescas; algunos hablaban de perros del tamaño de un caballo o de serpientes dotadas de una circunferencia imposible o animales no catalogados por no haber sido aún descubiertos. Si preguntabas en alguna taberna casi todo el mundo allí presente juraba haber visto en alguna ocasión sobrevolar al famoso pájaro trueno en su viaje hasta la bahía de Massachusetts. El Thunderbird.

Yo sonrío condescendiente cuando escucho estas leyendas. A mí nunca me ha ocurrido nada reseñable en estos parajes maravillosos, donde lo único que sucede es que el aire huele ligeramente a podrido a causa de la excesiva humedad, o que hay que andar con mucho cuidado para no caer en un pozo de arenas movedizas. A veces, si no me encuentro demasiado fatigado de los pulmones, hago el recorrido atravesando el río en una vieja canoa que perteneció a mi padre. Cuando me noto exhausto la empujo a la orilla y camino un poco hasta los robledos, buscando un lugar idóneo donde sentarme a escribir.

Ya les he confesado que nunca he sido testigo de ningún avistamiento inquietante, pero si tengo una anécdota curiosa que me gustaría contarles:

Corría el otoño de 1921. Recuerdo muy bien la fecha porque hacía muy poco que había fallecido mi madre. Por aquellos días no paraba de escribir, pero cuando el techo de mi casa se me antojaba más cercano de lo habitual me escapaba a los bosques y allí, en aquellos parajes temidos, era donde yo me concentraba mejor en mis personajes extraños.

Aquel día en concreto paseaba tan absorto que tropecé con algo y caí de bruces en mitad de un charco de barro. De la garganta del bosque salió una voz que me pidió disculpas. Pensé, sorprendido, que se trataba por fin de mi primer avistamiento, un asunto que no dejaba de ilusionarme, pero no, la voz provenía de un sujeto que descansaba apoyado en el tronco grisáceo de un roble.


 —Tropezó con mi pierna. Lo siento, he estropeado su traje—dijo azorado.
—¡Vaya! Perdone, pero es que no lo vi. Si buscaba usted mimetizarse con el roble permítame decirle que lo consiguió por completo—le dije, sacudiendo el barro de mis pantalones—No tiene buen color. ¿Se encuentra bien?
—No se preocupe—dijo— Lo que ocurre es que salí a tomar un poco el aire y de pronto me sentí desfallecer. Pero ya me encuentro un poco mejor. Muchas gracias, es muy amable.
—¿Vive usted por aquí cerca?—pregunté de manera cortés.
—En la casa gris. Mírela. Parece que va a derrumbarse de un momento a otro—dijo señalándola con el dedo—. No se engañe, por dentro aún es peor. La humedad la está devorando.
—No lo tome a mal, pero sí que parece un lugar muy triste—dije examinando con atención aquella casa destartalada. Si tuvo un tiempo de esplendor resultaba muy claro que no era el momento presente—. Es curioso, pero no recuerdo haber visto nunca esa casa y puedo asegurarle que conozco muy bien este lugar.
—No lo tomo a mal—dijo encogiéndose de hombros—. Ahora debo volver. Está anocheciendo y como sabrá no es prudente deambular por los bosques cuando cae la noche.
—¿No creerá en serio en esas ridículas leyendas?—dije sonriendo divertido.
—Bueno, recuerde que los caimanes son enormes por esta zona—dijo—. Y su apetito no tiene límites.

Pensé que se iba a incorporar y, solícito, extendí mi mano para ayudarle, pero lo que hizo, ante mi perplejidad, fue tumbarse boca abajo. Luego comenzó a arrastrarse muy despacio. El deslizamiento era ciertamente sinuoso y la escena completa, vista desde mi gran altura, me pareció espeluznante. Espantado, miré la casa y la vi demasiado lejana para alguien que pretendía volver a ella de ese modo.

—Vaya, lo siento—le dije, intentando disimular mi aversión—. No advertí su incapacidad física ¿Quiere que le ayude de algún modo? Puedo ofrecerle mi apoyo.
—¡Oh, no! Estoy acostumbrado—dijo sin levantar la cabeza.
—Pero no puedo permitir que vuelva a su hogar de esta manera. ¿Acaso no sabe que se lo pueden tragar las arenas movedizas? Le suplico que me deje ayudarlo de algún modo. No se ofenda, pero parece liviano. Creo que podría cargar con usted sin demasiado esfuerzo. Permítame intentarlo.
—Podría jurar que conozco estos parajes mejor que usted. Déjeme tranquilo—farfulló.

Su manera de avanzar era realmente hipnótica y me quedé quieto contemplando como se alejaba despacio, tanteando y vadeando el terreno antes de avanzar. Después, sin proponérmelo, comencé a seguirle procurando amortiguar mis pasos. La noche era casi cerrada y me preocupaba dejarlo solo. Sé que advirtió mi presencia, pero no dijo nada. Cuando se disponía a escalar los peldaños que daban al porche me preguntó, sin girar la cabeza, si quería pasar adentro a tomar una copa. Le dije que sí, algo avergonzado de mi atrevimiento.

Cuando traspasé el umbral, un profundo olor a rancio, orines y humedad golpeó mi nariz y contuve una arcada. Al punto me arrepentí de haber aceptado su hospitalidad, pero ya era tarde; marcharme habría resultado una descortesía, tal vez un agravio entre vecinos. Por dentro la casa era sumamente lóbrega; los muebles, que supuse demasiado altos e inservibles para alguien que se arrastra, estaban tapados con sábanas y los que permanecían descubiertos mostraban una generosa capa de polvo. Las paredes amarillentas lucían casi desnudas y manchadas de humedad. Solo un cuadro bellamente ornamentado presidia el centro del salón. Dentro del marco había una mujer muy joven que posaba con un niño sentado sobre sus faldas. Me vio admirarlo con suma atención.

—Es Beatriz, mi madre, y el niño sentado sobre su regazo soy yo. Tenía siete años—dijo con amargura—. ¡Oh, perdón! Mi nombre es Howard Price.
—Philip Hoffman—dije ofreciéndole mi mano— ¿Puedo preguntarle qué le ocurrió en las piernas? ¿Un accidente tal vez?
—Es un tema del que me aburre hablar, pero si tanto le interesa le diré que ya nací así—dijo sonriendo tristemente, si es que se me permite el oxímoron.
—No pretendía incomodarle—dije yo, bastante turbado—. Soy escritor ¿Sabe? Y los escritores tenemos una lengua muy larga y a la sazón una vergüenza muy corta. Permítame decirle, para compensarle,  que su madre era una mujer muy hermosa.
—Ya estaba muerta cuando le hicieron esa foto—dijo con expresión lacónica—. Si se acerca usted un poco comprobará la vacua opacidad de sus ojos. También la expresión es algo triste, aunque serena. Sus frágiles muñecas estaban unidas con un lazo fuerte para simular que me abraza. Parece que me sujeta con mucho amor, ¿verdad? Poco antes de expirar suplicó que tras su muerte nos hicieran una foto juntos, para que su recuerdo no se perdiera en los pasillos de mi memoria ¡Oh! Disculpe, otra vez lo he espantado.
—He oído hablar de la fotografía post mortem, pero nunca había visto nada igual—dije avergonzado de mi nueva indiscreción—. Tal vez sea el momento de marcharme, antes de que mi lengua mordaz e imprudente salga a pasear de nuevo.
—Le imploro que no lo haga y que acepte esa copa que le ofrecí. Sé que mi forma de comportarme ha podido resultarle algo huraña; no suelo tener compañía y casi he olvidado el protocolo y los buenos modales. Prometo redimirme. No me deje solo, por favor.
—Como nadie ha salido a recibirnos y no se escuchan voces ni ruidos, doy por hecho que vive usted en la más completa soledad. No entiendo entonces su miedo repentino. Ya debería estar acostumbrado—dije mirando a nuestro alrededor.
—Lo estoy, en efecto. No sufrí de temor hasta ahora—dijo.
—¡Vaya! —dije sorprendido—. Puedo quedarme un rato a hacerle compañía,  si eso lo beneficia de algún modo. Aceptaré con agrado esa copa.
—Aunque es posible que le esperen ansiosos en su hogar—dijo preocupado—. Su esposa, sus hijos.
—No se preocupe. Yo también estoy solo. Mi madre murió recientemente.
—Lo siento—dijo apenado.
Serví, por encomendación suya, dos tragos generosos de brandy y me senté en un sillón que daba a la ventana.
De pronto las copas vibraron ostensiblemente sobre la mesita y rodaron después hasta el suelo. Pensé que era un temblor de tierra y lo miré con las cejas levantadas.
—Es la casa. Se estremece toda entera cuando llega la noche—dijo.
Serví de nuevo otros dos tragos y como no dije nada me miró largamente. Su mente hervía. Casi podía notarlo.
—Si acepta mi hospitalidad le contaré algo espantoso—dijo bebiendo su licor para tomar fuerzas—. Y tal vez entienda mi temor a la soledad.
Una voz dentro de mi cerebro gritó que nada podía haber más espantoso que arrastrarse como una babosa dentro de una casa medio destruida enclavada en medio de un pantano maldito. Pero me sosegué y bebí un trago yo también.
—Estoy dispuesto a escucharle. Cuénteme eso que tanto le aterra.
Noté que tenía miedo de volver a revivir aquel momento y le animé a hacerlo con un movimiento amable de cabeza.
—Como ya le dije antes estoy acostumbrado a vivir solo—dijo—. Nunca le di pábulo a todas esas supercherías que cuenta la gente; no me asustan las tormentas y ya sabe cómo se las gasta el cielo por aquí; no me inmuto cuando en el silencio de la noche las ramas nudosas de los árboles aporrean mi puerta una y otra vez con insistencia, que pareciera que quieren entrar y nunca he sabido para qué. No me incomoda pensar, tampoco, que tal vez alguna mañana no despierte más y no haya nadie que lave y  amortaje después  mi pobre cuerpo. Lo más probable es que mi cadáver permanezca días tendido sobre la cama o el suelo, hasta que algún visitante fortuito entre buscando cobijo o agua y me descubra podrido y recubierto de gusanos. Sé que eso ocurrirá tarde o temprano, lo asumo y no me preocupa demasiado. Ha sido testigo, hace un momento, de que no me altero tampoco cuando la casa se estremece toda entera. Entiendo y acepto que es la lucha constante que mantiene con sus cimientos. Ya le he dicho que el pantano la está atrayendo hacia él. Cada día está un poquito más cerca.
Lo miré perplejo, pero levantó la mano para rogar mi silencio.

—Comprobará con este discernimiento mío del que le hago partícipe que no soy un hombre fácil de amedrentar. Pero la cosa cambió hace dos días. Esa mañana desperté muy temprano; casi no había amanecido porque la luz de mi cuarto era difusa y plateada. Fuera, en las montañas,  el viento soplaba huracanado y se colaba por la ventana entreabierta haciendo bailar los blancos visillos. Era maravilloso, tanto como ver agitarse los largos cabellos de una mujer al borde de un acantilado. Así de extasiado me hallaba, cuando de pronto me di cuenta de que no estaba solo. Primero fue una sensación que me oprimió fuertemente el pecho. Cuando me crucé con sus ojos amarillos la sensación se convirtió en certeza. Como no podía huir grité con todas mis fuerzas, pero de mi boca abierta y desencajada no salió sonido alguno. Todo era inútil, el pánico me tenía paralizado. Lo único que podía hacer para protegerme de mi visitante era cerrar los ojos, como los cierran los niños para esconderse del mundo. Y esperar a que se marchara.

—¿Tiene miedo de que vuelva?—pregunté—¿Eso es lo que le asusta?
—¡Sí!—exclamó desesperado.
—¿Y qué cree que busca ese visitante nocturno de usted?—pregunté escanciando un poco más de brandy en las copas. Ambos lo necesitábamos.
—Tengo la sospecha de que viene a llevarme con él—respondió muy pálido—. ¡Dios bendito! ¡Quédese esta noche a mi lado! Esta casa es muy grande y poseo habitaciones de sobra. Nada más le pido que vigile usted la puerta de mi cuarto. Oiga, amigo mío,  tengo mucho dinero, podría…, podría pagarle si es necesario.
—No sea ridículo—exclamé ofendido—. Nunca aceptaría su dinero. Por otra parte si es por su bien pensaré en su ofrecimiento, pero debe prometerme que mañana acudirá a un médico de los nervios.
—No estoy loco—gruñó avergonzado.
—No he dicho tal cosa—dije para suavizar la situación.

Meditabundo me acerqué a mirar por la ventana con las manos juntas en la espalda. La noche era terrible. Había comenzado a llover con fuerza y la vuelta a casa bajo aquel temporal podría ser realmente peligrosa.
—Dormiré aquí—concedí—. Es muy tarde y la tormenta arrecia.
—En el piso  superior hay dos habitaciones—explicó aliviado—. La mía es la más pequeña. Puede utilizar la otra;  encontrará mantas suficientes dentro del armario. Solo le suplico que deje usted la puerta entornada.
—Así lo haré. ¿Quiere que le ayude a subir?—dije.
—Ya ha visto que puedo hacerlo por mí mismo. Pero se lo agradezco mucho. Buenas noches, Philip.
—Buenas noches, Howard. Descanse—dije.

Lo vi iniciar el ascenso por aquella escalera empinada y tragué saliva. Los escalones estaban tapizados con una suerte de terciopelo grueso y pensé que tal vez, en otros tiempos muy remotos, alguien lo había arreglado de ese modo para que el trayecto no fuese tan doloroso. ¿Quién pudo ser así de benevolente? ¿Su madre devota? ¿Tal vez algún criado caritativo? De pronto imaginé al niño que fue y lo vi anclándose a los escalones con sus uñitas minúsculas y vi las piernas pesadas y sentí los golpes de la carne infantil contra la madera. ¿Por qué no habían habilitado un cuarto en el piso de abajo para evitarle esa tortura? ¿Por qué no lo había solucionado él mismo, si tenía tanto dinero? ¿Podría tratarse de algún tipo de expiación? ¿Cómo podía ser posible que un ser tan limitado viviera solo en mitad de aquellos parajes inhóspitos? Las preguntas se agolpaban en mi boca una tras otra, pero sentí vergüenza de hacerlas.

Mi habitación era austera y olía a rancio como el resto de la casa, pero tenía unos grandes ventanales y supuse que de día las vistas al pantano debían ser muy interesantes. Saqué las mantas del armario y me tumbé vestido sobre el lecho. No me atreví a dormirme por si mi anfitrión sufría de sus miedos, pero estaba tan cansado que pronto me venció el sopor.

Al amanecer me desperté sobresaltado porque no reconocí, en primera instancia,  el entorno donde me hallaba. Después recordé los hechos acaecidos y me incorporé, nervioso. Había dejado de llover y efectivamente las vistas, aunque irreales,  eran magníficas. Miré el reloj y comprobé que era una hora adecuada para pasar a ver a Howard.
Cuando entré en su cuarto mi anfitrión yacía de lado, mirando hacia la ventana. Sé que me oyó entrar pero no habló. No quise mirarlo a la cara y me senté en el lado opuesto del lecho.
—¿Cómo fue la noche?—pregunté solícito.
—No hizo usted nada por mí—dijo en un sollozo—. Debió tirar la puerta abajo.
—¿Insinúa usted que el visitante nocturno volvió anoche?—pregunté alarmado.
Contestó a mi pregunta con otra.
—¿Por qué motivo cerró mi puerta cuando me dormí?—gritó.
—¡No lo hice!—exclamé sorprendido—¡Alabado sea Dios! Cuénteme qué sucedió.
—Cuando desperté esta madrugada vi la luna reflejada en el pantano. Debí dormirme mirando la lluvia caer, resbalando por los cristales. Craso error. Si hubiese sido más previsor me hubiera dormido del otro lado. El caso es que cuando desperté volvió a ocurrir lo mismo que la noche anterior. Estaba de espaldas a la puerta y no me podía mover. Pero yo sabía que esa cosa estaba aquí, porque olía a aguas estancadas. Le llamé a usted con todas mis fuerzas.
—Tal vez pensó que me llamaba—dije consternado.
—Eso ya no es importante. Cuando se hizo el silencio lo oí arrastrarse hasta la cama—dijo—. Sí, ha oído bien, también se arrastra, por supuesto que sí. De pronto noté su aliento en mi nuca y escuché sus dientes rechinando cerca de mi oreja. Me susurró algo en un idioma extraño. Las palabras, si es que pueden llamarse así, eran cortas y sonaban como chasquidos de lengua. Pensé que me iba a llevar por fin y cerré los ojos despidiéndome de este mundo. Fue entonces cuando recordé a mi madre. ¡Qué hermosa era! ¿Verdad? Lo dijo usted mismo. Mi padre nos abandonó cuando yo nací. ¿Y sabe por qué se marchó? Porque mi madre le contó, esplendorosa y sosegada, que el parto había sido muy rápido, que yo había salido de su cuerpo resbalando como un lagarto en medio de un charco de agua turbia. Mi padre debió pensar que su esposa deliraba por los esfuerzos del alumbramiento, pero cuando la partera me llevó en brazos para que me conociera y contó mis dedos y vio que sólo había cuatro en cada mano no le gustó en absoluto.

—¡Espere! ¿Insinúa que uno de esos seres pudo visitar a su hermosa madre en su lecho? Entonces, usted podría ser el fruto de… ¡Santo cielo! ¡Eso que dice es aberrante! Oiga, Howard, ¿y no podría ser que todo esto que me está contando solo fuesen imaginaciones suyas?—dije intentando poner algo de sensatez en todo ese embrollo— Además ¿por dónde entra su visitante nocturno si la puerta principal está cerrada? ¿No me irá a decir ahora que llega en forma de agua y se materializa en su presencia? Mire, yo creo…

Howard se volvió furioso y sus ojos me miraron enloquecidos. Tenía los pantalones manchados de orina.

—Yo creo, yo creo… —dijo, burlándose con desprecio—. ¿Sabe lo que pienso? Que usted no quiere aceptar lo que ven sus ojos. Cuando me vio esta tarde apoyado en aquel árbol dijo que mi color era extraño, pero no dijo que es verde. Tampoco habló de mi piel escamada, ni de las protuberancias de mi espalda. Me vio desplazarme boca abajo, arrastrándome sobre el barro y pensó que soy un inválido ¡Por el amor de Dios mire mis manos!

Suspiré y me incorporé, vencido,  dispuesto a marcharme.

—Vendré mañana a visitarlo—dije—. Howard, escuche, yo soy escritor y en mi cabeza todo cabe, pero oiga, en cuanto a esos seres que dice que habitan en los fondos del pantano, yo…yo no sé qué decirle. Nunca he visto ninguno y tampoco he oído hablar de ellos. Por aquí abundan las leyendas de toda índole, eso ya le consta a usted, pero nunca nadie habló de individuos reptantes que abandonan la ciénaga cuando sale la luna, para colarse en la casa o en la cama de los parroquianos. Y entienda que tampoco puedo creer que la casa tiemble y se desplace por ese motivo que usted alega. Seguro que esos corrimientos se deben al tipo de terreno movedizo. Ahí debe estar la explicación. Y permítame confesarle que sí me fijé en su aspecto, pero me pareció el de un pobre hombre desvalido y solitario, carente de compañía y de afecto. La soledad y la penumbra  tintan los rostros de colores infrecuentes.

Me quedé un instante de pie esperando algún tipo de respuesta y como no la hubo me retiré, impotente aunque aliviado a la vez.

Pensé en volver al día siguiente, pero no lo hice. Ni al otro. Cuando transcurrió una semana sentí tantos remordimientos de haber dejado a aquel tipo a su suerte, que intenté olvidarme del suceso.

Poco tiempo después mi salud se resintió de manera ostensible y me marché de aquel triángulo venenoso. Una vez que me hallé lejos, y tal vez para sosegar mi conciencia o para homenajear el recuerdo de aquel pobre desgraciado al que no supe consolar,  escribí un nuevo relato que titulé «Los oscuros» . En él conté la historia de una enorme ciudad de piedra blanca enclavada en el fondo de un pantano, una fortificación habitada por unos seres primigenios, que de vez en cuando se arrastraban hasta la superficie para recuperar lo que era suyo. Y como no era posible que esos seres se movieran entre el barro más espeso de los fondos, creé una suerte de vacío cavernario, allá cerca del núcleo de la tierra. Escribí sobre otros mundos horrorosos, yo, que nunca he sido testigo de nada fuera de lo normal.

Pero uno no puede estar lejos de aquello que conoce y ama, por ese motivo hace poco que he vuelto de nuevo a este lugar que me resulta tan familiar. Mis pulmones están más enfermos que nunca y no se me ocurre un lugar mejor donde morir. A veces, apurando las escasas fuerzas que me quedan,  me siento muy tentado de volver al pantano, porque añoro su aliento malsano. Pero ahora tengo miedo. Tengo miedo de que al fin y al cabo Howard Price tuviera razón. Imaginen ustedes que al llegar allí solo encontrase un enorme y profundo agujero donde antes había una casa gris, porque si eso resultase cierto entonces serían mis propios demonios los que podrían visitarme de noche, cuando duermo. Tal vez para llevarme con ellos, ahora que está tan cercana la muerte.

Fin

sábado, 27 de febrero de 2016

Seres desdibujados


Por Ángela Eastwood.


Ojalá pudiera explicar la fascinación que sentía yo por aquella naturaleza enferma. A veces, por la noche y ya en el lecho solitario, divagaba yo si mi fascinación se debía a aquella niebla azulada que lo impregnaba todo de cierta suciedad malsana, o tal vez era por el hedor salado que emanaba de sus aguas estancadas. El caso es que nada me embriagaba más que asomarme a su orilla ponzoñosa y calcular su profundidad. A  mí me gustaba pensar que no tenía fin y que en el caso de que, en un estúpido descuido resbalase, mi cuerpo caería y caería, y en el perpetuo descenso iría contemplando los cadáveres hinchados de otros, que como yo, también tuvieron un estúpido descuido. Gozaba de estas y otras ensoñaciones en medio de un grato silencio, un silencio pesado, tan sólo interrumpido por el latido de mi corazón o el batir de las ramas mecidas por el viento de la mañana.

      Y es por eso que al contemplarlo allí de pie deseé que solo estuviese de paso. Recé para que no me viese, para que no deseara entablar conversación. «Buenos días», «cómo está», «¿tiene un pitillo? ». Le miré de reojo y vi que se mantenía callado, con la cabeza gacha y la mirada fija en el pantano. Absorto. Todo iría bien si no abría la boca.
Pero se acercó a mí y habló, y cuando lo hizo supe que no nos íbamos a llevar bien. Habló más todavía y yo intenté descifrar su mensaje vehemente, incluso me esforcé en entrelazar aquellas palabras metálicas para darles un sentido.

—Es usted extranjero —le dije, con mucho fastidio, pero él me miró sin entenderme. Me encogí de hombros dispuesto a marcharme ya, totalmente desinteresado. Tal vez disgustado por mi indiferencia o mi escaso interés, me tomó del brazo y me lo apretó en extremo. Miré allí donde sus dedos ya se hincaban en mi carne y luego le miré a él para entender por qué me hacía daño, pero su rostro era inexpresivo. Desenredé aquellos dedos de mi brazo y me marché de allí, ansiando no verlo nunca más.

Pero aquella noche volvió. Yo lo vi a través de la ventana de mi salón. Estaba quieto y parado delante de mi puerta. Mantenía el mentón hincado en el pecho y los brazos lánguidos a lo largo del cuerpo. Pasó mucho rato así y cuando se hartó de esperar mi hospitalidad se dio la vuelta y volvió al bosque.
No es que le tuviese miedo, pero no quería su compañía; si la hubiese deseado tal vez le hubiese brindado un poco de hospitalidad.

Ya digo que no le tomé miedo, aunque me asqueaba su fisonomía indefinida y su piel escamada y un tanto correosa, pero algo cambió con su llegada. Aquella noche, la primera tras nuestro encuentro en el pantano, comenzaron las pesadillas.  Como todas las noches leí un poco a los clásicos para apaciguar mi alma de la insolencia de la rutina; cuando el adormecimiento llegó de manera placentera, soplé el candil y me hundí en el frescor de las sábanas. Acomodado, cerré los ojos y suspiré satisfecho, pero el viento me trajo ruidos y cuando el viento cesó la lluvia golpeó los cristales de forma violenta, alejando al sueño. Me incorporé, nervioso, y me pareció ver los ojos del extranjero pegados a la ventana de mi cuarto, observándome bajo la lluvia torrencial.
Como no quería ver su mirada, cerré los portones y me volví al lecho, pero no pude conciliar el sueño porque sabía que sus ojos seguían brillando tras los cristales.

También fue la primera noche que escuché revolotear a las zumayas. Llegaron en bandada y venían enloquecidas. Las escuchaba chillar intentando penetrar en la casa, y en el intento infructuoso por hacerlo se rompían los huesos, y escuchaba después el estertor de la muerte, y casi creía oler la sangre mezclada con las plumas. Tras su marcha, y vencido al final por el sueño, entraba yo en un mundo de tierra roja y ciclópeas fortificaciones. Un mundo inhóspito transitado por seres de rostro desdibujado, seres de cabeza pequeña que iban y venían de una gran fortificación que se elevaba casi hasta los cielos; tras ella, un océano negro levantaba su puño en forma de ola gigantesca, y en medio de aquella ola, vapuleado por la salvaje bravura de las aguas, un gran buque que se acercaba, ciego. «¡Se va a estrellar!», exclamé en el sueño, y esta certeza me arrancaba de la pesadilla con un alarido, y entonces me incorporaba de la cama, tembloroso. Este sueño se repetía y cuando esto sucedía el hombre del pantano siempre se hallaba tras los cristales.  Entonces yo entendía lo que decían sus ojos: es mi mundo, de allí vengo, decía. Pero yo no quería saberlo.

Armado de valor le hice saber que no le quería merodeando mi casa, pero no se iba y por la noche volvía a vigilarme tras la ventana.  Ya no quería mirarlo porque me daba asco su perseverancia, pero cuando me quedaba dormido volvían las zumayas a estrellarse contra los portones y cuando ellas se marchaban yo volvía a sucumbir a las terribles pesadillas de aquel mundo extraño. Siempre era de la misma manera y siempre en aquel lugar, donde todo alcanzaba dimensiones ciclópeas, donde yo no podía hablar —o tal vez lo hiciera y no me entendiesen—. El amanecer me encontraba sentado en la cama con la boca llena de aquella tierra roja.

No estaba loco o al menos eso pensaba. Si me hubiese gustado conversar tal vez hubiese buscado algún tipo de ayuda. No era el caso. No me gusta hablar, ya lo dije. No necesito compartir mis vivencias o inquietudes con nadie en particular. Mi mente bulle rica e imparable como un torrente mientras mi boca sigue hermética y mis ojos se contentan con observar la belleza silenciosa del entorno. ¿Para qué ensuciarlo todo con palabras definitorias? Al principio de los tiempos el hombre miraba las ballenas y no sabía que eran ballenas o si lo sabía no lo decía en voz alta. Se limitaba a señalarlas con el dedo, y disfrutaba de su colosal monstruosidad. Y ellas cantaban y el hombre se sentía feliz y no había un nombre para definir esa felicidad. O si lo había no hacía falta pronunciarlo.

Pasaron los días y no le vi. Y es por eso que me atreví a volver al pantano. Lo encontré mucho más hermoso que la última vez. Había un árbol nuevo en la orilla extrema. Su tronco era como un esqueleto tumbado y sus ramas se elevaban al cielo como miles de brazos suplicantes. Ramas sin hojas, ramas como larguísimos dedos nerviosos. Ahora era rojo el suelo, y también era rojo el cielo y una suerte de luna fina con forma de sonrisa se veía tirada en el suelo. Tal vez la palabra exacta no era tirada, podría decirse que estaba caída.

Entonces lo vi. Al lado del árbol el hombre del pantano estaba sufriendo una metamorfosis. Su espalda se arqueaba de manera grotesca y el mentón ya buscaba el pecho de nuevo y los ojos y la boca se desvanecían o si no se desvanecían se difuminaban o eso pensé. Pronto sería como aquellos seres desdibujados de mis sueños.
Grité y el grito salió de mi garganta o de mi pecho y al gritar miré al hombre del pantano, pero ya no estaba bajo el árbol. Su figura amorfa se perdía en el interior de un túnel y, aunque me pesaban mucho las piernas, decidí seguirle.

Dentro del conducto había una habitación oscura y en la misma había una cama con un hombre sentado sobre ella. Debía preguntarle qué mundo era ese, pero el tipo mantenía la cabeza sujeta entre las manos y lloraba desconsolado.

—¿Dónde estamos? —dije.
—Da igual dónde estemos —respondió—. Darle un nombre a las cosas no ayudará mucho.
—Es cierto eso que dice, muy cierto, pero dígame: ¿ha visto usted pasar hace un momento a un ser con el rostro medio borrado?
—Todos los seres andan medio borrados en este lugar.
—¿Cómo ha llegado usted aquí? —pregunté, realmente interesado.
—De la misma manera que usted: soñando.
—¡Pero yo no estoy dormido! —chillé—. He venido siguiendo a ese tipo extraño. Sí que es cierto que he tenido pesadillas últimamente, ¿sabe? —dije—. He soñado con un mundo que no puede existir, un mundo espantoso, poblado de seres imposibles. Un mundo rojo, donde la luna yace apoyada en el suelo, como muerta, y los árboles tienen ramas suplicantes. Un mundo donde los edificios son grandes como montañas y millares de esos seres entran y salen como hormiguitas laboriosas; un mundo donde los buques navegan llenos de muertos y son tan grandes como las propias montañas.  Y hay un nombre que se repite constantemente.  ¿Quiere oírlo?
—No hace falta, sé cuál es ese nombre. Es el nombre de este sitio.  Ahora márchese. Si pertenezco a su sueño, esto acaba aquí.
—¿Quiere eso decir que no sabe si existe en verdad? ¿Cree usted que forma parte de mi sueño? —dije perplejo—. Pero eso es tristísimo.
—Digo que ninguno de los dos estamos aquí. Y que uno de los dos es el soñador.

Tragué saliva y miré a mí alrededor. En el acantilado unos animales con forma de perro miraban nostálgicos cómo se alejaba una gran medusa voladora. Eché de menos una luna de fondo, pero como siempre la luna se hallaba apoyada al pie de aquel árbol, que más que un árbol parecía un esqueleto tumbado.

Fin

sábado, 13 de febrero de 2016

9° Especial de Sábados de Brutos Escritores


Paciencia
Por Luis Seijas.

Han pasado dos horas desde que sonó la campana de la salida y aún estoy aquí, sentado en el último pupitre esperando que venga Rosita.
Me escondí cuando el señor de vigilancia -creo que se llama Leo- pasó a revisar el salón. Espero que ella haya hecho lo mismo, lo último que quiero es que la castiguen por mi.
Ojalá haya comido suficiente en el recreo, por la sed no me preocupo; porque ella siempre tiene el termo lleno de agua.
Sé que va a venir, lo siento aquí en mi pancita. Igual que cuando la veo entrar en el salón, es una sensación como de hambre sin importar que haya recién desayunado.
Ya es de noche y la puerta del salón no se abre todavía.
Me pregunto: ¿Cuánto tiempo tengo que esperar para que me den mi primer beso?


[Sin título]
Por Calista Manríquez.

Antes de que empezara el apocalipsis ella había asistido a esa escuela y en esa misma aula.
Le pareció extraño que, pese al caos alrededor del edificio y en las otras salas, esa estuviera en buen estado. Los vidrios intactos y limpios, los muebles de madera enteros y no convertidos en leña como tantos otros, el piso limpio... tan normal en un mundo devastado y destruido que se sintió transportada a un tiempo en que la vida era fácil y su única preocupación era pensar que ponerse al día siguiente para ser la mejor vestida de la secundaria.
Quizá su mente moribunda la hacía alucinar llevándola a esos días más felices mientras que el mundo real se deshacía con el impacto de la bomba nuclear que el gobierno había lanzado para acabar de golpe con el problema.


La lección.
Por Facu Dassieu.

- Estudiantes, en nuestra lección de supervivencia, haré hincapié en la especie humana, que es con la que mayor interacción tendremos en la cotidianeidad.
Paren las antenas y presten suma atención.
El ser humano posee un tamaño colosal y es hábil para crear diversos métodos para destruir especies, incluyendo la suya.
- Disculpe Profe, pero es sabida nuestra resistencia a las inclemencias naturales más extremas. ¿Cómo puede ser mortales para nosotros?
- Buena pregunta. Nuestros conciudadanos más ancianos han determinado que pueden crear alimentos químicamente atractivos y letales. La muerte por aplastamiento con toda clase de objetos es también muy común.
Para subsistir huiremos valiéndonos de nuestra velocidad y tamaño aunque contamos con una ventaja evolutiva que los hace aterrorizar: Volar hacia sus caras.
Usar las alas - memorizó la larva de cucaracha y, sintiéndose valiente, pensó: será emocionante enfrentarlos.


SIBILANTE
Por Ángela Eastwood.

Llegó agarrada a un andador. El profesor se giró para mirarla y trazó un enunciado en la pizarra: La guerra civil española. Los muchachos miraron a la vieja y pensaron que debía tener como mil años. Sólo tiene 100, aclaró el profesor acariciando la mejilla arrugada y fina como papel de cebolla de la anciana.
Sonó un móvil anunciando algún mensaje importantísimo y una bomba de chicle explosionó en unos labios de fresa. El profesor sentó a la invitada en su sillón de enseñar y la anciana miró a la clase. No le funcionaba muy bien el oído a Remedios y gracias a esa sordera oportuna no pudo oír las risitas sofocadas, ni los comentarios jocosos, ni las mofas.
—¿Queréis saber cómo suenan las bombas al caer en mitad de la noche silenciosa? Imaginad el silbido de una serpiente.


MI CLASE FAVORITA
Por Francisco Medina Troya.

Alicia era tímida,con una mirada azul cielo. Se movía por la clase con elegancia y aunque ella trataba de evitarlo la danza de sus caderas atrapadas en su vestido ajustado me dejaba hipnotizado. Apenas prestaba atención a las palabras de sus labios y hacía como que escribía en el cuaderno de francés. Multitud de dibujos de corazones atravesados y su nombre rubricado de mil formas y tamaños lo adornaban. Mis ojos ávidos la seguían ajenos a las bolitas de papel que mis compañeros me lanzaban con saña y me paraba en sus manos blancas de marfil, que, con una letra inmaculada realizaban el enunciado en la pizarra... Cuando sonaba la campana un sentimiento de perdida me ahogaba. Mientras abandonaba la clase la miré por última vez, y ella, dueña de mi desasosiego ordenaba sus libros como si el mundo fuera tan fácil...


LA CLASE
Por David Otero Arias.

Ese tic tac que escuchamos hace rato rompe el tenso silencio del aula
Todos miramos sin mover un músculo. Morillo permanece de pie ante la pizarra, no consigue despejar la x de la ecuación. El padre Fajinas señala de modo despectivo con su índice los pantalones del muchacho que aparecen mojados en una de las perneras; se ha meado encima del pánico que le provoca el cura. Suena la campana que pone fin a la clase pero nadie se atreve a moverse. Fajinas, nos mira con suficiencia y desprecio; sale dando un tremendo portazo. Toda la clase grita al unísono, ¡se ha meado!, riendo y golpeando con las manos la tapa de nuestros pupitres. Morillo, cabizbajo, vuelve a su puesto, se sienta y oculta la cabeza entre sus brazos. Ante la fría indiferencia de todos, llora en silencio…


[Sin título]
Por Evelyn Roa Herrera.

Era la chica más linda de la escuela nunca había visto una niña tan bonita, el uniforme limpio la falda medianamente corta y perfecta le grite me gustas y le mandé un besó al aire. Ahora nunca más la veré la directora me hecho de la escuela y para colmó se puso a Pololiar con Juan. Siento qué odio la escuela.


Graduación
Por Robe Ferrer.

Tras cuatro años de instituto, hoy, por fin, es el día de la graduación. Será la última mañana que me siente en mi sitio, junto a la mesa del profesor. Hoy también será el último día que mis compañeros se sienten en su sitio. Será el último día que mis compañeros se sienten en cualquier sitio.
Desde aquí delante he tenido que aguantar insultos, lanzamientos de tizas, gomas de borrar, papeles chupados escupidos a través del canutillo del boli… Pero hoy me vengaré. Todos están deseando recibir el diploma y empezar la universidad. Sin embargo, lo único que recibirán será un balazo de M-16.
Me siento en la mesa del profesor a la espera de que empiecen a llegar mis compañeros. Ya se acercan, los oigo por el pasillo. La puerta se abre y aprieto el gatillo.


Pánico
Por Gean Rossi.

Sentado en el último puesto, uno parece no existir. Pero está bien, así no me atravieso en la vista de alguien que esté más interesado en la clase que yo. ¿A quién le importa lo que pasó hace doscientos años? Estoy seguro de que… Dios, ¿qué ocurre? La estancia parece muy escandalosa de pronto, como si todos decidieran hablar a la vez; gritar, incluso. Pero al mismo tiempo todo parece mudo. El mundo a mi alrededor se ha silenciado. Mi respiración se entorpece. Respiro, pero el aire no llena mis pulmones. Mis ojos se desvían a todos lados y la vez no se fijan en nada. Veo las bocas moviéndose, los rostros tan calmados y alegres. Podría asegurar que estoy a punto de morir. ¿Alguien notará lo que me ocurre? No. Sentado en el último puesto, uno parece no existir.