Por Rafael Blasco Lopez.
-“¿Quién me va a
entregar sus emociones...?”
El hachazo se hundió en el pecho provocando la
última exhalación de la víctima. Tal ametralladora impasible, miles de
salpicaduras sangrientas motearon el rostro y la ropa del criminal.
-“¿Quién te a
pedir que nunca me abandones…?”
El segundo tajo partió como un melón el cráneo,
derribando el cuerpo. Una lenta marea imponía su espeso rojo mortal sobre el
gres.
Jadeante, con los ojos desorbitados, el asesino
se dirigió al cadáver con mirada angelical.
-¡Te lo dije! ¡¡No
pongas el despertador tan alto y cambia de canción!