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sábado, 20 de mayo de 2017

Los perros miserables


Por David Palacios.


No es por nada pero hoy me volví a quedar dormido, esto me ha venido pasando toda la semana, no entiendo porque, en lo que tenga un día libre voy a ir donde el doctor. Hoy tengo clases muy temprano a las 7 am así que me debería haber levantado una hora antes. Hace una semana el gobernador de mi país decidió cambiar el uso horaria par que fuera media hora antes, es todo un dolor de cabeza ajustar todos mis relojes. Te sorprenderás cuantos relojes administra un ser humano del siglo 21.
    En fin me apuro en salir de mi apartamento, ni siquiera encendí las luces y no recuerdo si me revise en el espejo, espero no tener la camisa al revés. Tomo el tren con dirección a la universidad, no quiero pensar en la universidad, sin embargo debo enfrentar mis miedos.
    Alguien me tropieza, no pide disculpas, era una mujer joven muy bajita, la cual llevaba una muy evidente cara de preocupación, iba muy apurada, puedo deducir por cómo me empujo. Siempre me sorprende, cómo podemos viajar en tren, todos los olores a personas, demasiado perfumen mezclado con sudor, algunos olores muy acres que no quisiera recordar. El piso del vagón no ha sido limpiado desde hace meses como mínimo, tiene un color marrón negruzco, como si se tratara de un establo, allí voy yo bamboleando tratando de no tocar a nadie, metiéndome en mi caparazón.
    Llegó la hora llegue a la estación de la universidad, todavía estoy bien mi escuela queda algo lejos, no es tan lejos como me gustaría que fuera, me gustaría que alguna magia extendiera el camino y no me dejara llegar nunca, sin embargo necesito ver mis clases.
    Creo que estoy exagerando, son solo unos perros, hay uno negro con manchas blancas, otro que parece la versión callejera de un labrador dorado, hay uno que debería ser blanco pero la suciedad lo ha pintado de gris, y es que hay más pero estoy muy atento de estos. Son los más agresivos ya me han mordido.
     A todas estas nunca había pensado, ¿Por qué hay tantos perros en la universidad? Talvez cuando la gente se cansa de sus mascotas las dejan aquí, no es un mal lugar donde deshacerse de una mascota que no será ni pequeña ni linda más nunca. Y están bien protegidas por todos esos estudiantes universitarios que elevarían su voz contra cualquier arbitrariedad o maltrato dirigido a los canes, si lo sabré yo, aun después de haber sido atacado a mordidas sin ninguna provocación, nadie removió a los perros salvajes.
    Últimamente la cantidad de perros ha crecido, ya no atacan de a uno, ahora se te abalanza un jauría. La población creció hasta un punto donde no se les puede alimentar, los perros duermen en los pasillos de la escuela, están muy desnutridos y sucios. La comida para perros es muy cara hoy en día, los gobernadores de mi país decidió que todos deben ser pobres y miserables. Siempre me ha parecido curioso, cómo las personas que alzan su voz por los canes, nunca han intentado darles una mejor vida.
    Por fin llegue a mi salón, todo está bien, hoy no me mordieron, tal vez hasta pueda aprender algo.

sábado, 21 de enero de 2017

Tiempo de calabazas


Por Paloma Celada Rodríguez.


Caminaba campo a través sin levantar la vista del suelo. La última misiva recibida no dejaba lugar a la duda: le habían dado calabazas. Él no quería saber nada de ella.

    A pesar de llevar la vista clavada en el suelo no vio lo que la hizo tropezar y que a punto estuvo de hacerla caer. Aturdida y con las palabras de rechazo de su amado en la mente miró lo que la había hecho trastabillar: unas calabazas. Pensó que la vida se empeña en escarbar en las heridas que ella misma inflige con simbolismos cargados de ironía: le acababan de dar calabazas dejándola en un estado anímico inestable y unas calabazas –esta vez de las de verdad– la habían tambaleado literalmente.

    Quizás fuera una señal, aunque de ser así bien podría haberse tropezado con esas cucurbitáceas antes de escribir aquella carta cargada de sentimientos no correspondidos. Sentimientos que había entregado cual presente generoso a alguien que los rechazó con la misma celeridad con la que se rehúsa algo molesto o incómodo.

    En estas reflexiones divagaba cuando observó que una de las calabazas se movía. Había algo en su interior. Recordó un cuento de su infancia donde una calabaza se convertía en una carroza para participar en una historia de amor algo rocambolesca pero con final feliz.

    Esperó a ver en qué quedaban esos movimientos extraños. Tras unas sacudidas, por la parte inferior apareció un sapo. Fue entonces cuando recordó otro cuento de su niñez donde, bajo la apariencia de un bicho igual, se encontraba un apuesto príncipe. ¿Y si aquello también era una señal? 

    Mirando fijamente al batracio también recordó que había que besar al bichejo para restablecer la forma principesca.

    Decidió seguir caminando mirando al suelo y volver a sus negros pensamientos: le habían dado calabazas.

jueves, 12 de enero de 2017

Tacones en tu corazón


Por Soledad Fernández.


Entrás a la casa de la avenida 54 y en el segundo en que atravesás la puerta, un aire espeso se filtra en tu nariz. Te penetra. Avanza por tus fosas nasales y se anida en tu cerebro. Esa es tu señal. La señal de peligro, de que algo no anda bien. Aunque como siempre, no hacés caso.

Mientras tratás de no enredarte en una guirnalda, saludás a unos cuantos que se te hacen conocidos. A Marcia la conocés de la oficina. Ella te sonríe. Estás casi seguro que quiere acostarse con vos. Pero no te gusta. “Quizás cuando esté muy desesperado”, te decís y sonreís. La imaginás gimiendo y te causa repulsión. No, ni siquiera cuando estés desesperado. 

“Hay que dar una vueltita y ver”, pensás mientras agarrás de una mesa un vaso con una bebida naranja. Tiene mucho hielo. No es jugo, obvio. El alcohol quema tu garganta y llega enseguida a tus neuronas. Sabés que no deberías tomar. Pero hoy te lo permitís. Después de todo, es 31 de diciembre. “Venite a la fiesta de fin de año”, decía la tarjetita que encontraste en tu escritorio, “La vas a pasar bomba”, continuaba. “¿Por qué no?”, te dijiste. A pesar de todo lo que eras, a pesar de ser el jefe mal arreado, rezongón e incluso, a pesar de ser casi un acosador de las secretarias, te apreciaban. ¿Lo hacían? Por supuesto. Nadie se resistía a tus encantos. 

Si, sos irresistible. Sobre todo para Laura, la de las fotocopias. Ella te guiña el ojo cuando le mirás las tetas y le hablás de la minita que te llevaste la noche anterior a la cama. También te escucha cuando te burlás de Marcia. Todos lo saben. Ella y vos son incompatibles, aunque ella te vea como la madre de sus hijos.
Por ahí fue ella la que te invitó. Eso te deja pensando. Junto a la notita había una flor, una rosa negra. “Extraño color”, pensaste. Pero te pareció adecuado llevarla. Como un código secreto de encuentro. En la solapa del saco, la llevás puesta. Esa es tu entrada triunfal: el traje de la oficina y la rosa. Estar presentado es tu fuerte. Y tus ojos claros. También los hoyuelos que se te hacen al sonreír. Esos son tus atributos. Y hacerlas gemir en la noche. Con una copa de champán y esa pastillita que las relaja. Así no preguntan, así no te exigen. O no te demandan por acoso. 

Marcia seguro que quiere probar. La pastilla, la tuya, todo. Pero te hacés el difícil. Aunque hoy está más presentable. Maquillada y con tacones tiene un aire misterioso. Como por la mañana. Ella nunca usa perfume, pero hoy le sentiste un aroma sensual. Diferente. Muy raro. ¿Estás seguro que nunca te la llevaste  la cama? Ya perdiste la cuenta de cuántas fueron y hasta tenés dudas. Quizás en una noche de desesperación y alcohol…quizás una noche como la de hoy, de fin de año solitaria. Las burbujas de alcohol te juegan una mala pasada en momentos así. Tus recuerdos se alborotan. Pensás en Marcia y la mantenés ahí por si no surge otra alternativa. Siempre como última opción. 

Aunque cuando llegás al living de esa casa llena de gente, mujeres al parecer (¿todas?), observás unas curvas vestidas de rojo. Unos tacos aguja negros, un cuello blanco. “No puede ser ella”, pensás. Pero estás seguro de que es. Esos rulos recogidos en un rodete se te hacen demasiado familiares. Querés escaparte, pero ya es tarde. Ya te vio. “Hacete el boludo”, pensás y te bajás de un saque el vaso que venías saboreando. Hacés que saludás a otra compañera que ni te mira y amagás con irte, pero ella avanza hasta vos. No podés evitar observarle las tetas que están apretadas en ese vestido escotado. Tampoco podés evitar pensar en la noche en que te la llevaste a tu departamento e hiciste con ella todo lo que se te antojó. La pastilla funcionó mágicamente. María fue tu primera. El debut de las mujeres empastilladas. Luego de ella, lo demás se te hizo vicio. 

La saludás ausente. Ella te habla pero no le entendés. La música te ensordece. Las lucecitas que se encienden y se apagan dan un fulgor extraño, con sombras grotescas en las paredes, demoníacas. Querés irte, pero ella te toma de la mano y esa sensación extraña se disipa. “Bueno”, pensás, “Si empezamos así…” y te lleva por una escalera. Caminás detrás de ella, observando su culo enorme, rojo, ajustado. Aunque sentís que todo te gira. “No voy a poder”, pensás. Pero no te importa. Quizás te quedes dormido entre sus tetas. Sería el cielo, aun sin hacer nada. Sí, estás seguro de que esta noche es perfecta para dormir sobre su cuerpo desnudo. 

Subís las escaleras. Se te hacen eternas como la mañana en que ella fue a encararte. Te acusó de violarla. “Yo no te obligué a nada, amor”, le habías contestado. Pero ella insistió. Tuviste que encerrarla en aquella clínica. Cuando se es el jefe es fácil tener abogados poderosos que estén a tu disposición. “Parece que la estancia en el sanatorio le hizo bien…en todos los aspectos”, pensás mientras de refilón te parece ver a Mónica, otra de tus conquistas. 

Alguien, otra chica vestida de traje negro, te da un vaso con una bebida verde. “Es especial para vos”, te susurra al oído y la tomás. No es sed lo que te impulsa, es la misteriosa mujer de labios carnosos que casi roza tu piel cuando te habla. Querés irte con ella, pero tu dama de rojo te tironea y obedecés como un niño tonto. 

Atrás queda la de negro e imaginás su puchero. “Hay para todas”, pensás mientras tus pies tropiezan con un escalón. Caes de rodillas, pesado. El equilibrio te abandona momentáneamente y casi rodás escaleras abajo. Te agarrás de la baranda y sentís la adrenalina en tu pecho. Ese acelere peligroso, el calambre en el estómago. La taquicardia se instala mientras tratás de despejarte del alcohol. “Vamos tontito”, dice tu guía femenina y te parás con dificultad para seguirla, “Ya falta poco”, te susurra mientras te ayuda a seguir. “¿Tan desesperada estás?”, le preguntás y ella te sonríe. O eso parece esa mueca en sus labios. Algo maquiavélico se filtra en sus ojos y por un segundo dudás. Pero alguien te empuja. Una mano en tu espalda, más abajo tal vez. No podés distinguir, aunque te gusta. Es la de negro. “Así, sí”, te reís estúpidamente. 

Entran los tres a la habitación. Hay velas y una cama con dosel bordó. Como aquella vez. Como todas las veces. Es una réplica de tu habitación. El aire espeso te penetra otra vez y sentís que el piso se mueve. En un segundo todo se oscurece a tu alrededor. 

Un ardor penetrante te despierta. Estás agitado. Tus pupilas están dilatadas, tu respiración se entrecorta. El terror inunda cada uno de tus poros. Buscás a tu alrededor. Todo está borroso. Te querés levantar pero algo te lo impide. Estás atado. Hay risas y murmuraciones a tu alrededor. Son ellas. Son todas. María sobresale. El rojo llamativo que viste se te hace incandescente. Ella sonríe. Vos no tanto. 

Un dolor en el costado te hace mirar a tu derecha. Está Marcia ahí. “A ella no le hice nada”, pensás, aunque el desprecio puede ser terrible para alguien que te desea. Llorás de dolor. “¿Qué es esto?”, decís con la palabra entrecortada. Algo te molesta en el costado y sentís la humedad en tu espalda, caliente, viscoso. Hacés un esfuerzo sobrehumano y alcanzás a ver algo clavado en tu costado ¿es un zapato? Es un tacón, son muchos. En el pecho, en la panza, en tus piernas. Llorás como un nene. Suplicás como un cobarde.
Son ellas que clavaron sus zapatos en tu cuerpo. ¡Reaccioná! Los mismos zapatos que exigías que usaran en tus encuentros, en tus sesiones dopadas de sexo abusivo y sin control. Aullás de dolor. Agonizás. Rogás que se termine.

María se acerca con su zapato. Tiene un taco de 15 centímetros, extremadamente fino, afilado como ella, como el odio que juntó durante tanto tiempo en la clínica. Eleva el zapato y con la violencia de quien estuvo encerrada, privada de una vida, te clava el último tacón en el corazón, y aunque parezca que no tenés uno, enseguida queda demostrado que sí. Cuando de pronto deja de latir.

sábado, 27 de agosto de 2016

El secreto del pueblo


Por Leonardo Chirinos.


El lunes veintiuno de septiembre despertó para los habitantes del pueblo de El Alto con el cielo nublado y grisáceo. El meteorólogo del noticiero de radio había pronosticado un día soleado con fuertes vientos en dirección al este, pero había errado otra vez.
Richard Ramos, que había pasado el fin de semana en cama, salió de su casa, pálido y enfermo, a comprar unas aspirinas a la farmacia de Henry. Su anciana madre se encontraba tendida en el sótano detrás de las bolsas negras que guardaban los adornos navideños. Y una araña se metía silenciosa por su nariz oscura y helada.
—Eh, flaco, ¿qué tienes bueno para el dolor de cabeza?
El farmacéutico miró el cutis pálido y las profundas ojeras de su cliente.
—Oye, ¿todavía te alcanza para las quince botellas? —rio.
—Qué va —respondió Richard con cierta indiferencia—. Debe ser gripe o una de esas virosis de mierda que están dando. —Se sentía débil, desganado y con la cabeza vacía.
El vendedor calmó la expresión burlona de su cara y fue hasta el almacén. Salió de allí con una caja en las manos y la golpeó contra la mesa del mostrador como si la estuviera apostando.
—Broxilford. Toma una ahora y la segunda dentro de seis horas.
—¿No tienes un poco de agua? —El farmacéutico asintió y le pasó un vaso cónico de papel—. Tengo la garganta encendida —agregó, frotándose el cuello. Se lanzó la tableta a la boca y tomó un buche de agua. El broxilford pasó por la garganta con un sabor amargo como un cristal de sábila.
—Eso te ayudará. —El vendedor flexionó uno de los codos y se apoyó sobre el cristal del mostrador—. ¿Qué te pasó aquí? —preguntó, palpándose la tráquea.
—Esto…, ah, me corté cuando me rasuraba. No es gran cosa, no me di cuenta hasta después. —Arrugó la cara—. ¡Mierda! Dame otro vaso de agua, esta pastilla es muy amarga.
—No somos caridad, Richard, puedes tomar limonada en tu casa si quieres, te queda a dos cuadras.
—¡Menuda suerte! —exclamó con sarcasmo y se alejó del mostrador.
Afuera las nubes abandonaban el techo del pueblo y la luz del día lentamente abarcaba su terreno.
—¡Oye! —gritó el farmacéutico desde atrás—. Se me había olvidado. —Le pasó una pequeña bolsa de papel marrón—. Lo encargó tu mamá hace tres días.
Richard se acercó y miró en su interior.
—Me gustaría apostar a que ya la pagó.
—Perderías.
—Cuando no, la vieja. —Richard sacó el dinero del bolsillo.
—No inventes, es una santa.
—Ese es el mayor problema. El viernes, cuando llegué del trabajo, la encontré en la sala hablando con dos testigos de Jehová. ¡Puedes creerlo! Los tipos pudieron llevarse hasta los muebles, dejar a mi madre atada con una nota pegada en la frente e irse sin ningún problema.
—¿Qué crees que diría la nota?
—Yo que sé, no soy un jodido ladrón.
—Ya veo. Al parecer sigue habiendo gente honesta por ahí. ¿De qué te hablaron?
Richard encogió los hombros, mostrando un pequeño gesto de dolor mientras pensaba; todavía tenía el mal sabor de boca y hacía demasiado calor.
—No recuerdo — respondió con una mueca extrañada, y se rascó la herida en el cuello. El dueño de la farmacia frunció las cejas.
—Espera. ¿A qué hora llegas de trabajar?
—A las seis, como todos. Creo que te lo comenté una vez.
—Y tu mamá los dejó entrar a esa hora.
—A los testigos de Jehová. Mierda, sí. Parece que ahora tienen horarios nocturno los muy cabrones.
El farmacéutico tragó saliva y apartó las manos de encima del mostrador.
—Richard, ya debes irte a tu casa. Te veo muy mal, amigo mío.
—Sí, tienes razón. Seguro te veo pronto. Hablamos.
Jesucristo, espero que no, pensó el vendedor alejándose del mostrador.
Eran las nueve de la mañana cuando Richard salió de la farmacia para dirigirse a su casa. Dos pasos afuera, su cuerpo se envolvió en una enorme antorcha de fuego que despertó los gritos de las señoras que pasaban por la calle. Los hijos del zapatero —Jesús y Ronald— apagaron la llamarada con cubetas de agua dulce expulsada por la bomba de su casa. El farmacéutico no salió del local hasta después del intento de rescate de los muchachos. Mientras todo pasaba, él realizó una llamada de emergencia hacia la casa del padre Fernando, cabeza de la iglesia católica San Pedro —ubicada frente a la plaza del pueblo—. Y para la tarde de ese día ya todos se habían enterado de cómo el sujeto, totalmente negro y consumido hasta los huesos, seguía moviéndose y balbuceando con dificultad «sed».
Siete días después hallaron a la madre. Para ese entonces, en El Alto nadie salía después de las seis ni dejaban entrar a nadie a sus casas. La anciana dormía para siempre en el centro de una pila enorme de heno en lo alto de un corral, con el pelo lleno de paja. La encontraron al final de una fila de cerdos desangrados, ocultándose del sol de verano.
Ambos fueron enterrados en el cementerio viejo del pueblo, con la boca llena de ajo y tomillo silvestre. Jamás volvieron a levantarse. Y no fueron los únicos.

sábado, 13 de agosto de 2016

¿Quién se ha tomado todo el ponche?


Por Ricardo José Vega.


Quien se ha tomado todo el ponche ?Me parece que es aquel
que esta saliendo al balcon ...
agarrado a la cortina
no sé si es caronte o mina
pero parece paspado
seguro se ha tomado el vino,
como si fuese un helado
y comiendo una aspirina.
creo que se ha envenenado
suerte que llegó al balcón
donde se luce inclinado......Es que los garufas de hoy,
se desconocen la magia
de aguantarse la bebida
para que dure la farra.
Se ponen tan alegritos
al saber que va a haber baile
que se ponen a los gritos
a beber caña en la calleCuando llegan a la fiesta
les parece que sea un circo
porque todo lo ven doble
y andan como pato arisco
apoyando las paredes ,
los ojos un poco bizcos
y dan pasos separados ,
como se baila en Jalisco.No saben gozar las fiestas ...
a las 2 ... ya estan mamados
las chicas les niegan baile
otras han abandonado
sin donaire
en el medio de la pista
a los dos mas despitados
por lamerlas con la lengua
y por bailar apretado...A las tres o tres y media ,
a todos los han echado
a patadas de la fiesta
por andar incomodando
y a las 4 en una plaza
todos riendo y cantando
porque en el medio del lío
2 whiskis buenos robaron
y andan todos a los turnos
dandoles sus picotazos !

sábado, 4 de junio de 2016

La última frase de Abadesa Ravennina


Por Ricardo José Vega.


Había una vez , en una región rural de Lombardía, una abadía de monjas ursulinas , que ademas de un trabajo de cuidado de niños descapacitados huérfanos , mantenía con su trabajo una verdadera producción granjera, que incluía dulces caseros , leche, quesos , hierbas aromaticas , licores, miel y diversos productos regionales como setas y hasta trufas y azafran.
Pasaba la congregación por un momento triste y delicado, pues su Abadesa , la madre Ravennina delle Arcángeli, ya de edad avanzada y enferma de una crónca insuficiencia cardíaca, vivía sus horas finales , descansando en su lecho, mientras sus fieles y amorosas discípulas, la asistían con rezos y letanías .
De tiempo en tiempo le acercaban a la boca una taza de leche cremosa , a la que daba dos pequeños tragos y se apartaba en seguida, hacia la almohada.
Una novicia encargada de la cocina veía con desesperacion el declinio de la Madre a traves de la disminucion de su alimentacion...ya no queria sopa, ni arroz ni puré .
Preparó otro taza de leche cremosa con miel y en un impulso inexplicable , tomó la botella de Grappa , que usaban para servir al obispo en sus raras visitas, y escanció dentro de la leche una dosis .

Minutos mas tarde llevó la taza tibia hasta la mesa de luz de la enferma y la segunda abadesa , intentó dar unos sorbos a la Madre Ravennina ...bebió esta tres sorbos con alguna fruición y continuó acompañando las oraciones de sus acólitas.
Volvieron a alimentarla nuevamente , y esta vez bebio 5 o 6 largos tragos cremosos terminando el contenido...cayó entonces en un sereno letargo, que fue aprovechado por la segunda en jerarquía, la Madre Marianella della Santa Crocce, para decirle  muy suavemente :

Madre Ravennina ... usted tendrá dentro de poco , el privilegio de estar ante Jesús ...
Sabemos que desde allí nos cuidará y ayudará en lo posible a nosotras y a los niños ....Nosotras le dedicaremos un rincón en la galería principal de la capilla donde colocaremos su foto , mientras un escultor haga su busto que mandaremos bendecir por el Obispo y colocaremos para Veneración...
Quiero ahora  pedirle,  que nos deje una frase , un pensamiento o una recomendación piadosa, para inscribirla en su lápida como recuerdo inmortal de su sabiduría y devoción...

La Madre Ravennina entonces enderezó el torso y con  evidente esfuerzo sentó en la cama ... miró a las monjas en los ojos, una por una , y con un acento algo extraño y titubeante,  les dijo, levantando el dedo índice de la mano derecha :

" NUNCA... NUNCA VENDAN ESA VACA "

sábado, 21 de mayo de 2016

Viejo zorro


Por Ricardo José Vega.


Lo contó un joyero ...

Era una pareja alegre que llegó un sabado .
Él un señor algo mayor , de impecable presencia , con su moderna ropa , que lo hacía jovial y distinguido .
Ella , joven y de presencia modesta , parecía ansiosa , encantada, cuando él dijo :
“lo que quieras ,amor…no importa el valor… que te guste mucho…”
Elegido el collar , el caballero emitió un cheque y lo extendió al gerente.
Mas…estaban las normas de la casa…
… el valor exigía consultas… era sabado…si pudieran volver …
El señor exclamó : …comprendo …hagamos así ….yo dejo el cheque y el collar permanece bajo la custodia de la joyería....
El lunes reúnen las informaciones sobre mi idoneidad comercial ,me avisan , y la señorita pasa aquí a retirar el collar.
El lunes el gerente llama al señor distinguido , informando que todo estaba correcto y el collar liberado, para entregarlo a la señorita.
” Puede romper el cheque , ya lo cancelé –  fue la respuesta– …ya me acosté con esa tonta .”

sábado, 14 de mayo de 2016

Donde moran los espíritus


Por Ángela Piñar.


Debo confesar que hay muy pocas cosas en este tedioso mundo que me gusten más que perderme por los nebulosos bosques del pantano de Hockomoc. Esa ciénaga es el corazón de un triángulo maldito y las tres puntas que conforman esa peculiar caja torácica son las ciudades de Abington, Rehoboth y Freetown. Los indios Wampanoag se referían a él como «ese lugar donde moran los espíritus» y contaban, a todo aquel que se prestaba a escuchar sus historias, que uno debe andar con mucho cuidado cuando se pierde por esos humedales, porque a veces el viento trae voces engañosas que te empujan a la locura o a cometer actos poco cristianos.

Las desapariciones de extranjeros tragados por espejismos hicieron famoso el lugar a nivel internacional, pues no pocos sabuesos vinieron husmeando tras la huella de algún extraviado. Con el tiempo se confirmó que todo aquel que se perdía en esos espejismos ya no se le veía más en ningún otro lugar del mundo. También influyeron a la mala prensa del lugar la aparición de animales mutilados con fines satánicos, o la continua profanación de los cementerios. No eran infrecuentes tampoco las noticias de encuentros en mitad del bosque con animales de dimensiones grotescas; algunos hablaban de perros del tamaño de un caballo o de serpientes dotadas de una circunferencia imposible o animales no catalogados por no haber sido aún descubiertos. Si preguntabas en alguna taberna casi todo el mundo allí presente juraba haber visto en alguna ocasión sobrevolar al famoso pájaro trueno en su viaje hasta la bahía de Massachusetts. El Thunderbird.

Yo sonrío condescendiente cuando escucho estas leyendas. A mí nunca me ha ocurrido nada reseñable en estos parajes maravillosos, donde lo único que sucede es que el aire huele ligeramente a podrido a causa de la excesiva humedad, o que hay que andar con mucho cuidado para no caer en un pozo de arenas movedizas. A veces, si no me encuentro demasiado fatigado de los pulmones, hago el recorrido atravesando el río en una vieja canoa que perteneció a mi padre. Cuando me noto exhausto la empujo a la orilla y camino un poco hasta los robledos, buscando un lugar idóneo donde sentarme a escribir.

Ya les he confesado que nunca he sido testigo de ningún avistamiento inquietante, pero si tengo una anécdota curiosa que me gustaría contarles:

Corría el otoño de 1921. Recuerdo muy bien la fecha porque hacía muy poco que había fallecido mi madre. Por aquellos días no paraba de escribir, pero cuando el techo de mi casa se me antojaba más cercano de lo habitual me escapaba a los bosques y allí, en aquellos parajes temidos, era donde yo me concentraba mejor en mis personajes extraños.

Aquel día en concreto paseaba tan absorto que tropecé con algo y caí de bruces en mitad de un charco de barro. De la garganta del bosque salió una voz que me pidió disculpas. Pensé, sorprendido, que se trataba por fin de mi primer avistamiento, un asunto que no dejaba de ilusionarme, pero no, la voz provenía de un sujeto que descansaba apoyado en el tronco grisáceo de un roble.


 —Tropezó con mi pierna. Lo siento, he estropeado su traje—dijo azorado.
—¡Vaya! Perdone, pero es que no lo vi. Si buscaba usted mimetizarse con el roble permítame decirle que lo consiguió por completo—le dije, sacudiendo el barro de mis pantalones—No tiene buen color. ¿Se encuentra bien?
—No se preocupe—dijo— Lo que ocurre es que salí a tomar un poco el aire y de pronto me sentí desfallecer. Pero ya me encuentro un poco mejor. Muchas gracias, es muy amable.
—¿Vive usted por aquí cerca?—pregunté de manera cortés.
—En la casa gris. Mírela. Parece que va a derrumbarse de un momento a otro—dijo señalándola con el dedo—. No se engañe, por dentro aún es peor. La humedad la está devorando.
—No lo tome a mal, pero sí que parece un lugar muy triste—dije examinando con atención aquella casa destartalada. Si tuvo un tiempo de esplendor resultaba muy claro que no era el momento presente—. Es curioso, pero no recuerdo haber visto nunca esa casa y puedo asegurarle que conozco muy bien este lugar.
—No lo tomo a mal—dijo encogiéndose de hombros—. Ahora debo volver. Está anocheciendo y como sabrá no es prudente deambular por los bosques cuando cae la noche.
—¿No creerá en serio en esas ridículas leyendas?—dije sonriendo divertido.
—Bueno, recuerde que los caimanes son enormes por esta zona—dijo—. Y su apetito no tiene límites.

Pensé que se iba a incorporar y, solícito, extendí mi mano para ayudarle, pero lo que hizo, ante mi perplejidad, fue tumbarse boca abajo. Luego comenzó a arrastrarse muy despacio. El deslizamiento era ciertamente sinuoso y la escena completa, vista desde mi gran altura, me pareció espeluznante. Espantado, miré la casa y la vi demasiado lejana para alguien que pretendía volver a ella de ese modo.

—Vaya, lo siento—le dije, intentando disimular mi aversión—. No advertí su incapacidad física ¿Quiere que le ayude de algún modo? Puedo ofrecerle mi apoyo.
—¡Oh, no! Estoy acostumbrado—dijo sin levantar la cabeza.
—Pero no puedo permitir que vuelva a su hogar de esta manera. ¿Acaso no sabe que se lo pueden tragar las arenas movedizas? Le suplico que me deje ayudarlo de algún modo. No se ofenda, pero parece liviano. Creo que podría cargar con usted sin demasiado esfuerzo. Permítame intentarlo.
—Podría jurar que conozco estos parajes mejor que usted. Déjeme tranquilo—farfulló.

Su manera de avanzar era realmente hipnótica y me quedé quieto contemplando como se alejaba despacio, tanteando y vadeando el terreno antes de avanzar. Después, sin proponérmelo, comencé a seguirle procurando amortiguar mis pasos. La noche era casi cerrada y me preocupaba dejarlo solo. Sé que advirtió mi presencia, pero no dijo nada. Cuando se disponía a escalar los peldaños que daban al porche me preguntó, sin girar la cabeza, si quería pasar adentro a tomar una copa. Le dije que sí, algo avergonzado de mi atrevimiento.

Cuando traspasé el umbral, un profundo olor a rancio, orines y humedad golpeó mi nariz y contuve una arcada. Al punto me arrepentí de haber aceptado su hospitalidad, pero ya era tarde; marcharme habría resultado una descortesía, tal vez un agravio entre vecinos. Por dentro la casa era sumamente lóbrega; los muebles, que supuse demasiado altos e inservibles para alguien que se arrastra, estaban tapados con sábanas y los que permanecían descubiertos mostraban una generosa capa de polvo. Las paredes amarillentas lucían casi desnudas y manchadas de humedad. Solo un cuadro bellamente ornamentado presidia el centro del salón. Dentro del marco había una mujer muy joven que posaba con un niño sentado sobre sus faldas. Me vio admirarlo con suma atención.

—Es Beatriz, mi madre, y el niño sentado sobre su regazo soy yo. Tenía siete años—dijo con amargura—. ¡Oh, perdón! Mi nombre es Howard Price.
—Philip Hoffman—dije ofreciéndole mi mano— ¿Puedo preguntarle qué le ocurrió en las piernas? ¿Un accidente tal vez?
—Es un tema del que me aburre hablar, pero si tanto le interesa le diré que ya nací así—dijo sonriendo tristemente, si es que se me permite el oxímoron.
—No pretendía incomodarle—dije yo, bastante turbado—. Soy escritor ¿Sabe? Y los escritores tenemos una lengua muy larga y a la sazón una vergüenza muy corta. Permítame decirle, para compensarle,  que su madre era una mujer muy hermosa.
—Ya estaba muerta cuando le hicieron esa foto—dijo con expresión lacónica—. Si se acerca usted un poco comprobará la vacua opacidad de sus ojos. También la expresión es algo triste, aunque serena. Sus frágiles muñecas estaban unidas con un lazo fuerte para simular que me abraza. Parece que me sujeta con mucho amor, ¿verdad? Poco antes de expirar suplicó que tras su muerte nos hicieran una foto juntos, para que su recuerdo no se perdiera en los pasillos de mi memoria ¡Oh! Disculpe, otra vez lo he espantado.
—He oído hablar de la fotografía post mortem, pero nunca había visto nada igual—dije avergonzado de mi nueva indiscreción—. Tal vez sea el momento de marcharme, antes de que mi lengua mordaz e imprudente salga a pasear de nuevo.
—Le imploro que no lo haga y que acepte esa copa que le ofrecí. Sé que mi forma de comportarme ha podido resultarle algo huraña; no suelo tener compañía y casi he olvidado el protocolo y los buenos modales. Prometo redimirme. No me deje solo, por favor.
—Como nadie ha salido a recibirnos y no se escuchan voces ni ruidos, doy por hecho que vive usted en la más completa soledad. No entiendo entonces su miedo repentino. Ya debería estar acostumbrado—dije mirando a nuestro alrededor.
—Lo estoy, en efecto. No sufrí de temor hasta ahora—dijo.
—¡Vaya! —dije sorprendido—. Puedo quedarme un rato a hacerle compañía,  si eso lo beneficia de algún modo. Aceptaré con agrado esa copa.
—Aunque es posible que le esperen ansiosos en su hogar—dijo preocupado—. Su esposa, sus hijos.
—No se preocupe. Yo también estoy solo. Mi madre murió recientemente.
—Lo siento—dijo apenado.
Serví, por encomendación suya, dos tragos generosos de brandy y me senté en un sillón que daba a la ventana.
De pronto las copas vibraron ostensiblemente sobre la mesita y rodaron después hasta el suelo. Pensé que era un temblor de tierra y lo miré con las cejas levantadas.
—Es la casa. Se estremece toda entera cuando llega la noche—dijo.
Serví de nuevo otros dos tragos y como no dije nada me miró largamente. Su mente hervía. Casi podía notarlo.
—Si acepta mi hospitalidad le contaré algo espantoso—dijo bebiendo su licor para tomar fuerzas—. Y tal vez entienda mi temor a la soledad.
Una voz dentro de mi cerebro gritó que nada podía haber más espantoso que arrastrarse como una babosa dentro de una casa medio destruida enclavada en medio de un pantano maldito. Pero me sosegué y bebí un trago yo también.
—Estoy dispuesto a escucharle. Cuénteme eso que tanto le aterra.
Noté que tenía miedo de volver a revivir aquel momento y le animé a hacerlo con un movimiento amable de cabeza.
—Como ya le dije antes estoy acostumbrado a vivir solo—dijo—. Nunca le di pábulo a todas esas supercherías que cuenta la gente; no me asustan las tormentas y ya sabe cómo se las gasta el cielo por aquí; no me inmuto cuando en el silencio de la noche las ramas nudosas de los árboles aporrean mi puerta una y otra vez con insistencia, que pareciera que quieren entrar y nunca he sabido para qué. No me incomoda pensar, tampoco, que tal vez alguna mañana no despierte más y no haya nadie que lave y  amortaje después  mi pobre cuerpo. Lo más probable es que mi cadáver permanezca días tendido sobre la cama o el suelo, hasta que algún visitante fortuito entre buscando cobijo o agua y me descubra podrido y recubierto de gusanos. Sé que eso ocurrirá tarde o temprano, lo asumo y no me preocupa demasiado. Ha sido testigo, hace un momento, de que no me altero tampoco cuando la casa se estremece toda entera. Entiendo y acepto que es la lucha constante que mantiene con sus cimientos. Ya le he dicho que el pantano la está atrayendo hacia él. Cada día está un poquito más cerca.
Lo miré perplejo, pero levantó la mano para rogar mi silencio.

—Comprobará con este discernimiento mío del que le hago partícipe que no soy un hombre fácil de amedrentar. Pero la cosa cambió hace dos días. Esa mañana desperté muy temprano; casi no había amanecido porque la luz de mi cuarto era difusa y plateada. Fuera, en las montañas,  el viento soplaba huracanado y se colaba por la ventana entreabierta haciendo bailar los blancos visillos. Era maravilloso, tanto como ver agitarse los largos cabellos de una mujer al borde de un acantilado. Así de extasiado me hallaba, cuando de pronto me di cuenta de que no estaba solo. Primero fue una sensación que me oprimió fuertemente el pecho. Cuando me crucé con sus ojos amarillos la sensación se convirtió en certeza. Como no podía huir grité con todas mis fuerzas, pero de mi boca abierta y desencajada no salió sonido alguno. Todo era inútil, el pánico me tenía paralizado. Lo único que podía hacer para protegerme de mi visitante era cerrar los ojos, como los cierran los niños para esconderse del mundo. Y esperar a que se marchara.

—¿Tiene miedo de que vuelva?—pregunté—¿Eso es lo que le asusta?
—¡Sí!—exclamó desesperado.
—¿Y qué cree que busca ese visitante nocturno de usted?—pregunté escanciando un poco más de brandy en las copas. Ambos lo necesitábamos.
—Tengo la sospecha de que viene a llevarme con él—respondió muy pálido—. ¡Dios bendito! ¡Quédese esta noche a mi lado! Esta casa es muy grande y poseo habitaciones de sobra. Nada más le pido que vigile usted la puerta de mi cuarto. Oiga, amigo mío,  tengo mucho dinero, podría…, podría pagarle si es necesario.
—No sea ridículo—exclamé ofendido—. Nunca aceptaría su dinero. Por otra parte si es por su bien pensaré en su ofrecimiento, pero debe prometerme que mañana acudirá a un médico de los nervios.
—No estoy loco—gruñó avergonzado.
—No he dicho tal cosa—dije para suavizar la situación.

Meditabundo me acerqué a mirar por la ventana con las manos juntas en la espalda. La noche era terrible. Había comenzado a llover con fuerza y la vuelta a casa bajo aquel temporal podría ser realmente peligrosa.
—Dormiré aquí—concedí—. Es muy tarde y la tormenta arrecia.
—En el piso  superior hay dos habitaciones—explicó aliviado—. La mía es la más pequeña. Puede utilizar la otra;  encontrará mantas suficientes dentro del armario. Solo le suplico que deje usted la puerta entornada.
—Así lo haré. ¿Quiere que le ayude a subir?—dije.
—Ya ha visto que puedo hacerlo por mí mismo. Pero se lo agradezco mucho. Buenas noches, Philip.
—Buenas noches, Howard. Descanse—dije.

Lo vi iniciar el ascenso por aquella escalera empinada y tragué saliva. Los escalones estaban tapizados con una suerte de terciopelo grueso y pensé que tal vez, en otros tiempos muy remotos, alguien lo había arreglado de ese modo para que el trayecto no fuese tan doloroso. ¿Quién pudo ser así de benevolente? ¿Su madre devota? ¿Tal vez algún criado caritativo? De pronto imaginé al niño que fue y lo vi anclándose a los escalones con sus uñitas minúsculas y vi las piernas pesadas y sentí los golpes de la carne infantil contra la madera. ¿Por qué no habían habilitado un cuarto en el piso de abajo para evitarle esa tortura? ¿Por qué no lo había solucionado él mismo, si tenía tanto dinero? ¿Podría tratarse de algún tipo de expiación? ¿Cómo podía ser posible que un ser tan limitado viviera solo en mitad de aquellos parajes inhóspitos? Las preguntas se agolpaban en mi boca una tras otra, pero sentí vergüenza de hacerlas.

Mi habitación era austera y olía a rancio como el resto de la casa, pero tenía unos grandes ventanales y supuse que de día las vistas al pantano debían ser muy interesantes. Saqué las mantas del armario y me tumbé vestido sobre el lecho. No me atreví a dormirme por si mi anfitrión sufría de sus miedos, pero estaba tan cansado que pronto me venció el sopor.

Al amanecer me desperté sobresaltado porque no reconocí, en primera instancia,  el entorno donde me hallaba. Después recordé los hechos acaecidos y me incorporé, nervioso. Había dejado de llover y efectivamente las vistas, aunque irreales,  eran magníficas. Miré el reloj y comprobé que era una hora adecuada para pasar a ver a Howard.
Cuando entré en su cuarto mi anfitrión yacía de lado, mirando hacia la ventana. Sé que me oyó entrar pero no habló. No quise mirarlo a la cara y me senté en el lado opuesto del lecho.
—¿Cómo fue la noche?—pregunté solícito.
—No hizo usted nada por mí—dijo en un sollozo—. Debió tirar la puerta abajo.
—¿Insinúa usted que el visitante nocturno volvió anoche?—pregunté alarmado.
Contestó a mi pregunta con otra.
—¿Por qué motivo cerró mi puerta cuando me dormí?—gritó.
—¡No lo hice!—exclamé sorprendido—¡Alabado sea Dios! Cuénteme qué sucedió.
—Cuando desperté esta madrugada vi la luna reflejada en el pantano. Debí dormirme mirando la lluvia caer, resbalando por los cristales. Craso error. Si hubiese sido más previsor me hubiera dormido del otro lado. El caso es que cuando desperté volvió a ocurrir lo mismo que la noche anterior. Estaba de espaldas a la puerta y no me podía mover. Pero yo sabía que esa cosa estaba aquí, porque olía a aguas estancadas. Le llamé a usted con todas mis fuerzas.
—Tal vez pensó que me llamaba—dije consternado.
—Eso ya no es importante. Cuando se hizo el silencio lo oí arrastrarse hasta la cama—dijo—. Sí, ha oído bien, también se arrastra, por supuesto que sí. De pronto noté su aliento en mi nuca y escuché sus dientes rechinando cerca de mi oreja. Me susurró algo en un idioma extraño. Las palabras, si es que pueden llamarse así, eran cortas y sonaban como chasquidos de lengua. Pensé que me iba a llevar por fin y cerré los ojos despidiéndome de este mundo. Fue entonces cuando recordé a mi madre. ¡Qué hermosa era! ¿Verdad? Lo dijo usted mismo. Mi padre nos abandonó cuando yo nací. ¿Y sabe por qué se marchó? Porque mi madre le contó, esplendorosa y sosegada, que el parto había sido muy rápido, que yo había salido de su cuerpo resbalando como un lagarto en medio de un charco de agua turbia. Mi padre debió pensar que su esposa deliraba por los esfuerzos del alumbramiento, pero cuando la partera me llevó en brazos para que me conociera y contó mis dedos y vio que sólo había cuatro en cada mano no le gustó en absoluto.

—¡Espere! ¿Insinúa que uno de esos seres pudo visitar a su hermosa madre en su lecho? Entonces, usted podría ser el fruto de… ¡Santo cielo! ¡Eso que dice es aberrante! Oiga, Howard, ¿y no podría ser que todo esto que me está contando solo fuesen imaginaciones suyas?—dije intentando poner algo de sensatez en todo ese embrollo— Además ¿por dónde entra su visitante nocturno si la puerta principal está cerrada? ¿No me irá a decir ahora que llega en forma de agua y se materializa en su presencia? Mire, yo creo…

Howard se volvió furioso y sus ojos me miraron enloquecidos. Tenía los pantalones manchados de orina.

—Yo creo, yo creo… —dijo, burlándose con desprecio—. ¿Sabe lo que pienso? Que usted no quiere aceptar lo que ven sus ojos. Cuando me vio esta tarde apoyado en aquel árbol dijo que mi color era extraño, pero no dijo que es verde. Tampoco habló de mi piel escamada, ni de las protuberancias de mi espalda. Me vio desplazarme boca abajo, arrastrándome sobre el barro y pensó que soy un inválido ¡Por el amor de Dios mire mis manos!

Suspiré y me incorporé, vencido,  dispuesto a marcharme.

—Vendré mañana a visitarlo—dije—. Howard, escuche, yo soy escritor y en mi cabeza todo cabe, pero oiga, en cuanto a esos seres que dice que habitan en los fondos del pantano, yo…yo no sé qué decirle. Nunca he visto ninguno y tampoco he oído hablar de ellos. Por aquí abundan las leyendas de toda índole, eso ya le consta a usted, pero nunca nadie habló de individuos reptantes que abandonan la ciénaga cuando sale la luna, para colarse en la casa o en la cama de los parroquianos. Y entienda que tampoco puedo creer que la casa tiemble y se desplace por ese motivo que usted alega. Seguro que esos corrimientos se deben al tipo de terreno movedizo. Ahí debe estar la explicación. Y permítame confesarle que sí me fijé en su aspecto, pero me pareció el de un pobre hombre desvalido y solitario, carente de compañía y de afecto. La soledad y la penumbra  tintan los rostros de colores infrecuentes.

Me quedé un instante de pie esperando algún tipo de respuesta y como no la hubo me retiré, impotente aunque aliviado a la vez.

Pensé en volver al día siguiente, pero no lo hice. Ni al otro. Cuando transcurrió una semana sentí tantos remordimientos de haber dejado a aquel tipo a su suerte, que intenté olvidarme del suceso.

Poco tiempo después mi salud se resintió de manera ostensible y me marché de aquel triángulo venenoso. Una vez que me hallé lejos, y tal vez para sosegar mi conciencia o para homenajear el recuerdo de aquel pobre desgraciado al que no supe consolar,  escribí un nuevo relato que titulé «Los oscuros» . En él conté la historia de una enorme ciudad de piedra blanca enclavada en el fondo de un pantano, una fortificación habitada por unos seres primigenios, que de vez en cuando se arrastraban hasta la superficie para recuperar lo que era suyo. Y como no era posible que esos seres se movieran entre el barro más espeso de los fondos, creé una suerte de vacío cavernario, allá cerca del núcleo de la tierra. Escribí sobre otros mundos horrorosos, yo, que nunca he sido testigo de nada fuera de lo normal.

Pero uno no puede estar lejos de aquello que conoce y ama, por ese motivo hace poco que he vuelto de nuevo a este lugar que me resulta tan familiar. Mis pulmones están más enfermos que nunca y no se me ocurre un lugar mejor donde morir. A veces, apurando las escasas fuerzas que me quedan,  me siento muy tentado de volver al pantano, porque añoro su aliento malsano. Pero ahora tengo miedo. Tengo miedo de que al fin y al cabo Howard Price tuviera razón. Imaginen ustedes que al llegar allí solo encontrase un enorme y profundo agujero donde antes había una casa gris, porque si eso resultase cierto entonces serían mis propios demonios los que podrían visitarme de noche, cuando duermo. Tal vez para llevarme con ellos, ahora que está tan cercana la muerte.

Fin

sábado, 7 de mayo de 2016

Poesía... es lo que nos falta


Por Ricardo José Vega.


Disfrutar lo que no existe
es conseguir lo que falta
aquello que no tenemos ...
esa es, según yo creo ,
la mas  emocionante cábala.. ..


y para adquirirla hagamos ...
beribirloque de manos 
con la suficiente magia... 
con muchos SHAZAMMMM de rayos 
de aquellos rayos que partan 
los avatares humanos ...
y muchos ABRACADABRAS....


y si aparece ...desnuda 
y nos sonríe ...Ay caramba ! 
y es una playa desierta 
y hay luna sobre la playa


y finje correr 
y lo hace 
con pasitos de torcaza

y se vuelve ,...hecha sonrisa 
porque mi sombra la alcanza


disfrutaría la salvaje 
intención de conquistarla... 
con caracolas y perlas 
de los bordes de la playa


con versos de buena rima 
aquellos que el alma asaltan 
y cautivan ... pues reflejan 
voluntad de bien amarla,


de cuidarla como a flores
de la selva y de la playa...


Y ya nada faltaría...
sería fiesta trinitaria 
despues de beribirloques 
y de la suficiente magia ...


le diríamos al amor ...
Poesía...es lo que nos falta !!

domingo, 1 de mayo de 2016

Sola


Por Robe Ferrer.


Y la dejé allí sola, llorando en aquel cementerio en el que mi cuerpo descansaba.
Me dolía mucho hacer aquello, y sabía que a ella le dolía más aún, pero no tenía alternativa. Mi espíritu se había debilitado demasiado después de aquel encuentro. Si hubiera apurado un poco más el tiempo, habría pasado del plano metafísico al plano inmaterial y ya no podría ponerme en contacto con mi amada.
Desde que abandoné el mundo de los vivos veinte años atrás, todas las semanas me ponía en contacto con la que fue mi mujer durante cuarenta y ocho años y mi novia durante tres. Aquello nos hacía sentir bien a los dos y no hacía daño a nadie.
La veía y la sentía tan joven como cuando nos conocimos y ahora contaba ya con ochenta y siete años.
Durante todo aquel tiempo habíamos criado a cuatro hijos, trece nietos, y ella, seis biznietos y una preciosa tataranieta que había nacido unos días atrás. Pude ver a aquella princesita a través de su mente en aquel último encuentro.
Realmente aquel no había sido el motivo del encuentro, lo que quería que supiera era que, aunque llevaba dos décadas esperándola, apenas me quedaban unos días en aquel plano en el cual podía comunicarme con ella. Sin embargo, no tuve el valor de decírselo.
Por suerte, nuestros encuentros se volverían eternos, porque su llegada a este mundo estaba prevista para las próximas horas. Evidentemente, aquello tampoco se lo dije.

Junio 2014