Por Mandinga
“Las armas son necesarias
Pero uno no sabe cuándo.
Ansina si anda paseando
Y de noche sobre todo
Debes llevarla de modo
Que al salir salga cortando”
Martín Fierro
La puerta se abrió y el calor que habitaba en cada partícula del
aire dejó salir el vapor generado por la transpiración que se multiplicaba
dentro de la casilla, mientras que el olor a sexo, mezclado con la sal de las
lágrimas, ahogaba las fosas nasales de los tres hombres que esperaban parados afuera.
—Hijo ´e puta —dijo por lo bajo el que se encontraba en medio de
los tres.
—¡¿Qué pasa chango?! ¡¿Perdió algo?! ¡¿Quiere que lo ayude a
buscar?! —preguntó el dueño de esos pagos.
Hizo un esfuerzo para abrocharse el pantalón y dio dos vueltas a la
faja, luchando por no quedar otra vez en calzoncillos.
—Ya le dije a ese sinvergüenza que estas tierras son mías y que no
pienso vender.
—Nos ha mandao para darte un mensaje.
—Pueden darme una ayuda si quieren, me falta una mano para sostener
el arma —sonrió y los miró de reojo, desafiante— ¿alguno quiere sostenerla? Hoy
estoy bueno, changuitos, así que puedo dejarlos sentir el arma de un verdadero
gaucho.
—Te gua´ce cagá desgraciao —avanzó con paso firme hacia el hombre
que aún se esmeraba por acomodar su faja. Sacó el facón que guardaba en su
cintura y lo empuñó con fuerza, con el poncho enfundando el otro brazo.
—Epa, changuito, no será capaz de enfrentar a un hombre desarmao.
—Agarrá tu arma, desgraciado y pelea como un hombre.
—Bueno, bueno, deme un momentito, si me permite me preparo como corresponde
y estoy con usté.
Entró con tranquilidad, mientras el trío aguardaba a pocos metros.
—¡Vamo carnero! ¡Salí de una vez! —el sudor les recorría cada
centímetro de piel y cada segundo de espera, lo sentían como una eternidad. Se
acercó a la puerta y apoyó la oreja en la madera.
Silencio.
Los que esperaban más alejados abrieron los ojos como dos pelotas
cuando la puerta explotó llevándose la cabeza del otro, que se desprendió del
cuerpo hecha pedazos, desparramando la masa encefálica del infeliz por toda la
entrada, llegando a sus propios pies. La puerta quedó desintegrada por el
disparo del trabuco naranjero.
—Bueno, bueno, parece que este chango encontró lo que buscaba ¿y
ustedes?
Los dos hombres se miraron y sin decir una palabra volvieron sobre
sus pasos, primero despacio, trastabillando, para darse vuelta y emprender la
huida. El verdugo sonrió mientras apoyaba el arma en el suelo y cazó las
boleadoras que descansaban sobre la silla al costado de la entrada. Comenzaron
a girar en el aire, al principio lentamente, después con fuerza, orbitando a
toda velocidad sobre su cabeza.
Aún con una sonrisa en la jeta, abrió la mano que sostenía la
guasca y ésta surcó el aire a toda velocidad en dirección a uno de los
fugitivos y se enredó en las patas, aferrándose como lo hace un alcohólico a la
última botella. Cayó con la quijada contra el suelo y el polvo se elevó junto
con la sangre que explotó de la nariz como un volcán. Miró al que lo acompañaba,
que ya se encontraba a más de cien metros, con las patas como dos flechas. Le
llevó unos segundos hacer que el cuerpo le responda luego del tremendo golpe
que se acababa de dar contra el piso —Puta madre— dijo, cuando vio acercarse a
paso firme al gaucho malo, con la chuza en la mano izquierda y el facón en la
derecha. Trató de desenredar los tientos, pero estaban demasiado apretados y,
por un segundo, se sintió una cabeza de ganado antes de ser sacrificada.
—Changuito, changuito, no tendrías que haber venido.
—Señor, yo no quería venir, se lo juro.
—¿Y por qué está acá, entonces?
—Me dieron unos pesos para venir, se lo juro —el que estaba parado
frente a él, sonrió otra vez.
—Ya es tarde, changuito, por unos pesos te enfrentás al diablo y
así es como se paga, ahora tu alma es mía —se acercó y apuntó con el facón al
corazón del hombre que yacía en el suelo, suplicando como un guricito que trata
de evitar la paliza del patrón. Presionó con la punta sobre el pecho del hombre
que trató de defenderse a los manotazos, para ver un segundo más tarde a una de
sus manos volar por el aire hasta besar el polvo del suelo seco. El alarido
quedó sordo en su garganta, apagado por el faconazo que le abrió la boca de
lado a lado e inundó todo con el líquido de olor metálico— ¿Qué decís? No te
oigo, quedate tranquilo que tu compañero ya le va a ir con el cuento a tu
patrón —presionó sobre el vientre hasta que la hoja de acero penetró la carne y
lentamente lo abrió como a un cordero hasta el ombligo, metió la mano y arrancó
parte de los intestinos, y mientras su dueño miraba horrorizado con lo último
que le quedaba de vida, le dio un mordisco y lo saboreó— mmm, vas a ser un buen
plato pa’ los cerdos —limpió la hoja y sus manos por el pantalón del ahora
cadáver y se marchó caminando al interior de la choza, sabiendo que no había
terminado. Se oyeron golpes y la mujer salió tambaleándose, apenas vestida,
para desaparecer entre el ganado que pastaba en el claro.
Preparó el pingo y se marchó.
—Buenas noches, estimado ¿quién es el mandamás de este lugar?
El hombre lo miró, con ojos cansinos y el peso del día sobre sus
hombros— No sé, señor, ando de paso nomá.
—¿Y quién te da órdenes a vos?
Extendió el brazo, señalando hacia el interior del galpón donde se hallaban
algunos hombres reunidos alrededor del fuego.
—Buenas noches, señores, ando buscando un techo para pasar la noche
¿quién manda por estos pagos?
—No se aceptan mendigos, así que vuelva por donde vino si no quiere
tener problemas.
Se apeó y caminó unos pasos en dirección a los hombres que se
pusieron de pie, empuñando las armas en sus cinturas.
—No hace falta armar una refriega, cuando solo busco un lugar para
pasar la noche, le aseguro que me iré con el primer canto de las aves y le
estaré muy agradecido por eso.
Los hombres se miraron y asintieron con la cabeza.
—Bueno, métase por ahí y mañana se me manda a mudar antes que
amanezca, que al patrón no le gustan los extraños.
—Gracias, buen hombre, le aseguro que así será.
Se recostó en uno de los laterales del galpón, sobre un montículo
de paja, se tapó la cara con el sombrero y posó su mano derecha sobre el facón
que llevaba en la faja.
—Este tipo anda disparando, seguro. Nadie anda por el monte a esta
hora.
—Yo escuché que hicieron caga´ a unos hombres del Gordo hace
unos días y que la policía lo anda buscando, que una mujer lo anoticio al
comisario, estoy seguro que es este.
—¿Uste´ dice? Si es así, seguro hay recompensa por llevarlo.
—Yo creo que sí, seguro algo ligamo´, más, si lo buscan por hace´
caga´ a esos, con el Gordo no se jode.
Sacaron los facones de la vaina y se acercaron lentamente a donde
se encontraba descansando el hombre.
—¿Qué están pensando? —indagó desde el suelo el recién llegado. Las
alpargatas se detuvieron en seco entre el polvo y la paja.
—Vos mataste a esos hombres en la estancia de los Altamirano.
—¿Qué hombres? Hay tantos hombres en el monte.
—¿Vieron? Les dije, fue él, dicen que a uno lo abrió de cuajo y le
comió la panza —los otros lo miraron.
—Tantas cosas se dicen por ahí. No quiero importunarlos,
changuitos, no busco problemas, ya les dije, solo quiero pasar la noche, el
monte es reacio a recibir forasteros cuando cae el sol.
—Vas a venir con nosotros —dijo el más alto de los cinco y avanzó
con firmeza, envalentonado por el arma que empuñaba— te guste o no.
Un segundo después cayó de rodillas, con el cogote rebanado y el
caudal de vida escapando de su interior.
—Mierda —dijo uno.
—Hijo´e puta —se oyó casi al unísono y los restantes se abalanzaron
sobre él.
Las sombras regaladas por el fuego central, danzaron amablemente
sobre los muros y los paquetes de alfalfa y trigo, pero sobre el suelo, la
realidad era otra. Cuando el primero de los paisanos se abalanzó sobre el
desconocido, éste lo esquivó y lo ensartó con la chuza en el costado,
atravesándolo de punta a punta, la sacó y el líquido carmesí brotó por los
agujeros; el herido giró la cabeza y miró a su ejecutor a la vez que la boca se
le llenó de la sangre que lo ahogó. Otro saltó con el facón a la altura de la
cabeza y el foráneo se defendió con el brazo, recibiendo un corte que lo hizo
gritar de dolor. Esquivó el filo de otro que se atrevió a atacarlo y le devolvió
el favor atravesándole la quijada de abajo a arriba, la punta del arma asomó
por la boina y salió con furia, y mientras caía, le asestó otro faconazo
lateral, desprendiendo la parte pensante del resto del cuerpo. En un descuido,
sintió la hoja fría penetrar su carne e inconscientemente escupió una bola de
sangre. Las hojas de acero se chocaron en el aire, peleando por un poco de
vida, y con la mano izquierda, lo chuceó varias veces en el abdomen, haciéndolo
ceder, al caer de rodillas, lo tomó de los pelos, y lo degolló con alegría. Los
dos que quedaban en pie se le fueron encima y aún con una sonrisa en la jeta,
los clavó como si fueran pedazos de carne en la cruz, se encogieron sobre su
propio abdomen, mientras un hilo de sangre comenzaba a brotar por la comisura
de sus labios, fueron cayendo lentamente, como una coreografía previamente
ensayada, hasta desvanecerse sobre el suelo. El extraño se irguió, observó el
espacio bañado en muerte y caminó, lento, hasta donde se encontraba su caballo,
subió con gran esfuerzo y cabalgó a paso moderado, hasta que se desvaneció
sobre el animal, mientras los zorros seguían el rastro, pacientes.
Cuando llegó el comisario con sus subordinados, ya no había nadie a quién arrestar. Ya no había nadie a quién interrogar.
Consigna: Escribí un western gauchesco muy violento
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