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miércoles, 4 de julio de 2012

La Nochebuena de Carmen


Por Sebastián Elesgaray.

Dedicado a Carmen Gutiérrez.



Que bonito era conocer un lugar nuevo. El viajar era lo que más le gustaba a Carmen de su trabajo. Explorar nuevos territorios, relacionarse con nuevas personas, enredarse en la hermosa situación de asimilar y comprender una distinta cultura.
Por supuesto, todo eso era parte del ocio en los viajes. La parte profesional debía ser impecable.
Pasó por el detector de metales, avanzó entre la multitud y salió del aeropuerto, ingresando en Argentina, más precisamente en la Capital Federal. Taxis hacían sonar sus bocinas, gente caminaba apurada de un lado a otro y los bolsos colgando de sus hombros eran una constante. Al ser la víspera de nochebuena, cada movimiento de personas, cada acción, era un pequeño caos. Todo enmarcado con un sol radiante que abrasaba la piel y pegoteaba la ropa. Resultaba insoportable para ella, que adoraba los climas fríos.
Se acercó a la parada de taxi y esperó en la cola. Una mujer no muy alta, con ojos castaño claro y el pelo rizado hasta los hombros. Un tatuaje en su brazo izquierdo resaltaba. Era un dragón, hermoso y fiero a la vez, algo intimidante. Denotaba orgullo y prosperidad, la clase de dibujo el cual uno miraba durante varios minutos. Y en Carmen, esos minutos podían extenderse hasta formar una buena cantidad de tiempo.
Le llegó el turno, y agradeció al chico de gorra roja que le abría la puerta con una moneda de un euro. No sabía si le serviría de algo en la calle, pero no tenía otra. No conseguiría cambiar dinero hasta que viera a su contacto.
Puso el bolso en el baúl y, una vez dentro del auto, Carmen dijo al conductor:
—A Tucumán y Pasteur, por favor.
—Cómo no —contestó con voz animada el taxista.
Arrancó con un leve chirrido de neumáticos.
Una vez que salieron del aeropuerto, Carmen se dejó caer en el asiento, contenta porque el taxista no era hablador. No le interesaba entablar conversación. Lo más probable sería que la charla discurriera sobre la Navidad y todas esas cosas que no le atraían.
En lugar de eso, prefería disfrutar del paisaje. Era su primera visita a Argentina, y lo que veía le gustaba. Acomodada y satisfecha por el momento, se dejó llevar.

Carmen era la mejor. De eso no había dudas. Sin embargo, tenía la suerte (y la acertada elección), de trabajar con los mejores. En diferentes partes del globo, había gente de su equipo que la ayudaba y estaba ahí para proporcionarle los recursos necesarios a la hora de trabajar.
El taxi frenó despacio en la esquina, haciéndose un hueco en la ajetreada tarde de la ciudad. Mucha gente en las calles, algunos volviendo de sus trabajos, a la saga de un momento de tranquilidad, algunos paseando. Preparando todo para la llegada de Santa Claus tal vez. La diversidad hacía gala de un ejemplo conciso, por lo que nadie se fijo en la mujer con el dragón tatuado cuando esta bajó del taxi.
De pie en la vereda, erguida cuan alta e imponente era, Carmen recorrió con la mirada la fachada del local. Luego entró, caminando despacio mientras cargaba su gran bolso como si de una pluma se tratara.

—Buenas tardes, ¿qué le sirvo? —dijo la moza con amabilidad.
—Buenas tardes. Quiero ver al señor Pepe Martínez, por favor.
La moza asintió sonriente, por simple cortesía. Luego dijo:
—Disculpe, pero no sé a quién se refiere señorita.
Carmen revoleó los ojos con exasperación. El jodido de Pepe seguía molestándola con eso de las contraseñas y los mensajes secretos. Era un poco paranoico con respecto a su seguridad. Tenía derecho a serlo, pero eso era demasiado.
Sin embargo, en lugar de estallar y hacerle saber a esa niña quien era ella, Carmen reflexionó, tratando de recordar alguna de las pocas y selectas contraseñas de Pepe. Le brillaron los ojos cuando recordó la preferida de su amigo:
—Ve y dile esto: Ninguna historia puede ser buena sin un cierre. Debe haber cierre, porque es la condición humana.
La moza asintió comprensiva, manteniendo la sonrisa en su rostro. Luego le contestó:
—Por acá, por favor.
Pasaron hacia la parte de los baños. Por un pasillo largo y poco iluminado, dieron con una puerta con un pequeño cartel, el cual manifestaba "PRIVADO" con letras rojas. La moza se limitó a abrir la puerta y entornarla para que Carmen pasara. No sin antes dedicarle una última sonrisa.

Era una sala grande, iluminada con luces tenues. Tenía un gran escritorio ocupando casi el centro y una pared repleta de monitores detrás de este. Un sillón giratorio, de respaldo amplio y forrado en cuero marrón, se encontraba detrás del escritorio, de espaldas a Carmen. La persona que allí se sentaba observaba las pantallas con detenimiento.
Carmen gritó una vez que se cerró la puerta:
—¡Carajo, Pepe! ¿No podías darte cuenta de qué era yo con tantos jodidos monitores?
El sillón giró, mostrando a un hombre joven, con el pelo negro revuelto y unos ojos oscuros, profundos. Sonreía con timidez.
—Ya sabes como soy. No me molestes.
Carmen suspiró exasperada. Luego se acercó y se paró frente al escritorio:
—Vamos, levántate. ¿No vas a saludar?
Pepe se puso de pie apresurado y rodeó el escritorio. Abrazó a Carmen y le dió un beso en cada mejilla.
—¿Mejor? —preguntó Pepe.
—Si, pendejo.
Ambos rieron. Sin embargo, al instante, Carmen transformó su rostro en una máscara de seriedad.
—Sabes a que vengo.
Pepe no respondió de inmediato, sino que agachó la cabeza.
—Vamos. Dame equipo. Voy a hacerlo rápido, lo sabes.
Pepe la miró fijo. Luego preguntó:
—¿Es necesario?
—Sabes que sí.

El viaje de Carmen a Argentina no era una cuestión laboral. La razón de su arribo al país, era una simple y asequible venganza. Y si bien, lo que para muchos era poco importante, para algunos podía llegar a ser una vida.
Tardó casi una hora en llegar a la casa de Omar. Por suerte, el auto que Pepe le había dado tenía un aparato GPS, lo cual le había facilitado la tarea.
Ya casi era noche cerrada, y Carmen se apostaba frente al lugar. El vecindario era con casas grandes y voluptuosas, de gente que coleccionaba dinero. Estaba tranquilo, tal vez porque a los ricos les gustaba viajar en navidad, tal vez porque eran gente aburrida.
De seguro, el muy hijo de perra la estaría esperando. Lo llamativo era que él no festejaba ningún tipo de fiesta popular, dada su condición de renegado. Eso facilitaba el trabajo de Carmen, porque Omar se encontraría solo. Aunque en cierta forma, eso lo hacía todo más aburrido, menos interesante.
Revisó que la pistola estuviera cargada y chequeó que el cuchillo estuviera en el lugar correcto.
Sin nada por ganar, ni nada que perder, Carmen bajó del auto.
Y en ese momento, como si todo fuera un chiste para él, Omar abrió la puerta de entrada y salió a la vereda. Se paró bajo la luz del porche, vestido tan solo con una bata color borgoña, sin ningún calzado, y un gorro rojo con una pompa blanca. Un Santa Claus desquiciado.
—Carmen, corazón. Que hermosa sorpresa. ¿Vas a pasar Nochebuena conmigo?
Carmen lo miró fijo. Sus ojos rezumaban odio. ¿Cómo podía ser tan jodidamente descarado?
—Sabes que si, Omar. Pinche pendejo, esto no tenía porque ser así, ¿sabes?
Omar se encogió de hombros, como restándole importancia al comentario de Carmen. Luego bajó de forma leve su cabeza, entornó los ojos y la miró fijo. A su vez, Carmen sintió la pistola como una molestia en la cintura de su jean. Tenía que sacarla, pero si se precipitaba, Omar ganaría.
Una calle los separaba de vereda a vereda. Era un duelo, casi como en el viejo oeste, solo que el marco en esta ocasión era un barrio rico de Argentina, al cual se llegaba estafando o matando.
A veces, las dos cosas a la vez.
Luego de un minuto completo, Omar abrió su bata, mostrando que debajo tenía una enorme Itaca M37. Carmen fue rápida, pero Omar no estaba vivo a sus cincuenta y siete años por ser lento. Disparó primero, y le dió a Carmen en el hombro izquierdo. La bala salida de la pistola de Carmen fue a parar al muslo de Omar. Este se agachó, apoyando una rodilla en el suelo y dándole a la corredera del arma para efectuar un segundo disparo.
Apoyada contra la puerta del auto, Carmen tenía en la mira la cabeza de Omar. Jaló del gatillo, pero el arma se había trabado.
¿Pepe?
El muy jodido la había engañado.

Omar sonrió, viendo como Carmen se arrastraba por la puerta del auto, tratando de guarecerse detrás para encontrar refugio. Al parecer, su pistola se había trabado. Suerte para él. La pierna le dolía, le latía como un segundo corazón. Pero eso importaba poco, dado que iba a ganar y salir con vida una vez más.
Confiado, se puso de pie, listo para efectuar su segundo y definitivo disparo. No vió que Carmen sacaba una cuchilla de la bota y la tomaba por la punta, lista para lanzarla como un malabarista de circo.
Cuando Omar puso el dedo en el gatillo, presto a disparar, veinte centímetros de acero se metieron entre sus dos clavículas arriba del pecho. La fuerza del impacto hizo que se cayera de espaldas al suelo, con el mango del cuchillo sobresaliendo erguido. La sangre corrió rauda por su cuello y cuando Carmen se acercó a ver su cuerpo, Omar ya estaba muerto.

No hubo grito ni redención. Tampoco felicidad o algún tipo de iluminación. Simplemente, Carmen dió media vuelta y cruzó la calle con paso rápido (tan rápido como se lo permitía su reciente herida). No si antes sacar el cuchillo del cuerpo de Omar.
Tenía pensado hacerle sentir el filo a Pepe, mientras le decía Feliz Navidad.
Al parecer, la Nochebuena para Carmen, sería un poco más larga de lo previsto.

Había una vez

Por Carmen Gutiérrez.


Dedicado a Evelia Garibay.


     —Había una vez, hace mucho, mucho tiempo, una princesa que vivía en un enorme castillo...
     —¿Cómo se llamaba la princesa, mamá?
     —Felipa —contestó Evelia con suavidad.
     —¡No puede llamarse Felipa! —replicó su hijo frunciendo el ceño.
     —¿Juana?
     —¡No! ¡Es una princesa tiene que tener un nombre bonito!
     —¿Cómo quieres que se llame, entonces?
     El pequeño cerró los ojos tratando de concentrarse. Su madre lo miraba expectante. Verlo así, tan ensimismado le era muy grato. Después de tanto esfuerzo con terapias, ejercicios y cuentos, Evelia notaba algún cambio y estaba segura que sería un marcado progreso.
     —¡Ya sé! —exclamó el niño abriendo los enormes ojos oscuros con emoción— Se llama Evelia.
     Ella no pudo evitarlo y se acercó a besarle la frente.
     —¡Bien! Había una vez, hace mucho, mucho tiempo una princesa llamada Evelia, quien vivía en un castillo enorme rodeado de...
     —¡Pinos! —interrumpió el niño.
     —¿Pinos?
     —¡Mamá! Es navidad. Tiene que haber pinos... y luces... y regalos... y...
     —¡Esta bien! El castillo estaba rodeado de pinos con muchas luces y cubiertos de regalos... —hizo una pausa esperando que el niño interrumpiera pero como no fue así, continuó— La princesa estaba sola en el castillo...
     —No puede estar sola, mamá —dijo el niño poniendo los ojos en blanco y de pronto como si le pasara una idea por la cabeza se incorporó en la cama sin hacer caso de las mantas que se deslizaban al suelo— ¿Por qué tus princesas siempre están solas?
     —Bueno... —Evelia carraspeó un poco para aligerar su garganta pero ignoró la pregunta— La princesa no estaba sola, tenia muchos lacayos y amigos, además hacia muchas fiestas a las que asistían invitados de todo el mundo.
      —¿Esta fiesta es de Navidad, mamá?
      —Sí. Los carruajes llegaban uno tras otro llevando regalos y más regalos para todos los invitados —contestó Evelia colocando de nuevo las mantas en su lugar. 
      —¿Y el príncipe?
      —¿Qué pasa con él?
      —¿Venía en caballo? —preguntó el chico ladeando la cabeza—¿O en un burro como Shrek?
      —¡En un dragón! —dijo ella con ojos brillantes.
      —¿En éste cuento el príncipe es mi papá?
      —Podría ser... entonces el príncipe aterrizó en el techo del castillo y...
      —Mi amiga Nancy dice que el príncipe de su mamá siempre es un señor que se llama Brad Pitt. El otro día vimos su foto en una revista y sí parece príncipe —empezó a jugar con el pliegue de la manta— ¿Por qué mi papá es tu príncipe?
     —Bueno, en primer lugar la madre de Nancy tiene fijación con los hombres rubios; en segundo lugar a mí Brad Pitt nunca me ha rescatado. En tercer lugar tu padre es...
     —Mamá, ¿Qué quieres que te regale en Navidad?—interrumpió el niño por enésima vez.
     —No pido mucho, hijo mío. Quiero que seas feliz, que te conviertas en un príncipe y que no te pase nada —contestó Evelia  tratando de abrazarlo pero el chiquillo la esquivó para seguir hablando.
     —Má, no puedo ser un príncipe porque no soy un sapo —soltó una carcajada que hizo que su madre estallase en risas también—. Además Dori dice que si no quieres que me pase nada entonces nada pasará conmigo.
     —¿Dori?
     —La amiga de Nemo. Entonces ya te di una parte de tu regalo de Navidad —el niño hizo un esfuerzo y guiñó un ojo.
     —¿Oh sí? ¿Cuál de ellos?
     —Que si soy feliz, mamá.
     Evelia se puso de pie. De pronto, arreglar las cortinas de la habitación pareció ser muy importante. Cerró los ojos tratando de contener el nudo que se estaba formando en su garganta. ¡Tantas cosas habían pasado! ¡Tantas personas había perdido! Y todo quedaba saldado con ese pedazo de cielo que le había llegado un día y ahora la observaba en silencio. Al menos hasta que el cubo de rubick acabó en sus manitas y le distrajo.

     —Mamá.
     —Dime, mi amor —respondió Evelia.
     —¿Por qué tienes los ojos rojos?
     —Porque tengo sueño —ella se limpió una lagrima rebelde con el dorso de la mano y soltó un bostezo más falso que el cabello rubio de la mamá de Nancy.
     —Entonces acuéstate aquí conmigo y yo te contaré el cuento. ¿Sí?
     —De acuerdo —Evelia se acurrucó al lado de su retoño y se preparó para escuchar.

     El niño la cubrió con el borde de la manta, acomodó la almohada para que la cabeza de ella quedase más cerca y comenzó:
     —En una galaxia muy, muy lejana vivía una princesa que se llamaba Evelia. Tenía muchos sirvientes y todos adornaban los pinos de Navidad porque el príncipe iba a llegar a la fiesta en su dragón. A la princesa le gustaban los libros y el príncipe llevaba muchos además creo que le iba a pedir que se casara con él.
     —¿Me voy a casar con el príncipe?
     —Tú no, mamá. La princesa.
     —¡Ah!
     —Entonces la princesa dijo que sí se casaba pero que pedía de condición que le llevasen muchos regalos y el príncipe no sabía que llevarle.
     —Pero ya traía libros ¿No?
     —¡Mamá! No te atravieses en el cuento —dijo el niño fingiendo enfado.
     —Se dice no “interrumpas el cuento” y lo siento. No lo haré más.
     —¡Ok! —respondió el chico torciendo la boca— Si me untirrumpes no sigo ¿eh?
     Evelia se llevó una mano a la boca, cerrándola con un cierre imaginario.
     —Entonces el príncipe voló en su dragón por todo el reino, buscaba los regalos perfectos para la reina... princesa, perdón. Y cuando el dragón se cansó de volar le dijo: “Príncipe, creo que nos perdimos” entonces tomaron un taxi y se fueron a una tienda... Sí, mamá, es un taxi muy grande para que el dragón cupa.
     —Quepa —corrigió Evelia antes de darse cuenta. Al notar su error volvió a sellar los labios y fingió poner un candado.
     —Pero en la tienda no encontraron nada y el príncipe estaba muy triste y lloraba y lloraba por que no se podía casar con el dragón, digo, la princesa. El niñito Jesús le dijo que no llorara porque se iba a ensuciar la cara y la princesa no se querría casar con él por tener la cara sucia. Le dijo que fuera a la casa de la princesa y fuera a la pastorela y Santa Claus le iba a dar un regalo para su novia.
     Evelia abrió la boca para preguntar algo pero el pequeño se llevó el dedito a los labios ordenando que callase. Como lo había prometido antes, ella se resignó a quedarse con la duda de por qué habría una pastorela en un castillo donde Papa Noel les daría regalos.
     —La princesa estaba bailando en medio de la pastorela y ¿Sabes qué? Tenía un traje de la Virgen María y todos cantaban: “Los castores a Belén corren presurizados, llevan de tanto correr, los zapatos agujerados” ¿Por qué se agujeran los zapatos cuando corren, mamá?

     Ella preguntó con señas si podía hablar. El niño asintió. Evelia reprimió una carcajada y contestó con mucho esfuerzo por parecer seria:
     —Quizás los “castores” no se habían cortado las uñas, mi amor.
     El chico pareció analizar la respuesta, luego tomó aliento y continuó:
     —Al final del baile, el niño Jesús se acercó al príncipe y le dijo: “Santa no puede venir, a un reno se le desinfló una pata. Pero me dijo que te diera esto” y ¿Sabes qué era, mamá?

     Ella negó con la cabeza, interesada en saber el regalo que le daría su príncipe.
     —Era una cajita de cristal con una chispita adentro. La chispita chocaba contra las paredes de vidrio tratando de salir, pero no se quería escapar ¿Eh?
     —¿Ah no?
     —No. Lo que pasa es que la chispita estaba aburrida. Cuando el príncipe se la dio a la princesa, ella abrió la cajita y la chispa salió volando por todos lados —hizo un movimiento con el dedito señalando el trayecto imaginario de la chispita imaginaria—, hasta que chocó con el corazón de la princesa y ahí se quedó adentro. La princesa se casó con el príncipe y la chispita se convirtió en un niño, que venia con tres paquetes.
     —¿Y qué tenían los paquetes, hijo? —preguntó Evelia sonriendo.
     —Un sapo que se convirtió en príncipe, pero era un sapo muy bonito ¿Eh? Un paquete de felicidad y ¿Sabes qué más? Muchas cosas por pasar. Fin.

     Esta vez no se pudo apartar a tiempo y quedó atrapado en un abrazo tembloroso y largo que su madre le dio. Duró más de lo habitual porque Evelia estaba tratando de contener las lagrimas para que el niño no la viera llorar. Cuando pudo controlarse lo soltó y arropó para que no tuviera frío, le dio un beso de buenas noches y salió de la habitación lo más rápido que pudo. 

     Al entrar a su recámara Lou le preguntó:
     —Amor, ¿Por qué tienes los ojos rojos?
     —Porque tengo sueño —contestó ella mirándolo con ternura—. Buenas noches, mi príncipe.
     Y se durmió con una sonrisa en los labios.




El mejor regalo

Por Evelia Garibay.


Dedicado a Juan E. Bassagaisteguy.


Juan Esteban miraba detenidamente las fotos del álbum, no podía creer que los pibes ya no eran pibes.
Juanito, su hijo mayor, estaba a 5 meses de convertirse en padre por primera vez, y vivía en la capital, era contador, como su padre.
Quién iba a imaginar que la chispa que prendió cuando a los 8 años Germán ganó aquella mención en el Concurso Literario “Letras en Rauch 2011” no iba a apagarse nunca y que su vida era escribir, primero como columnista y ahora, con su primer novela publicada.
El “pequeño” Valentín seguía siendo un polvorín que no se detenía ante nada enfrentando siempre con buena cara todo lo que la vida le presentaba.
Se acercaba la navidad, y uno a uno sus tres hijos se habían disculpado diciendo que no iban a poder llegar, cuando hablaba con ellos por teléfono no demostraba lo triste y decepcionado que se sentía para que ellos tuvieran unas buenas fiestas; Mariana le decía que pasar solos las fiestas no iba a ser tan malo, tenían amigos y familiares a los que visitar.
La fiesta de año nuevo iba a llegar enseguida y entonces verían a sus hijos.
La casa era solo para los dos, Mariana y Juanes, Juanes y Mariana, casi se sentía como si fueran recién casados, aunque extrañaban a los chicos, los extrañaban mucho pero ninguno de los dos lo admitía para no poner triste al otro.

—Juanes, despierta, no tengo mucho tiempo —la forma dormida se agitó en la cama pero no despertó.
—Un rato más papá —murmuró sin abrir los ojos.
—No soy tu padre, ¡despierta!
Juanes se sobresaltó y se sentó de golpe en la cama, efectivamente, no era su padre quien estaba parado junto a la cama, era un hombre de mediana edad que llevaba bigote y barba de candado, le sonaba la cara de algún lado pero no identificaba de dónde.
—¿Quién eres? —preguntó asombrado, mientras se ponía de pie y al mismo tiempo se dio cuenta que no estaba en su habitación —¿Dónde estoy?
—Todo a su tiempo —respondió el hombre— me llamo Laurent; Laurent Bassagaisteguy.
—No puede…
—Claro que puedo y aquí estoy —respondió Laurent algo desesperado porque Juanes no acababa de entender que estaba pasando— sé que crees que esto es imposible, pero no lo es, tu tristeza es tan grande que llegó hasta mí y estoy aquí para alegrarte un poco, esta es la casa en donde viví, en donde nacieron mis hijos y en donde morí, estamos en Saint Jean de Lux, bienvenido hijo, bienvenido —dijo sonriendo— porque de una forma u otra, tu eres uno de mis descendientes, uno de mis hijos.
Juanes no salía de su asombro y miraba hacia todos lados, comenzó a notar la ausencia de los apagadores de luz, de los focos en el techo, se dio cuenta que era verdad, estaba en una casa antigua.
—¿Pero… —intentó hacer una pregunta.
—¿Quieres seguir con las preguntas o quieres conocer la casa? Ponte el abrigo, afuera hace frío.
Sin preguntar nada más, Juanes tomó el abrigo que estaba en el perchero al lado de la cama y comenzó a ponérselo cuando escucho la voz de Mariana que llegaba de muy lejos.
—Juanes, despierta, te tengo una sorpresa.
La habitación a su alrededor desapareció, cuando abrió los ojos y se encontró con los ojos de su esposa que lo miraban llenos de amor, el enojo por no haber podido ver la casa de los Bassagaisteguy en Francia, se disipó.
Y la mayor sorpresa fue cuando se dio cuenta que detrás de su esposa se encontraban sus tres hijos y su nuera.
—Despierta dormilón —dijo Valentín con su pícara sonrisa— vamos a perder el vuelo.
—¿Cuál vuelo? —murmuró aun medio dormido.
—El que nos va a llevar a Francia —respondió Germán— como siempre has querido papá, todos juntos.
—¡Feliz navidad papá! —terminó Juan mientras se acercaba y besaba a su viejo en la frente, la mirada de asombro de su padre fue lo mejor de esa navidad.

Cena imprevista

Por Ester Carillo.


Dedicado a William Zelada.


Un año más, William se dispuso a pasar la cena de Nochebuena solo. A veces, echaba la mente atrás intentando recordar cuando había sido la última vez que había celebrado esa fecha con alguien. Ya no se acordaba.
Fuera, la nieve estaba empezando a cuajar y un grupo de niños ataviados con alegres abrigos y bufandas de colores correteaba entre risas y júbilo por las calles del pueblo, tocando de puerta en puerta para cantar villancicos a los vecinos a cambio de golosinas.
Dentro de casa, en cambio, el silencio era ensordecedor, el reloj de pared marcaba impasible el paso de los segundos, de los minutos, de las horas, y un único tronco chisporroteaba en la chimenea.
Alguien muy querido para él le dijo una vez, hacía ya mucho tiempo, que todos los deseos se hacían realidad durante esa noche. Sin embargo, esa persona hacía ya mucho que ya no estaba y el deseo de William parecía que nunca se llegaba a cumplir.
Se acercó al aparador y sirvió dos vasos de jerez, después se sentó cansinamente en la mesa del comedor y empezó a beber mientras colocaba el segundo de los vasos enfrente, para un interlocutor invisible.
Solo, no podía estar solo. No se merecía eso; él era un buen muchacho, algo tímido,  pero siempre dispuesto a ayudar si estaba en su mano. Entonces, ¿por qué estaba siempre solo? Pensó en los cuentos de Navidad, en todos los que conocía y le vino a la mente el de Ebenezer Scrooge escrito por Charles Dickens. El señor Scrooge había sido un hombre avaro, cruel incluso, toda su vida, y en el último momento recibe la visita de tres fantasmas que le ayudan a cambiar su mentalidad y volverse más amable y bondadoso. ¿Por qué a él no le visitaban esos fantasmas? Al menos así no estaría solo.
Apuró el jerez y se acercó a la ventana. Corriendo los visillos y con una punzada de tristeza, dirigió la vista a la casa de enfrente, que estaba alegremente adornada con luces amarillas en la fachada y un gran abeto lleno de bolas y estrellas; era la casa de Nora.
Nora y él trabajaban juntos en el restaurante del pueblo. Ella era cocinera y él su pinche. Llevaba dos años bajo su tutela, el mismo tiempo que llevaba enamorado de ella.
Era sumamente exigente, tanto consigo misma como con el trabajo de los demás, nunca se tomaba descansos, jamás había faltado a trabajar y siempre estaba intentado mejorar las recetas, aunque en la mayoría de los casos no se pudiese lograr puesto que Nora cocinaba maravillosamente.
William había aprendido mucho de cocina gracias a ella. Le encantaba observarla trabajar; cómo removía salsas, montaba cremas, cortaba verduras con movimientos elegantes, casi tiernos. Los clientes acudían al restaurante en pos de cualquiera de sus platos, pero eran sus postres los que habían hecho correr el nombre del local de boca en boca no sólo entre los vecinos del pueblo, sino también, entre los habitantes de pueblos cercanos.
En cierta ocasión ella le había confesado que tenía un gusto terrible para la música, y que apenas sabía nada sobre los grupos que sonaban en la actualidad. Para él, la música era una de sus grandes pasiones, por eso, estuvo encantando de grabarle varias cintas con sus cantantes y grupos favoritos.
Todos los lunes, entraba en la cocina del restaurante con una nueva cinta para Nora y ella sonriendo avergonzada al leer los nombres de los grupos en la carátula exclamaba: “¡Pero si no conozco a nadie!”
Poco a poco Nora y él se convirtieron en grandes amigos; charlaban continuamente mientras trabajaban entre fogones, se reían, compartían impresiones sobre cualquier tema: cocina, política, arte... Muchas noches, cuando William no podía dormir y daba vueltas en la cama, se ponía a pensar en Nora y en lo maravillosa que era, en lo mucho que la quería y que era la primera persona que había en su vida a la que podía considerar como amiga y anhelaba desesperadamente poder compartir algún día su vida con ella. 
Entonces, una noche, cuando el restaurante ya había cerrado y estaban los dos solos  terminando de cenar una de las nuevas recetas de Nora, él se le declaró. Ella al principio se revolvió incómoda en su silla bajando la vista al plato y le contestó que necesitaba tiempo, que lo había estado pasando mal por una relación anterior, que se sentía muy a gusto a su lado pero que necesitaba aclarar un poco sus ideas.
Pero él, enamorado de ella como estaba, no supo entender su postura y abrazándola torpemente le suplicó que le correspondiese. Por toda respuesta, Nora se zafó de él y salió de la cocina dando un portazo.
Al día siguiente pidió a su jefe un cambio de turno para no coincidir con él. De hecho, habían transcurrido ya dos semanas en las que no había vuelto a tener noticias suyas, y había pasado esos días con tristeza en el restaurante.
William suspiró y se alejó de la ventana. En la cocina, vertió en un cazo el preparado de lo que según el fabricante era una deliciosa sopa de verdura y se dispuso a poner la mesa. Bajó de un estante uno de los cuencos más descoloridos y ajados que tenía. Puesto que iba a cenar solo no había ninguna necesidad de sacar su mejor vajilla.
El timbre de la puerta le sobresaltó, ya que como venía siendo una triste tradición, no esperaba visitas en Nochebuena.
Al abrir la puerta se encontró con la cara sonriente y pecosa de Nora. Iba muy cargada. En sus brazos llevaba una fuente de horno tapada con papel de aluminio, y a través de él, salía un aroma delicioso a pavo asado que inundaba la entrada.
— ¡Puaj!- exclamó ella arrugando la nariz — ¡Esto huele fatal! ¡Trabajas conmigo desde hace dos años y en todo este tiempo has sido incapaz de hacer una vulgar sopa! ¡Vaya pinche de cocina me ha tocado en suerte!
William la contemplaba atónito, incapaz de decir palabra. Cierto era que había fantaseado muchas veces con la idea de que Nora cruzase un día los metros que separaban su casa de la suya y se detuviese en su puerta, tal cual estaba sucediendo en ese momento.
Nora entró apresuradamente en la minúscula cocina de William e introdujo el pavo en el horno para mantenerlo caliente.
—Te debo una explicación. En estas semanas que he estado sin ti he echado de menos tu compañía, nuestras charlas y nuestros guisos. Por eso no quiero volver a pasar un solo día sin ti. Te necesito William. Te necesito en mi vida aunque prepares las peores sopas de la historia.
William sonrió abrazándola y desde aquel año no volvió a pasar la cena de Nochebuena solo, pues tenía a Nora.

Navidad Inc.

Por Pepe Martínez.


Dedicado a Leonardo Chirinos.


1
Como es la tradición a llegado el día en que los jóvenes pueden elegir un trabajo permanente en la Villa, y como es la costumbre serán guiados por todos los departamentos.

—Escuchen con atención pequeños—dice Markus el jefe de los elfos—. Hoy elegirán un oficio permanente, se que son jóvenes, cuando yo tenía ciento cincuenta años como ustedes pase por lo mismo, tómenlo con calma.
—Así lo haremos maestro—responden en un corillo los cuatro alumnos frente a él.

Comienzan el recorrido en el taller de juguetes, los dos primeros en interesarse son los gemelos Taríl y Lírat juntos hacen un equipo excepcional mueven y giran las manos haciendo levitar las piezas en una hermosa danza, las cuales se fusionan para dar vida a los juguetes. Markus no los detiene han escogido su tarea y parece que la disfrutan.

—Por este lado encontraremos la cocina—dice el viejo elfo abriendo un puertecilla dejando escapar los dulces aromas de la cocoa caliente y los biscochos.

Lanny esta hipnotizada, la leche caliente se desliza por los aires entre las pequeñas explosiones de chispas de chocolate y los frutos secos bailan sobre las tartas. Sin decir palabra alguna ya se encuentra colocándose un mandil y un gorro blanco, los elfos de la cocina le dan la bienvenida.

—Parece que solo quedamos tú y yo Leo—dice Markus.
—En efecto maestro, nuevamente nos hemos quedado solos—dice Leo con la cabeza gacha.
—Terminaremos el recorrido, pero esta vez…
—¿Cuál es el objetivo de esta farsa?—pregunta Leo con ira reprimida—. Ya hemos pasado por esto durante diez años, ninguna tarea me atrae.
— Muchacho deja que termine — dice Markus reprendiéndolo—. Eres despistado y te distraes con mucha facilidad, parece que estas en otro mundo, es por eso que esta vez iremos con el Jefe.
—¿Con el Gran Jefe Rojo?—pregunta Leo con incredulidad.
—Así es muchacho, como bien sabes él es el encargado de diseñar todo lo que se fabrica, para ello se necesita una gran imaginación e inventiva.—al decirlo hace un guiño con el ojo derecho y una sonrisa de medio lado de forma divertida—. Talentos que al parecer posees o eso cree él.

En las callejuelas nevadas los dos hombrecillos vestidos de verde y rojo caminan bajo la ventisca nevada, en el rostro del más joven se logra percibir la felicidad en estado puro, falta poco para llegar a su destino cuando todo se transforma en una mancha de color anaranjado.

2
El dolor que siente en la pierna derecha es originado por el trozo de madera que lo atraviesa, el zumbido en los iodos le da la sensación de tener miles de navajas afiladas destrozándole el cerebro, la bomba detono justo en la Cabaña de las cartas. Busca con la mirada a Markus, lo único que encuentra de él son sus zapatillas y una enorme mancha rojiza destrozando la blancura virginal de la nieve. Logra distinguir a cientos de mortales portando lanza redes, ve como sus hermanos elfos son capturados. No ofrecen resistencia, la sorpresa de la agresión los tiene confundidos, con lo cual quedan  imposibilitados para usar su magia. Los Renos son los siguientes en caer, todo está fríamente calculado las jaulas llegan desde el cielo apresando a las nobles criaturas. El único en ofrecer resistencia es el Gran Jefe Rojo. Pero es inútil, las armas que portan los invasores lo apresan sin dificultad alguna. En solo unos minutos la acción termina dejando la villa destrozada y solitaria. El ataque es inconcebible. ¿Quién podría atacar al Polo Norte?

 Él se pierde en la nebulosa inconsciencia. Cubierto por la sangre de su mentor lo dan por muerto.

3
N.Inc nace de la fusión de Santa Claus S.A. y Papa Noel Corp. en el año 2015, paulatinamente las pequeñas empresas como Tío Nadal S.P. y San Nicolás de Bari A.S., se incorporan a la gran familia de N.Inc y su gran manufactura de juguetes para toda la familia.

La empresa  logra el éxito en el 2016 al ofrecer todos los insumos para las fiestas de ese año, juguetes de una calidad excelente, alimentos tradicionales y adornos a precios bajísimos. Gracias a la compañía todas las familias de Europa y Norte América festejan una feliz Navidad Inc.

En el 2020 Green Peace y la Sociedad de Derechos Humanos Mundiales (SDHM) intentan cerrar las diez fábricas insignia de N.Inc distribuidas por todo el mundo. El alegato judicial se basa en contaminación ambiental y explotación laboral. Los directivos de N.Inc invitan al Gobierno Mundial a entrar a las fabricas y constatar por ellos mismos que no hay tal contaminación.

En el 2021 el Gobierno Mundial termina la inspección en las fábricas de N.Inc y expide un comunicado desestimando las demandas. La empresa multinacional demuestra que trabajan con una fuente de energía nueva y prácticamente inagotable libre de contaminantes, las fábricas están totalmente automatizadas empleando una nueva tecnología basada en la mecatronica. Ese mismo año la Navidad Inc. se festeja en cada hogar del mundo conocido por el hombre.

Para el año 2030 el Gobierno Mundial comisiona a N.Inc para la fabricación de los artículos de uso diario para el humano promedio. Las altas demandas de productos obligan a la compañía a recorrer el día oficial de Navidad Inc. en tres meses.

La empresa decide aplazar a seis meses el festejo de Navidad Inc. en el año 2071 debido al gran pedido armamentístico del Gobierno Mundial.

La guerra civil estalla en el 2109, debido al conflicto, N.Inc congela la producción de artículos para el festejo de Navidad Inc. y se enfrasca de lleno a la elaboración de suministros de guerra e insumos alimenticios para los afiliados al Gobierno Mundial.

A mediados del 2120 el Gobierno Mundial es derrocado y N.Inc cae con él. El Nuevo Orden Mundial clausura las fabricas de N.Inc. No se festeja Navidad Inc. nunca más.

4
Ha olvidado las prendas de colores llamativos, va ataviado con un grueso abrigo color marrón tan largo que arrastra por el suelo debido a su corta estatura, y en la cabeza lleva un gorro de color negro que cubre a la perfección sus orejas puntiagudas. Los tiempos que corren son mucho mejores desde que la N.O.M. (Nuevo Orden Mundial) está al mando, pero el ocultar su aspecto ya es un habito arraigado en él.

El día siguiente será Navidad, —la verdadera, no la mierda que se inventaron hace docientos años— los de su estirpe lo saben muy bien, lo puede sentir en los huesos. Camina con paso lento al salir de la estación, el gélido vendaval hace que su pierna derecha duela como el demonio haciendo más notoria su cojera. Se alegra de haber bajado del aero-tren, nunca fue bueno con las maquinas de viaje, cuando era niño—tal vez cuando cumplió los cuarenta años—viajó una vez en trineo con Markus y el color canela de su piel se torno pálido y cetrino.

—Señor Chirinos, señor…—dice una voz juvenil a su espalda, el temor lo invade al pensar que lo han descubierto—. A olvidado se DNI en la aduana.
—Oh, es verdad, gracias jovencito—responde con una sonrisa bonachona.
—No hay por qué agradecerlo.
—Que pases una feliz Na…

Deja la frase sin terminar, el chico ya regresa corriendo a la estación, no puede evitar sentir nostalgia. El acto que ha hecho joven es digno de ponerlo en la lista de los niños buenos, pero esta Navidad no hay regalos.

5
Encontrar la fábrica fue de lo más fácil, las personas con total amabilidad le han dado las indicaciones pertinentes. Esa amabilidad sincera es otro de los indicios del espíritu navideño, habran olvidado las fechas y el que se festeja, pero algo dentro de ellos los incita a ser bondadosos con sus congéneres. Puede que aun haya esperanza.

6
Sentado sobre una roca la espera lo tiene impaciente, falta poco para la Nochebuena—la única noche del año donde su magia es mas poderosa— y la antigua magia recorrerá sus venas. Ya la siente fluir dentro de su viejo corazón y esparciere por todo su sistema, desde la punta del dedo gordo del pie, hasta la coronilla. Respira tranquilo y se concentra, ha de pensar en el diseño perfecto que lo ayudara a traspasar las puertas. Con movimientos delicados abre las palmas de sus manos, en la punta de los dedos se concentra la magia. Las rocas flotan a su alrededor y se golpean entre sí, dando a luz a su creación: un enorme martillo de roca firme. Con un movimiento raudo de mueca lo hace balancear y golpea las herrumbrosas puertas de la fábrica, un pequeño hueco aparecen entre ellas los suficientemente grande para que pueda entrar. Es hora de entrar al corazón de la bestia.  

7
Recorre los pabellones de la manufacturera, cada paso que da es más difícil que el anterior. Por cada giro y cada puerta que conecta a otra sala vislumbra los cadáveres momificados de los elfos. Lo que más le duele es verlos encadenados a las maquinas por las decenas de tubos y cables incrustados en sus cuerpos.

 —¡Maldito sea aquel que descubrió la localización de la Villa y maldito el que ha osado extraer la magia de sus cuerpos para unirlo a estas maquinas!— dice en un grito de ira, antes de romper en llanto.

Parado frente a las líneas de ensamblaje recorre sus mangas hasta los codos y como un director de orquesta esgrima las manos,  liberando así a sus hermanos. Las lagrimas recorren su piel morena, dar santa sepultura no es lo tenía en mente cuando empezó su búsqueda. Cada uno de los cuerpos levita por el aire y se coloca en el suelo, aun quedan horas de magia poderosa y gracias a ella diseñara una tumba hermosa.

Ya casi ha terminado, es poco lo que queda. Cuando un gemido de dolor lo altera, sin pensarlo dos veces corre por los oscuros pasajes. Frente a él se encuentra la cámara secreta, un vidrio mugriento lo separa de su objetivo, pero logra ver sus movimientos. Esta vivo e intenta liberarse, sin duda alguna la magia lo ha revitalizado. Se olvida de la magia y corre contra el vidrio haciéndolo mil pedazos, y ahí se encuentra a la hermosa criatura.

—Tranquilo, tranquilo—dice a la criatura—.Soy yo Leonardo.

Es triste ver al reno, los cables conectados a su lomo lo lastiman, su cornamenta esta maltrecha, pero lo peor de todo es que su nariz ya no brilla.

—Ya no hay más que temer Rudolph, no estaremos solos nunca más—le dice al animal acariciándole el hocico—. Tenemos que ser fuertes, aun hay esperanza. Si tu estas vivo el también lo estará, sé que en la siguiente Nochebuena encontraremos a Nicolás.

Navidad al Cuadrado

Por Camila Carbel.


Dedicado a Pepe Martínez.


     Todo tiene un final. La mayoría de las personas se entristecen. Quizás por que algunos sean repentinos y nos sorprenden. Otras veces lo sabemos desde el inicio, pero creemos que falta mucho tiempo. Por eso Pepe se sorprendió al ver en su teléfono celular la fecha 21 de Diciembre, ya fin de año.

     Comenzó a realizar un balance mental. Estaba muy cansado por el trabajo, este año, había sido duro y era muy triste ver a tanta gente mal. Si bien su trabajo consistía en ayudar a esas personas a mejorar, pero ver la imprudencia e irresponsabilidad todos los días, no era nada agradable. Dentro de todo, su salud había andado bien y por suerte la de su familia también. Su hija había tenido un buen rendimiento en la escuela, por lo se sentía muy orgulloso.

     Lo siguiente que pensó, fue que, debía comprar las cosas para que Lorena, su mujer, preparara la cena el 24, Nochebuena. Pero no se le ocurría algo nuevo, siempre eran las mismas comidas, con casi las mismas personas y en el mismo lugar, hasta era el mismo mantel todos los años. Eso debía cambiar. Decidió dejar el tema de la comida en manos de su mujer y salir de compras. Solo, sin Lore y ni Hannah su pequeña hija de 6 años.

     Primero fue a una tienda de decoraciones, y compró unas luces de colores y un par de hermosos candelabros. Luego un mantel con diseños navideños y platos nuevos, solo 6, por que esa noche estarían ellos tres, su hermano y la novia de él.

     Cuando salía de la tienda, vió a una joven alta, de unos 26 años, que no le sacaba la vista de encima. La miró detenidamente, el también, le parecía conocida, pero no estaba seguro. La muchacha tomo coraje y se le acercó.

—    ¿José? ¿Pepe?—preguntó con un brillo en su mirada.

     —Sí—respondió con cierta duda en su tono el aludido.

     —Hay que alegría verte—dijo la joven mientras se le tiraba encima para darle un beso y abrazarlo. — ¿No me reconoces? ¡Soy Julieta! De la escuela…

Los ojos de Pepe se abrieron como platos por la sorpresa. No veía a Julieta desde hacia más de 8 años. Y ambos habían tenido una historia, no muy larga, pero sí algo complicada y llena de pasión, típica de adolescentes. Habían sido una especie de novios por algunos meses.

     —Juli, ¿como andas? Tanto tiempo. ¡Disculpa que no te reconocí!— Fue lo primero que se le vino a la cabeza. 

     Y comenzaron a charlar, le contó que hace pocos días había visto a otro compañero del colegio, también, que estaba viviendo sola, en un departamento no muy alejado del centro de la cuidad, además le contó que tenia un buen trabajo Pero lo que más le sorprendió a Pepe fue que lo invitara a conocer su departamento. ÉL lo pensó, andaba con tiempo disponible, ya había comprado todas las cosas que deseaba, solo le faltaba ver el regalo para Hannah pero aún no había arreglado ese tema con su esposa. Pero cuando Julieta le empezó a contar que estaba soltera y deseaba enamorarse y formar una familia, y empezó a decir que era sorprendente que el destino los haya vuelto a cruzar, desistió de la idea, Julieta esperaba otra cosa, y Pepe solo quería conversar con una vieja amiga.

     Le rechazó la invitación, mientras pensaba en Lorena y en que estaría haciendo ella Se despidió apresuradamente de Julieta, y volvió caminando su casa. En el camino pensó en la hermosa familia que había formado. No es que no se diera cuenta antes, pero uno no valora las cosas bellas de la vida todos los días.

     Estaba contento de que el destino, como dijo Julieta, lo haya cruzado con su ex pareja. En ese momento se dió cuenta que el amor que se tenían con su esposa seguía intacto. No le importaba Julieta ni ninguna joven, por más bonita y simpática que fuera. Amaba a su mujer. Y estaba totalmente convencido de ello.

     En el camino vió una tienda de ropa femenina y como nunca, decidió entrar, para comprarle algo lindo para su mujer, aunque no sabia absolutamente nada de moda. Se terminó decidiendo por un lindo vestido rojo oscuro.

     Era genial terminar el año así. Trabajo estable, cansador, pero servía para pagar los gastos de la familia. Una hija sana y feliz y casado con la mejor mujer y madre que podía existir en la faz de la tierra.

     Abrió la puerta, aún sin saber como iba a esconder el regalo para Lorena. Cuando pasó para la habitación, la divisó sentada en el sillón viendo una película. Escondió su regalo en el placard y fue hasta la habitación de Hannah, la cual pintaba muy entretenida en un libro para colorear. Le dió un beso y se dirigió nuevamente al living. Se sentó al lado de su mujer, y le pregunto que película estaban pasando, aunque ya había visto al actor principal y sabia de cual se trababa, Constantine.

     —De nuevo con esa película, amor?

     —Y bueno, estaba viendo Sex and y City y luego empezó la peli y no me pude resistir.

     —Ya la viste como mil veces—Comento Pepe en voz alta, casi sin darse cuenta.

     —Sí ya sé, pero cada vez encuentro un detalle distinto.

     Ambos rieron a carcajadas. Él le dijo que estaba hermosa, ella lo abrazo y fueron a ver que pintaba Hannah.



     El 24 de Diciembre, Lorena Serrano le pidió a su marido José Luís Martinez alias Pepe que pusiera la mesa, mientras ella seguía preparando las ensaladas y la carne. Él había esperado todo el día por esas insignificantes palabras, por lo que en seguida comenzó con la tarea asignada.
     Cuando su esposa entro al comedor casi emite un grito de la sorpresa, lo que veía no parecía su casa. Un mantel color blanco con detalles dorados y rojos vestía la mesa, en la cual había seis copas, que casi nunca usaban, unos hermosos y grandes platos cuadrados blancos, y dos horribles candelabros. Su marido tenia un gusto fatal para la decoración, y no le gustaba que comprara cosas sin consultarle, pero el gesto era hermoso. Nunca le dijo su opinión de los candelabros, pero sabia que una vez terminada la cena, los guardaría ella y quizás nunca más los usarían. Pero grande fue su sorpresa cuando entró a la habitación y vió sobre la cama un vestido bordó. Ansiosa como era, Lorena se lo probó, le quedaba calcado. En ese momento se olvido de los candelabros.

     Sin duda sería una Navidad distinta. Lorena sabía que esa noche iba a ser especial para toda la familia.

     Abrazó y felicitó a su marido, ambos estaban muy contentos. Pepe la miro a los ojos y le dijo que la amaba, ella asintió con una mirada especial mientras sonreía. Sabía que era así y estaba agradecida por tener a su lado semejante hombre.

    A la hora indicada llego Alejandro con su novia. Ambos se sorprendieron al ver la gran mesa que estaba preparada, había comida para todos los gustos a pesar que eran pocas personas. Pero había que disfrutar, era Navidad. 

    Minutos antes que comenzara el día 25 de Diciembre, salieron todos a la vereda para ver los fuegos artificiales. Mientras Alejandro conversaba con su chica y Hannah jugaba con unas pequeñas bengalas, Lorena se acerco a Pepe y lo abrazo.

     —Feliz Navidad, mi amor.

     —Gracias dulzura.

     —Oye mi saludo es por dos— Se quejó Lorena, mientras los ojos de Pepe amenazaban con salir de sus órbitas. Trató de decir algo, pero no le salía la voz. Y aunque hubiera podido pronunciar palabra las bombas ya sonaban en el cielo. Por lo que se limitó a tocar el vientre de su mujer. Élla asintió, él le dio un largo beso, lleno de amor y ternura.

     Sin duda una Navidad única e inolvidable.