Mostrando entradas con la etiqueta Sergio Bona. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sergio Bona. Mostrar todas las entradas

sábado, 9 de mayo de 2015

7º Especial de Sábados de Brutos Escritores



[Sin título]
Por Calista Manríquez.

Jugar a ser valientes nunca había sido su fuerte. Incluso, no le avergonzaría decir frente al mundo que era un cobarde.
Frente a todo el mundo menos frente a ella. La linda pelirroja que le robaba el sentido común y convertía sus fluidas palabras en un montón de silabas entrecortadas y mucha veces sin sentido.
Así que cuando ella le dijo que probara su valentía él tomó su linterna y se metió por entre los sucios y laberínticos pasillo de aquel abandonado edificio.
Estaba oscuro, sucio y solitario. Su mente racional le decía que todo ese asunto de los fantasmas solo era un mal chiste usado para asustar a los ilusos, que él no era así, que él no debía temer, que debía esperar los 15 minutos de la apuesta y salir vencedor.
Último pasillo, una única luz y la clara sombra de una niña.
"Quizá deberías empezar a creer"


[Sin título]
Por Eva Leonor García Bogado.

Se alejaba al fin de si misma.
Por ese pasillo que conocía al detalle, que guardaba sus ecos, sus huellas, su sangre primera, su horror.
Simplemente lo decidió así. Espontáneamente. Ya sin miedo ni rencor. No sabia del tiempo, ni del frío ni el adiós.
Olvidada de ella, se fue. No se llevo. Y estuvo bien. Mora ahora en otra, en todas. Ella sos.


[Sin título]
Por Miguel Ángel Di Giovanni.

Familia Valenzuela:
Primeramente agradezco haber elegido nuestra firma para la refacción.
Como dijimos en la charla telefónica, el objetivo era convertir su casa en un espacio humano.
Ya en el estudio, con la arquitecta Quivera nos abocamos a proyectar una mejora en la iluminación natural del corredor que conecta habitaciones, sala y patio. Al ampliar las fotos vimos lo que nos pareció un defecto, pero no. En la foto (que saque yo mismo y en vuestra presencia), se ve claramente una extraña silueta femenina.
Conmocionada, la señorita Quivera hace un llamado, y pasándome el celular dice “cuéntele arquitecto”. Me presenté. Expliqué lo que ocurría. Del otro lado de la línea me piden un mail con la foto. Eso hice. Cuarenta minutos después sonó el celular. Familia Valenzuela, la voz del otro lado de la línea dijo: Abandonen la casa, y cortó.
Por eso, apreciada familia, renunciamos realizar la obra.
Atte. Arquitecto Salvador Castañeda


[Sin título]
Por Luis Seijas.

Esta sentado en el pasillo sintiendo como el frio del piso se apodera de sus nalgas. Ve la pantalla de su computadora y el cursor titilando le taladra los ojos. No sabe sobre qué escribir.
Alza la vista y los bombillos se apagan uno a uno. Vuelve a su página en blanco esperando que la musa le llegue.
Los bombillos titilan y la ve...
Sin pensarlo sus dedos empiezan a golpear las teclas.


[Sin título]
Por Matías Raña.

Un paso. Eco. Otro paso. Eco. Silencio.
Una risa cálida, inocente, se escapa entre el ladrillo húmedo de las paredes.
Ella sabe que el miedo es la reacción adecuada. Más siente el más profundo acceso de ternura y empatía.
“Así es la entropía”, advierte la niña. Suena inteligente, algunos dirían ancestral. Su interlocutora asiente. Las epifanías no se discuten.
Durante toda su vida la mujer padeció la presencia de la niña en los pasillos, en recovecos sombríos. La niña que pervertía lugares sacrosantos con su fantasmal figura.
Siempre con un paso, el eco consiguiente, y el silencio.
Hasta ese día.
“Así es la entropía”, repite ella, mientras nota que el dolor de ovarios que ningún analgésico pudo calmar había desaparecido.
Repite las palabras cual mantra al mismo tiempo que da cuenta que lleva un vestido corto.
Repite las palabras mientras camina hacia la luz, aceptando por fin su destino.


La búsqueda
Por Juan Esteban Bassagaisteguy.

Camino por el pasillo del hospital y no lo encuentro. Estoy sola pero eso no me preocupa. Y no estoy asustada, como cuando tenía dos o tres años. No. Ahora ya tengo doce, soy mayor y me las tengo que aguantar.
Él no tuvo piedad de mí y no me olvido. Tenía dieciocho años y era mi papá. Y dio el visto bueno para que, con solo dos meses de habitarla, me rasgaran de la panza de mamá.
Privilegió estudiar para ser médico, que amarme y ser padre por primera vez. Y yo, en aquel entonces, no me pude defender.
De todas maneras, sé que algún día, ya recibido, volverá a Rauch para trabajar en el hospital (cómo no saberlo, si soy —fui— su sangre).
Y ahí finalizará mi búsqueda, para bien o para mal.


[Sin título]
Por Ultraman SesentayTres Libros.

La luz al final del pasillo es un imán y un destino para Ana, quien camina por el corredor hacia su encuentro. Avanza despacio, como tanteando con sus pies cada baldosa y de cada baldosa cada grieta o imperfección. Camina con cuidado, los ojos al borde de la ceguera de tanto mirar la meta distante. ¿Distante? No, ya no.
Ana percibe que la luz va a su encuentro más velozmente que lo que ella misma procura acercarse y decide detenerse. En un par de segundos la luz va a abrazarla, envolverla, alzarla... La luz encenderá a Ana como una tea viviente, y en un segundo la niña y el pasillo serán una misma cosa, ardiente primero, incandescente después, invisible al final.
Kilómetros más allá del pasillo y la niña que ahora son menos que cenizas, el hongo atómico se yergue majestuoso y malévolo.


[Sin título]
Por Sergio Bonavida Ponce.

 «Mamá, Mamá... Papá ha vuelto. No, maldita estúpida, no corras, le pondrás nervioso otra vez, Papá es muy sensible y no le gusta que corras. Eso es. Tranquila. Mira tú bonito reflejo en el filo. ¿Si he sido una niña buena? Claro, Papá. ¿Y Mamá?¿Si ha sido buena? No, Mamá no ha sido buena. Siempre triste y llorona. Se queja y hace aquello que está mal. Es una chivata. Y en esta familia no somos así. Claro que no Papá. Te eché de menos. ¡Claro que sí! ¿Por qué te acercas tanto a la ventana Mamá? Cuidado, a Papá no le gustan tus manías. ¡Maniática imbécil! Siempre es culpa tuya, Papá es bueno. Maldita loca. Mira tú reflejo en el filo. Míralo. Maldita sea. Míralo maldita puta. ¿Mamá?¿Mamá?¿MAMÁ?»


[Sin título]
Por Enrique Hernández Negrete.

La luz trascendió pese al mar de oscuridad. Con el alma manchada y la inocencia perdida, dejé atrás aquel infierno sumergido en sangre. Sin la esperanza de que el umbral recobrará tan siquiera una mínima pizca de felicidad. Después de haber sobrevivido a la masacre del materno infantil, salí a rastras esperando morir de agonía mental.


jueves, 8 de enero de 2015

6º Especial de Sábados de Brutos Escritores



Ella va a despertar
Por Daniel Echeverria.

Según los pitagóricos, los planetas emiten un sonido al recorrer sus órbitas, pero nadie puede escucharlo porque estamos acostumbrados a él.
Con la vida ocurre algo similar: despertarse cada mañana demanda acciones que, por estar acostumbrados, tampoco registramos.
Podría decirse que vivimos de manera automática, en una sucesión de imágenes reflejadas por un espejo. O que la única conciencia es la de la muerte.
Lo que sigue son palabras que no escribí.
-Veo mi cuerpo sobre la cama. Mi cara es la de un hombre que duerme en paz. Desde afuera siento la cesación de todo esfuerzo.
Una mujer duerme junto a mi cuerpo. Ella también tiene una expresión de paz, pero sus ojos se mueven. Debe estar soñando, hay vida trascurriendo frente a sus ojos.


[Sin título]
Por Enrique Hernández Negrete.

Era su segunda vez en locutorios. Ser el abogado de su prima le valió para poder realizar dos visitas: una familiar y otra de oficio. Sin embargo ella seguía en silencio, con la mirada perdida. No había dicho una sola palabra después de que la policía hallara a sus tres hijas degolladas.
Justo cuando estaba a punto de irse, ella emitió un extraño sonido desde el pecho y al volver la vista le dirigió una macabra sonrisa, su cara había cambiado de aspecto, lucía unas bolsas por debajo de los ojos, sus encías estaban hinchadas y sus ojos estaban inyectados en sangre.
—Vendrá por tu hijo esa noche— dijo ella. Sin saber que contestar Arturo tropezó con la silla, un frío recorrió su espalda y le dijo "Lo siento, no podré hacer nada por ti".
El guardia corrió la puerta de acceso a la zona de visitas y desde el fondo del pasillo estalló una risa demencial que resonó en todos los rincones del centro.


[Sin título]
Por Karytha Bravo Palma.

Cuando entró a ese museo nunca imaginó qué pasaría, solo quería estar con más gente, estaba aburrida de estar sola. Por lo que cuando vio a esa niña era lógico también que quisiera seguirla... Y una vez que la siguió ¿quien podría resistirse a la oportunidad de volver a sentir?... Ella no era santa, nunca lo fue y ahora no iba a empezar, por lo que sin contemplaciones se introdujo en el cuerpo de la niña de siete años que miraba todo con asombro. Ella solo queria volver a sentir. Y una vez que sintió no quiso salir... Era algo natural, ¿quien la puede culpar? era obvio que ella mataría el alma de la niña para quedarse con ese cuerpo y es por eso que ella ve en los reflejos su verdadero rostro.... Solo ella se ve... aún así sigue sintiendose sola, lo mejor quizás sería está vez morir acompañada.



Mamá
Por Federico Domenella.

Resignada, me limité a caminar por la desolada plazoleta que acompaña la soledad de mis días. De repente
oía música, y a mí alrededor descubrí antigüedades, artistas callejeros e instrumentos de madera vieja. Seguí rumbo. No dejaba de pensar en mamá. Desde la noche en que entraron a casa, hace ocho años, y la mataron por una simple vajilla de plata, mi mente se enroscó en un nudo tenso de ira, desesperación y venganza. Arribé al puesto más lujoso. Me tomé un respiro y observé la mercancía detrás de un entretejido. Me estremecí… allí estaba. Como un espejo, la vajilla donde mi madre solía llevar las tazas de té, reflejaba mi rostro y comencé a experimentar una horrenda alucinación. Cuando el vendedor se apiada de mi malestar, en menos de un segundo saqué mi revolver y le apunté al mentón. No vacilé. Atravesé su rostro con un disparo de justicia...


Cubertería de plata
Por Sergio Bonavida Ponce.

 ¿Sabéis que es lo que más me aterra al cerrar los ojos delante de un ajuar de cubertería de plata? Lo que más me aterra es pensar que cuando cierre los ojos, la figura reflejada en la cubertería no cerrará los suyos al unísono con los míos. Sino que los mantendrá abiertos. Mirándome.
Acechándome.
Y en ese instante de tiempo, cuando mi pulso se acelere y mi corazón se desboque, yo no sabré si realmente el reflejo tiene los ojos abiertos o no, porque yo ya habré cerrado los míos... quizás para siempre.

sábado, 9 de noviembre de 2013

4º Especial de Sábados de Brutos Escritores


La configuración del lamento
Por Raúl Omar García.

Kirsty aferró la caja de Lemarchand con sus manos temblorosas y se recostó en la cama. Cerró los ojos y al instante se halló frente a una casa, donde unas niñas saltaban la soga en el jardín delantero al son de una canción macabra.
—Hola, perra. —La bienvenida le llegó por sorpresa, y se giró con celeridad—. ¿Me extrañaste?
La joven dibujó unas caricias con los pulgares sobre la pulida superficie de «la configuración del lamento*» y, cuando esta empezó a desmontarse, la arrojó a las manos del hombre del guante con navajas, quien se encontró, de pronto, rodeado de ganchos y cadenas; desde lejos oyó las risas de aquella puta atrevida.
Un ser con la cabeza llena de alfileres sentenció:
—Solo quieres ser maligno, letal e inmortal. Suéñalo, jamás ganarás.
—¿Tú quién eres? —preguntó Freddy Krugger.
—Yo… soy… dolor —declamó, Pinhead.
Sonriente, Freddy desafió:
—Ven por la aspirina.

*La Configuración del Lamento es un tipo de caja oriental ficticia creada por el novelista británico Clive Barker, propia de la serie de películas de la saga Hellraiser y la novela de terror del mismo nombre, escrita por Barker.
     Esta caja tiene forma cúbica, y en la misma hay que resolver un rompecabezas muy complejo. Cuando este se resuelve se produce una entrada espacio-tiempo por la que ingresan a nuestro mundo unos seres llamados cenobitas.

Leyenda
Por Juan Esteban Bassagaisteguy.

¡Pum!
El golpe sonó en medio de la noche lluviosa de Braşov, la capital del distrito homónimo de Rumania, y los ojos de Vasile se abrieron, enormes y temerosos, como dos lunas negras.
¡Blam!
Los postigos que cubrían la ventana de su habitación, en lo alto del primer piso de la casa, se abrieron de par en par con el ventarrón y él tembló más que nunca ―y no debido al frío―.
La figura del anciano apareció suspendida en el aire. Tenía el cabello recogido en un rodete canoso y vestía un traje rojo propio de otra época.
Los colmillos asomaron blancos como el marfil en la sonrisa demencial del viejo, y Vasile supo que todo lo que contaban sus amiguitos sobre Vlad Tepes y el castillo de Bran era verdad.
La oscuridad inundó sus venas cuando estallaron los vidrios del ventanal.

EFECTO 3D
Por Gean Rossi.

—Silencio que ya va a empezar —dijo Andrés.
—¡Espera! —exclamó Samantha y su hermano detuvo la película— Mami, pásame unos lentes que yo no tengo. Listo, ponle play. —concluyó la pequeña con los enormes lentes oscuros sobre su nariz.
La película empezó repentinamente, sin cortos ni créditos, ni nada por el estilo. Las cincuenta pulgadas de la tv Led 3D se vieron ocupadas por un triste campo forrado al fondo por un frondoso bosque. Lo único que resaltaba era un pozo en medio de aquel solitario y oscuro campo.
—Hijo, ¿De qué va esta película?, se ve muy extraña —comentó María.
—No lo sé, creo que es de terror, el joven de la tienda me la recomen… —Se detuvo, del pozo de la pantalla empezaba a salir una silueta negra que se iba acercando  a tropezones cada vez más.  Entre un parpadeo y otro aparecía más cerca que antes.
Lentamente la cabeza de la silueta empezaba a asomar fuera de la pantalla, seguido de sus brazos sucios y oscuros hasta salir por completo.
—¡Tremendo el efecto del 3D eh!—Exclamó el padre de la familia —Hasta pareciera que de verdad estuviera aqu…
Un parpadeo y la silueta de la chica del pozo se encontraba frente a ellos. Rápida y silenciosa como sólo la muerte puede ser. No les dio tiempo de gritar, de pensar, ni de darse cuenta de lo que estaba pasando. Simplemente se limitaron a disfrutar el efecto del 3D mientras la oscuridad inundaba sus vidas.

La última habitación
Por Esteban Di Lorenzo.

El pasillo es lo único que me separa de mi destino, mejor dicho el cuarto de maquinas. 
Revisé toda la nave, solo me queda marchar hacia la puerta. Camino aferrando mi fusil. Necesito dejar de ser la presa de este monstruo.
Al acercarme, la puerta se abre deslizándose hacia un costado. La oscuridad deja de estar inmóvil y de ella sale un cráneo enorme, el mas grande que vi desde el abordaje de estos “pasajeros”. La cabeza parece estar formada por huesos haciendo una corona ¡SU REINA!. Disparo hacia la extraterrestre pero es inútil, las balas solo hacen rasguños en su coraza.
La velocidad de su garra me sorprende y me arranca el ultimo suspiro de aire, me sostiene del cuello en alto, casi toco el techo, no puedo gritar... solo me queda pensar:
«No pude matar a su reina, el derroque va por mi cuenta»

SMS desde el infierno
Por Sergio Bona.

Mi buen Doctor Lecter:

Sigue costándome aparecer delante de un espejo siempre que un idiota pronuncia mi nombre cinco veces. Si, si, lo se Doctor, es mi carga, forma parte de mi maldición. Sé que me dijo que tenía que aceptar mi rol en el papel del universo. No luchar, dejarme llevar por mi naturaleza. Pero cuando veo sus imbéciles caras con la única motivación del morbo, o peor aún, azuzados por el alcohol...pierdo el control. Y entonces mis manos-ganchos comienzan a hablar por mí. Y me detesto. Mis manos son pinceles de mi alma, podría dar tanto amor con ellas. Odio matarlos de esa manera. ¿ Me puede sugerir mi buen amigo, algún sustituto para proporcionarles una muerte agónica, desmembramiento, ojos fueras de sus órbitas,etc... pero sin utilizar mis manos-ganchos?
Gracias mi buen Doctor.
Atentamente su amigo Candy.