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martes, 9 de septiembre de 2014

Entrevista a Sebastián Elesgaray (Autor de Tierra de Nadie)

Sebastián acudió a la cita con un poco de retraso. Carmen lo esperaba sin presiones, tranquila. Tenía un libro en la mano, “Mujercitas” de Louise May Alcott y se reía a carcajadas con el episodio de “Cuadrillas y Correos” cuando Elesgaray entró en los cuarteles del Edén. Carmen levantó la vista y se encontró con la mirada risueña del escritor, quien la observaba divertido.

Entre disculpas y risas se prepararon mates y cafés, se acomodaron sillas y cojines y Carmen encendió la grabadora. 

—¿Estás nervioso? —preguntó ella.
—Un poco —contestó él mirando a la mesa—, casi nunca hago esto.
—No te preocupes, Sebastián —lo tranquilizó Carmen—. He hecho varias entrevistas antes y todos han sobrevivido. Seré gentil—agregó con un guiño.    


Hablemos de… trabajo literario:

¿Cómo te sientes con una obra ya publicada?
Contento. Lo cierto es que faltan palabras para describir en concreto cómo me siento, pero no dejo de pensar en el camino recorrido y en lo genial que es tener algo propio impreso.

¿Cómo surgió la idea de “Tierra de Nadie”?
En realidad iba a ser un cuento. Fue una tarde en una plaza. Necesitaba hacer tiempo hasta que me pasaran a buscar y tenía mi cuaderno y un bolígrafo. Me preguntaba cómo sería ver esa plaza sin gente, sin nada que lo rondara. ¿Qué podría pasar para que estuviera vacía? ¿Qué clase de catástrofe asolaría la ciudad para que no quedara nada? Empecé en ese mismo momento, y mientras pasaban los días y seguía escribiendo me di cuenta de que podía ser más grande. Fui agregando personajes, y así, la novela fue tomando forma.

¿Qué tanto de Sebastián Elesgaray encontramos en tu libro?
Todo, sino no sería mío, jajaja. No, en serio. Cada personaje es una parte de mí, de mis valores y de mi forma de ver las cosas. El argumento está pensado como un recorrido por la ciudad en la que vivo, La Plata; pero desde mi perspectiva, claro. Creo que encuentran todo de mí en el libro, ya que vuelco muchas cosas que siento o he sentido para darle forma a lo que sucede en la historia.

Escribir una novela es un reto para la mayoría de los escritores… ¿Fue así para ti?
Sí, por supuesto. La primera duda que surgía era: ¿cuánto tiempo puedo dedicarle a algo tan largo sin saber qué posibilidades tengo de sacarlo adelante? Creo que el mayor reto era no saber qué futuro le deparaba a la novela. Más allá de eso, yo sabía que siempre estaba la posibilidad de subirla a Internet y tener mi devolución desde ese medio, pero el deseo de llevarla a imprenta era enorme. Después surgían dudas sobre el tono de la novela, el camino que estaba tomando, mi forma de escribir; y un sinfín de inconvenientes que he ido esquivando o enfrentando, según lo ameritaba cada uno.

¿Te ha sorprendido el recibimiento que ha tenido “Tierra de Nadie”?
¡Mucho! Desde internet hasta La Plata. Tengo la suerte de trabajar en el centro, y algunas personas de librerías conocidas me han comentado que al libro le está yendo muy bien, así que contento. También me sorprendió el impacto que tuvo en Taringa o Facebook, donde la página llegó muy rápido a más de cuatrocientos “me gusta”.

 ¿Quién o quiénes te apoyaron en esta travesía?
Bueno, ellos aparecen en los agradecimientos, pero siempre tuve plena confianza de mis amigos y mi profesor y compañeros de taller literario. Ellos son muy atentos al leerme y saben hacer hincapié en correcciones justas.

Suponemos que este es un género con el que te sientes cómodo. ¿Es así? ¿Y, por qué?
Sí, me siento cómodo. Tal vez porque mis gustos van por este tipo de cosas, junto con el terror y el fantasy. Sin embargo, no espero estar siempre a la saga de escribir historias de este tipo. No es que vaya a negarlas, pero no me veo como un escritor post-apocalíptico/distópico/ciencia ficción.

¿Cuál es el género que te pone en apuros?
En una ocasión tuve que escribir un cuento romántico para “El Edén de los Novelistas Brutos”. Era parte de una consigna de juego literario. No me sentí cómodo haciéndolo, aunque debo decir que me quedó bastante bien y obtuve el primer lugar en las votaciones del público.

Aparte de “Tierra de Nadie”, ¿hay algún otro trabajo que te haya representado un reto?
Todos. Muchas veces tengo la idea pero ni sé cómo empezar. Otras me quedo en blanco a la mitad y tengo que hacer alguna otra cosa para tratar de destrabarme. Escribir me representa un reto constante de querer mejorar, y a veces, no saber bien cómo.

¿Has trabajado con otros escritores?
No. En una ocasión casi escribo con George Valencia, pero el ejercicio quedó trunco por razones personales. Sí he tenido que escribir bajo consignas de otros, pero nunca he trabajado concretamente con nadie. No hay ninguna razón en particular, simplemente no se dio.

¿Sigues algún método o proceso para escribir?
No tengo ninguna rutina. A veces escribo con música, otras en silencio. Incluso hay ocasiones donde tengo Facebook conectado, y entre párrafo y párrafo lo voy revisando e incluso chateando si se da el caso. Lo que sí, siempre escribo en computadora. Tengo una letra horrible y soy de corregir mucho, de ir y venir.

¿Cómo te llegan las ideas?
Tal vez sea la eterna pregunta a los escritores, jajaja. No lo sé bien. Lo que siempre me pasa es preguntarme: “¿qué pasaría sí…?” Esa pregunta surge de disparador muchas veces. En “Tierra de Nadie” la pregunta era: “¿qué pasaría si la plaza está vacía y con cadáveres tirados por todos lados?”.

¿Cómo llegaste a Ediciones B? ¿Y qué consejos les das a los escritores amateurs?
A Ediciones B llegué por intermedio de mi profesor de taller literario, Leo Batic. Él hizo llegar mi novela a los lectores de la editorial.
Creo que el mejor consejo para escritores que quieran publicar es que tengan un proyecto claro para ellos, una novela de la cual estén contentos de presentar. Lo ideal es tener en las manos algo terminado, concreto, que se sepa dónde llega y que se quiere lograr. La predisposición para aceptar correcciones y críticas debe ser fundamental, porque la editorial (la buena editorial), busca trabajar con el escritor.


Hablemos de… gustos literarios:

¿Cual(es) es(son) tu(s) escritor(es) favorito(s)?
Stephen King es mi escritor favorito. No solo por gusto, sino también porque es del que más he leído. Pero no puedo concretar un grupo, porque siempre están apareciendo escritores que me hacen pasar buenos momentos. Que se me vienen a la cabeza ahora puedo nombrar a Poe, Stevenson, Martin, Zafón, Rothfuss, Gaiman, Arlt, Cortázar, Orwell, Bodoc, Batic, London, Matheson, Martínez, Asimov, Wells.

¿Qué libros te han marcado y por qué?
“Cementerio de Animales”, de Stephen King. Un libro de puro terror, escrito con un pulso genial e impecable. Cada vez que lo leo no puedo soltarlo, y por lo general es el primero que recomiendo del autor, junto con “Apocalipsis”. También me impactó mucho “El Club de la Pelea”, de Chuck Palahniuk, por su sencillez que no descuida la profundidad del mensaje en ningún momento. “El Corazón Delator” de Poe siempre me fascinó. Esa forma apremiante en la que nos pone en clima sin dejar de lado un suspenso creciente. También recuerdo que me volvió loco “A Sangre Fría”, de Truman Capote. Es un relato de una crudeza increíble, donde el narrador es una figura casi excluyente, como una especie de dios que observa todo desde una lupa limpia y cristalina. “La Saga de los Confines” de Liliana Bodoc me movió las ideas, y terminó de hacerme conocer un rasgo del fantasy que no tenía muy en claro: el del ámbito nacional.

¿Qué opinas de las adaptaciones literarias al cine?
Amo el cine. Disfruto muchísimo de una buena película. Y el cine se nutre de los libros, y creo que está bien. Lo que no me cierra es que muchas veces las adaptaciones buscan ser cien porciento fieles, y el público piensa que quiere eso, y resulta un producto medio blando, perdido, porque los recursos literarios son distintos a los cinematográficos. Ambos artes tienen lenguajes distintos, las búsquedas van por otros lugares. Hay que saber sentarse a disfrutar una película adaptada, saber que es harto probable que nuestra imaginación sea distinta a la del director o el guionista de cine. Esto no quita que haya errores, adaptaciones terriblemente erróneas y asquerosas; así como joyas como “The Shining” de Kubrick, “The Fight Club” de Fincher o “Watchmen” de Snyder.

¿Qué libros te gustaría conseguir que no hayas podido tener aún?
Hoy en día, teniendo un Kindle, casi cualquier lectura está al alcance. Nunca fui bibliófilo, no tengo un ejemplar en la cabeza que quiera y no haya podido conseguir.

¿Cuántos libros lees en promedio al mes?
Debo estar entre dos y cuatro, dependiendo la longitud de cada libro. El trabajo y mi propia escritura no me dejan todo el tiempo que quisiera.

¿Cómo eliges tus lecturas?
Cualquier camino es válido: por recomendación de alguien que sé que tiene un criterio parecido al mío, por meterme en una librería a ojear y terminar comprando, por la sinopsis, críticas en internet o en Facebook, por Goodreads.

Describe tu biblioteca personal.
Lamentablemente no es todo lo grande que quisiera, pero es variada y eso es algo que siempre me he propuesto. Por suerte hay muchos autores, aunque el que predomina es King. Soy muy ordenado, y trato de limpiarla seguido; aunque también soy vago y odio limpiar. Además hay varios comics, entre los que destacaría “Watchmen” y la saga de veinte tomos de “Batman” publicada por Clarín.


 Hablemos de… gustos personales:

¿Qué hace Sebastián para divertirse?
No tengo ninguna extravagancia o gusto insólito, creo que hago más o menos lo que cualquiera: cine, películas, series, salidas, lectura, pasar rato con amigos o mi novia, internet. Por supuesto, escribir también representa una diversión en todo esto.

Describe una tarde perfecta.
Que me pasara a buscar Bilbo Baggins por casa y diéramos una vuelta por la Comarca. Después, si no llega tarde, tomaríamos el té junto al Conejo Blanco, con invitados de lujo como Búho Nocturno, Iorek Byrnison y  Winston Smith. Posteriormente, lo ideal sería ir por el Camino del Haz rumbo sur, hacia las Tierras Fértiles. Si me acompañan Roland de Gilead y Tyler Durden, mucho mejor. Entrando la noche, haríamos una fogata y nos sentaríamos alrededor a tocar la guitarra y compartir anécdotas.

¿Cuál es tu color favorito?
Negro.

¿Qué meta te falta cumplir? ¿Y qué tan cerca estás de ella?
Creo que hay varias todos los días, pero voy a de a poco y pensando en cada paso. Por ahora, terminar mi segunda novela y tratar de llevarla adelante para que sea publicada.

¿Qué lugar te gustaría conocer?
No soy un fanático de los viajes, pero Grecia sería un lugar genial, y tengo cierta predilección por Finlandia y los países de Escandinavia.

¿Qué te gustaría cambiar de tu vida actual para dedicarte a lo que te gusta?
Trabajar de escritor 24/7 sería un sueño, pero tampoco me desespera cambiar mi situación.

¿Si te encontraras al genio de la lámpara… cuales serían tus tres deseos?
(Se queda en silencio, pensando… abre la boca para contestar y no dice nada. Al final se encoje de hombros y niega con la cabeza)

Describe a Sebastián en 10 palabras.
(Igual que con la pregunta anterior, se queda sin palabras) ¡Me mataste!


La entrevista terminó como empezó, entre risas y bromas, Sebastián sigue siendo el mismo jovencito sonriente que llegó una vez al Edén y realzó la calidad de los ejercicios. Siempre nos sentimos orgullosos del buen material que ETCL ha mostrado y ahora estamos como abuelitos al tener el fruto del esfuerzo de Sebastián Elesgaray en las librerías.


Ahora Carmen tiene solo una pregunta más para Ediciones B: ¿Cuándo llegará “Tierra de Nadie” a México? ¿Eh? ¿Eh? ¿EH?

miércoles, 4 de julio de 2012

La Nochebuena de Carmen


Por Sebastián Elesgaray.

Dedicado a Carmen Gutiérrez.



Que bonito era conocer un lugar nuevo. El viajar era lo que más le gustaba a Carmen de su trabajo. Explorar nuevos territorios, relacionarse con nuevas personas, enredarse en la hermosa situación de asimilar y comprender una distinta cultura.
Por supuesto, todo eso era parte del ocio en los viajes. La parte profesional debía ser impecable.
Pasó por el detector de metales, avanzó entre la multitud y salió del aeropuerto, ingresando en Argentina, más precisamente en la Capital Federal. Taxis hacían sonar sus bocinas, gente caminaba apurada de un lado a otro y los bolsos colgando de sus hombros eran una constante. Al ser la víspera de nochebuena, cada movimiento de personas, cada acción, era un pequeño caos. Todo enmarcado con un sol radiante que abrasaba la piel y pegoteaba la ropa. Resultaba insoportable para ella, que adoraba los climas fríos.
Se acercó a la parada de taxi y esperó en la cola. Una mujer no muy alta, con ojos castaño claro y el pelo rizado hasta los hombros. Un tatuaje en su brazo izquierdo resaltaba. Era un dragón, hermoso y fiero a la vez, algo intimidante. Denotaba orgullo y prosperidad, la clase de dibujo el cual uno miraba durante varios minutos. Y en Carmen, esos minutos podían extenderse hasta formar una buena cantidad de tiempo.
Le llegó el turno, y agradeció al chico de gorra roja que le abría la puerta con una moneda de un euro. No sabía si le serviría de algo en la calle, pero no tenía otra. No conseguiría cambiar dinero hasta que viera a su contacto.
Puso el bolso en el baúl y, una vez dentro del auto, Carmen dijo al conductor:
—A Tucumán y Pasteur, por favor.
—Cómo no —contestó con voz animada el taxista.
Arrancó con un leve chirrido de neumáticos.
Una vez que salieron del aeropuerto, Carmen se dejó caer en el asiento, contenta porque el taxista no era hablador. No le interesaba entablar conversación. Lo más probable sería que la charla discurriera sobre la Navidad y todas esas cosas que no le atraían.
En lugar de eso, prefería disfrutar del paisaje. Era su primera visita a Argentina, y lo que veía le gustaba. Acomodada y satisfecha por el momento, se dejó llevar.

Carmen era la mejor. De eso no había dudas. Sin embargo, tenía la suerte (y la acertada elección), de trabajar con los mejores. En diferentes partes del globo, había gente de su equipo que la ayudaba y estaba ahí para proporcionarle los recursos necesarios a la hora de trabajar.
El taxi frenó despacio en la esquina, haciéndose un hueco en la ajetreada tarde de la ciudad. Mucha gente en las calles, algunos volviendo de sus trabajos, a la saga de un momento de tranquilidad, algunos paseando. Preparando todo para la llegada de Santa Claus tal vez. La diversidad hacía gala de un ejemplo conciso, por lo que nadie se fijo en la mujer con el dragón tatuado cuando esta bajó del taxi.
De pie en la vereda, erguida cuan alta e imponente era, Carmen recorrió con la mirada la fachada del local. Luego entró, caminando despacio mientras cargaba su gran bolso como si de una pluma se tratara.

—Buenas tardes, ¿qué le sirvo? —dijo la moza con amabilidad.
—Buenas tardes. Quiero ver al señor Pepe Martínez, por favor.
La moza asintió sonriente, por simple cortesía. Luego dijo:
—Disculpe, pero no sé a quién se refiere señorita.
Carmen revoleó los ojos con exasperación. El jodido de Pepe seguía molestándola con eso de las contraseñas y los mensajes secretos. Era un poco paranoico con respecto a su seguridad. Tenía derecho a serlo, pero eso era demasiado.
Sin embargo, en lugar de estallar y hacerle saber a esa niña quien era ella, Carmen reflexionó, tratando de recordar alguna de las pocas y selectas contraseñas de Pepe. Le brillaron los ojos cuando recordó la preferida de su amigo:
—Ve y dile esto: Ninguna historia puede ser buena sin un cierre. Debe haber cierre, porque es la condición humana.
La moza asintió comprensiva, manteniendo la sonrisa en su rostro. Luego le contestó:
—Por acá, por favor.
Pasaron hacia la parte de los baños. Por un pasillo largo y poco iluminado, dieron con una puerta con un pequeño cartel, el cual manifestaba "PRIVADO" con letras rojas. La moza se limitó a abrir la puerta y entornarla para que Carmen pasara. No sin antes dedicarle una última sonrisa.

Era una sala grande, iluminada con luces tenues. Tenía un gran escritorio ocupando casi el centro y una pared repleta de monitores detrás de este. Un sillón giratorio, de respaldo amplio y forrado en cuero marrón, se encontraba detrás del escritorio, de espaldas a Carmen. La persona que allí se sentaba observaba las pantallas con detenimiento.
Carmen gritó una vez que se cerró la puerta:
—¡Carajo, Pepe! ¿No podías darte cuenta de qué era yo con tantos jodidos monitores?
El sillón giró, mostrando a un hombre joven, con el pelo negro revuelto y unos ojos oscuros, profundos. Sonreía con timidez.
—Ya sabes como soy. No me molestes.
Carmen suspiró exasperada. Luego se acercó y se paró frente al escritorio:
—Vamos, levántate. ¿No vas a saludar?
Pepe se puso de pie apresurado y rodeó el escritorio. Abrazó a Carmen y le dió un beso en cada mejilla.
—¿Mejor? —preguntó Pepe.
—Si, pendejo.
Ambos rieron. Sin embargo, al instante, Carmen transformó su rostro en una máscara de seriedad.
—Sabes a que vengo.
Pepe no respondió de inmediato, sino que agachó la cabeza.
—Vamos. Dame equipo. Voy a hacerlo rápido, lo sabes.
Pepe la miró fijo. Luego preguntó:
—¿Es necesario?
—Sabes que sí.

El viaje de Carmen a Argentina no era una cuestión laboral. La razón de su arribo al país, era una simple y asequible venganza. Y si bien, lo que para muchos era poco importante, para algunos podía llegar a ser una vida.
Tardó casi una hora en llegar a la casa de Omar. Por suerte, el auto que Pepe le había dado tenía un aparato GPS, lo cual le había facilitado la tarea.
Ya casi era noche cerrada, y Carmen se apostaba frente al lugar. El vecindario era con casas grandes y voluptuosas, de gente que coleccionaba dinero. Estaba tranquilo, tal vez porque a los ricos les gustaba viajar en navidad, tal vez porque eran gente aburrida.
De seguro, el muy hijo de perra la estaría esperando. Lo llamativo era que él no festejaba ningún tipo de fiesta popular, dada su condición de renegado. Eso facilitaba el trabajo de Carmen, porque Omar se encontraría solo. Aunque en cierta forma, eso lo hacía todo más aburrido, menos interesante.
Revisó que la pistola estuviera cargada y chequeó que el cuchillo estuviera en el lugar correcto.
Sin nada por ganar, ni nada que perder, Carmen bajó del auto.
Y en ese momento, como si todo fuera un chiste para él, Omar abrió la puerta de entrada y salió a la vereda. Se paró bajo la luz del porche, vestido tan solo con una bata color borgoña, sin ningún calzado, y un gorro rojo con una pompa blanca. Un Santa Claus desquiciado.
—Carmen, corazón. Que hermosa sorpresa. ¿Vas a pasar Nochebuena conmigo?
Carmen lo miró fijo. Sus ojos rezumaban odio. ¿Cómo podía ser tan jodidamente descarado?
—Sabes que si, Omar. Pinche pendejo, esto no tenía porque ser así, ¿sabes?
Omar se encogió de hombros, como restándole importancia al comentario de Carmen. Luego bajó de forma leve su cabeza, entornó los ojos y la miró fijo. A su vez, Carmen sintió la pistola como una molestia en la cintura de su jean. Tenía que sacarla, pero si se precipitaba, Omar ganaría.
Una calle los separaba de vereda a vereda. Era un duelo, casi como en el viejo oeste, solo que el marco en esta ocasión era un barrio rico de Argentina, al cual se llegaba estafando o matando.
A veces, las dos cosas a la vez.
Luego de un minuto completo, Omar abrió su bata, mostrando que debajo tenía una enorme Itaca M37. Carmen fue rápida, pero Omar no estaba vivo a sus cincuenta y siete años por ser lento. Disparó primero, y le dió a Carmen en el hombro izquierdo. La bala salida de la pistola de Carmen fue a parar al muslo de Omar. Este se agachó, apoyando una rodilla en el suelo y dándole a la corredera del arma para efectuar un segundo disparo.
Apoyada contra la puerta del auto, Carmen tenía en la mira la cabeza de Omar. Jaló del gatillo, pero el arma se había trabado.
¿Pepe?
El muy jodido la había engañado.

Omar sonrió, viendo como Carmen se arrastraba por la puerta del auto, tratando de guarecerse detrás para encontrar refugio. Al parecer, su pistola se había trabado. Suerte para él. La pierna le dolía, le latía como un segundo corazón. Pero eso importaba poco, dado que iba a ganar y salir con vida una vez más.
Confiado, se puso de pie, listo para efectuar su segundo y definitivo disparo. No vió que Carmen sacaba una cuchilla de la bota y la tomaba por la punta, lista para lanzarla como un malabarista de circo.
Cuando Omar puso el dedo en el gatillo, presto a disparar, veinte centímetros de acero se metieron entre sus dos clavículas arriba del pecho. La fuerza del impacto hizo que se cayera de espaldas al suelo, con el mango del cuchillo sobresaliendo erguido. La sangre corrió rauda por su cuello y cuando Carmen se acercó a ver su cuerpo, Omar ya estaba muerto.

No hubo grito ni redención. Tampoco felicidad o algún tipo de iluminación. Simplemente, Carmen dió media vuelta y cruzó la calle con paso rápido (tan rápido como se lo permitía su reciente herida). No si antes sacar el cuchillo del cuerpo de Omar.
Tenía pensado hacerle sentir el filo a Pepe, mientras le decía Feliz Navidad.
Al parecer, la Nochebuena para Carmen, sería un poco más larga de lo previsto.

miércoles, 13 de junio de 2012

Sesión


Por Sebastián Elesgaray.



—Hola, ¿querés contarme qué te pasa?
—No... No sé...
—Vamos —instó la terapeuta—. No tiene que ser difícil esto. Tomalo como un momento de liberación, de tranquilidad.
Su voz era suave y confortaba en cierta forma a Mith. Era la primera vez que acudía a un mantenimiento psicológico y se sentía raro, fuera de lugar.
—No creo que mi programa me permita...
—¡Al carajo el programa! —declaró con énfasis pero casi sin levantar la voz la terapeuta—. Todos sabemos a esta altura que son fábulas.
—Si, supongo que si.
Mith hizo una pausa. Luego continuó con más confianza.
—No sabía si venir o no. Viste que a los que nos acercamos para este tipo de cosas nos miran raro a la larga.
—No hay problema, no te voy a juzgar. ¿Qué te trajo acá? ¿Qué te motivó a acercarte?
—Según mi placa de ID, me manufacturaron el veintisiete de mayo del año dos mil ciento noventa y ocho. Hace ya más de ochenta años que estoy en circulación. Pero no puedo encontrar mi lugar. No sé cómo explicarlo... Siento un vacío, todos los días.
—Es comprensible —respondió la terapeuta—. No sos el único al que le pasa.
—Creo que mi trabajo es lo que más me desmotiva.
—Pero tenés que saber que está en vos. Fuiste creado y programado para eso. Tu única y esencial función en este mundo es la de hacer aquello para lo que fuiste construido como bot.
—¿Pero cómo se hace cuándo no te gusta? ¿No puedo siquiera elegir?
La terapeuta recapacitó. Cada vez eran más los bots que se acercaban a mantenimiento psicológico. Se había creado hacía nada más que dos años y su concurrencia crecía cada día. Y resultaba paradójico que quienes se acercasen fueran bots, seres artificiales y pensados como perfectamente regulares en todas sus capacidades.
—Lamentablemente, algunos pueden. Los humanos tal vez. Nosotros, en calidad de seres funcionales a la sociedad, debemos conformarnos con lo que se nos da y para lo que se nos programa, ¿no te parece?
—No —dijo Mith con resolución.
—Con esa actitud te vas a confundir más. No creo que tu programa pueda soportar cambios tan drásticos. Te voy a prescribir una orden para...
—Maté a un hombre.
El silencio llenó la habitación.
—¿Perdón? —preguntó la terapeuta.
—Si. Ayer. Lo descuarticé. No pude evitarlo.
Mith hablaba pausado, como sacando de a pedazos lo que decía.
—Estaba parado a la vuelta de la fábrica y me miraba. Pero lo que me activó a atacarlo fue su lengua. Me sacó la lengua y se la pasó por los labios, de forma libidinosa. Me asqueó. Y yo no soy un bot sexual. Yo trabajo, me esfuerzo. Y después se pasó la mano por la entrepierna, mientras yo me acercaba. Debe haber pensado que yo iba a sucumbir a sus peticiones. Pero ni loco. Lo agarré por el cuello y apreté. Me limité a eso. Apretar. Fue fácil, y descuartizarlo todavía más fácil. ¿Quién se creía que era? Así que lo metí en un par de bolsas, y lo enterré. Ahora debe estar en el parque, pudriéndose. Por suerte era de noche, sino...
Se quedó callado. La terapeuta no daba crédito a sus oídos. Luego de un rato, dijo:
—¿Vos estás seguro de lo qué me estás contando?
—Obvio. No puedo mentir. Mi programa...
—Ya lo sé, tengo tus planillas de armado. Pero no creo que tu software te de lugar a cometer un asesinato. Sin embargo, son muchas las cosas que cambian día a día entre nosotros. ¿No te lo preguntaste?
—Si, obvio. Se supone que tenemos un propósito en el planeta, para el cual fuimos creados. Y está en nuestra firma digital. Cada día, luego de la recarga, reinicio y la primer directiva es el comienzo. Vos sabés como es también.
Si, claro, la terapeuta sabía. Miró a Mith y le dijo:
—¿Crees que lo atacaste por qué estás pensando por vos mismo? Si tu primera directiva sigue funcionando normalmente, ¿cómo es posible que hayas tomado esa decisión? Es lo que en psicología humana llaman conciencia. Nosotros no podemos darnos ese lujo.
Mith sopesó lo dicho y luego respondió:
—Pero no comprendo. No conozco del todo mi soft. ¿Cómo puedo saberlo? Sólo se que me acerqué y lo ataqué. Era un irrespetuoso. No solo porque me miraba como si fuera un objeto, sino que me hacía sentir como alguien inferior, distinto. Se creía que yo era un bien de uso.
La terapeuta se quedó pensativa un momento. Su diseño como psicóloga de bots la instaba a dar a conocer a las autoridades el hecho contado por Mith. Por otro lado, sus unidades de pensamiento se desvirtuaron un poco cuando dijo:
—¿Cómo te sentiste cuando lo liquidaste?
—Bien. Resuelto. Ajusticiado.
—¿Y ahora qué vas a hacer?
—No sé. Pero la falta de respeto hacia mí, hacia nosotros, es una constante en esta sociedad. Si vuelve a pasar, voy a actuar de la misma forma. No me arrepiento. Sigo en pie y ese humano imbécil no. Soy un algo, merezco respeto.
La terapeuta lo secundó.
—Y no solo eso. Merecés hacerte valer, lo cual es importante.
Ambos bots se miraron. La luz del atardecer se colaba por las cortinas. Se pusieron de pie al unísono.
—Salgamos —dijo Mith.
—Te sigo —dijo la terapeuta.
Los humanos no tenían ni la más mínima idea de lo que se les venía.




miércoles, 2 de mayo de 2012

Resumiendo


Por Sebastián Elesgaray.



La parte más divertida del mes para mí, es controlar los cupones de tarjetas de crédito. Por supuesto que para cualquiera que lo ve desde afuera, o alguna vez lo hizo, es la cosa más aburrida y tediosa del mundo.
Pero para mí no. Soy una persona tranquila y me caracterizo por el gusto a sentarme y trabajar desde esa posición. Odio tener que ir, venir, correr, saltar, gritar. Lo mío es la paz y el silencio.
Por eso, cuando saco la cajita celeste que tiene todos los cupones, para mi es una especie de recreo. Me preparo unos mates, acomodo el escritorio y desconecto el Messenger de la empresa, cosa que nadie me moleste. Lamentablemente, tengo que dejar el teléfono prendido, porque tantos lujos no me puedo dar. Pero cuando hago esto, son alrededor de las tres de la tarde, por lo que no suena mucho.
Dejen que les explique como se hace, porque capaz que no entienden o ni saben de que hablo.
Trabajo en un negocio de ropa, en el centro. Es un local muy grande, con mesas en el medio que exhiben prendas al alcance de la mano y montones de perchas con jeans, remeras y camisas colgadas en los costados. Para que se den una idea, cualquier cosa que compren les va a salir mínimo entre ciento cincuenta y doscientos pesos. Esos precios hacen ver las buenas marcas con las que trabajamos, sin dejar de lado el hecho de que la gente ingresa a montones y casi nadie sale sin nada en sus manos. Facilidades y financiación son la bandera que enarbola cualquier comercio hoy en día, así que no somos menos. Y, por sobre todo, me esfuerzo como encargado de conseguir los costos más baratos y tratar de mantener márgenes que nos hagan ganar cada día un poco más. Si la calidad de la prenda baja un poquito, nadie parece notarlo.
Pero bueno, la idea es contarles de que va el control. Al final de cada día, el aparato que registra las transacciones con tarjeta imprime lo que se llama un cierre de lote, que sería la suma total de todas las ventas hechas con tarjeta de crédito en esa jornada. Lo que yo tengo que hacer, básicamente, es controlar que coincidan los montos de cada cierre de lote con la cantidad de dinero depositada en nuestra cuenta bancaria.
Para eso, primero controlo los resúmenes de cada empresa de crédito y le resto impuestos, como son: el IVA, los Ingresos Brutos, los Montos Gravados, los Aranceles, y algunos más. Es genial, y muy relajante, porque en cada resumen aparece todo perfectamente detallado y es tan simple que cualquiera podría hacerlo. Sin embargo, como a mí me gusta y, por sobre todo, es lo que me corresponde, se hace ameno tener que ponerme mes a mes con la tarea que implica verificar el dinero ingresado.
Así que, resaltador en mano, mate de por medio, hace alrededor de dos meses, me disponía a realizar el control mensual de tarjetas de crédito.
Pero algo raro pasó.
Todas las hojas estaban en blanco. Los sumarios llegan por correo, pero cada uno que abría, eran hojas en blanco y nada más.
Y se imaginarán mi decepción. Tenía el agua calentita, estaba sentado y cómodo atrás de mi escritorio; y no podía realizar la tarea que me proponía. Eso no valía. ¿Quién se creía que era esa gente? Al principio me indigné, y con toda la razón. Pero después supuse que debería haber algún problema, porque no podía ser que solo mandaran hojas en blanco.
Así que agarré el teléfono y llamé. A todas y cada una de las empresas de tarjetas de crédito del país, porque nuestro local trabaja con todas y no quiere dejar a ninguna persona afuera, sin la posibilidad de comprar.
Pero nadie atendió. Escuché como sonaba cada vez que marcaba un número distinto, esos "Cero-Ochocientos"; pero en ningún momento recibí respuesta. Ni siquiera la voz monótona y deslucida de una grabación. Tampoco un pitido, un ruido, un clic o algo que me diera la pauta que en algún lugar los engranajes seguían moviéndose. Solo el sonido repetido y regular del tono sin contestar.
Pensé que no se podía estar peor. ¿Cómo iba a controlar los depósitos? ¿Y sí en realidad no habían puesto ningún dinero en la cuenta del banco? ¿Y sí todas esas hojas en blanco significaban que todo había sido borrado? ¿Cómo se suponía que siguiera?
Me paré. Las piernas me temblaban porque mi cabeza era una máquina de hacer suposiciones y le transmitía la incertidumbre que me cernía a cada fibra de mi cuerpo. Supe que alguna solución debía de haber, porque no se podía vivir así. ¿De qué forma iba a seguir facturando el negocio si ya no quedaba nada?
Facturar, cobrar, debitar, pasar la tarjeta.
Todos esos términos se me agolparon contra mi conciencia y me permití correr, a pesar de que no me gustaba, a pesar de que me consideraba un tipo tranquilo. Fui al salón y me dirigí directamente a la caja. Allí, una de las empleadas (no me acuerdo el nombre, nunca me acuerdo cuando se trata de gente que no me interesa más que como una relación laboral), estaba con una jodida Visa en la mano, a punto de arrastrarla por la ranura magnética. De seguro cualquier dato que marcara la pantalla verde del aparato sería falso, extraño o perdido.
O por ahí no marcaba nada, lo cual sería peor.
Me le tiré encima y le quité el plástico de la mano. Ella, sorprendida, no pudo hacer más que caerse al suelo y gritar palabras inconexas y sin sentido, desconocida de todo el asunto con el cual yo tenía que lidiar.
Cuando me levanté, todo el local me miraba. Todos los ojos de aquellas personas se dirigían a mi rostro bañado en sudor y a mi boca entreabierta por la agitada respiración que me aquejaba. No dudé un instante, y enseguida traté de explicarles lo que sucedía.
Pero mi mente, en blanco como las hojas de papel que habían llegado por correo, no podía hilar una sola idea.
El resto de lo que pasó es historia antigua. Ahora me encuentro un poco solo, pero algo más contento. Bastante más contento, de hecho.
Me volvieron a mandar los resúmenes, esta vez completos. Con todos y cada uno de los números que representan el dinero ganado con total celeridad. No me preocupa volver a ver hojas sin nada, porque sé que fue un simple error. El chiste obtuso y de mal gusto de algún tarado que no comprende la importancia de mi tarea.
El director me alienta y dice que hago mi trabajo a la perfección. Ahora trabajo en un hospital psiquiátrico. ¡No se imaginan la cantidad de pagos qué se realizan con tarjetas de crédito y débito! Y es que es lo mejor para todos. Imagínense que sería de todos nosotros si no pudiéramos comprar nuestros servicios y consumos sin ese mágico pedacito de plástico.
A mí una vez me pasó. Y espero que haya sido la única.

miércoles, 11 de abril de 2012

Última copia


Por Sebastián Elesgaray.


Tirando, tirando... Siempre tirando. Guido sentía que estaba metido en una especie de "loop", en una extraña canción sobre nada que se repetía todos los días y no terminaba nunca. Era todo muy igual, muy repetitivo, y la vorágine de la rutina se le estaba haciendo bastante insoportable.

Sacar fotocopias no era el trabajo más emocionante del mundo, eso lo sabía cualquiera. Y menos en un centro de estudiantes con un jefe que afirmaba fervientemente apoyar un modelo socialista de trabajo, pero se afanaba plata de la caja cada vez que podía. Un reverendo imbécil, pero que Guido trataba cada vez con mayor indiferencia. Si a trabajar seis horas por día, cursar tres materias y tratar de armarse una vida uno le sumaba un conflicto con su jefe, las posibilidades de pasarla bien quedaban reducidas considerablemente.
Pero no era solo eso. Se sentía apagado. No, eso no. La palabra que más se acercaba era estar hibernando. Ese estado de letargo, encerrado en algún lado y sin un entorno. Trabajo, como, estudio, me baño, chateo, miro tele, doy vueltas en la cama, miro, quiero, compro, trabajo, como, estudio...
Así transcurría. Guido no hacía nada, porque no sabía bien que hacer. En parte, la facultad lo desanimaba. Estudiar medicina era casi un sueño interminable, faltaban años para recibirse. Por más que pudiera llevar la carrera al día o que, de forma mágica, le cayera la solución económica que le permitiera dedicarse pura y exclusivamente a estudiar.
¿Y a quién le miento? Si ni siquiera sé si esto es lo que quiero hacer toda mi vida.
Claro, problema grave. Porque más allá que pudiera darse el lujo de adentrarse de lleno en la carrera, las cosas podrían no funcionar. Y después de dejar la facultad, podía trocarse todo. Por ahí necesitaba eso, por ahí no. ¿Cómo iba a saberlo?
Guido se cebó un mate. Le gustaba amargo, y con el agua a punto de hervir. Era criticado fuertemente en la fotocopiadora por su tendencia a cebar mates intomables, pero por suerte esa tarde estaba solo. Era miércoles y Mauro, su compañero, no iba a trabajar. Los pasillos del edificio estaba tranquilos, se movían pocos estudiantes por el lugar. La segunda mitad del mes de junio era como un intermedio en el habitual ajetreo y despelote que se daba para conseguir el material de estudio.
Sorbió de la bombilla con desgano. El agua se había enfriado y el mate estaba lavado, tendría que arreglarlo. Pero en lugar de eso, se acercó a la fotocopiadora. Tenía un par de juegos para hacer, así que puso el más grande de los dos. La puta bandeja automática no andaba en ninguna de las dos máquinas que tenían y para ser una fotocopiadora que requería cubrir las necesidades de casi cuatro mil estudiantes, estaban al horno.
Bueno, en fin, ¿no? Habrá que esperar que lleguen a arreglarla. Mientras tanto, a meterle pata.
Puso la primera hoja y apretó el botón despacio, con parsimonia. Al poco tiempo estaba más o menos enfrascado pasando hojas, casi sin pensar en nada, pero a la vez pensando en todo, como siempre que se ponía regular hacer copias. Era algo sistemático y no había que poner mucho empeño mental para lograr el objetivo propuesto.
Cuando llegaba a la hoja quince, a Guido se le dió por mirar la bandeja, para que las hojas no se le trabaran o se amontonaran. A veces pasaba: una salía mal y cagaba el avance de todas las otras. Pero estaban todas perfectamente apiladas, como salidas de un cajón.
Ahí, Guido notó algo curioso. Las letras y las palabras parecían distintas a las del libro fotocopiado. Por un lado, el juego que estaba sacando estaba de forma apaisada, en horizontal. Las hojas salidas de la fotocopiadora estaban escritas en vertical. Las tipografías eran distintas. Agarró la primera hoja del libro y la comparó con una de la bandeja. Nada que ver.
Joya, ahora anda peor. Saca cualquier cosa.
Se fijó en el menú y chequeó que no estuviera usando la memoria de la máquina. Por ahí se había colado algún archivo viejo metido por ahí, y era eso lo que estaba imprimiendo. Pero no aparecía nada. De hecho, la memoria estaba vacía y no había un pen drive metido en el puerto. Por ser una fotocopiadora último modelo, se taraba bastante seguido.
Se agachó y miró las bandejas. Capaz que algo viejo había quedado, pero no. Lo único eran las hojas recién salidas, todavía conservaban un leve calorcito.
Bueno, esto es nuevo.
Agarró todas las copias sacadas y las miró. Parecía un cuento. ¿Y cómo carajo estaba ahí? Esa era una buena pregunta, pero ni ganas de responderla tenía. Así que Guido lo miró un rato y, justo cuando se disponía a tirarlo al gran tacho de plástico que estaba contra la pared, algo le llamó la atención. Se quedó mirando la primera hoja con el ceño fruncido.
Leyó un rato, de pie en el centro de la sala, sin inmutarse. Luego pasó a la segunda hoja. A la tercera. Llegó un cliente, una chica la cual tuvo que llamarle la atención para que dejara de leer y le prestara atención, que quería sacar un práctico. Guido la atendió como flotando, sintiéndose raro. La historia hablaba de una chica. Se llamaba Victoria. Empezaba su día con frío, sin ganas de salir de la cama porque estaba bien acobachada y no quería. Se bañaba, se vestía. Tomaba tres mates apurada y se iba a trabajar.
Pero eso era común, el inicio de un relato, contextualizando. Contando un poco que hacía el personaje, contando otro poco como arrancaba su día y que cosas tenía en la cabeza. Sin embargo, lo que llamaba la atención a Guido era lo escrito en el margen superior derecho. Era una fecha.
16/06/11.
Es hoy.
¿Y? Tampoco para hacer un escándalo. Tiene una fecha, ¿cuál es?
Estaba puesta con letra manuscrita. El hecho de que fuera una fotocopia la borroneaba un poco, pero era perfectamente legible. Era una escritura apretada, con los números grandes y prolijos.
La mente de Guido trataba de restarle importancia al asunto. Era un encabezado, alguien que lo había escrito pensando en el futuro, en que algún boludo iba a encontrar esas hojas y las iba a leer justo ese día. Algún hacker, medio freak, de seguro había podido programarla para generar un poquito de interés.
Bajo la única ventana de la habitación, había un banquito de madera. Tenía el barniz saltado y marcas en las patas, pero servía a su propósito. Guido se sentó y cruzó las piernas mientras seguía con la lectura. Por el pasillo circulaban chicos con mochilas y bolsos colgados que se dirigían a sus respectivas cursadas, otros se iban a sus casas. Y nadie miraba a ese muchacho con la barba algo desprolija y crecida que se asombraba a cada palabra que leía.
Resultaba que Victoria trabajaba en el observatorio, justo enfrente de la facultad. Tenía 24 años y un ex-novio medio obsesivo, lo cual había generado que cambie su número de celular dos veces y tuviera que ponerle una denuncia para que la dejara en paz. En una ocasión le había pegado, pero no se acordaba bien según lo contaba el narrador, porque ambos estaban medios borrachos. Victoria trataba de pensar en esa situación como algo lejano, fuera de su vida. Y si bien a veces soñaba con alguien que la perseguía por el departamento, alguien grande y oscuro, con manos que podían romper una espalda con solo tocarla, sentía que cada día que pasaba las cosas se ponían un poquito mejor. Con o sin novio.
Mirá que bueno, capaz que es tu día de suerte, pensó Guido. Experimentó con cierto patetismo ese pensamiento, dado que estaba leyendo una ficción, obvio. Pero no por eso dejaba de sentirse divertido, como espiar a alguien cuando estaba en su momento más íntimo. Ahora entendía a James Stewart en "La Ventana Indiscreta": Era lindo eso de mirar sin que el otro supiera. Y si esa chica Victoria fuera real, el sería como un intruso en su cabeza.
Ella pasaba su día tomando datos en una computadora. Su oficina registraba información meteorológica. Aburrido, en opinión de Guido. Además, no entendía mucho y por si fuera poco, se encontraba con palabras técnicas que por más que estrujara su cerebro nunca iba a comprender.
Siguió leyendo hasta que se terminaron las hojas. El relato quedaba cortado, porque al parecer no se habían impreso todas las hojas que lo componían. Lo último que tenía era que Victoria salía a buscar su almuerzo a las doce y cuarto. En su mente se forjaba la idea de comerse una tarta de pollo, de esas que cuando la calentabas le chorreaba el juguito al abrirlas. Tibiecita, como para pasar el frío. Así que agarraba su campera y salía.
Casi como un acto reflejo, Guido se fijó la hora en su celular. Eran las doce y tres minutos. Se inclinó hacia adelante, apoyándose en sus piernas con los antebrazos. Las hojas recién leídas colgaban laxas de sus manos, y una escapó para caer planeando a sus pies.
Guido levantó la vista y miró la fotocopiadora. Sus pupilas se contrajeron, su cabeza se dilató y el mundo parecía tener un color diferente.
No, no podés. Mirá que vas a salir y la vas a ver, si ni siquiera la conocés.
Su pensamiento se contestó solo, casi de forma automática.
Sé que lleva un abrigo azul, que tiene una cartera negra con flecos. Sé también que es morocha, que el pelo le llega hasta la cintura. Pero lo lleva atado, porque hay mucho viento y le molesta que se le revuelva. Y tiene botas, negras, porque combinan con el bolso.
Guido se puso de pie. Tenía que probar. Pero antes iba a poner en marcha la fotocopiadora una vez más, ya que tal vez decía algo más, algo relevante.
Se acercó a la máquina y le dió al botón. Sin poner ninguna hoja, sin bajar la tapa. La luz verde que reflejaba sobre el vidrio le dió de lleno en la cara, mostrándolo sorprendido, casi extasiado. En su fuero interno, sabía que saldrían las hojas con una continuación.
Pero en realidad la máquina sacó una sola. Un solo pedazo de papel en tamaño A4 escrito.
Guido lo tomó y leyó. Al principio, se quedó medio pasmado, porque no continuaba la historia de Victoria. Pero una vez leído el párrafo, terminó de entender.
“Roberto era un tipo común. Se cuidaba en las comidas, con la sal y las frituras. Manejaba con prudencia, no pasaba nunca los ochenta kilómetros por hora. Pero el destino, ese jodido bromista que hacía lo que quería cuando se le cantaba, le había puesto un tumor en su cabeza. Manejaba por la calle a casi ciento setenta, con su auto recién sacado del lavadero, limpio y brillante. No sabía que hacía, y nunca se acordaría; porque una parte de su tejido cerebral había sido destruido y le distorsionaba cualquier tipo de percepción racional que pudiera tener.
Victoria no creía en las casualidades, tampoco en la mala suerte. Pero que te atropelle un cuarentón que no sabía que hacía subiéndose a la vereda con medio auto y te estruje contra una pared, reventándote los órganos ante la tremenda fuerza del impacto y quitándote la vida casi al instante, eso si que era un pedo de la naturaleza.
Su muerte causó conmoción, se habló de ello durante mucho tiempo. Y la mancha de sangre tardó años en desaparecer de la vereda.”
¿Así terminaba? No podía ser. Guido no entendía nada. Se le aflojaron las rodillas y se apoyó mareado en el mostrador. Era una historia, nada más. Era ficción, puesta en un contexto conocido por él. Carajo, si ni siquiera el escritor se había tomado la molestia de describir el observatorio, el predio, o las calles que lo rodeaban.
Pero ahora no me queda otra que salir y fijarme.
Pero, ¿y sí un auto aparecía? Uno con la carrocería brillante y recién lavada, que reflejara la luz del sol como si de una guadaña se tratara. ¿Qué iba a hacer él, un simple fotocopiador qué recibía una especie de mensaje?
Nada, no vas a hacer nada porque no va a pasar nada, pedazo de imbécil supersticioso. Esto es cómo el horóscopo o el Hombre de la Bolsa. No existe.
Sin embargo, como en un sueño, o como en una fantasía incongruente, Guido caminó a la puerta y salió. Bajó las escaleras casi al trote. Y salió del edificio corriendo. Recibió algunas miradas curiosas pero no le importó. El aire estaba viciado, impregnado con alguna clase de percepción, una especie de electricidad indefinida, nueva para cualquiera que se preciara de sentirla. Pero solo la experimentaba Guido, el cual se encontraba maravillado y al mismo tiempo horrorizado por tal revelación.
Sacó el celular del bolsillo con torpeza, sin dejar de correr. Miró la hora otra vez y vió que eran las doce y once minutos. Trató de guardarlo, pero se le cayó. No le importó, siguió acelerando, sintiendo el aire frío que le cortaba la garganta, y empezando a notar la conocida puntada de mala respiración en la parte izquierda de su tórax.
La salida de la facultad era un camino de unos ochenta metros, con árboles a los costados. Era un paseo agradable de hacer al calor del sol en ese particular día. Había algunos grupos de estudiantes charlando a los costados, sentados en el pasto. Lo miraron y, a lo lejos, uno le gritó el famoso "¡Corre, Forest, corre!". Lo escuchó con la parte de su cerebro que le decía que frenara, que lo único que hacía corriendo así era quedar como un ridículo, que había dejado abierta y sola la fotocopiadora y lo iban a cagar a pedos. Pero esa parte de su cerebro ya no influía en él.
Llegó a la salida, la cual terminaba en un gran portón de hierro. Siempre estaba abierto, y esa vez no fue la excepción. Esquivando a una pareja que iba de la mano, llegó a la vereda. Según el relato, Victoria debería aparecer del lado de enfrente. La calle era ancha, de doble mano y con un boulevard en el centro, cruzarla supondría un problema, porque pasaban mucha cantidad de autos. Además, por más que buscaba frenético con la mirada, no lograba ver a Victoria. En su interior, una parte de su ser volvía a gritarle que pugnara por la racionalidad, que no fuera tarado y volviera a su puesto de trabajo. Pero no iba a hacer eso. Porque, en el momento que iba a rendirse, a quedarse parado esperando lo inevitable, la vió.
Estaba de pie sobre el cordón de la vereda, aguardando con una mano en el bolsillo del saco y otra sobre la cartera. Esperaba que dejaran de pasar autos, para poder cruzar. Guido tuvo un instante para admirar su belleza. Tenía los pómulos alzados, con una actitud de gentil arrogancia que la hacia resaltar. Sus ojos eran atentos, de una tonalidad marrón claro que cuando querían, de seguro atraían miradas.
Pero mucho más no pudo contemplar, porque observó a la derecha y vió el auto que se acercaba a toda velocidad. Dejó de lado la racionalidad que tanto tiempo había ocupado su vida y se largó a la calle sin pensar.
Una camioneta frenó con un chirrido ante el chico imbécil que se le ponía enfrente como queriendo matarse. El olor a goma quemada lleno el aire y se escuchó que detrás de la camioneta otro vehículo accionaba los frenos de repente. El choque sonó con fuerza ante la aparente tranquilidad que rondaba la facultad como cualquier día común, y un grito de sorpresa se oyó a lo lejos. El conductor del auto sintió la fuerza del cinturón de seguridad cortándole el flujo del aire de un golpe seco. No se dió por aludido ante las bocinas que resonaban detrás suyo, pero no sintió desde atrás ningún impacto.
Guido cruzó el boulevard a toda carrera dando largas zancadas y con una expresión resuelta en su cara. Bajó a la otra calle, y vió que Victoria lo miraba con sorpresa, sin moverse de su lugar y aferrando el bolso más fuerte que nunca. Sus pulsaciones pasaron a ciento cuarenta casi en un instante, y no pudo hacer más que quedarse mirando al chico que corría hacia ella.
El auto de Ricardo, el hombre que no tenía ningún tipo de conocimiento de que un tumor cerebral se gestaba en su cabeza desde hacia casi tres meses, siguió acelerando como si nada. Su coche se desvió apuntando directamente hacia Victoria. El reflejo del sol sobre el parabrisas del auto la cegó levemente, y entrecerró los ojos un poco a pesar de la sorpresa que la cernía.
Guido saltó con todas sus fuerzas y se tiró sobre su cuerpo. La agarró por la cintura, golpeándola con fuerza en el estómago con su hombro derecho, como si se tratara de un rugbier. Escuchó como Victoria expulsaba el aire en un bufido y alargaba los brazos, tratando de contrarrestar la tremenda fuerza de los setenta kilos de él sumados a la fuerza del impacto.
El auto se subió al cordón y pegó un salto que lo desvió levemente a la izquierda, lo cual fue una suerte para Guido. Esa desviación fue la que salvó a sus pies y sus tobillos de una fractura segura.
Victoria cayó al suelo y se golpeó la cabeza con un sonoro ruido seco contra la vereda. La sangre manó en cantidades, aunque solo le dejaría una pequeña cicatriz y un chichón grande y doloroso durante varias semanas. Guido cayó sobre ella, raspándose las palmas de las manos y dándose la pera contra las baldosas al esquivar el rostro de la joven. El tajo que se hizo le dejaría una cicatriz notable de por vida.
El coche pasó a toda velocidad por detrás de ellos y se la dió de lleno contra un paredón que flanqueaba el observatorio. Su conductor no llevaba cinturón y salió despedido por el parabrisas. Se pegó la cabeza contra el muro y quedó sin vida al instante. No fue una gran perdida, acataría el medico que le realizaría la autopsia; ya que con el avanzado estado de su tumor, lo más probable fuera que no llegara a vivir más de seis meses. Desde ya que no era razón para terminar estrellado contra una pared, pero tampoco podía hacerse mucho.
Al instante, la gente comenzó a congregarse alrededor de la chica y el chico unidos en una especie de abrazo torpe y desventurado, tirados sobre la vereda y ambos sangrando. Guido se alzó con lentitud, poniendo una mano sobre la herida en su mentón y con la otra haciendo inútil fuerza para tratar de incorporarse. Victoria lo miró pestañeando, sin saber bien donde estaba. El humo del auto pulverizado llenaba el aire y las voces de las personas y curiosos de turno remarcaban su desorientación. Tuvo tiempo de preguntarse que había pasado solo una vez. Cuando quiso forzar sus procesos de pensamiento un poco más, se desmayó.
Guido logró ponerse en pie con la ayuda de dos chicos que lo miraban fascinados. Todos los presentes lo miraban con asombro. Se irguió y esperó a caer desvanecido, muerto, o despedazarse en miles de fragmentos. Cualquier cosa podía pasar dadas las circunstancias. Pero nada de eso sucedió. Lo guiaron hacia un costado y lo ayudaron a sentarse en el cordón. Cuando la ambulancia llegó, en lo único que podía pensar Guido era en que tendría que buscarse otro trabajo.
Eso como mínimo.



Fin.

lunes, 20 de febrero de 2012

El Talismán — Stephen King/Peter Straub



Bueno, antes de comenzar en este nuevo espacio de “El Edén de los Novelistas Brutos”, me permito hacer una pequeña aclaración de lo que para mí es una crítica.
En particular, considero la crítica de un libro, película, disco, o lo que sea, como un espacio para reseñar e indicar a quien se hace con la misma sobre las vicisitudes de la obra en cuestión. ¿Qué quiero decir? Que, en mi opinión, la crítica debe ser un modo constructivo de dar a conocer lo que se describe. Lo más interesante que se puede hacer es guiar, encauzar y orientar de la mejor manera posible.
Así, no buscamos indicarle al lector que es lo bueno o lo malo. Tratamos de hacerle saber lo que va a encontrarse si decide inmiscuirse con lo analizado por nosotros. Maquetamos las pautas y elementos que conforman la cosa criticada.
Sin embargo, a no dejarse engañar: es imposible realizar cualquier acto de crítica (o de la vida misma), sin ponerle una enorme carga de subjetividad. No podemos engañarnos afirmando que somos el súmmum de la objetividad. Pero, se puede poner nuestro mejor esfuerzo y ofrecer una guía sobre que elegir para, en este caso, leer.
Sin más, vamos al grano.





Título Original: The Talismán
Autores: Stephen King/Peter Straub
Género: Terror/Fantasía
Tipo: Novela
Año de lanzamiento: 1984

Sinopsis: Un ventoso día otoñal, un chico de doce años está en una playa del gris océano Atlántico, al lado del silenciado parque de atracciones y el apagado pueblo de Alhambra. Jack ha llegado aquí empujado por las circunstancias: su padre ha fallecido, su madre está agonizando y nada tiene ya sentido. Pero para Jack, todo está a punto de cambiar: ha sido elegido para emprender un viaje a través de los misteriosos Territorios. En su desesperado intento de salvarle la vida a su madre, ha de buscar el Talismán en aquel paisaje épico, hogar de monstruos e inocentes. El talismán es imprescindible, pero el viaje de Jack significa mucho más que esto.

He decidido reseñar esta novela porque es la última leída  y, por lo tanto, es la que más fresca tengo en la cabeza.
Ya en las primeras páginas, nos encontramos con un ambiente cargado de inquietud. Sabemos que algo pasa y nuestro protagonista, Jack Sawyer, confiere a esa inquietud todo un estado de atmósfera que enseguida nos introduce en su mundo. Sin embargo, el principio del libro también presenta (para mi gusto), cierta debilidad. Y creo que se pueden hacer dos apreciaciones. Por un lado, ser la primera colaboración entre dos grandes escritores como son King y Straub. Por otro, el hecho de que el inicio de la historia parece desordenado, algo chocante e impreciso.
Con esto quiero decir que el libro comienza con un enorme aluvión de sentimientos, sensaciones y percepciones devenidos desde el punto de vista de Jack, de forma tal que no sabremos bien donde estamos metiéndonos.
A medida que avanzamos en la lectura, iremos dando cuenta de una buena parte de situaciones que harán a Jack tomar la decisión de salir de viaje, con la firme intención de salvar la vida de su madre. Encontramos aquí a un King cómodo en el armado de uno de sus prototipos de personaje favorito: un niño. Así, las situaciones oníricas, los desmadres fantásticos y las visiones del protagonista, cuentan con una fuerte carga de descripciones y emociones apabullantes.
Una vez que nuestro querido Jack Sawyer (si, ya desde un primer momento simpatizamos sobremanera con él) comience su viaje, vivirá infinidad de situaciones, conocerá muchos personajes y se reencontrará con otros. La tensión aparece a cada instante, preguntándonos como hará este chico para salir de determinados estados que lo ponen contra las cuerdas a cada momento. Sin embargo, llegará un punto del libro en el que la angustia inferirá en la lectura, queriendo que de una vez por todas, llegue hacia el Talismán, encuentre la forma de salvar a su madre, y logre su ansiado objetivo de una vez por todas. La historia no se vuelve pesada, pero si algo sobrecargada.
Como agregado, me gustaría terminar haciendo hincapié en las fabulosas descripciones con las que cuenta el libro. La forma en que King y Straub nos muestran el mundo de los Territorios nos transporta a cada momento. Y no solo este fantástico lugar, sino también el universo de las rutas estadounidenses, cada ciudad o pueblo por el que Jack pasa es un mundo distinto, cargado de un propio ambiente, de personajes influyentes (algunos buenos, otros no tanto) y de momentos que harán al protagonista llegar al límite de su comprensión y fuerza vital. Además, cabe destacar las inmejorables conexiones entre los Territorios y nuestro mundo, los personajes que se superponen entre ambos lugares, y la forma en que se nos relata todo esto, un vínculo único entre dos universos que a primera vista parecen no tener nada en común, pero que estriban uno del otro a cada paso que Jack da.
Como conclusión, podríamos decir que el libro cuenta con un final inmejorable, cargado de tensión, ante el cual pasamos las páginas con frenesí. Al terminarlo, no nos queda más remedio que amar a Jack Sawyer y todos los que lo acompañaron en su travesía por ambos mundos.
Me gustó mucho el libro, y recomiendo su lectura. Sin embargo, no está entre mis prioridades decir que es una lectura imprescindible, al menos para quienes no sean fanáticos de King. Porque eso es otra historia.
Salud Brutos. Aquí y ahora.