Por Yolanda Boada Queralt.
Consigna: Escribe sobre Peter Pan, el país de Nunca Jamás y todos sus personajes. Debes vincularlos con los protagonistas de Five Nights at Freddy's.
Consigna: Escribe sobre Peter Pan, el país de Nunca Jamás y todos sus personajes. Debes vincularlos con los protagonistas de Five Nights at Freddy's.
La consigna es delirante, pero no
queremos que el cuento lo sea. Evita la comedia y lo grotesco.
Texto:
Como
cada día desde que él no está, subo al acantilado y contemplo el mundo que se
está desmoronando. La isla de Nunca Jamás está perdida sin Peter Pan.
El
viento me azota el rostro de forma inmisericorde pero mantengo la espalda bien
recta y levanto la barbilla, desafiante. Me niego a llorar más. Unos oscuros
nubarrones de tormenta cubren el horizonte y se acercan, cargados de malos
presagios. Decenas de metros bajo mis pies, el mar está enfurecido y ruge. Ya
no es azul, sino gris. Tan gris como se ha quedado mi propio corazón. De
repente, en la Bahía del Caníbal diviso la silueta del Jolly Roger entre la
niebla. El barco pirata leva anclas y emprende el vuelo hacia las nubes negras,
adentrándose en ellas hasta desaparecer.
—Wendy.
Alguien
pronuncia mi nombre y giro la cabeza. Es Campanilla. Deja de revolotear y
desciende para sentarse a mi lado. Ella también tiene el corazón roto y, de
alguna forma, eso ha hecho que ambas nos sintamos más cerca de lo que nunca
antes habíamos estado. Hubo un tiempo en el que Campanilla me odió, pues estaba
celosa de que Peter me hubiera traído a su isla, pero ahora ella se siente
culpable.
—Va
a llover —dice contemplando el horizonte.
—Sí.
Ambas
permanecemos inmóviles mientras caen las primeras gotas. Ambas pensamos por
enésima vez en lo que sucedió hace treinta días. Sí, he contado los días; cada
mañana, al despertar, hago una nueva muesca en la pared, junto a la cama. Un
día. Una muesca. Una grieta más en el alma.
Hace
treinta días, a Peter se le ocurrió una nueva travesura. «Entraré en el Jolly
Roger mientras los piratas duermen y me llevaré el catalejo del capitán»,
proclamó, con sus ojos verdes tan brillantes que parecían llenos de estrellas.
Al oírlo, Campanilla revoloteó a su alrededor batiendo palmas y, entusiasmada,
dijo que lo acompañaría. A mí me pareció una idea imprudente e intenté disuadirlo,
pero no hubo manera. Peter Pan siempre hace lo que desea.
Antes
del alba, Peter y Campanilla se dirigieron hacia el barco. Los Niños Perdidos,
que se habían levantado a hurtadillas de sus camas, lanzaron un coro de
vítores, excitados, y me costó mucho trabajo conseguir que volvieran a dormir.
Yo me sentía muy inquieta y preocupada, sin saber con exactitud por qué, pero
mis temores se convirtieron en terrible realidad cuando el eco de una
detonación resonó por toda la isla. Y la tierra se estremeció bajo nuestros
pies. Aquel día no hubo amanecer, el sol se hundió de nuevo en el mar y la
niebla lo cubrió todo como un sudario.
Horas
después regresó Campanilla. Estaba tan abatida y débil que ni siquiera podía
volar. Tocó mi mano y, en un intenso fogonazo que me dejó sin aliento, vi en mi
mente todo lo que había sucedido: Peter entrando en el camarote del capitán
Hook y alzando victorioso el catalejo dorado; el capitán roncando en el
camastro que, de repente, se despierta y saca la pistola de debajo de la
almohada; un grito aterrador de la propia Campanilla que es acallado por el
disparo; una flor roja que, lentamente, se dibuja sobre el pecho de Peter y
este empieza a caer en cámara lenta; y, por último, la tripulación cargando el
cuerpo inerte y tirándolo por la borda. También percibí las sensaciones del
hada, todo su dolor y un inmenso sentimiento de culpa.
Las
sirenas y tritones estuvieron buscando su cuerpo en el mar durante días, pero
no pudieron encontrarlo. Dijeron que solo vieron alejarse un enorme cocodrilo,
el mismo que mucho tiempo atrás comió la mano derecha del capitán. Temieron lo
peor.
Desde
aquel día, todo en Nunca Jamás ha cambiado. El cielo siempre está triste y el
mar siempre está enfadado, ya no cantan los pájaros ni nacen nuevas hadas. Y la
tierra tiembla cada vez más a menudo. Además, nosotros también estamos
cambiando muy rápido. ¡Crecemos! He dejado de ser una jovencita para
convertirme en adulta y los Niños Perdidos se han transformado en adolescentes
inquietos.
Todos
estos cambios me aterran.
***
Cuando regresamos a la
cueva donde vivíamos ya se había desatado la tormenta. Aseguré bien la puerta
de madera mientras Campanilla agitaba sus alas para secarlas. En la sala
principal, que cumplía las funciones de salón-comedor, encontramos a los
chicos. Estaban sentados en el suelo con las piernas cruzadas, formando un
círculo. Junto a ellos había diversos objetos que nunca antes había visto: una
cesta de cáñamo llena de manzanas rojas, un muñeco con forma de zorro y vestido
de pirata, y una muñeca autómata con tutú de bailarina. Pensé que nunca había
visto una muñeca tan fea.
—¡Mira, Wendy!
¡Nosotros también podemos hacer magia! —exclamaron los chicos muy excitados.
—¿¡Cómo!?
—Ya hemos creado todas
estas cosas —comentó Nibs señalando los objetos.
—¡Y ahora haremos un
osito de peluche! —aseguró Curly. Me di cuenta de que los rizos ya le cubrían
los ojos, y eso que le había cortado el pelo pocos días antes.
—Mira cómo lo hacemos,
Wendy —dijeron los gemelos al unísono. Ellos seguían siendo los más pequeños,
aunque también habían dado un buen estirón.
—De acuerdo —accedí,
apoyándome en la puerta. Campanilla se posó sobre mi hombro y también observó
con interés.
Los chicos enlazaron
sus manos y se concentraron. «Imaginad un osito de peluche», indicó Nibs. Todos
guardaron silencio y cerraron los ojos. Al cabo de unos instantes, justo en el
centro del círculo, surgió una pequeña luz azul que, poco a poco, fue
haciéndose más intensa y formó una suerte de remolino que giraba más y más
rápido. Contuve el aliento. Al fin, tras un destello tan intenso que tuve que
entrecerrar los ojos, la luz desapareció y en su lugar había un oso marrón con
los ojos azules. Campanilla y yo lo miramos boquiabiertas.
—¡Es increíble, chicos!
—exclamé realmente asombrada.
—Solo Peter podía hacer
estos trucos de magia —comentó Campanilla con la mirada entristecida—. Pero ya
nada es igual en Nunca Jamás. A saber cuántas sorpresas más nos esperan...
Fue en aquel momento
cuando cogí una de las relucientes manzanas rojas de la cesta y le di un buen
mordisco. Enseguida escupí todo lo que tenía en la boca, y parte de lo que me
quedaba en el estómago, al ver que estaba llena de gusanos.
Poco después de cenar,
nos acostamos. Los gemelos se llevaron a la cama a sus nuevos juguetes preferidos,
el zorro y el osito. Incluso les habían puesto nombre: Foxy y Freddy. El resto
de muñecos que habían creado los dejaron sobre la cómoda: la bailarina, un
pollito y un conejo de color morado.
—¿Nos explicas un
cuento sobre Foxy y Freddy?
—Claro que sí. —Me
senté a un lado de la cama y solté lo primero que se me ocurrió—: Había una vez
una gran ciudad, en la que la gente siempre estaba tan atareada que se habían
olvidado de sonreír y disfrutar. Pero un día abrió sus puertas una pizzería
llamada Freddy's. Y no solo era un lugar para ir a comer, pues Freddy y Foxy se
encargaban de hacer un espectáculo para que grandes y pequeños se lo pasaran
muy bien. También actuaban Ballora, la bailarina autómata, Chica, el pollito
cantante, y Bonnie, el conejo guitarrista...
Al cabo de un rato, los
niños se quedaron dormidos con los muñecos entre sus brazos y yo me dirigí
hacia mi habitación. Era la que quedaba más lejos, para llegar había que seguir
por un angosto pasadizo excavado en la roca. En aquella zona había chimeneas
naturales que conducían al exterior, por lo que podía escuchar el restallar de
los truenos y la furia de la tormenta por encima de mi cabeza. Me costó
conciliar el sueño.
No había transcurrido
demasiado tiempo cuando sentí el contacto de unas manos y desperté con el
corazón desbocado y un grito en la garganta. Había alguien a mi lado.
—¡Wendy, Wendy! —Eran
los gemelos.
—¡Menudo susto me
habéis dado! ¿Qué ocurre?
—Freddy no está.
—Foxy tampoco.
—Y se escuchan ruidos
dentro del armario.
—¡Y debajo de la cama!
Me incorporé y encendí
el candil que funcionaba con polvo de hada —uno de los inventos de Peter— y
como tenía frío me puse el vestido por encima del camisón. Abrí la marcha,
alzando la lamparita, y avanzamos por el corredor. Antes de entrar en la habitación
de los chicos ya escuché sus ronquidos: dormían como lirones.
—Parece que aquí todo
está bien, granujillas.
Pero entonces oí los
ruidos que provenían del armario. «Qué raro», pensé mientras me acercaba. Era
como si algo estuviera arañando desde el interior.
—Ten cuidado, Wendy
—dijeron abrazándose entre sí.
—Lo tendré, tontos.
Abrí la puerta con una
mano mientras con la otra sujetaba la lámpara. No estaba en absoluto preparada
para lo que vi. Todo fue muy rápido y, sin embargo, tuve la sensación de que
sucedía a cámara lenta. Era Foxy, pero había crecido. ¡Era tan alto como yo!
Sus mandíbulas se abrieron al verme y sentí un vahído al contemplar las hileras
de colmillos puntiagudos. Además, me di cuenta de que su pelaje de zorro
presentaba algunos desgarrones en el pecho y, por debajo, se apreciaba la
maquinaria mecánica de un autómata. Por fortuna, aparté la mano y sus fauces se
cerraron en el aire, aunque sí me hizo un rasguño con el garfio que tenía en el
lugar de la zarpa derecha. Estampé de inmediato la puerta contra su hocico
mientras gritaba.
—¿Pero qué ocurre?
—preguntaron Nibs y Curly, frotándose los ojos.
—¡Preparaos, chicos!
—ordené, bloqueando con una silla la puerta del armario—. ¡Tenemos que
marcharnos de aquí! Estos muñecos son diabólicos y quieren matarnos.
Nibs y Curly me miraron
como si yo estuviera loca.
—¡Los otros muñecos
tampoco están! —gritaron los gemelos. Era cierto. Todos habían desaparecido de
encima la cómoda.
En el corredor
escuchamos entonces el sonido de varias pisadas y risitas sofocadas.
—¡La luz! —exclamó
Campanilla, que llegó revoloteando en aquel momento—. Parece que la luz los
ahuyenta, debe ser porque están dominados por la magia oscura. Se habrán
transformado al caer la noche.
Nibs y Curly tomaron
los dos candiles que había en la habitación y salimos al pasillo manteniendo a
los gemelos en el medio de la formación. Sujetábamos las lámparas ante
nosotros, yo abriendo la marcha y ellos cerrándola, y de esta forma
alumbrábamos el mayor espacio posible a nuestro alrededor.
Junto a la puerta de la
cocina, escondido entre las sombras, vislumbramos la inconfundible silueta de
Freddy, el oso pardo que ahora era gigantesco. Todos lanzamos un grito y
perdimos la concentración. Reparamos demasiado tarde en Bonnie, cuyos ojos rojos
brillaban en la penumbra de la sala. El grotesco conejo se nos echó encima y
mordió a Nibs en un brazo. El chico estuvo a punto de dejar caer la lámpara,
pero Campanilla revoloteó entonces sobre el ser animatrónico desprendiendo una
lluvia de polvo de hada. Bonnie se retiró furioso.
Al fin conseguimos
llegar a la puerta y salimos al exterior, en plena tormenta. Decidimos buscar
cobijo en el Bosque Tiki, donde teníamos una casita en un árbol, y corrimos sin
aliento hacia allí.
***
Aprovechando la oscuridad
de la desapacible noche, una sombra se aleja con rapidez de la Laguna de las
Sirenas en dirección a la Bahía del Caníbal. Se encarama sobre una formación
rocosa y, realizando una elegante pirueta, salta al mar. De inmediato, sus
piernas de mujer se transforman en una poderosa cola de pez al entrar en
contacto con el agua. Nada con tanta energía y destreza que en pocos minutos
llega al arrecife de coral, ante la Roca de la Calavera. Sonríe y se sumerge
entre los corales, buscando la entrada de la cueva que tantas veces ha visitado
durante los últimos días.
Emerge entre las rocas
cubiertas de coral y musgo fluorescente y agita los cabellos rojos mientras
sale del mar. Aquel lugar es su oasis personal, el cual descubrió siendo una
niña. Siempre ha sido su refugio hermoso, pero ahora solo tiene ojos para él.
El cuerpo del chico
sigue sobre un lecho de algas y flores mustias. Se acerca a él y, con mucha
ternura, acaricia sus cabellos rubios y le besa en los labios. ¡Cuánto tiempo
le ha amado en secreto! ¡Cuántas veces ha deseado una sola mirada suya! Se
tumba junto a su cuerpo y apoya ligeramente la cabeza en su pecho. Las heridas
ya están cicatrizando, sí, pero el latido del corazón es muy leve.
—Las lágrimas de las
sirenas pueden curarlo todo, ¿sabes? —dice ella en su lengua, que es la misma
de los delfines y ballenas. Las lágrimas empiezan a rodar por sus mejillas de
nácar y caen sobre el pecho de Peter—. Muy pronto serás mío para siempre.
Lo besa una vez más y
rodea las piernas del chico con su iridiscente cola azul.
***
Cuando llegamos al
bosque nos sentimos desolados. Aquellos imponentes árboles mágicos, seres
milenarios tan antiguos como el mismo Nunca Jamás, estaban muertos. Algunos de
ellos se habían derrumbado a causa de un temblor de tierra, y los que seguían
en pie estaban demacrados, con la corteza cenicienta y las hojas negras.
El Árbol del Ahorcado,
en el que Peter y los niños habían construido el refugio, estaba muy inclinado
y sus raíces expuestas parecían los pies de un gigante esquelético.
Pensé en seguir
adelante hasta el campamento de los indios Picaninny, pero los gemelos ya
estaban temblando de frío y lo más sensato era refugiarse. Por lo tanto, dije a
los chicos que subieran por el tronco inclinado para alcanzar la trampilla. Ya
todos habían accedido al refugio y empezaba a subir yo cuando algo tiró de mi
pierna. Grité al ver a Ballora, la bailarina autómata, que cerró sus dientes
sobre mi pantorrilla. Por detrás de ella y de su incongruente tutú rosa
distinguí las figuras de sus compañeros.
De improviso, la
melodía de una flauta sonó desde el refugio y Ballora me soltó. Alzó los brazos
y empezó a dar vueltas como si hubiera caído en un embrujo. Ascendí lo más
rápido que pude y descubrí que era Curly quien tocaba la melodía. Cerramos la
trampilla y nos abrazamos todos con fuerza, temblando de frío y miedo.
Estuvieron golpeando
las paredes del refugio hasta que una de ellas se astilló. Pero fue justo en
ese instante cuando, en una cueva bajo el mar rodeada de corales, Peter abrió
los ojos y sonrió a la sirena que lo había salvado.
La tormenta cesó y
salió el sol. La isla de Nunca Jamás volvió a cubrirse de colores. Las aguas
del mar se tiñeron de un azul cristalino y un arcoíris apareció sobre el Bosque
Tiki. Los árboles, acariciados de nuevo por el sol, se vistieron con ocres y
verdes de todas las tonalidades, y los que habían caído se levantaron. El Árbol
del Ahorcado también se incorporó, sosteniendo con cuidado el refugio entre sus
brazos, y con sus poderosas raíces aplastó los cuerpos de los animatrónicos,
que con la llegada del amanecer se convirtieron en unos simples muñecos.
Poco después nos
reunimos con Peter. Le dije que teníamos que hablar y subimos al acantilado.
Sus ojos brillaban, como siempre, pero vi en ellos una profundidad nueva.
—Estos treinta días me
han servido para darme cuenta de que este no es mi lugar. Quiero regresar a la
Realidad —aseguré—. ¿Sabes, Peter? Creo que podemos crecer y seguir siendo
niños dentro de nuestros corazones. Ahora no quiero volver a ser niña y olvidar
todo lo que he aprendido. Quiero vivir de verdad.
—¿Sabes, Wendy? Antes
no te hubiera comprendido, pero ahora sí —respondió con una sonrisa torcida—.
Solo te pido una cosa.
—¿Qué?
—Que nunca dejes de
contar cuentos, porque seguiré visitando tu ventana para escucharlos.
Y tras decir esto me
dio un beso en la mejilla. Un beso especial. A veces siento un cosquilleo justo
en ese lugar y sé que se acuerda de mí.
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