lunes, 4 de marzo de 2013

Con la música a otra parte.

Por Nati Lou.


Esa mañana de jueves venía siendo bastante anormal. No séqué fue lo primero que me hizo dar cuenta, pero creo  que fue el radio - despertador, programado a las 6:00 en mi FM favorita.
     ¡Buenos  días gente hermosa! —amaba la voz de ese locutor —hoy tendremos otro dia soleado, con una temperatura de 25° C, así que pueden ir guardando el saquito de ayer, porque no lo van a necesitar.
      ¡Buenísimo Pato! —Exclame (siempre tuve esa costumbre: hablo con la radio, con la televisión, con los personajes de mis libros. Creo que el hecho de que no me escuchen es bastante liberador).
Y ahí, todos los días, debía sonar una canción. La primera del triple de éxitos de las 6:05. En vez de eso, Patricio siguió hablando.
     Y les cuento que hoy las calles del acceso oeste a Capital Federal están cortadas por la fuerte tormenta de ayer…
Deje de escuchar y fui a desayunar. No laburaba en Capital, vivía en Mendoza, y francamente, me importaba un bledo los porteños y sus inundaciones. Al fin y al cabo, en Mendoza también había llovido, hasta cayo granizo.
Prendí la televisión.
     Y por la tormenta de ayer, repetimos, están cortados absolutamente todos los servicios de transporte en Capital y Gran Buenos Aires. —ahora la del noticiero me venía a hablar de Capital y de los pobres diablos que no podrían viajar.
     No me importa Nati, vivo en Mendoza y puedo ir al trabajo caminando.
     Y pasamos a los títulos.
Apague el noticiero. Sabía que se venían las consabidas imágenes, calidad celular, de  esos pobres diablos inundados.
Cuando llegue a la oficina había una gran excitación. Todos hablaban entre sí, mientras tomaban el 2do o 3er café del dia.
     Y hoy cuando venía en el auto, te juro que no pude enganchar una puta canción.
     Me paso lo mismo. ¿escuchaste la radio? No paso el triple de las 6:05, es más, creo que ni siquiera había canciones en las publicidades.
     Sí, es todo muy raro.
     ¿Habrá muerto algún compositor famoso y estarán todos de luto?
     No seas pelotuda Pau, eso es imposible.
     Yo tampoco pude escuchar ninguna canción hoy —dije—. Es como si todos se hubieran puesto de acuerdo en no pasar música.
     ¡Otra más! ¿Por qué harían eso?
Viviana, que siempre fue la máspráctica, pego un grito.
     ¡che, miren esto!
      Tu IPod. Nos los mostraste varias veces.
     En serio Juan. Mira la lista de reproducción.
Miramos todos. En vez de encontrar música digna del IPod de Viví, había un cartelito “no hay canciones en la lista de reproducción”
     Se pusieron todas de acuerdo para hacerme una joda ¿no? —Juan sonrió. —voy a buscar un CD al auto y terminamos con esto.
Volvió con un CD de Green Day. Lo puso en el DVD que teníamos para las conferencias, y para escuchar música. El DVD dio error.
     Esto es raro — dijo Juan.
Y así venimos  desde hace cinco días. Intentando siquiera hacer ritmo con las ollas para simular una batería. O silbar una canción, cualquiera. Aun no logramos nada. Y, según estuve investigando por Internet (YouTube no reproduce videos musicales, y las canciones que bajamos del Ares no se escuchan) es a nivel mundial.
Y nadie sabe aún que hacer.

viernes, 1 de marzo de 2013

El viaje

Por Luis Seijas.


Estaban sentados alrededor de la fogata cuando Rubén se acercó y pidió un lugar para sentarse. Se disponía a hablar y recordó que estaba en un lugar nuevo, con personas y costumbres nuevas. Pidió la palabra aplaudiendo una vez y tocándose suavemente la garganta con su mano derecha.
—¿Quieren saber mi historia? —Vio de izquierda a derecha y encontró con que todos los rostros lo animaban a continuar—. Muy bien, les advierto que ni yo mismo lo entiendo.
Los sabios murmuraron unos con otros, pero la curiosidad -tanto por la historia como por la apariencia del forastero- era mas fuerte que ellos.
—No es cuestión que entiendas o no, si aún quieres formar  parte de esta familia y ganarte nuestro respeto y confianza, cuéntanos —dijo Mentor, el sabio mayor, levantando su cayado—. Y haz has tu mayor esfuerzo porque si no… te corresponde el exilio.
Rubén se aclaró la garganta y continuó:
—Voy a empezar por decirles que el día en que el mundo dejó de ser mundo, yo estaba y no estaba en él.
—¡Imposible! —alzó la voz mildro el mas joven del círculo, sus ojos brillaban de envidia—. Sólo los dioses pueden hacer algo asi.
Mentor le lanzó una mirada de reproche fugaz.
—Disculpe usted al joven — dijo bajando la mirada.         
Rubén se sintió con mas confianza. Para ¿inventar?... No. Decidió decir su verdad, aunque pareciera imposible, aunque ellos no le creyeran y lo mandaran de igual forma al exilio por lo inverosímil de su historia.
Mi verdad, es media verdad cuando llega a tus oídos —pensó—.
Empezó a narrar cómo habían sucedido las cosas y aunque había partes del relato que iban a quedar en blanco, se armó de valor y empezó:
—Como dije, cuando aconteció todo yo estaba y no estaba presente. En mi mundo hay un lugar especial en el mar al que llamamos “El Triángulo de las Bermudas”. —Dibujó la forma en la arena para hacerse entender mejor—.
—¿Naciste allí? —escuchó que alguien preguntó.
Rubén no supo quién. Sin darse cuenta, había empezado su relato con la mirada fija en la forma geométrica recién dibujada en la arena. Alzó la vista, vio a su alrededor y se prometió no levantar mas la mirada hasta no culminar su historia.
—No nací en ese lugar, llegué allí de la misma forma desconocida como lo hice aquí. En esos tiempos, la mano del hombre estaba exterminando toda la vida en la Tierra. Talaban las selvas vírgenes, alteraban los cursos de agua de los ríos, envenenaban al mar.
Hasta que un día, el planeta se cansó de todos los malos tratos y utilizó su fuego para liberar. El fuego tiene un efecto purificador.
—Sí, te entendemos forastero. Para limpiar nuestras tierras le prendemos fuego ceremonial y observamos como va cobrando vida, al pasearse por nuestros sembradíos — intervino de nuevo Mentor.
A Rubén le agrado la idea que al menos en ese momento tuviesen algo en común.
Sucedió hace mucho tiempo, aunque en honor a la verdad el tiempo ya no era lo mismo para él. Desde el día en que se enteró que el planeta – su planeta- se estaba desintegrando y desapareciendo.
Los volcanes, desde los activos hasta los inactivos, hicieron erupción casi al unísono. Una capa de ceniza fue cubriendo el planeta, sumergiéndolo en una oscuridad espesa. Los rayos de sol ya no alimentaban a la tierra, ni a sus selvas. El calor tostaba hasta la vista.
—¿Y si todo estaba asi de caótico, como es que tu sobreviviste forastero?
—Simple, ¿recuerdan que les comenté sobre el lugar especial? —señaló hacia el dibujo en la arena.
—Sí, lo recordamos. Triángulo de las Bermudas se llamaba.
—Exacto, mi estimado Mentor.
Sobrevivió porque todos los “desaparecidos” que, a lo largo de los años, intentaron atravesar ese triángulo, fueron llamados a repoblar la tierra luego que se presentara el comando de limpieza.
—Pero si era tan aislado como nos los haces ver, forastero. ¿Qué hiciste para saber lo que estaba pasando en las afueras de ese “lugar Especial”?
—Una de las bondades que ser ecologista es que siempre ves la manera de transformar lo que contamina por algo no contaminante. Y así inventé un panel solar que alimentaba al sistema de energía del yate. Con esa energía limpia generándose en mi embarcación, pude escuchar en todas las frecuencias de radio que el fin del mundo estaba llegando.  
  

  







— qué es el paraíso?— dijo mejor, el sabio mas viejo—. Creo que saber a qué te refieres, pero explicate para que podamos transmitir tu información.
— un paraíso es un lugar donde no te tienes que preocupar mas de la cuenta. De hecho, mas te ocupas que pre ocupas.
— Dinos mas, tenemos muchas preguntas te las haremos luego que nos cuentes de cómo terminó todo.
— entiendo.
— no se decirles cuando comenzo, porque de una cosa si estoy seguro es de que el final que tuvimos fué orquestado — conciente o inconcientemente— por nosotros.

La habitación de metal

Por Patricia Porta.



—Dime todo lo que sabes —Le dijo un hombre que acababa de entrar en la habitación.
Raúl frunció el ceño. Trató de aclararse las ideas, lo último que recordaba era haberse quedado dormido en su habitación en la tienda comercial.
—No entiendo a qué te refieres —respondió después de unos segundos—. Estaba durmiendo tranquilamente, y ahora me despierto aquí, atado a una silla, dentro de una habitación toda de metal —miró para todos lados—. Yo no hice nada malo, no entiendo por qué me apresaron.
—¿Qué estuviste haciendo estos últimos ocho años?
—Sobrevivir.
—Dime cómo comenzó todo ¿Qué sucedió hace ocho años?
Raúl pestañeó varias veces, incrédulo.
—¿Me vas a decir que no sabes eso?
—Queremos conocer tu versión. ¿Qué pasó hace ocho años?
Raúl asintió con la cabeza y comenzó a hablar:
Finalmente llegó el día en que el mundo como lo conocíamos llegó a su fin. No fue a manos de los zombies, ni por una gripe superfuerte que mató a la mayoría de la población, ni por un virus que transformó a las personas en asesinos sin cerebro; el fin del mundo llegó a causa de los insectos, tanto las hormigas, las cucarachas, las moscas, mosquitos, abejas, todos cambiaron un día, no sé ni cómo ni cuando pero cambiaron, se hicieron más fuertes, más grandes, empezaron a atacar a los otros seres vivos, atacaron en grupo, será porque no crecieron mucho, apenas al doble del tamaño que tenían, así que solos no podrían haber ocasionado tremenda matanza. Seguramente es más o menos lo que tú recuerdas.
—Digamos que sí. Continua. ¿Qué pasó después? ¿Cómo llegaron al centro comercial?
—Yo era guardia de seguridad allí, al igual que Miguel y Juan, si ellos están aquí también, deben haber dicho lo mismo.
—Eso no importa ahora. Sigue contándome.
—El día que empezó la locura, el 13 de marzo del 2013, la noche en realidad, el centro comercial ya había cerrado, sólo estábamos nosotros tres, teníamos el turno de noche. Estábamos mirando la televisión en el mostrador de entrada que pertenecía a informes y en las noticias empezaron a mostrar los primeros casos de insectos atacando a humanos, era una locura, estaba sucediendo por todo el mundo según decían, y entonces empezamos a escuchar los gritos provenientes de afuera, nos acercamos a la puerta para ver, con las armas en las manos, y entonces un grupo de personas, entre ellas una mujer con un bebé en brazos, se acercó corriendo hacia la puerta, el bebé estaba llorando muy fuerte, se escuchaba su llanto aún más que los gritos, ese grupo eran las únicas personas que no estaban siendo atacadas.
—Un grupo de personas y un bebé que no estaban siendo atacados, se unieron a ustedes tres, y sobrevivieron ocho años, en un centro comercial ¿Cómo es posible que los bichos no entraran?
—No lo puedo explicar del todo, nos dimos cuenta un poco después, el llanto del bebé ahuyentaba a los insectos, no sólo los ahuyentaba, directamente ni se acercaban al centro comercial, la niña lloraba mucho.
—¿La niña? —preguntó el captor.
—Sí, Ama, deben haberla encontrado también, ahora tiene ocho años, la niña percibe cuando se acercan los insectos, entonces grita, y finalmente ni se acercan, así sobrevivimos, gracias a ella, en el centro comercial hay tiendas de todo tipo, alimentos por montones gracias al supermercado y hasta el patio de comidas que nos sirvió para los primeros tiempos, cuando todavía había gas y se podía cocinar.
—Y la niña se llama Ama, que conveniente.
—¿Conveniente? Se llama Amalia, le decimos Ama, cariñosamente.
El captor se acercó a la puerta, la abrió, hizo un gesto y entró otro hombre, mucho más joven.
—Mi nombre es Adán —dijo el hombre que lo había estado interrogando­—. Él es David. Hay algo que tienes que entender, las cosas no son como tu crees, a estas alturas ya estamos perdidos, no tiene sentido que te tengamos atado —se acercó a Raúl y comenzó a desatarlo, mientras le seguía hablando—. Ya hace un mes que estás aquí, estabas inconciente, tuvimos que inducirte un coma farmacológico para limpiarte la mente. Vamos, te mostraré la realidad. Te llevaré a  ver a Amalia.
Raúl siguió a los dos hombres, quería hacer muchas preguntas pero prefirió esperar a ver qué le decían, no quería que lo volvieran a amarrar.
El lugar por el que caminaban era todo de metal, puros pasillos y puertas. Adán y David se detuvieron frente a una puerta cuyo extremo superior era de vidrio, miraban hacia adentro.
Raúl se les acercó y miró. La vió. Entonces recordó, como flashes empezaron a surgir los recuerdos de los últimos ocho años. Y entonces lo supo, estaban perdidos. La humanidad tal como la conocían ya había dejado de existir.


FIN