martes, 1 de marzo de 2016

Receta de familia

Por Soledad Fernández.

Sandra observó su reflejo en la hoja de la enorme cuchilla de carnicero. Era un magnífico instrumento. Filoso y brillante. Con un mango de madera lustrada. Herencia de su abuela, por supuesto. A ella le gustaban las cosas brillantes y afiladas. Sobre todo lo filoso y lo extremo a diferencia de su esposo, Manuel. Le sonrió al reflejo, acomodó su flequillo y leyó las indicaciones del antiguo recetario familiar.
“Rehogar dos cebollas medianas en un sartén con aceite de oliva…”
Con gran maestría cortó las cebollas, derramó una lágrima mínima, y volcó todo en la sartén. Sintió el ruido crujiente de la preparación y aspiró una enorme bocanada. El aroma era exquisito. “Preparar la carne cortándola en fetas gruesas”
Fue hasta la heladera. Por unos segundos dejó la puerta abierta admirando el orden de las cosas: cada alimento en su recipiente plástico y rotulado, con mucho esmero. Zanahorias ralladas, papas peladas y cortadas en cubitos, ajíes y remolachas. Todo impecable, todo prolijo “como Dios manda”, pensó. Ubicó los ingredientes faltantes y los fue sacando de a uno. Los acomodó en la mesada y volvió a la heladera. Solo faltaba la carne.
Miró una vez más. Las porciones de carne estaban separadas del resto de los alimentos como le había enseñado su mamá. Y eso era importante para no contaminar nada. “Los gérmenes son peligrosos, son los verdaderos enemigos de las personas, hija”. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, no porque le impresionara ver la carne ahí acomodada o porque recordase a su madre que ya estaba en el más allá. No. La emoción la embargó de repente. Casi con la misma brusquedad con que decidió hacer la receta de familia. “La vida a veces se precipita de manera vertiginosa”, pensó.
Durante años había imaginado aquel día. La receta era una especie de ritual familiar, aunque más bien le pareció un rito de iniciación. Incluso de liberación espiritual. Primero su abuela y luego el resto de las mujeres habían continuado con la labor. Incluso su madre fue parte de la herencia. “Mágico”
Se trataba de una única receta, una vez en la vida. Sandra pensó que era casi como contraer matrimonio. Como enamorarse. Como dejar de ser virgen. Una sola vez. Y había crecido obsesionada con aquel instante, deseando que llegase el momento que ahora se presentaba. Vislumbrando detalles mínimos, sentimientos no explorados.
Suspiró para no llorar de la emoción. Pensó en sus mujeres ¿Cómo habían hecho para no repetir el ritual luego de la primera vez? “Imposible no repetirlo”, se dijo. Estaba segura que recaería. Que eso que se le escapaba de sus manos una vez finalizada la receta, debería repetirse.
Despejó sus pensamientos y tomó uno de los muslos. Era pesado, demasiado. Mientras lo llevaba a la mesada recordó el momento en que se hizo del ejemplar. Recordó cómo le dio caza a su presa y eso fue más excitante aún. Recordó el filo del metal, la sangre. Recordó por sobre todas las cosas, la sorpresa.
Llevó una mano a su pecho intentando serenar las palpitaciones de su corazón. Por un breve instante temió por su integridad mental y eso la alarmó. No quería perderse en banalidades, pero imaginar el instante en que pasó aquella cuchilla por la garganta de su futura cena, aún recordando la sangre que brotaba a chorros, se le ocurrió tremendamente excitante. A pesar de que luego tuvo que limpiar todo y ordenar.
“Suficiente”, se dijo y continuó con la receta. Una vez que el muslo estuvo en la tabla de cortar carnes, Sandra tomó la cuchilla y lo cortó en fetas gruesas. La carne era tierna como su presa. Débil. El metal se deslizó con suma facilidad, provocando un ligero temblor en las manos de la joven mujer. Desechó las sobras para el perro y acomodó las porciones ovaladas dentro de la sartén junto a la cebolla que estaba ya dorada. Agregó una pizca de sal, pimienta y unas hojas de albahaca. Todo al pie de la letra. Todo como debía ser.
El aroma a carne frita la invadió rápidamente y la transportó a su vida de antes, a sus días felices. Pensó en Manuel. En cuando le cocinaba su comida favorita: salteado de carne con cebollas. “Irónico”, pensó. Imaginó en qué se le habría pasado por la cabeza en aquel segundo, el último. Imposible saberlo con exactitud. Inimaginable. Diez años atrás se habían casado. Ni un hijo le quiso dar. Ni uno. Quizás eso la decidió. Quizás… Tal vez la forma en que él ordenaba las cosas. O desordenaba. Recordó que él no era una persona amante del orden. De esa estructura que Sandra tanto necesitaba y que había aprendido de su madre.
Como hija única supo que sería igualita a ella. Y ahora lo confirmaba.
La carne estuvo a punto y Sandra, con cuidado, puso todo en una enorme bandeja de plata y la llevó al comedor. Ahí había preparado la mesa para tres. Una enorme mesa de roble se encontraba en el centro de la habitación con su mantel blanco y pulcro. Usó la vajilla de las ocasiones especiales y las servilletas rojas que habían comprado cuando eran novios. Sus invitados estaban por llegar.
Miró nerviosa el reloj de pared mientras ultimaba los detalles. Sus suegros no eran puntuales y se caracterizaban por ser personas raras. Obviamente desde la visión de Sandra. Ella nunca los había visto como familia. Nunca los sintió cercanos. Pero los toleraba. ¿Les diría la verdad? No, por supuesto.
En cuanto ellos llegaron, el ritual de la cena familiar comenzó como cada sábado por la noche. Como cada semana de los últimos diez años. Esperó la crítica “constructiva” de ella, el comentario irónico por la falta de hijos de él, la mirada de desaprobación por el decorado de la mesa. Y con una sonrisa evadió todo y pensó en su vida futura. En su liberación.
Sirvió la cena y todo transcurrió como siempre. Aunque esta vez algo era diferente: él no estaba compartiendo la mesa. Ellos observaron a Sandra con interrogación en la mirada y con pena ella les contó cómo su esposo la había abandonado. “Él decidió dejarme hace tres días, Marta”, contó con lágrimas en los ojos.
Su suegra le tomó la mano con condescendencia, aunque Sandra percibió cierta alegría y sobre todo alivio, en su mirar; a la vez su suegro, sin inmutarse, llevó una enorme porción de carne a su boca y masticó con la boca abierta. “Estas cosas pasan, Sandra”, dijo él. “No será por la comida porque cocinás muy bien, querida”, acotó tragando con dificultad. Ella le hizo una media sonrisa y finalizó: “Él seguirá en mi corazón y en mis pensamientos por siempre”.
La cena terminó en silencio entre miradas furtivas, preguntas no dichas y gestos ahogados. Mientras que sus suegros se retiraban, Sandra recordó los ojos de su esposo al rebanarle la garganta. Lastimeros, débiles como siempre. Como su carne.
“¿No quieren llevarse una porción? Esto es demasiado para mi sola…”, les dijo y el hombre se apuró en aceptar el ofrecimiento de su ahora ex nuera. Ella les hizo una enorme sonrisa y así se retiraron, con el tapper lleno de carne. “Espero que no se indigesten”, dijo Sandra con falsa preocupación a la vez que saludaba con la mano, con la convicción de que jamás volvería a ver a esas personas.
Una vez sola sintió la liberación y la certeza de que esta experiencia debería de repetirse. Limpió la casa, eliminó toda evidencia y suspiró una única vez por él. Luego fue hasta la heladera una vez más y embolsó los restos de carne para frezarlo por si acaso. Al fin y al cabo, Sandra era vegetariana y no resistía ver a su esposo eternamente apilado en la heladera.



Slaughter.

Por María Galerna.

La ciudad duerme tranquila aunque no es ajena a los acontecimientos que suceden en ella, más al contrario, es parte activa en algunos y testigo mudo en muchos otros.
Los primeros los propicia y los segundos los esconde.

Es una gran urbe, con cientos de barrios, calles y avenidas.,llena de recovecos, donde la bondad pero sobre todo la maldad se expande.

De día observa a las criaturas que viven en ella, su acelerado ritmo. De noche toma el control. Sabedora de los monstruos que la habitan se prepara para acontecimientos venideros, porque sabe que los habrá. La impunidad los protege.

La familia  Slaughter  vive en la ciudad desde su fundación en la que tomaron parte activa. Son varias las generaciones que han dejado sentir su poder en ella.
Han sido lo bastante inteligentes para no crearse enemigos poderosos, no se lo podrian permitir, dado el secreto que guardan celosamente.

Lionel Slaughter. cabeza visible de la familia, es un potentado magnate, que reside en una gran mansión situada en las afueras, bastante retirada del ajetreo y de las miradas indiscretas.
Es un hombre  bastante atractivo, para lo cánones de ésta época. Aunque ya entrado en años, se conserva en perfecta forma. Rubio, de ojos claros y sonrisa franca proyecta una manera de ser bastante alejada de la que esconde en su interior.

 Lionel Jr., su  primogénito y jefe de policía, convive también en la misma casa, junto con Anette, su mujer  y el hijo de ambos, Josh.  Muy parecido a su padre en los rasgos, difiere de éste en la dureza de la mirada, tan fría que hiela al más valiente. Sostiene que en su trabajo no puede mostrar debilidad o perdería ese respeto, casi miedo, que le tienen tanto sus subordinados como la escoria con la que trata a diario.

Anette divide el tiempo que pasa sola, que es casi todo, en varias fundaciones, donde es pieza fundamental dado con quien está casada y quien es su suegro.
 A sus 37 años es una mujer poco llamativa y nada atrayente a pesar de los esfuerzos que pone en cuidar su vestuario y  comportamiento.
Su matrimonio es perfecto para ambos. Les unen lazos que pocos conocen

- Este mes, Josh cumple 18 años- les recuerda Lionel senior- la familia  se reunirá para festejarlo, como lo venimos haciendo siempre en cada mayoría de edad.
- El banquete será muy especial- dice Anette- pondremos el máximo cuidado. Serviremos la receta secreta de la primera Slaugther. Todo saldrá perfecto.
Y sonríe con esa mueca bovina que tanto irrita a su “querido” suegro.

Rebeca deambula por la estrecha calzada sin mirar a nadie, anda como perdida. Desde que escapó de su casa hace ya unos meses vive en la calle,. No es feliz, pero al menos se siente libre. Sobrevive. A veces va a un comedor social. Y a veces, cuando tiene alguna pelea, acude a una clínica gratuita, donde la atienden sin hacerle demasiadas preguntas.
A los 16 años, cree estar de vuelta de todo.
-¿Qué te ha pasado hoy?- le pregunta la doctora del consultorio al verla llegar.
-Oh¡..un tipo, que pensaba que podía tenerme sin pagar- susurra Rebeca entre dientes debido a la inflamación que tiene en la cara a causa de los golpes recibidos.
-Siéntate, enseguida te curo.
- Gracias señora…
-Ofelia, puedes llamarme Ofelia.

Ofelia Slaughter, directora del Hospital General y voluntaria en clínicas para  marginados mira de reojo a la chica que acaba de dejar en la sala, para sus adentros piensa que puede valer, sólo necesita hacerle un par de pruebas  -con estas chicas, nunca se sabe- se dice mientras regresa con unos viales.

-He de hacerte unos análisis, sólo para estar seguras que ese tipo no te haya contagiado nada malo
-uhm¡..no sé, me dan miedo las agujas..-dice Rebeca mientras se mueve inquieta en la camilla.
-Tranquila, sólo será un momento, después veremos esos moratones y si quieres puedes  pasar la noche aquí. Hay duchas para que te quites esa sangre que llevas encima y una cama que puedes utilizar.

La oscuridad sigue avanzando y la araña va tejiendo su tela bajo ella.

Ofelia se afana en ultimar los análisis, le urge tenerlos cuanto antes para saber si la chica es apta y avisar a su hermano. Si no lo es, tendrán que seguir buscando y la fecha tope se acerca  

Rebeca yace tumbada sobre una mesa dentro de una gran habitación.
En una de las paredes hay soportes de donde cuelgan algunas herramientas más propias de una sala de despiece, que del sótano de una mansión de lujo.
La sala donde se encuentra es blanca, está enlosada y en el suelo hay unos surcos que desembocan en una especie de sumidero.
Casi a la altura del techo una barra de acero cruza la estancia de lado a lado.

Sigue viva, pero ella no lo sabe, desde la noche en que fue a la clínica se haya en un estado parecido al coma.

-Tiene muy buen aspecto nuestra invitada. Querida hermanita, está vez te has superado - dice Lionel jr mientras se acerca a la mesa.
Posa su mano sobre el cuerpo desnudo y nota la calidez que desprende, lo acaricia con avidez..
-¡Ehhh¡- le increpa Ofelia- con la comida no se juega.
- Bueno, técnicamente, aún no lo es ¿no?- y se rie entre dientes mientras la mira furioso.
-Déjate de tonterias y empecemos, el tiempo se echa encima-sigue diciendo mientras se acerca a un armario del que saca unos grandes ganchos y unas cuerdas.
 Con suma delicadeza y mano firme inserta dos ganchos en los tobillos de la indefensa chica y ata una cuerda alrededor de cada muñeca.
Con ayuda de su hermano levanta el cuerpo y lo cuelgan.  Queda boca abajo, con las piernas separadas y los brazos amarrados a la barra.

Toma una puntilla muy afilada y con precisión secciona la yugular, la sangre empieza a manar, abundante y caliente.
Seguidamente raja la pierna derecha desde la ingle hasta la rodilla y curta la arteria femoral. Después lo hace con el brazo desde la axila hasta el codo y corta la arteria. De ésta forma el desangrado será más rápido.
En pocos segundos Rebeca expira. Deja de ser una persona para convertirse en el ingrediente secreto de la receta culinaria de la familia Slaughter.

Mientras esto sucede, en el otro extremo de la habitación, en una cocina que sería la envidia del más renombrado chef, Lionel señor y Anette preparan el adobo en el que dejaran macerar la carne durante unas horas.
En un enorme recipiente vierten 6 botellas de vino Pesus, un  Ribera de Duero de las bodegas Hermanos Sastre . Para estos platos, siempre utilizan los mejores caldos.
Agregan también 2 kg de  cebollas troceadas, 1,5 kg de zanahorias en rodajas, 2 cabezas de ajos separando sus dientes., 2 ramas de perejil, un buen manojo de apio, hierbas aromáticas al gusto, romero, tomillo, orégano, dos litros de aceite de oliva virgen,  1 botella de vinagre de Jerez y bolas de pimienta negra.
Ya sólo falta el ingrediente  principal, Rebeca.

Ofelia ya ha empezado con el despiece. Primero abre el abdomen para vaciar el cuerpo, saca las vísceras una a una y las deposita en cubetas.
Cuando ya lo tiene todo, solicita la ayuda de los demás para bajar el cuerpo y depositarlo en la camilla. Ahora y con calma, amputa los miembros del tronco, cortando tendones y serrando huesos.
Sus compañeros de facultad se sorprenderían si supieran en qué emplea los conocimientos adquiridos allí
Separa la carne de los muslos, los antebrazos y la parte alta del pecho y  la entrega a su padre, que se encarga de meterla en el adobo.
El resto, menos el cerebro, que se lo reserva, irá a la cámara frigorífica.

En la mansión los preparativos para recibir a la familia están en marcha,

Es hora de empezar. La carne está en su punto justo para cocinarla. Los Lionel, padre e hijo, serán los encargados de preparar la receta familiar.
Sacan las piezas de la marinada y los trocean en partes más pequeñas, como de 1,5 kg.
La carne que tiene un precioso tono sonrosado va directa a una gran parrilla, donde la sellaran para que quede jugosa en su interior.
En una olla aparte, sofrien abundante cebolla, cuando ya está pochada, añaden la carne ya dorada, le incorporan media botella de brandy Conde de Garbey y lo dejan rehogar. Seguidamente se añade la marinada y a fuego lento unas dos horas.
Luego sólo restará filetearla y servirla con la salsa.
Han pensado acompañarla con puré de patatas al horno con costra de queso Gruyere Premiere, una delicatessen.

Los invitados van llegando. Ofelia y Anette los reciben entre grandes sonrisas. Todos se muestran ansiosos por el acontecimiento.

La campanilla suena, Llama a los comensales para que acudan al comedor, el aroma se extiende por el  salón.
A la gran mesa, dispuesta para 30 comensales, no le falta ni un detalle.
Algunos ya se relamen con anticipación antes de tomar asiento.
Los platos con el suculento “estofado a la Rebeca”, se van repartiendo.

Ofelia mira con cariño y preocupación a su única hija, una dulce chica de 16 años. Aún no sabe cómo se tomará la familia la noticia de que Diana… es vegana.

Nada mejor que escuchar a Charlie Parker durante la cena

Por Ángela Eastwood.

Cuando María aparcó su coche en nuestro jardín y bajó de él me arrepentí hasta los huesos de haberla invitado a cenar. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos. Habíamos ido juntas a la universidad y allí nos hicimos amigas inseparables. Luego ella se casó y se fue a vivir a París. Yo hice lo mismo, pero me quedé en Madrid. Pasaron los años. Cuando se separó de su esposo volvió de nuevo y se instaló en un apartamento pequeño. Unos días atrás me llamó por teléfono. Dijo que mirando unos libros de la universidad me había recordado y le entró nostalgia. Y yo la invité a cenar.

Tenía ese tipo de belleza que vuelve loco a los hombres. Sus andares eran muy femeninos, su forma de mirar era candente y su sonrisa  hipnótica. Llevaba el pelo recogido de una forma muy sensual, que realzaba la fragilidad de su cuello. No iba demasiado maquillada. Solo un poco de carmín en los labios y algo de sombra en los ojos para realzar el azul de sus pupilas. Un vestido blanco de lino se ajustaba a su cuerpo delgado pronunciando la estrechez casi quebradiza de su cintura. No llevaba sujetador. Recuerdo que pensé en aquel momento que sus pechos tenían la medida exacta del cuenco de unas manos masculinas. Y sin saber por qué miré las de Juan.

Antes de la cena mi marido preparó unos Martinis  y le enseñó sus discos. Ella alabó su gusto musical y él puso un vinilo de Billie Holiday para escucharlo en el transcurso de la velada.   María comió poco, pero  dijo que la carne estaba deliciosa. Como la noche era muy agradable salimos al jardín a tomar unos licores.  Soplaba una suave brisa y se oía el sonido monocorde de los grillos. Acariciando su vientre plano como una tabla y con una pierna montada sobre la otra, María habló un poco de lo duro que había resultado su divorcio con Andrés. Luego nos contó cosas de París. Y como yo no había estado nunca en Paris y comenzaba a aburrirme, se me ocurrió preguntarle si aún pintaba y dijo que sí. Que le dedicaba todo el tiempo que podía a sus cuadros. Juan era un gran entendido en arte y, eufórico,  dijo que le encantaría echarles un vistazo.

Era muy tarde cuando la acompañamos a su auto. Nos saludó con la mano y aún nos quedamos unos minutos viéndola maniobrar marcha atrás para salir del jardín. Luego yo recogí los platos de la cena y mi marido me preguntó si no me importaba que él se quedase un rato más en el jardín fumando un cigarrillo.

Lo observé a través de los cristales de la cocina mientras fregaba los cacharros. Llevaba veinte años casada con aquel hombre. Había perdido algo de pelo, se había adelgazado un poco y unas arrugas muy finas enmarcaban su mirada oscura y apasionada, pero los años le sentaban muy bien. Estaba más atractivo que antes. Y yo más enamorada que nunca.

Para corresponder a nuestro gesto, a la semana siguiente María nos invitó a cenar en su apartamento. Tenía pocas cosas: una cama enorme con dosel, una mesa de madera tallada y unas cuantas sillas a juego, montones de libros, vinilos y algunas velas perfumadas. Acurrucado sobre las sábanas blancas dormía un gato rubio y gordo. Se llama Gato, dijo, como el de Desayuno con diamantes. Juan encontró enternecedor ese detalle y acarició la cabeza del felino.

Había cuadros apilados por todo el dormitorio. Desnudos, paisajes, bodegones, autorretratos. Mi marido los estudió muy despacio y opinó que eran muy buenos. Dijo que conocía al amigo de un tipo que tenía una galería y que tal vez podía montarle una exposición. María se llevó las manos al pecho y lo abrazó efusiva. Hablaron de manera entusiasta  durante horas. Yo bebía vino y los observaba y cuando se acababa mi copa volvía a escanciarme otra. En algún momento ella acarició su mano con ternura y le dio las gracias por su generosidad. En algún otro instante Juan apoyó su mano sobre  el hombro desnudo de ella y la dejó allí demasiado tiempo para mi gusto. Se sonreían constantemente. María se ruborizaba ante los elogios de Juan y él sonreía enternecido de los rubores de ella. Se intercambiaron los números de teléfono y Juan prometió hablar con su amigo en breve.

De vuelta a casa me dijo que me había comportado de forma grosera con María. Ella había sugerido que podían cenar de nuevo los tres en un restaurante francés, un sitio pequeño y coqueto para tratar el tema de la exposición y yo me había negado, alegando un compromiso previo por mi parte. Y así fue como una cena de tres se convirtió en una cita de dos. Fue mi culpa, pero era tarde para retroceder. No hay nada más patético que una mujer celosa.

Los días previos a su encuentro no pude comer ni dormir. El mundo se había parado bruscamente en su eje. Los celos me devoraban desde el interior del estómago. Me arañaban, me revolvían las tripas, me hacían tiritar. No podía pensar en otra cosa. En mi mente estaban ellos dos solos y a oscuras. Sonaba de nuevo la Holiday, pero cantaba para ellos dos. Cuando cerraba los ojos los veía desnudarse y era testigo de cómo mi marido enterraba, febril,  su nariz entre las braguitas de ella, para oler con ansia su aroma de mujer. Veía, después, cómo la despojaba de aquella delicada prenda y cómo introducía su lengua ávida entre las piernas de ella, abriendo más y más sus muslos para  saborearla mejor.  Los gemidos agónicos de ella resonaban en mi cabeza, se multiplicaban, y luego, cuando él la montaba y llegaban juntos al orgasmo, esa explosión de los dos me encontraba mordiendo las sabanas, con los nudillos blancos de apretar la almohada y arrasada en lágrimas. Eso ocurría en mi cabeza, todo el tiempo. Una y otra vez.

A veces lo veía sonriendo, distraído. Tal vez ella le había enviado un mensaje de texto  confesándole que se moría por morderle los labios y él lo había encontrado arrebatador. Otras veces lo intuía alterado. Miraba el teléfono repetidamente. Entonces imaginaba que se habían enfadado y que él esperaba ansioso unas palabras de ella.

La noche de la cita Juan llegó muy tarde a casa. Cuando le pregunté por el motivo dijo que a la cena había acudido el futuro mecenas de María y, tras unas copas, habían decidido pasar los tres por el apartamento de ella para ver los cuadros.

Pero yo sabía que era mentira. En mi cabeza los había visto subir juntos al coche de María. La había visto conducir hasta un lugar solitario y, una vez allí, apagar el motor.  La vi subirse el vestido hasta la cintura y sentarse a horcajadas sobre él, mirándolo a los ojos. Noté cómo entraba su falo duro como una piedra dentro de ella y cómo se acoplaba a él, con rabia, con fuerza, clavándole las uñas en los hombros. Lo quería todo entero dentro de ella y se movía de manera acompasada y buscaba su boca y le mordía los labios. Juan la agarraba de las caderas y la apretaba contra él y decía su nombre: María, María, María.

Sí. Lo vi todo. 
A partir de aquel día discutimos a diario.
La noche que le dije a Juan que su idilio con María debía terminar me miró estupefacto. Me observó de arriba abajo, como lo haríamos con un ser venido de otro planeta. Dijo que estaba muy mal de la cabeza, que no había nada entre ellos dos, que de dónde había sacado esa idea absurda. Me advirtió que su paciencia tenía un límite y se marchó dando un portazo. Al cabo de una hora volvió y le pedí perdón llorando. Me hinqué de rodillas. Le dije que María estaba preciosa y yo ajada y mayor. Que me entendiera. Que por ese motivo tenía esos celos enfermizos.  Le supliqué que no me dejara, que me volviera a querer. Me comprometí a cambiar. Pero él no hablaba. Había levantado un muro infranqueable. Y dije lo último que debe decir un enamorado: si me abandonas me mato.
Juan me miró con los ojos desorbitados. Estás loca, dijo, estás para encerrarte.

Llega un punto en que una persona enamorada ya no sabe parar. Entiende que ha perdido. Entiende que roza el ridículo, sabe que se está arrastrando. Pero no puede parar.
Aquella noche aún me humillé más y le amenacé con llamarla por teléfono y decirle que lo sabía todo. Haz lo que quieras, dijo Juan, estoy exhausto. Y se dispuso a acostarse.
No podía creer que mi marido se fuese a dormir en plena discusión. Simplemente no podía creerlo. Se iba a dormir y me dejaba a  mí con el mundo del revés. Loca de dolor. Rota. Ahora estaba segura de que no me había querido nunca. Al otro día se levantaría y haría sus maletas. Sin mirarme. Evitando mis ojos. Luego saldría y se iría a ese apartamento pequeño y coqueto de ella. Y dormirían en ese cuarto con las paredes pintadas de azul. Yacerían en aquella cama blanca con dosel. La noche les encontraría todavía enredados y haciendo el amor, locos, olvidados del mundo y de mí. Mi nombre desaparecería de la boca de él.

Juan dormía profundamente. ¿Era una sonrisa en los labios eso que veía asomar? ¿La estaba besando en sueños? Tal vez ya correteaban desnudos en ese apartamento azul. A Juan le gustaba hacerlo cuando éramos  jóvenes. Me perseguía riendo por toda la casa y luego, cuando me cazaba, se echaba sobre mí, muerto de risa, y me introducía una fresa en la boca y me lamía los labios para compartir la dulzura.

Los pies me llevaron hasta el garaje. No sé cómo acabó el hacha de cortar la leña entre mis manos. Juan cortaba la leña con aquel instrumento afilado. Es certera como el hacha de un indio Cherokie, decía entre risas.
Del garaje hasta nuestro dormitorio hay una laguna lechosa en mi mente.  Si recuerdo, en cambio, haber pensado en lo costoso que resultaría limpiar la sangre de aquellas sábanas tan blancas.
Luego me quedé de pie, en la oscuridad, con el hacha en la mano. No podía hacerlo, yo no era una asesina. Es Juan, pensé, es mi Juan. Pero él tenía el móvil agarrado con fuerza en la mano. ¡Había estado hablando con ella antes de dormirse! Tal vez la había advertido de mi sospecha. Y luego le había dado las buenas noches y la había llamado “mi vida”, “mi amor”.

Levanté el hacha y la descargué con todas mis fuerzas en su cuello. La descarga no separó del todo la cabeza del tronco. Tuve que dar un segundo y un tercer hachazo más. Por fin la cabeza rodó hasta el suelo y su mejilla quedó pegada a la alfombra. Pero la sonrisa… ¡Maldito seas! ¿Por qué sigues sonriendo? ¿Acaso piensas acariciarla desde la muerte con tus manos repugnantes?
Las corté también. Dos tajos certeros. No la tocarás más, ni en esta vida ni en la otra. Son  mías. Y como mías que son estarán para siempre dentro de mí.

Con ellas sangrando me fui a la cocina. Sé que ya no era yo. No sabía quién era aquella mujer que abría y cerraba los armarios de la cocina. No conocía ya a esa persona que afiló el cuchillo, que se movía entre los cacharros como un autómata. La mujer de antes cantaba en la cocina, cantaba mientras troceaba los alimentos para su hombre, que no tardaría en llegar del trabajo. La extraña que lavaba aquellas manos  sanguinolentas bajo el grifo ya no era ella.

Pero ya nada importaba. Aquel monstruo en que se había convertido puso la olla a presión al fuego y metió las manos de su marido muerto dentro del recipiente. Luego, con un velo en los ojos, añadió una cebolla, una hoja de laurel, unos puerros y un vaso grande de agua. El autómata esperó hasta que comenzó a hervir y entonces ajustó la tapa y colocó la válvula. Cuando comenzó ésta a dar vueltas se sirvió una copa de vino y se dispuso a cortar cebollas. A Juan le hubiese gustado que fuese así. Luego troceó unos tomates y preparó unas hojas de laurel, unos ajos y una ramita de tomillo. Sal y pimienta, tal vez unas zanahorias. Pasado el tiempo establecido para la cocción sacó las manos del marido muerto y las colocó en una marmita de barro. Estaban retorcidas como garras. Pinchó la carne y comprobó que estaban muy blandas. Entonces añadió el sofrito y escanció un vaso del mismo vino que estaba tomando.

Luego anduvo arrastrando los pies hasta la mesa y la engalanó para un solo comensal.  Encendió una única vela.  Fue hasta los discos y eligió uno de Charlie Parker. Su saxo agónico sacudió el silencio. Puso las manos de su esposo en una bandeja de plata y la llevó hasta la mesa. Se disponía a comenzar a comer cuando entendió que no podía hacer aquello sola. Y es por eso que volvió a por la cabeza de Juan. La apoyó sobre su lado de la mesa mirando hacia ella. La mujer sin vida levantó la copa y brindó por el amor eterno.

Las lágrimas no le dejaron ver el brillo de aquel anillo de oro que aún conservaba la mano izquierda.


Fin