martes, 21 de junio de 2016

Transcripción del video número once

Por Luis Seijas.

        “Mi nombre es Arturo Díaz vivía en la capital en un condominio con todas las comodidades. Pero eso era hace tres meses, hoy vivo arrimado con mi mujer en casa de su mamá y vengo aquí porque prácticamente ella me obligó. Me dijo que había escuchado de usted en la iglesia y cree que podría ayudarme.
Al principio me rehusé, no creía en los brujos (eso era lo que yo pensaba que era usted cuando mi suegra me comentó y me insistió en que viniera a verlo). Pero ya ve, ese poder de convencimiento de ella es insuperable.
Yo sé que lo que escucha son sueños, como lo dice el cartel, pero quiero contarle lo que me sucedió antes de empezar a vivir el sueño que vine a narrarle. No me diga nada por favor, haga lo que dice el cartel y escúcheme, porque sospecho que una cosa es consecuencia de la otra. Quizás luego podrá decirme lo que debo hacer.
En fin, sigo con mi presentación: tengo 46 años, soy abogado en materia civil, especialista en desalojos arbitrarios.
Mi sueño desde pequeño era ser abogado, lo cumplí hace apenas dos años porque mis padres no estaban de acuerdo. Ellos querían que fuese médico, a sabiendas que no puedo ver ni una gota de sangre porque me desmayo. Ese motivo que les daba para no estudiar lo que ellos querían les parecía inverosímil, sus razones giraban en torno a que lo mismo le pasaba a Ricardito —el hijo mayor de los González— y se le había quitado al segundo año de la carrera. A fin de cuentas y a regañadientes me apoyaron, aunque a veces creo que en el fondo mis padres se contentarían si nunca llegara a sobresalir. Ultimadamente cuando hablo con ellos sobre mi situación actual, siento que tienen un “te lo dije” casi saliendo sus bocas.      
Llevo seis años de casado. No tengo hijos y para como van las cosas no creo que tenga. Mi mujer ha tenido la paciencia de un monje budista en estos últimos seis meses. Nos queremos, pero en el fondo sé que la paciencia tiene un límite…

Todo comenzó hace seis meses, cuando defendí en un juicio a Don Pascual, un italiano que conozco desde niño y que lo querían desalojar de la casa en donde vivía alquilado desde hacía más de cuarenta años ¡Imagínate tu, toda una vida!
Ese día me desperté a las cuatro de la mañana, fui a la cocina para servirme un vaso de agua fría y ¿Cuál es mi sorpresa? que la jarra estaba vacía, maldije mi suerte y bebí directo del grifo (nunca me ha gustado el sabor del agua a temperatura ambiente), me dirigí a la ventana y aspiré el olor a madrugada que entraba.
Empecé a revisar mis notas para el juicio. Era mi primer juicio importante, mi oportunidad de salir del anonimato porque el abogado que demandaba a don Pascual, pertenecía a la élite del Derecho en ese lado de la ciudad y ganarle sería el trampolín que necesitaba para, poder formar parte de algún bufete de abogados de renombre y demostrarles a mis padres que estaban equivocados.
Tenía todas las pruebas documentales, las preguntas y repreguntas que le haría a los testigos que pasarían al estrado, todas las posibles vías de hecho y Derecho que mi contrincante pudiese usar en nuestra contra y las que nos servirían para defendernos.  Era bien sabido que él usaba hasta la más mínima oportunidad para destruir argumentos y tirar por el suelo las pruebas mas duras que uno pudiese presentar en el juicio.
Decidí recrear un mini Juzgado en la sala de estar de mi casa. Calculé mentalmente la distancia entre la tribuna del Juez, la silla del Secretario, el estrado donde los testigos serían interrogados y donde estaríamos ambas partes en el juicio, coloqué las sillas del comedor en cada uno de esos lugares. Luego de dos horas de práctica, me bañé y salí al Palacio de Justicia.
Llegué a las ocho y treinta, media hora antes de la hora fijada para el juicio, y llamé a don Pascual para saber por dónde venía; quería repasar algunos detalles antes de entrar y terminar de cubrir todos los flancos. Estaba seguro de ganar el juicio y con eso, al menos, le aseguraría cinco años mas de prórroga para que Pascual pudiese buscar otro sitio donde vivir. No logré comunicarme ni a su celular ni a su casa, cosa que no me alarmó al momento, porque imaginé que ya había salido para el Juzgado y cuando andaba en la calle no contestaba el teléfono móvil. Diez minutos antes de dar comienzo, volví a llamarlo y seguía sin poder comunicarme; en ese momento los nervios empezaron a hacer mella en mí.
El murmullo de todas las personas que iban y venían en los pasillos del Palacio de Justicia se podía escuchar desde afuera y me daba a entender que ya el edificio se estaba despertando y pronto tendría que entrar a la sala de juicio para dar la cara.
Volví a llamar y nada que podía ubicarlo.
Llegó el momento e hice acto de presencia con mi frente en alto y solicité al Juez que me concediera un lapso de una hora para lograr comunicarme con mi defendido y dar comiendo al procedimiento. Me concedió la prórroga y salí a llamarlo de nuevo, ahora con el corazón casi saliéndome por la boca, mi celular bailaba en mi mano cuando marcaba cada dígito. Y no tenía respuesta. Vi mi reloj y marcaba las nueve y veinte.
Fueron minutos interminables y faltando cinco minutos para que se cumpliera el plazo que me otorgaron; recibí una llamada de Giuseppe, el hijo de pascual, y me informó que su papá se había ido a Italia  y que me dejaba las llaves de la casa para que las entregara a sus dueños ¡Te podrás imaginar mi cara cuando oí eso! Quise poder meter mi mano por el celular y ahorcarlo….
Hice acopio de todas mis fuerzas y entré a la sala de juicio e informé el giro que había sucedido. Ya no habría juicio. No había nada que pelear.
Informé también que haría la entrega de las llaves al día siguiente previa firma del escrito de transacción que haría ese mismo día y entregaría al hacer entregar las llaves del inmueble.
Mi contraparte me vio sorprendido, se acercó, me palmeó la espalda y entre risas me deseó suerte para la próxima vez.
Al llegar a casa me tumbé en la cama y lloré. Sí, lloré como un niño, no me avergüenza admitirlo sin importar que esté esa cámara grabando. Estuve allí hasta que anocheció.
Desde ese día nadie me llama para nada y como consecuencia los ahorros que teníamos han ido mermando poco a poco.
Empecé a sufrir de insomnio un mes después, he probado desde meditación hasta remedios caseros que  hace mi mujer: que si té de lechuga, leche caliente con miel, etc. Probé con escuchar música clásica pero nada ha dado resultado.
Escucho que dicen mi nombre al menos cuatro veces al día.
Tengo esta calvicie prematura en la coronilla que me hace parecer un judío y que me pica a rabiar. He ido a varios dermatólogos y me dicen que es por stress.   
Logro dormir un par de horas y cuando lo hago me despierto temblando y llorando en una mezcla de miedo e impotencia
Hablando de sueño, lo que vine a contarle
Resulta que voy caminando descalzo por la playa. Es una playa a la que nunca he ido. Camino por una vereda entre la arena y el comienzo de una extensión de grama, con mi esposa a mi lado derecho y una vieja que no conozco a la izquierda,
Luego de un rato escuchamos unos tambores y la vieja nos guía hasta ese lugar.
El retumbar de los tambores sale de una aldea de esas que se ven como en las tiras cómicas: con chozas de techos puntiagudos hechos de paja seca; en el medio de ellas se aprecia el resplandor de una fogata y unas sombras danzantes dan vueltas hacia adelante y hacia atrás.
Mi esposa me aprieta la mano y cuando volteo está llorando. Le pregunto el porqué y no me contesta.
Empieza a dolerme la cabeza a medida que nos acercamos a la hoguera y siento una mano bajando por mi espalda, volteo a ver a mi esposa y noto que sus manos están en su lugar. La mano sigue bajando y me aprieta una nalga. Me sorprendo  porque tengo una erección.
No quiero voltear, el solo hecho de saber que quizás sea la mano de la vieja de mi izquierda me produce un vacío en el estómago. A pesar de eso noto que aun la tengo dura y un cosquilleo va naciendo en la base de mis testículos. Mi esposa me suelta la mano y se aleja, trato de decirle que regrese pero no puedo hablar.
Cuando llego al centro de la aldea noto que estoy solo y desnudo. Siento que me llevan a rastras hasta una especie de altar donde me acuestan y una figura vestida con una túnica blanca con capucha puntiaguda, igual que las chozas, empieza a azotarme con unas ramas y a escupirme un líquido espeso. Trato de liberarme y de gritar pero no lo consigo, estoy más mudo que Bernardo el sirviente del Zorro.
En algún momento salta sobre mí la vieja y se coloca encima de mi miembro duro aún. Siento como entro en ella o más bien me jala desde adentro. La vieja empieza a contornearse y a arañarme el pecho. Cuando logro verle la cara una sonrisa carente de dientes me da la bienvenida a una especie de iniciación, creo, también aparece mientras que mi contraparte en el juicio de don Pascual me dice “Suerte para la próxima colega”.
Cada noche se repite el sueño. Y despierto cansado y temblando.
Estuve averiguando en Google y al parecer tengo los síntomas propios de las personas a quien le han echado una brujería. Pero vaya a saber usted quién podría haberlo hecho o cómo me deshago de ella para seguir mi vida normal como la tenia. Todo está confuso y hay mucha información y muchos charlatanes.
 Me siento mucho mejor en haberle contado todo esto a usted, quizás mi suegra tenga razón y lo que necesitaba era hablar con alguien más. Nunca lo había hecho, no quería que me tildaran de loco y pagar un psicólogo o terapeuta está fuera de mi alcance en estos momentos.
No le había dicho a nadie todo lo que pasó con tanto detalle, ni siquiera a mi esposa.

Pensándolo bien creo que vi a la vieja de mis pesadillas en la sala de juicio hace seis meses”.  


Arturo Díaz

Consigna:
 
En la vida real le va mal económicamente, tiembla de noche, le cuesta dormir y le salió una alopecia areata. Tuvo un sueño que le da la certeza de que le hicieron un gualicho. 

Embarazo de ensueño de Pedro Villaseñor

Por Omaly Darcia.

Escucho el sonido inequívoco de lágrimas de nubes estrellándose contra esa pequeña ventana, como pequeños kamikaze que susurran y cantan palabras que no puedo descifrar,  ¿Serán gritos similares a los que se hacen al bajar la pendiente de una montaña rusa? No sé cuánto tiempo me quede pensando en todas las posibilidades, no había mucho que me robara la atención en este cuarto color pasto. Aunque no tiene aspecto de cuarto, no veo las fronteras ni paredes; pero no me preocupa. Solo estoy yo y esa pequeña ventana rodeado de verde; ahora que lo pienso creo que podrías estar dentro de la cabeza de un ciclope, eso sí seria emocionante. Seguí escuchando el concierto lejano que pasaba del otro lado del cristal, estoy tan cómodo, no me quiero mover y solo suspiro. Este recinto es el adecuado para adorar al dios pagano de perder el tiempo mientras seguía suspirando y meciéndome. 

Fue entonces cuando sabes que algo es demasiado bueno para ser verdad que escuche y extrañamente sentí un estrepitoso, mas no extraño, sonido. Era el sentimiento de pasos aproximándose, algo se acercaba pero no sabía por dónde venía esa vibración en este nuevo mundo que me envolvía. 

Destellos, rayos y truenos lejanos acompañaban a esta sensación, lo podía ver por el ojo de cristal. Es solo una tormenta, es lo que mi conciencia me decía; pero aun sabiendo lo que eran me daban miedo. Sentí la necesidad de moverme, huir, correr, regresar el tiempo mis suspiros se volvían gestos y pujidos incesantes tenia que moverme muy a mi pesar. No me había percatado que estaba sentado, pero tenía sentido ya que es la que me estaba arrullando como los brazos de una madre a su bebe ¿Esta silla estéril siempre estuvo aquí? Titubee por unos segundos, razonando el origen de esta silla pero no lo pude recordar. Las vibraciones se hacían más intensas y con ellas el descontento de tener que mover músculos, huesos y órganos.

Me empuje con ambas manos lejos de la silla y hacia la ventana; no había otra salida y me empezaba a sofocar; como si me rodeara una multitud fantasma que me robaba el aire descaradamente. Al acercarme la ventana no era tan pequeña como a percibí en el inicio, y los destellos eran más repetitivos y grandes; cada paso que daba era doloroso, similar a recibir un golpe en la boca del estomago; tenía que abrir esa ventana y respirar. Al llegar a mi destino cristalino, desesperadamente busque la manera de mover el cristal o girar alguna perilla pero esas malditas luces y el bullicio me desesperaban aun mas, mi respiración se volvió frenética y al punto de quiebre. Fue entonces, en medio de mi ataque de pánico, vi un objeto muy familiar volando hacia mi dirección del otro lado del vidrio. Era una cámara fotográfica volando por si sola como un cuervo y lanzando flashes sin discreción, era como si pestañearan luces de neón. Chocaba ligeramente contra el cristal queriendo entrar y poco después una parvada de cámaras la acompaño como una estampida. Volaban y tomaban fotografías, no eran rayos ni truenos lo que escuche hace un momento y lo único que pude hacer fue darme la vuelta. Cerré mis ojos y en ese momento interno de silencio pleno y después de maldecir a la humanidad, me vi de regreso en esa silla dando vueltas como un carrusel. No lograba enfocar la mirada al momento que se detuvo abruptamente pero creo que no era yo sino mis nuevos alrededores.

El panorama no era claro porque todo era difuminado en tonos blancos y azules, como si estuviera en una pintura de acuarela del mar. Pensé en el mar y si pude notar movimiento de agua que se extendía a lo largo y ancho, estaba en un tipo de pecera abstracta. Cuando detrás de mí y de esa la nada infinita paso una ballena con alas de águila. No estaba tan cerca como para tocarla pero lo suficientemente cerca como para distinguirla. Estaba siendo perseguida por un narval con alas negras, o tal vez estaban jugando; no sabía si estaban nadando o volando. Creo que camine un poco y ahora lograba distinguir unas pantallas o espejos que florecían en mi entorno, de repente  pude ver   estaba en lo que solo pude identificar como un set de televisión. Era bastante moderno, pantallas cubrían casi todo el espacio incluyendo el techo y el suelo; todo estaba flotando ya que aun distinguía los matices azules del agua a mi alrededor; y aun ver a las ballenas y narvales nadando por todo el lugar como esporas en un día huracanado.

“Bienvenido señor Villaseñor, es casi un trabalenguas darle la bienvenida.” Una voz se escucho frente de mi con una notación de querer hacerse el gracioso con mi apellido, lo deteste de inmediato. 

Además no soy un señor, soy un joven no me veo tan grande de edad, lo deteste cada segundo mas y no respondí nada.

“Gracias por participar en el programa en vivo, salude a las cámaras y a todos los que lo apoyan, ahora díganos ¿Que siente? ¿Está nervioso? ¿Lo sabe s familia? ¿Tiene miedo? ¿Quién es la madre? ¿Es alguien famosa?” la nefasta voz me bombardeaba con preguntas extrañas. Poco después unas burbujas negras aparecieron y me orbitaban como satélites. Eran cámaras de televisión, note los lentes enfocando sin cesar en todas partes de mi cuerpo. Al seguir a una de las perlas negras flotantes mire hacia abajo mire mi vientre hinchado y lo recordé todo, estaba embarazado. Todo tuvo lógica, fue el sentimiento de poner la pieza final del rompecabezas y todo hizo sentido. Estaba en uno de esos ridículos “reality shows” y toda esta falsa atención era solo para usarme y explotarme. Todo mi cuerpo se curveo mientras abrazaba mi estomago, me estaba posicionando irónicamente en posición fetal.

“Recuerda que debe aguantar para poder ganar el premio señor Villaseñor.” La voz insistía en ser parte de este circo.

“¡Que no soy señor! Estoy joven no me diga señor odio que me digan señor.” Grite “¡Déjame en paz, no les voy a dar a mi bebe!” las cámaras seguían revoloteando a mi alrededor como si fueran una extensión de mi.

“Pero ya casi es tiempo, ¿no lo ves? Solo te quedan dos meses o será descalificado observa el monitor del reloj biológico” la voz sin cuerpo etéreo explicaba a la audiencia ausente al parecer. Las pantallas se alinearon y pude ver como se formaban unos signos familiares, eran números, muchos números como los de la bolsa de valores en diferentes tamaños, colores y formas.

Tenía que ser cierto, es verdad que si quiero tener hijos y tengo ya una casa donde criarlos pero ¿Cuándo llegue a este momento? Como le diré a mi mamá esto la matara de vergüenza. Espero sean gemelos y se parezcan a mí, ¡Dios! ¿Y mi trabajo? Tengo que avisar que no voy a poder ir a trabajar. Las malditas burbujas seguían a  mi lado revoloteando, burlándose de mi desgracia; pero no podía luchar contra las cámaras voladoras no quería separar mis manos de mi vientre; ya fuera por protección, miedo o instinto. Respirara es todo lo que podía hacer, era lo que contaban mis amigas cuando estaban embarazadas y después viene lo peor. No podía ver otra parte de mí más que mi enorme estomago pero algo se acercaba desde mi inframundo, gire mi cabeza lateralmente y como un camión a gran velocidad un gigantesco narval alado abrió sus fases y me trago. Uro que trate de brincar pero no pude hacer nada, fui comido. Todo era obscuridad, sentí como deje de respirar porque obviamente ya estaba muerto; pero sabía que en cualquier momento debía dar el primer respiro de mi muerte porque el juego de mi vida había terminado. Así fue y habiendo aceptado mi destino  sentí como el aire fluía en mi cuerpo nuevamente.

Una esfera de luz se poso frente a mí y era como ver un espejo distorsionado, era mi propia transmisión dentro del titánico animal; esas cámaras seguían chupando mi espíritu y enseñándolo a quien sabe cuántos. Levante la mirada y vi a dos figuras sentadas a cada lado de mi, una mesa redonda enfrente y la atmosfera relajada, las dos figuras eran mis amigas Laura y Nancy;  aunque no podía distinguir sus rostros sabia en mi corazón que eran ellas y me sentí más tranquilo; aun abrazando mi estomago ¿estábamos aun dentro del animal? Una de esas cámaras negras se poso en la mesa, como una araña que me observaba sin parpadeo.

“No Pedro no puedes tomar café en tu estado, te faltan menos de 8 semanas para tener a tu bebe y después viene lo peor porque tienes que darle leche. Ya no podrás tomar café en meses. Ya le dije al maestro que estas embarazado pero dijo que tienes que hacer el examen mañana de todas formas.” Me contaban mis amigas en turnos. Mientras a mi me estaba dando un ataque de histeria ya que el pánico no era suficiente, ¿Cual examen? Pero si no he estudiado nada no puedo reprobar, tengo un hijo o hija en camino ¿Cómo lo voy a mantener? ¿De qué carajos es el examen? Ya no sabía si los dolores y el sentido de caer al vacío eran por el embarazo o por el examen que tenía que hacer en unas pocas horas. Mi respiración se altero y el pecho se me estaba hundiendo en sí mismo.

“Mira Laura, creo que Pedro ya va a tener al bebe que emoción, puja Pedro puja, es hora del examen rápido Puja” gritaba Nancy eufóricamente.

“Está entrando el labor de parto…de parto…de parto” escuche una voz femenina cada vez más lejos. Mi bebe quería salir era hora, pero aun faltaban meses, ¿Por qué? ¿Por qué ahora? ¡No estoy listo! Solo sentía como si me hubiera tragado una serpiente entera y estuviera dando vueltas en mis intestinos, empujando, buscando una salida. Ahora el espacio era más claro y cálido.

“Tenemos que cortar, no va a poder salir” escuchaba las voces, yo solo pedía que no me cortaran, pero la voz se me había escapado. No podía gritarlo por el dolor ¿Seria que había olvidado cómo hablar? Seguía escuchando voces y sentía movimiento.

“Bisturí diez, controla la hemorragia no podemos dejar que muera, la sangre es mucha sangre.” Las voces replicaban. Santo Dios me voy a morir, no me quiero morir ¡No me quiero morir! Mi estomago se estaba abriendo, desgarrando y quitándome el aliento. Podía verlo además de sentirlo en esas pantallas que guardaban mis recuerdos de manera morbosa. ¡No me quiero morir! ¡No quiero estar Solo!

“Ya está aquí, ya nació, todo salió bien fue u….”        

Un fuerte suspiro y un abrupto despertar grabo en mi memoria ese bizarro sueño, el mamífero alado, estaba en mi cama en mi cuarto. Estaba embarazado, toque mi estomago y recapacite en lo imposible que eso fue, pero aun así no separa mi mano de mi estomago hasta minutos después. El celular continuaba sonando en mi buro de madera, era igualmente extraño que la persona del otro lado de la llamada no hubiera renunciado ya y dejado un mensaje de voz. Que solo me hizo recordar como detesto los mensajes de voz, la persona nunca dice nada al final y solo gastan mi crédito. Volví un poco más en mi, el celular dejo de sonar, me disponía a revisar el origen de la llamada pero no podía pensar con la televisión encendida, las imágenes de enfermeros y doctores corriendo para salvar vidas ajenas me dejo un amargo sabor de sueño. No me vuelvo a quedar dormido viendo estos programas.

Me senté a la orilla del colchón, mi cuerpo me pedía hidratarme y al levantarme lentamente y me separaba de mi cama vacía, y gire para ver el silencioso reloj en mi cómoda el eco de una frase resonó en mi mente como campanas de iglesia un domingo por la mañana: “No quiero estar solo.”

Consigna: Pedro Villaseñor/ 
En su sueño está embarazado de siete meses.

En el tren, sola

Por Juan Carlos Santillán.

Este sueño me atormentó largo tiempo antes de que me animase a acudir a un profesional. Tras efectuar innumerables averiguaciones, me recomendaron a un psiquiatra de mucho prestigio, cuyas referencias me dieron cierta confianza, así que decidí acudir a él. Era un profesional conspicuo, egresado de una buena universidad, con varios posgrados y amplia experiencia, que mantuvo una actitud seria, algo distante, desde que entré en su consultorio hasta que empecé a contarle mi sueño. Tras escucharme atentamente durante un par de minutos, me observó con detenimiento, me pidió que me detuviese y solicitó mi consentimiento para modificar la dinámica de la sesión. Quería proceder a hiponitzarme, con el fin de facilitar una mejor recordación de mi sueño, con la mayor amplitud de detalles. Deseaba también grabar en video la sesión, de manera que hubiese un registro de la misma y, además, pudiese yo constatar su correcto desarrollo. Yo accedí, no tenía ningún problema con ello. Él encendió una videograbadora y empezó a filmarme, tal como usted está haciendo ahora. ”Vuelva a comenzar desde el principio, por favor", me dijo. Así hice yo. Éste es el sueño que tuve, que entonces narré al psiquiatra y ahora paso a narrar a usted:
Era el año mil ochocientos y algo. Yo tendría unos veinte años de edad. Era una señorita de buena familia, como se solía decir entonces, lo cual quiere decir que venía de un hogar acomodado de una pequeña ciudad de provincia. Aquel día amaneció soleado, aunque principiaba ya el invierno, pero al pasar las horas el cielo se fue encapotando hasta que, a media tarde, estaba ya cubierto de oscuras nubes negras, frondosas como copas de árboles, preñadas de tormenta. Las calles lucían grises: el empedrado, los edificios y el cielo mismo semejaban en conjunto el decorado de un drama victoriano a través de la ventanilla. Iba yo en coche, acompañada por mi madre, a la estación del ferrocarril. Era la primera vez que viajaría sola.
–Recuerda, hija, no prestar oídos a las impertinencias de extraños. A menos, claro, que se trate de un reverendo –me aconsejaba mi madre, fervorosa creyente que intentaba, infructuosamente, transmitirme su fe. A los hombres de Dios hay que prestarles siempre la más profunda atención.
­­­­–Así haré, madre.
–Tu hermana y su marido te estarán esperando en la estación, les he comunicado ya la hora de tu llegada.
–Bien, madre –respondí yo.
Llegamos a la estación. El cochero descendió mi equipaje y lo subió al compartimento, mientras mi madre me daba las últimas recomendaciones. Pero hubo de interrumpirse, pues, en ese momento, la tormenta se desató intempestivamente, con gran furia, sobre nuestras cabezas. La gente corrió a guarecerse en sus coches para volver a sus hogares, habida cuenta de que el andén de la modesta estación carecía de cobertura que nos protegiera.
–Me despido, hija mía, porque no quiero pescar uno de esos terribles catarros que me postran en cama cuando cojo frío, y que me suelen durar varios días, lo sabes bien.
–Sí, madre, lo sé.
–Ve con Dios, hija, te doy mi bendición y te encomiendo a la protección de Nuestro Señor.
–Gracias, madre.
–Adiós, hija.
–Adiós, madre.
Partió mi madre, rauda, bajo la elegante sombrilla que le sostenía estóicamente el cochero, empapado bajo el aguacero. Subió al coche y, tras hacerme adiós por la ventanilla, se perdió tras la espesa cortina de lluvia, hasta difuminarse por completo. Me había quedado sola. Cerré los ojos y aspiré con fuerza el aire frío, hasta que llenó mis pulmones.
Me sentía libre por primera vez en mi vida.
El empleado de la estación llamó a grandes voces a los pasajeros, que subimos a los vagones de inmediato. Tomé el asiento que me correspondía, dejé mi bolso a un lado y apoyé el rostro en una mano, contemplando la lluvia que golpeteaba el cristal de la ventana. Se oyó el fuerte sulbido de la locomotora, traqueteó la máquina y el tren partió. Emborronado por el agua, vi el andén solitario que me despedía. Sólo un pequeño niño cubierto de andrajos, acompañado por un perro sarnoso, hacía adiós a los vagones cargados de extraños. Al pasar junto a él, nuestras miradas se cruzaron. El niño me miró a los ojos, abrió los suyos muy grandes, y se santiguó tres veces. Lo dejé parado, extático, besando su mugriento pulgar rematado en una uña negra como la pez.
Cuando la estación no era ya más que otra mancha grisácea en el horizonte nebuloso, dejé escapar un suspiro, dirigiendo la mirada hacia el interior del vagón. Sin que yo me percatara de ello, había ocupado su asiento al otro lado del pasillo un sujeto de apariencia bastante... peculiar, digámoslo así. Llevaba un traje entallado, compuesto de una tela que me soprendió en extremo por la textura que se apreciaba. Brillaba la dicha tela, cual si fuese una superficie bruñida y no el género que se suele emplear para componer tales trajes. A riesgo de pecar de imprudente, no separé la vista del hombre que, por su parte, concentraba toda su atención en un vaso que tenía bien cogido entre las manos sobre la mesa. Tras varios minutos de observarlo, me di cuenta de lo que andaba mal en la vestimenta de mi compañero de viaje: llevaba el traje vuelto al revés, de manera que la brillante superficie que yo apreciaba en su chaqueta no era otra cosa que el forro interior de la prenda. Iba, además, bastante desaliñado, con la rala cabellera alborotada, y no despegaba la vista del vaso que traía entre las manos. Deduje que era un ebrio que había logrado escabullirse en el tren, y esto me llenó de no poca aprensión. Pero el rostro del hombre no parecía mostrar señales de ese pesado embotamiento que caracteriza  a quienes han bebido más de la cuenta. El sujeto lucía, cómo decirlo… ausente. Su mirada, vacía, no se despegaba del vaso que, según vi al observarlo mejor, estaba dispuesto boca abajo. Algo revoloteaba adentro. Una mariposa, sin duda. Pero una muy grande. Y negra como un cuervo. Volaba torpemente la mariposa, dentro del reducido espacio, estrellándose una y otra vez contra el vidrio, maltratándose las alas. El sujeto la vigilaba con fijeza, cual si fuese un celoso celador custodiando a su prisionera. Era una escena penosa de ver. Lo peor es que yo no podía apartar de ella mi vista. Al fin, el pobre bicho cayó rendido por enésima vez y parecía no poder volver a levantarse. Un leve brillo surgió en los ojos del hombre, que se mordió el labio inferior. Tras aguardar un momento sin que la mariposa volviese a elevar vuelo, levantó lentamente el vaso por un costado con la mano izquierda, mientras iba metiendo los dedos de la derecha. Yo, inconscientemente, adelantaba el torso para no perder detalle. De improviso, el hombre terminó de levantar el vaso, introdujo la mano, cogió la mariposa y se la metió en la boca, masticándola con evidente fruición, hasta que de las comisuras de sus labios escurrió un líquido viscoso de color amarillento como el pus, que se limpió con las manos para luego chupar sus toscos dedos. Pero lo más desconcertante de todo fue que, al hacer esto, volteó a mirarme. Me observó directamente a los ojos, con una ofensiva sonrisa retorcida, mientras chupaba uno a uno sus dedos asquerosos embarrados de pus.
Asqueada, aparté finalmente la mirada a un lado. El sujeto reía a carcajadas, atorándose y tosiendo, sin dejar de reír. Yo sentía mi rostro hervir por la indignación, sin saber dónde posar la mirada para hallar sosiego.
Entonces entró el hombre de barba.
Entró casi sin que pudiese sentirlo, como si se hubiese materializado ante mis ojos. Era de considerable estatura, vestía una larga levita negra y un alto sombrero de copa. Su rostro era macilento, llevaba unos impertinentes redondos montados sobre la nariz huesuda, bajo la amplia frente combada. Lucía un bien recortado bigotillo y pulcra barba de perilla que le otorgaban cierto equívoco aire mefistofélico. Ante su presencia, sentí un ligero escalofrío recorrer mi espalda. El hombre de barba se dirigió al que había engullido la mariposa.
–¡Levántate, cretino! –bramó, con voz estentórea, ronca, como el desplome de rocas en un camino solitario.
El aludido se levantó de un brinco, con la mirada baja y retorciéndose las manos, en actitud sumisa.
–¡No hacía nada malo! ¡Nada malo hacía! ¡Sólo comía vida negra, sombras comía!
–¡Calla, infeliz! ¡Vuelve al lugar que te corresponde!
–¡Sí, sí, vuelvo, vuelvo rápido, vuelvo!
Servil y acongojado, el hombre que había engullido la mariposa salió despavorido por el pasillo. El hombre de barba cogió el vaso con una mano cerúlea de dedos como garfios. Lo examinó. Y lo bajó con ademán de volverlo a su sitio. Pero lo mantuvo en el aire, levantó la vista y la fijó en mí.
Sus ojos semejaban dos carbones negros como una pesadilla, en cuyo centro se ha encendido la llama que los consume como un odio. Era ésa su mirada: una furia ardiente y sobrecogedora.
Me contempló durante un tiempo interminable, sosteniendo en el aire el vaso, sin que yo pudiese apartar la mirada de esas brasas ardientes que eran sus ojos. Me sentía mareada, débil, indefensa. Hasta que él terminó de posar el vaso, apartó su vista de mí y desapareció por el pasillo sin hacer ruido con sus pisadas, tal como había llegado.
Mi impresión había sido tan fuerte, que hube de abrir mi bolso de mano, buscar el frasco de sales y aplicarlas a mi nariz con el fin de recobrar el pleno control de mis sentidos.
Aun así, debo de haberme desvanecido sin darme cuenta, pues lo siguiente que recuerdo es haber abierto los ojos y tener enfrente a una horrible vieja con aspecto de bruja, que cargaba, con una de sus manos sarmentosas, un desgreñado gato negro despatarrado y, con la otra, sostenía un oscuro recipiente frente a mis narices, dándomelo a oler. Yo, espantada, intenté arrojar al piso el recipiente, sin conseguirlo. La vieja soltó una carcajada rasposa y gorgoreante, como el graznido de un ave de mal agüero, y me habló con otra sucesión de graznidos discordantes:
–¿Qué ocurre, niña? ¿Temes a tus propias sales?
Fijé la vista en los retorcidos sarmientos que eran sus manos y vi que, en verdad, era el frasco de sales el recipiente que la vieja sostenía ante mi nariz. Ella lo depositó en la mesilla empotrada que había junto al asiento y se dedicó a acariciar al gato.
–¿Mejor?
–Yo… sí, mejor… gracias.
En ese momento estalló el resplandor de un relámpago al otro lado de la ventana, y el compartimento se vio violentamente iluminado. Detrás de la anciana, se hallaba el sujeto que había engullido la mariposa, mostrándome esa mueca aborrecible que era su sonrisa. Restos resecos de la sustancia viscosa permanecían en su mentón. Y, detrás de ellos dos, había varios rostros más. El trueno retumbó.
Había una mujer alta, ósea y hombruna, con la mandíbula hundida, vestida con una estola de pieles que, al agitarse ligeramente, noté que era un perrillo faldero aún vivo, al que habían cercenado las patas. Había también un hombre extremadamente obeso, que vestía un traje de juez con la peluca empolvada, sosteniendo un nudoso vergajo que chorreaba sangre; a su lado, una hermosa mujer rubia con una profunda cicatriz que le cruzaba el rostro en diagonal se apretaba lúbricamente contra su prominente abdomen. Llevaba la mujer un breve vestido blanco muy ceñido, y una alta cofia, también blanca, que remataba la complicada estructura de su blonda cabellera. El ojo tuerto por el que pasaba la cicatriz lagrimeaba en abundancia un humor ambarino que el gato de la vieja, trepado en su hombro, relamía ávidamente. Apostado muy cerca de mí, un fofo sujeto mongólico con dorados bucles, vestido con un traje infantil de marinerito que dejaba al descubierto su vientre velludo, se frotaba las partes íntimas, en las que crecía una oscura mancha de orines, mientras repetía, sin cesar de babear:
–¡Pipiii… pipiii!
Y así, había muchas otras personas con diversas deformidades y taras, con trajes y actitudes que evidenciaban las aberrantes desviaciones de sus almas. Yo, presa de indecible terror, lancé un alarido, me levantándome de un salto. Pero aún estaba mareada, y caí de rodillas junto al fofo mongólico, que rió con una risa como balido de cabra, frotándose con mayor frenesí. La nauseabunda pestilencia de sus orines llegó a mis narices, provocándome arcadas. A punto estuve de vomitar. Mas se sobrepuse, y, apoyándome como pude en las superficies que hallaba a mi paso, me fui incoporando hasta que conseguí avanzar por el pasillo. Las aberraciones me seguían lentamente, sin siquiera apretar el paso, tan torpe y dubitativo era mi avance. Podía oír las risas de la vieja y del mongólico, y el húmedo frufrú del traje de marinerito. Entonces oí su voz.
–¡Detente ahí! –gritó.
Era el hombre de barba, que me conminaba a detener mi marcha. Eso, por el contrario, me dio nuevos bríos. Así llegué a una puerta, dispuesta a arrojarme del tren para escapar de esa pesadilla, así la palanca y la giré con todas mis fuerzas.
¡Pero no abría! Fortalecida por el espanto, sentí cómo el mareo iba cediendo. Corrí a través del pasillo hasta llegar a otra puerta. Giré la palanca. ¡Pero tampoco abrió! Seguí corriendo, desesperada, mientras sentía a las aberraciones seguir mis pasos, vagón tras vagón, mientras yo iba probando una puerta tras otra, hasta llegar al vagón final, a la última puerta, por cuyo cristal se podía ver las vías alejándose a una velocidad vertiginosa. Yo, en mi espanto, no lo dudé y, encomendándome a ese Dios en el que nunca había querido creer, giré la palanca.
No abrió, por supuesto.
–Enfermera, sédela, por favor.
Volteé, dispuesta a enfrentar como pudiera el peligro. La rubia de la cicatriz se aproximaba a mí caminando voluptuosamente sobre sus altos tacones, sosteniendo una enorme jeringa hipodérmica, que iba arrojando intermitentes chorros de un espeso líquido opaco.
–¡Sí, doctor! –respondió, seseante y coqueta.
–¡Atrás, retroceda! –grité yo.
–Tranquila, Alejandra, va a estar usted bien –me decía la rubia de la cicatriz, sin dejar de aproximarse a mí–. Va a estar mucho mejor, ya lo verá.
–¿Cómo sabe mi nombre? ¿Qué quieren hacerme? ¿Quiénes son ustedes? ¿Qué es esto?
–No es nada, señorita Segobia, es sólo un mal sueño, una pesadilla, ya todo pasó, lo olvidará y lo superará –me dijo el psiquiatra, acariciándose el bigotillo y la barba mefistofélicos.
Acto seguido, se reacomodó los redondos impertinentes sobre la nariz huesuda y apagó la videograbadora. Yo tragué saliva. Sentía la garganta seca. El médico pareció adivinarlo. Girando la parte superior de su cuerpo a un lado, se dirigió a la enfermera.
–Alcance a la señorita Segobia un vaso de agua, por favor.
–Con gusto, doctor.
Contoneándose sobre sus altos tacones, la enfermera rubia con la profunda cicatriz me aproximó un vaso de agua, sonriéndome con afabilidad.
–Sírvase, Alejandra.
Yo, sin poder controlar mis impulsos, empujé el vaso, derramándoselo encima. Ella no se inmutó, limitándose a sonreírme. Yo corrí a la puerta.
–¡Señorita Segobia! –me llamó el psiquiatra.
Pero yo ya había alcanzado la puerta, así la palanca y la giré con todas mis fuerzas.
Se abrió.
Afuera, en la sala de espera, mucha gente esperaba su turno. Estaba un sujeto con el traje vuelto al revés, que llevaba en las manos un vaso invertido, una vieja horrible cargando un gato negro, una mujer alta con un perrillo faldero mutilado enrrollado en el cuello, un mongólico que…
Pero veo que su videograbadora está titilando: ya no tiene espacio para seguir grabando.
Lo que siguió después se lo cuento en otra ocasión, ¿le parece bien?
18 de junio del 2016.

Alejandra Segobia.

Consigna: 
Alejandra Segobia./Su sueño debe transcurrir en un viaje en tren del cual no puede bajar.