lunes, 24 de noviembre de 2014

Un otoño para recortar y armar

Por Vanesa Ian.

Mi nombre es Mario Puente, tengo setenta años. Aunque me resulte difícil y terriblemente triste, voy a contarles mi historia. Algunos podrían llamar a esto una autobiografía, creo que voy a disentir; para mí sería algo muy parecido a una confesión. Sé que los únicos que confiesan son los culpables de algo, pero eso es lo que soy, CULPABLE, así, en mayúsculas. No cometí ningún delito, podría decirse, nada que requiera prisión, pero sé que merezco algún tipo de castigo, el castigo que merecen los cobardes, la soledad.
 Hace treinta años atrás, yo era un hombre íntegro, poseía todo lo que podía querer a mis cuarenta años y mis planes de progreso no quedaban ahí, no señor, tenía grandes ambiciones laborales. En esa época era contador en un estudio contable muy importante de la ciudad, tenía una casa hermosa y una esposa adorable. Mi matrimonio no era, lo que se dice, una maravilla, pero ya estábamos acostumbrados el uno al otro y nos respetábamos. La llama de la pasión que un día había alumbrado nuestras vidas, se fue extinguiendo casi sin darnos cuenta. Mucho tuvo que ver, quizás, el hecho de que no podíamos tener hijos. Lo intentamos durante mucho tiempo, al ver que no venían, consultamos a varios especialistas en el tema. No teníamos nada en la parte física, todos los resultados salían normales y nada se podía hacer. Recuerden que hace treinta años atrás no existían los avances médicos que hay hoy, tal vez, con una inseminación artificial se hubiera solucionado, ya que mi conteo de esperma era perfecto, pero estoy desvariando, eso es algo que nunca voy a saber y tampoco sirve que me vaya por las ramas.
Ese otoño fue una época hermosa y triste a la vez, quizás, la más hermosa de mi vida, todo lo que trajo ese otoño ya desapareció, al igual que sus hojas secas. Es de ese otoño que quiero hablarles, de ese bendito y maldito otoño, el que me dio todo y también me lo quitó.
En el verano habíamos hecho un largo crucero por el Mediterráneo, en mí fuero interno esperaba que fuese un bálsamo para nuestra agotada relación, pero me equivoqué, a la semana, Laura, mi deprimida esposa, ya quería pegar la vuelta. Eran mis primeras vacaciones reales en años y quería disfrutarlas, pero el solo hecho de estar insistiéndole en forma permanente me quitó las ganas de todo. Fueron unas vacaciones raras, en vez de unirnos, nos separamos más.
Para colmo de males, cuando regresamos de nuestras desabridas vacaciones, Juana, nuestra doméstica de toda la vida, nos abandonaba para irse a vivir con su hermano que había sufrido una apoplejía. Le supliqué que se quedara, ofreciéndole todo cuanto podía ocurrírseme, pero la conversación fue para otro lado:
—Podría doblarte el sueldo Juana, triplicarlo en caso de que haga falta, por favor no te vayas así, Laura te necesita, ella te quiere mucho —dije.
—Mi señor usté sabe que si pudiera me quedaría, yo también la quiero a la señora Laura, como si fuera mi hija, pero no puedo. Es solo por un tiempo, hasta que mi hermano esté mejor, despué vuelvo —respondió llorando.
—Bueno, bueno, no llores Juana, tampoco es para tanto mi amiga, lo que pasa es que no sé qué voy a hacer con Laura, ella está muy deprimida últimamente y vos eras una gran compañía para ella. Si tuviéramos un hijo, sería distinto, ella estaría con él y no se quedaría sola todo el día cuando yo trabajo —le contesté consternado.
—Tengo una sobrina que vino del interior, ella está buscando trabajo, si le interesa me avisa patrón.
—Tráigala mañana Juana, así Laura la conoce y le tomamos una prueba.
Y así fue como empezó todo, de una forma tan simple, que hasta da miedo.
Su nombre era Cintia Abril, la musicalidad de esas sílabas, penetraron en lo más profundo de mi corazón. Era una muchacha de unos treinta años. Su cabello rubio caía sobre sus hombros, como una catarata bañada por el sol. Sus ojos, de un extraño color gris, me dejaron cautivo y cuando su tímida mirada se cruzó con la mía, supe que había caído en su embrujo. Su boca, jugosa y dulce, como una fruta exótica, invitaba a besarla. A su lado y de su mano, se encontraba una niña de unos diez años. Rompí el hechizo que se había apoderado de mí y dije:
—Bienvenidas señoritas, soy Mario Puente, ¿me dicen sus nombres?
Laura me miró extrañada, claro, yo no era de hablar así, pero no podía evitarlo.
—Buenos días señor y señora Puente, soy Cintia Abril Martínez y ella es Calista Martínez, mi niña.
Charlamos un rato sobre sus pretensiones y las nuestras y quedó contratada. Para nosotros, no era ningún problema que ella tuviera una hija, Calista era una niña muy dulce, cariñosa y bien educada. Al tener doble escolaridad la veíamos muy poco, pero cuando estaba en casa, a Laura se le dibujaba una sonrisa.
Pasaron unos días y el ritmo de la casa había cambiado. A mi esposa le sentó muy bien la presencia de una niña como Calista y se la podía ver más alegre. Yo, en cambio, me sentía pésimo. Me enamoré, sin querer, como un adolescente de secundaria. Ustedes pensarán que un enamoramiento siempre es algo bello, pero no fue así en mi caso. Sufría como un condenado, el solo verla pasar hacía que mi piel se estremeciera, cuando Cintia hablaba y se dirigía a mí, era como estar en el cielo rodeado de ángeles y cuando me quedaba a solas con Laura, era como ser arrastrado al mismo infierno. Y lo peor de todo no era eso, lo peor era que sentía, en lo más profundo de mí, que a Cintia le pasaba lo mismo. Eso me llevaba a soñar despierto, me veía con ella en un lugar paradisíaco disfrutando de la vida, la veía como mi esposa, en otra casa, esperándome con la cena, y la peor de todas, me imaginaba a los tres, Calista, Cintia y yo, caminando por un parque. Cintia, con una hermosa panza por delante, llevando en su interior, a mi tan ansiado hijo.
Pero la culpa era lo más triste de todo esto. Ya no amaba a Laura y Cintia nada tenía que ver con eso, hacía tiempo que ya nada quedaba del amor y la pasión que nos profesábamos antes, pero era mi compañera y mi compañía; hasta que apareció Cintia. Ahora solo ansiaba irme, dejar todo y llevarme a Calista y a Cintia bien lejos. Claro, que para hacer eso, primero tendría que averiguar si ella sentía lo mismo que yo, o solo eran imaginaciones mías.
Cada día que pasaba, cada roce casual de nuestras manos, cada mirada, eran para mí un indicio de que ella sentía lo mismo, entonces una tarde la seguí, cuando frenó su acelerado paso para mirar una vidriera, adelanté el paso y con mi mano toqué su hombro.
—¡Señor Mario, que susto me dio! —dijo sobresaltada.
—Solo soy yo Cintia y, por favor, basta con eso de “señor”, soy Mario, así, a secas.
—¿Y qué hace por acá, Mario? —contestó sonriente.
—Estaba buscándote a vos Cintia Abril.
—¿A mí?, si necesita algo la señora Laura, yo voy para la casa, no importa que sea mi franco señ… Mario.
—No, Cintia, nada que ver. Te estaba buscando a vos porque necesito preguntarte algo que es muy importante para mí.
La llevé hasta un barcito escondido y ahí me animé y me declaré. Me sentía como esos galanes de los años veinte, solo me faltaba el sombrero de copa. La reacción de ella fue extraña, no lo tomó a mal, pero tampoco se arrojó a mis brazos como la princesa de un cuento.
—Esto nos va a llevar a la ruina a todos, Mario, ojalá me equivoque.
—¿Pero por qué decís eso? Lo que siento por vos es verdadero, nace desde lo más profundo de mi corazón Cintia —le respondí esperanzado.
—Como ya te habrás dado cuenta, a mí también me pasan cosas con vos, pero no puedo olvidarme de que estás casado y que tu esposa es muy buena con mi Calista y esto me hace sentir muy mal —dijo al borde de las lágrimas.
—Hablaré bien con ella, te lo juro. Lo nuestro, hace rato terminó, solo somos una buena compañía el uno para el otro, pero nada más.
—No jures, por favor, no lo hagas sin saber cómo puede reaccionar. Que vos te sientas el hermano de tu esposa, no quiere decir que ella sienta lo mismo Mario.
—De alguna forma saldremos adelante y ella también lo hará por que merece alguien que la quiera bien, no a mí —contesté muy convencido de lo que decía en ese momento.
Salimos a la calle, y al pasar por una plazoleta le robé un beso. Cintia al principio no respondió, pero fue un momento tan mágico que no se pudo resistir. Sus brazos rodearon mi cuello y sus labios se abrieron ante mí. Fue el mejor beso de mi vida. Nunca me había sentido así, no era solo estar cachondo, lo que sentí en ese momento fue amor en el estado más puro.
El otoño, nunca fue mi estación favorita, todo lo contrario. Siempre me entristeció ver las hojas amarillas caídas en el suelo y barridas por el viento, como si fueran despojos. Como si todo estuviera rodeado de muerte, porque, después de todo, eso eran, solo hojas muertas. En cambio, esta vez, el otoño, resultó ser la estación más dulce en la cual vivir, podía haber escrito una oda a cada hoja que caía.
Pasaron las semanas y mis encuentros a escondidas con Cintia se hicieron cada vez más evidentes, era obvio que no podíamos seguir así. Era imposible ocultar lo que sentíamos. Esa tarde temprano, estábamos acostados en la habitación del departamento que había alquilado y le dije que de mañana no pasaba, que esa misma noche ella juntara sus cosas y se fuera sin decir nada. Yo, al otro día, hablaría con Laura y también me iría. Ese departamento era un buen lugar para empezar y ahí nos quedaríamos hasta el mes siguiente y cuando terminaran las clases de Calista, partiríamos los tres hacia México a unas merecidas y hermosas vacaciones. México tenía unos lugares maravillosos para disfrutar en familia.
Todo se hizo tal cual acordamos, Cintia recogió sus cosas y se retiró sin decir ni mu y yo llegué a mi casa, como si nada hubiera pasado. Apenas crucé la puerta, Laura salió a mi encuentro.
—¿Sabés algo de Cintia? —preguntó.
—Recién entro Laura, ¿por qué debería saber algo? —respondí y una alarma se encendió en mi interior. Lo sabe, pensé.
—No sé, siempre están tan de compinches, que supuse… bah, no importa. Se ha ido, la busqué porque necesitaba algo y no la encontré, Calista tampoco volvió del colegio y sus cosas no están. Huyó como la rata que es.
—¿Qué te parece si cenamos y después charlamos un poco Laura? Tenemos que hablar de algo importante —dije juntando valor.
—¿De qué querés hablar Mario? ¿Qué es tan importante, que no puede esperar a mañana? Si es que te estás acostando con Cintia, ya lo sé. Pero una señora, como yo, tiene su dignidad, y si hay cosas que dejo pasar, te explico, solo lo hago por eso, porque soy una dama. Ahora, eso sí, no me vengas con que te enamoraste de esa zorra y vas a dejarme porque ahí si voy a olvidarme lo muy dama que soy. Solo te lo estoy advirtiendo Mario, no sabés de lo que soy capaz.
Ella siguió discutiendo y yo negando, hasta que no di más y me fui. Solo me llevé un par de cosas. Cuando llegué al departamento Cintia ya dormía. Al otro día me fui temprano al estudio, quería terminar lo antes posible para volver a mi casa y terminar de llevarme, aunque sea, las cosas más importantes, por lo que tampoco pude hablar con ella.
Al llegar a mi casa, Laura no estaba, era raro, a esa hora tan temprana de la tarde, ella nunca salía, odiaba el sol fuerte. Recogí mis cosas tranquilo y me fui al departamento. Cuando bajé del auto, escuché dos detonaciones muy fuertes, una detrás de la otra. Era un sonido conocido, era el sonido de mí treinta y ocho, la que diez años atrás había comprado para practicar tiro con un cliente que me había calentado la cabeza. No puede ser Dios mío, por favor, que no sea lo que estoy pensando, dije entre dientes.
Empecé a correr, la gente ya salía a la calle a ver qué pasaba. Entré al departamento y la imagen de ese melodrama absurdo quedaría grabada para siempre en mi memoria. Cintia y Calista estaban tiradas en un rincón del comedor, juntas y de la mano. Ambas con un disparo en la cabeza. La sangre lo cubría todo. Laura, en la otra punta me miraba con la treinta y ocho en la mano.
—¿Qué hiciste Laura? ¿qué hiciste? —dije llorando y gritando a la vez.
—Maté a tu puta y a la bastarda de su cría, una menos para el mundo —contestó riendo histéricamente, ahí fue cuando supe que se había vuelto loca—, y tu castigo aún no termina, mi amor.
Se llevó el arma a la sien y disparó.
Y tenía razón ¿saben?, mi castigo ya duró treinta años. No hay noche en que no sueñe con eso y día, en que no recuerde ese trágico otoño. Un otoño al que recortaría y armaría de nuevo, si pudiera.


– FIN –


Consigna: Redactar un melodrama, en el que los aspectos sentimentales, patéticos o lacrimógenos de la obra se exageren con la intención de provocar emociones en el lector. El trabajo debe llevar como título "Un otoño para recortar y armar". Tres de todos los personajes que crees, deben llamarse Cintia Abril (mujer de unos treinta años), Mario Puente (hombre de unos cuarenta) y Calista Martínez (niña de unos diez años). La historia tiene que estar relatada desde el punto de vista del hombre


Oswald

Por Robe Ferrer.

Abrió la puerta de la casa de su hija como cada noche. Encendió la luz del recibidor y se quitó los zapatos para calzarse las viejas pantuflas.
Había una pequeña luz en el salón, pero no se oía ningún ruido. Aquello no le daba buena espina. Aunque Linda y Oswald estuviesen en la cocina preparando la cena, él tendría que percibir algún sonido.
Un segundo antes de percatarse de lo extraño de la situación, el silenciador de una Glock 9mm le apuntaba al centro de la frente. La pistola la sujetaba la mano enguantada de un encapuchado.
—Bienvenido, William. Ponte cómodo. Tu hija y tu nieto nos estaban contando una divertida historia —le dijo una voz. A pesar de los años pasados, reconoció aquella voz al instante. Después de cincuenta años viviendo en los Estados Unidos había perdido el marcado acento alemán que la caracterizaba.
El encapuchado de la pistola le hizo pasar al salón de la casa poco después de que se encendiese la luz. Seis hombres con la cara tapada y armados retenían a su nieto Oswald atado y amordazado en una silla. El cuerpo de su hija yacía en el suelo con síntomas de haber sido salvajemente torturada.
El mundo dejó de tener sentido para él. Ver a su hija muerta a mano de aquellos hijos de puta había sido la gota que había colmado el vaso. Habría soportado cualquier suplicio que le hubieran hecho pasar a él, pero que hubieran tomado represalias con su hija y las fueran a tomar con su nieto era algo que no iba a permitir.
Se intentó abalanzar sobre Wilhelm, el hombre que dirigía todo aquello y el único que llevaba el rostro descubierto, pero una pistola sobre la nuca de su nieto le hizo frenarse de golpe.
—Siéntate si no quieres ver a tu nieto de la misma forma que tu hija —le ordenó la voz de Wilhelm. Como por arte de magia el acento alemán se materializó de nuevo. Lleno de rabia obedeció.
Una vez sentado se percató de que el suelo del salón estaba lleno de figuras y muñecos de Mickey Mouse rotos. Todos los de la casa, que no eran pocos. Su hija, al igual que él hasta su jubilación, trabajaba para The Walt Disney Company y el icono de la empresa estaba por toda la casa.
—Me ha costado romper todos esos putos ratones, pero por fin di con la clave que descifra la ubicación del cuerpo de Walt Disney —le dijo Wilhelm a William—. Debí figurarme que la esconderías en un lugar a la vista de todos, pero difícil de descubrir. Mickey. Mic key, micrófono y llave. Eres listo, pero yo lo soy más. ¿Pensabas que no descubriría nunca el juego de palabras? Tengo que confesarte que me costó mucho tiempo, pero una vez descifrado solo he tenido que dar con el ratón adecuado. Pensé que era el del juguete de cuando tu nieto era pequeño, ese con un micrófono; pero me equivoqué. Lo habías escondido en ese otro que el ratón imita a Elvis. Eres un viejo zorro, pero yo soy más listo que tú.
William miraba alternativamente a su nieto, el estropicio de muñecos y al causante de todo aquel daño.
—Ahora acompañarás a mis hombres hasta donde está congelado Disney, si no quieres que mate a tu nieto y luego acabe contigo. Sé que hará falta el reconocimiento de tu huella dactilar o de tu iris para acceder al lugar. Seguro que también has tomado más precauciones y necesito que desactives todos esos sistemas de defensa.
—Está bien —accedió.
—Abuelo, no. Sabes que cuando obtenga lo que quiere nos va a matar —intervino por primera vez su nieto Oswald.
—Todo a va a salir bien —intentó tranquilizarle el anciano.
—Siento interrumpir esta emotiva charla, pero el tiempo apremia. Tengo una venganza que cobrarme y ya he dejado pasar muchos años. Llevaos al abuelo y vosotros quedaos con el nieto —le ordenó Wilhelm al que parecía ser su hombre de confianza y a otro que se encontraba junto a él—. El resto, en marcha.
Dos de los encapuchados agarraron por los brazos a William y le obligaron a salir de la casa.
—¡Eh!, sin empujar —se quejó el anciano—. Puedo caminar solo.
—Calla, viejo.
—Id en su coche, y que conduzca él. Seguro que algún sistema de seguridad es el reconocimiento de su matrícula. Lleva más de cincuenta años con la misma y eso tiene que tener algún sentido —mandó Wilhelm a los dos secuaces que irían con William.
—Sí, jefe.
Wilhelm, acompañado de otros dos matones, montó en un lujoso Lincoln Navigator que acababa de estacionarse frente a la casa de Linda. William fue conducido a empujones hasta su coche, un viejo Ford Torino del año 75 que era su mayor tesoro. Le obligaron a ponerse al volante mientras que uno de sus acompañantes ocupaba el asiento del copiloto y el otro justo el que estaba detrás del conductor. Tenía una pistola apuntándole constantemente a la nuca y otra al lado derecho de su cabeza. No tenía escapatoria ni podía arriesgarse a hacer ningún movimiento en falso.
Emprendieron la marcha hacia los estudios centrales de Disney, donde, según las indicaciones, se conservaba el cuerpo criogenizado del fundador de la compañía.
El Torino alcanzó la velocidad de noventa kilómetros por hora en la autopista que bordeaba la ciudad, y William decidió que era el momento de actuar. Soltó su mano derecha del volante y la apoyó sobre la palanca de cambios. Un gesto inocente que cualquier conductor realiza varias veces a lo largo de un trayecto. Sin embargo, William tenía otras intenciones. Siguiendo el refrán de “que tu mano derecha no vea lo que hace tu mano izquierda” hizo que sus captores se fijaran en aquel gesto, quedando sin vigilancia la otra mano, la izquierda. Entonces, con ella pulsó un botón que había junto al volante. Unas pequeñas explosiones, como las de los airbags al activarse, se escucharon en los reposacabezas de todos los asientos salvo en el del conductor. De ellos salieron pinchos de acero de veinte centímetros de longitud, que atravesaron la base de los cráneos de sus acompañantes, haciendo que perdieran todas sus funciones motoras al instante. A los pocos segundos murieron sin saber qué había pasado.
William cambió de sentido en cuanto pudo y se encaminó de nuevo al hogar de su hija. Tenía que salvar a su nieto y disponía de poco tiempo. Llevaba muchos años sin tener que entrar en acción, pero gracias a que continuaba con sus entrenamientos de Defensor del Gran Secreto, podía ser capaz de desarrollar todas sus cualidades de defensa y ataque.
Aparcó su coche dos calles por detrás de la casa y se acercó a un solar abandonado. Allí, oculta dentro de grandes tuberías de hormigón había una puerta que daba a un acceso secreto a casa de su hija. Siempre lo había tenido para huir en caso de ser necesario, nunca lo consideró como una entrada alternativa, pero ahora iba a darle ese uso. Aquel pasadizo llevaba hasta el sótano. Entonces haría su aparición por sorpresa y liberaría a su nieto.
Silenciosamente salió del sótano y se acercó a la puerta del salón. Desde allí podía ver a su nieto con los dos encapuchados que lo retenían. Uno de ellos tenía en sus manos la jaula de una mascota de Oswald.
—Vaya, como no lo habíamos pensado antes. Esta familia tiene un ratón como mascota, y mira qué casualidad que se llama Mickey. Seguro que este bicho tiene algo que revelarnos —metió la mano en la jaula y sacó al roedor. Le retorció el cuello ante el lagrimoso rostro de su dueño. Después arrojó la jaula al suelo y la misma se deshizo en varias piezas. Entonces, el encapuchado cogió una de ellas. Era extraña y no encajaba del todo dentro de la jaula de un ratón—. Te lo dije. Aquí tenemos el secreto que tan bien han guardado los Defensores.
Cuando levantó un pequeño cilindro con extrañas inscripciones, William apareció en el salón lanzando un shuriken contra aquel hombre. El proyectil se le clavó en el cuello haciéndole caer al suelo. Llevaba impregnado un potente veneno capaz de tumbar a una res en cuestión de segundos.
Ante la sorpresa del otro captor, corrió hacia él y le hizo un tremendo tajo con una pequeña cuchilla. La vida se le escapó rápidamente.
—¿Abuelo? —preguntó temeroso Oswald—. ¿Qué ha pasado? ¿Quiénes son estos hombres y qué quieren?
—Es una historia muy larga —comenzó a explicarle al chico a la vez que lo desataba—. Estas personas son Grimmers, descendientes de los famosos hermanos Grimm, los creadores de los cuentos que inspiraron los clásicos de Disney.
—¿Qué quieren de nosotros? ¿Qué tenemos que ver con ellos y Disney?
—Como sabes los hermanos Grimm fueron dos, Jacob y Wilhelm. Ambos formaron familias y tuvieron descendencia; pues un descendiente de Jacob le vendió a Walt Disney los derechos de los cuentos para hacer películas. Por lo visto, a los descendientes de Wilhelm aquello no les sentó bien, ya que se considera que él fue el auténtico creador de las historias, por lo que los descendientes de Jacob no tendrían legitimidad para venderlos. Consideran que Disney adquirió los derechos de forma fraudulenta.
—¿Y qué tiene que ver todo eso con nosotros? —quiso saber el chico.
—Soy el Guardián del Gran Secreto. Sé dónde está el cuerpo congelado de Walt Disney, y ahora sé que debo transmitírtelo a ti.
—Eso es un mito. Todo el mundo lo sabe.
—Esa es la mejor forma de guardar el secreto, hacer creer a todo el mundo que es mentira. Walt Disney está criogenizado. Yo mismo fui testigo del proceso. Fui elegido entre los trabajadores de The Walt Disney Company para guardar el secreto del lugar de su conservación. Tienes que saber cuál es ese lugar. Se encuentra dentro de la estatua del propio Walt Disney que hay en Disneyland.
—¿A la vista de todo el mundo?
—Sí. Es el mejor escondite: todos los ven pero nadie sospecha que se encuentra allí. La estatua esta permanente refrigerada por dentro para mantener el cuerpo en el estado de congelación.
—¿Por qué han roto todos los muñecos de Mickey? —preguntó Oswald.
—Porque creían que uno de ellos guardaba los datos de acceso a los estudios y que en ellos estaría el cuerpo de Disney.
—Pero mi ratón tenía algo en su jaula que, según el encapuchado, llevaba a Disney. ¿No era muy evidente ocultar algo en un muñeco de Mickey o en la jaula de un ratón que también se llama Mickey? Es el estandarte de Disney y el primer dibujo animado que creó.
—En lo primero aciertas, en lo segundo no. La primera creación de Disney fue Oswald, el conejo afortunado.
—¿Oswald? ¿Cómo mi conejo? ¿Cómo yo?
—Eso es. Tú te llamas Oswald por el personaje, al igual que tu mascota. Realmente es tu conejo Oswald quién guarda el secreto de la localización de Disney. Combinando esta pieza —dijo el anciano alzando el cilindro— con otra similar que hay en la jaula del conejo nos revela la forma de acceder al cuerpo de Disney. Esta pieza por ella misma no vale de nada.
—Y lo que encontró ese hombre en la figura de Mickey vestido de Elvis, ¿qué era?
—Falsas informaciones por si algo como esto pasaba. En cuanto alguien que no fuera yo entrase en ese sitio, las puertas se cerrarían automáticamente y no tendrían forma de salir, muriendo de hambre y sed. Nadie podría oírlo pedir ayuda ya que la habitación está insonorizada y en un sótano a treinta metros bajo tierra. Ahora no debemos perder más tiempo. Toma —le dijo el viejo entregándole una tarjeta de visita—. Ve a esa dirección y dile a quién te atienda que el Maestro está en peligro. Sabrán lo que significa y te prepararan como es debido para ser Guardián del Gran Secreto.
—¿Por qué es tan importante que no lleguen hasta Disney? ¿Qué es lo que buscan?
—Buscan descongelarlo y que le devuelva los derechos de los cuentos, así como los beneficios obtenidos por su explotación. Al no estar muerto, ningún descendiente puede devolver esos derechos y tiene que ser el propio Disney el que firme el documento. Eso supondría miles de millones de dólares y la quiebra de la empresa, tener que cerrar los parques de atracciones y muchas cosas más.
—¿Y a quién le importa eso? Son parques de atracciones, nada más.
—Es algo más. Es donde reside la fantasía y la ilusión de millones de personas en todo el mundo. Imagina un mundo sin Disney… —Y le dejó unos instantes para pensar—. No puedes, ¿verdad? Pues tenemos que mantener a Walt Disney en su estado hasta que todo esto haya pasado y que no haya nadie que amenace las ilusiones de los niños. Ahora ve a esa dirección. Espero que todo acabe pronto, pero si no, vas a necesitar un duro entrenamiento.
Cuando el muchacho, con los pensamientos más confusos que en toda su vida, abandonó la casa, William acudió al sótano. Allí, en una habitación secreta para el resto de su familia, recuperó su ropa de asalto y varias armas. Había llegado el momento de la lucha final, y quería salir victorioso para que su nieto no tuviera que soportar la carga que él había llevado sobre sus hombros todos aquellos años.

En su coche llegó hasta el rascacielos en cuya azotea tenía su cuartel general Wilhelm Grimm IV. Actual líder de los Grimmers, que llevaban ochenta años detrás de recuperar lo que creían que les pertenecía legítimamente. Dejó su coche y se adentró en la oscuridad de la noche.
Al llegar a la entrada del edificio se encontró que allí había dos guardias armados. Los Grimmers lo estaban esperando, no cabía duda. Seguramente ya sabían que los encapuchados habían caído sin conseguir su objetivo. Sacó su ballesta con visor infrarrojo y disparó sobre el primer guardia. El virote se le clavó en el cuello matándolo al instante. Su compañero, empuñó su rifle y buscó en la oscuridad al intruso. Un minuto después yacía en el suelo con el cuello roto.
Sigiloso como un felino, William avanzaba por los pasillos del edificio pegado a la pared, desconocedor que Wilhem Grimm ya sabía de su presencia. Los detectores de movimiento habían activado las cámaras de seguridad e iban revelando su posición a cada paso.
Decidió no coger los ascensores, porque así era más vulnerable. Subiría por las escaleras.
En el segundo piso le recibieron con una ráfaga de M-16. Afortunadamente, pudo retroceder a tiempo y volver a ocultarse en el pasillo. Saco una mascarilla y un bote de gas lacrimógeno y lo lanzó en las escaleras. Esperó unos minutos a que la nube de humo se formara y le permitiera avanzar sin ser detectado. Las toses de sus adversarios le avisaron de sus posiciones y así pudo librarse de ellos.
No iba a permitir que lo volvieran a sorprender. Era muy probable que lo estuvieran vigilando a través de cámaras, y él sabía como evitarlo. En su reloj activó la función de inhibidor de señales, así desactivaría todas las cámaras y no verían por dónde iba.
A pesar de mantenerse en forma, ya no era tan joven como quería pensar y al llegar al octavo piso estaba exhausto. La combinación de las escaleras con la tensión y alguna pelea había hecho mella en él. Aún le quedan trece plantas y muchos enemigos de los que deshacerse y el ascensor empezaba a ser una opción más que válida.

—El motor de los ascensores se ha puesto en marcha —indicó el jefe de seguridad a Wilhelm Grimm
—Estupendo. Ahora sí que está acorralado. Detén los ascensores y acabad con él.
—Enseguida.
El jefe de seguridad envió a un equipo de cuatro hombre a la puerta de los ascensores de la undécima planta. El ascensor se detuvo y antes de abrirse las puertas abrieron fuego a discreción con sus fusiles de asalto. Cuando cesó el tableteo de las armas y las puertas se abrieron, un cuerpo sin vida cayó al suelo. Pero no era el de William, sino el de uno de los guardias de los pisos inferiores.
—¡En el techo! —gritó uno de los guardias. Todos abrieron fuego sobre la parte superior de la cabina del ascensor hasta que hubo más espacio vació que techo. Las chispas de las lámparas destrozadas saltaban sin control—. ¡Alto el fuego!
Nuevamente silencio. Un instante después, ocho disparos de una pistola acabaron con la vida de los cuatro mercenarios. William había puesto en movimiento los ascensores, haciéndolos bajar hasta la planta baja y después haciéndolos subir de nuevo (ventajas de los ascensores modernos que poseen memoria), mientras él subía por las escaleras lo más rápido que podía. No llegó a la par que los elevadores, pero si a tiempo para acabar con los cuatro guardias.
Ocho plantas más y llegaría a su destino. Disparos y más disparos lo fueron saludando a cada planta que ascendía, pero gracias a sus dotes consiguió salir indemne de todos los ataque recibidos.
A las puertas del despacho de Wilhem lo esperaba el jefe de seguridad. Vestía un traje elegante de color blanco. Al ver a William, el hombre se quitó la chaqueta y la dejó doblada a un lado con la esperanza de recuperarla en breve.
Se lanzó contra el Guardián del Gran Secreto; este, que esperaba el ataque, se apartó unos centímetros para esquivar el golpe. Después lanzó una patada a la rodilla de su adversario haciéndole doblar la pierna. William encadenó otro par de golpes en la cara de su oponente, pero apenas le hizo mover la cabeza un poco.
Cuando recuperó la posición erguida, abrazó con fuerza al intruso derribándolo. Los dos rodaron por la alfombra que decoraba aquel pasillo. Forcejeos, golpes y arañazos fueron intercambiados por los dos rivales. Finalmente, el jefe de seguridad de Wilhem agarró a William por el cuello y comenzó a estrangularlo. El aire empezaba a faltar y la sangre que debía regar su cerebro había encontrado una obstrucción que no podía sortear. La vista se le nublaba y notaba que estaba perdiendo el sentido.
En un acto desesperado sacó la cuchilla que ocultaba en su cinturón y lanzó un golpe hacia su atacante. Tuvo la fortuna de que la afilada hoja abrió un gran tajo en el cuello del que iba a ser su verdugo. La presión sobre la garganta de William se fue aflojando, y el traje, que había sido blanco, tardó pocos segundos en tornarse rojo.
Wilhelm esperaba con una pistola la entrada de William.
—Bienvenido. Has llegado muy lejos, pero aquí se acaba tu viaje —le dijo al verlo entrar.
—Adelante, dispara. No temo a la muerte; y si me matas jamás conocerás el paradero de Disney.
—Te equivocas, sé donde se encuentra. A la vista de todo el mundo pero oculto de la gente. La propia estatua que hay en Disneyland es su escondite.
El semblante de William cambió de inmediato.
—¿Cómo…? —No pudo acabar la frase. La aparición en la escena de una tercera persona le hizo quedarse sin habla.
—Hola, abuelo —le saludó Oswald.
—William, te presento a mi nieto Jacob Grimm. Ha sido duro ver como tú y tu hija lo criabais, pero necesitaba meter a un infiltrado en lo más profundo de tu familia. Jacob nació hace veinte años, al día siguiente que Oswald. En el hospital cambiamos a los dos niños y asunto arreglado. Pasados los años me puse en contacto con él y le mantuve al corriente de todo lo que pasaba… ¡Qué gran invento las telecomunicaciones! Gracias a Internet podíamos estar en contacto sin que ni tú ni tu hija os dierais cuenta. —Wilhelm comenzó a reír a carcajadas hasta que le sobrevino un ataque de tos. Cuando se recuperó, continuó con su relato—. ¿Cómo crees que supimos cuándo era el momento oportuno para asaltar tu casa? ¿Cómo pudimos evitar las trampas y las alarmas que tenías preparadas? Sabía que tarde o temprano le revelarías el secreto al chico y entonces yo también lo conocería.
—Maldito traidor. Te he tratado como a mi propio nieto, ¿y así me lo pagas? —balbuceó William al borde de las lágrimas.
—Mickey —interrumpió Wilhelm—. Mic key. Micrófono y llave. Cuando te lo dije no esperaba que lo entendieras, y estaba en lo cierto. Tu casa estaba llena de micrófonos ocultos en todos los muñecos del maldito ratón, hablaras dónde hablaras, yo escucharía todo. Ahora, despídete.
Wilhelm apuntó de nuevo a William. Un disparo sonó en la sala. La pistola de Wilhelm cayó al suelo, seguida del cuerpo de su dueño. Jacob Grimm empuñaba un revolver humeante. Había acabado con la vida de su abuelo. William no daba crédito a lo que acababa de suceder.
—No permitiré que un desalmado como él se apodere de la mitad de la fortuna de Disney ni que acabe con los sueños de miles de personas —le dijo a William.
—Oswald. Jacob, yo… yo… Me alegro que pienses así.
El muchacho encañonó a William y disparó tres veces sobre él.
—No permitiré que se apodere de la mitad de la fortuna de Disney, cuando puedo hacerlo yo mismo. Oswald fue el que comenzó el Imperio de Disney y Oswald será el que lo finalice. —sentenció. William ya no pudo oír aquellas palabras.

Encendió un mechero y acercó la llama a las cortinas del gran ventanal que se abría a la ciudad. Todo aquel edificio ardería hasta los cimientos y nadie sabría que había sucedido allí realmente. Pasado algún tiempo, acudiría a descongelar a Disney y le exigiría lo que era suyo. Ahora nadie podía impedir que se convirtiera en un hombre muy poderoso.



– FIN –


Consigna: escribir un relato de acción (tipo films de Stallone, Van Damme, Schwarzenegger, Norris), cuyo argumento implique una iinteracción moral entre el «bien» y el «mal» llevada a su fin por la violencia o por la fuerza física.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Mi tempranero amor


Por Ricardo José Vega.


Es tempranero , mi amor 
es tempranero,


siente el fuego crepitar 
con tan solo despertar 
en los albores primeros...



Sabe que duerme a su lado 
quien tiene labios de fruta 
... que dan los besos frutados
a quien los furta...



Lleva mi amor en el alma 
la nocturnidad antigua ,
sabiendo que todas brillan 
persigue varias estrellas
en los ojos de mi chica 
la que yace aquí a mi lado
con su cuerpo estilizado
y su perfume a camelias...



Mi amor hoy ...
es bien templado
su consistencia es de acero
vive esperando el llamado 
cuando ella dice : " te quiero..."
y esta frase ... buen arquero
que con su flecha me acierta
al tiempo que me despierta
hace que llegue primero .



Y llego sembrando...

derramando estrellas 
en su cintura
de amor primero...


y voy dejando 
muy lentamente 
con mi ternura



mi amor esclavo,
mi amor sincero

de emoción pura...



- mi tempranero -