lunes, 28 de diciembre de 2015

El hijo pródigo

Seudónimo: Borkum Riff.
Autor: Robe Ferrer.


Sabía que aquel chico lo haría sufrir, se lo había dicho tantas veces que aquella frase había perdido su significado. Desde el día en que llegó a casa, nos confesó su orientación sexual y nos dijo quién era su pareja, supe que iba a pasarlo mal por su culpa.

Jesús llegó aquel día a casa llorando, como el día anterior y el otro. Su madre acudió a consolarlo, pero tras la puerta solo recibió gritos y reproches. Como las últimas veces. Bajó las escaleras y entró en la cocina para preparar la cena.
—Hoy no va a cenar —dijo.
—Igual que las últimas noches.
—No sé qué le pasa a este chico, y me tiene preocupada.
—Serán cosas de críos. Hablaré con él.
Al día siguiente Jesús salió temprano y fue imposible hablar con él. Al regresar de la universidad para la hora de la comida era otra persona. Por aquella puerta entró un chico alegre y deseoso de vivir la vida, todo lo contrario de las últimas noches.
Así pasaron muchos días y muchos meses. Jesús se había convertido en lo que todo padre desea que sea su hijo: alegre, estudioso, buena persona y con muy buenos amigos. Su madre sospechaba que aquel cambio de humor tenía que ver con una chica, decía una y otra vez que se había enamorado, que se le notaba en los ojos.
Entonces pasó. Jesús entró en el salón en el que yo estaba sentado en mi sillón viendo un partido de baloncesto y su madre poniendo la mesa para la cena. Sonreía, pero a la hora de hablar le temblaban la voz y las manos. Estaba nervioso y no paraba de juguetear con un anillo que nunca habíamos visto antes. Brillaba mucho, por lo que supuse que era nuevo.
—Mamá, papá, tengo que contaros algo. Sentaos, por favor.
—¿Estás bien, te pasa algo? —pregunto enseguida su madre. Ella se alteraba rápidamente en cuanto intuía que a Jesús podría sucederle alguna cosa.
—No, tranquila, estoy bien. Siéntate. Lo que os quería decir es… es…
—Venga, dilo.
—Que estoy saliendo con alguien. —Por fin lo dijo, de manera rápida. Como se dicen las cosas que pueden doler.
—¡Eso es maravilloso! —se alegró su madre—. Tienes que invitarla a venir y presentárnosla. Queremos conocer a la chica con la que sales.
—Verás, mamá, no va a poder ser.
—¿Por qué? No tiene que ser ahora mismo, podemos esperar.
—Mamá, es que… es que… no hay ninguna chica. Estoy saliendo con alguien, pero no es una chica. Es un chico. Se llama Gabriel.
En ese momento oí como el corazón de mi mujer se quebraba. El mío creo que también, pero no podría asegurarlo. Los dos nos quedamos en silencio sin saber que hacer ni que decir, fue como si nos quitaran una parte de nuestro cerebro y nos pusieran otra. De un plumazo se volatilizaron todas las ideas de boda con una preciosa muchacha vestida de blanco, que se quedase embarazada y nos diera nietos. Lo que todos los padres piensan que algún día les darán sus hijos se quedó en una ilusión.
Al principio nos costó asumirlo. Nadie desea que su hijo sea homosexual. Su madre siempre pensó que tenía una enfermedad. Intentó una y otra vez concertarle una cita con un psicólogo, después pasó a los curanderos y hasta a los profesores africanos que curan todo tipo de enfermedades solo con tocar al enfermo. Pero Jesús no tenía ninguna enfermedad. Lo que le sucedía era que le gustaban los hombres, y frente a eso no hay cura posible.
Pasado el tiempo, por fin nos presentó al chico con el que salía y, decía, quería compartir el resto de su vida. En cuanto aquel muchacho entró en casa, cuatro meses después de saber de su existencia, comprendí que mi hijo no iba a ser feliz con él. No me pregunten cómo lo supe, supongo que fue intuición de padre.
Mi familia estaba bien colocada socialmente. La empresa que fundó mi padre dio generosas ganancias y la gestión que había hecho yo a lo largo de mi vida las multiplicó.
Sin embargo, el muchacho que había elegido como pareja era la antítesis de mi hijo. Criado en una familia socialmente desestructurada que vivía en una caravana, no había acabado los estudios. Tampoco tenía un trabajo estable, si no que cada poco cambiaba: hoy era repartidor de pizzas, mañana camarero y pasado ayudaba en un taller mecánico.
Jesús se deshacía en regalos y le daba todos los caprichos que aquel muchacho quería. Prácticamente era mi hijo quien lo mantenía. Nos contaba que Gabriel lo había abandonado todo por él ya que su familia no toleraba su homosexualidad y le había dado a elegir entre ellos y mi hijo, y lo había elegido a él. Sin embargo, lo que mi mujer y yo veíamos era que la forma de pagarle era con discusiones y control sobre Jesús. Si nuestro hijo se veía con los amigos de la universidad, Gabriel tenía que ir, y si no lo hacía, aquello acababa en una discusión que llevaba a Jesús a pasar algunos días sin querer comer y encerrado en su cuarto sin parar de llorar.
A veces, en mitad de la noche, oíamos sonar el móvil de nuestro hijo, después, él bajaba al salón y desde allí llamaba a Gabriel, para demostrarle que estaba en casa y que no había salido con otras personas. Lo escuchábamos discutir sin levantar la voz. La mayoría de las veces acababa cediendo, pero en las que no era así, se volvía a su habitación llorando y así se tiraba hasta que caía rendido. Al día siguiente, todo volvía a la normalidad. Hasta el siguiente ataque de celos de Gabriel.

Por las mañanas Jesús acudía a la universidad y las tardes las dedicaba, en su mayor parte, a estudiar para sacar el curso. Los fines de semana, como cualquier chico de su edad, salía a divertirse y a pasear con Gabriel. Iban a cine, a musicales, cenaban en los mejores restaurantes y acudían a fiestas. Todo ello costeado por mi hijo.
El ritmo de vida que Gabriel le hacía llevar era muy elevado, por encima de sus posibilidades. Cuando quise hablar con él del tema, me contestó con evasivas y algún improperio, así que cambié de estrategia: me dediqué a investigar a Gabriel para hacérselo ver.
Cada mañana, cuando Jesús salía de casa, yo lo seguía. Descubrí que iba hasta un edificio de apartamentos donde vivía Gabriel. No lo podía demostrar, pero estaba seguro de que era mi hijo el que lo pagaba. Cuando abandonaba el lugar para ir a clase, yo continuaba espiando A media mañana, algunos jóvenes llegaban y momentos después salían acompañados de Gabriel. Lejos de ir a trabajar o a buscar trabajo, se dedicaban a sentarse en los bancos del parque a beber cervezas y fumar marihuana. En algunas ocasiones los seguí hasta casas de empeños y de compraventa de objetos para vender cosas, seguramente robadas. Y así fueron pasando los días.
Intenté explicarle a Jesús a qué se dedicaba Gabriel, pero lejos de creerme me llamaba mentiroso y me acusaba de querer separarle de su novio y hacerle infeliz.
Poco a poco la vida de mi hijo fue cambiando por completo. Empezó a faltar a alguna clase los viernes, después también las de la primera hora del lunes, más tarde las últimas de los jueves y finalmente no iba a casi ninguna. Sus notas bajaron tanto que las asignaturas que llevaba aprobadas con buenas calificaciones acabó suspendiéndolas por no presentarse o por dejar los exámenes casi en blanco.
En casa también cambió su comportamiento: llegaba tarde, incluso los días de diario, se quedaba en la cama hasta el mediodía y nos perdió todo el respeto a su madre y a mí. Muchos días venía bebido e incluso con síntomas de haber fumado marihuana u otra cosa peor. Recibía llamadas a mitad de la noche y salía de casa para volver de madrugada. En algunas ocasiones llorando y maldiciendo a Gabriel. Apenas comía y se pasaba las horas muy alterado e inquieto. El carácter bueno y afable de Jesús se había tornado en huraño e iracundo. Vasos rotos, portarretratos destrozados y puertas rotas a puñetazos eran las respuestas que obteníamos cuando no hacíamos lo que él nos pedía.
Su físico también cambió. Perdió mucho peso en muy poco tiempo. Los ojos se le hundieron y le aparecieron debajo unas ojeras tan marcadas que parecían tatuajes. Los huesos de las articulaciones, sobre todo de los codos, comenzaron a marcarse en su cuerpo. Sus pómulos salieron a la superficie como puntas de icebergs en el mar.
No supimos (o no quisimos) identificar los síntomas con la enfermedad que mi hijo padecía: estaba enganchado a las drogas. Ya era tarde cuando lo hicimos. Jesús dependía de las drogas. Mi mujer y yo decidimos cortarle el suministro de dinero, pensando que así podríamos paliar el problema, pero lejos de aquello, todo fue a peor, empezó a robarnos joyas para venderlas y comprar drogas. Cuando ya no le quedaba nada que quitarnos, comenzó a pincharse delante de nosotros para hacernos sentir culpables. Su madre no dejaba de repetirle una y otra vez que qué era lo que habíamos hecho mal.
Quisimos que recibiera ayuda para dejar las drogas, pero siempre recibíamos negativas. Se lo pedimos, se lo rogamos y hasta se lo suplicamos llorando, pero todo fue en balde. Sus respuestas negativas eran en forma de gritos, golpes en las puertas, objetos rotos y fugas de casa que duraban varios días. Cuando regresaba lo solía hacer llorando y con agresividad hacia nosotros si le queríamos ayudar. En una ocasión acudimos a un abogado para ver si era posible que lo incapacitaran y poder internarlo en un centro de forma forzosa. Sin embargo, nos dijeron que no podíamos hacer eso, que si se internaba en un centro de desintoxicación tenía que ser de forma voluntaria; así que desechamos la idea.

Hace un mes, con lágrimas en los ojos, nos dijo que necesitaba ayuda. Nos rogó llorando que lo ayudásemos. No sabíamos por qué ahora nos pedía esa ayuda que tantas veces le ofrecimos y él denegó.
—Gabriel… Gabriel… Gabriel… —balbuceaba una y otra vez sin responder a nuestras preguntas. Temblaba de pies a cabeza. No sabíamos si de nerviosismo, por necesidad de drogas o por una mezcla de ambas—. Se ha ido —dijo por fin—, Gabriel se ha ido. Teníais razón. Se ha aprovechado de mí.
Tras consolarle y dejar que llorase en los brazos de su madre, cenamos y se acostó. No durmió nada en toda la noche, lo estuvimos oyendo llorar desde el ocaso hasta el alba. Al día siguiente no salió del cuarto ni tan siquiera para comer. A la noche, conseguí entrar a hablar con él. Estaba temblando, me dijo que llevaba un día entero sin tomar drogas y que comenzaba a tener el mono. Le prometí que le ayudaría si él quería. Me pidió que le consiguiese algo de heroína. Le dije que no, que eso se había acabado porque la droga no le ayudaría. Aquella noche, como otras muchas que le siguieron, dormí en el cuarto de Jesús, tumbado en una alfombra a los pies de su cama.
Al día siguiente, le preparé el desayuno y se lo llevé a su cuarto. Me senté con él hasta que se lo acabó y después esperé allí hasta que empezó a hablar. Me contó que se arrepentía de no habernos hecho caso. Que desde el primer momento, Gabriel se había aprovechado de él. Le había sacado cada céntimo que tenía. Le había convencido para que le diera el pin de su tarjeta y poco a poco le había ido sacando todo el dinero de la cuenta sin que él se enterara. Cuando lo hubo conseguido, desapareció del apartamento sin dejar rastro. Cuando fue a buscarlo a dónde le había dicho que vivía con su familia, se encontró con un solar. No había rastro de Gabriel.
Durante los meses que fueron pareja, mi hijo había sido un juguete de aquel mal nacido. Había sido víctima de su ira, de sus celos y de sus excesos. Jesús trató de apartarlo del mundo de las drogas y la delincuencia en el que vivía, pero no había tenido éxito. Todo había sido al contrario. Comenzó probando un cigarrillo de marihuana, ante las burlas de Gabriel y algunos amigos de este. Después vino más marihuana y mucho alcohol. De ahí, pasó a tomar algunos tranquilizantes y sin saber cómo. Gabriel le había introducido de cabeza en la heroína. Le había dicho que con aquello alcanzaría cotas de paz y de placer sexual y físico que no había sentido en la vida. Empezaron fumándola para acabar inyectándosela. La última vez que vio a Gabriel, le había dejado una jeringuilla con heroína preparada para pinchársela.
—Voy a darme una ducha y enseguida vuelvo contigo, mi amor. Mientras tanto, tienes esto para pasar el rato —le dijo.
Cuando Jesús se pinchó, comenzó a perder el conocimiento y cayó desmayado. Lo siguiente que recuerda es verse solo en el apartamento, sin Gabriel, sin sus cosas y sin la mayoría de objetos que él le había comprado para la casa. Sin nada. Entonces comprendió que sus padres siempre tuvieron razón y que aquel hombre no lo quería realmente, si no que quería aprovecharse de él. Cuando acudió al cajero para sacar dinero y pagarse un taxi de vuelta a casa, descubrió que tenía la cuenta bancaria a cero. Gabriel le había robado todo.
En ese momento, cuando me contaba todo eso, se rompió y comenzó a llorar y me suplicó que lo perdonásemos y lo ayudásemos a salir de ese infierno.
Con el alma rota, las lágrimas bañando mi rostro y la ropa de mi hijo y cubriéndolo de besos, le juré por lo más sagrado que íbamos a ayudarlo.

Su madre y yo acabamos de dejarlo en un centro de desintoxicación. Cuando nos hemos despedido, nos ha prometimos que se curaría y volvería a ser aquel chico alegre que había sido antes. Al darnos la espalda y caminar por aquel pasillo, no vi a un chico de veintidós años, si no a un niño pequeño, asustado, que reúne el valor suficiente para enfrentarse a su peor miedo.



- FIN -


Consigna: Debes escribir un drama entre una pareja gay (hombre-hombre), redactada en tercera persona desde el punto de vista del padre de alguno de ellos. Extensión: mínima dos páginas (completas), máxima cuatro páginas.


sábado, 12 de diciembre de 2015

Las nubes de Ushuaia


Por Ricardo José Vega.


A Maira da Hora


Pequeñas lanudas ovejas del cielo...
a donde se piensan ustedes que van ?? 

no saben acaso que es el fin del mundo 
el lugar donde están ??
por que correr tanto acompañando al viento 
que es viejo y malvado y adora causar 
tifon...huracanes ... desgracias ...lamentos 
naufragios ...tormentos ...

goza al arrancar ... árboles ...tejados...
matar animales en los descampados 
o aves en su vuelo ... al peregrinar...

- pequeñas lanudas ovejas del cielo 
a donde se piensan ustedes que van -??

Mejor si quedaran fijas en el cielo 
como las estrellas al anochecer 
podrían jugar con el sol, que las busca 
sobre las montañas , al amanecer ...

Yo sé que les gusta cambiarse la forma 
imitar los barcos , la piel del cordero 
o ponerse negras y amedrentadoras 
como un aguacero...
o granizo talvez

o bien deleitarnos con la nieve fina 
que encubre los campos y hasta las colinas 
de los pueblos fríos , la tierra argentina 
y su sagrado mar

pequeñas lanudas ovejas del cielo 
a donde se piensan ustedes que van ??

lunes, 30 de noviembre de 2015

Cuando Rose Politt se convirtió en Marie Bonnie


Seudónimo: Sir Gregory Lestrange.
Autora: Carmen Gutiérrez.



Asiendo el llamador, la señorita Politt lo dejó caer sobre la puerta de la casita. Luego de un breve intervalo llamó de nuevo. El paquete que llevaba bajo el brazo le resbaló un tanto al hacerlo, y tuvo que volver a colocarlo en su sitio. No podía perder la cosecha del día. Si los rumores eran ciertos estaba a punto de cambiar su vida. La noche apenas había caído cuando dejó su casa y entró en el pueblo esperando que nadie notase su presencia.  Tuvo que evitar la oficina del sheriff, la comisaría y rodear casi dos kilómetros para que nadie en el saloon la viese. La música del piano se escuchaba apenas opacada por las risas y los golpes. El pueblo llamado Desesperación no tenía remedio y ella era una de las causas. Sonrió al pensarlo y aun sonreía cuando la mirilla de la puerta  de la panadería se abrió y desde dentro le llegó el olor a pan recién hecho, justo antes de que la cara del señor Ramsey apareciera y le abriera la puerta.

     Entró con paso seguro, se quitó el sombrero y tendió la mano a ese hombre tan intrigante que había ido a visitar.

     —Señorita Politt —saludó Ramsey con elegancia con su marcado acento inglés y besando su mano.
     —Señor Ramsey —dijo ella inclinado la cabeza—. ¿Llego tarde?
     —No, querida –respondió tomando el paquete de sus manos—. Una mujer tan hermosa como usted nunca llega tarde. Sólo espero que esta visita no la aparte de sus variadas ocupaciones.
     ­—No se preocupe, señor Ramsey. Las ventajas de tener mis ocupaciones es que puedo apartarme de ellas a mi antojo —aclaró ella con un guiño y tomó asiento.
     —Tendrá que disculparme, señorita. Para preparar su encargo debo ausentarme un par de minutos.
    —Antes de que continuemos, señor Ramsey, me gustaría que me dijese cuanto tiempo me durará el efecto de su medicina milagrosa. Sé que me dijo que no hay garantías del éxito, pero dadas mis ocupaciones me gustaría saber qué es lo que pasará por seguro.
     —Bien, cómo ya le había explicado —dijo Ramsey sentándose frente a ella en la salita iluminada con lámparas de aceite­—, para que este tratamiento dé óptimos resultados debemos seguirlo diariamente por tres meses. Si todo sale bien después de los tres meses no será necesario continuarlo y el efecto será de por vida. Hemos tenido efectos inesperados que en nada afectan su vida cotidiana, pero sí le recomiendo que guarde la más alta discreción. El material para trabajar debe ser provisto por usted y, dada la naturaleza de sus ocupaciones, estoy seguro que no tendrá el mayor inconveniente.
      —Por eso no se preocupe, señor. Si alguien puede conseguir una dosis continua de semilla de hombre en ese pueblo, soy yo.
     —Esta muestra que me ha dado –Ramsey señaló el paquete ya descubierto que contenía un pequeño frasco lleno de un líquido blancuzco— ¿es puro?
     —Completamente —respondió ella—. Seguí sus indicaciones.
     —¿Podría, por favor, añadir un poco de su saliva?

     Por toda respuesta ella tomó el frasco, lo abrió y dejo caer saliva con una expresión tal de lujuria que Ramsey tuvo que mirar a otro lado para que no se notase su perturbación. La señorita Politt cerró de nuevo el frasco y se lo entregó en la mano.

     —Ahora, si no tiene más dudas, debo ausentarme unos minutos. Puede leer cualquier libro de mi biblioteca personal si lo desea. —dijo Ramsey poniéndose de pie y saliendo de la habitación.

     Rose Pollit cerró los ojos. En  las primeras entrevistas con el panadero Ramsey, nunca habría sospechado que el hombre guardase tantos secretos. Él era el único hombre del pueblo que nunca visitaba su burdel y sólo él se descubría la cabeza cuando la veía pasar. Sonrió al pensar que la primera vez que lo visitó fue para provocarlo dejándole ver su encanto personal, pero en cambio él le hizo notar las pequeñas arrugas que se le estaban formando bajo los ojos y en la comisura de los labios. «Tengo el remedio perfecto» había dicho Ramsey en esa ocasión «Aunque es arriesgado en varios aspectos». Las siguientes semanas ella se había encargado de las compras de la cocina sólo  para tener el pretexto de visitar esa misteriosa panadería y sacar más información.

     Ramsey regresó un poco después, justo cuando ella comenzaba a dormitar perdida en sus recuerdos. Sin decir nada, le tomó la mano derecha y le encajó una jeringuilla en la muñeca. Ella notó un ligero ardor que le recorrió las venas, seguidos por una carga de energía que le pareció casi como un orgasmo. Soltó un ligero gemido y sonrió. Ramsey la despidió con mucha elegancia y le pidió que volviera la noche siguiente.

     El  ritual continuó por los tres meses establecidos. Cada noche ella llevaba la cosecha solicitada y obtenida de algún cliente casual, dejaba su saliva en el frasco y él le preparaba la jeringuilla. La última noche Ramsey le preguntó si había elegido un nuevo nombre, tal y como se lo sugirió cuando se comprometió a ayudarla.

     —Marie Bonnie —respondió ella con orgullo—. Marie por mi madre, que en paz descanse, y Bonnie por mi primer amor: William Bonnie.
    
         Él levantó la ceja, intrigado.

     —Sí, William Bonnie, mejor conocido como Billy The Kid —agregó Rose, ahora Marie­—. Si Pat Barrett no lo hubiese asesinado en México, Billy hubiera vuelto para casarse conmigo. No me habría convertido en una cortesana y ahora no estaríamos aquí haciendo esto.
     —Marie Bonnie…me gusta —dijo Ramsey sonriendo y después preguntó con tono serio—. ¿Cómo se ha sentido, Marie?
     —Perfectamente —respondió ella con un guiño—. Comienzo a pensar que solo me está inyectando opio.

     Ramsey soltó una carcajada alegre.
     —Querida Marie, es usted la mujer más inteligente de la tierra. Cómo esta es la última aplicación le recomiendo que pase la noche en mi casa para poder revisar cualquier cambio que pudiera presentarse. Preparé esa habitación para usted —dijo señalando una puerta al final del pasillo—. Piense a lo que se va a dedicar ahora, Marie Bonnie. Tiene una nueva oportunidad.

     Los cambios fueron notorios a primera hora de la mañana. El cabello negro de Rose amaneció como el cabello rojo de Marie. Sus ojos verdes se convirtieron en azules de manera natural, la nariz se acentuó de manera notable, los labios quedaron más carnosos y la piel pálida se cubrió de pecas tenues. Había perdido su sensualidad natural, se veía más inocente, más cálida y había crecido unos cinco centímetros. El cambio más notorio era que parecía veinte años más joven, las tetas y el culo tenían una turgencia que Rose había perdido años atrás. Era la mente Rose Politt de cuarenta años en el cuerpo de Marie Bonnie de dieciocho. Era la nueva mujer más feliz de la tierra y tenía todo un plan por delante.

     Con su equipaje preparado y un boleto para viajar a la capital, buscaría la fama como cantante. Había vendido el burdel al alcalde de Desesperación, se había despedido de sus chicas y cogió con todos sus clientes favoritos la noche anterior. El sheriff le había pedido matrimonio antes de que ella le cerrara la puerta en las narices. Tenía una segunda oportunidad y no la iba a desperdiciar en ese pueblo minero de mala muerte.

     Se despidió de Ramsey en cuanto se acostumbró a su nueva altura y dejó de sentirse mareada. El inglés le dijo antes de cerrar la puerta del carruaje:

     ­—Recuerde, Marie, le he dado la fuente de la eterna juventud.

     Marie Bonnie falleció dos días después cuando el tren en el que viajaba se descarriló en el gran cañón. Con tres costillas rotas, el cráneo fracturado y múltiples hemorragias internas, alcanzó a vivir lo suficiente como para maldecir a Dios. Una anciana que viajaba a su lado se persignó al escucharla antes de morir.

     Ramsey quedó consternado al escuchar la noticia. De todas sus clientas, Marie Bonnie era la que mejor había respondido al tratamiento La fuente de la eterna juventud, su creación más preciada, elaborada con la receta del Reino de la Salamandra con extracto de ruiseñor alimentado con semilla de hombre, que sola se queda y se consume en pasión.

     Él sabía que el efecto a Rose le duraría sólo una semana pero, cuando ella se diera cuenta, él habría vendido la panadería que le servía de fachada para sus experimentos y estaría de vuelta en Inglaterra con otro rostro y otro nombre, quizá más bajo de estatura, quizá con cabello negro y ojos verdes. Una copia masculina de Rose Politt.  Si el ruiseñor devoraba semilla de hombre, Ramsey devoraba extracto de mujer. Él también tenía planes. Él siempre tenía planes. 





- FIN -

Consigna: Debes escribir un western de ciencia ficción que inicie con este párrafo como texto disparador: «Asiendo el llamador, la señorita Politt lo dejó caer sobre la puerta de la casita. Luego de un breve intervalo llamó de nuevo. El paquete que llevaba bajo el brazo le resbaló un tanto al hacerlo, y tuvo que volver a colocarlo en su sitio», pasaje de "El crimen de la cinta métrica", de Agatha Christie. Podés cambiar el nombre de los protagonistas si lo deseás. Extensión: mínima una página, máxima tres páginas.