lunes, 14 de noviembre de 2016

La carretera


Madre siempre nos dijo que la familia es lo primero. Que es el pilar indiscutible en el que todos nos deberíamos apoyar en esta mísera vida.   La familia tiene que seguir adelante, sobrevivir como sea. No importa el modo, ni las consecuencias.
Mi trabajo es bastante fácil, puedo decir que hasta cierto punto, aburrido, si separamos la parte final que es con la que disfruto... Suelo ir al pueblo los fines de semana. Es cuando algún viajero se aventura a visitar la localidad atraído por la belleza salvaje de los bosques y la soledad. Ya que por fortuna está parte del país es una reserva natural y no está explotada turísticamente. Bajo la carretera serpenteante con mi vieja bici BH. Aún recuerdo cuando Padre me la regaló por mi cumpleaños en aquellos últimos años de su vida en los que dejó de beber y quería redimirse por todo el daño que nos había causado, obsequiándonos con regalos y tratando bien a Madre, que con desahogo agradecía que ya no la pegara más.
El trayecto hasta el pueblo no es muy largo, a penas unos kilómetros de mi hogar. Suelo quedarme cerca de los dos únicos restaurantes de la villa esperando la presa idónea. Cuando están consumiendo entró en los locales me pido una Coca cola y una hamburguesa con queso y escucho sus conversaciones. Cuando estoy seguro que se dirigen al bosque me levanto con sigilo, apuro mi consumición y le pago a la camarera que con una dulce sonrisa agradece mi propina. Yo le agradecería que me sobara el pantalón en la parte de atrás mientras estrujo sus tetas enormes. Pero no hay tiempo...
El regreso es más dificultoso. Subir las cuestas pedaleando no es tarea fácil, pero la recompensa final me anima.
Espero con paciencia en la cuneta de una curva. Desde allí puedo visualizar la carretera que sube en mi dirección. Entonces recuerdo cuando era pequeño y los domingos me despertaba el aroma de las tortas fritas. Bajaba con los ojos llenos de sueño y mi abuela y mi madre amasaban la masa con una botella. Una vieja radio emitía canciones ligeras encima de la chimenea y todos reíamos disfrutando de aquella porción minúscula de felicidad. Porque sabíamos que después llegaría Padre, apestando a vino barato y sudor, dispuesto a desahogar su frustración zurrandonos con el cinturón y violando a Madre. En los ojos de Madre podía adivinar el motivo de porque no escapábamos de allí.¿Dónde iríamos tres niños, una vieja y una mujer con la irrisoria paga de la abuela?... Yo solía escaparme a la parte de atrás del caserón. Vivimos en el campo, rodeados por el bosque. La casa es vieja, pero amplia, con un enorme cobertizo, suficiente para la familia y para lo "otro". Allí, detrás, donde están los animales siempre se forma un charco de agua sucia. De pequeño pasaba las horas  recolectando insectos, las libélulas eran mis preferidas. Las agarraba y las mutilaba arrancándoles las alas, con ahínco, animado por los gritos e insultos de Padre. Hacia frío y antes del anochecer arrojaba sus pequeños cuerpos al charco y regresaba dentro. Una calma de culpa  reinaba en el hogar. Desde mi habitación mis hermanos y yo podíamos escuchar los muelles de una cama y los gruñidos de Padre... Cuando amanecía corría escaleras abajo e iba a ver el charco. Se había congelado y los insectos tenían extrañas formas y posiciones dentro del hielo. Diminutas formas de vida atrapadas en la muerte.
Veo venir el coche, zigzagueante por el asfalto. El plan es fácil. Me tiendo en medio de la calzada en una zona visible donde los coches no van rápidos. Me hago el herido y en una mano tengo el trapo con cloroformo y en la otra un garrote. No suelo elegir a más de dos personas, sería complicado reducirlas... Siempre ocurre igual. Detienen el coche a pocos metros de mí y pido auxilio de forma convincente. No pueden llamar desde el móvil, no hay cobertura en este lugar, así que se acercan prestos a ayudarme. El químico hace efecto rápidamente, el garrote aún más.
Los transporto en su propio coche. Después limpio todas las huellas y me deshago del auto en una profunda cima, tan abrupta e inaccesible que jamás lo encontrarán.
Madre pregunta, lo hace como si ellos fueran ganado. En realidad para nosotros, la familia, lo son.
-¿ Son jóvenes?
- Si, Madre. Estos lo son.
- Bien, porque los anteriores sirvieron de poco. "Ellos" no los quieren viejos, no les sirven. Pagan poco y no tenemos otro medio para subsistir, ahora que la Abuela y tu hermano nos dejaron.
- Madre, puedo?...
-Claro, chico. Pero cuidado, sabes bien que hay partes que no debes dañar. Avisa a tu hermana, ella le gusta mirar.
Mi recompensa.
Aquí en el zulo del cobertizo siempre huele a meados. Todos, sin excepción, se lo hacen encima. Si les queda un atisbo de valentía se evapora cuando les hago la primera visita y les muestro mi colección de cuchillos, ganchos, sierras y hojas de afeitar. Es como mi carta de presentación. Entonces comienzan con los lloriqueos, con las súplicas, con esas miradas de corderos, de cobardes. Y les digo lo que va a ocurrir, les soy sincero porque no me gusta jugar con la gente. Para reconfortarlos les comento que sus muertes no van hacer inútiles, que vivirán   en parte de forma diferente.
Cuando les hablo de la muerte es cuando se muestran más sumisos, dispuestos a realizar cualquier cosa para salvar sus miserables vidas. No sé como son tan ilusos, de creer que van a sobrevivir, de tener la más mínima esperanza. Yo no se la doy. Les deletreo con claridad su destino.
-¡Vais a morir aquí!
Hoy mis invitados son una pareja joven. Cuando es así suelo comenzar por la mujer. Me encanta la cara de rabia que ponen. Aún en estas circunstancias sacan su halo de machito frente a sus hembras... Me acerco a ella y la desnudo lentamente. Es fácil, están colgados por unas argollas, encadenados a la pared. Quiere gritar pero la mordaza se lo impide. Miro a los ojos a su hombre, noto la rabia chisporrotear en sus pupilas. Agita sus brazos, mueve las cadenas, inútil.
Las lágrimas le corren por las mejillas cuando mi cuchillo acaricia sus senos. Son turgentes, con la vitalidad propia de la juventud. Es preciosa y mi cuerpo me pide desahogarme. Aflojo las cadenas, su cuerpo se dobla, suficiente para que su hermoso trasero esté a la altura de mis caderas. Se está tan caliente dentro.
-Hermano, Madre te ha preparado un bocadillo antes de que empieces con la tarea.
Mi hermanita siempre tan inoportuna.
-Ah, veo que ya has comenzado... Sigue no es la primera vez que te veo hacerlo.
No es la primera vez, no será la última. Acabo pronto. El hombre se agita demasiado, me pone nervioso. Me acerco a él con destreza y le pido a mi hermana que le baje los pantalones. De un tajo acabo con su hombría.
-Que lástima, estaba bien dotado.
-Con éste no vas a follar, la próxima... Tal vez.
-¡Capullo!
-¡Cállate!, que se me desangra el muy cabrito. No me sirve muerto.

Según las instrucciones de los jefes es mejor cuando la sangre aún bombea en los órganos. Los mantiene frescos. Me costó aprender, mantenerlos con vida el mayor tiempo posible. Muchos se me fueron a los primeros cortes. Pero ahora soy un profesional, con buenas herramientas... La chica llora desconsolada observando como su hombre sangra por el feo tajo donde estaba su pene. Le quito la ropa por completo y comienzo el ritual... Mi hermana me ayuda a introducir las partes que necesito en neveras refrigeradas. Madre ya habrá llamado a los jefes. Este tipo ha tenido suerte después de todo, no ha sufrido mucha tortura. Pero me queda la chica. Momentos antes de morir, el hombre la mira. Es una mirada de disculpa,de impotencia por no poder ayudarla...
Cuando salgo al exterior la luz del sol me deslumbra. Mis perros están como locos, huelen la carne fresca, la sangre con su sabor a óxido.
Una furgoneta negra se detiene frente a nuestro porche. Mi madre y mi hermana se acercan lentamente. Cuatro neveras en sus manos. Un hombre perfectamente vestido comprueba el interior de los refrigeradores, sonríe y asiente con la cabeza mirando al interior del coche. Por la ventanilla un brazo alarga un maletín de cuero marrón. Por el género que se llevan podremos sobrevivir todo el año. Por un lado lo agradezco, sin embargo la espera para mí será larga y tediosa hasta que vuelva a actuar de nuevo. Porque Madre es clara y contundente, esto lo hacemos por el bien de la familia y no por mi diversión. 
La furgoneta se aleja lentamente por la carretera oculta entre los altísimos árboles. Cuando miro a mis queridos perros ya han devorado el último trozo de carne.




FIN

Consigna: deberás escribir un relato de terror con la TRATA DE PERSONAS como temática central.

lunes, 17 de octubre de 2016

Eliminado


Acabo de llegar. Fue un largo viaje, desde los recónditos parajes del olvido. Aunque os parezca extraño o quizá hasta innecesario, allí también existe una divinidad. Nunca fui muy creyente. Mi creadora me hizo así, y me sorprendí orando a aquel Dios del país del extravío, pidiendo la respuesta a mis dudas, el porqué de mi destino. Y fui escuchado. 
Siempre pensé que su casa iba ser un caos, como su cerebro. Sin embargo desde este cómodo sillón puedo ver el orden estricto de todo el salón. Sobre todo, y no esperaba menos, hay libros, por doquier, pero perfectamente apilados, o puestos en sus estanterías por orden alfabético. Me detengo con tristeza en la letra H. Una congoja me aborda al pensar que yo...
Ahí viene, espero no asustarla.
"Pero... Quien eres, cómo ha entrado en mi casa... Y porque va vestido así?"
"Señora J.K. Rowling, permítame que me levante, y me presenté ante vos: Nigel Rain, profesor de hechizos vegetales, iba a ejercer en Hogwarts, concretamente impartiendo mi sabiduría con los chicos de Cryffindor, y el querido y adorable Harry Potter... Hasta que usted, en una sucia maniobra, cambió de opinión. Mi indumentaria, va acorde con mi estilo, clásico, pero con ese toque vanguardista que pensó para mí. No voy a negarle, que hubiera preferido unos colores menos chillones, para la capa y el sombrero de ala ancha."
"Usted es solo otro de esos frikis que devoran mis libros, le ruego que abandone mi casa cuanto antes o llamaré a la policía."
"Oh... Descuide, pronto marcharé, mi tiempo aquí es limitado. Pero antes debo saber el porqué."
"El porqué?... Pero de que habla?. Si lo desea le firmaré un autógrafo, le regalaré algún libro..."
"Autógrafos!. Cree qué he venido desde tan lejos, por su estúpida rúbrica?. Señora. Cómo veo que su mente ha echado un tupido velo sobre mi existencia le recordaré quien era, lo que llegué a ser... Usted me creó. Soy fruto de su imaginación. Me dió una identidad, una historia, unos modales, unos poderes. Iba formar parte de su novela: Harry Potter y  el cáliz de fuego. Pero, no le convencí... Me eliminó..."
"Debo estar soñando, no?."
"Se preguntará como es posible. Que hago aquí frente a usted... El mundo señora Rowling es más complejo de lo que cree. Nunca ha pensado, ni siquiera un segundo, que pasá con las cosas que crea y no le convencen, con todos esos personajes que asesina o que mueren de forma natural en sus libros?. Existen lugares, infiernos o cielos, limbos o vacíos, donde vamos a parar todos."
"Nigel Rain... Ahora lo recuerdo... Si, fuiste un posible candidato a mi novela, pero al final no me convenciste. Te faltaba algo..."
"Algo?. Por todos los Dioses y Hechizos!. Qué, qué me faltaba?"
Puedo ver sus ojos azules, brillan. En el fondo siente desprecio por ella misma. Leer sus pupilas es fácil.
Se acerca al sillón que está a mi lado, me toma las manos y me mira profundamente.
"Humanidad... Te faltaba humanidad. Lo siento, de veras. No todo lo que surge de mi cabeza es perfecto. Mira, un personaje para ser creíble tiene que tener ese halo, ese espíritu de un ser vivo, nosotros, como pequeños y traviesos arquitectos, Dioses menores, os insuflamos la vida, os donamos la identidad. Pero muchas veces, créeme, más de las que te imaginas, tenemos, debemos que desechar muchas ideas. No te lastimes, un creador, siempre retoma lo que ha empezado. Lo moldea, lo cambia. Tú fuiste el germen de otro de mis personajes, vives, o viviste en él... Entiéndeme, yo tengo la obligación de mimaros, sois mis hijos. No puedo descuidarme..."
"Me hubiera gustado complaceros, Señora. Vivir las aventuras con los chicos. Siento mi agresividad, y os pido mil disculpas."
"No, no, soy yo la que se excusa nuevamente. A veces crear un personaje es como parir. Tiene su periodo de gestación, largo y doloroso en muchos casos, y, corto y fluido en otros. Noches enteras de insomnio, de café aguado dándole forma a un escrito, buscando la perfección."
"Y la encontró?"
"Nada más lejos de la realidad caballero. Siempre queda un resquicio, una mella. Como cuando por mucho que mires la luna siempre se va en el horizonte."
"Y las decisiones?. Las toma usted misma, o se deja llevar por la marea de la imaginación.?"
"Mire... En ocasiones antes de ponerme a escribir ya se que va a ocurrir, tengo la certeza de que tal personaje o tal acción tiene su destino. Sin embargo a veces, esos personajes se revelan, me muestran que un cambio es necesario y rindo pleitesia a sus pretensiones"
Observo con detenimiento el enorme reloj que con parsimonia  mueve su pesado péndulo desde una de las paredes del salón. Ella me mira con curiosidad.
"Se le acaba el tiempo?"
"Es inevitable. No somos dueños de nosotros mismos, marionetas de hilos invisibles."
"Y ahora?"
"Deja el viento de soplar, acaso las mareas desisten en su empeño en su amor imposible con las afiladas rocas, no cae el rocío sobre la hojarasca muerta?... Pues seguiré mi existencia en el otro lado, imperturbable, a veces, dubitativo otras tantas."
"No sé qué decirle... Solo que seguiré escribiendo, y tal vez, usted, renazca de las cenizas..."
"Una cosa... Le he parecido bastante humano?"
La última cosa que veo antes de desaparecer es su rostro, y el atisbo de una sonrisa naciente...

FIN

Consigna: deberás escribir un relato en primera persona en el cual nos contarás tu experiencia de haber conocido a J. K. Rowling.


El Gabo tiene quien le escriba


Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, hube de recordar aquella tarde remota en que mi padre me llevó a conocer al Gabo. El ferrocarril de la compañía bananera llegó a mediodía a Aracataca, entre nubes de mariposas amarillas que ocultaban la luz del sol hasta reemplazar sus rayos con los incesantes aleteos dorados. Descendimos en un andén solitario, sobre cuyos tablones agrietados flotaba el olor a pueblo por la tarde, que huele a guayabo y a la lavanda de los viejos jugando dominó. Nos encaminamos por las soleadas calles polvorientas, en las que revoloteaba libre la hojarasca como moscas sin rumbo. En la plaza, que consistía en un simple cuadrado de tierra mal apisonada, un gitano viejo de nombre Melquíades desorbitaba miradas mostrándoles la solidez del agua. Mi padre no me permitió detenerme a mirar a la gente que miraba el hielo, porque –me dijo– la ignorancia no se contempla, y el aprendizaje se respeta. Pero yo contemplé sin pena la cara del niño que sería coronel en una guerra, y memoricé su expresión de descubrir el hielo para después compararla con la de estar a punto de morir fusilado. Aunque esto no lo sabía entonces, claro, sólo lo supe muchos años después, frente al mismo pelotón de fusilamiento que me debía borrar todos estos recuerdos de un tronido.
Era yo aún muy niño entonces como para dejar de ver las cosas, debiera o no. Mariposas, hojarascas y miradas me revolotearon alrededor todo el camino de la estación a la casa, sin dejar de aletearme la curiosidad, y no se alejaron de mi vista y mi mente hasta que traspusimos, mi padre y yo,  el cerco que circundaba la propiedad hasta la altura donde a mi padre le latía el corazón emocionado por el cada vez más próximo encuentro con el autor cuyos libros eran los únicos que teníamos en casa que habían sido leídos tantas veces que varias páginas se le habían deshecho a mi padre en las manos, obligándolo a transcribirlas palabra por palabra en medias cuartillas para que no se perdiera nada que él no supiera ya de memoria. Nos abrió la puerta una mujer tan vieja que olía ya a lirios e incienso. Llevaba mantilla y un rosario cuyas cuentas no paraban de dar vueltas entre sus dedos nudosos, como un ciempiés extraviado en un sarmiento. Nos hizo pasar a una oscura estancia en la que los fantasmas de niñas novias nos observaban con perplejidad desde los daguerrotipos descoloridos y las niñas que aún no eran novias ni muertas se avocaban concienzudamente a lamer el encalado de las paredes sin detenerse a dedicarnos una mirada. Observé las oscuras costras de mis rodillas durante todo el tiempo que tomó a mi padre contar Arcadios en un árbol genealógico imaginario. Hasta que apareció por el corredor una muchacha tan bella que mi padre me cubrió los ojos para que no terminara de enamorarme de ella. Cuando retiró la mano que cubría mis ojos aún tenía la otra cubriendo los suyos, y permaneció así mucho después de que los pies descalzos de la muchacha dejaron de hacer oír sus pasos hacia la cocina, explicándome que ya la última vez se había enamorado un poquito de ella, como yo entonces, y que eso era lo máximo que un hombre vivo podía soportar sin enloquecer por completo. Fue entonces cuando la vieja mujer del rosario volvió para anunciarnos:
–Don Gabo los recibirá bajo el castaño en flor, rogándoles que perdonen las hormigas.

Cuando pasamos al huerto, vimos con alivio que habían tenido la deferencia de desatar las extremidades del Gabo del añoso árbol, para que pudiera gesticular libremente a sus anchas, aunque permanecía el tronco atado al tronco.
–Buenas tardes, amigos, disculparán las hormigas y las fachas.
Don Gabriel José de la Concordia García Márquez era un hombre de blanca guayabera y corta estatura, cuya rebelde pelambre canosa alcanzaba apenas el nacimiento de las ramas más bajas del castaño, y su bigote blanco daba sombra a un acento musical de mestizo caribeño. Su mirada inteligente y tierna sacaba chispas a esas dos yescas negras que llevaba bajo las cejas gordas como nubes de tormenta. Uno de los ojos estaba renegrido de tanto mirar con deseo las corvas de la ayudanta de la cocinera, una mulatita preciosa de pechos como berenjenas que le traía la comida y le quitaba los piojos.
–Tomen asiento donde le plazca al culo.
Giramos en redondo sin ver más que dos piedras filudas y un tocón embreado. Las dos manos agrietadas de la cocinera negra, gorda y redonda como una pesadilla bien soñada, nos acercaron las sillas de mimbre y desaparecieron antes de recibir las gracias, que quedaron flotando del árbol como guirnaldas incómodas. Hicimos crujir las sillas a la vez y nos quedamos quietos, contemplando ese tótem parlante que floreaba con su cadencia de las Antillas.
–¿Tengo carta?
Un gallo de pelea picoteaba los pulgares de los pies del Gabo, sin que éste pareciese reparar en ello, atento como estaba a las pulpas carnosas que la mulatita llevaba por labios.
–Nada, don Gabo, ya le dije que yo le aviso.
–Dicen que me van a imprimir, ¿saben? –Gabo se dirigía a nosotros–. Una editorial de la capital. Pero creo que se han desanimado, porque dicen que mis historias no se las cree nadie. ¡Como si yo me las inventara!
En ese momento, el gallo puso un huevo entre sus talones. Los del Gabo.
–Yo que creía que le habían comido la cresta en la arena. En fin, habrá tortillas.
El animal aludido levantó el pico tintado de yemas, dedicándonos una nerviosa mirada de soslayo.
–¿Gustarían un caldo? Meme no demora nada entre quebrar el pescuezo y hervir las patas.
–No, gracias, don Gabo, hemos venido únicamente a ver cómo se encontraba usted. No queremos importunar.
–No importunan, igual este bicho termina en la cacerola porque termina. ¡Niña, hazme consomé de gallo!
–¡Que no es gallo, don Gabo! ¿No ha visto cómo le pone los huevos?
–¡La que me pone los huevos así eres tú, pollita!
Enfurruñada, la mulatita cogió al animal del pescuezo y se lo llevó a la cocina. Un grito ahogado seguido del sonido de hueso quebrado anunció que el consomé estaría pronto en camino. Mi padre carraspeó, reacomodando el culo en el asiento.
–¿Y qué me contaba usted, don Gabo, de esa editorial que piensa publicarlo?
–¿Editorial? ¿Publicarme? ¿Qué me dice usted, amigo Buendía? ¡Si yo jamás he garrapateado una línea!
–Don Gabo, yo no soy...
–¿No es quién?
–En efecto: no soy quién para contradecirlo. Le pido disculpas por mi confusión.
–¿Ha leído usted a Kafka, amigo Buendía? Era un escritor checo que escribía en alemán historias muy latinoamericanas.
–Sí, don Gabo, he leído a Kafka, me gusta mucho cómo escribía.
–¿Verdad que es muy bueno? Yo algún día escribiré así. Cuando aprenda a escribir.
–No lo dudo, don Gabo.
Levanté la vista hacia mi padre, extrañado. Él me hizo un gesto para que guardara silencio.
–Meme me está enseñando a leer y escribir. Aunque yo prefiero que me enseñe la muchacha, claro.
–Lo imagino.
–Meme me lee libros de Kafka, pero ella no los entiende.
–Me lo imagino.
–¿Y usted qué me cuenta, don José Arcadio?
–Pues nada, don Gabo, sólo vine a verlo trayendo a mi hijo para que lo conozca.
El Gabo me observó fijamente, como queriendo recordarme de alguna parte.
–¿Aureliano, verdad?
–Yo...
–Sí, don Gabo –intervino  mi padre–. Aureliano, como su abuelo.
–Buen nombre. ¿Y doña Úrsula? ¿Y Amaranta? ¿Cómo están ellas?
–Muy bien, don Gabo, gracias por preguntar.
–Bien, bien –dijo el Gabo, con la mirada perdida en los guayabos, para luego volver–. ¿Tengo carta?
Mi padre me miró una vez más. Me hizo señas de que nos levantáramos.
–Bueno, don Gabo, nosotros pasamos a retirarnos.
–¿Tan pronto? ¿No se quedan para el almuerzo? Están preparando caldo, me parece. ¿Alguien ha visto al gallo?
Mi padre y yo dejamos al Gabo en el huerto, esperando su carta atado al castaño en flor, rodeado de excremento de gallo muerto y con el olor del caldo flotando en el aire caliente. Caminamos de regreso por las soleadas calles polvorientas, entre la hojarasca, las mariposas y las miradas, camino del andén.
–Papá, ¿el Gabo está loco?
Mi padre pareció meditar un momento.
–No lo sé. Tal vez sólo está viejo. O tal vez se volvió loco por estar tanto tiempo amarrado a ese árbol.
–Yo creía que lo habían amarrado porque estaba loco.
–Oh, no. Lo amarraron para que no siguiera tumbando mulatitas empujándolas por las corvas.
–¿Y por qué las tumbaba?
–Pues porque no se querían tumbar solas, ¿por qué más?
El tren partió de Aracataca a la hora del almuerzo. Nuestros estómagos gruñeron a la vez apenas abandonamos la estación entre los aleteos dorados.
–Debimos aceptar ese caldo de gallo.
No volví a Aracataca hasta muchos años después, como he dicho, cuando la guerra mató más gente que el cólera. Entonces me reencontré con el niño del hielo, que era ya coronel, pero tenía la misma expresión de asombro frente al pelotón de fusilamiento que apuntaba al centro de nuestros pechos en ese patio de quinta como la que tuvo al contemplar la solidez del agua en la feria que el gitano Melquíades montaba en la plaza del pueblo, donde vendía, entre otros cachivaches, los pergaminos que estoy escribiendo ahora.
Entonces dirigió su mirada hacia mí. Me guiñó un ojo. Y se elevó al cielo flotando entre las sábanas del cordel.
Lo último que yo oí fue al sargento gritar "¡fuego!". Y el aleteo de mil mariposas flotando en el aire caliente, como una hojarasca arrastrada por los vientos huracanados que nos desterraron de la memoria de los hombres.

FIN

Consigna: deberás escribir un relato en primera persona en el cual nos contarás tu experiencia de haber conocido a Gabriel García Márquez.