Harry
llevaba por lo menos diez días de mal dormir cuando sonó la segunda alarma. El
sobresalto no pasó de una sensación de angustia en el pecho, y un recrudecimiento
de su acidez gástrica. A esas alturas, pensaba lento, le pesaba el cuerpo, y
estaba tan irritable, que logró que Melissa llevase una semana sin hablarle.
Recordaba el grito y el insulto que le había soltado en la cara, de madrugada,
desnudo y ebrio, cuando ella le comenzó a cuestionar la parte no declarada de
su tesis. Como siempre, se quedaron hablando hasta muy tarde después del sexo.
Quizás el error había sido cambiar la cerveza y la marihuana de cada sábado por
vodka. O tal vez, fue la primera alarma, que habría sido una más si Harry, no
hubiese visto lo que vio.
Pero
Melissa no sabía nada de los detalles de su investigación. Apenas los conceptos
generales asociados al continuo del tiempo, teorizado como una cinta de Möbius,
cuyas descripciones geométricas y topológicas ella le había ayudado a formular
y entender, como punto de partida para los trabajos experimentales que diseñara
con el doctor Rey. Era hipnótico verla apasionarse por un planteo matemático
complejo, y desarrollarlo gesticulando con todo el cuerpo, el rostro serio y
adusto, la voz de mezzosoprano con inflexiones dramáticas. Sí, era hermosa
cuando desataba su pasión.
La
alarma era apenas una señal en su teléfono celular, codificada por colores. La
pantalla iluminada en amarillo, podía significar una computadora fuera de línea
o de una discontinuidad matemática en la simulación. Sentado en la cama,
intentó conectar su teléfono con la red del laboratorio. No pudo. Eso aumento
el ardor en la boca del estómago. Se levantó descalzo hasta el escritorio y
abrió la computadora portátil. Por la ventana, la primavera de Maine se metía
como una brisa leve que le dio un escalofrío. Mordió un insulto cuando tampoco
pudo conectarse al laboratorio desde la máquina. Se metió en el baño, se duchó,
y salió decidido a dos cosas: ir personalmente al laboratorio, y no avisarle
nada a Rey. Si tanto le importaba la situación, la alarma también lo
movilizaría a él.
Al
lado de la computadora había un juguete: una cinta de Möbius de metal con una
bola brillante de hierro que la recorría gracias a dos pequeños electroimanes
que la atraían alternativamente. Regalo de Melissa. Es de esas personas que
siempre encuentran el regalo adecuado para cada ocasión, dotada para la
sorpresa. Harry había estado en la defensa de su tesis doctoral. Tesis que ella
había dilatado para ayudarlo con la formulación teórica del proyecto Möbius.
Cuando terminó, y su director inició un aplauso de reconocimiento a su
brillante exposición, ella agradeció delicadamente y corrió hacia Harry,
sacando ese juguete de su morral.
–Lo
tengo hace semanas –le dijo. –Me trajo mucha suerte –y lo besó
intempestivamente en la boca. –Ahora es tu turno –. Le dejó el juguete en las
manos y con una sonrisa volvió al grupo de profesores y condiscípulos, ya
doctora, con una sonrisa de tranquila suficiencia. Harry estuvo seguro, en ese
momento, que la amaba.
Condujo
en silencio hasta el campus, sin pensar en el problema, sin encender la radio,
sin prestar atención al teléfono celular, abandonado en el bolsillo de la
campera deportiva. Tuvo que dejarle sus datos al guardia de la entrada. La
noche estaba fresca y la ruta de acceso al ala de Tecnología de la universidad
estaba muy iluminada y silenciosa. Estacionó frente al edificio anexo, donde el
doctor Rey había conseguido un laboratorio extra para la experiencia, lejos de
la cátedra principal de Astrofísica, y sobre todo, muy poco concurrido por los
colegas. No eran ni las cuatro de la mañana. Ni siquiera se oía el rumor de
algún pájaro nocturno.
Salvo
por las luces indicadoras de emergencia, el edificio estaba a oscuras. Ingresó
por el acceso lateral correspondiente a los servicios de apoyo. Siempre usaban
esa entrada, porque Rey la consideraba adecuadamente discreta. Encendió las
luces del laboratorio, y abrió la puerta codificada que daba al equipo. Apenas
entró, la alarma de su celular se tornó naranja. Volvió a insultar entre
dientes. Se dio cuenta de que era el mismo exabrupto que le había dicho a
Melissa una semana atrás. Interrumpió dos veces el procedimiento de conexión de
su computadora portátil para mirar el teléfono, aún sabiendo que no encontraría
ningún mensaje de ella.
El
artilugio Möbius funcionaba con dos pilas comunes, que se colocaban en un
compartimiento cuidadosamente disimulado en la base de madera lustrada.
Funcionando, provocaba un siseo muy suave, con una elevación armónica de la
frecuencia cuando la bola tomaba las curvas de la lustrosa cinta infinita,
acelerada por la cercanía de uno de los electroimanes. Melissa solía reproducir
el sonido con un murmullo gutural, perfectamente afinado, haciendo un gesto con
la boca que a Harry le provocaba unas ganas locas de besarla. Así había
empezado la charla sobre el proyecto, que terminó en la discusión. Jugando con
el artilugio Möbius.
Apenas
había terminado de conectar su computadora a la red interna del laboratorio, y
activado los protocolos de seguridad, cuando apareció el doctor Rey. Estaba
desencajado y se detuvo en seco en la puerta de la sala del equipo, con una
expresión que fue desde una inicial sorpresa a un evidente enojo.
–¿Dónde
mierda está el segundo moderador de frecuencia? –le gritó. Harry se sobresaltó
de tal manera que tropezó con su banqueta y tuvo que sostenerse de la mesada de
acero para no lastimarse. Se quedó inmóvil mirando fijamente a su director. – ¡Te
hice una pregunta! ¿Dónde está el segundo equipo, dónde lo metiste? –su mano
señaló vagamente el espacio vacío a la derecha de los dos arcos, similares a un
gran equipo de resonancia magnética, que ocupaban la mayor parte de la
habitación.
–Todavía
no terminé de calcularle la potencia exacta, profesor –. Mientras, buscaba
en los estantes de la pared el cuaderno
de registro correspondiente. –No he podido resolver la iteración. Tengo que
pedirle a Melissa que me ayude con la matemática –. Las explicaciones le salían
ligeramente balbuceadas, mientras la acidez le iba subiendo hasta la garganta,
y le generaba un dolor persistente y extraño en el pecho. Sentía crecer el
fastidio por el reclamo de Rey, a la par de su impotencia por no haber resuelto
aún el problema del moderador.
La
mirada de desconcierto del doctor Rey tomó desprevenido a Harry. La hora
absurda le impedía entender algo que no terminaba de cuadrarle en el reclamo
que le hacía su director. Mientras, los protocolos automáticos de su
computadora habían puesto en marcha todos los respaldos de los sistemas del
laboratorio. Cuando los arcos se encendieron con un zumbido bajo, pesado,
amplificado, la pantalla de su teléfono celular se puso en rojo, y ahora sí,
emitió una señal sonora. Idéntica alarma sonó en el teléfono del doctor Rey,
transparentándose la luminosidad en el bolsillo de su camisa.
Cuando
el zumbido llenó la habitación y empezó a hacerse más agudo, el doctor Rey
pareció dar un salto hacia la cámara de los arcos, cerrando tras de sí las
mamparas que los separaban del laboratorio principal. En el espacio entre ambos
arcos se disparó una luminiscencia y en su centro, se vislumbró una figura
humana.
En
la computadora de Harry apareció una rapidísima serie de datos numéricos. La
red del laboratorio comenzó su rutina de cálculo, y mientras la luz y el sonido
aumentaban, en la pantalla se iba perfilando un diseño geométrico. Levantó la
cabeza justo a tiempo para ver al doctor Rey saltar hacia la silueta borrosa que
se entreveía en la luminiscencia. Apenas la tocó, se escuchó un grito, el
zumbido se tensó en una nota aguda, y el piso pareció vibrar.
Después
el silencio. Harry se había quedado rígido, con los ojos desorbitados fijos en
el lugar donde habían desaparecido las dos figuras en medio del grito. Giró muy
lentamente la cabeza hacia la pantalla de su computadora. El diseño planteado
por el sistema era un toroide metido en medio de los bucles de la cinta de
Möbius. El eje de ese toroide conectaba dos puntos precisos ubicados en la
superficie de la figura.
Harry
reconoció detalles de la primera alarma: el toroide, que la simulación apenas
había bosquejado; y la sombra humanoide entre los dos arcos, que esa vez no
emitió sonido alguno, ni se reveló completamente. También reconoció la ropa de
la figura que Rey hizo desaparecer en el empujón. Y cayó de rodillas,
vomitando, el cuerpo tensado en un solo espasmo. En la pantalla se refrescaba
la imagen y la anomalía había desaparecido. Los números nuevamente se sucedían en
una velocidad amable, legible.
Se
arrastró lejos de su propia suciedad y se apoyó de espaldas a la pared más
alejada de la puerta y de los arcos. La revelación le había disipado la resaca
y el cansancio. La camisa de la figura que se desvaneció con un grito, era
suya. Y el eje del toroide representaba un camino alternativo en el modelo del
tiempo. Volvió a vomitar. Cuando pudo dominar la tos que le siguió, se levantó
como pudo y fue al cuarto que era a la vez baño y depósito de limpieza.
Se
miró al espejo entrecerrando los ojos. Afuera, el edificio de departamentos y
el parque de juegos que lo separaba de la calle estaban completamente en
silencio. El ruido del motor del auto de Melissa apenas se había escuchado.
Seguía desnudo, y sentía revuelto el estómago. Sus gestos eran tremendamente
lentos, su cerebro se daba cuenta que no entendía las distancias. La había
vuelto a insultar cuando ella se fue dando un portazo, y sentado en el sofá
había bebido, de la botella, dos largos tragos de vodka. “¿Te das cuenta la
cantidad de energía que necesitarías para unir dos puntos cualesquiera, por
fuera de la cinta? Quizás haría que se formara un vórtice, o algo así entre
ambos. ¿Qué características tendría esa recta y su… llamémoslo ámbito?”. El
cerebro de ella, borracho y todo, encadenaba ideas y dudas con una facilidad
que a él terminó resultándole dolorosa. Por eso la insultó. Fue muy gracioso
ver su cara. Harry se hubiese reído a carcajadas; pero no pudo, estaba abrazado
al inodoro, vomitando.
Se
lavó la cara varias veces. El agua estaba fría. Bebió unos tragos de la canilla
porque le temblaban las manos. En el vanitory había desinfectante y escondidos
tras la cortina de una ducha inútil, guardaban un escurridor y un balde. Le
sobrevino una arcada, pero pudo controlarla.
–¡Harry!
¿Estás? –la voz del doctor Rey sonaba firme y tranquila. Hasta que vio lo que
había en el piso. –¡Harry, qué carajo pasó!
El
joven salió del baño arrastrando el balde y el escurridor. Notó que se había
salpicado las zapatillas y que el olor lo seguía desde el baño. Apretando las
manos para no temblar revisó la remera. También estaba sucia. Se la quitó con
asco, quedando con el torso desnudo, apoyado en el palo del escurridor, mirando
fijo a Rey, que movía los labios y gesticulaba, pero sin que él entendiera nada
de lo que decía.
Rey
lo zamarreó de los hombros y le gritó algo que sonó a preguntarle qué había
pasado. Harry dejó caer el mango que le servía de bastón y caminó a su
computadora, para mostrarle la modelización que había quedado grabada durante
el incidente. Giró un poco la máquina para que pudiera verla. Y lo miró a los
ojos.
–Esta
vez estuviste aquí. Hablamos. Y yo también venía, pero no me dejaste llegar. Me
empujaste antes de que saliera de los arcos. Pero me reconocí. Y me escuché
gritar.
Rey
había abierto grandes los ojos detrás de los anteojos hipster, y había echado
la cabeza hacia atrás con sorpresa. Buscó de reojo una banqueta y se sentó.
Harry prosiguió explicándole, a medida que su cabeza iba acomodando los
sucesos, su impresión de que el “otro” Rey venía del futuro. Le habló del
segundo moderador, que aún no había podido calcular. Le contó de su pelea con
Melissa, balbuceando una justificación y de cómo la necesitaba. Le señaló el
lugar donde supuestamente debería estar. Arrastraba los pies mientras caminaba
alrededor de su director, refiriéndole los detalles que iba aclarando en su
memoria. Finalmente le puso ante la cara el teléfono, silenciado, que todavía
mostraba la pantalla de alarma. Estaba agitado, y tragaba saliva pastosa a cada
momento. La voz le salía ronca por la garganta lastimada por las arcadas. En
los ojos de Rey estaba la misma mirada de desconcierto del viajero, por eso se
cuidó muy bien de mencionar el enojo, el violento tono de demanda que tenía en
la voz.
–Mi
teléfono estaba en rojo, alerta grave. Y cuando apareció esa silueta en los
arcos, corriste a empujarla y te fuiste –. Harry lo tuteaba, y hablaba pausado
por culpa del miedo y de la náusea que lo amenazaba cada vez que respiraba.
Sintió frío. Buscó la campera deportiva que había dejado colgada en el
perchero.
El
doctor recuperó la compostura. Solo se oía el jadeo de Harry.
–Hace
rato que sé que el sistema funciona y que el modelo se correlaciona con la
experiencia. Supe que este equipo –señaló con su índice derecho los arcos y la
habitación aislada– funcionaba tal y como lo pensamos, generando un vórtice,
toroidal como lo que has visto, cuyo eje es la recta de salto entre dos puntos
del tiempo. Es una especie de agujero negro temporal. No conozco las consecuencias
materiales reales, al menos no las he visto directamente, pero sí sé que he
podido viajar dos veces… –hizo una pausa– O tres.
Harry
lo miraba sin decir nada, esperando que siguiera explayándose. Mientras, en su
cabeza le daban vueltas varias cosas: ¿Cómo era posible que no se detectara una
masiva transferencia de energía para abrir el vórtice? ¿Fallaban las
computadoras y los sensores? ¿Y qué pasaría si no se completaba el paso entre
los dos puntos? El grito que escuchó de la silueta que creía que era él lo
desconcentraba. Rey continuó explicando.
–Lo
descubrí con una serie de cálculos durante el invierno, cuando no estabas. Para
que el viaje sea preciso y predecible necesitamos el segundo moderador. El
primero desencadena la colimación de energía gravitacional y de radiación de
alta frecuencia. El segundo es el que regula el crecimiento y la orientación
del vórtice, es la brújula que nos lleva de un lado a otro con precisión.
–¿Por
qué no me lo dijiste? –Rey permaneció en silencio un momento. Harry empezó a
dar forma a las dudas que tenía sobre la navegación temporal, con el equipo
incompleto que tenían frente a ellos.
–Porque
creí... sentí que era mi descubrimiento –. El acento en la palabra “mi” fue
evidente –. No tengo otra razón. Perdón. De hecho, te confieso que memoricé los
planteos y los cálculos, y destruí el cuaderno.
–Necesito
saberlos, tanto el moderador como el modelo dependen de eso. ¿Te das cuenta,
no?. Podrías enseñármelos ahora –. Rey, sin alterarse, negó con la cabeza.
– Hay
algo más importante que eso, Harry –. Una y otra vez, Rey extendía las manos
abiertas hacia su discípulo –Estamos perdiendo el norte, no puede existir un
período de secretos entre ambos, ¿te das cuenta, Harry? –. Las manos prolijas
de Rey, con los largos dedos separados como quien sostiene algo delicado, se
movían afirmando sus expresiones. –Esos secretos son los que nos alteraron el
rumbo. Eso y mi actitud.
Hizo
otra cuidada pausa. Como un borbotón, Harry le escupió en la cara todas sus
dudas sobre la limitación técnica de tener sólo un moderador, la falta de
precisión para programar la navegación, la posibilidad de no entender los
cálculos porque era Melissa su cerebro matemático. Demasiadas cosas, que Rey
disipó con un gesto de suficiencia.
–Para
que estas cosas que han pasado no ocurran, Harry, no debe haber un período de
secretos entre nosotros. Tengo que enviarte al pasado para que leas mi cuaderno
y te asegures de que el Harry de entonces lo encuentre, y me interrogue para
obligarme a ser sincero.
–¿De
qué estás hablando? Sin el segundo moderador no tenemos posibilidad de navegar
a un momento preciso.
–De
otro modo no lo haré nunca –. Había en el rostro de Rey, un sincero aire de
culpa. –Nunca, ¿lo entiendes?
Harry
tenía la mente desbocada. Se convenció de la importancia de que no hubiera
mentiras entre ambos. Supuso que si conocía todo desde el principio, algunas
cosas no habrían de pasar. Hasta, quizás, la pelea con Melissa no se hubiera
producido si él hubiese estado seguro de lo que hacía. Abrumado por las
posibilidades, Harry no se reconoció en la firmeza que tuvo su voz al aceptar
el viaje. El profesor sonrió y se levantó de un salto hacia su propia
computadora.
–Podemos
reproducir el toroide para que te devuelva al origen–. Explicó, poniendo de
nuevo las manos abiertas frente al muchacho para capturar su atención.
–Viajarás a un día cualquiera entre dos fechas determinadas, durante el receso
de invierno, después de mi descubrimiento. Te llevarás mis llaves y buscarás el
cuaderno en mi casa, lo leerás y luego lo dejarás en el laboratorio, al alcance
del Harry de entonces, con alguna indicación de que debe preguntarme todo.
Bastará con que no te cruces con ninguno. Mientras, yo mantendré abierto el
equipo, fijando el origen de la recta. Para volver será suficiente con que
mantengas encendidos los arcos para no cortar el camino.
Hicieron
los cálculos necesarios. Los dos arcos comenzaron a zumbar y a iluminarse. El
simulador de la máquina de Harry comenzó a mostrar los movimientos inquietos
del vórtice, mientras se encaminaba al equipo en silencio, mirando al piso con
el ceño fruncido. La excitación le había disipado el cansancio y la náusea.
–Ahí
está mi abrigo –le dijo Rey–. Va a ser invierno cuando llegues.
Harry
levantó al pasar el saco liviano de Rey y entró en los arcos. La adrenalina le
potenció el encandilamiento en los ojos y empezó a temblar.
Sin
darle tiempo a desaparecer del todo, Rey desconectó inmediatamente los equipos.
Apagó la computadora de Harry y la arrojó dentro del balde con agua y desinfectante.
Desconectó la red de computadoras del laboratorio y cortó la energía de los
arcos. El origen de la recta del viaje había dejado de existir. Tal como dijo,
en su arranque de sinceridad, el descubrimiento era suyo. Sólo suyo.
- FIN -
Consigna: Este
relato inacabado presenta a un estudiante que trabaja en la universidad, en un
experimento con una máquina para viajar en el tiempo, y durante una alarma ve
cómo es asesinado por su profesor, quien lo obliga a entrar en la máquina y
volver el tiempo atrás (máximo 6 hojas).
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