domingo, 20 de octubre de 2019

¿Quién dice que los relojes no saben llorar?

En las ventanas del tercer piso del hospital las luces de las ambulancias que entraban y salían de urgencias daban a todo un aspecto irreal, como los reflejos de color en una pista de baile. Como esas en las que ellos, antaño, bailaban boleros sin parar. Él giró la cabeza sólo para comprobar, desolado, que ella seguía allí. Se volvió hacia la ventana de nuevo y apoyó la frente mientras contenía la angustia que se había colgado de su garganta.
— Ven.
Regresó a la cama. Se descalzó y se recostó sobre la sábana, junto a ella. La oía respirar pesadamente, y cada vez que ella exhalaba sentía que su corazón se encogía hasta la siguiente inhalación. El aire que entraba en sus pulmones traía de nuevo esperanza. ¡Esperanza! Se maldijo por pensar en esa quimera. Se maldijo también por rechazarla y se maldijo por maldecirse. No, ella merecía mucho más que su autocompasión en esos momentos.
El reloj de la pared, de pronto martilleó las paredes de la habitación con su segundero inclemente.
Tic, tac.
Reloj no marques las horas / Porque voy a enloquecer.
Con la cabeza apoyada en la almohada se concentró en el perfil de su mujer. Su pelo era canoso, pero aún rabiosamente ensortijado, como cuando eran jóvenes. La frente aparecía despejada, surcada de arrugas, cada una de ellas conocida. Cada día, cada caricia, cada beso, cada recuerdo había dejado allí su huella. El libro de su vida en común estaba escrito en aquella frente.
Y cada amanecer que habían visto juntos había depositado en sus ojos un destello que ahora se extinguía en lo profundo de los globos oscuros, hundidos, resecos. Los párpados amortajaban esos ojos que un día fueron todo vida y que ahora no eran más que dos esferas pequeñas, casi perdidas en el fondo de las cuencas áridas. Durante años, sin embargo, habían sido capaces de despertar en él toda suerte de emociones. Cuando ella sonreía los párpados se curvaban graciosamente, como si fueran dos lunas brillantes en cuarto creciente, pero cuando se enfurecía aquella luz se convertía en un fuego capaz de arrasarlo todo a su alrededor. Ahora apenas quedaba una chispa que le recordara la mirada que tanto había amado. Esos adorables ojos languidecían, transidos de sufrimiento y deshidratados, esperando el final.
Tic, tac.
Ella se irá para siempre / Cuando amanezca otra vez.

¡Dios, lo que hubiera dado por poder donarle las lágrimas que le ahogaban! Soñó despierto que flotaba sobre ella, cara a cara, y dejaba que el llanto fluyera y cayera como una cascada y llenara de nuevo sus lagrimales. Se sintió imbécil. Llevaba días, meses, años, escondiéndose para llorar y ahora, justo ahora, se le pasaba por la cabeza hacerlo frente a ella.
— ¿Recuerdas cómo te enfadabas cuando yo llegaba tarde, sin avisar? ¿Y yo, cómo me ponía hecho una furia con tu colección de zapatos?  ¡Cuántos buenos momentos desperdiciados! ¡Ojalá pudiéramos volver a empezar!
— No. No renunciaría a nada. Ha sido una vida perfecta.
— Calla, cariño. No hables. No te canses.
Tic, tac.
Nomás nos queda esta noche / Para vivir nuestro amor.
La enfermera entró a recoger la bandeja de la cena. Al verlo sobre la cama, junto a la paciente, hizo ademán de llamarle la atención, pero tras un instante pareció pensárselo mejor. Se acercó a ella y, humedeciendo una gasa en agua, se la aplicó ligeramente sobre la reseca piel de los labios. Comprobó el pulsómetro del dedo y salió con la bandeja tras mirar el reloj de la pared. Él sintió una punzada en el corazón. Durante un momento, cuando la puerta había comenzado a abrirse, creyó que venían a avisar: “hay un riñón compatible. Vamos a preparar el trasplante”. Pero era otra ilusión, fruto de esa maldita esperanza, que sólo dejaba tras de sí amargura. Por más que hubiera renunciado a ella, por más que la hubiera maldecido, ahí seguía la esperanza, desgarrando su alma a la menor oportunidad.
Tic, tac.
Y tu tic-tac me recuerda / Mi irremediable dolor.
— Lo peor es la sed. Si no fuera por la sed no sería tan malo morir.
— ¡Calla, por favor, no sigas!
Puso sus dedos sobre los labios de ella, y los sintió ásperos, como la tierra que pronto la cubriría. En ese momento quiso recordar todas y cada una de las veces que los había besado. La pasión, la ternura, la complicidad, el consuelo, la donación… Pretendía, inútilmente, atesorar todos esos momentos, pero apenas podía recordar la última vez que los besó. Maldijo de nuevo su memoria. Maldijo su inconsciencia. Si fuera ahora no permitiría que ni uno solo de todos esos besos quedara en el olvido. Ahora, sin embargo, se habría conformado con recuperar su sabor, el sabor de la juventud. No quería quedarse con el recuerdo del aliento envenenado por la insuficiencia renal, pero tampoco permitiría que eso se perdiera, porque formaba parte de ella. Se acercó, pues, y los besó con delicadeza durante largo tiempo. Este beso no moriría con ella.
Tic, tac.
Reloj detén tu camino / Porque mi vida se apaga.
Volvió a recostarse y se sintió feliz al ver la leve sonrisa de su mujer. Después de tantos años ya no se le ocultaba nada. Seguro que le había leído el pensamiento. Hasta el último rincón de su mente le pertenecía y no podía imaginar qué sería de su vida sin ella. No podía imaginar que hubiera un día después. Ni un solo segundo después, por mucho que ese indiferente reloj de pared se empeñara en seguir empujando el tiempo hacia la fosa. Fingió que tosía, para apagar el llanto que, nuevamente, mordía su garganta.
Tic, tac.
Ella es la estrella que alumbra mi ser / Yo sin su amor no soy nada
— Siempre has sido un poco tonto. Hace tiempo que sé que te escondes para llorar, pero ya no hace falta que finjas. Nunca fuiste lo suficientemente fuerte. Por eso te he querido tanto.
Y entonces sucedió. Él tomó la mano huesuda y arrugada de ella, la acarició, y se la llevó a los labios. Y prorrumpió en llanto. Y ya nada detuvo aquel torrente. Y sus lágrimas bañaron abundantemente aquellos dedos afilados y temblorosos. Y se refugió en la oquedad entre el hombro y el cuello de su mujer. Y sollozó inconsolablemente. Y ella sintió las lágrimas cálidas resbalando por su piel cuarteada. Y acarició la mejilla sin afeitar de él. Y suspiró, aliviada.
— Y tú siempre has sabido que yo era tonto, y no te ha importado. Por eso te necesito tanto. ¿Qué voy a hacer sin ti?
Tic, tac.
Detén el tiempo en tus manos / Haz esta noche perpetua
La abrazó de nuevo. Quería aprehender la calidez de su piel, pero aquel cuerpo enfermizo había comenzado a tiritar y apenas tenía calor para sí. Él apartó la sábana y se arrebujó junto a ella.
— Ahora eres tú la que necesita calor. Yo te daré el mío. No tiembles, cariño. Estoy aquí. Siempre estaré aquí.
Afuera, la noche había comenzado a reinar, y el reflejo de las luces de las ambulancias acunó a la pareja, abrazada, con los ojos cerrados, como si estuvieran en el centro de una pista de baile, ajenos al resto del mundo, abrazados bailando un bolero sólo para ellos, un bolero eterno.
Tic.
Para que nunca se vaya de mí / Para que nunca amanezca
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Habría sido imposible decir cuánto tiempo transcurrió desde entonces, pero apenas la alarma del pulsómetro se disparó la habitación se llenó de sanitarios y doctores. Pronto se extendió por la planta la voz de que los abuelos de la 314 habían muerto a la vez, abrazados, y sonriendo.
Y aunque algunos se maravillaron de que, a pesar de la deshidratación, el rostro de ella mostraba trazas de lágrimas, nadie reparó en que el reloj de la pared había dejado de funcionar.
Tac.

Consigna principal: Convertir en relato la canción El reloj.
Consigna secundaria: Hacer mención a Truculencias de Juan E. Bassa

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