martes, 20 de septiembre de 2016

Ovejas descarriadas


Aquel día José no tuvo ningún deseo de vestirse. Es lo que suele suceder cuando uno anda con el corazón dolorido: que todo da igual. Y es por esto que cuando aquella tarde llamaron al telefonillo del portal y una voz cantarina anunció “traemos la palabra del señor” José se limitó a susurrar con desgana “la palabra del señor siempre es bien recibida” y enlazando una diminuta toalla con motivos florales a su cintura se sentó en una silla para esperar el ascenso que intuía sofocante ya que el edificio, antiquísimo, carecía de ascensor y eran seis pisos contando con el entresuelo.

Tras un tiempo indefinido—cuando uno sufre el tiempo es irrelevante—, un anciano enjuto y una joven muy linda se vislumbraron por fin.

—Alabado sea Dios—saludó la joven con su voz alegre. El anciano intentó saludar pero de su pecho solo brotaron ramas rotas y flautas y José lo intuyó próximo al derrame cerebral.
—¡Oh, inconsciente de mí! No recordé avisarles que no hay ascensor. ¡Por favor, pasen ustedes! Les ofreceré un té— exclamó José solícito, ayudando al viejo a pasar.

En primera instancia el viejo, ciego de cansancio, no se dio cuenta de la casi desnudez de su anfitrión. Fue después, cuando el joven le ayudó a acomodarse en el sofá que descubrió que bajo aquella toalla con dibujos de capullitos de rosa no había ninguna prenda que sujetase aquello que balancea o cuelga. Asombrado observó al joven e intentando levantarse de nuevo exclamó:

—¡Oh! Creo que hemos llegado en un mal momento, tal vez se disponía usted a su aseo diario. Yo lo suelo hacer por la mañana, pero con este calor tan terrible que estamos sufriendo es posible que haya usted postergado el placer de la higiene a la tarde, más cercana a la hora del descanso nocturno. No le molestaremos más. Haga usted sus gargarismos, abluciones y esas cosas tan necesarias para el bien del cuerpo y del espíritu. Vamos Alicia, que este joven  estaba pronto al aseo y lo hemos molestado sin querer.
—¡No! ¡No han interrumpido nada!—exclamó José empujando suavemente al anciano de nuevo hasta el sofá—. El caso es que me viene muy bien tener compañía. Voy a prepararles un té y luego nos sentaremos a charlar un poco.
Cuando José se marchó a la cocina, el anciano,  que aun llevaba una revista visionaria y esclarecedora llamada “la atalaya”, donde se contaba que la felicidad estaba en las manos de Dios y qué Él nos solucionaría todos nuestros problemas, dijo así a su discípula:
—Debemos marcharnos en cuanto tengamos la ocasión, Alicia. No sabemos si este tipo es un loco peligroso. Va casi desnudo. Imagina que en algún momento se cae su toalla o se la quita. Podría ser un exhibicionista. ¡Incluso un violador!
—Todos llegamos desnudos a este valle de sufrimiento, maestro—argumentó la muchacha, apasionada y vehemente—. Además ha dicho que tiene el corazón roto. Tal vez podamos ayudarle.
—Pero, hija, prométeme que si de pronto se arranca la toalla tú mirarás hacia otro lado—rogó el viejo.
—Maestro, el cuerpo de este hombre está hecho a imagen y semejanza del cuerpo de  nuestro señor. No creo que haya nada perverso ni maligno en su desnudo. Deberíamos centrarnos en su corazón y no en su miembro viril.

—Tienes razón de nuevo. No hagas mucho caso de este torpe anciano—suspiró el viejo, avergonzado y vencido ante esa respuesta de peso. Pero los malos pensamientos vuelven como vuelve un boomerang a la mano del lanzador y este viejo no pudo evitar la imagen de Priapo, el dios griego de la fertilidad. Sí, lo recordó con aquella verga de dimensiones grotescas apoyada en la balanza, rodeado de bucólicos  jardines frutales. Tantas emociones le provocaron un ligero desmayo. Cuando despertó unas manos grandes le procuraban aire con un cartón en forma de media luna.

—Vaya, parece que ha sufrido usted un mareo. Tome un poco de agua. Le sentará bien—dijo José, preocupado.
—Debe ser cansancio. Tal vez sería un momento ideal para marcharnos, Alicia.
—¡Pero a mí me gustaría tanto que se quedaran un par de horas!—suplicó José—.No quisiera estar solo en estos momentos de dolor. Verán, hace dos semanas, en la fiesta de un amigo, descubrí a mi novia besando a un tipo. Los encontré besándose con frenesí en la oscuridad.
Alicia se ruborizó profundamente imaginando la viscosidad de esas lenguas encendidas y enredadas.
—Hábleme de esa casquivana novia suya—ordenó el viejo. En aquel momento, y ya recuperado del desmayo, solo era un paladín de Dios, un pastor auxiliando a la oveja perdida, daba igual que esta fuera negra, blanca o que corretease con las vergüenzas al aire, que durante el diluvio no expulsó nuestro señor animal alguno del Arca por semejante fruslería—. Todo apunta a que en la oscuridad de esa fiesta fue visitada por el maligno y empujada a actuar como una mujer ligera.
—¡Qué sé yo! —Gruñó José, dolorido—. Sólo sé que cuando llegué allí él intentaba desabrocharle la blusa para mordisquear tal vez los pezones erizados. ¡Oh dios! ¿Cómo pudo hacerme eso?
—¿Y vio usted si se quitaron por fin la ropa?—preguntó el viejo, sumamente interesado—. Necesito todo tipo de detalles para saber cómo puedo ayudarle. Porque usted lo que quiere es recuperarla ¿no?
—¡Sí! ¡No puedo vivir sin ella! Lo reconozco—confesó José bajando la cabeza para disimular las lágrimas y al ponerse en pie para tomar un pañuelo la toalla cayó al suelo, dejando al aire lo que debería estar oculto. Pero José, en lugar de cubrirse se quedó de pie, secando sus lágrimas—. Verán ustedes. Desde que ocurrió ese suceso me levanto por las mañanas arrastrando los pies. Luego voy a la cocina a poner la cafetera en el fuego y sé que si alguien mirase mis ojos los vería sin luz. No me importa nada, todo me da igual. Miro por la ventana y observo los árboles majestuosos y el sol, y cómo se refleja su luz en las hojas arrancándoles tonos rojos y dorados. Sí.  Todo es bello, pero para mí no tiene importancia si no lo comparto con ella. Pero lo peor son las noches. Cuando me acuesto y me acurruco pienso en ella y la invoco con fuerza y con rabia creyendo, iluso de mí, que la rabia de mí deseo y la fuerza con que la llamo conseguirán que ella tome el puto teléfono y me llame y me pida perdón. Pero el aparato se mantiene mudo, obstinado. Entonces intento dormir para no pensar más. Pero me daría lo mismo estar dormido que estar muerto.
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Durante todo el discurso el viejo no había podido apartar los ojos del animal dormido. Allí estaba, como ya intuyó,  el dios Priapo con su balanza y su cornucopia. Su temor se había cumplido. Miró a su discípula y la vio tragar saliva y vio cómo se encabritaban las olas de sus ojos oceánicos, antes mares calmados.

—¡Pero hombre cúbrase usted, que la tarde está llegando fresca!—gruño el viejo rojo de la ira tapando los ojos de Alicia—. Y ahora díganos cómo podemos ayudarle ¿Quiere usted que la llame por teléfono en su nombre? Nuestro señor desde su atalaya me ha dado la mejor de las armas para lidiar con el dolor de los hombres: la palabra ¡Deme su número, que voy a llamarla ahora mismo!

—¿Haría usted eso por mí?—preguntó José de nuevo al borde del llanto—. Si usted supiera con que ardor la amaba yo en las noches. Si supiera cómo gozaba ella y cómo me solazaba yo en esas carnes doradas y prietas, si supiera de qué manera debía   cubrir sus labios para que no aullara bajo mi cuerpo…

El viejo se encomendó al altísimo para que el  falo aletargado no se despertara de su sueño invocado por tan lujuriosas y ardientes ensoñaciones. Y a su mente vino una cobra y una flauta.

—Este es su número, recuerde que se llama Juliana.

El viejo marcó el número indicado y dijo así:

—¿Hola? Señorita Juliana—dijo el anciano—, usted no me conoce pero le ruego encarecidamente que se mantenga atenta a las palabras que le diré y no cuelgue el aparato. Verá, yo soy un portador de la palabra de nuestro señor Jehová y junto con mi discípula, Alicia, vamos de puerta en puerta para difundir la palabra divina. El caso es que ahora nos encontramos en la casa del novio de usted, José. Sí, sí,  y aquí lo tenemos, lloroso y desnudo. ¡Sí, sí, desnudo del todo! ¿Cómo dice? ¿Qué seguro que tiene a una guarra bajo la cama? ¡Oh, no, no, aquí no hay nadie más! Pero si no hace más que hablar de usted. Si lo oyera hablar del amor que siente. Ha dicho hace un momento que la luna brilla poco o menos, o casi nada si no está reflejada en los ojos de usted, o eso me ha parecido entender. ¿De qué se ríe? ¿Qué dice? ¿Qué esas moñadas de la luna son propias de él? Señorita pues a mí me ha parecido exquisito. Si usted viniera a verlo… si quisiera acercarse hasta aquí para darle consuelo. Dice que no duerme y que no come. Apiádese de él y venga, que aquí le esperamos todos. ¿Una secta? ¿Nosotros unos sinvergüenzas? ¡Señorita! Es usted una maleducada y una oveja descarriada. Uhmmm. Muy bien. Se lo diré ¡Adiós!

José miraba al viejo muy pálido. La había perdido para siempre.

—¿Qué ha dicho?
—Dice que está usted loco y que nosotros somos unos sinvergüenzas de cuidado que no hacemos más que molestar a la gente a la hora de la siesta con nuestros sermones de mierda, pero que estará feliz de verle a usted, convenientemente vestido, en ese lugarcito coqueto de la calle del Carmen a las nueve de esta noche. Dice que le perdone y que le quiere a usted con locura; que la noche de autos estaba muy borracha y que no fue consciente de sus actos. Que luego sintió vergüenza y miedo y que por eso no llamó. Pero que no puede olvidar su lengua de usted entre sus piernas y que los besos del otro no sabían a fresa como los suyos. Los labios de usted—dijo el viejo con los labios temblorosos.

José, llorando de alegría, los abrazó a ambos con todas sus fuerzas y mientras los acompañaba hasta la puerta los invitó a visitarles siempre que ellos quisieran, que allí tenían su casa y un amigo y que gracias, gracias, gracias, gracias.
Mientras bajaba las escaleras, Alicia, la de los mares calmados sintió un cosquilleo cálido y perturbador entre las piernas al recordar el abrazo apretado.


– FIN –


Consigna: Escribir una comedia romántica.

Monstruos en la oscuridad


—Me gustan esas flores. Las flores blancas son puras. Y ese pequeño helecho en el ramo es delicado. ¿Vos creés que le guste así, Roberto?
Ella habla y mira para adelante. Parece petrificada, perdida. Sin embargo su mente está ubicada en un solo lugar: donde debe estar, allá adelante. Dónde el hombre habla sin parar, aunque ella no lo escuche.
Sus manos juntas descansan en la falda limpia, estrenada hoy.La planchó muy temprano porque era algo especial. Como su cabello tirante que termina en un rodete, perfecto. Ella nunca usa rodete, pero le parece pertinente hacerlo hoy. “Es lo mejor”, se dijo al peinarse aquella mañana. Cuando el peine atravesó su cabello lacio que se dejó dominar como si supiera que era necesario. Justo hoy. A Carmen no le importó que se le vieran las canas sin teñir. O que su frente pareciera más arrugada. O que las ojeras resaltaran caprichosas con semejante peinado. Ya no.
—No sé. No puedo saberlo, Carmen.
Él la observa. Siente un gran temor por ella. Por cómo pudiera reaccionar después. Teme porque la ama demasiado, quizás más que a él. Al pequeño. Desde la primera vez que la vio sintió amor. Aunque no le pertenecía, aunque debía ser de otro, la amó. Y tal vez ese fue el error de ambos. Amarse. Seguir adelante con ese sentimiento. Imaginar que el mundo podía ser un lugar diferente para ellos.
Roberto siente el dolor de la realidad en su pecho. A diferencia de ella, está despeinado y ya se fumó cinco cigarrillos a pesar de que dejó de fumar hace dos meses. Sabe que recaerá. Que ya no tendrá fuerzas para abandonar el vicio. Sabe que quizás muera de cáncer de pulmón o quizás de enfisema. Pero no importa ya.
—Está bien. No importa.—dice ella—Yo sé que le va a gustar. Lo único es…
—¿Es qué?
—Luz…no le gusta la oscuridad. Viste como se ponía a la noche cuando apagábamos la luz por error…los gritos. Esa desesperación. A veces me asustaba que gritara de esa forma y vos no hacías nada para ayudar. No es normal…
—Carmen…—ella continúa observando hacia adelante y Roberto se da por vencido, como siempre—No creo que le afecte—dice finalmente para no empeorar las cosas.
—Sí. Hay que ver que el lugar esté iluminado. Eso es importante. No quiero que se asuste—continúa ella sin siquiera prestar atención a las respuestas de su marido.
Él toma su mano, pero ella lo aparta de inmediato. Siente que su piel quema, como el infierno. No quiere que él sea condescendiente como siempre. Quiere que se vaya, que la deje sola. Recuerda por qué está ahí. Piensa en él. “No estoy loca”, se dice. “Necesita mucha luz, todo el tiempo”. Casi se le escapan esas palabras, en voz alta, pero prefiere callar.
Una paloma revolotea contra el vidrio esmerilado. Se golpea varias veces, insistiendo en salir. “Pobre tonta”, piensa él e instintivamente observa a su mujer. Quizás debería reunirse a su locura, a su desquicio. A la negación del mundo que la rodea. Tal vez así sería más fácil. Quizás el dolor sea menor. Vuelve a mirar la paloma y piensa que quizás se trate de una señal. Una de Dios. Observa de nuevo a Carmen. Ve sus facciones rígidas, imperturbables. El pelo recogido, la falda planchada con almidón. Y cree que mejor es llorar cuando se deba, cuando corresponda.
Con un suspiro descarta la idea de la señal porque en última instancia, no cree en esas cosas. Ya no. Sabe que la vida de los dos se convertirá en una tragedia desde ahora. Lo sabe, aunque no está seguro de que salgan ilesos, indemnes. ¿Qué hacer? Seguir. Sólo seguir. Porque hay que hacerlo. Porque es lo que queda…Piensa en la luz, en qué contestarle. Mejor es vivir en la realidad…se dice.
—Carmen…
—¡Es un nene chiquito, Roberto! —dice ella adivinando las palabras de su esposo.
Esta vez mira a su marido. Lo observa directo a los ojos, con una frialdad que a él le llega al corazón. Como una flecha mortífera.
—Está bien…—ahora él mira al frente. En silencio, pensativo. Reconsidera la señal, la vida, la muerte. El futuro.
Carmen continúa sumergida en sus pensamientos. Ella sabe que sólo eso la salvará. Quizás a él también lo salve aunque ya no le importa. No le importa Roberto. Ya no. Continúa…
—Además está la cuestión de los juguetes. Hay que dejar algunos por ahí…el autito rojo de madera. Y el oso de peluche que tanto le gusta. Con el que duerme…
—¿Para qué, Carmen?
—Para que juegue, Roberto. No preguntes estupideces.
Roberto cierra los puños y desea no haber nacido. Así quizás las cosas para ella hubieran sido diferentes. Tal vez Carmen se hubiera casado con el otro, y un hijo diferente hubiera nacido. No uno débil y enfermizo como el que tuvieron. Quizás uno sin temor a la oscuridad y a sus monstruos, con un corazón más fuerte para soportar los miedos imaginarios. Tal vez.
El cura finaliza el sermón. El silencio invade cada rincón de la iglesia. El único momento en que se interrumpe es cuando la gente se levanta. Los ruidos de zapatos haciendo eco, las ropas rozando los cuerpos. La paloma que sigue insistiendo con salir. “Por qué nadie le abre”, suspira Roberto. Piensa que quizás es él, el alma del niño que quiere volar. Piensa que Carmen no lo suelta. La culpa a ella. Nunca lo soltó. Jamás.
Alguien se acerca a ellos. “Cuánto lo siento”, murmura esa persona. Roberto agradece, pero Carmen no mira. Solo permanece sentada en aquel banco de madera, rígida observando el pequeño cajón blanco. “Sí”, se dice, “a mi bebé no le gustaba para nada la oscuridad. Pero no te preocupes mi amor, mamá te va a cuidar y pronto te acompañará. Muy pronto, mi cielo.”


– FIN –

Consigna: Escribir un relato dramático.

Aitor


Aitor es el nombre de mi amigo de la infancia, mi primer amigo.
Nos habíamos conocido en el pueblo, durante las vacaciones de verano del año 83 u 84. Éramos tan pequeños que ni lo recuerdo, solo sé que durante los siguientes diez años deseaba que llegara el mes de agosto para volver a reencontrarnos y disfrutar del descanso estival juntos.
Durante todos aquellos años compartimos multitud de cosas y nos pasábamos la vida uno en casa del otro. Mis padres se convirtieron en los suyos y los suyos en los míos. Compartimos todos los veranos de nuestra niñez y del inicio de nuestra adolescencia.
Recuerdo que el uno al otro nos descubrimos la lectura; bueno, realmente fue su hermano mayor el que nos descubrió la lectura a ambos con los tebeos de Mortadelo y Filemón. Nuestras tardes comenzaban en su patio o en el mío leyendo cada uno los tebeos del otro. Cada vez que me acababa uno, antes de empezar el verano, pensaba: “este seguro que le encanta a Aitor”. Cuando alcanzamos los catorce años, yo seguí con mis tebeos, sin embargo, él había cambiado la lectura, había madurado y ya leía libros de adultos como Frankenstein o Cementerio de animales. Aquel verano me di cuenta de que tenía que evolucionar yo también en mis lecturas, que ya no era un niño y debía comenzar a leer cosas acordes a mi edad (aunque nunca he dejado de leer tebeos de Mortadelo). Al empezar el instituto, el primer libro que cayó en mi poder fue uno de Sherlock Holmes, y desde aquel día cientos de libros han pasado por mis manos. Por ese hecho, jamás dejaré de agradecer a mi amigo que me inculcara el gusto por la lectura.
En los años de la niñez, mucho antes de aquello de los libros, nos dedicábamos a ir hasta el campo de fútbol a darle patadas a un balón, creyendo que sabíamos jugar y que llegaríamos a ser profesionales de aquel deporte. También íbamos hasta el río a coger ranas, las hinchábamos y las lanzábamos al río para ver como flotaban. A mi edad adulta sé que aquello era una crueldad, sin embargo, con diez años lo veíamos como un experimento sin maldad.
Al principio del verano del 91, nos construimos un tirachinas con un globo y la boquilla de una botella de plástico (en el pueblo a aquello le llamaban tirahuevos o capalobos) y todas las tardes, cuando bajaba el sol y comenzaba a atardecer, nos íbamos hasta el basurero, recogíamos todas las botellas y botes de cristal que había y los poníamos en fila para practicar nuestra puntería. Lo mejor era cuando conseguíamos un bote lleno de tomate y al irse rompiendo soltaban la salsa aparentando ser sangre.
Nuestros juegos eran inocentes y no le hacíamos daño a nadie (al menos intencionadamente). Buscábamos aventuras y emociones fuertes. Otro verano nos dio por irnos a la parte trasera de la iglesia del pueblo y escalar por las rocas que allí hay. Cada vez nos buscábamos rocas más altas y más difíciles de escalar, hasta que finalmente conseguimos trepar por todas las grandes piedras del lugar.
Aquello era muy divertido: escalar, ayudarnos el uno al otro, encontrar otros caminos por los que llegar a la cima (de apenas unos metros de altura) y después descender para empezar de nuevo. Era divertido, pero llegó un momento en el que buscábamos más emoción y la encontramos un día en un campo segado de trigo. El cereal había sido recolectado y con los restos habían creado alpacas y las habían almacenado formando una gran torre. Con la valentía de dos muchachos de doce años, nos encaramamos a los bloques hasta la parte más alta y saltamos al vacío sobre un montón de paja. Nos arriesgábamos a rompernos una pierna o un brazo, pero cuando eres adolescente te crees inmortal.
También fuimos descubriendo el mundo a nivel personal y emocional. Recién empezada la adolescencia, en el pueblo apareció una chica nueva que se unió a nuestro grupo, el cual formábamos Aitor, su hermana, otras dos vecinas y yo. Desde el primer día en que la vi, aquella niña con trenza me gustó. No sé cómo explicarlo, pero sabía que a mi amigo también le gustaba. Ni yo le dije nada a él ni él me lo dijo a mí, pero ambos conocíamos cuales eran los sentimientos del otro. Siendo realistas, ¿qué posibilidades tenía un chico como yo, moreno, con gafas y bastante parado contra un chico divertido de ojos azules, con el pelo rubio y rizado? Ninguna. Físicamente, me recordaba a los querubines de blanca piel y pelo ensortijado de los dibujos medievales.
Cual fue mi sorpresa, cuando a punto de acabarse el verano, aquella niña de la trenza se acercó una noche a mí, me dijo que yo le gustaba y me dio un beso. Cuando se lo dije a mi amigo, noté que algo en él se venía abajo, pero lo acepto con la mayor dignidad y aplomo que he visto nunca, y apenas contábamos con doce años. Nunca se lo dije, pero, pasados algunos, años, tuve un pequeño romance con la chica de la trenza.

Al año siguiente, mi amigo Aitor se fue con su familia a pasar todo el mes de vacaciones a un apartamento que tenían en la playa y no nos vimos. Paradójicamente, aquel verano de 1993 fue el primero de los mejores de mi vida. Y en ninguno de ellos estuvo él. Así fue como nos perdimos la pista y no supe de Aitor durante diez años. Vi alguna vez a sus padres y me hablaban de él. Mis padre se lo encontraron una vez, les preguntó por mí y les dijo que tenía muchas ganas de verme. Entonces, fue cuando busqué su teléfono en una vieja agenda de papel a la que le faltaban la mitad de las hojas y, milagrosamente, lo encontré. Hablamos dos o tres veces y quedamos.
Teníamos ya veintidós años y llevábamos más de diez sin vernos, pero enseguida nos reconocimos el uno al otro y nos fundimos en un fraternal abrazo. Nos pusimos al día sobre nuestra vida y me alegré mucho de saber que él estaba estudiando una ingeniería y que era de los primeros de su clase (siempre me pareció la persona más lista que conocía). Hablamos, fuimos al cine, tomamos algo y nos intercambiamos los correos electrónicos y la (falsa) promesa de volver a vernos. Mantuvimos durante un tiempo el contacto mediante Messenger y nos enviábamos algún correo. Con la llegada de las redes sociales, fue cuando más contacto volvimos a tener.
Nos hablábamos por Facebook y me contó que él estaba viviendo con su novia, yo le conté que me había casado y que iba a ser papá. Él me dijo que tenía sobrinos, pero que hijos todavía no.

Otros diez años después de vernos por última vez, en el 2012, recibí una llamada de mi padre diciéndome que Aitor había sido ingresado en el hospital y le habían detectado un cáncer en el sistema digestivo. Enseguida le escribí por Facebook (la única manera que tenía de contactar con él) y me contó un poco. Algunas semanas después me llegó la noticia de que ya había sido dado de alta y de nuevo le escribí para decirle que me alegraba mucho. Me respondió diciéndome que le quedaba una larga recuperación y un tratamiento de seis meses y que esperaba que no fuese muy duro.
Antes de pasar esos seis meses, un amigo común me dijo que le habían tenido que ingresar de nuevo para poder alimentarlo por una sonda. Me contestó que lo de la sonda iba por buen camino, que había llegado a quedarse en 35 kilos, pero que ya pesaba 41 e iba en aumento.
Eso estaba bien, que fuera evolucionando. A un chico de treinta y tres años no puede pasarle nada, y menos a mi amigo. Pero me equivocaba, la inmortalidad que nos creíamos tener a los doce años, se estaba riendo de él dos décadas después.
Mis últimos mensajes fueron los siguientes:

15/01/2014
Aitor, ¿cómo vas? Me dijo mi padre que tenías que alimentarte otra vez por sonda.
Espero que pronto te la quiten y mucho animo. No sabía si estabas en casa o en el hospital y si tenías modo de conectarte. Lle pregunte por ti a tu hermana y me dijo que sí puedes conectarte. Pues lo dicho, mucho animo y un abrazo.
17/02/2014
Me dijo mi padre el otro día que estabas mejor. Me alegro mucho que sigas evolucionando. Un abrazo y sigue con tu recuperación

No obtuve respuesta a ninguno de ellos. Justo dos meses después, mi padre me llamaba para decirme que había fallecido y que al día siguiente lo enterraban en el pueblo por expreso deseo suyo.
No tuve el valor para visitarlo en el hospital, pero si tuve la suficiente vergüenza para ir a presentarle mis respetos a su familia y acompañarlos en el trágico momento del entierro.
Cuando la madre se bajó del coche fúnebre con la urna de sus cenizas en la mano, se abrazó a mí y me dijo “Aquí traigo a tu amigo” y lloré abrazado a ella y al marido hasta que no me quedaron lágrimas. Cuando acabaron de sellar la losa del nicho y sus familiares más allegados se retiraron, me acerqué a llorar en solitario su pérdida. Antes de irme, me aproximé a sus padres y hermanos para despedirme de ellos y reiterarles mi pésame. Entonces su madre me dijo: —Se acordaba mucho de ti, sobre todo al final. Me decía todos los días “Mamá, me acuerdo mucho de cuando era pequeño, y de los que más me acuerdo son de Roberto y de Jéssica (la niña de la trenza)”—. En ese momento creo que se me rompió el corazón. Me di cuenta de que no había estado a la altura de nuestra amistad.


Ahora ese niño de ojos azules, pelo rizado y rubio viene todas las noches para preguntarme por qué no fui a visitarlo al hospital cuando su vida se apagaba. Y no soy capaz de explicarle que no tuve valor.


– FIN –


Consigna: Escribir un relato dramático.