viernes, 8 de enero de 2021

Hasta que el diablo te encuentre (Byronde Poe)

 

 El caballo tordo en el que iba al trote, ya no daba para más, comenzó a cojear de la pata trasera izquierda. Llévese este magnífico caballo, le dijo el barrigudo tabernero, se lo dejo por cinco dólares y treinta centavos, le dijo. ¡Maldito chacal hijo de perra! Ya le tenía reservada una muesca de su cinturón cuando regresara a Buenaventura y su despreciable rostro marcado por la viruela quedara desparramado por el establo… Se había levantado un viento desagradable que arrastraba innumerables cachanillas que vagaban por el desierto sin rumbo concreto y una cortina de polvo rojizo apenas dejaba ver el horizonte. Siguen ahí. Los veo. Sí, siguen ahí. Y tú sabes por qué. Se mueven entre el polvo, llevados por el ansía y el encono, apretujados para que el aire no les alejara de la senda. Tu senda.

Había entrado en la comisaría del sheriff de aquel pueblucho con una hoja de papel arrugado en las manos. La estancia olía a excrementos.

─ ¿Va en serio la cifra que pone aquí? ─le preguntó mientras el hombre apuraba una bebida que olía a algo parecido a café en un jarrillo de lata.

El sheriff.

─ ¿Piensa que el Estado se va gastar un dineral en imprimir esos folletos si no son correctos?

Él.

─ ¡Me da igual lo que piense el Estado o no, solo me importa el dinero! ¿Soy el primero?

El sheriff asintió. Le había reconocido nada más cruzar su oficina, que, aunque era pequeña estaba orgulloso de ella. Lo que le incomodaba y le hacía sentir vergüenza ajena era el olor a mierda de la porqueriza del tendero que se colaba por la pared del calabozo. Eres el primero, jodido asesino. Pensó. Tal era su fama de despiadado. Vivo o muerto suscribían los panfletos. Y él los traía muertos, siempre. Menudo hijo de puta. Y no solo eso. Mataba a todo aquel que acompañaba al delincuente. Daba igual la condición. Daños colaterales, decía. Se alegró cuando abandonó Buenaventura sobre aquel jamelgo maltrecho que le había vendido el posadero. Llevándose consigo el olor a muerte. Poco antes de que cruzara la última calle creyó ver como una estela volátil que le seguía a cierta distancia. 

Piedad era una aldea cercana a la frontera, enclavada en un pequeño valle entre dos montañas agrestes. Seguro que está plagada de cerdos chicanos, pensó, al unísono que esputaba tabaco de mascar que fue a parar sobre un lagarto adormilado que solo alzó la cabeza verdosa con un gesto de desgana… Se bajó del caballo volviendo a maldecir al vendedor y ató las riendas a un apeadero de madera carcomida. Unos niños chicanitos jugaban en un charco de un abrevadero. Su mirada azul se cruzó con la de los críos y les dejó paralizados. ¿O fue lo que acababa de llegar con el aire del páramo y se había parado en una esquina cercana? Entró en la cantina que aquella hora de la tarde estaba casi desierta. Solo un borracho dormitaba sobre una mesa. La cabeza ladeada, el vaso y la botella tumbados a su lado. El dueño, tras la barra, secaba un vaso con un trapo tan sucio que dejaba una marca sobre el vidrio empañado. Se acercó a un taburete y se sentó con un cansancio enorme. Whisky, le dijo. Y el tabernero sin dirigirle la palabra y sin soltar el trapo le sirvió en el mismo vaso que acababa de limpiar un licor casi incoloro. Se lo bebió de un trago. Que puta mierda es está. Y le miró con los ojos acerados. El cantinero sin abrir la boca retiró la primera botella y tras coger otra de debajo de la barra le llenó el vaso de nuevo.

─ ¿Sabe dónde está este hombre? ─recalcó la palabra “hombre” con desprecio, mientras le enseñaba el panfleto─. Necesito hablar con él de unos asuntos.

El “hombre” había llegado apenas dos meses atrás. Una mula cargada de enseres, dos chiquillos medio indios y una hermosa cheroqui que no se despegaba de su compañero. Piedad era un pueblo tranquilo y no era costumbre de hacer preguntas si no había motivos para ello. Había comprado la granja del viejo Bill, que encontró su muerte en el establo al lado de su vaca. Aquella vez si hubo murmullos en las casas del pueblo, porque el herrero había encontrado al pobre desgraciado con los pantalones bajados y la cabeza reventada. La vaca rumiando plácidamente.

El tabernero.

─ ¡Yo no quiero problemas!

 Él. Desenfundando su revólver Shofiled de cachas nacaradas y depositándolo encima de la barra desgastada.

─ ¡Y mi amiguito tampoco, bastardo! Solo dígame si este “hombre” se encuentra en este jodido estercolero.

El tabernero volvió a llenarle el vaso de whisky. Malditos matones. Pensó. Mejor que desembuches. No quieres problemas. Soltó el trapo sucio y habló con la cabeza gacha. Vergüenza. Chivato. Quiero vivir.

─Al noroeste. Camino de Cameron. Encontrará una granja con un gran eucalipto cerca del establo. Invita la casa.

El pistolero abandonó la cantina. El sonido de las espuelas repiqueteaba sobre la tarima. Antes de que abriera la puerta oscilante el tabernero creyó ver unos rostros observando la escena, jamás vio unos ojos tan tristes. Cuando abrió la puerta de un manotazo habían desaparecido.

 

El camino hasta la cabaña fue solitario. Mientras cabalgaba con parsimonia por el camino polvoriento su mente divagaba.  Ya tenía guardado en un banco del Paso una gran cantidad de dinero. Dinero de sangre. Esos bastardos se lo merecían, mala calaña. Dinero de sangre. Escoria, ellos y su descendencia. Dinero de sangre. Con esos dólares me compraré unas hectáreas para criar ganado. Sangre.

Bajó por una cuesta pronunciada y la granja parecía aún más pequeña al lado del gigantesco árbol. Mientras avanzaba pudo divisar en un barbecho a un individuo con una yunta de mulas y un arado. Se detuvo un instante y sacó de una de las alforjas un catalejo, antes de avanzar le miró desde el cristal aumentado y se percató de que era él. Era su “hombre”. Vulgar ratero de mierda. Solo intentaba sobrevivir. Pues ahora pagará las consecuencias. Tú no eres mejor. ¡Cállate!

Se apeó de su montura y avanzó lo que le quedaba de trayecto a pie. Quería pillarle desprevenido. Cobarde. Hago mi trabajo. Trabajo de cobardes. Va resultar fácil… Se fue ocultando entre las paredes de la casa. Escuchó a unos niños en la distancia. De ellos depende salvar sus pequeños pellejos. Si se cruzan en su camino las balas silbaran.

Se apostó sobre el poste de una alambrada. El hombre le daba la espalda mientras se tomaba un descanso de la dura tarea. Le encantaban sus revólveres, apenas pesaban y eran precisos a larga distancia. Todavía recordaba como los consiguió. Rajándole la garganta mientras dormía a uno de los cuatreros más buscados por esos páramos. El desgraciado intentaba taponarse la fatal herida con las manos. Pero la sangre fluía a borbotones llevándose su vida. Momentos antes de que falleciera vio cómo se apropiaba de sus revólveres y él le dedicó una sonrisa cínica… Perfecto. Ahí, entre la cabeza y los omoplatos. Le atravesará el corazón. Su dedo en el gatillo. Tan rápido…

 En ese instante, justo frente a él, se le aparecieron de golpe, de la nada, aunque segundos antes se le habían erizado los vellos de la nuca, eran ellos. Flotaban sobre el polvo albarizo, todos apretujados, formando un cuadro espeluznante. A algunos los pudo reconocer porque no hacía mucho que los había asesinado, otros solo eran estigmas de recuerdos pasados. Mostraban sus rostros lánguidos, podridos, sus ropas harapientas, sus heridas fatales aún supurando sangre negra. Todos al unísono levantaron sus delgados brazos y le señalaron.

La puñalada le entró entre la nuca y los omoplatos y con una mirada estúpida vio como la punta del cuchillo le salía del pecho. Justo en el corazón. Tu oscuro corazón. Sabía que había sido un indio. Huelen a cabra, maldita gente, sucios salvajes. Un salvaje te ha matado. Creí que iba ser fácil… Te encontró el diablo…

 

 

Fin

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