Corrió con su brazo
derecho abrazando el bolso azul que llevaba pegado al pecho encima de su
chaqueta de jean. Se abrió paso en dirección opuesta a la gente que salía en
manada de la estación, saltó el molinete y, a gran velocidad, abordó el tren
que emprendía su marcha rumbo a Lanús. Su respiración agitada no lo dejaba
pensar, miraba hacia todos lados en búsqueda de testigos de su gran hazaña:
llevaba entre sus brazos nada más ni nada menos que cinco kilos de merca de
primera calidad que había robado de la propia casa de los hermanos Arroyo.
¿Quién podría sospechar del compañerito de colegio de la hermana menor de
ellos? No solo un compañero cualquiera, el más estudioso, el mejor promedio,
abanderado y hasta príncipe de la primavera. Todos en la escuela rumoreaban que
los Arroyo no habían podido tener esa cantidad de dinero vendiendo plantines de
tomates; el vivero no daba para tanto. Poseían la única casa del barrio que
tenía piscina y una cancha de tenis.
***
A pesar de los vaivenes del tren, Beni seguía colocando cuidadosamente
los alfileres de gancho que su mamá le había comprado. Los ordenaba con
minuciosidad formando la letra A de anarquía en la solapa izquierda de su
cárdigan negro. Su cabello azabache peinado en cresta brillaba como recién barnizado,
dando destellos azules y rojos que solo ella podía conseguir durante largas
sesiones de peinado. A su lado, un tanto adormilado y con la cabeza colgando
hacia atrás, estaba Cipriano. Su melena eléctrica y descontrolada revelaba su
carácter de mierda. Era como el demonio de Tazmania, pero con dos líneas de merca encima. Culpaba a sus
famosas migrañas por no dejarlo pensar, pero en definitiva le gustaba, ya que
siempre terminaba así: a los golpes y en el piso.
Juani, junto a la ventanilla, no dejaba de contestar mensajes; si había
algo que a él le sobraba era dinero, nunca le faltó nada, sin embargo existía
una cosa que le interesaba más: la experiencia, vivir la aventura, tener una
anécdota para alardear, algo que lo posicionara bien alto dentro de su círculo
de bravucones del rugby. Transgredir la ley, ser «uno más» y hacer negocios
con lo más bajo de la escala social podría ser una ganancia en sí misma… en
especial con sus seguidoras.
Allí estaban los cuatro, junto con el custodiado bolso azul, a punto de
realizar la transacción del año. «Cuatro estaciones, cruzar al baldío, entregar
el paquete, guardar el dinero, retomar el tren, volver a Lanús», se repetía una
y otra vez Martín como si fuera un mantra.
Días atrás Ana lo había llevado al cuarto de la biblioteca, donde el hermano mayor de los Arroyo guardaba su colección de libros de Stephen King. Quería impresionar a su amigo favorito y de paso encontrar una oportunidad para estar a solas con él.
—¡Flor, llegó la abuela, abrile, por favor! —Se escuchó la voz de su mamá desde la cocina.
—¡Voy! Vuelvo enseguida —dijo ella, fastidiada por la interrupción.
Miraba fascinado todos aquellos libros que él tenía solo en pdf, mientras calculaba mentalmente cuánto podría valer aquella colección completa. Al recorrer la habitación tropezó con un bolso azul de tres cierres, que estaba abierto; se veía un paquete amarillo en su interior, lo tomó con ambas manos y notó que un polvo blanco se desprendía de una de las esquinas del envoltorio. Sus ojos se abrieron como si estuviera frente a una revelación, una que le decía que ésta podría ser, al fin, su oportunidad. Los rumores entonces eran ciertos y en la casa de los Arroyo no se cocinaba precisamente pan.
Al llegar a la estación se apresuró a bajar, seguido de cerca por los demás. Cruzaron al baldío. Apenas divisó al grupo de rufianes, supo que el Pollo Juarez le pagaría una cantidad exorbitante por la mercancía que llevaba. Cuántas cosas se resolverían en su vida. Primero ayudaría a su vieja a pagar la hipoteca y le compraría una heladera nueva. Tendría la moto Harley con la que siempre había soñado para recorrer el sur del país, dejando de una vez el aciago conurbano.
El bolso rebosaba de billetes verdes, podía sentir el vaivén de los mismos en su interior; se sentía fuerte y poderoso caminando por la línea amarilla del andén como si desfilara por la pasarela ante los ojos brillantes del mundo. A empujones, comenzó a abrirse camino entre la gente que se amontonaba curiosa junto a las vías del vagón inmóvil. Advirtió entre el gentío una zapatilla sucia de tierra y sangre, un pedazo de jean, una moneda rodando y la mano arrancada de su propio cuerpo, que permanecía aferrada a la cinta del bolso azul. Comprendió entonces, con estupor y pálido horror, que nunca hubo billetes para la vieja ni para la Harley ni para el sur. Apenas había logrado llegar al andén, jamás pudo escapar de los Arroyo, solo se permitió seguir soñando unos instantes, un par de estaciones más, pero su muerte ya había arribado a destino minutos atrás.
Por Nadando en la oscuridad
Consigna: Deberás escribir un relato basándote en la sinopsis del siguiente libro:
La
ley de las balas
de Charlie Huston
Género: policíaca y acción.
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