martes, 18 de agosto de 2015

Fallo penal

(imagen de la película «Misery», basada en la novela homónima)


Seudónimo: Bruce Connor.
Autor: Robe Ferrer.


Cuando se despertó y se dio cuenta de que estaba atado de pies y manos a la cama se asustó. Al susto inicial le siguió el nerviosismo de encontrarse atado en el catre de una habitación que no conocía.
Miró en derredor y vio que la puerta estaba a sus pies, y junto a ella un antiguo mueble lleno de toallas y botellas con productos que parecían de tocador. También había un viejo sillón y una lamparita de mesa. Al lado contrario había una ventana por la que en aquel momento entraban unos débiles rayos de sol. Bajo aquella ventana había un escritorio y una silla junto a él.
—¡SOCORRO! —gritó—. ¿Alguien puede oírme?
—Dejá de gritar, boludo. Estoy aquí —respondió una voz a su espalda. Por más que intentó ver a la propietaria de aquella voz no lo consiguió. No podía girar tanto la cabeza y aquella persona quedaba fuera de su campo visual. La mujer caminó unos pasos hasta ponerse a la altura de sus pies, por la parte izquierda—. No te movás porque no vas a conseguir soltarte.
—¿Quién sos vos y por qué me tenés aquí atado? —Con el estado de nerviosismo que tenía, le habían entrado ganas de orinar y no sabía si podría contenerse.
—Estás aquí para pagar por tu error.
—¿Qué decís?, ¿qué he hecho yo? Mirá, no te conozco de nada. Creo que me confundís con otro.
—No te confundo con nadie, Higuaín. —La mujer dejó ver el mango de un gran mazo que hasta ese momento había estado ocultando. Lo asió con las dos manos y lo levantó por encima de su cabeza con la misma pose que un jugador de béisbol.

* * *

No sabía cómo había llegado hasta allí y tampoco sabía quién era aquella mujer. Y, ni por asomo, sabía qué era aquello por lo que tenía que pagar.
Lo último que recordaba era que estaba de vacaciones en su Argentina natal. La temporada de fútbol había finalizado y antes de incorporarse de nuevo a la rutina de su club, en otro país y hasta en otro hemisferio quería estar con los suyos. En el vecino Chile se había celebrado la Copa América. Al finalizar el evento regresó a su país.
El mes de julio tocaba a su fin y el invierno estaba siendo duro.
Aquella noche había salido con otros futbolistas, jugadores del equipo nacional, jugadores menos conocidos y con su hermano. Cenaron en un buen restaurante y después siguieron la celebración en una céntrica discoteca de la capital.
En los próximos días sería el cumpleaños del arquero internacional Mariano Andújar y este quería celebrarlo con varios compañeros y amigos. No faltaban Agüero, Di María, Lavezzi, ni siquiera Messi. La mayoría de ellos saldrían de Argentina al día siguiente para apurar sus vacaciones antes de unirse a sus equipos.
A pesar de haber perdido la Copa América ante el combinado chileno, todos habían visto con buenos ojos la reunión para olvidar aquel mal momento e incluso limar las asperezas que habían surgido entre algunos de los futbolistas tras la derrota.
A la cena acudieron casi todos los invitados acompañados de sus mujeres. Hubo risas y cánticos en el restaurante, que había sido reservado para la ocasión. Los camareros sirvieron platos de carne y ensaladas, escanciaron vino y agua en las copas de los invitados como si de la última cena se tratase. Finalmente, la tradicional torta de cumpleaños con sus respectivas velas hizo aparición en el comedor. Todos los presentes cantaron la canción de cumpleaños a su compañero y, poco después, dieron por finalizado el evento.
Muchos de los jugadores se retiraron a sus casas, pero hubo otros, como el homenajeado, los hermanos Higuaín, Di María o Tévez que decidieron continuar con la celebración en una discoteca del centro de la ciudad.
Las Quilmes entraban en el reservado en grandes cantidades. Después, Higuaín pidió un trago de whisky escocés.
Ese era el último recuerdo claro que tenía.

* * *

Ella los vio entrar en el local que regentaba su marido, pero apenas los conocía. Sabía que eran jugadores de fútbol pero no sabría identificarlos. Aquel deporte siempre le había parecido una boludez. Veintidós tipos corriendo como tarados tras una pelota. Goles, faltas, penales, saques de manos… Todo le sonaba a chino. No le había prestado atención a un jugador de fútbol desde El Matador Kempes. Eso sí que era un hombre: fuerte, galante, con esa melena leonina…
Había oído hablar de Messi, de un tal Agüero y, en los últimos días, no oía otro nombre que el de Higuaín. Su marido decía que tenían que echarlo del país, que le tenían que prohibir jugar al fútbol e incluso le había oído decir que le tenían que romper los pies por haber hecho infelices a tantos millones de argentinos.
—Ese, ese es. Concha su madre —escuchó decir entre dientes a su marido mientras señalaba al grupo de deportistas.
—¿Quién es ese? —quiso saber ella.
—El hijo de la gran puta de Higuaín. Ese fue el que falló el penal ante Chile. Llevale vos el trago, que si voy yo se lo meto por el orto.
Su marido siempre había cumplido todos sus deseos, así que ya era hora de que ella le concediera su deseo.
La mujer cogió la bandeja con la copa y algunas Quilmes y se las llevó a los futbolistas. Sin embargo, antes cogió unas píldoras tranquilizantes que le habían recetado meses antes y la vertió en el vaso de Higuaín. Dejó el servicio sobre la mesa y se retiró. Ya solo quedaba esperar a que el alcohol y las pastillas hicieran su trabajo.
—Mirá como se ríe el pelotudo —dijo con asco su marido cuando ella regresó a su lado.
—No te enojes. Voy a ir a recoger un poco y después me iré a casa.
—Marchá, marchá. Puedo recoger yo y los chicos me ayudarán a cerrar —le dijo el hombre.

* * *

Los jugadores abandonaron el local y pidieron taxis para regresar a sus casas. No era prudente manejar embriagados. Escondida tras los cubos de basura, aquella mujer lo oía todo. Todos salvo dos se habían retirado ya. Un nuevo taxi apareció. Los futbolistas lo detuvieron.
—Cogé vos este, yo caminaré un poco para despejarme —dijo uno de los dos hombres.
—Gracias, Higuaín —le dijo antes de despedirse con la mano.
Higuaín comenzó a caminar calle arriba. Cuando llevaba dos cuadras comenzó a marearse. Se sentía extraño. Había bebido demasiado para conducir, pero no tanto como para estar mareado.
Se apoyó contra una farola y se fue dejando caer hasta llegar al piso. Momentos después, la mujer lo recogió y lo introdujo en los asientos traseros de su carro. Había manejado lentamente detrás de él hasta que los tranquilizantes hicieron su trabajo. Se sentó tras el volante y salió de allí en dirección a su casa de campo.
Cuando hubo salido de la ciudad, detuvo el auto y entró en los asientos traseros. Ató los pies y las manos de Higuaín y volvió al asiento delantero. Al llegar, estacionó el coche frente a la entrada delantera. Sacó a su víctima y la introdujo en la casa a rastras. Pesaba mucho, pero ella era fuerte y corpulenta.
Tenía que actuar rápido, ya que los efectos de la droga debían estar acabándose. Lo llevó hasta la habitación de invitados y allí lo ató de pies y manos a la forja de la cama.

* * *

Agarró el mazo con las dos manos y lo levantó por encima de su cabeza como un jugador de béisbol.
—Ahora vas a pagar el daño que le has hecho a millones de argentinos —continuó la mujer.
—Pero… yo no… ¡¡¡¡¡¡AAAAAAHHHHHH!!!!!! ¡JODER, LA PUTA QUE TE PARIÓ!
La mujer había descargado un fuerte golpe sobre el pie izquierdo del jugador de fútbol. Se escuchó un fuerte ruido al romperse los huesos que articulaban el tobillo de Higuaín. Los tendones se alongaron hasta el máximo antes de romperse. El pie quedó inclinado hacia el interior en una posición antinatural. Los esfínteres se le relajaron y perdió todo control sobre ellos y se orinó encima. Mientras el hombre se retorcía de dolor y gritaba como un cochino en la matanza, ella rodeaba la cama. Llegó hasta el otro lado y se colocó junto al pie derecho. Levantó de nuevo el mazo.
—¡¡¡NO, NO, NO!!! ¡NO LO HAGÁS, POR FAVOR! —pedía el hombre que estaba postrado en la cama.
Sin embargo, sus ruegos no fueron escuchados. El mazo cayó nuevamente, esta vez sobre su pie derecho. El segundo grito del hombre fue mucho más desgarrador que el primero. El pie derecho hizo el mismo movimiento que el izquierdo y quedó en una posición similar.
—Ahora ya no podés jugar al fútbol de nuevo. Te lo merecés —le dijo la mujer.
—¡Ni siquiera podré volver a caminar, zorra de mierda!
La mujer levantó nuevamente el mazo con el objetivo de descargarlo sobre la rodilla del hombre. Sin embargo, no cumplió su objetivo. Su marido entró en la habitación en aquel instante y sujetó la herramienta antes de que su mujer la utilizara para lesionar a aquel hombre que gemía y se retorcía de dolor lo que sus ataduras le permitían.
—¡¿Pero te volviste tarada?! ¿Me podés explicar que pasa aquí? ¿Y quién es este hombre? —exigió saber el marido.
—¿Cómo que quién es? Es Higuaín, el que marró el penal ante Chile. Como vos deseaste, ya no podrá volver a pelotear nunca. He cumplido el sueño de muchos argentinos.
—¡Este tipo no es Higuaín! —exclamó señalando hacia el futbolista, que estaba comenzando a perder el conocimiento por el dolor.
—¿Cómo que no? Si escuché como otro de los jugadores lo llamaba.
—Ayuda… por favor, ayudame. Esta mujer me rompió los pies —se quejó el futbolista.
—¿Quién sos vos? —preguntó el hombre.
—Federico, me llamo Federico —dijo entre agonía.
La mujer se inclinó sobre la cama y agarró al hombre por las solapas y comenzó a zarandearlo.
—¿Y por qué aquel amigo tuyo te llamó Higuaín? —exigió saber.
—Por que así me llamo. Federico Fernando Higuaín.
El marido miraba de hito en hito a su mujer y al hombre que yacía tendido en la cama de invitados.
—¿Y fuisteis vos el que falló el penal de Chile? Contestá —. La mujer comenzaba a impacientarse.

—No. Fue mi hermano Gonzalo —respondió el hombre llorando. Un segundo después perdió el conocimiento.

ÉL

(imagen de la película «1408», basada en el relato homónimo)


Seudónimo: Queen of Darknes.
Autora: Soledad Fernández.


―¿Qué buscás? ¿Qué querés de mí?
―Tranquilízate… soy yo…
―¡No me digas lo que tengo que hacer! Sé quién sos ¿Qué querés?
―Nada… quizás salir… no sé.
―Andate. No te necesito. Ya no. Puedo solo…
―Está bien… si así lo deseás me voy.
―Sí. Así lo deseo.
 El silencio invade la habitación. Durante mucho tiempo Mariano no supo que era esa palabra: silencio. Era una utopía, un lugar inalcanzable en su universo de tinieblas. Por culpa de Él nunca pudo encontrar la paz ni la felicidad. Por Él su vida había estado plagada de desgracias. De soledad. Sobre todo de soledad. Una amarga y oscura. Pero ahora ya podría, solo. Ahora que lo había echado era su momento y no lo desperdiciaría pensando en Él. No. Ahora estaría mejor que nunca. Libertad.
 Mira por la ventana. Está abierta. La brisa nocturna mueve suavemente las cortinas baratas del lugar. Se asoma. Es un largo trayecto hasta el suelo. Minutos antes había considerado arrojarse, pero ya no. Ahora tiene una perspectiva diferente, un futuro. Luego de su decisión, de aquella sanguinaria decisión, sabe que estará bien. Respira hondo. La habitación está en el décimo piso y aún siente que el aire le duele al entrar porque segundos atrás había corrido escaleras arriba sin piedad, sin parar. Aterrorizado. Pero ahora está mejor. Se lo repite una y otra vez para convencerse. Está bien porque lo echó, lo expulsó.
 Mira otra vez. Es muy alto incluso para alguien como él. Para alguien que vivió toda su vida en la cornisa, en el borde de la insania. Saca una de sus manos intentando palpar la distancia. Es imposible, lo sabe. Pero lo intenta. Siente que el abismo lo succiona, que clama por él. Enseguida se aparta. Quiere sentirse a salvo. Ahora quizás pueda.  “No sos tan valiente como parecés”, escucha una voz ronca y su corazón se acelera por la adrenalina y el terror. Instintivamente busca algo con que defenderse y solo encuentra una lámpara vieja. Está encendida pero no le importa. La toma y se da vuelta para confrontar a su agresor. Pero se encuentra con la habitación vacía y en penumbras.
 Como siempre está solo. “Te dije que me dejaras solo…”, dice titubeante. Sabe que no es Él. Sabe que es alguien más, otra voz. Aunque no está del todo seguro. Nunca lo está. Quizás es otro ser que se suma a la interminable lista de personajes. De esos que quieren destruirlo. Uno de los tantos que Él deja entrar cuando la situación se pone tirante. Siempre fue así. Cuando todo se ponía mal Él traía refuerzos y alguno de los personajes llegaba y se instalaba para atormentarlo hasta que aflojase, hasta que volviese a acunarse en la voz de Él. Por eso sabe que una nueva voz nunca es algo bueno. Esa presencia, esa voz no es un alma gentil. Es un ente oscuro, perverso. Porque a fin de cuentas ¿qué otra cosa podrían ser? Y quieren dañarlo, lastimarlo.
 Una risa, una carcajada espantosa resuena entre las cuatro paredes. Por instinto se aleja de la ventana y sin soltar la lámpara camina hasta uno de los rincones. Está todo en penumbras, excepto por la lámpara. Su espalda choca con la pared. Entonces Mariano entiende que no hay a dónde ir, que no hay escapatoria. Al menos no una como cualquier ser humano esperaría encontrar. Mira su entorno, intenta calmarse. Ya conoce la situación por más terrible que sea. La conoce por haberla vivido más de una vez. Y aunque le cuesta ver con nitidez ese entorno, puede sentir. ¿Qué tipo de vida es esa? Una cruel, una dolorosa. Otra carcajada. El corazón de Mariano está desbocado por el terror. Ahora que lo piensa Él, su otra voz, era una presencia, algo que le deba cierto coraje.
 Pero ahora, se sentía desprotegido, abandonado. En algunos momentos de su vida de miserias, Él le hizo compañía. Incluso le dio consejos. “Esa mujer no es para vos, Mariano. Ella anduvo con todos los tipos de la ciudad. Es una arrastrada, una sucia mujer sin escrúpulos. No podés amar a un pedazo de carne como ella. Te merecés mucho más que esa prostituta barata. Por qué no la hacés tuya y después…”
 Así había comenzado su martirio. Al creer que Él era la buena compañía, alguien en quien confiar, le permitió un lugar en su mente. Y Él la carcomió como un gusano que pudre todo lo que toca. Y sí que destrozó su cabeza. Luego de la prostituta barata siguió Manuel. Aquel joven fue el único amigo de verdad de Mariano. Sin embargo jamás pudo ver ese hecho. La voz era celosa. Él le marcaba todo el tiempo que su amigo no era tal. Que algo buscaba, que todo era por interés. Y se dejó persuadir, porque a fin de cuentas, Él era el único que lo acompañaba siempre.
 Pero un día todo cambió. Una voz apareció y allí las cosas se complicaron. Hubo discusiones y altercados. Noches de furia y sueños trastornados. La voz en este caso era de mujer y Mariano se convenció de que se trataba de aquella prostituta. Que ella había llegado para vengarse de sus actos, de su muerte a manos de él. Ella estaba triste. Ella era depresiva y siempre quería morir. “¿Por qué la invitaste?”, gritaba Mariano en sus noches de insomnio. Pero Él no contestaba cuando ella aparecía. Y Ella era incansablemente destructiva, oscura. Con cada palabra le hacía sentir las tinieblas, la infelicidad.
 La vida se tornó agónica para Mariano y una noche quiso sacarse la voz definitivamente de su cabeza. Al principio no supo cómo pero luego de deliberar consigo mismo durante horas, una madrugada de tormenta tomó un picahielos y decidió terminar con sus malos compañeros. Sabía que, si lo hacía con cuidado, llegaría a esa porción mínima de su cerebro que guardaba la voz de Ella y tal vez, con suerte, la de Él. Lo sabía, aunque no quiso pensarlo demasiado. No fuera que Ella o Él apareciesen para arruinarlo todo. Esa noche se sentó en la cama con una botella de licor. Luego de varios sorbos a la botella, tomó el instrumento salvador y lo observó. Brillaba como su futuro, como la posibilidad de una vida en silencio, con voz propia. Introdujo el picahielos en su nariz y con un martillo pequeño comenzó a dar golpecitos certeros. Golpe tras golpe, centímetro tras centímetros, las voces se fueron acallando al son de la sangre derramada. Cuando llegó el momento de Ella, Mariano cayó inconsciente y despertó cuatro días después en un charco de su propia sangre.
 Feliz con su hazaña, salió del departamento y comenzó a recorrer la ciudad. Las luces eran diferentes, intensas y de colores jamás vistos. El silencio reinante era ahora su nuevo amigo. Y pasó el día caminando. Y las horas volaron hasta que la noche llegó. Entonces para su desgracia Él comenzó a hablarle, otra vez. “¿Te creíste que me matarías así de fácil?”. Y se rio de Mariano que desesperado comenzó a correr sin rumbo fijo, mientras que Él le gritaba lo inútil y despreciable que era. Ya no había palabras dulces, ni celos por los otros, ni consejos vanos. Ahora era agresivo. Y dolía en el alma y en la cabeza.
Luego de correr incesantemente durante casi toda la noche, Mariano se metió en un viejo hotel para resguardarse, pero ¿de qué? ¿De su propia conciencia? ¿De sus delirios? Ya nada tenía sentido. Ahora la desesperación era su consejera. Subió corriendo las escaleras. Con terror y ahogado llegó hasta el piso más alto y allí fue hasta la ventana abierta. Quería tirarse, terminar con todo. “¿Qué buscás? ¿Qué querés de mí?” Silencio. Una carcajada…
Mariano con la lámpara en su mano está a la expectativa de esta nueva voz. Por primera vez le teme. Tiene pánico de enloquecer en manos de la nueva presencia. ¿Es nueva? Sabe que está en su cabeza ¿lo está? Sin embargo, en el extremo opuesto de la habitación ve algo. Ese algo acecha, espera. Las gotas de sudor corren por la piel de Mariano, empapan su ropa. Piensa en cómo llegó hasta ese lugar. Piensa en el picahielos, en que todo se sentía demasiado bien. Se acuerda de estar tirado, agonizando. Su mano tiembla. La lámpara pesa una tonelada. ¿La tiene en la mano? Sabe que si la luz se va todo termina. Sabe que si titubea, los demonios lo harán suyo. Sabe…
Mariano se desvanece. La lámpara cae. Oscuridad. Alaridos.


Cohetes, fuegos, animales y más...

(imagen de la película «Desesperación», basada en la novela homónima)


Seudónimo: David Carver.
Autor: Diego Hernández Negrete.


   Esa mirada retadora y llena de odio se erguía a través de la helada estructura tubular llamada celda. Su madre componía una melodía de llanto en distintas tonalidades, sin atreverse a soltar el antebrazo de su pequeño malhechor hijo, mientras que el sheriff acorazaba el dolor que ardía en su rostro. Una mala jugada del niño le había hecho tres heridas en forma de látigo mientras fingía rendirse, cuando el sheriff se disponía a colocarle las esposas. Dien sacó rápidamente de su bolsillo una fina cuerda de cuero que azotó el rostro su captor. Así comenzó el infierno que apresuró a las autoridades el ocultamiento de la sociedad, de un ser lleno de maldad que rompía cualquier antecedente criminal jamás visto en Buenavelta.
   Tiempo atrás de la aprehensión del adolescente, el pueblo había sido testigo de atroces eventos que nadie había sido capaz de develar: animales torturados, mutilados e incinerados amanecían a diario sin encontrar a los responsables. Las corazonadas de las autoridades condujeron hacia una investigación exhaustiva para inculpar a un grupo de adolescentes que se perdía por las tardes detrás de la escuela pública. Lugar donde frecuentaban además: vagabundos y borrachos que dormían bajo algún árbol.

  Las primeras víctimas fueron gatos y perros, agotando la manera de matarlos. La imaginación de los jóvenes –que en lugar de sublimar sus oscuros deseos para ser buenos alumnos– la empleaban para diseñar nuevas maneras de divertirse con el sufrimiento de los pobres animales. Gatos ahogados, perros cubiertos de gasolina que morían mientras corrían desesperadamente, asustados por el dolor ardiente. Cuando acabaron con el sufrimiento animal, eligieron inmuebles abandonados para matar su tiempo. Una noche salieron con latas de aerosol, plasmando insultos en todas las casas del pueblo. Días después el juez de la ciudad los mandó llamar para que su declaración ya que alguien los había visto aquella noche. Ni el castigo de los padres fue suficiente para detener la psicología de las masas que lideraba uno de ellos, acrecentando el nivel de maldad tras cada hazaña.

   La única ocasión que se asustaron fue cuando incendiaron una casa abandonada, utilizando juegos pirotécnicos, la maldad no era su único pensamiento ya que con anterioridad habían estado jugando fútbol en la última calle del pueblo, era la más amplia y no tenía casas habitadas. Por un lado de la cuadra, estaba lleno de casas abandonadas hechas de adobe y por el frente se extendía un campo de hierba seca, así que pintaba para ser el lugar perfecto para evitar ser descubiertos. Hasta que se les voló el balón hacia el campo –mismo que se encontraba cercado– fue cuando sacaron los barrenos, cebollitas y chifladores. Dien lanzó uno sobre una casa sin puerta en la que la hierba llegaba hasta el techo. Comenzó la combustión elevando una nube de humo blanco que salía por los todos los agujeros de la construcción, las pupilas de todos los niños reflejaba la llama naranja que cada vez se iba extendiendo en todos los rincones de la entrada de la casa; ratones, conejos y lagartijas salían por todos lados, siguiendo su instinto de supervivencia y huyendo de los humanos que destruían sus hogares. Dien disfrutaba el incendio hasta que cayó en la cuenta de que sus seguidores corrían asustados hacia el lado más despoblado de la calle, decepcionado de perderse la función completa, los siguió sin prisas a pesar del sonido de la sirena que cada vez se hacía más fuerte. Giraron en la esquina y corrieron dos cuadras hasta que por milagro, se encontraron con un conocido que iba de salida del pueblo en una camioneta pick-up. Se subieron corriendo a la caja mientras el conductor abría la ventanilla de la cabina y les decía riendo: “¡Ahora que hicieron cabrones!”. Las caras de miedo empezaron a desaparecer cuanto más se alejaban del pueblo y veían cómo el humo se veía a lo lejos, dispersándose en dirección del viento al momento que ganaba altura.

  Después de la piromanía, vino el daño a propiedades ajenas. Estaban en la azotea de una casa sin padres; disparando con rifles de diábolos a un consultorio dental, estrellando la mayor cantidad posible de vidrios hasta que se aburrieron. Lo interesante llegó cuando el anfitrión encontró en el cuarto de su abuelo fallecido, cartuchos útiles calibre 7.62x39mm.
   Ataron el cuerpo de la bala a un palo de escoba y por el otro lado lo sujetaron al rifle por encima del cañón con cinchos de plástico dejando que el cartucho quedara en la parte inferior justo donde estaba el orificio de salida. Cambiaron su posición colocándose a la orilla de la casa contigua. Un perro bóxer ladraba desde el patio, dejaron que siguiera ladrando para asegurarse que la casa estuviera sola, por lo que minutos después, decidieron probar su nuevo invento. Una estrepitosa explosión vació el silencio de la casa hiriendo de muerte al perro, sin esperarse a ver lo siguiente, bajaron de la azotea al escuchar un grito humano. Se sentaron en la sala sin poder articular una palabra, temblando tras haber probado un nuevo escalón de su imparable violencia. Minutos después sonó el timbre de la casa y permanecieron en silencio hasta que una voz masculina amenazó: “Policía, ya sabemos que están dentro, así que más les vale salir”. La dueña del consultorio había llamado a la policía tras ver a los adolescentes en la casa, apuntando a sus ventanas con los rifles, por lo que la muerte del perro permanecía en incógnito.
   Los días consecutivos, permanecieron su maldad inactiva tras haber sido descubiertos por las autoridades y posteriormente por los padres, quienes tuvieron poca atención en cuanto a la gravedad y delicadeza de lo ocurrido. Dien sabía que en poco tiempo se habría pasado el enojo de sus víctimas y podrían seguir escalando su terror en el pueblo.
  
   Tan solo dejaron pasar los últimos días escolares para su regreso y como acto de reunión, se quedaron de ver a la orilla de la carretera, donde planeaban con bebidas alcohólicas nuevos caminos para saciar su temible ocio. Mientras reían y recordaban los buenos tiempos de iniciación donde arrojaban petardos sobre los sombreros de los ancianos de comunidades aledañas que se tomaban un descanso sobre el zócalo del pueblo, Dien comenzó a incendiar la hierba seca que inundaba los costados de la carretera, recorrió al menos diez metros sobre cada sentido hasta que el aire empezaba a extender la llama hacia toda la agrupación de naturaleza muerta. Llegó un momento en que parecía una carretera hacia el infierno. Fascinados por el fuego, celebraban el ritual que se acontecía, sin importarles un carajo los vehículos que pasaban zumbando a un carril de distancia, haciendo sonar su claxon al momento de rozar las crestas del fenómeno ámbar que se iba devorando todo a su paso. Cuando cada uno llegó a su casa apestando a humo, les fue tan sencillo explicar que habían tenido una carne asada, aunque con cierto dejo de inocencia les pareció conveniente omitir que dicha carne no fue precisamente consumible, dejando un panteón sembrado alrededor de cien metros. 

   Ya con antecedentes administrativos, ya que al ser menores de edad no eran considerados conforme a la ley. Las autoridades tenían en la mira al grupo de adolescentes que se habían ganado fama de malcriados. Nadie daba crédito a que las cosas empezaban a salirse de control y no se tomaban medidas correctivas para enderezar la situación. Así que debido al aburrimiento el grupo de los pirómanos sabía que venían cosas más interesantes. Para comenzar la calistenia, volvieron a la vieja escuela tomando gatos para llenarlos de alka-seltzer, les tapaban los orificios hasta que se inflaban y en ocasiones explotaban los ojos, amarraban a perros botellas con ácido muriático y bolas de aluminio haciendo una explosión canina. Ya encendido su frenesí asesino, dieron el siguiente paso. Compraron cigarros que contenían pólvora a la mitad del tabaco, buscaron al vagabundo que siempre estaba fumando y le regalaron un cigarro. El primero le explotó en la mano y con una simple sacudida de dolor, levantó la colilla floreada para continuar fumando el cigarro.        Decepcionados, volvieron a regalarle otro; aprovechando la adicción como su diversión, apenas daba la tercera calada cuando en una profunda fumada le explotó el cigarro en los labios, entre risas y lloriqueos, Dien y su manada corrieron al ver que alguien les gritaba furiosamente al observar el hecho. Escaparon sin mayor problema, pero el haber experimentado con humanos había asentado en su mente un lugar al que nunca habían llegado.
   Cierto día pagaban castigos atendiendo el negocio de uno de los chicos de la manada, se acercó un borracho pidiendo monedas para comprar un litro de mezcal. Sabían que era la perfecta oportunidad aunque estuvieran trabajando, así que sacaron un aerosol color negro del estante de pinturas. Rociaron las manos y cara hasta que el vagabundo, con sus extremidades pintadas de otro color se irritó. Explotó y tomó un mango para azadón y empezó a azotarlo tratando de golpearlos. Sin embargo su vista doble fue desventaja para la fácil movilidad de los pirómanos les permitía torearlo sin ningún problema. Ya cansado y resignado a ser burla de unos chiquillos, no le quedo más que reír de sus propias desgracias. Fue el momento oportuno para que Dien se acercara cautelosamente con un encendedor por detrás de la cabellera y prendiera la parte flotante del pelo que aterrizaba sobre la nuca. En cuestión de segundos, la melena comenzó a arder, el borracho inamovible, empezó a desternillarse sobando su cabeza y sin saber que estaba ocurriendo. Todo de salió de control cuando el borracho se tiró al suelo dando vueltas tratando de calmar el escozor.
   Las autoridades no adjudicaron el hecho tras haber encontrado al borracho en la vía pública sin cabello, simplemente tomando un descanso durante la resaca. Así que no fue motivo para desacelerar su instinto psicópata. Se sabía de antemano sin tener que presagiar, que el siguiente sería el peor de los casos.

   Encontraron a un niño de la calle que vendía chicles para realizar la última de sus hazañas. Lo guiaron por detrás de la escuela pública haciéndolo desnudar. Enseguida lo engañaron diciendo que jugarían al secuestro. Lo maniataron y cegaron con un pañuelo oscuro. La ansiedad que nunca había estado tan latente como en otras ocasiones, hicieron que Dien obligara al chico a ser golpeado hasta quedar inconsciente. Fue cuando la manada dejó de seguir los intereses de su líder al ver al niño indefenso, sin oponer fuerza y quedando tendido sobre la tierra. Todos se habían retirado del lugar cuando el Sheriff llegó sorprendido sin tener una persecución o una inculpación en flagrancia. Simplemente observó a Dien deleitándose de placer mientras veía el cuerpo inerte del niño. Lo tomó de la espalda con cinchos de plástico a falta de las esposas. El pueblo tenía parte de conocimiento de lo ocurrido, sin embargo las autoridades omitieron que tenían al responsable.
   Lo guió hasta la celda de la cárcel municipal en silencio. Su madre luchaba defendiendo a su pobre e inocente hijo, sin embargo las acciones delatoras que segundos después, desencadenaron una serie de agresiones que su madre le era imposible negar, condenaron de muerte a su hijo.    Simplemente se desplomó de un infarto, facilitando la resolución de los crueles hechos que atormentaron a Buenavelta. El Sheriff sacó de la celda al joven, tirándolo de cuello, decidido a terminar con su tortuosa vida al ver sufrir a un entero pueblo. Reunió al equipo más inhumano que pudo reunir para practicarle todo método de tortura jamás visto. Iniciaron llenándole ojos y boca de cemento; recibió azotes, cortes, electricidad, sumersión… en fin, ningún tormento podría reparar el daño causado a todo el pueblo.  Dien terminó tirado a un costado de la carretera del infierno, su rostro estaba desfigurado, no tenía dientes ni pulpejos en las manos que pudieran facilitar su identidad.

   A la mañana siguiente, el día se encontraba despejado, libre de nubes grises que obstaculizaran el amanecer. No habría en todo el día animales muertos, niños maltratados ni borrachos heridos. Simplemente una nota de día a día donde reclamaba una respuesta inmediata de la comisión de los derechos humanos que exigía a gritos una respuesta al cruel hecho descubierto esa mañana. La nota rezaba:

   DEBIDO A LOS NUEVOS BROTES DE VIOLENCIA QUE SURGEN EN EL PAIS, SE DECLARA UN ESTADO DE EMERGENCIA PARA RESOLVER LAS VIOLENTAS ATROCIDADES QUE HAN INUNDADO DE TERROR AL PUEBLO DE BUENAVELTA.

ESTA MAÑANA SE ENCONTRO  A UN POBRE E INOCENTE NIÑO DE APENAS 11 AÑOS DE EDAD, MANIATADO Y MUTILADO POR EL CRIMEN ORGANIZADO.

LAS DROGAS, EL DINERO Y LA CORRUPCION SE HAN HECHO PRESENTES EN NUESTRO PUEBLO, OBLIGANDO A LA JUVENTUD DEL FUTURO,  INVOLUCRARSE INJUSTAMENTE PARA UNIRSE A LAS FILAS DEL NARCOTRAFICO. SE PIDE EN CALIDAD DE URGENCIA A LA SOCIEDAD, ACTUAR EN CONJUNTO PARA RESOLVER ESTOS TERRIBLES HECHOS QUE HAN TOMADO CONTROL SOBRE LA SOBERANÍA DE NUESTRO PUEBLO.

ATENTAMENTE: LA UNION DE LOS PADRES DE FAMILIA DE BUENAVELTA. ¡NO MAS MUERTES VIOLENTAS!