martes, 18 de agosto de 2015

Lazos de amistad

(imagen de la película «Christine», basada en la novela homónima)


Seudónimo: Victor Hugo.
Autor: Gean Rossi.

1

Stuart Coleman caminaba junto a su mejor amigo Glen Báez como todos los días luego de una larga jornada de trabajo mal remunerado.  Sus pasos cansinos tendían a desviarse de cuando en cuando al montarral que delimitaba la carretera, y luego otra vez sobre el pavimento; era ya una acción de ocio que se había convertido en rutina. La carretera se hallaba apenas iluminada por el ligero resplandor de una luna menguante que luchaba por hacerse notar entre el cielo nublado que se extendía sobre ellos. Era una noche oscura. 
            En un país en crisis, un par de bachilleres graduados hacía ya cinco años, nunca comprometidos por una carrera universitaria lo más que podían hacer era limpiar tanques de agua para ganarse la vida.
            —Bueno, no nos fue tan mal hoy —comentó Glen—, cuarenta pavos en un día. Creo que la subida de sueldos mejorará nuestras vidas, ¡ya verás!
            —¿Me estás jodiendo? —Stuart sentía pena de las cosas que salían de la boca de su mejor amigo desde toda la vida. Ya estaba acostumbrado a sus comentarios—, seguiremos siendo pobres sabes.
            —Ah, tienes razón —dijo con la cabeza gacha mirando sus pasos en la oscuridad. Unos segundos después, ambos rompieron a carcajadas.
            No faltaría mucho para llegar a casa. Stuart estaba seguro de que en lo que pisara su habitación caería muerto sobre la cama; Glen seguiría sus pasos. Éste último había perdido la cuenta de cuanto llevaba viviendo en casa de Stuart —casa que había heredado tras la muerte de su padre—.
Glen por su parte, nunca había sabido nada de su madre, y aseguraba que su padre había muerto hacía ya bastante; Stu nunca lo llegó a conocer.
            La carretera se iluminó de pronto por una súbita y radiante luz amarilla. Eran los faros de un vehículo que venía a lo lejos. La intensidad de la luz con el contraste de la oscuridad no permitía determinar qué carro era.
            Ambos se detuvieron a ver el vehículo como quien hace autostop mientras las luces se hacían cada vez más grandes. Pasó a gran velocidad levantando el polvo del pavimento. Stu propuso que era un Plymouth Fury, pero Glen le contradijo como siempre, decretando que parecía más un Buick.
            Pasados no más de tres segundos que el coche pasó junto a ellos, éste viró súbitamente hacia la derecha, al montarral, desprendiéndose de la vía para empezar a volcarse como trompo a través de los árboles.

2

—Gracias por salvarme —decía el conductor del auto, cubierto de vendas desde la camilla del hospital—, qué hubiese sido de mi si no fuera por ustedes.
            Stuart y Glen llevaban ya al menos tres horas en el hospital. Al momento del accidente habían corrido hacia el auto,  el hombre que conducía estaba inconsciente cuando lo encontraron. Ambos se dijeron que el tipo había salido con suerte pues no parecía tener grandes heridas. El auto había caído parte del barranco abajo, siendo frenado por dos pinos. No había llegado muy lejos por lo que pudieron alcanzar rápidamente el lugar del accidente. Y en lo que fueron veinte minutos de adrenalina, lograron sacar el hombre del auto, llamar a una ambulancia —Glen nunca cargaba encima su teléfono pero por alguna razón ese día lo llevaba con él— y llegar por fin al hospital.
            —No fue nada señor…
            —Llámame Mario —completó el hombre.
            —No fue nada señor Mario —continuó Stuart—. Soy de los que cree fielmente que todo pasa por algo, y Dios nos puso allí para salvarle.
            —¡Así es!, No encuentro palabras para demostrar lo agradecido que me encuentro. Prometo recompensarlo.
            Al oír aquellas palabras, Stu se visualizó en una bañera de oro revolcándose en dinero. Aquel hombre parecía millonario, pero lo más probable es que estuviera fantaseando de más.
            —Tranquilo, no hay necesidad de ir más allá —comentó Glen—, lo hicimos por neto gesto de humanidad.
            —Así es —inquirió Stu dándole un discreto puntapié en ademán de “¿qué coño dices?”—. No fue nada, nos conformamos con saber que usted se encuentra a salvo.
            Pasaron quince minutos más acompañando al hombre en la habitación antes de que la enfermera los corriera y decidieran encaminarse por fin a casa.

3

                Al día siguiente, una grúa dejó un Plymonth Fury del 58 frente a su casa. Ya la grúa se había ido para cuando despertaron.
            —¿Qué hace esto aquí? —preguntó Stu mientras miraba el auto por todas sus perspectivas.
            Estaba abollado en cada rincón por el que mirara. Había perdido una rueda, parte del parachoques se hallaba desprendido. El capó y todos los vidrios habían pasado a otra vida, quién sabe en qué parte del monte habrían ido a parar.
            —Hey, pilla esto — Glen le tendió un papel que encontró cerca de la puerta.
Mis salvadores, no tengo mucho para dar actualmente, por eso quiero dejarles el auto como forma de agradecimiento, es lo más que puedo hacer. Sé perfectamente las condiciones en las que quedó, quizá no se le pueda hacer mucho o quizá sí, quién sabe. Peor es no intentarlo.
            Nuevamente muchas gracias. Sumamente agradecido firma: Mario B.
            PD: Solía llamarlo Christine.

4

            Revisaron el Plymonth Fury por todas partes. Intentaron reconstruirlo lo mejor posible en un vago intento por hacerlo funcionar otra vez. No hubo manera. Había demasiadas piezas dañadas y no contaban con el dinero para comprar los repuestos necesarios.
            —Así que prácticamente nos llenamos de chatarra —comentó Stu molesto, atinando una patada en un costado de la carrocería.
            —Eso parece. No creo siquiera que alguien quiera comprarlo —añadió Glen desesperanzado.
            Los asientos estaban rasguñados y rotos en varias partes resultado del accidente, pero aquel día —casi una semana luego de que ocurrieran todos los hechos—, Glen divisó algo en el largo asiento trasero que le llamó la atención, porque se diferenciaba de los rasguños y cortadas que presentaba la gamuza roja. Era una especie de recuadro perfectamente cortado. Glen introdujo los dedos por el margen del cuadro, y ejerciendo algo de fuerza lo retiró como una pieza de rompecabezas.
            Enterrado entre la gomaespuma había una caja.

5

            Los asiáticos en sus trajes negros, miraban fijamente la esmeralda que había posado Stuart sobre la humilde mesa de comedor de su casa. Uno de ellos —que parecía ser el líder de la pandilla—, se acercó a la piedra que a poco cabría en la palma de una mano por su gran tamaño. La miraba fijamente, deteniéndose en cada detalle. Glen sudaba, en cambio Stu hacía todo lo posible por mantenerse sereno y seguro frente a aquellos traficantes de minerales y piedras preciosas. Todo el proceso debía ser confidencial, o al menos así les habían explicado.
            Tras lo que parecieron eternos minutos de tensión. El líder del grupo anunció algo en un idioma totalmente desconocido para ellos. Un corpulento hombre que estaba detrás de él le acercó un maletín, que luego colocó sobre la mesa junto a la caja que contenía la esmeralda que habían encontrado en el Plymonth Fury.
            —¿Trato? —preguntó abriendo la maleta que rebosaba billetes verdes amontonados en lotes. Habría al menos un millón de dólares.
            —Trato —sentenció Stu, sus ojos estaban a punto de salir de sus cuencas y su boca cerca de babear.
            —Somos millonarios —le dijo Glen a su amigo luego de que la pandilla se hubiera retirado en sus grandes camionetas blindadas.
            Tras contar el dinero, descubrieron que en realidad había tres millones de dólares.

6

            Había pasado algo más de una semana. Stu dormía apaciblemente cuando un fuerte golpe en la cabeza le despertó dejándolo levemente aturdido.
            Al abrir los ojos se encontró con el oscuro agujero del cañón de un Magnum 357 frente a él. Vio que tenía la gran piedra verde junto a él entre sábanas, por lo que pudo deducir qué fue el golpe.
            —Nos has estafado, —le comunicó el líder de la pandilla. Eran al menos diez hombres que se distribuían en la habitación, todos cargaban grandes armas—. La esmeralda era falsa. Exijo el dinero devuelta.
            —No pu-puede s-ser —apenas pudo decir Stu—. De verdad que no tenía ni idea. Encontramos la piedra y-y pa-parecía genuina lo juro.
            —No me importa. Exijo mi dinero de inmediato.
            —Está bi-bien lo buscaré.
            Stu se levantó lentamente de la cama, temblaba de pies a cabeza y apenas pudo mantenerse sobre sí. Se dirigió al closet, donde habían guardado el maletín con el dinero. Hasta el momento habían usado el dinero solo para reparar el Playmonth Fury como forma de agradecimiento al auto por haberlos proveído de aquella cantidad de dinero. En aquel momento Stuart no se sentía tan agradecido con el auto.
            La maleta no estaba.
            —No está —comentó sudando—, seguramente Glen la habrá cambiado de sit…
            Lo golpeó con el arma en la frente interrumpiendo sus palabras.
            —En esta casa no hay nadie más, ya la revisamos completa —dictaminó el líder de la pandilla.
            —No puede ser… —susurró Stu para sí.
            Se hizo una fugaz idea de lo que había ocurrido allí.
            —Si no nos pagas el dinero, de alguna manera saldarás la deuda. —concluyó el asiático, quitando el seguro de la Magnum.

7

            A casi trescientos kilómetros de allí, un Playmonth Fury 58 rodaba libremente por la Autopista Regional del Este.
            —Ya debemos estar cerca de llegar a la frontera —comentó Glen a su padre que iba en el asiento del pasajero.
            —¡Lo logramos! —exclamó Mario Báez levantándose del asiento por la emoción de todo aquello. Esto le causó una punzada en la espalda, no se había recuperado del todo tras el accidente.
            —Tenía miedo de que pudieras matarte. Te lo tomaste muy en serio, a poco pudimos recuperar a Christine otra vez.
            —Lo siento, quería que pareciera real. Creo que me excedí un poco. —rió, su hijo no compartió la risa.
            —Lo mejor fue cuando los chinos esos aceptaron la piedra esa, más falsa que billete de tres —Glen soltó una risotada que retumbó en el interior del auto—. De verdad no entiendo cómo lograste hacer que pareciera tan real, tenías que haber visto sus caras.
            —Tengo mis contactos, hijo. Confórmate con saber eso.
            La vía se extendía llena de oportunidades frente a ellos. Cargaban una maleta con tres millones de dólares dispersos en un bolso lleno de ropa, un auto como nuevo y el precio de una traición que recaería en sus pensamientos y sueños por el resto de su vida. Las cosas no les podrían haber salido mejor, se dijo Glen. El mismo pensamiento no lo compartía Stuart, su amigo de toda la vida.

8

            Trescientos kilómetros atrás, un arma detonó tres veces en una pequeña casa de madera, dejando un cuerpo inerte sobre el suelo de la habitación.
            Nunca encontraron culpables.


La mitad nos cura

(imagen de la película «La mitad oscura», basada en la novela homónima)


Seudónimo: Mr. GoodLife.
Autor: Sergio Bonavida Ponce.


—Celíacos, Celíacos —chilla enervado Thad Beaumont. Hoy es un día en que su sarpullido ataca con especial virulencia su rostro, en momentos como estos el pobre George sólo puede escuchar la creciente conversión de palabras mal humoradas a palabras irascibles en cuestión de segundos—. Maldito estúpido, ¿Qué entiendes cuando te digo compra un par de «Niños celíacos»? ¿Tan difícil te es entender que el GLUTEN me pone así? El GLUTEN mata. MATA.
George Stark baja la cabeza en dirección al suelo. La perorata de Thad, su «mitad», es insoportable. En momentos como estos, se arrepiente que cincuenta años atrás, los «monstruos» hubieran ganado la guerra de los 666 días. También se arrepiente de haber escogido a Thad como su «mitad». De no haber sucedido nada de eso, el seguiría escondiéndose en bosques oscuros, sótanos húmedos y castillos abandonados; cincuenta años atrás los humanos dominaban el planeta y él era libre. «Menuda mierda».
—Cariño... —susurra el cabizbajo George.
—Ahora no me vengas con «cariño». Esta noche vienen a cenar Mr. Goodlife y su esposa, ya sabes, el prelado de la congregación que nos abrirá un mundo de posibilidades con la adquisición de esas hectáreas que contienen algún que otro viejo cementerio de mascotas. Pero claro, a ti se te ocurrió la fabulosa compra de dos niños repletitos de gluten. El plato estrella de la noche estropeado con esa especia abominable. Mr. Goodlife es intolerante al gluten igual que yo. ¿En qué pensabas George, pedazo de humano descerebrado?
Si algo no soporta George Stark son los insultos, y «humano descerebrado» es más de lo que puede soportar.
Esto es inadmisible, no estoy dispuesto... —Comienza a levantar la voz el entusiasta George. Pero su fervor es tan elevado que por eso no ve venir el golpe. La mano abierta de Thad se incrusta en su mejilla derecha, el golpe resuena seco en la estancia. El tambaleante George aún mira incrédulo en dirección a Thad, su mejilla ensangrentada por el duro correctivo es un testimonio silencioso del fiero carácter de Thad Beaumont.
Thad siempre fue un monstruo excelente, aplicado, cruel, un monstruo de carácter; no en vano asesinó en octavo curso a toda su graduación, y dos años más tarde a su madre adoptiva. Esto le hizo recibir una mención especial de la prestigiosa universidad de los «Osos Negros» y una beca para «Monstruología Aplicada». A partir de ese momento su carrera fue en ascenso.
—George Stark —rebufa Thad Beaumont con contenida ira—, agarra el auto, mete a estas asquerosas «crías humanas» repletas de gluten y condúceme a «Monster Market». Ahora mismo.
George surge presto del comedor, al pasar por el recibidor recoge las llaves del auto que reposan encima del mueble de madera victoriana. Su mano acaricia con delicadeza su maltratado rostro, aún le duele. En el garaje abre el enorme portón de madera, en el interior un flamante «Buick», un antiguo coche muy prestigioso en la zona de Maine, reposa tranquilo. Posiblemente solo queden ocho en todo el condado. Thad insistió en comprarlo hace años, «una excentricidad», insistió George, pero como siempre, Thad se salió con la suya, pidieron un préstamo al Malvado Banco de huesos y pagaron el endemoniado coche.

George introduce las llaves en el contacto, el encendido es brusco, el motor ruge enfurecido, pese al estruendoso sonido, el «Buick» no quiere arrancar.
—Vamos, vamos pequeñín. Hoy Thad no está de humor.
Como por «arte de ciencia» el motor del «Buick» lanza un último furioso rugido, después de eso el ruido del motor es apenas imperceptible, como el suave ronroneo de un gatito. George agarra el volante, es un coche muy viejo, las marchas son manuales, pone primera, las ruedas se mueven y dirige el auto enfrente de la antigua casa victoriana.
—Bien George —el ahora más calmado Thad sube al interior del vehículo con su habitual aplomo—. Perdona cariño, antes me he excedido, pero ya sabes lo mucho que me altera el gluten. Ahora conduce tranquilamente a «Monster Market» y cambiemos a estos dos «niños» por dos «niños celíacos». Seguro que al buen señor Gaunt no le importará tu error.
George se muerde la lengua. El gerente Leland Gaunt no es un monstruo de su especial agrado, aun así introduce primera marcha y arranca en dirección a «Market Monster» sin replicar; si no fuera por la delicada situación en la que se encuentra, disfrutaría de las vistas de Maine, en esta época estival el olor de los cadáveres en el asfalto es maravilloso, muchos llevan años ahí tirados, por desgracia el agradable olor está desapareciendo. Hace tiempo que no se ven humanos en libertad por la zona, muchos de ellos huyeron al norte. George cambia de marcha, el motor del «Buick» ruge alegre, «Es tan maravilloso escuchar el crujido de huesos», piensa George, eludiendo así sus problemas con Thad. A lo lejos contempla el bosque en llamas, el olor a pino quemado le recuerda tanto a su niñez. El «Buick» sale de la carretera y gira en la primera intersección del cruce de la avenida Madison. Hoy, la población de «Desesperación», esta exasperantemente tranquila. La avenida se encuentra desierta. La tienda del señor Gaunt, la conocida cadena «Monster Market» se divisa al final de la calle, la fruta expuesta al sol es devorada por miles de gusanos, estos son blancos y gordos como judías. La pareja detiene el «Buick» justo delante del establecimiento, un gato negro maúlla funestamente desde un tejado. Thad desciende del vehículo y se adentra en «Monster Market», George le sigue de cerca acarreando el pesado bulto que suponen los dos niños maniatados.
—¿Señor Gaunt? —Thad reclama en voz alta la atención del buen anciano monstruo encargado de la regencia de esa franquicia. En el fondo del establecimiento, una puerta se abre, y un afanoso señor Gaunt con las manos repletas de sangre surge de la trastienda.
—Perdone Mr. Thad, estaba descuartizando a un gordo espécimen, un senador muy jugoso y grasiento, pero chillaba como un humano y no escuchaba nada. ¿En qué puedo ayudarles?¿Hay algún problema con la mercancía? —El señor Gaunt mira en dirección a los dos niños atados y amordazados—. Les aseguro que son de una calidad exquisita, los cazó mi nuevo ayudante Richard Bachman, un monstruillo realmente adorable aunque torpe. Pero perdonen mis divagaciones, ¿tienen alguna queja de la mercancía? Si fuera así Richard me va a escuchar.
Thad niega con la cabeza.
—La mercancía es perfecta mi querido señor Gaunt, pero resulta que el torpe de George olvidó decirle que necesitábamos dos especímenes celíacos.
—¡Oh! —Masculla un pensativo señor Gaunt rascándose la calvicie—. Está claro. —Pero justo en ese momento las palabras del señor Gaunt enmudecen de golpe, sus ojos repletos de nervios rojos observan incrédulos en dirección a la puerta de entrada del comercio, detrás de la pareja formada por Thad y George—. ¿Qué demonios? Una «CAZADORA».
Thad y George no tienen tiempo apenas de girarse, su instinto de supervivencia ha sido drenado por años de placeres hedonistas. Apenas ven a la Humana situada a la entrada del respetable comercio. Tiene una melena negra enroscada en zigzag, viste tejanos y un jersey oscuro con las iniciales NY, encima una chaqueta negra. En la cintura porta un cinto de balas, crucifijos y un par de granadas, sus manos sujetan una escopeta recortada de dos cañones, esta apunta en la dirección de la cara del buen señor Gaunt, que mira incrédulo.
Un balazo ensordecedor pasa entre medio de Thad y George, por suerte para ellos dos, las balas son perforadoras y no explosivas, con lo que no hay metralla. El señor Gaunt no posee tanta suerte, la primera bala le perfora el cráneo y lo revienta, la segunda bala, ya sin nada en que detenerse, se incrusta al fondo del establecimiento abriendo una perforación considerable en la puerta de la trastienda.
—Zorra —grita Thad. George se fija en los colmillos y uñas de su «mitad», estas comienzan a crecer. Pero eso es un proceso que requiere algo de tiempo, y tiempo es justamente algo que George sabe que no tienen. Sin darse la vuelta George comienza a correr en dirección a la trastienda.
—Hijos —chilla la Humana mientras avanza lentamente. Sus botas de cuero resuenan con eco sordo en el establecimiento—. Mamá está aquí.
En los dos segundos en que tarda en decir la frase, ya ha vuelto a cargar el arma, el brusco movimiento vertical es tan veloz que nadie diría que es posible recargar tan rápido una escopeta. Y sin vacilación apunta la escopeta en dirección a Thad, en esta ocasión sólo sostiene el arma con su mano derecha, pues esta tan cerca de su objetivo que no requiere de precisión alguna, mientras, su inquieta mano izquierda busca algo situado a su espalda.
—Corre Thad. —Es lo único que consigue articular George antes de escuchar la siguiente deflagración. Las balas impactan en algún lugar de su «mitad», y el pesado cuerpo de Thad Beaumont describe un arco hacia atrás antes de caer de espaldas en el suelo, la sangre de Thad salpica a George Stark. «No está muerto», piensa George, «si no, yo también lo estaría».
La Humana se sitúa en torno a sus hijos, su rostro no deja de mirar en ningún momento en dirección a la trastienda, el cuerpo de Thad a escasos metros sería un blanco fácil, sin embargo ella no avanza, no ha venido a cazar, sólo quiere a sus hijos. George se percata de este detalle observando escondido toda la escena detrás de un frigorífico. En el pasado, estos fríos aparatos siempre le sacaban de más de un problema, el lugar perfecto para esconderse. La Humana con su rodilla izquierda hincada en el suelo y sin dejar de apartar la mirada de la trastienda, acerca su mano izquierda a las cuerdas, en su mano izquierda un cuchillo, es grande, doble filo, el típico utilizado por los montañero, y con él comienza a cortar diestramente las ataduras de manos y tobillos en sus retoños, a la par, su brazo derecho recarga con frenesí vertical su escopeta recortada.
—A la furgoneta. Rápido. —Los pequeños humanos no se lo piensan dos veces. Salen corriendo de «Monster Market» en dirección a la calle. George observa una furgoneta blanca situada a escasos metros del «Buick». La humana recupera su posición erguida, sitúa su cuchillo a la espalda, y retrocede sin dar la espalda a la trastienda. «Eso es. Huid", se alegra un aliviado George.
En ese momento, un monstruillo surge de la trastienda, su pelo cano cae por detrás de sus orejas, las gafas redondas poseen un único cristal en la montura, y su estúpida sonrisa simiesca no presagia nada bueno. «Ese debe ser Richard Bachman. Maldito estúpido. Ya se iban», piensa George parapetado detrás de su frío escondite.
La masa informe de Richard Bachman avanza velozmente en dirección a la Humana, un chillido estridente acompañado de un ruido borboteante. La Humana sonríe divertida. Richard avanza rápidamente desde el fondo de la trastienda situado a once metros de la calle, nueve metros, ocho metros, siete metros... sus uñas rasgan el aire, su pelo cano se eriza en su cabeza, seis metros, cinco metros, cuatro metros... Richard sonríe bobaliconamente, esta tan cerca de la Humana, le concederán un premio, tal vez una beca, está tan cerca... dos metros, un metro... Y otra deflagración resuena en «Monster Market», el disparo es tan cercano que toda la cabeza del estúpido Richard se volatiliza al instante, también parte del torso, el resto de su cuerpo se desparrama por toda la entrada.
La Humana recarga bruscamente con su ya típico movimiento vertical la escopeta recortada. Nunca está de más ser precavidos, la confianza ha matado a muchos tontos. Sus hijos la esperan en la furgoneta, uno de ellos conduce, ella sigue retrocediendo sin dejar de apartar sus ojos del final de la trastienda, y no es hasta el momento en que su espalda toca la superficie de la furgoneta que gira y se introduce en el lado del copiloto.
—Arranca. —Es la última palabra que escucha el bueno de George de labios de la Humana. La furgoneta blanca arranca con un agudo chirriar de ruedas y se aleja velozmente por la avenida Madison, cuando llega a la intersección gira y se pierde en la lejanía. George recupera la compostura y se dirige corriendo en dirección a Thad. El cuerpo de éste se encuentra de medio lado en el suelo. Con cuidado lo voltea. La bala ha arrancado parte de su hombro izquierdo, un hilo de sangre negruzca rezuma por la herida.
—Cariño, mi «mitad» —susurra el maltrecho Thad Beaumont en el suelo—. Cúrame. —No puede evitar un acceso de tos, y de su garganta un borbotón de sangre le mancha todo el torso—. Si muero, tú mueres.
Las últimas palabras parecen una «Maldición» en boca del viejo Thad, este parece leer en la mente de George como si de un libro abierto se tratara. No por algo, hace años, cuando el acta «It» exigía por precaución la unión de monstruos por parejas, que Thad Beaumont escogió a George Stark, pues aunque apenas poseía apariencia monstruosa, y otros congéneres parecían una opción más apetecible como futuros consortes, el poder curativo de George era algo sutilmente muy útil. Vital.
La mirada de George se relaja, en el fondo nunca ha soportado ver a Thad así.
—Repite conmigo —conmina George. En ese momento acerca sus manos a las manos de su «mitad». Las manos de Thad buscan ávidamente esas otras manos, finalmente se entrelazan, la mano derecha con la mano izquierda, y la mano izquierda con la mano derecha.
—La «mitad» nos cura —reza solemne George cerrando los ojos sin dejar de apretar las manos de Thad.
—La «mitad» nos cura —repite al unísono el ya «no» moribundo Thad, mientras, su cuerpo renace con renovadas energías y su rostro anuncia una sonrisa malvada.


Fallo penal

(imagen de la película «Misery», basada en la novela homónima)


Seudónimo: Bruce Connor.
Autor: Robe Ferrer.


Cuando se despertó y se dio cuenta de que estaba atado de pies y manos a la cama se asustó. Al susto inicial le siguió el nerviosismo de encontrarse atado en el catre de una habitación que no conocía.
Miró en derredor y vio que la puerta estaba a sus pies, y junto a ella un antiguo mueble lleno de toallas y botellas con productos que parecían de tocador. También había un viejo sillón y una lamparita de mesa. Al lado contrario había una ventana por la que en aquel momento entraban unos débiles rayos de sol. Bajo aquella ventana había un escritorio y una silla junto a él.
—¡SOCORRO! —gritó—. ¿Alguien puede oírme?
—Dejá de gritar, boludo. Estoy aquí —respondió una voz a su espalda. Por más que intentó ver a la propietaria de aquella voz no lo consiguió. No podía girar tanto la cabeza y aquella persona quedaba fuera de su campo visual. La mujer caminó unos pasos hasta ponerse a la altura de sus pies, por la parte izquierda—. No te movás porque no vas a conseguir soltarte.
—¿Quién sos vos y por qué me tenés aquí atado? —Con el estado de nerviosismo que tenía, le habían entrado ganas de orinar y no sabía si podría contenerse.
—Estás aquí para pagar por tu error.
—¿Qué decís?, ¿qué he hecho yo? Mirá, no te conozco de nada. Creo que me confundís con otro.
—No te confundo con nadie, Higuaín. —La mujer dejó ver el mango de un gran mazo que hasta ese momento había estado ocultando. Lo asió con las dos manos y lo levantó por encima de su cabeza con la misma pose que un jugador de béisbol.

* * *

No sabía cómo había llegado hasta allí y tampoco sabía quién era aquella mujer. Y, ni por asomo, sabía qué era aquello por lo que tenía que pagar.
Lo último que recordaba era que estaba de vacaciones en su Argentina natal. La temporada de fútbol había finalizado y antes de incorporarse de nuevo a la rutina de su club, en otro país y hasta en otro hemisferio quería estar con los suyos. En el vecino Chile se había celebrado la Copa América. Al finalizar el evento regresó a su país.
El mes de julio tocaba a su fin y el invierno estaba siendo duro.
Aquella noche había salido con otros futbolistas, jugadores del equipo nacional, jugadores menos conocidos y con su hermano. Cenaron en un buen restaurante y después siguieron la celebración en una céntrica discoteca de la capital.
En los próximos días sería el cumpleaños del arquero internacional Mariano Andújar y este quería celebrarlo con varios compañeros y amigos. No faltaban Agüero, Di María, Lavezzi, ni siquiera Messi. La mayoría de ellos saldrían de Argentina al día siguiente para apurar sus vacaciones antes de unirse a sus equipos.
A pesar de haber perdido la Copa América ante el combinado chileno, todos habían visto con buenos ojos la reunión para olvidar aquel mal momento e incluso limar las asperezas que habían surgido entre algunos de los futbolistas tras la derrota.
A la cena acudieron casi todos los invitados acompañados de sus mujeres. Hubo risas y cánticos en el restaurante, que había sido reservado para la ocasión. Los camareros sirvieron platos de carne y ensaladas, escanciaron vino y agua en las copas de los invitados como si de la última cena se tratase. Finalmente, la tradicional torta de cumpleaños con sus respectivas velas hizo aparición en el comedor. Todos los presentes cantaron la canción de cumpleaños a su compañero y, poco después, dieron por finalizado el evento.
Muchos de los jugadores se retiraron a sus casas, pero hubo otros, como el homenajeado, los hermanos Higuaín, Di María o Tévez que decidieron continuar con la celebración en una discoteca del centro de la ciudad.
Las Quilmes entraban en el reservado en grandes cantidades. Después, Higuaín pidió un trago de whisky escocés.
Ese era el último recuerdo claro que tenía.

* * *

Ella los vio entrar en el local que regentaba su marido, pero apenas los conocía. Sabía que eran jugadores de fútbol pero no sabría identificarlos. Aquel deporte siempre le había parecido una boludez. Veintidós tipos corriendo como tarados tras una pelota. Goles, faltas, penales, saques de manos… Todo le sonaba a chino. No le había prestado atención a un jugador de fútbol desde El Matador Kempes. Eso sí que era un hombre: fuerte, galante, con esa melena leonina…
Había oído hablar de Messi, de un tal Agüero y, en los últimos días, no oía otro nombre que el de Higuaín. Su marido decía que tenían que echarlo del país, que le tenían que prohibir jugar al fútbol e incluso le había oído decir que le tenían que romper los pies por haber hecho infelices a tantos millones de argentinos.
—Ese, ese es. Concha su madre —escuchó decir entre dientes a su marido mientras señalaba al grupo de deportistas.
—¿Quién es ese? —quiso saber ella.
—El hijo de la gran puta de Higuaín. Ese fue el que falló el penal ante Chile. Llevale vos el trago, que si voy yo se lo meto por el orto.
Su marido siempre había cumplido todos sus deseos, así que ya era hora de que ella le concediera su deseo.
La mujer cogió la bandeja con la copa y algunas Quilmes y se las llevó a los futbolistas. Sin embargo, antes cogió unas píldoras tranquilizantes que le habían recetado meses antes y la vertió en el vaso de Higuaín. Dejó el servicio sobre la mesa y se retiró. Ya solo quedaba esperar a que el alcohol y las pastillas hicieran su trabajo.
—Mirá como se ríe el pelotudo —dijo con asco su marido cuando ella regresó a su lado.
—No te enojes. Voy a ir a recoger un poco y después me iré a casa.
—Marchá, marchá. Puedo recoger yo y los chicos me ayudarán a cerrar —le dijo el hombre.

* * *

Los jugadores abandonaron el local y pidieron taxis para regresar a sus casas. No era prudente manejar embriagados. Escondida tras los cubos de basura, aquella mujer lo oía todo. Todos salvo dos se habían retirado ya. Un nuevo taxi apareció. Los futbolistas lo detuvieron.
—Cogé vos este, yo caminaré un poco para despejarme —dijo uno de los dos hombres.
—Gracias, Higuaín —le dijo antes de despedirse con la mano.
Higuaín comenzó a caminar calle arriba. Cuando llevaba dos cuadras comenzó a marearse. Se sentía extraño. Había bebido demasiado para conducir, pero no tanto como para estar mareado.
Se apoyó contra una farola y se fue dejando caer hasta llegar al piso. Momentos después, la mujer lo recogió y lo introdujo en los asientos traseros de su carro. Había manejado lentamente detrás de él hasta que los tranquilizantes hicieron su trabajo. Se sentó tras el volante y salió de allí en dirección a su casa de campo.
Cuando hubo salido de la ciudad, detuvo el auto y entró en los asientos traseros. Ató los pies y las manos de Higuaín y volvió al asiento delantero. Al llegar, estacionó el coche frente a la entrada delantera. Sacó a su víctima y la introdujo en la casa a rastras. Pesaba mucho, pero ella era fuerte y corpulenta.
Tenía que actuar rápido, ya que los efectos de la droga debían estar acabándose. Lo llevó hasta la habitación de invitados y allí lo ató de pies y manos a la forja de la cama.

* * *

Agarró el mazo con las dos manos y lo levantó por encima de su cabeza como un jugador de béisbol.
—Ahora vas a pagar el daño que le has hecho a millones de argentinos —continuó la mujer.
—Pero… yo no… ¡¡¡¡¡¡AAAAAAHHHHHH!!!!!! ¡JODER, LA PUTA QUE TE PARIÓ!
La mujer había descargado un fuerte golpe sobre el pie izquierdo del jugador de fútbol. Se escuchó un fuerte ruido al romperse los huesos que articulaban el tobillo de Higuaín. Los tendones se alongaron hasta el máximo antes de romperse. El pie quedó inclinado hacia el interior en una posición antinatural. Los esfínteres se le relajaron y perdió todo control sobre ellos y se orinó encima. Mientras el hombre se retorcía de dolor y gritaba como un cochino en la matanza, ella rodeaba la cama. Llegó hasta el otro lado y se colocó junto al pie derecho. Levantó de nuevo el mazo.
—¡¡¡NO, NO, NO!!! ¡NO LO HAGÁS, POR FAVOR! —pedía el hombre que estaba postrado en la cama.
Sin embargo, sus ruegos no fueron escuchados. El mazo cayó nuevamente, esta vez sobre su pie derecho. El segundo grito del hombre fue mucho más desgarrador que el primero. El pie derecho hizo el mismo movimiento que el izquierdo y quedó en una posición similar.
—Ahora ya no podés jugar al fútbol de nuevo. Te lo merecés —le dijo la mujer.
—¡Ni siquiera podré volver a caminar, zorra de mierda!
La mujer levantó nuevamente el mazo con el objetivo de descargarlo sobre la rodilla del hombre. Sin embargo, no cumplió su objetivo. Su marido entró en la habitación en aquel instante y sujetó la herramienta antes de que su mujer la utilizara para lesionar a aquel hombre que gemía y se retorcía de dolor lo que sus ataduras le permitían.
—¡¿Pero te volviste tarada?! ¿Me podés explicar que pasa aquí? ¿Y quién es este hombre? —exigió saber el marido.
—¿Cómo que quién es? Es Higuaín, el que marró el penal ante Chile. Como vos deseaste, ya no podrá volver a pelotear nunca. He cumplido el sueño de muchos argentinos.
—¡Este tipo no es Higuaín! —exclamó señalando hacia el futbolista, que estaba comenzando a perder el conocimiento por el dolor.
—¿Cómo que no? Si escuché como otro de los jugadores lo llamaba.
—Ayuda… por favor, ayudame. Esta mujer me rompió los pies —se quejó el futbolista.
—¿Quién sos vos? —preguntó el hombre.
—Federico, me llamo Federico —dijo entre agonía.
La mujer se inclinó sobre la cama y agarró al hombre por las solapas y comenzó a zarandearlo.
—¿Y por qué aquel amigo tuyo te llamó Higuaín? —exigió saber.
—Por que así me llamo. Federico Fernando Higuaín.
El marido miraba de hito en hito a su mujer y al hombre que yacía tendido en la cama de invitados.
—¿Y fuisteis vos el que falló el penal de Chile? Contestá —. La mujer comenzaba a impacientarse.

—No. Fue mi hermano Gonzalo —respondió el hombre llorando. Un segundo después perdió el conocimiento.