miércoles, 19 de agosto de 2015

Los héroes de San Patricio

(imagen de la película «El resplandor», basada en la película homónima)


Seudónimo: Mell.
Autora: Gloria Neiva Antúnez.


Michael estaba en verdad emocionado por su fiesta de cumpleaños. Ese año había empezado a ir a la escuela. Así que a parte de sus amigos del vecindario, sus primos y demás familiares, ahora podía invitar a sus compañeros y compañera de clase. Ese mes mientras la tan esperada fecha llegaba fue contando los días que faltaban para el gran día.
Su cumpleaños caía el diez de agosto, por lo que mirando sus manos fue capaz de eliminar los días que faltaban. Incluso pego una hoja en blanco en la pared de su habitación y fue pintando uno a uno lo palitos que representaban los días.
El primer día su madre le dio muchas invitaciones para que las repartiera. En total tenía a 15 alumnos que asistían con él. Cuando llego a la escuela, y repartió las tarjetas de color azul con el dibujo de un oso montado en un avión, dudo un poco si invitar a Benjamin, porque siempre andaba molestándolo durante las clases. Es más, recordaba Michael mientras se acercaba al otro niño, una vez ni siquiera le permitió jugar con él con un rompecabezas que le gustaba mucho.
Pero cuando estuvo frente a Ben, le dio la invitación igualmente porque también recordó que su mamá le había dicho que él debía ser bueno. No estuvo muy convencido de hacerlo, es más, su rostro estaba en verdad serio mientras le hacía la invitación, pero como su madre se lo dijo, Michael pensó que debía ser cierto, y él no quería ser un niño malo.
El segundo día despertó emocionado, aunque en verdad hubiera deseado que ya fuera el día. Se arrepintió un poco de apresurar a su mamá de que le dieran las invitaciones a sus compañeros y compañeras de clase, pero luego cuando ya estaba tomando su desayuno, se dijo que era mejor, así pensarían en grandes y geniales regalos para él.
El tercer día empezó a buscar entre sus cosas los juguetes más lindos que tenia para mostrárselos a sus amigos, ya que nunca había podido llevar ninguno a la escuela porque su mamá no quería.
El cuarto y el quinto día se olvido de que estaba esperando su cumpleaños porque lo llevaron a comer unas ricas hamburguesas. Se divirtió tanto que al día siguiente andaba muy feliz hasta que uno de sus amigos le pregunto que deseaba para su cumpleaños.
Por su parte el padre de Michael, más conocido como el señor Gutierrez, estaba no ansioso sino más bien preocupado porque su hijo obtuviera el cumpleaños que deseaba. Al ser su primer hijo, quería darle todo lo que él no pudo recibir cuando era niño.
—Cariño, deja de preocuparte ¿sí?—le dice su esposa Margarita antes de darle un abrazo. El señor Gutierrez estaba sentado en la cama cuando su esposa se le acerco para asegurarle que todo estaría bien.
—Eso espero, deseo que mi hijo tenga todo lo que quiere para su cumpleaños.
—Amor, no lo consientas demasiado. Que después ya sabes cómo se pone, no me gustaría que nuestro Michael se convierta en un niño caprichoso. ¿Quieres saber algo? El otro día me dijo que casi no invita a uno de sus compañeros porque no le cae bien.
—Seguro que es el niño que lo molesta ¿verdad? Cuando yo tenía su edad no me dejaba, los enfrentaba, no huía de mis problemas.
Ella lo mira entrecerrando los ojos antes de añadir:—Mi hijo no va a recurrir a la violencia. Así que le dije que deben hacerse amigos y lo invito.
El señor Gutierrez no creía en esa clase de arreglos pero no dijo nada. En especial porque ya sabía cómo era Margarita.
—De acuerdo. De todos modos, deseo que mi pequeño hombrecito tenga el cumpleaños que se merece.
La señora Gutierrez estaba de acuerdo con su esposo, por lo que después de hacer unos arreglos ambos  se fueron a acostar.
Cuando llegó el gran día, todos estaban bastante animados, ni hablar de los niños que empezaban a llegar con regalos y cintas azules, el cumpleaños estaba empezando bien. La Señora Margarita por su parte, sin embargo estaba atendiendo a los invitados hasta que escucha sonar el teléfono.
—¿Hola? ¿Quién habla?—le pregunta con una sonrisa que se le borro enseguida cuando escucho lo que tenía que decir la persona del otro lado.—¿Qué quiere decir que el oso no va a venir? Lo reservamos con antelación… ¿Qué? ¿Enfermo? No puede ser.
La señora Gutiérrez estaba preocupada mientras le decían que no había solución. Cuando colgó el teléfono trato de que la desesperación no se le notara en la cara. Fue hasta su esposo y le dijo en casi un susurro:—Querido, el oso Yogui no vendrá.
El señor Gutiérrez casi se atraganta con el agua.
—¿Cómo? ¿Por qué no?—le pregunto a su esposa. Pero ya pensando en un plan.
—El hombre que se encarga del espectáculo se enfermo y no podrá asistir.
—¡Dios! Lo que faltaba, te dije que no los contrataras, pero siempre haces lo que quieres.
—Cariño no te pongas así, ¿cómo iba a saber que iba a enfermar?
—Tienes razón, tienes razón.
Y mientras le decía eso, Michael se le acerco con una gran sonrisa.
—¡Papá! ¡Todos quieren ver a Yogui! Ya les conté que vendría.
—Si hijo, ya enseguida viene.
Al señor Gutiérrez no le alcanzó el valor para decirle a su hijo, que no se le cumpliría el sueño de ver al oso Yogui en persona. Hasta que se ocurrió una idea, cerca de su casa había una tienda de disfraces en la que tal vez tendrían el del famoso oso. No es que el señor Gutiérrez alguna vez hubiera prestado atención a como era el oso Yogui, pero se dijo que era un oso, así que cualquiera serviría.
Con un beso en su mejilla se despidió de su esposa y fue a comprar el disfraz. Cuando lo obtuvo, entro en su habitación y empezó a desvestirse. Le había pedido a su amigo Aníbal que subiera a ayudarle a cambiarse. El traje era verdaderamente sofocante, pero se hizo a la idea de que podría estar varios minutos antes de quitárselo.
El problema empezó cuando se dio cuenta de que el cierre del disfraz no se podía cerrar correctamente, es más se atoro y le fue imposible terminar de vestirse. El señor Gutierrez medio gemía y murmuraba medio malhumorado porque no podía aún bajar hasta donde se encontraban los niños. Mientras tanto abajo los niños se encontraban impacientes esperando al oso Yogui.  “¡Oso Yogui, oso Yogui!” se escuchaba desde el piso de arriba mientras el señor Gutiérrez luchaba por colocarse el traje.
Michael se acerco a su mamá.
—¡Mamá ¿dónde está Yogui?!
—Ya vendrá cariño, ya vendrá.
—Mamá, ¿Va a venir verdad?
La señora Gutiérrez no tuvo más remedio que calmar a su hijo diciéndole que ya estaba en el piso de arriba y que estaba en la habitación en donde dormían su esposo y ella. Claro que ella no fue consciente de lo que acababa de empezar. Porque lo primero que hizo Michael fue gritar todo emocionado que el oso ya estaba y que se encontraba en la habitación de sus padres. Grande fue la sorpresa de la señora Margarita Gutiérrez cuando se encontró con una tropa de pequeños niños yendo a toda prisa hacia la habitación en donde se encontraba su marido.
—¡Cariño, no! Espera a que baje…—le trato de decir a su hijo pero ya era tarde.
Michael y sus amigos ya estaban en la puerta de la habitación de sus padres y el emocionado abrió la puerta, antes de empezar a gritar por lo que vio.
Estaba un horrible oso atacando a su tío Aníbal.
Hasta hoy en día, todo San Patricio se acuerda del suceso. De cómo unos niños salvaron a un hombre, saltando sobre un gran oso que -según la versión de los pequeños- trató de comerse al tío de Michael.


martes, 18 de agosto de 2015

Lazos de amistad

(imagen de la película «Christine», basada en la novela homónima)


Seudónimo: Victor Hugo.
Autor: Gean Rossi.

1

Stuart Coleman caminaba junto a su mejor amigo Glen Báez como todos los días luego de una larga jornada de trabajo mal remunerado.  Sus pasos cansinos tendían a desviarse de cuando en cuando al montarral que delimitaba la carretera, y luego otra vez sobre el pavimento; era ya una acción de ocio que se había convertido en rutina. La carretera se hallaba apenas iluminada por el ligero resplandor de una luna menguante que luchaba por hacerse notar entre el cielo nublado que se extendía sobre ellos. Era una noche oscura. 
            En un país en crisis, un par de bachilleres graduados hacía ya cinco años, nunca comprometidos por una carrera universitaria lo más que podían hacer era limpiar tanques de agua para ganarse la vida.
            —Bueno, no nos fue tan mal hoy —comentó Glen—, cuarenta pavos en un día. Creo que la subida de sueldos mejorará nuestras vidas, ¡ya verás!
            —¿Me estás jodiendo? —Stuart sentía pena de las cosas que salían de la boca de su mejor amigo desde toda la vida. Ya estaba acostumbrado a sus comentarios—, seguiremos siendo pobres sabes.
            —Ah, tienes razón —dijo con la cabeza gacha mirando sus pasos en la oscuridad. Unos segundos después, ambos rompieron a carcajadas.
            No faltaría mucho para llegar a casa. Stuart estaba seguro de que en lo que pisara su habitación caería muerto sobre la cama; Glen seguiría sus pasos. Éste último había perdido la cuenta de cuanto llevaba viviendo en casa de Stuart —casa que había heredado tras la muerte de su padre—.
Glen por su parte, nunca había sabido nada de su madre, y aseguraba que su padre había muerto hacía ya bastante; Stu nunca lo llegó a conocer.
            La carretera se iluminó de pronto por una súbita y radiante luz amarilla. Eran los faros de un vehículo que venía a lo lejos. La intensidad de la luz con el contraste de la oscuridad no permitía determinar qué carro era.
            Ambos se detuvieron a ver el vehículo como quien hace autostop mientras las luces se hacían cada vez más grandes. Pasó a gran velocidad levantando el polvo del pavimento. Stu propuso que era un Plymouth Fury, pero Glen le contradijo como siempre, decretando que parecía más un Buick.
            Pasados no más de tres segundos que el coche pasó junto a ellos, éste viró súbitamente hacia la derecha, al montarral, desprendiéndose de la vía para empezar a volcarse como trompo a través de los árboles.

2

—Gracias por salvarme —decía el conductor del auto, cubierto de vendas desde la camilla del hospital—, qué hubiese sido de mi si no fuera por ustedes.
            Stuart y Glen llevaban ya al menos tres horas en el hospital. Al momento del accidente habían corrido hacia el auto,  el hombre que conducía estaba inconsciente cuando lo encontraron. Ambos se dijeron que el tipo había salido con suerte pues no parecía tener grandes heridas. El auto había caído parte del barranco abajo, siendo frenado por dos pinos. No había llegado muy lejos por lo que pudieron alcanzar rápidamente el lugar del accidente. Y en lo que fueron veinte minutos de adrenalina, lograron sacar el hombre del auto, llamar a una ambulancia —Glen nunca cargaba encima su teléfono pero por alguna razón ese día lo llevaba con él— y llegar por fin al hospital.
            —No fue nada señor…
            —Llámame Mario —completó el hombre.
            —No fue nada señor Mario —continuó Stuart—. Soy de los que cree fielmente que todo pasa por algo, y Dios nos puso allí para salvarle.
            —¡Así es!, No encuentro palabras para demostrar lo agradecido que me encuentro. Prometo recompensarlo.
            Al oír aquellas palabras, Stu se visualizó en una bañera de oro revolcándose en dinero. Aquel hombre parecía millonario, pero lo más probable es que estuviera fantaseando de más.
            —Tranquilo, no hay necesidad de ir más allá —comentó Glen—, lo hicimos por neto gesto de humanidad.
            —Así es —inquirió Stu dándole un discreto puntapié en ademán de “¿qué coño dices?”—. No fue nada, nos conformamos con saber que usted se encuentra a salvo.
            Pasaron quince minutos más acompañando al hombre en la habitación antes de que la enfermera los corriera y decidieran encaminarse por fin a casa.

3

                Al día siguiente, una grúa dejó un Plymonth Fury del 58 frente a su casa. Ya la grúa se había ido para cuando despertaron.
            —¿Qué hace esto aquí? —preguntó Stu mientras miraba el auto por todas sus perspectivas.
            Estaba abollado en cada rincón por el que mirara. Había perdido una rueda, parte del parachoques se hallaba desprendido. El capó y todos los vidrios habían pasado a otra vida, quién sabe en qué parte del monte habrían ido a parar.
            —Hey, pilla esto — Glen le tendió un papel que encontró cerca de la puerta.
Mis salvadores, no tengo mucho para dar actualmente, por eso quiero dejarles el auto como forma de agradecimiento, es lo más que puedo hacer. Sé perfectamente las condiciones en las que quedó, quizá no se le pueda hacer mucho o quizá sí, quién sabe. Peor es no intentarlo.
            Nuevamente muchas gracias. Sumamente agradecido firma: Mario B.
            PD: Solía llamarlo Christine.

4

            Revisaron el Plymonth Fury por todas partes. Intentaron reconstruirlo lo mejor posible en un vago intento por hacerlo funcionar otra vez. No hubo manera. Había demasiadas piezas dañadas y no contaban con el dinero para comprar los repuestos necesarios.
            —Así que prácticamente nos llenamos de chatarra —comentó Stu molesto, atinando una patada en un costado de la carrocería.
            —Eso parece. No creo siquiera que alguien quiera comprarlo —añadió Glen desesperanzado.
            Los asientos estaban rasguñados y rotos en varias partes resultado del accidente, pero aquel día —casi una semana luego de que ocurrieran todos los hechos—, Glen divisó algo en el largo asiento trasero que le llamó la atención, porque se diferenciaba de los rasguños y cortadas que presentaba la gamuza roja. Era una especie de recuadro perfectamente cortado. Glen introdujo los dedos por el margen del cuadro, y ejerciendo algo de fuerza lo retiró como una pieza de rompecabezas.
            Enterrado entre la gomaespuma había una caja.

5

            Los asiáticos en sus trajes negros, miraban fijamente la esmeralda que había posado Stuart sobre la humilde mesa de comedor de su casa. Uno de ellos —que parecía ser el líder de la pandilla—, se acercó a la piedra que a poco cabría en la palma de una mano por su gran tamaño. La miraba fijamente, deteniéndose en cada detalle. Glen sudaba, en cambio Stu hacía todo lo posible por mantenerse sereno y seguro frente a aquellos traficantes de minerales y piedras preciosas. Todo el proceso debía ser confidencial, o al menos así les habían explicado.
            Tras lo que parecieron eternos minutos de tensión. El líder del grupo anunció algo en un idioma totalmente desconocido para ellos. Un corpulento hombre que estaba detrás de él le acercó un maletín, que luego colocó sobre la mesa junto a la caja que contenía la esmeralda que habían encontrado en el Plymonth Fury.
            —¿Trato? —preguntó abriendo la maleta que rebosaba billetes verdes amontonados en lotes. Habría al menos un millón de dólares.
            —Trato —sentenció Stu, sus ojos estaban a punto de salir de sus cuencas y su boca cerca de babear.
            —Somos millonarios —le dijo Glen a su amigo luego de que la pandilla se hubiera retirado en sus grandes camionetas blindadas.
            Tras contar el dinero, descubrieron que en realidad había tres millones de dólares.

6

            Había pasado algo más de una semana. Stu dormía apaciblemente cuando un fuerte golpe en la cabeza le despertó dejándolo levemente aturdido.
            Al abrir los ojos se encontró con el oscuro agujero del cañón de un Magnum 357 frente a él. Vio que tenía la gran piedra verde junto a él entre sábanas, por lo que pudo deducir qué fue el golpe.
            —Nos has estafado, —le comunicó el líder de la pandilla. Eran al menos diez hombres que se distribuían en la habitación, todos cargaban grandes armas—. La esmeralda era falsa. Exijo el dinero devuelta.
            —No pu-puede s-ser —apenas pudo decir Stu—. De verdad que no tenía ni idea. Encontramos la piedra y-y pa-parecía genuina lo juro.
            —No me importa. Exijo mi dinero de inmediato.
            —Está bi-bien lo buscaré.
            Stu se levantó lentamente de la cama, temblaba de pies a cabeza y apenas pudo mantenerse sobre sí. Se dirigió al closet, donde habían guardado el maletín con el dinero. Hasta el momento habían usado el dinero solo para reparar el Playmonth Fury como forma de agradecimiento al auto por haberlos proveído de aquella cantidad de dinero. En aquel momento Stuart no se sentía tan agradecido con el auto.
            La maleta no estaba.
            —No está —comentó sudando—, seguramente Glen la habrá cambiado de sit…
            Lo golpeó con el arma en la frente interrumpiendo sus palabras.
            —En esta casa no hay nadie más, ya la revisamos completa —dictaminó el líder de la pandilla.
            —No puede ser… —susurró Stu para sí.
            Se hizo una fugaz idea de lo que había ocurrido allí.
            —Si no nos pagas el dinero, de alguna manera saldarás la deuda. —concluyó el asiático, quitando el seguro de la Magnum.

7

            A casi trescientos kilómetros de allí, un Playmonth Fury 58 rodaba libremente por la Autopista Regional del Este.
            —Ya debemos estar cerca de llegar a la frontera —comentó Glen a su padre que iba en el asiento del pasajero.
            —¡Lo logramos! —exclamó Mario Báez levantándose del asiento por la emoción de todo aquello. Esto le causó una punzada en la espalda, no se había recuperado del todo tras el accidente.
            —Tenía miedo de que pudieras matarte. Te lo tomaste muy en serio, a poco pudimos recuperar a Christine otra vez.
            —Lo siento, quería que pareciera real. Creo que me excedí un poco. —rió, su hijo no compartió la risa.
            —Lo mejor fue cuando los chinos esos aceptaron la piedra esa, más falsa que billete de tres —Glen soltó una risotada que retumbó en el interior del auto—. De verdad no entiendo cómo lograste hacer que pareciera tan real, tenías que haber visto sus caras.
            —Tengo mis contactos, hijo. Confórmate con saber eso.
            La vía se extendía llena de oportunidades frente a ellos. Cargaban una maleta con tres millones de dólares dispersos en un bolso lleno de ropa, un auto como nuevo y el precio de una traición que recaería en sus pensamientos y sueños por el resto de su vida. Las cosas no les podrían haber salido mejor, se dijo Glen. El mismo pensamiento no lo compartía Stuart, su amigo de toda la vida.

8

            Trescientos kilómetros atrás, un arma detonó tres veces en una pequeña casa de madera, dejando un cuerpo inerte sobre el suelo de la habitación.
            Nunca encontraron culpables.


La mitad nos cura

(imagen de la película «La mitad oscura», basada en la novela homónima)


Seudónimo: Mr. GoodLife.
Autor: Sergio Bonavida Ponce.


—Celíacos, Celíacos —chilla enervado Thad Beaumont. Hoy es un día en que su sarpullido ataca con especial virulencia su rostro, en momentos como estos el pobre George sólo puede escuchar la creciente conversión de palabras mal humoradas a palabras irascibles en cuestión de segundos—. Maldito estúpido, ¿Qué entiendes cuando te digo compra un par de «Niños celíacos»? ¿Tan difícil te es entender que el GLUTEN me pone así? El GLUTEN mata. MATA.
George Stark baja la cabeza en dirección al suelo. La perorata de Thad, su «mitad», es insoportable. En momentos como estos, se arrepiente que cincuenta años atrás, los «monstruos» hubieran ganado la guerra de los 666 días. También se arrepiente de haber escogido a Thad como su «mitad». De no haber sucedido nada de eso, el seguiría escondiéndose en bosques oscuros, sótanos húmedos y castillos abandonados; cincuenta años atrás los humanos dominaban el planeta y él era libre. «Menuda mierda».
—Cariño... —susurra el cabizbajo George.
—Ahora no me vengas con «cariño». Esta noche vienen a cenar Mr. Goodlife y su esposa, ya sabes, el prelado de la congregación que nos abrirá un mundo de posibilidades con la adquisición de esas hectáreas que contienen algún que otro viejo cementerio de mascotas. Pero claro, a ti se te ocurrió la fabulosa compra de dos niños repletitos de gluten. El plato estrella de la noche estropeado con esa especia abominable. Mr. Goodlife es intolerante al gluten igual que yo. ¿En qué pensabas George, pedazo de humano descerebrado?
Si algo no soporta George Stark son los insultos, y «humano descerebrado» es más de lo que puede soportar.
Esto es inadmisible, no estoy dispuesto... —Comienza a levantar la voz el entusiasta George. Pero su fervor es tan elevado que por eso no ve venir el golpe. La mano abierta de Thad se incrusta en su mejilla derecha, el golpe resuena seco en la estancia. El tambaleante George aún mira incrédulo en dirección a Thad, su mejilla ensangrentada por el duro correctivo es un testimonio silencioso del fiero carácter de Thad Beaumont.
Thad siempre fue un monstruo excelente, aplicado, cruel, un monstruo de carácter; no en vano asesinó en octavo curso a toda su graduación, y dos años más tarde a su madre adoptiva. Esto le hizo recibir una mención especial de la prestigiosa universidad de los «Osos Negros» y una beca para «Monstruología Aplicada». A partir de ese momento su carrera fue en ascenso.
—George Stark —rebufa Thad Beaumont con contenida ira—, agarra el auto, mete a estas asquerosas «crías humanas» repletas de gluten y condúceme a «Monster Market». Ahora mismo.
George surge presto del comedor, al pasar por el recibidor recoge las llaves del auto que reposan encima del mueble de madera victoriana. Su mano acaricia con delicadeza su maltratado rostro, aún le duele. En el garaje abre el enorme portón de madera, en el interior un flamante «Buick», un antiguo coche muy prestigioso en la zona de Maine, reposa tranquilo. Posiblemente solo queden ocho en todo el condado. Thad insistió en comprarlo hace años, «una excentricidad», insistió George, pero como siempre, Thad se salió con la suya, pidieron un préstamo al Malvado Banco de huesos y pagaron el endemoniado coche.

George introduce las llaves en el contacto, el encendido es brusco, el motor ruge enfurecido, pese al estruendoso sonido, el «Buick» no quiere arrancar.
—Vamos, vamos pequeñín. Hoy Thad no está de humor.
Como por «arte de ciencia» el motor del «Buick» lanza un último furioso rugido, después de eso el ruido del motor es apenas imperceptible, como el suave ronroneo de un gatito. George agarra el volante, es un coche muy viejo, las marchas son manuales, pone primera, las ruedas se mueven y dirige el auto enfrente de la antigua casa victoriana.
—Bien George —el ahora más calmado Thad sube al interior del vehículo con su habitual aplomo—. Perdona cariño, antes me he excedido, pero ya sabes lo mucho que me altera el gluten. Ahora conduce tranquilamente a «Monster Market» y cambiemos a estos dos «niños» por dos «niños celíacos». Seguro que al buen señor Gaunt no le importará tu error.
George se muerde la lengua. El gerente Leland Gaunt no es un monstruo de su especial agrado, aun así introduce primera marcha y arranca en dirección a «Market Monster» sin replicar; si no fuera por la delicada situación en la que se encuentra, disfrutaría de las vistas de Maine, en esta época estival el olor de los cadáveres en el asfalto es maravilloso, muchos llevan años ahí tirados, por desgracia el agradable olor está desapareciendo. Hace tiempo que no se ven humanos en libertad por la zona, muchos de ellos huyeron al norte. George cambia de marcha, el motor del «Buick» ruge alegre, «Es tan maravilloso escuchar el crujido de huesos», piensa George, eludiendo así sus problemas con Thad. A lo lejos contempla el bosque en llamas, el olor a pino quemado le recuerda tanto a su niñez. El «Buick» sale de la carretera y gira en la primera intersección del cruce de la avenida Madison. Hoy, la población de «Desesperación», esta exasperantemente tranquila. La avenida se encuentra desierta. La tienda del señor Gaunt, la conocida cadena «Monster Market» se divisa al final de la calle, la fruta expuesta al sol es devorada por miles de gusanos, estos son blancos y gordos como judías. La pareja detiene el «Buick» justo delante del establecimiento, un gato negro maúlla funestamente desde un tejado. Thad desciende del vehículo y se adentra en «Monster Market», George le sigue de cerca acarreando el pesado bulto que suponen los dos niños maniatados.
—¿Señor Gaunt? —Thad reclama en voz alta la atención del buen anciano monstruo encargado de la regencia de esa franquicia. En el fondo del establecimiento, una puerta se abre, y un afanoso señor Gaunt con las manos repletas de sangre surge de la trastienda.
—Perdone Mr. Thad, estaba descuartizando a un gordo espécimen, un senador muy jugoso y grasiento, pero chillaba como un humano y no escuchaba nada. ¿En qué puedo ayudarles?¿Hay algún problema con la mercancía? —El señor Gaunt mira en dirección a los dos niños atados y amordazados—. Les aseguro que son de una calidad exquisita, los cazó mi nuevo ayudante Richard Bachman, un monstruillo realmente adorable aunque torpe. Pero perdonen mis divagaciones, ¿tienen alguna queja de la mercancía? Si fuera así Richard me va a escuchar.
Thad niega con la cabeza.
—La mercancía es perfecta mi querido señor Gaunt, pero resulta que el torpe de George olvidó decirle que necesitábamos dos especímenes celíacos.
—¡Oh! —Masculla un pensativo señor Gaunt rascándose la calvicie—. Está claro. —Pero justo en ese momento las palabras del señor Gaunt enmudecen de golpe, sus ojos repletos de nervios rojos observan incrédulos en dirección a la puerta de entrada del comercio, detrás de la pareja formada por Thad y George—. ¿Qué demonios? Una «CAZADORA».
Thad y George no tienen tiempo apenas de girarse, su instinto de supervivencia ha sido drenado por años de placeres hedonistas. Apenas ven a la Humana situada a la entrada del respetable comercio. Tiene una melena negra enroscada en zigzag, viste tejanos y un jersey oscuro con las iniciales NY, encima una chaqueta negra. En la cintura porta un cinto de balas, crucifijos y un par de granadas, sus manos sujetan una escopeta recortada de dos cañones, esta apunta en la dirección de la cara del buen señor Gaunt, que mira incrédulo.
Un balazo ensordecedor pasa entre medio de Thad y George, por suerte para ellos dos, las balas son perforadoras y no explosivas, con lo que no hay metralla. El señor Gaunt no posee tanta suerte, la primera bala le perfora el cráneo y lo revienta, la segunda bala, ya sin nada en que detenerse, se incrusta al fondo del establecimiento abriendo una perforación considerable en la puerta de la trastienda.
—Zorra —grita Thad. George se fija en los colmillos y uñas de su «mitad», estas comienzan a crecer. Pero eso es un proceso que requiere algo de tiempo, y tiempo es justamente algo que George sabe que no tienen. Sin darse la vuelta George comienza a correr en dirección a la trastienda.
—Hijos —chilla la Humana mientras avanza lentamente. Sus botas de cuero resuenan con eco sordo en el establecimiento—. Mamá está aquí.
En los dos segundos en que tarda en decir la frase, ya ha vuelto a cargar el arma, el brusco movimiento vertical es tan veloz que nadie diría que es posible recargar tan rápido una escopeta. Y sin vacilación apunta la escopeta en dirección a Thad, en esta ocasión sólo sostiene el arma con su mano derecha, pues esta tan cerca de su objetivo que no requiere de precisión alguna, mientras, su inquieta mano izquierda busca algo situado a su espalda.
—Corre Thad. —Es lo único que consigue articular George antes de escuchar la siguiente deflagración. Las balas impactan en algún lugar de su «mitad», y el pesado cuerpo de Thad Beaumont describe un arco hacia atrás antes de caer de espaldas en el suelo, la sangre de Thad salpica a George Stark. «No está muerto», piensa George, «si no, yo también lo estaría».
La Humana se sitúa en torno a sus hijos, su rostro no deja de mirar en ningún momento en dirección a la trastienda, el cuerpo de Thad a escasos metros sería un blanco fácil, sin embargo ella no avanza, no ha venido a cazar, sólo quiere a sus hijos. George se percata de este detalle observando escondido toda la escena detrás de un frigorífico. En el pasado, estos fríos aparatos siempre le sacaban de más de un problema, el lugar perfecto para esconderse. La Humana con su rodilla izquierda hincada en el suelo y sin dejar de apartar la mirada de la trastienda, acerca su mano izquierda a las cuerdas, en su mano izquierda un cuchillo, es grande, doble filo, el típico utilizado por los montañero, y con él comienza a cortar diestramente las ataduras de manos y tobillos en sus retoños, a la par, su brazo derecho recarga con frenesí vertical su escopeta recortada.
—A la furgoneta. Rápido. —Los pequeños humanos no se lo piensan dos veces. Salen corriendo de «Monster Market» en dirección a la calle. George observa una furgoneta blanca situada a escasos metros del «Buick». La humana recupera su posición erguida, sitúa su cuchillo a la espalda, y retrocede sin dar la espalda a la trastienda. «Eso es. Huid", se alegra un aliviado George.
En ese momento, un monstruillo surge de la trastienda, su pelo cano cae por detrás de sus orejas, las gafas redondas poseen un único cristal en la montura, y su estúpida sonrisa simiesca no presagia nada bueno. «Ese debe ser Richard Bachman. Maldito estúpido. Ya se iban», piensa George parapetado detrás de su frío escondite.
La masa informe de Richard Bachman avanza velozmente en dirección a la Humana, un chillido estridente acompañado de un ruido borboteante. La Humana sonríe divertida. Richard avanza rápidamente desde el fondo de la trastienda situado a once metros de la calle, nueve metros, ocho metros, siete metros... sus uñas rasgan el aire, su pelo cano se eriza en su cabeza, seis metros, cinco metros, cuatro metros... Richard sonríe bobaliconamente, esta tan cerca de la Humana, le concederán un premio, tal vez una beca, está tan cerca... dos metros, un metro... Y otra deflagración resuena en «Monster Market», el disparo es tan cercano que toda la cabeza del estúpido Richard se volatiliza al instante, también parte del torso, el resto de su cuerpo se desparrama por toda la entrada.
La Humana recarga bruscamente con su ya típico movimiento vertical la escopeta recortada. Nunca está de más ser precavidos, la confianza ha matado a muchos tontos. Sus hijos la esperan en la furgoneta, uno de ellos conduce, ella sigue retrocediendo sin dejar de apartar sus ojos del final de la trastienda, y no es hasta el momento en que su espalda toca la superficie de la furgoneta que gira y se introduce en el lado del copiloto.
—Arranca. —Es la última palabra que escucha el bueno de George de labios de la Humana. La furgoneta blanca arranca con un agudo chirriar de ruedas y se aleja velozmente por la avenida Madison, cuando llega a la intersección gira y se pierde en la lejanía. George recupera la compostura y se dirige corriendo en dirección a Thad. El cuerpo de éste se encuentra de medio lado en el suelo. Con cuidado lo voltea. La bala ha arrancado parte de su hombro izquierdo, un hilo de sangre negruzca rezuma por la herida.
—Cariño, mi «mitad» —susurra el maltrecho Thad Beaumont en el suelo—. Cúrame. —No puede evitar un acceso de tos, y de su garganta un borbotón de sangre le mancha todo el torso—. Si muero, tú mueres.
Las últimas palabras parecen una «Maldición» en boca del viejo Thad, este parece leer en la mente de George como si de un libro abierto se tratara. No por algo, hace años, cuando el acta «It» exigía por precaución la unión de monstruos por parejas, que Thad Beaumont escogió a George Stark, pues aunque apenas poseía apariencia monstruosa, y otros congéneres parecían una opción más apetecible como futuros consortes, el poder curativo de George era algo sutilmente muy útil. Vital.
La mirada de George se relaja, en el fondo nunca ha soportado ver a Thad así.
—Repite conmigo —conmina George. En ese momento acerca sus manos a las manos de su «mitad». Las manos de Thad buscan ávidamente esas otras manos, finalmente se entrelazan, la mano derecha con la mano izquierda, y la mano izquierda con la mano derecha.
—La «mitad» nos cura —reza solemne George cerrando los ojos sin dejar de apretar las manos de Thad.
—La «mitad» nos cura —repite al unísono el ya «no» moribundo Thad, mientras, su cuerpo renace con renovadas energías y su rostro anuncia una sonrisa malvada.