martes, 13 de junio de 2017

Quia spiritus a Danai

Seudónimo: Talitha Cumi.
Autora: Soledad Fernández.



―Necesito ubicar a la Dra. Scully de inmediato.
―Sí, señor.
―Doctora Scully…tiene una llamada del subdirector Skinner.
―Estoy por entrar a una cirugía
―Dice que es urgente…
  Scully tomó el teléfono y escuchó atentamente lo que Skinner tenía para decirle. Sus ojos se llenaron de lágrimas al instante. Colgó, se colocó el barbijo y entró al quirófano.

*********
  Los pasillos del FBI estaban cambiados desde la última vez que ella los había transitado. Las luces más blancas, los mármoles más lustrados, las caras de los agentes demasiado jóvenes. Ya no quedaba ninguno de los viejos. Habían caído en pos del deber o los habían retirado. Todo aquel que alguna vez había rozado siquiera la oficina de los Expedientes X, había sido trasladado, jubilado o muerto en acción. Sospechoso como mínimo. Salvo ella y Skinner que aún estaban a salvo. Ella porque se exilió a sí misma. Prefirió operar niños, curar indigentes. Él, porque se acomodó a la burocracia. “Sabe que así puedo velar por usted y por Mulder”, había dicho varios años atrás. Aunque poco conformaba eso a Scully. Incluso Dogget había desaparecido y Mónica…ella ahora era dueña de un bar en un país del caribe. En cuanto a la protección, Scully sentía que para ella había funcionado de alguna forma. Para Mulder no tanto…
  Dana se paró frente a la puerta del subdirector. Los años se vinieron a su memoria y la golpearon violentamente. Más allá de las diferencias que tenía con Mulder y Skinner, más allá de la distancia que había crecido entre ellos, extrañaba trabajar en el FBI. En los Expedientes X. Mientras dudaba si avanzar o volver al hospital, recordó la primera vez que traspasó aquella puerta. Recordó la primera entrevista, las risas socarronas de ellos que sabían a dónde la mandaban. Ellos creían que no duraría ni un mes con él. “Menudo error”, pensó. Fueron los años más productivos, bizarros e irrepetibles de su vida.
  Tomó coraje y golpeó. Podría haber dejado todo en manos del forense local. Podría solo haber leído el reporte, reconocer el cuerpo o quien sabe qué. Podría irse ya.
―Dana…dudé en llamarte. No estaba seguro de si…
―Hiciste bien. ¿Qué sabemos del incidente?
  Ella se sentó y cruzó sus piernas. Como antes. Como cuando la citaban para un caso de avistamiento o de asesinato. Uno de esos que no encajaban en el perfil de normalidad de la policía local o incluso del FBI.
―El cuerpo apareció en una pequeña ciudad de Argentina. Allí los avistamientos son numerosos…
―¿Es él?
  Scully estaba al borde del llanto. Su corazón se había acelerado, sus manos estaban temblorosas. Ya no tenía veinte. Ya no aguantaba las pausas misteriosas o las introducciones forzadamente largas. Ya no. Era una prominente cirujana que luchaba día a día contra la muerte, pero que no se bancaba las medias frases.
―Dana…
―¡Necesito la verdad! Me debe la verdad…después de tantos años, de haberme escondido para que usted siga con su culo calentito en esta silla…
―Dana
―¡De una vez! ¿Es él o no?
  Skinner se paró, rodeó el escritorio y se sentó junto a ella. En muchos casos esa simple acción ablandaba al oponente. En este caso, él se sentó donde Mulder se sentaba cada vez que iba a dar explicaciones. A pelear por los viajes no autorizados, por el dinero mal gastado, por los expedientes poco claros. Pero ahora, el que se sentaba a dar explicaciones era él. “¿Podrá ella con esto?”, se preguntó. No estaba seguro. Dana era fuerte. Pero en lo que a Mulder se refería, ella poseía una fragilidad particular. Una sensibilidad peligrosa. Era vulnerable por él.
―No lo sabemos. Por eso te llamé.
―¿Sabemos? ¿Quién más está involucrado en esto? ¿El fumador? Seguro que está regodeándose con esto…
―No tengo la libertad de decir quién más está involucrado…
―¿No tiene la libertad? ¿Desde cuando las libertades son una cuestión en esta oficina? ¿A quién responde Skinner? ¿A quién?
―Dana…no puedo…Solo cumplo en decir que hay un vuelo esta noche al pueblo donde encontraron el cuerpo. Un agente la estará esperando ahí y usted será la encargada de realizar la autopsia. Lo siento. Es todo lo que puedo informarle.
  Scully salió de la oficina y cerró la puerta con violencia. Arrebatada por la ira y la frustración entró al ascensor. Una vez que la puerta se cerró, en la soledad del cubículo metalizado, ella lloró desesperada. “Estoy acá, Scully. Tenés que encontrarme”, sintió y se sobresaltó. Miró el celular pero estaba apagado. Buscó en el ascensor, en los rincones, las cámaras. “Me estoy volviendo loca”, pensó y salió de inmediato, solo para darse cuenta de que estaba en la antigua oficina. La de los expedientes X. Miles de recuerdos se agolparon en aquella oficina vacía ahora, pero donde, en cada sitio, ella pudo visualizar lo que había antes: el archivo, el escritorio, el poster. Pudo ver a Mulder con las piernas en el escritorio, aburrido, lanzando lápices al techo. Se le escapó una sonrisa y una lágrima. “No dejes de buscarme Dana”, escuchó nuevamente y su pecho se contrajo.
  De inmediato se fue a preparar un bolso para alcanzar el vuelo.
***************
―Bienvenida a la Argentina
  Una sonrisa conocida provocó que Scully se relajara de inmediato.
―Mónica…creía que eras dueña de un bar. Me alegra verte.
  Ambas se fusionaron en un abrazo. De inmediato salieron del aeropuerto y entraron a un auto oscuro que las esperaba. Aún quedaba un trecho importante hasta llegar a la ciudad de 25 de Mayo y una vez ahí, una hora más al sitio en donde se hallaba el cadáver.
―Mónica…necesito que seas sincera conmigo… ¿es él? ―Scully sintió que la voz se le quebraba de pronto. Miró por la ventanilla para disimular, aunque Mónica adivinó lo que escondía su compañera.
―No puedo asegurarlo. Por eso llamé y le pedía a Skinner que vinieras. Este es el expediente. Están las fotos. Si no podés…
  Scully agarró la carpeta con mano temblorosa. “No soy yo, Dana. Ese no soy yo. No te dejes engañar”. Scully se sobresaltó y la agente Reyes lo notó.
―¿Estás bien? Te noto alterada.
―Necesito saber que no es él, Mónica. No puede ser… ―de inmediato interrumpió su frase al ver una de las fotos del expediente. Era Mulder. No cabían dudas. Las ropas, la contextura, el tatuaje en su pierna derecha. Todo coincidía. Pensó en lo que escuchaba ¿dónde quedaba eso? ¿Era su corazón agobiado que inventaba fantasmas? Como Mulder, ella quería creer. Pero era una delgada línea que separaba la ilusión de los deseos. Los fantasmas de los delirios y alucinaciones.
―Lo encontraron en un campo. Tirado. El capataz que estaba cosechando alertó a las autoridades. ―agregó Mónica y el silencio las acompañó durante las siguientes 4 horas.

***************
  La morgue del pueblo era pequeña. Tanto los azulejos envejecidos como el mobiliario, no mellaron el alma de Scully que se sentía aturdida por las circunstancias. Había estado en lugares peores, en el pasado, con Mulder. Este era un lugar más. Aunque los acontecimientos era extraordinarios.
  Se colocó las gafas de acrílico y se acercó a la camilla metálica. Allí, un cuerpo cubierto con una sábana celeste esperaba por su arte, el de practicar una autopsia que dilucidara lo acontecido. Y sobre todo, la identidad de ese ser humano muerto que se parecía tanto a Mulder.
  Tomó el bisturí, descubrió el cuerpo y un temblor la invadió de pronto. Sus ojos se llenaron nuevamente de lágrimas al ver el rostro desfigurado de quien parecía cada vez más el cadáver de su compañero. Ahogó el llanto y apoyó el escalpelo en la piel blanca del cadáver. “No creas todo lo que ves, Dana. He vuelto de la muerte. Siempre volví a tu lado. A pesar de la distancia, de la vida, de las circunstancias. A pesar de tu distancia”. Sin dudar hizo la incisión en Y.

*************
―Mulder, te extraño. Duele tanto tu ausencia que veo fantasmas en cada rincón del planeta. No podés dejarme sola.
―Estoy acá, Dana.
―¿Dónde es acá? Dónde. Te escucho, pero no puedo encontrarte. El cadáver es tuyo, sos vos. Es tu cuerpo, no cabe dudas.
―No soy yo. Hacele caso a tu instinto. Sos científica…
―Soy científica. Y la ciencia dice…
―Confiá en tu instinto, en tu ciencia.

****************
―Dana, despertá. Estos son los resultados.
―Necesito el expediente médico de Mulder. Necesito chequear algo.
Mónica se comunicó con el FBI y consiguió lo que su compañera necesitaba. La veía más animada, quizás había descubierto algo y eso era un aliciente.
  Unas cuantas horas después, Mónica le entregó una carpeta con los registros médicos y Scully leyó todo. Sin embargo, se decepcionó de su esperanza y lloró porque todo había sido en vano. “Es él”, se dijo y rompió en llanto. “Es Mulder. Murió lejos y solo”.
  Mónica abrazó a su compañera que no paraba de llorar. “Confiá en la ciencia”, sintió Scully y de inmediato apartó a Mónica. Abrió nuevamente el expediente de Mulder. Comparó radiografías, tomografías hasta que finalmente llegó al laboratorio.
―Es como en aquel caso del niño que regresó 20 años después…
―No entiendo ¿me perdí de algo?
―¡De todo, Mónica! Este cadáver aquí no es Mulder. No sé dónde estará Fox, pero esto de aquí no es él.
  Mónica temió que su compañera de hubiera vuelto loca. Intentó frenarla, convencerla de que ese cuerpo era Mulder.
―Mónica… ¡es un clon! Sus laboratorios son iguales a estos que están aquí. Todos sus estudios son una copia exacta. La ciencia no falla. Nadie, ningún ser humano puede tener dos laboratorios idénticos en su vida. Es antinatural. Es un clon de ese Mulder, de esa época.
  Mónica observó el cadáver con desconcierto y no supo qué decir ante tan fantástica hipótesis.
―No sé qué está pasando aquí, pero larguémonos ya de este sitio ―dijo Dana de inmediato. ―Algo peor se avecina, lo puedo sentir en mis huesos.
  Ambas agentes volvieron al FBI, esperanzadas. Era claro que la conspiración jamás se había detenido y que estaba más viva que nunca. Era obvio que querían anular a Scully a través de sus sentimientos por Mulder. Ahora que estaban las cartas sobre la mesa, era necesario reabrir los expedientes X y ella debía volver a convertirse en una agente por él, una vez más.

Quia spiritus a Danai: Un espíritu para Dana

Los Expedientes Secretos X S11E01: Usurpación

Seudónimo: El Fumador.
     Autor: Juan Carlos Santillán.


1
Edificio del FBI; Quantico, Virginia
El recio taconeo resuena en el corredor. Se detiene frente a la puerta. A través del recuadro esmerilado se puede adivinar el desorden del interior. La mano pequeña de uñas cortas sin esmaltar coge con firmeza el picaporte y abre. Al fondo de la oficina, bajo docenas de lápices ensartados en las baldosas acústicas del cielo raso como estalactitas amarillas, un hombre está sentado de espaldas a la puerta tras el pesado escritorio de madera. Contempla un afiche que muestra la imagen borrosa de un platillo volador. En la parte inferior se lee una frase que expresa fe y desafío a la vez: "quiero creer".
    ¿Por qué tardaste tanto?
La recién llegada, pelirroja de facciones fuertes y profundos ojos verdes vestida con un traje sastre de color café, tuerce los labios en una sonrisa irónica.
    Lo siento, Mulder: me cuesta convencer a las monjas del hospital de que buscar extraterrestres es más importante que salvar la vida de los niños enfermos.
La silla gira. El hombre de cabello castaño oscuro y rasgos adormilados viste traje gris oscuro y corbata azul.
    Esos pingüinos endemoniados siempre son tan egoístas. Deberías dedicarte a labores más altruistas, Scully.
Dana Scully baja la cabeza y menea la roja cabellera sin dejar de sonreír, como una madre resignada a los engreimientos del hijo unigénito. Toma asiento en el único mueble que no está cubierto de papeles impresos y evidencia dudosa. Fox Mulder levanta el fragmento de meteorito con la forma del estado de Iowa que emplea como pisapapeles y tiende a Scully un informe policial.
    El primer análisis de ADN dio como culpable del asesinato a Mike Foster, de Vermont —lee ella—. Pero el segundo dio a... Akira Ito, de Osaka. Falló el examen de ADN. Es algo muy raro, pero no imposible.
    ¿Cuántas veces has sabido que ocurriera?
    ¿Has oído hablar de las "quimeras"? —pregunta Scully, cerrando la carpeta.
    Dos embriones comparten matriz, uno no llega a término y el otro absorbe su información, resultando con dos juegos de ADN diferentes. Pero en ese caso hablamos de hermanos, hay similitud fenotípica: dos individuos de ascendencia noreuropea, por ejemplo, uno gordo de ojos azules y otro delgado de ojos verdes. No uno europeo centro-occidental y otro asiático oriental.
    ¿Nunca has conocido a dos hermanos muy diferentes? —pregunta Scully, con el mismo tono que emplearía con uno de los niños del hospital—. ¿Dos hermanos que no se parecen en absoluto?
    ¿De un mismo embarazo? —pregunta Mulder a su vez, con tono burlón—. Los mellizos que conozco suelen parecerse aunque sea un poco.
    Ocurre. En especial si se trata de una misma madre pero dos padres diferentes.
    Entonces creo que nos hallamos ante una madre bastante promiscua —Mulder le alcanza otra hoja. Scully la coge, le da una ojeada y levanta el rostro con los ojos muy abiertos.
    ¿Un tercer juego cromosomático?
    Malina Ajarboyá, mujer pakistaní. Que los resultados coincidan con otras personas existentes creo que tampoco es muy común en mellizos —ironiza Mulder—. O en "quimeras".
Scully sostiene los tres resultados disímiles, pasando la mirada de uno a otro. Finalmente, encara a Mulder.
    Me parece que debemos viajar a Vermont.
    Ya compré los pasajes —responde Mulder—. El vuelo sale en cuarenta minutos.

2
Instituto Karl Landsteiner de Investigación en Genética Forense; Universidad de Vermont en Montpelier
Al otro lado del vidrio, el laboratorio luce como una gran pecera. Los sujetos en batas blancas se mueven apenas entre el brillo metálico de los aparatos, bajo las tenues luces de tonalidad turquesa. De la penumbra surge una figura fantasmal. Trae la melena grisácea alborotada y lentes de marco grueso montados en la nariz huesuda. Oprime un botón y la puerta de vidrio se desliza a un lado con un bufido.
    ¿El doctor Garrison? —pregunta Mulder.
    El mismo. Síganme.
Mulder y Scully ingresan al laboratorio. En la oscuridad, Mulder tropieza con una consola. Los recipientes sobre ella tintinean, amenazando con caerse. Todas las cabezas se dirigen hacia Mulder, que se queda quieto hasta que los recipientes recuperan su verticalidad y las espaldas vuelven a curvarse sobre el instrumental. Sólo un muchacho robusto de cabello rubio pregunta:
    ¿Está todo bien?
    Sí, gracias —responde Mulder—. Lo tengo todo bajo control.
El doctor Garrison resopla.
    Estamos experimentando con organismos fotosensibles, por eso la penumbra —explica—. Ya se acostumbrará. Mientras tanto, procure no romper nada.
    Claro. Perdone.
Scully levanta una ceja. Mulder sonríe y se encoge de hombros.
    Ésta es la muestra —dice Garrison, tomando un tubo—. Y estos son los cuatro resultados.
    ¿Cuatro? —pregunta Scully.
    Sí —responde el doctor, revisando los resultados—: Mike Foster, Akira Ito, Alina Majarboyá y... Fox Mulder.
Con los ojos muy abiertos, Scully voltea a ver a Mulder, que ha quedado mudo. Una luz roja parpadea en la pared.
    Deben excusarme un momento —dice Garrison, y sale.
    ¿Qué está pasando, Mulder? —susurra Scully, acercándose a su compañero.
    No lo sé, Scully, estoy tan sorprendido como tú.
Scully examina su rostro.
    Tú no estás sorprendido. Ya conocías ese cuarto resultado, ¿verdad? ¿Para qué hemos venido?
Cuidándose de que ninguna cámara de seguridad lo capte, Mulder deposita un pequeño cilindro en la mano de Scully.
    Esto, si no me equivoco —explica Mulder—, es uno de muchos experimentos de divergencia genética que se realizan aquí; la investigación forense es sólo una fachada.
    ¿Es un espécimen en estado embrionario? —pregunta Scully, abriendo la mano. En el interior del cilindro se agita una diminuta criatura con forma de renacuajo.
    Sí, uno humano.
Scully cierra la mano compulsivamente.
    ¿Montaste todo este teatro para robar un embrión humano genéticamente modificado? ¿Cómo sabías dónde estaría?
    Conocí a Gary en uno de esos foros sobre "teorías de la conspiración" que tanto desdeñas. Es el muchacho que preguntó si todo estaba bien.
    Y tú respondiste "tengo todo bajo control", claro. ¡No puedo creer que llegaras tan lejos! ¿Cómo introdujiste tu nombre en los resultados?
    Yo no lo introduje. Eso es real.
Se oyen pasos. Scully guarda velozmente la cápsula en un bolsillo.
    Agente Fox Mulder —dice uno de los dos oficiales que vienen con el doctor—, ¿está usted listo para ir a la prisión?
    ¡No pueden detenerlo! —Se adelanta Scully—. ¡La disparidad de los resultados no permite determinar...!
    No sé de qué habla, agente... Scully —interrumpe el oficial, leyendo el nombre en el photocheck—. No hemos venido a detener al agente Mulder, sino a conducirlo ante el recluso de categoría especial Mike Foster, tal como se nos solicitó.
Scully gira sobre sus talones. Sus ojos verdes se fijan duramente en los pardos de Mulder.
    Enternecedora defensa —dice éste, sonriendo–. Realmente me emocionaste.

3
Penitenciaría de varones de Burlington, Vermont
Al cerrarse la reja, la cerradura electrónica se activa con un chasquido. Mulder se acerca a la mesa y toma asiento en una de las dos sillas plegables. Una cámara de seguridad gira en lo alto, enfocándolo. La puerta metálica al otro lado de la habitación se abre. Un presidiario en traje naranja ingresa encadenado de pies y manos. Tiene la cabeza rapada. Haciendo tintinear las cadenas, arrastra las zapatillas blancas hasta la mesa y toma asiento en la otra silla. Su rostro es pálido y anguloso; verdes ojeras rodean los saltones globos oculares.
    ¿Mike Foster? —pregunta Mulder.
    Por el momento, agente Mulder —responde el otro, mostrando una doble hilera de dientes disparejos.
    Lo curioso es —Mulder gira la carpeta abierta que reposa sobre la mesa, deslizándola hacia el presidiario—, que Mike Foster fue ejecutado en Oregon hace tres años.
    Evidentemente no estoy muerto, ya que estoy sentado frente a usted, hablando —El presidiario no aparta la vista de Mulder—. A menos que fuese un fantasma. Eso lo convertiría a usted en Hamlet, tal vez. Y a la agente Scully en una atractiva Ofelia pelirroja. ¿Y quién sería el director Skinner? ¿Polonio? ¿Le gusta Shakespeare, agente Mulder?
    ¿Quién es usted? —pregunta Mulder.
La cámara gira hacia otro lado. La luz roja que indica si está funcionando se apaga. Vuelve a asomar la dentadura retorcida. Mulder adelanta el cuerpo sobre la mesa.
    ¿Qué es usted? —corrige.
El rostro cadavérico se adelanta a su vez, hasta casi tocar el de Mulder, que puede sentir el olor a amoniaco en su aliento.
    "Somos Legión" —contesta.
    Son fenómenos salidos de un laboratorio. ¿Qué pretenden, reemplazarnos a todos? ¿Por qué mi ADN, cómo lo hacen?
    Reemplazarlos es sólo una parte de algo mucho más grande. ¿Cómo obtenemos el ADN de cualquier individuo? Estamos en el FBI, agente Mulder, en la CIA, en la NSA: tenemos la información de todo el mundo. ¿Por qué usted? Porque queremos enviar un mensaje. Y usted es el indicado.
    ¿Y cuál es ese mensaje?
    Su tiempo ha terminado —sentencia el presidiario, ampliando su sonrisa al tiempo que se reclina en el asiento—. Nosotros ocuparemos su lugar.
Mulder se pone de pie. Da media vuelta, dirigiéndose a la puerta.
    Agente Mulder.
Voltea al oír la voz del presidiario. Pero, al encararlo de nuevo, quien está sentado a la mesa con el mono naranja y las cadenas es un hombre calvo de mediana edad, de complexión atlética, expresión beatífica y nariz bulbosa.
    Estamos en el FBI —Mulder vuelve a oír la frase, esta vez en la voz del director Skinner.
La cerradura se desactiva, abriendo la reja. Mulder se precipita al pasillo y echa a correr. En la admisión recupera su teléfono celular. No se detiene a recoger su abrigo. Sale del edificio a la ventisca helada que le azota el rostro, calándole los huesos, y llama a Scully.
    ¡Mulder, he intentado ubicarte varias veces! —dice Scully, apenas contesta—. Mandé a analizar una muestra de tejido del espécimen. Arrojó seis resultados diferentes. Y uno de ellos...
    ... Eras tú.
    ¿Cómo lo sabes?
    ¡Escúchame bien, Scully: debes salir de ahí!
    ¿De qué hablas, Mulder? En este momento estoy entrando a la oficina del director Skinner; necesitaremos su ayuda si queremos solucionar esto. Te llamaré luego.
    ¡No, Scully, no entres a... !
Pero ya la comunicación se ha cortado. Mulder contempla impotente el aparato. Se oye el ruido de un motor. Un auto negro de lunas polarizadas está estacionado frente a la puerta. De la parte posterior se eleva una voluta de humo. Una mano huesuda y arrugada arroja la colilla al aire.
    Arranque —Se oye la voz rasposa del Fumador.
    ¡Oiga! —grita Mulder, corriendo hacia el vehículo.
El vidrio sube. El auto parte. Mulder lo persigue varios metros hasta que, sin aliento, lo ve salir del complejo penitenciario y perderse en la tormenta. Intenta volver a contactar al teléfono de Scully, pero la monótona grabación lo manda al buzón de voz. Realiza dos llamadas más. Aeropuertos y carreteras están cerrados. Luego, la línea empieza a fallar.
En ese momento, un mensaje de texto enviado desde un número desconocido llega a su celular, justo antes de que la señal se pierda del todo.
    "El resto es silencio" —lee Mulder en voz alta, viendo sus palabras transformarse en vapor. Tiembla. Levanta la vista y otea el borroso horizonte cubierto de nieve más allá de la alta valla electrificada.
La verdad está allá afuera.

09.06.17



Peonías rojas

Seudónimo: Alice Kyteler.
     Autora: Paloma Celada Rodríguez.


Era una mañana soleada de mayo, el calor a pesar de ser muy pronto ya empezaba a hacerse notar de manera que más pareciera ser un día propio del verano. En la cuneta de una carretera secundaria, un Mondeo Berlina negro estaba parado, en su interior se encontraban los agentes especiales del FBI, Fox Mulder al volante y Dana Scully en el asiento del copiloto.
Mientras el agente Mulder manipulaba el GPS, la agente Scully miraba con cara de resignación por la ventana lateral al mismo tiempo que tamborileaba con los dedos impacientemente el salpicadero.
— Puedo aceptar que me hayas traído hasta este recóndito rincón de Nueva Jersey sin apenas informarme del nuevo caso –comentó Scully sin desviar la mirada de la ventanilla– pero que nos hayamos perdido y sigas en tu mutismo empieza a exasperarme.
— Tranquila, Scully –respondió Mulder mientras seguía tecleando coordenadas en el navegador del auto–. En cuanto me haga con la ubicación exacta de la casa de la familia McArthur te informaré detenidamente sobre este interesante caso. No te lo vas a creer.
— A estas alturas de ti me creo ya cualquier cosa, Mulder.
— ¡Ya lo tengo! –exclamó Mulder al tiempo que ponía en marcha el coche y retomaba la ruta–. En breve te presentaré a la interesante señora McArthur o Neville, su apellido de soltera y como ella quiere que la llamen desde que enviudó. Mientras, te pongo, ahora sí, en antecedentes.
Así, el agente Fox Mulder empezó a relatar los extraños fenómenos que desde hacía varias semanas estaban afectando a una familia del condado de Somerset y que eran la comidilla de la pequeña población de Bridgewater.
Dos meses atrás, la matriarca de la familia McArthur empezó a tener un comportamiento extraño. Marjorie Neville, de 67 años, viuda desde hacía 36 y con cinco hijos, se levantaba de su cama en plena noche dando alaridos y huyendo de no se sabía muy bien qué. Con una fuerza inesperada en una mujer de su edad se zafaba de todo aquel que quería hacerla volver en sí e intentar que se calmara. Entre balbuceos inconexos y con la mirada desorbitada gritaba aterrada en una especie de trance que nadie sabía cómo describir.
Después de unos momentos angustiosos la sonámbula, pues de sonambulismo creyeron sus hijos que se trataba el mal de la señora Neville, parecía despertar del todo y entonces caía inconsciente en el suelo. Tras recobrar el sentido, Marjorie no recordaba nada pero en su rostro se reflejaba un gran temor.
Al principio nadie dio importancia a estos sucesos nocturnos, ni siquiera la propia Marjorie; todos creyeron que se trataba de pesadillas que acabarían despareciendo con unos ansiolíticos. Pero, poco a poco, los ataques se fueron recrudeciendo, a pesar de la medicación que el doctor de la familia le prescribió, y en algunas ocasiones los balbuceos inconexos se convertían en frases comprensibles en las que la señora Neville decía “No, por favor, no lo hagáis. Tened piedad.” u “Os lo ruego, soy inocente, siempre fui leal a mi señor, el rey”.
A medida que trancurrieron las semanas Marjorie recordaba imágenes sueltas de sus pesadillas, entre las que siempre había un elemento común: un hombre con el torso desnudo y una negra caperuza se acercaba a ella con un hacha enorme. A veces, la señora Neville refería que ese mismo hombre levantaba un bulto con su mano izquierda y cuando se giraba hacia ella podía ver que ese bulto era la cabeza ensangrentada de la propia Marjorie.
Ni los ansiolíticos más potentes ni los neurolépticos más fuertes de la farmacopea consiguieron hacer desaparecer semejantes pesadillas y se barajó la posibilidad de ingresarla en un hospital psiquiátrico aunque ningún especialista en la materia supo diagnosticar su enfermedad.
El sheriff de Bridgewater, Jef Burton, había realizado un curso de actualización en las instalaciones de Quantico y allí supo de la existencia de Fox Mulder, el “Siniestro”. Burton, un hombre abierto a innovadoras alternativas y angustiado porque su amiga Marjorie empeoraba a ojos vistas decidió contactar con el agente Mulder y ponerle al corriente del comportamiento de su vieja amiga. Este no se hizo de rogar, avisó a Scully de un nuevo caso  y sin comentarle nada más se personó delante de la casa de la familia McArthur.
Antes de acercarse a la vivienda contó la extraña historia a Scully, y esta asistió al relato con cierta actitud burlona.
— ¿Me estás diciento que hemos recorrido 200 km para ver a una mujer que padece de un trastorno del sueño? Mulder, te dije que de ti ya me creía todo pero me parece que me quedé corta. Esta vez te has superado.
— No, Scully. La señora Neville no padece ningún trastorno, por eso la medicación no ha surtido efecto.
— Bien, entonces según tú ¿qué es lo que le pasa a la señora Neville? –preguntó Dana Scully entornando los ojos y ladeando la cabeza.
— La señora Neville es la reencarnación de Margaret Pole –respondió Mulder con todo el aplomo de quien está convencido de lo que dice.
Scully miró a Mulder con una media sonrisa en la cara y con cierto aire de conmiseración dudó antes de decir:
— Reencarnación. Ya. Margaret Pole. ¿Quién es Margaret Pole, Mulder?
Mulder sonrió abiertamente pues estaba deseando compartir con su compañera toda la información que había recabado desde que el sheriff Burton contactó con él. Saliendo del coche e invitando a Scully para que hiciera lo propio, se dispuso a contar la historia de Margaret.
— Prepárate, Scully, para aprender un poco de Historia británica.
Y mientras Scully se apoyaba en el capó del Ford Mondeo cruzando los brazos y con una expresión burlona en la cara, Mulder procedió a relatar el triste sino de Margaret Pole.
En la Inglaterra del siglo XVI, la condesa de Salisbury Margaret Pole fue ejecutada acusada de alta traición al rey Enrique VIII. Su fidelidad a la religión católica y su abierta oposición a la escisión de la Iglesia por parte del monarca la pusieron en el punto de mira de la cólera real y murió decapitada en la Torre de Londres, la madrugada del 27 de mayo de 1541. 
— Te agradezco que me documentes sobre uno de los episodios más negros de la Historia de Inglaterra, Mulder. Pero ¿qué tiene que ver esto con lo que le ocurre a la señora Neville? –argumentó Scully.
— Tú misma te vas a contestar esa pregunta en cuanto hables con Marjorie y ella te cuente de viva voz qué sueña y qué siente. Verás cuántas similitudes tienen sus sueños con lo que le pasó a Margaret Pole –dió como respuesta Mulder a la vez que enfilaba el camino de gravilla que conducía hasta la puerta de la casa que tenían frente a sí.
Mientras los dos agentes llegaban a la casa, les salió al paso una anciana con el pelo blanco, la tez pálida y con unas grandes ojeras que ensombrecían pero que no conseguían afear los preciosos ojos azules que evidenciaban una belleza ajada pero sumamente atractiva a pesar de su edad. Con un apretón de manos firme, más propio de un varón, saludó a los agentes y se presentó como Marjorie Neville.
Tras invitarles a entrar en la casa y una vez servido un refrigerio para aliviar el calor de un mes de mayo especialmente sofocante, Marjorie contó a los dos agentes sus angustiosos sueños.
— Al principio no era capaz de recordar nada de lo que soñaba –comenzó su relato Marjorie– pero con el transcurrir de los días los sueños han ganado en realidad y definición. Siempre empieza igual: siento una presencia extraña en la habitación, como un aliento que sopla en mi cuello, me despierto, o sueño que lo hago, no estoy segura. Entonces veo entre sombras un hombre corpulento con la cabeza y el rostro completamente cubiertos con una especie de gorro horadado por dos orificios a la altura de los ojos, en sus brazos porta una enorme hacha, se acerca a mí y entonces intento escapar. Luego todo se vuelve confuso y entre brumas veo cómo ese hombre se gira hacia mí llevando en una de sus manos mi propia cabeza decapitada y en la otra mano el hacha ensangrentada.
Durante unos segundos Marjorie calló y parecía que no podría continuar, pero se repuso tomando aire profundamente y siguió hablando.
— Cada día que pasa el sueño es más real. Ayer mismo noté cómo ese hombre me agarraba del pelo mientras profería insultos, me llamaba zorra católica, traidora y me avisaba de que mi muerte sería dolorosa.
En este punto Marjorie empiezó a sollozar y no pudo continuar. Mulder intentó consolarla mientras que Scully permanecía en silencio. Tras unos minutos de conversación intrascendental se despidieron de la señora Neville pues esta estaba sumamente afectada y ya no fue capaz de aportar más información.
***
Ya instalados en un modesto motel de carretera a las puertas de Bridgewater, Mulder y Scully hablaban sobre el caso delante de unos platos combinados y un par de cafés.
— Estoy deseando saber qué te hace decir que lo que le ocurre a la señora Neville es un caso de reencarnación, Mulder –comentó Scully mientras daba un sorbo a su humeante café.
— Sé que eres reacia a creer en reencarnaciones, pero en este caso vas a darme la razón –respondió Mulder. Margaret Pole y Marjorie Neville tienen muchas cosas en común, Dana. La localidad en la que nacieron tiene el mismo nombre, Somerset, la primera en el condado que está en Inglaterra y la segunda en el de Nueva Jersey. Las dos tuvieron cinco hijos y se quedaron viudas a la misma edad. La madre de Margaret se apellidaba Neville. Has de reconocer, Scully, que las coincidencias son alarmantes.
— Te sorprendería saber hasta qué punto la probabilidad estadística juega con nosotros haciéndonos ver semejanzas donde no las hay –respondió Scully. En cualquier caso todo lo que cuentas no me parece suficiente para sustentar tu absurda teoría de la reencarnación.
— Espera Scully, que aún hay más. Margaret Pole murió decapitada a la edad de 67 años, los mismos que tiene ahora Marjorie. La señora Neville nos ha contado que el sujeto que la visita por las noches le avisa de que su muerte será dolorosa. Margaret Pole recibió diez golpes de hacha antes de morir definitivamente, fue un 27 de mayo y hoy estamos a 26. Esos sueños son el aviso de que la historia se repetirá.
Scully dejó la servilleta que tenía entre las manos para exclamar:
— No puedes hablar en serio, Mulder. ¿De verdad crees que el espíritu de una condesa decapitada hace casi 500 años se ha reencarnado en la señora Neville?
— No me negarás, que hay demasiadas similitudes y si no ¿qué explicación tiene todo esto, además por qué Marjorie sueña esas cosas? –argumentó Mulder.
Apoyándose sobre la mesa Scully se acercó a su compañero para replicar:
— Hay expertos que creen, basándose en investigaciones previas, que la memoria se puede heredar. Determinadas vivencias de nuestros antepasados pueden residir en forma de recuerdo en nuestro cerebro. Mientras tú ibas a registrarnos en el motel yo he estado haciendo mis deberes y he indagado por internet sobre la familia Neville. Son oriundos de Gran Bretaña y adivina en qué zona vivían sus antepasados. Sí, Mulder, en el condado de Somerset.
— ¿Heredar la memoria, Scully? –respondió Mulder– ahora eres tú la que no puedes hablar en serio. En el caso de que así fuera ¿cómo pudo heredar ese recuerdo Marjorie si la vivencia traumática de su antepasada Margaret fue en el momento de morir?
— Es posible que el recuerdo heredado no provenga de la propia Margaret sino de alguien que presenció su muerte, por ejemplo alguno de sus hijos –respondió muy segura de sí misma Scully.
— Daré por un momento validez a tu teoría, Scully, solo por un momento. Ahora, ¿me puedes explicar por qué precisamente ahora, cuando se va a cumplir la efemérides de la ejecución de su antepasada y en el año en que las dos tienen la misma edad, Marjorie tiene esos sueños inquietantes? ¿Por qué no los tuvo hace años, por ejemplo?
— Quizás la propia Marjorie leyó algo sobre su antepasada y lo olvidó –respondió Scully sin ceder un ápice de terreno en su teoría– y ahora su subconsciente le haya traído el recuerdo. Los mismos expertos que apoyan la hipótesis de la memoria heredada, afirman que los recuerdos pueden despertarse por sensaciones relacionadas con la escena recordada, como un olor.
Scully dio un sorbo más a su café y continuó.
— Me he dado cuenta de que en el porche de la casa de la señora Neville hay un parterre con peonías. Esas flores también se dan con frecuencia en Londres, es posible que el olor que desprenden, dada la época, haya sido el desencadenante de todo esto.
— De todas formas, Scully, me quedaría más tranquilo si vemos a la señora Neville mañana, el 27 de mayo –insistió Mulder.
— Como quieras, total ya doy por perdida la semana –contestó Scully.
***
Al día siguiente volvieron a la casa de Marjorie Neville, ella, una vez más salió a recibirles en la entrada. Pasaron al interior de la vivienda y los dos agentes pudieron constatar que la señora Neville tenía un aspecto mucho más relajado que el día anterior. Según ella misma les relató, la noche anterior era la primera desde hacía varios meses en que no había tenido ninguna pesadilla, ningún verdugo ni ninguna voz amenazante la visitaron mientras dormía. El alivio y la esperanza se reflejaban en el rostro de Marjorie.
Los dos agentes se despidieron de la señora Neville después de que ella les agradeciera la cortesía y las molestias que se habían tomado al interesarse por lo que, ahora estaba segura, había sido una manifestación de un estado de ansiedad provocado por la edad.
Una vez en el coche, Scully, se giró hacia su compañero para decirle.
— Bien, ya has visto que la señora Neville sigue teniendo la cabeza sobre los hombros, además sus pesadillas han desaparecido de la misma manera que empezaron.
— Parece que el caso se ha cerrado inesperadamente –contestó Mulder de manera taciturna.
— Nunca hubo caso, Mulder. Tan solo una historia que tu mente excesivamente imaginativa formó alrededor de unos hechos sin demasiada importancia. El mundo onírico es tremendamente extraño. Anda, volvamos a casa.
El Mondeo Berlina negro enfiló la carretera y cuando tomó la primera curva dejó atrás la casa de la señora Neville. Justo en ese momento un hombre, con el torso desnudo y con una caperuza negra que le cubría completamente la cabeza, entraba por la puerta principal pisoteando previamente el parterre de peonías; en su mano derecha portaba un hacha.


NOTA DEL AUTOR: Margaret Pole fue ejecutada acusada de conspiración contra el rey Enrique VIII de Inglaterra. Como fecha de su muerte consta el 27 de mayo de 1541, pero otras fuentes señalan que realmente fue decapitada el día 28.