lunes, 29 de octubre de 2018

Tacones lejanos

Por Daniel Canals Flores.

Aquel fue un día nefasto para Nelly alias “Rizos Dorados”. Habían llegado unas jovenzuelas nuevas al burdel donde trabajaba y cuando esto ocurría el ganado viejo, como las llamaba la Bruja Blanca, debía salir al exterior a ganarse las habichuelas.
Esto significaba andar perdida por la gran ciudad, durante horas, pasando hambre y frío, además de atender a vete tú a saber qué tipo clientes. No obstante, si la madame lo ordenaba entonces tocaba obedecer sin rechistar.
Nelly caminó tanto, que terminó llegando al extrarradio de la ciudad. Una vez allí, con los pies doloridos por los tacones de aguja, decidió parar a descansar. «Seguro que las novatas no lo deben estar pasando mejor» se consoló. Madame Bruja Blanca no sentía empatía por ningún ser humano y solo le interesaba su propio beneficio personal. La adicción al polvo nasal, de ahí lo de blanca, la obligaba a gastar ingentes cantidades de dinero que debían producir sus chicas para costear su vicio abyecto.
Apoyada en la farola, Nelly inclinó el cuerpo para sacarse uno de los zapatos. Llevaba rato con una pequeña china en el interior que la estaba torturando. Luego, más aliviada, echó un vistazo alrededor y fue cuando descubrió la caseta de la obra en medio de un descampado.
No era el hotel Ritz pero bien le podía servir para descansar un rato. Se acercó sigilosa, miró a través de dos pequeños ventanales y al ver que no había nadie dentro, probó suerte con la manilla, que cedió a su presión abriéndose la puerta.
El interior era más espacioso de lo que parecía desde el exterior y lo primero que encontró fue una mesa con tres bocadillos encima. El grandote, uno mediano y otro pequeño, todos ellos envueltos en papel de aluminio.
Curiosa y algo hambrienta, después del largo paseo, probó suerte desenvolviendo el primer bocadillo, el grande. Éste apestaba a atún y ella, como era alérgica al pescado, lo dejó de nuevo. Decidió probar el mediano pero notó el pan muy duro. Solo quedaba el pequeño y su agradable sorpresa fue la de encontrarse un bollito de pan de leche, tierno y jugoso, relleno de un queso suave. Tras darle mordisco de prueba, no dudó en comérselo entero.
Al terminar de comer, le entró un poco de frío. Buscando con que cubrirse, en una esquina de la caseta, encontró unas chaquetas colgadas de un perchero. La primera que cogió era inmensa y cabían tres como ella, allí dentro. La siguiente, le produjo una especie de urticaria al intentar ponérsela y la descartó también. Cogiendo la más pequeña, se la puso y casi cuando había conseguido cerrar la cremallera del todo… ¡ris ras! La chaqueta se rasgó por completo de arriba abajo. Se la quitó y la volvió a dejar colgada.
Al fondo, descubrió tres jergones tirados en el suelo. Seguramente eran usados por los obreros para echarse la siesta y solo pensar en ello se le empezaron a cerrar los ojos. Se tiró encima del colchón grandote, pero un hedor repugnante la hizo levantarse de nuevo. Aquello olía a oso peludo sin lavar. Intentó la misma operación con el mediano aunque un olor parecido, más zorruno, la estuvo a punto de hacer desistir en su intento de descansar. «Al menos podían haber oreado un poco las piltras», pensó la “Rizos Dorados”. Parecía que nadie se duchaba allí desde hacía mucho tiempo.
En el tercer colchón, el pequeño, Nelly encontró más asumible el aroma a machote y allí acabó sumergida en los brazos de Morfeo.
A media tarde, Frank, su parienta La Cheli y su único hijo Tumnus, regresaron a la caseta que les servía de hogar desde que los habían desahuciado por no poder pagar el alquiler. Los tres traían más hambre que el perro del afilador, que se comía las chispas de su dueño para echarse algo caliente al cuerpo.
Una vez dentro fueron directos a por los bocatas que habían preparado por la mañana y Frank le gritó a La Cheli:
—¡Estoy harto de que te dejes el bocadillo sin tapar que luego se lo comen las hormigas!
—Los he tapado antes de irnos, ¿no ves el papel de plata? —respondió ella.
—¡El mío ha volado! —gritó Tumnus.
—¡Me voy a cagar en todo lo que se menea! —gritó entonces Frank.
—Mirad a ver si falta algo más, igual han entrado a robar —dijo entonces La Cheli.
Los tres empezaron a rebuscar y fue cuando Frank descubrió las chaquetas revueltas en el perchero. Se puso a comprobar la suya y gritó de nuevo:
—¡Alguien ha alborotado el perchero y se ha puesto mi tabardo!
—Veis lo que os decía. Han entrado a robar y han registrado los bolsillos de la mía también —dijo La Cheli.
—¡Pues a mí me la han rajado entera! —gritó Tumnus mosqueado.
Del fondo de la caseta, en la zona de los jergones, empezaron a llegar unos ronquidos espectaculares. Frank sacó entonces la navaja trapera y con un gesto los mandó callar a todos. Despacio, se fueron aproximando al colchón más grande y vieron que alguien se había tumbado encima. Después, comprobaron que en el otro, el de La Cheli, también estaba fuera de su sitio. Solo quedaba uno y allí fue donde descubrieron a Nelly en el séptimo cielo.
—¡Sera posible! ¡¿Habéis visto como ronca la tía cerda esta?!
Esta vez fue La Cheli, la que gritó como una loca. Que se comieran un bocadillo tenía un pase, que alguien rajara la chaqueta del crio, pues aún. Pero que otra hembra se tumbara cerca del catre de su hombre, eso sí que la ponía a cien.
Su marido tuvo que frenarla para evitar que sacara a Nelly, de los pelos, arrastrándola hacia la salida. Entonces debido al alboroto fue cuando por fin se despertó. Posó su mirada somnolienta sobre ellos y al ver a Frank, con la navaja abierta en la mano, pegó un grito salvaje:
—¡ahhhhhhh! ¡No me mates, solo me he comido un bocadillo, lo juro!
Aquí fue Tumnus el que trató de poner algo de paz, en el asunto, intentando tranquilizar a Nelly:
—No sé quién eres ni que haces aquí, pero te recomiendo que vuelvas por dónde has venido.
Viendo que se incorporaba para marcharse, Frank guardó la navaja y pasó a controlar a La Cheli que presta a saltar como una pantera, no perdía de vista a Nelly ni un instante.
Fuera casi había anochecido y Tumnus, apiadándose de “Rizos Dorados”, le propuso acompañarla hasta la parada del metro más cercana. Una vez allí, ella en agradecimiento, depositó un beso en los labios del joven y se marchó de regreso al burdel. Ahora le tocaba inventar una buena excusa para evitar que la Bruja Blanca la despellejase viva. 

– FIN –

Consigna: Deberás reescribir «Ricitos de Oro». La trama debe transcurrir en la actualidad. Y deberás incluir dos protagonistas de la saga «Las Crónicas de Narnia».


Ródope y los adoradores de Hades

Por Ernesto V. Salcedo.

Y así fue como Hades, harto de intrigas entre hermanos decidió marcharse y empezar de nuevo en un lejano confín de la galaxia. Tras una eternidad de búsqueda al fin encontró el lugar perfecto donde practicar sus juegos favoritos. El planeta Trappist-1 y sus siete lunas tenían el potencial necesario para crear un reino de oscuridad, lejos de las absurdas leyes del Olimpo. Lo primero que tuvo claro es que necesitaba un palacio a la altura de su magnificencia. Levantó con su poder una fortaleza que empequeñecía a su vieja morada y una vez estuvo orgulloso de su creación, transformó el planeta a su imagen y semejanza llenándolo de azufre, ríos de lava y calor asfixiante. Cuando ya se sentía como en casa buscó adoradores que sufrieran en ella y colmaran el aire de gritos desgarradores. Para poblar cada terruño, arrastró a su lado a las almas de los adeptos de las más locas sectas terrícolas. Trajo a los Raelianos, Tifonianos, a los miembros de la Iglesia de la Cienciologia y a los hijos del Templo del Sol. Y, para terminar, a sus dos grupos preferidos, los Davidianos y los acólitos del Templo del Pueblo, por haber demostrado una verdadera vocación de sacrificio, los ubicó en los satélites más próximos a él.
A todos ellos, Hades les ofreció la tecnología necesaria para que en poco tiempo fueran las sociedades más avanzadas del universo. Eso sí, les puso una condición. Podían seguir con sus orgías, lavados de mente, alucinaciones conjuntas, no tenía problema con nada de eso, es más, les ordenaba que todo lo hicieran en su nombre, pero les impuso que solo podían salir de sus satélites para la celebración anual que él organizaba. En ese día, el dios enviaba a su mano derecha, el hijo de Hermes, a los diferentes mundos, volando con sus botas aladas, para entregar las invitaciones al baile. En dicha fiesta, cada familia gobernante está obligada a enviar a un representante con la misión de ofrendar una nueva arma con la que él pueda disfrutar de nuevas emociones a la hora de torturar a aquellos que viven bajo su yugo. Y todos sabían que, algún día, el dueño de sus destinos encontraría, en dicha ceremonia, a la elegida para ocupar el hueco que quedó vacío en su oscuro corazón desde que Perséfone lo traicionó. Él necesita una diosa con la que deleitarse con el dolor y el sufrimiento de sus víctimas.
Y hoy es de nuevo ese día y Jim Jones, líder del Templo del Pueblo, está ansioso. Desde la última vez que su invento fue seleccionado ha pasado ya demasiado tiempo y para esta ocasión ha tirado la casa por la ventana. Irá con dos de sus más hermosas hijas del amor y conseguirá el favor de Hades. Tan ensimismado está en sus elucubraciones que no ve llegar a Ródope y choca con tal violencia con ella que caen al suelo redondos. De las manos de la chica vuelan por el aire dos aros dorados y un bastón de mando que, al precipitarse, golpea en la cabeza de Jim con un impacto brutal. Los bramidos que escapan de su garganta se escuchan por todo el palacio y, de la nada, aparecen sus preferidas y lo ayudan a levantarse. Se deshace de ellas con un ademán brusco y empieza a golpear e insultar a la causante de su dolor que aguanta el correctivo con estoicismo y resignación ya que está acostumbrada a los castigos. Al final el líder nota cansados sus brazos y baja la intensidad y es en ese momento, aunque su mente se empeña en gritarle que no lo haga, cuando la joven intenta enseñarle el arma que ella misma ha desarrollado en los pocos descansos que puede tener, pero, Jim Jones, harto de ella ni la escucha, coge una de las mazas que cuelgan de las paredes y destroza los artilugios por completo. Una vez hecho esto, al no ver aplacada su furia y para no terminar haciendo algo que luego pueda lamentar, se da media vuelta y se aleja agarrando las cinturas de sus amadas hijas.
Ródope ve como se marchan y la frustración se convierte en llanto. Por un momento fue valiente y olvidando todas las vejaciones, malos tratos y humillaciones sufridas en esta mansión de pesadilla, pensó que tal vez se atrevería a pedirle a Jim poder acompañarlos al baile, pero todo se ha ido al traste. Derrotada, con la cara oculta entre sus manos, no ve como, en un fulgor ocre que surge a sus espaldas, aparece una extraña figura que apoya una mano en su hombro y la consuela. La adolescente alza la cabeza y contempla a una mujer muy hermosa que la observa con atención. Su primer impulso es huir, pero la desconocida, que se presenta como su Hada Madrina, la tranquiliza. Este ser maravilloso asegura que ha venido a este recóndito lugar del universo para ayudarla a alcanzar sus deseos más oscuros.
Ante su incrédula mirada, el hada, con un simple gesto de su mano derecha, eleva en el aire los miles de pedazos que hasta hace unos minutos eran, según la muchacha, el arma destructora definitiva y los funde en un miasma incandescente que se moldea hasta recobrar la forma y funcionalidad de antaño. Ródope quiere reír y llorar al mismo tiempo. Está feliz por recuperar todo el trabajo perdido, pero sigue teniendo el problema de la enorme y vacía distancia que hay entre ella y el planeta de Hades. Su salvadora sonríe mientras arquea sus cejas y chasquea los dedos. Sin creer lo que ven sus ojos, por cada uno de los pasillos que vierten su aire al lugar donde aún descansa en el suelo apaleada, surgen centenares de robots que comienzan a ensamblarse en un loco rompecabezas que, si bien al principio no tiene sentido, termina por mostrar una astronave calcada a un halcón espacial. Hecho esto, la benefactora se acerca a escasos centímetros de su ahijada, levanta su dedo índice, cuya punta brilla incandescente, y lo posa en la frente de una sorprendida joven. Sin esperarlo, un torrente de conocimientos inunda su cerebro a fin de poder pilotar esta magnífica nave interplanetaria. Para terminar, solo falta ir vestida para matar. Con un par de moños a ambos lados de la cabeza y un vestido blanco rodeado por un cinturón plateado ya está preparada para surcar las estrellas. Antes de partir el hada insiste en que la nave se desmantelará justo a las doce de la medianoche y que, si ella no está de regreso antes de esa hora, quedará atrapada para siempre en el mundo de pesadilla del dios de la muerte.
Sin perder más tiempo, Ródope despega y vuela a velocidad de crucero para alcanzar su destino. Aterriza junto a la puerta del palacio donde el heraldo la recibe solícito. Para poder entrar, ella debe darle el arma. Sin mostrarse nerviosa entrega solo el cañón y accede al salón de baile. Allí, el lujo y la pomposidad griega inundan cada rincón. El pabellón central, acotado por inmensas columnas invita al regocijo y al libertinaje. Conocía por rumores el estilo y gusto de la deidad, pero la decadencia que exhuma esta estancia es excesiva. Un incesante gorgoteo la acompaña en cada uno de los pasos que da sobre el mármol rosado y brillante sobre el que camina. Proviene de cada una de las decenas de fuentes que la rodean. De todas ellas, en un correr incesante y eterno, no deja de brotar vino. Letreros escritos en griego, que indican la procedencia de tan delicioso y cautivador néctar, van cambiando conforme la bebida que fluye por ellas cambia de tonalidad y, seguro, de sabor. Las gárgolas que observan desde los capiteles, sonríen ante la perspectiva de la bacanal que se avecina.
De pronto lo ve. Al fondo, sentado en su trono de huesos y almas, permanece Hades, hastiado a más no poder, mientras le muestran, uno tras otro, los regalos que le han traído. En su mirada se puede ver que nada le satisface. En este mismo momento son Jim Jones y sus hijas quienes acuden a ofrendar. Su expresión de satisfacción muda al instante a terror en cuanto el dios los expulsa asqueado. Ahora le toca a ella. Ródope se arrodilla y observa como el dios juguetea aburrido con el bastón en la mano. Por mucho que lo intenta es incapaz de hacerlo funcionar. Ella, con una sutil finta, escapa del tardío acto reflejo del heraldo y coge el arma mientras roza con sensualidad los dedos de su señor susurrándole al oído que solo puede dispararse si se llevan puestas las tobilleras. Para que todo quede más claro, alza el arma con sus delicadas manos y lanza un rayo destructor hacia uno de los invitados, alcanzando al mismísimo David Koresh, líder de los Davidianos. Este, envuelto en un brillo cegador, comienza a sufrir en sus carnes toda la maldad que ha acumulado durante toda su existencia. El dolor y sufrimiento que siente fluye a través de sus ojos, que muestran un padecimiento más allá de toda comprensión. El macabro espectáculo solo dura unos segundos, pero es suficiente para seducir a su anfitrión, que maravillado, observa complacido. Pero eso no es todo. Koresh, de pronto, se convierte en un vapor rosado que queda flotando en el aire. La doncella acaricia la cintura de su acompañante y lo empuja hacia la ambrosía que flota frente a ellos.
Sin poder evitarlo, Hades se sumerge en el éter y lo aspira. Jamás, en su milenaria existencia, había sentido nada igual. El éxtasis que inunda su ser es abrumador y adictivo. ¡Por fin ha encontrado a aquella que reinará junto a él! Coge la mano de Ródope y la lleva a la pista de baile. Allí, entre besos y magreos, ella le explica que, a mayor maldad en el alma de la víctima, más exquisita y sabrosa será la esencia a devorar. El tiempo vuela entre los brazos de los dos enamorados. Y así, sin darse cuenta, la medianoche acecha a la vuelta de la esquina. Ella, temerosa de mostrarse al dios tal y como es, suelta una nimia excusa sobre que debe ir al baño a retocarse y se aleja. Él, mientras tanto, vuelve a su silla y agarrando la pistola sueña con los buenos ratos que van a pasar juntos, su amada y él, embriagándose con los miles de voluntarios forzosos que pasarán a formar parte de su despensa de dulce elixir. Ensimismado, alza la vista y ve como ella sale corriendo por la puerta del palacio. Intranquilo, se da cuenta que se ha llevado consigo las tobilleras. Es por esto que sale en su persecución.
Ródope oye los brutales gritos de Hades a sus espaldas y acelera el paso. En este impase, una de las tobilleras se abre y cae por los peldaños de la escalera. Ella ni se da cuenta, se mete en su nave y se lanza al espacio a velocidad hiperespacial justo en el momento en que el dios sale por la puerta y la ve marchar. Furioso, jura que no la dejará escapar así como así y comienza a lanzar inútiles rayos de fuego que jamás la alcanzarán pero que aun así provocan una destrucción apocalíptica a su alrededor. En ese momento sale su fiel heraldo y cauteloso lo calma. Le dice que ella no habrá huido para quitarle el arma, ya que fue ella misma quien la trajo. Cree que hay otra razón y que será él quien la descubra. Es lo mínimo que puede hacer por el amo que lo salvó del inframundo, allí donde fue enviado por el innombrable hijo de Poseidón.
Con un ágil ademán, coge las dos partes del arma, se calza sus mágicas zapatillas y vuela por el universo en busca de la futura diosa de la muerte. Visita todos y cada uno de los planetas aguantando, de forma serena, los sermones con los que taladran su mente todos y cada uno de los líderes de las sectas que visita. Pero no encuentra a la afortunada. Tras seis fracasos, llega al séptimo astro, el de los seguidores del Templo del Pueblo y se entrevista con Jim Jones. Mientras lo hace, no puede evitar fijarse en la zarrapastrosa chica que limpia el suelo tras el aterciopelado y ornamentado asiento de Jim. Las vanas y falsas palabras del idiota, esas con las que intenta jurar que fue una de sus hijas la que llevó el arma a Hades pero que lamentándolo mucho ella había perdido la otra tobillera, no surten efecto. Es más, las miradas furtivas de Jim hacía la criada no hacen más que confirmar sus sospechas. La ha encontrado.
Sin avisar, el heraldo levanta el puño y golpea a Jim en la cabeza, dejándolo inconsciente. Con paso grácil, se acerca a la fregona, apoya sus dedos en su barbilla y le levanta la cara mientras pregunta lo que desea saber. Ella, tal vez alentada por lo que el visitante acaba de hacer con su padrastro, no tarda en reconocer todo lo sucedido. Y para corroborarlo, saca la tobillera que guarda en el bolsillo del delantal y se la calza. Un brillo de satisfacción ilumina la faz del enviado. El emisario coloca la tobillera gemela en la otra pierna y le pasa el bastón. Ella, con un ademán rápido, se revuelve como una pistolera endemoniada del oeste y dispara dos ráfagas que volatilizan a sus dos hermanastras. El mensajero se inclina y ella comprende que ya la considera su señora. Ródope, viendo el ansia en sus ojos, le concede su deseo y el joven se lanza ansioso a por los restos de las chicas que flotan en el ambiente. En tal estado de descontrol se encuentra que, cuando sumiso mira de nuevo a su reina, no llega a comprender lo que ocurre hasta que es demasiado tarde y ella lo elimina sin contemplaciones.
Más relajada, ya solo quedan en el salón, ella y un padrastro cruel que sigue desmayado en el suelo. Se aproxima a él y de una patada lo despierta. Este, aturdido, comienza a maldecirla y pregunta airado por el invitado y por sus dos concubinas. Harta del absurdo parloteo que ha tenido que soportar durante toda su vida, apunta directamente a su negro corazón y dispara. Mientras el dulce humo que antes era un hombre se desliza por su nariz llenándola de placer, ella grita el nombre de su ángel guardián y Perséfone aparece al instante. La verdadera diosa de la muerte, orgullosa de su creación, le recuerda el pacto que todavía está vigente. Perséfone, que prefiere no enfrentarse a las consecuencias que tendría si fuera ella misma quien acabase con Hades, le pregunta por qué no lo mató en el baile, pero Ródope le dice que no vio una oportunidad clara, pero que ahora cogerá una nave y se dirigirá al palacio para acabar con él.
Perséfone, complacida, está deseosa de ver muerto al ingrato que amargó su existencia durante eones. No quiere permitir la más mínima posibilidad de que este regrese a la Tierra y reclame el reinado que ahora mismo le pertenece a ella. Además, nunca le ha perdonado que le robara tantas almas malignas. Su discípula le dice que no se preocupe, que en cuanto vea a Hades caminando para recibirla con los brazos abiertos, le volará la cabeza de un disparo. Antes de que Ródope se siente en el asiento del piloto, Perséfone le pregunta que hará después. Con una sonrisa pícara, la muchacha deja claro que el dicho de “fueron felices y comieron perdices”, en este universo, no será el final del cuento para ninguno de los líderes perturbados que pueblan esta galaxia. De eso ya se encargará ella. Y con un rugido ensordecedor, el ángel exterminador se despide de su Hada Madrina y vuela en pos de su cruzada espacial.

– FIN –

Consigna: Deberás reescribir «Cenicienta» en vida interplanetaria. Y deberás incluir dos protagonistas de «Percy Jackson».


Bruma azul

Por Elena Beatriz Viterbo.

Todo comenzó la noche en la que Cenicienta, tras recibir una bronca por parte del príncipe, decidió mudarse al cuarto de invitados. Un rato antes su esposo le había dicho que ya estaba harto de su comportamiento, que se diera cuenta de que ella pertenecía a la monarquía. Antes de ordenarle que se retirase a meditar, el príncipe le advirtió que no le fuera llorando de nuevo a la vieja y senil madrina, que ella tenía la culpa de todo, por consentirle todos los caprichos, como esos libros de aventuras sacados de no se sabe dónde.
—En fin, querida, una vez pensé que te haría ilusión compartir mi mundo —suspiró el príncipe, mientras abría una vitrina donde resplandecía el zapato de cristal—. ¿Recuerdas? —sonrió acariciándolo como se acarician los trofeos.
Cenicienta abrió la boca para decirle que podía meterse su mundo por el mismo sitio que el zapato, pero la volvió a cerrar porque no quería ver a la pobre vieja asomándose por el ventanuco del torreón para ver si los cuervos se habían comido los tomates de su huerto.
—Ahora retírate —ordenó el príncipe, sin mirarla.
Cautiva entre aquellas paredes y asomada al vertiginoso ventanuco desde el que se podía ver todo el reino, Cenicienta  buscó la luna y la encontró medio recostada sobre las lejanas montañas. ¿Qué habría detrás de ella?, se preguntó suspirando ¿Y detrás de lo que había detrás?
—Hada querida, no puedo más. Me aburro hasta el dolor en este ambiente rancio, frío y estirado. Quiero viajar, quiero conocer otros mundos, otras gentes. Madrina, quiero saber qué tiene la luna en la espalda.
—Pues un cráter, hija. Querida, desde que devoráis un libro tras otro no se os entiende una sola palabra. En fin, venid mañana, cuando salga esa luna vuestra. Estaré en mi huerto. Si no me han apresado los hombres del rey.
Cenicienta llegó a la hora convenida. Allí la esperaba la anciana con un extraño fruto sobre el regazo.
—No arruguéis el morro, tontuela. Es un deseo diferente y requiere otro fruto. Se trata de una berenjena, la más grande, negra y brillante que he encontrado. Y ahora, decidme: ¿Estáis completamente segura de que queréis ver otros mundos?
—No quiero vivir con una escoba clavada en el culo eternamente. Sí, lo estoy.
—Entonces colocaos dentro del círculo.
La anciana puso la berenjena dentro de la circunferencia junto a los dos ratoncillos de rigor y dos cucarachas que sacó de un bote de mermelada.
—¿Cucarachas, madrina? —exclamó la princesa, sorprendida.
—Consideradlas un regalo. Adiós, querida.
Cuando la vieja, con los brazos alzados al cielo y los ojos en blanco, pronunció la última palabra del conjuro, la tierra comenzó a temblar de forma violenta, el cielo se  ennegreció y el suelo se abrió como se abren las heridas. Enormes piedras saltaron por los aires y los árboles se doblaron vencidos. De las entrañas de la tierra emergió una punta acerada y corroída como una vieja lanza que fue levantándose  y levantándose como un gigante de hierro dormido. La gran mole estaba cubierta de tierra, raíces y una especie de ácido proveniente del estómago nucleico.
A continuación se oyó una gran explosión. Unos segundos después, Cenicienta se encontró tirada en el suelo de la nave.
—Vaya, la famosa Cenicienta. Así que tú también formas parte de este despropósito —exclamó, socarrón, un joven muy guapo, ofreciéndole la mano—. Espera, ¡déjame adivinarlo! Tu hada madrina ha confundido la carroza con una nave interplanetaria. Por cierto, no sé si lo sabes, pero esa vieja era una tipa jodidamente perversa.
—¿Era?
—¡Ah! Que no lo sabes. La pobre ha muerto achicharrada como un chorizo de cantimpalo cuando la nave ha despegado. Se lo merecía, porque no tienes ni idea del berenjenal en que nos ha metido. Primero: esta nave parece sacada de una «peli» de terror. Segundo: exceptuando a mi amigo, el copiloto Underwood, las dos individuas que he encontrado atadas en la bodega son los bichos siderales más repugnantes que he visto en mi vida. Tercero: vamos rumbo a un planeta del que no se sale con vida. Y ahora llega el momento de las presentaciones: mi nombre es Percy Jackson, como puedes apreciar soy la hostia de guapo y estoy más bueno que el pan.
—Guapo y engreído, todo un clásico. A ver, ¿qué sabes del planeta al que vamos? —preguntó la princesa.
Jackson soltó una carcajada y después la puso al corriente. El planeta al que se dirigían cagando leches era ni más ni menos que Plutón, y la misión encomendada era localizar y exterminar a una colonia de topos mutantes que se habían convertido claramente en una amenaza a muy corto plazo.
—¿Topos? —exclamó Cenicienta, estupefacta—. ¿Esos achuchables animalillos?
—Novata… —exclamó Jackson suspirando—. Madre, cuéntanos más sobre esos bichos mutantes.
Del panel de control y localización sonaron unas notas musicales. ¿Era la sinfonía de Las cuatro estaciones de Vivaldi?
—Esos seres, a los que habéis etiquetado infantilmente como «topos mutantes», no solo han desarrollado una gran inteligencia, una inteligencia fría y calculadora, científica y estratégica, sino que se han hecho invencibles en mitad de ese clima inhóspito y devastador. Hace mucho que se acostumbraron a las temperaturas gélidas, a los vientos huracanados de Plutón.
—Lo dicho, Ceni, tu madrina era una enferma mental —dijo Jackson—. Gracias Madre. ¿Cabe la posibilidad de que quieras variar el rumbo?
—No, no cabe.
—Gracias, Madre —dijo Percy—. Había que intentarlo. Por cierto, ¿se te ocurre algo para sacarles provecho a esos bichos encadenados a la barra? Supongo que estarán aquí por algo. La vieja no dejó aguja sin enhebrar.
Por los ventanales acristalados y góticos se desplazaban las mágicas nebulosas. Dentro de unas horas aparecería Caronte, el satélite más grande de Plutón,  con sus cráteres hendidos de fracturas y su órbita caprichosa y voluble.
Volvió a aparecer Vivaldi.
—Si la cosa se pone fea metedlas en el convertidor —aconsejó Madre.
—¿Y qué carajo es eso? —preguntó Cenicienta, boquiabierta.
—Es un multiplicador —aclaró Madre—. De cada unidad escaneada sale una réplica idéntica, molecularmente exacta. Llegado el caso podéis obtener un ejército. Quemadles los ojos para que aprendan a moverse en esa oscuridad en la que  vive el enemigo. Luego torturadlas hasta que enloquezcan. Multiplicadas, locas y enfurecidas lo buscarán para destrozarlo. Sintonizad el dial hasta el grado más alto y se volverán, además, gigantescas. Será un combate igualitario.
—Madre, eres satánica —rio Cenicienta.
—Esto promete —palmoteó Jackson—. Las hermanas horripilantes contra los topos mutantes. Madre, ¿tiempo estimado de llegada?
—Una hora y veinte minutos.
—Ventajas del hiperespacio. Pues habrá que darse prisa ¿Qué os parece si iniciamos el plan de tortura? —sonrió Percy con un destornillador en la mano.
Cenicienta sonrío con ternura. Ahora lo entendía todo: la anciana le había ofrecido la posibilidad de vengarse de sus malvadas hermanastras. A un metro de distancia de ellas, un sujeto con pezuñas de cabra fumaba un cigarro tumbado en el suelo mientras les levantaba las faldas para verles las bragas.
—Parece que el plan de tortura ha sido iniciado. Alteza, os presento a mi mejor amigo: Grover Underwood. Ya sé que parece un mal sujeto. No os equivocáis.
—A sus pies, alteza suprema. Aquí tiene a un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo —susurró Grover, lamiendo con su larga lengua el dorso de la mano de la princesa—. Si se trata de torturar  soy vuestro hombre, si se trata de duplicar soy vuestro hombre, si necesitáis quien caliente vuestra fría cápsula nocturna soy vuestro hombre.
—Aquí Madre. En breves minutos iniciaremos la maniobra de acercamiento. Ocupen sus asientos en los módulos.
—Madre, amenízanos la espera. Dinos, ¿Cómo es posible la existencia en un lugar así de lóbrego y helado?
—Por no mencionar que orbita tumbado como el mismísimo John Wayne—intercedió Underwood exhalando una voluta de humo—. En fin, Madre, ¿por qué no nos cuentas de una vez toda la información?
Sonó Vivaldi de nuevo.
—Subatómicamente es imposible que estos seres sean originarios de Plutón. Ahora puedo confirmar que son, en realidad, descendientes de los Mi-Go. Los Mi-Go llegaron hace muchos eones a Plutón o a Yugotth, como lo llamaron ellos, huyendo de una guerra mortal contra los Primigenios. ¿Cómo eran? Ahora puedo informaros de que eran una mezcla entre un crustáceo y un hongo, de unos seis pies de altura, rosáceos, tentaculares, con antenáculos, aletas dorsales y múltiples pares de patas. Como verán, resultaban totalmente todoterrenos. Huyendo de esa guerra llegaron a Plutón y construyeron sus casas estableciéndose en el planeta enano. Ante la imposibilidad de hacerlo en la superficie gélida y ventosa, horadaron la tierra, creando una ciudad subterránea. Una orbe perfecta, construida por unos seres acostumbrados a la oscuridad. Pero tenían muy claro que solo iba a ser por un tiempo, hasta que acabasen la nueva nave construida con un material denominado «Tok´l», un extraño metal que solo se obtiene del núcleo de Plutón. Y tengo malas noticias: ya la han acabado. Y ahora quieren volver a un lugar dónde ya estuvieron hace muchos años, durante el periodo jurásico: La Tierra. Sus planes son continuar con los experimentos que ya iniciaron en ese periodo: experimentar con el cerebro humano, extraerlo, estudiarlo. Nuestra misión, en definitiva, es impedirlo. Nada más que añadir, tripulantes. Les deseo suerte. Ya estamos en Plutón, pueden desactivar sus barras de seguridad. Encontraran todo lo necesario en la bodega de carga. También disponen de todoterrenos eléctricos de ultima fabricación con sensores nucleicos ultrasensibles, que les proporcionaran los datos necesarios para localizar la guarida del enemigo subterráneo.
El satélite más hermoso, casi tan grande como Plutón, descansaba a simple vista casi a un palmo del suelo. Así era el efecto óptico que causaba Caronte. Encabezaba la expedición Underwood, seguido de Percy y Cenicienta. 
—Nada hay más hermoso que un planeta desolado —suspiró Underwood a través de la radio—. Déjense acariciar por la bruma del metano, pero tengan cuidado con los  depósitos de hielo, con los pozos, que no sabemos cuan profundos son. Princesa, ¿no decíais que queríais ver otros mundos? pues no os perdáis la magnífica visión de esas colinas flotantes ominosamente abovedadas, allí a lo lejos. Madre, ¿eres capaz de extasiarte con la flauta dulce del viento huracanado? Claro, no puedes, tu corazón es de hierro. Por favor no se pierdan la vista del fondo: ahí tienen el Tártaro Dorsa, la montaña más alta. Observen la belleza de la corteza helada de las tierras baldías y escarpadas. Glaciares y colinas de hielo de nitrógeno. Cañones de color rosa. Madre, ¿por qué te has callado que nos traías a una trampa? ¿Y tú, princesa? ¿Qué daño le causaste a esa vieja chocha para que te mandara a una prisión mortal de la que no vamos a salir? Dijiste en el trayecto que en su conjuro habló de una entrada y de una salida.
—Madre a tripulantes: recibidos los datos de los sensores nucleicos. Tengo dos noticias que darles. ¿Cuál de las dos quieren recibir primero?
—¿Qué te parece si comienzas por la buena, querida Madre? —dijo Underwood.
—La buena es que debido a la velocidad hiperespacial hemos retrocedido en el tiempo. Plutón se halla vacío. Nada late bajo el hielo. En algún lugar, en otro lugar, los Mi-Go están siendo perseguidos por los Primigenios. Los masacran, pero aún quedan muchos y están calibrando a dónde huir, donde refugiarse. Aún no han decidido venir a Plutón. Hemos llegado antes de que comience la historia.
—Esa es una noticia excelente, Madre —exclamó la princesa, jubilosa—. Eso significa que la misión, sin comenzar, ya ha acabado. Quiere decir que podemos volver a la nave, todos juntos, que ya no necesitamos duplicar a mis hermanastras, que ya no habrá guerra, que podemos lanzarlas por el escotillón como castigo a todas esas humillaciones que me infringieron en el pasado, quiere decir que podemos decidir a qué planeta iremos después  y qué nuevas aventuras emprenderemos. Tal vez Marte. O tal vez ese otro planeta al que llaman X.
—¿Cuál es esa mala noticia, Madre? —preguntó Jackson carraspeando.
—La mala noticia es que, mientras vosotros inspeccionabais el planeta, los bichos que manteníais encadenados a la barra se han arrancado las cadenas a mordiscos, que la furia que han almacenado durante todo el viaje las ha iluminado y han averiguado cómo funciona el convertidor. Que también han encontrado el dial y han entendido muy rápidamente para qué funciona. Que ya van por cien y que se disponen a salir para masacraros. Que resultan magníficas a la vista, que se han vuelto gigantescas, babeantes, que debe haberse colado algún insecto porque han salido del convertidor con una especie de tentáculos a ambos lados de las caderas que les permite desplazarse de una manera grotesca y veloz. Oh, y siento comunicaros que están muy, muy enfadadas —dijo Madre entre los acordes otoñales de Vivaldi.
—¿Ves, princesa, como no mentía cuando te dije que tu madrastra estaba chocha de la hostia? —advirtió Jackson muerto de la risa.


– FIN –

Consigna: Deberás reescribir «Cenicienta» en vida interplanetaria. Y deberás incluir dos protagonistas de «Percy Jackson».