lunes, 29 de octubre de 2018

Caperucita apocalíptica


Se paró frente al bosque de árboles transgénicos. Un error de cálculo de las empresas que quisieron “salvar” el mundo que ellos mismos habían diezmado. Era un intrincado laberinto de ramas retorcidas y animales extraños. Su capa roja flameante y su capucha carmesí la protegían de la lluvia radiactiva, aunque no del resto de los peligros. De él, sobre todo.
Respiró hondo. No había caminos seguros para llegar a la casa de su anciana abuela. Ella estaba enferma y Caperucita (Cape para los amigos), le llevaba sus medicinas. Una variedad de comprimidos y brebajes que le aliviaban el dolor de un cáncer de pulmón avanzado por tanto fumar. Cape se preguntaba a veces para qué tanto, por qué no terminar de una vez con esa vida postrada y solitaria.
Había luchado mano a mano durante varias horas para conseguir los remedios. En este mundo, la vida era peligrosa y no sólo por los hombres. Todo era una amenaza. Así y todo, había obtenido una buena bolsa, con dosis para varios meses. Quizás no fuera necesario volver por un tiempo. Lo deseaba, en realidad.
Cape miró el cielo. Quedaban pocas horas de luz a pesar de que recién eran las dos de la tarde. El aire viciado y las nubes tóxicas oscurecían la ciudad con rapidez. Y el bosque. Entrar de noche era prácticamente un suicidio.
“¿Qué hace que  no llega?”, se preguntó preocupada. Habían quedado en encontrarse y atravesar juntos el bosque. No por ella. Ya estaba bastante “curtida”, pero el pequeño hombrecito era temeroso y jamás había atravesado el lugar. “¿A dónde vas?”, le había preguntado ella y él, la miró con esos ojos enormes que caracterizan a los hobbits y solo hizo una sonrisa. “Bueno, a las dos yo cruzo. No te demores”. Cape era ruda cuando se necesitaba. Las corridas del lobo y la indecisión del leñador la habían modificado y ahora era una guerrera experta en bosques encantados o transformados genéticamente.
Dio un paso porque ya no podía esperar más y escuchó unos pies apurados detrás de ella. “Ya era hora”, le dijo a Frodo con sequedad y sin detenerse. A propósito dio trancos largos, solo para hacerle notar que ella estaba al mando. “¿Qué asuntos tenés en el boque?”; le preguntó ella mientras que observaba atentamente el entorno. En cualquier momento podía aparecer algo. En el mejor de los casos, alguien con ganas de robar.
Agitado Frodo respondió que del otro lado del bosque lo esperaba un amigo. Que seguirían camino hacia la ciudad “destruida”. Cape se detuvo en seco y observó al pequeño ser. “Si tan solo fuese más alto”, pensó y sonrió levemente. Ella era hermosa cuando sonreía, aunque era una rareza. Frodo observó esa pequeña mueca y suspiró. “Vas a ser carne de los ogros”, le dijo ella con dureza.
Caminaron en silencio durante un rato. Cape estaba tensa, incluso su capa estaba alerta si es que eso era posible. Frodo, junto a ella, miraba los enormes y retorcidos árboles y agudizaba su oído. Nada se escuchaba y eso no era bueno. Ya no se veía, más por la frondosidad del bosque que por el cielo encapotado. Cape sacó una linterna y alumbró hacia adelante. “¿Cómo sabés que estamos en el camino correcto?”, preguntó el hobbit con timidez. Ella se encogió de hombros y siguió por uno de los miles de senderos. “Quizás sea intuición”, dijo finalmente aunque la frase quedó ahogada por un ruido que venía de más adelante. “Mi precioso”, se escuchó con total claridad y los caminantes se detuvieron en seco. “¿Quién anda ahí?”, dijo Cape pero Frodo le tironeó de la ropa y le hizo silencio con el dedo. Ella lo miró con desconfianza pero no dijo nada más. Apagó la linterna y agudizó su oído.
El silencio los envolvió como un manto tenebroso y espeso. Pesado. El corazón de Caperucita latía acelerado, llegando hasta sus oídos. Retumbando en los tímpanos.
“Mi precioso”, repitió aquella voz rasposa y diminuta. Caperucita sintió que los pelos de su nuca se erizaban. Era él, no había dudas. ¿Qué harían ahora? Ella dio un paso pero con tal mala suerte que una rama se rompió. Smeagol escuchó y se le hizo agua a la boca. Se colocó el anillo en su dedo y se desvaneció. Enseguida identificó a sus presas y se abalanzó a ellas. Frodo desesperado agarró la mano de Caperucita y la obligó a correr. Los dos emprendieron una frenética carrera, errática, por sus vidas. Caperucita tomó ventaja, sintió que el bosque se acomodaba a su cabeza. Tironeó ahora de la mano de Frodo, y prácticamente lo hizo volar detrás de ella.
Sin embargo, lo perdió enseguida. Un grito desgarrador y un ruido a miembros arrancados de cuajo le dieron la certeza de que ahora estaba sola en ese lugar maligno. Siguió corriendo mientras el vómito llegaba a su boca. No podía vomitar. No era momento. Tragó saliva y continuó con el viaje. En plena carrera, manoteó su daga, la que llevaba en el cinturón. Apretó fuerte el mango del cuchillo mientras las ramas de los árboles le lastimaban la cara. Enseguida se frenó, dio media vuelta y apuñaló al aire circundante.
Aterrada, observó la daga suspendida en el aire y una sangre negra brotando de la criatura herida. Como una brea espumosa. Vomitó lo que había almorzado mientras Smeagol agonzaba. Tomó el anillo, lo miró maravillada. Dudó si ponérselo o no, pero decdió guardarlo en el bolsillo. Por si acaso lo necesitaba alguna vez.
Secó la transpiración de su frente y continuó camino hasta la casa de su abuela. Esa sería la última vez que atravesaría el bosque. No porque el miedo la hubiese invadido. No. Su abuela murió aquella noche y sola, Caperucita la enterró mientras que al amanecer, buscó otro horizonte. Quizás en la ciudad Perdida. Quizás en otro cuento de hadas.

– FIN –

Consigna: Deberás reescribir «Caperucita». La trama debe transcurrir en un futuro postapocalítptico. Y deberás incluir dos protagonistas de la saga «El Señor de los Anillos».


Caperucita feroz

Por Yol Anda.

—¡Vamos, imbécil! —espetó la decrépita anciana cubriéndose la cabeza con la capucha al caer las primeras gotas de lluvia—. ¡Me retrasas!
La indumentaria informal y el delgado cuerpo de la mujer habrían engañado a cualquiera. Vestía como una joven más de la ciudad: camiseta con remaches, mallas rotas, botas estrafalarias y su característica sudadera roja con capucha. Sin embargo, los profundos surcos de su rostro y una larga trenza plateada la delataban.
—¡Gollum! ¡Gollum! —acertó a decir la criatura que la acompañaba.
—Sí, sí, lo que tú digas. ¡Venga! No podemos llegar tarde. Atravesar esta puta ciudad nos va a costar más de lo que pensaba —añadió con una intensa mirada posada sobre el valle—. Se avecinan tiempos aciagos.
El ser la miró de reojo. Logró comprender por un momento que aquella mujer era sabia. Supo durante unos segundos que no estaría en mejores manos y que, aunque le gritaba y descargaba su ira contra él, ella siempre estaría ahí. Pero pronto desapareció ese fugaz pensamiento para dar paso a algo mucho más básico: el hambre. La mujer reconoció el gruñido al instante y lo miró con lástima. Estaba en los huesos, como ella.
—Vamos a ver qué encontramos hoy en el mercado de Ki-Pong, Gollum. Si es miércoles, tendremos suerte y habrá caracoles vivos. —Se le marcaron las gruesas venas en las manos al agarrar la mochila que se cargó en la espalda. —Y leche… —añadió pensativa.
El pequeño monstruo abrió las fauces y comenzó a salivar profusamente. Sus ojillos soñaron con un puñado de babosos y enormes caracoles grises deslizándose por su boca. Correteó alrededor de la anciana antes de poner rumbo hacia el mercado.
La ciudad se había transformado. No había llegado a desaparecer después de las Furias, pero se había convertido en otra cosa. Desde lo alto de la colina divisaron los restos de algunos edificios en pie, partes resquebrajadas de rascacielos apuntando al cielo como cuchillas y tramos de calles con lenguas de asfalto destrozadas. Parecía que quería hablarles. Una ciudad que escupía lodo y excrementos, que se lamentaba y gritaba desde su interior podrido por cada alcantarilla. Desde allí arriba pudieron divisar grupos enormes de lobos cruzándola como si fuera suya. Porque lo era. Alarmando a quienes se encontraban a su paso y marcando el territorio que ahora les pertenecía. Las Furias les habían fortalecido, habían sacado lo más instintivo y feroz de ellos. Habían creado alianzas ante el peligro y la devastación, no como los humanos, que peleaban todavía los unos contra los otros por un puñado de comida. El trabajo en equipo les había hecho fuertes y peligrosos. Iba a ser complicado, pero no tenía otra opción. Debía llegar cuanto antes a casa.
El descenso fue lo más sencillo. Gollum era un excelente rastreador y conocía aquellas tierras inhóspitas como la palma de su mano. Dejaron atrás la explanada que una vez fue un frondoso bosque ahora plagada de troncos calcinados, antesala de la gran urbe gris. Para cruzar el puente de piedra que daba acceso a la ciudad, necesitaron usar las cuerdas y arneses que llevaban, pues los destrozos de los bombardeos de la segunda Furia todavía no se habían reparado. Caperucita, como solían llamarla en su juventud, mantenía por suerte una espléndida forma física para su edad. Gollum se encargaba de ayudarla en lo posible. Tras el esfuerzo, destellos plomizos en los charcos de agua auguraban una mañana complicada.
Callejearon sonrientes al ver que los lobos no hacían acto de presencia. «Deben de dormir», pensó la anciana, así que aprovecharon para pasear con relajada tranquilidad, pero sin bajar el ritmo, hacia el mercado. Al llegar, todo era alboroto, risas, gritos, insultos… «Hogar, dulce hogar», ironizó en su interior, y se perdieron entre la mugrienta multitud.
—¿Veinte rómulos? ¿Estás loco? —gritó Caperucita al comerciante—. Tú lo flipas. Estos caracoles no valen más de cinco. Bah, tienen las cáscaras medio rotas. Los he visto en el puesto de Lea por mucho menos.
—Oye, oye, preciosa, no te vayas —añadió el vendedor en seguida—. Te los dejo a doce.
—Ni lo sueñes. ¿Me has visto cara de pardilla? —contestó ella—. Diez y tan amigos.
—Vale, pero te estoy haciendo un favor, guapa —finalizó guiñando un ojo.
—Trae acá. El favor te lo estoy haciendo yo, baboso. —Y se largó de allí escupiendo y buscando a Gollum con la mirada.
Lo encontró acuclillado en una cornisa rota mirando hacia el final de la calle principal, observando detenidamente un puesto de joyas baratas. Sin duda, buscaba su anillo. Su tesoro. Tenía esa mirada de nuevo.
—¡Eh! ¡Gollum! Vayamos a por la leche y larguémonos de aquí —replicó ella con prisa—. En cualquier momento pueden aparecer los lobos.
Gollum le dirigió una mirada enfurecida, no encontraba su tesoro por ninguna parte, pero el hambre hizo mella de nuevo y, al olfatear los caracoles, sonrió y corrió rápidamente hacia Caperucita. Le esperaba un festín.
Encontrar el sendero que conducía a casa fue demasiado fácil. Después de los ataques químicos, ya no crecía vegetación alguna que obstaculizara el camino, así que pronto se adentraron en el bosque de Gandalf. Lo llamaban así porque decían que el mago que recibía ese nombre había morado durante décadas allí en la abstinencia y la oración, aunque ahora no quedaba ni un solo árbol en pie. «Menudo chalado», se dijo Caperucita, «La ciudad en plena primera Furia y este payaso cobarde aquí resguardado de todo mal, esperando a que se mataran los unos a los otros. Gente sencilla, gente normal enfrentada en una debacle provocada por los políticos que acabó con todo. Y después de la primera, llegó la segunda. No fue suficiente con desahuciar a la población y privarla de todo, incluso de lo más básico, sino que tuvieron que arremeter quince años después para asegurarse de que nada se mantendría en pie. Sin embargo, aquí estamos. Los supervivientes no dejaremos de luchar por… » Un aullido desgarrador interrumpió sus pensamientos.
—¡Por todos los demonios! ¡Gollum, escóndete! —gritó la anciana.
Pero Gollum había desaparecido de su campo de visión. Corrió lo más sigilosamente posible y se acurrucó en el hueco deforme de un roble calcinado. «Venga, venga, venga. No, no, no», suplicó cerrando los ojos con fuerza. «No me puede pasar esto, por favor. No puedo fallarle. La niña necesita leche. Si no, morirá…» Se cubrió el rostro con la pesada mochila y lloró de rabia.
Las pisadas se intuían cada vez más cercanas. Eran bastantes. Una manada de al menos diez lobos gruñían, olfateaban, jadeaban y buscaban comida. Su pelaje gris contrastaba con la tierra y las rocas negras del lugar y brillaba cuando algún finísimo haz de luz atravesaba las nubes. Siempre tan compactas, tan oscuras. Caperucita se atrevió a apartar la mochila y abrir los ojos. No podía, quería cerrarlos y que todo aquello pasara, pues no podía luchar contra diez lobos feroces, pero el instinto la obligó a abrirlos. Entonces los vio.
Jamás había estado tan cerca de ninguno de ellos. Eran hermosos. Encogida dentro de aquel tronco podía contemplarlos sin ser vista. Su pelaje se agitaba suavemente al viento, las fauces, aunque temibles, poseían una belleza animal inigualable y los ojos, esos ojos inteligentes, buscaban. ¿Qué buscaban? La anciana salió de su ensimismamiento y volvió a la realidad. «Gollum.» Un chasquido provocó que la manada al completo avanzara hacia aquella dirección, dejando tras de sí restos de tierra seca de sus pezuñas y a Caperucita.
«Gollum, maldito, ¿dónde estás?» Salió de su escondite y miró en todas direcciones. A lo lejos, le pareció ver una polvareda y a las bestias corriendo. Los lobos se alejaban. Pero, ¿y su compañero? Un ruido y una respiración agitada a su espalda hicieron que se volviera.
—¡Gollum! —gritó la mujer mientras giraba sobre sí.
Pero no era él. Uno de los lobos continuaba allí, moviéndose con lentitud de un lado a otro sin dejar de mirarla. Sus ojos penetrantes parecían sabios y la observaban en silencio. Su pelaje plateado refulgía entre las ramas secas. Y no era lobo, sino loba.
—Tranquila, tranquila… —dijo intentando aplacarla extendiendo el brazo—. No tienes por qué…
De pronto, un grito las sobresaltó. Era Gollum. O lo que quedaba de él. Uno de los lobeznos había vuelto con su presa entre las mandíbulas chorreando sangre. Entre estertores, intentó abrir la boca para volver a gritar, pero no lo consiguió. La anciana se echó las manos a la cara y soltó la mochila, que cayó pesadamente al suelo. El animal, al percatarse, se acercó con velocidad, la olfateó y comenzó a rasgarla con los colmillos dejando los restos del hobbit a un lado. «Mierda, Gollum, amigo…» Caperucita se quedó paralizada ante el horrendo espectáculo. La bestia lamía la leche en polvo que había guardado celosamente hasta el momento. «Es tan difícil encontrarla. Traje toda la que pude encontrar. ¡Maldición! Todo estaba siendo demasiado fácil. No puedo más…»
—¡¡Gollum!!
El grito desgarrador recorrió kilómetros. Los animales se asustaron y se quedaron quietos mirándola. La mujer, hecha un guiñapo, lloraba sobre la tierra yerma. El lobo joven miró a su madre y, recogiendo los restos de su presa, se alejó tranquilamente. La loba, sin embargo, se acercó a Caperucita, y se sentó a su lado agachando la cabeza hasta ponerla junto a la suya.
Se mantuvieron así durante un largo rato, hasta que Caperucita  miró al animal a los ojos. Ya poco tenía que perder. La loba, clavando sus brillantes pupilas en ella, la intentó levantar con el hocico y comenzó a gruñir suavemente. «Ahora o nunca», se dijo, y comenzó a correr hacia casa desesperadamente. El corazón palpitaba fuerte, resonaba su respiración con fuerza, las piernas volaban. Llevó la vista atrás en varias ocasiones, pero nada. No la seguía. «Venga, un último esfuerzo. Vamos, ya casi estás». Al cabo de unos minutos, apareció la casa frente a ella. Divisó luz en la planta superior, y eso le dio esperanzas.
—¡Hija! ¿Estás arriba? —preguntó subiendo los escalones de dos en dos—. Ya estoy aquí. No te vas a creer lo que me ha pasado. ¿Y la niña? ¿Está bien? —interrogó faltándole el aliento al oír el llanto de la bebé.
Cuando abrió la puerta de la habitación, se quedó petrificada. Su hija, enferma, reposaba en la cama. Su nieta, una bebé de pocos meses, lloraba desconsolada en los brazos de un desconocido.
—¿Quién eres tú? ¡Dámela ahora mismo! —Y arrancó rápidamente la niña de los brazos de aquel ser estrafalario.
—No temas, anciana, soy Gandalf. Gandalf el mago. He venido a ayudaros —dijo serenamente el hombre que olía a tabaco aromático.
—¿Ayudarnos cómo? ¿Traes leche? ¿Sabes algún truco para calmar a una bebé hambrienta o solo meditar y esperar a que las cosas se arreglen?
El mago, ataviado como tal, con su túnica mugrienta en la que todavía se apreciaban algunas figuras de estrellas cosidas con cuerda y botas con las punteras largas y retorcidas hacia arriba, mesó su barba.
—Verás, mujer… —comenzó. Pero le interrumpió un portazo seguido de un aullido.
Entonces, apareció la loba. La había seguido. Qué ingenua había sido. Creía que podía despistar a un animal como aquel. Gandalf dio un paso atrás asustado, pero tuvo tiempo para extraer su varita mágica del bolsillo de aquella vestidura de feriante y la apuntó con ella.
—¡No! —exclamó Caperucita— ¡Déjala! No me hizo daño cuando tuvo ocasión y ahora… — Interrumpió su discurso para mirar atónita cómo se acercaba sigilosamente a ella.
La miró, y la anciana comprendió. Ante el desconfiado rostro de Gandalf, que comenzaba a salir a hurtadillas de la habitación, Caperucita se agachó. La loba se tumbó y sus ubres rezumaron leche. El instinto hizo lo siguiente.
  
– FIN –

Consigna: Deberás reescribir «Caperucita». La trama debe transcurrir en un futuro postapocalítptico. Y deberás incluir dos protagonistas de la saga «El Señor de los Anillos».


Carla

Por Francisco Medina Troya.

Carla era conocida en su barrio por muchos apodos, pero el más antiguo de ellos, el que la perseguía desde la infancia era “Ricitos de oro”. Su abundante melena rubia, casi albina, repleta de ondulaciones que recordaban a las olas del mar, la convertían en blanco para muchos diminutivos. Pero ella, chica que había mamado de las leyes y los protocolos callejeros era una mujer curtida en los quehaceres de la mala vida.  Muy pronto el destino la puso en evidencia y su resolución, tomando el camino más fácil, fue el vandalismo y la ratería. Parece ser que se nace con un don especial, cada individuo tiene un talento o cualidad innata que realiza sin esfuerzo. Carla, “Ricitos de oro” era magnifica abriendo cerraduras, candados y toda clase de artilugios con un mecanismo de cierre y apertura. Podía sajar cualquier puerta con cualquier cosa que tuviera a mano. Alambres, ganzúas, horquillas para  el cabello… Y si eran cajas de seguridad con claves digitales podía hackearlas sin problemas… Su labor era requerida por muchos ladrones y bajamaneros cuando en sus saqueos conseguían alguna caja fuerte. Su comisión de antemano era de un 15 por ciento del  contenido. A veces el premio era suculento y otras, cuando al fin se abría, las caras eran el vivo reflejo de la decepción.
Se encontraba en aquel cibercafé jugando unas partidas al “Galaga” su video juego vintage favorito de la serie “mata marcianos”. Estaba instalado en una máquina adornada con unas ilustraciones de extraterrestres hiperrealistas y se hallaba en una de las esquinas del local.
Justo cuando en la pantalla aparecían aquellas fatídicas letras rojas  “Game over” e iba a introducir otra moneda escuchó la conversación entre dos individuos que apoyados en la barra bebían botellines de cerveza.
­­  ¬…La familia que se ha mudado a la casa azul del bosque dicen que pertenece a la aristocracia¬ dijo uno de los chicos, con el cabello anaranjado como una zanahoria, mientras limpiaba su botellín con una servilleta¬ ya me he puesto en contacto con el jefe para concretar el día y la hora.
¬Va ser un golpe magnífico…Esas familias pijas siempre van cargadas de su joyas y mucho dinero en metálico ¬ intervino su compañero, cuya cabeza afeitada brillaba bajo los tenues focos de la barra¬
¬ Creo que el jefe nos dará este golpe a nosotros. Nos llevaremos una buena comisión.
¬ ¿Tienen seguridad?¬Le preguntó mientras apuraba su cerveza y le hacía señas a la camarera para que trajera otra ronda ¬
¬Las primeras noticias que tengo es que de momento no¬ apuntó el pelirrojo ¬ será mucho más fácil.
“Ricitos de oro” escuchaba con atención disimulada, mientras echaba monedas a la máquina recreativa. Un brillo en los ojos y una sonrisa imperceptible se dibujaba en su cara pecosa.
¬Según mis informaciones son dos hermanos y su madrasta. El padre casi siempre anda ocupado con las labores de su trabajo para una embajada ¬continuó el pelirrojo ¬
¬Mandaremos a uno de nuestros chavales por los alrededores de la casa para que nos informe cuando está la casa vacía ¬propuso el de la cabeza rapada ¬
¬Muy buena idea compadre… ¿Nos vamos? Voy a echar raíces en este jodido garito ¬ dijo apurando la cerveza de un trago ¬
Carla les miró de reojo. Ellos sólo le dedicaron una leve mirada a su trasero que se marcaba en sus mallas rosas cuando pasaron junto a ella. En ese instante había conseguido pasarse de plataforma y la pantalla se volvió loca con unas luces de colores y una música estridente.
  No iba a dejar pasar tan estupenda oportunidad. Tenía la información necesaria e iba a dar el golpe ella sola. No tendría que repartir con nadie y el botín podría ser sustancioso.
Dejó que las naves marcianas acabaran con su última vida y se marchó de allí resuelta y segura de lo que tenía que hacer.
Casi anochecía cuando se apeó del autobús urbano que la dejaba más cerca de la parte del bosque donde se hallaba la casa. Un carril de gravilla se internaba entre los árboles y se introducía en la masa forestal. De vez en vez alguna alquería o algún que otro chalet se levantaba a los bordes del camino. Las lanzas de humo de las chimeneas y las luces en las ventanas  advertían cuales viviendas estaban ocupadas.
Sabía perfectamente donde se encontraba la casa. La había visto más de una vez mientras paseaba con su bicicleta de montaña. Era una construcción al estilo de las viviendas del norte, con los tejados muy empinados y un aspecto sobrio y severo. Lo que más llamaba su atención era el color azul de la fachada con el cual el primer propietario había pintado la vivienda. Un tipo huraño y dedicado al mundo del arte.
Así, entre la arboleda con sus tonos ocres y verdes destacaba aquella casa como una ensoñación surgida de cualquier cuento. Los actuales propietarios, la familia Pevensie, eran los terceros dueños. Tras varios meses en los que la casa estuvo en venta se habían hecho con la propiedad por una cuantía generosa, que de seguro disfrutaban los herederos de la dueña. Una mujer viuda y sin descendencia.
 “Ricitos de oro” se detuvo en la bifurcación que en la parte derecha del camino conducía a la casa. Llevaba encima una pequeña mochila con las herramientas necesarias para su labor. Las luces de la vivienda estaban apagadas. No había coches en las inmediaciones. Sin dudarlo tomó el pequeño pasaje hacia la casa.
La cerradura cedió al segundo intento. La puerta se abrió con un crujido que parecía un lamento. Carla encendió su pequeña linterna de mano y la oscuridad la absorbió…El aroma a muebles viejos se fue adueñando de ella. Comenzó a caminar por las amplias habitaciones del piso buscando su objetivo. Extrañamente los ricos eran muy cuadriculados y siempre encontraba las cajas fuertes con el dinero en metálico en el piso de abajo. En las habitaciones de la parte de arriba casi siempre encontraba los joyeros con las piedras preciosas.
Entró en una gran biblioteca. Alzó la linterna de arriba abajo admirada por las inmensas estanterías repletas de libros. Seguro que alguien entendido en esos temas podría sacar una buena suma por algunos de aquellos ejemplares.
Su instinto la llevó hasta un pequeño zapatero. Lo apartó con algo de esfuerzo y el haz de luz iluminó la caja fuerte. Una sonrisa se le dibujó en sus bezudos labios. Se despojó de la mochila y sustrajo sus herramientas.
Ellos llegaron tan silenciosos que la chica no se percató de sus presencias hasta que los tuvo encima.
¬ ¡Vaya, vaya, que tenemos por aquí, parece que una rata ladrona ha entrado en nuestra casa!¬ bramó una señora elegante de cabellos rubios como la paja¬ Creo que este bichejo merece un escarmiento. ¿No es cierto chicos?
¬Por supuesto Jadis. ¬ contestó un chico espigado, vestido elegantemente¬ Lucy, las llaves del sótano.
¬Si Edmud, en un santiamén.
“Ricitos de oro” estaba perpleja. No podía ni hablar. El chico, atractivo y con cabellos de color azabache se le acercó y con un rápido movimiento la redujo.
¬ ¿Pero ¿qué haces, gilipollas?
¬Tú te vienes con nosotros. ¿Te gusta jugar? ¬ Le susurró al oído la mujer rubia.
La condujeron a un subterráneo amplio. El chico la había atado las manos con unas presillas. Comenzó a gritar presa de un pavor inconcebible.
¬ Grita cuanto quieras pequeña zorra, aquí no te oirá nadie ¬ dijo sonriendo Lucy meciendo su melena castaña, mientras su hermano cerraba de golpe la trampilla del sótano ¬
Carla pasó de los gritos de auxilio y maldiciones a los llantos implorando a sus captores. Miró a su alrededor. En línea recta había una mesa. Sobre la mesa tres tazones de leche humeante, cada uno de un tamaño y un plato con galletas. A continuación en fila de uno había tres camas de estilos y formas diferentes. Al final, en un rincón de la pared hollaban tres sillas puestas en círculos, cada una de un tamaño distinto…  Siguió con la mirada analizando cada parte del habitáculo. Había extraños aparatos anclados en la pared, del techo y del suelo. Poleas, cuerdas, látigos de cuero  con puntas metálicas, punzones, tijeras, cuchillos de tamaños diversos, mascaras con facciones horribles... Un variopinto mercado de la locura y el espanto.
  ¬Esto es muy sencillo asquerosa sabandija ¬comenzó Jadis con cierto aire diplomático¬ Vamos a jugar a un juego. Comenzaremos con la “Merienda fabulosa”. Ahí delante tienes tres deliciosos tazones de leche. Cada uno de ellos tiene en su interior una leche exquisita de primera calidad y uno de ellos un ingrediente secreto. ¿Serás una zorrita con suerte? ¡Edmud, quítale las presillas y acércala a la mesa!
¬ ¡No pienso beber ni una gota! ¬aulló la chica presa del pánico ¬
¬Pequeña Lucy nuestra invitada necesita un incentivo. Trae el revólver. Si no hace lo que le pedimos métele un balazo en la nuca. 
¬Si madre, será un autentico placer ¬ dijo la chica abriendo un pequeño armario y cogiendo una reluciente pistola ¬
¬ ¡Ahora elige un tazón y bebe! ¬ ordenó Edmud con autoridad ¬
Con el cañón del arma en su cabeza y los ojos anegados de lágrimas “Ricitos de oro” comenzó a beber sorbos del tazón elegido. Los tres anfitriones la miraban extasiados. Con los ojos muy abiertos. Cuando acabó con el último buche de leche esperaron unos instantes y la elegante mujer rubia comenzó a aplaudir de forma sarcástica.
¬ ¡Bravo, bravo, nuestra cucaracha ladrona se ha salvado! Cariño, uno de los tazones contenía un potente veneno que te habría reventado el estómago. Parece que eres una niña afortunada… Pasemos a continuación con la siguiente y divertida prueba: “Debajo de las sabanas” Es muy sencillo. Escoge una cama. Cada una debajo de sus confortables sabanas guarda un secreto… Lucy ni que decir queda que si no obedece se acaba el juego.
La condujeron hacia donde se encontraban los lechos. Una de las camas era muy ostentosa, de maderas firmes y recias, la otra estaba construida en forja. Eligió la más pequeña, una cama de niña con dibujos de sirenas en su cabecero. Obligada por su captora que no dejaba de apuntarle a la cabeza se introdujo en el lecho. De repente sintió que algo le rozaba los pies y comenzó a gritar con desesperación. Intentó huir de allí pero los dos hermanos no la dejaron salir de la cama. Esperaron un instante y voltearon las sabanas. Estaba repleta de enormes cucarachas.
¬Estoy muy sorprendida. Salvada de nuevo, no era la cama donde estaba la mamba negra y su picadura letal. Magnifico ¬dijo Jadis un poco contrariada ¬ He de decirte que mi querido esposo es el que ha preparado todo. Nosotros no sabemos donde se hallan las cosas especiales, así es más emotivo... Última prueba: “Corrientes circulares”. Escoge una silla. Esta vez te diré lo que pasará querida amiga. Una de ellas está activada a la red eléctrica con su consiguiente descarga mortal. Tuyo es tu destino.
“Ricitos de oro” se detuvo en seco y esta vez Edmud la forzó a avanzar. Lucy comenzó a reírse de forma escandalosa.
¬ ¡Miradla se está meando la muy cerda!
¬ Ja… además de ratera es una cochina ¬ rió el chico mientras la ponía en el centro del circulo que formaban las sillas ¬ Vamos selecciona una silla guarra, que peste por Dios.
Se sentó en una de las sillas, ya no le quedaban lágrimas. Sólo buscaba piedad en aquellos ojos.
Edmud se acercó a un interruptor en un cuadro eléctrico y antes de levantar una de las palancas que estaba bajada cruzó los dedos de su mano izquierda. La subió de golpe, la luz parpadeo un par de veces…
Fuera en lo más profundo del bosque las alimañas de la noche estaban al acecho de los pequeños roedores… la casa solo era una masa informe en medio de los árboles. Todas sus luces estaban apagadas, todo era silencio en sus alrededores. Un delicioso dulce para los ladrones. Un golpe fácil, sin complicaciones…

– FIN –

Consigna: Deberás reescribir «Ricitos de Oro». La trama debe transcurrir en la actualidad. Y deberás incluir dos protagonistas de la saga «Las Crónicas de Narnia».