domingo, 29 de septiembre de 2019

Sofía

Caminó por la rivera acordonada de sauces. Más que caminar, su paso era rápido, casi como el de un maratonista. El río, en esta época del año, ofrecía un aspecto duro y despiadado, y así se sentía él. Duro..., bueno, sonrió para sus adentros, jamás había sido un tipo duro, pero lo intentaba; si uno no podía ser un “duro” cuando la vida te enfrentaba a determinadas situaciones, entonces sucumbías. En cambio, despiadado sí. La piedad no era una palabra sencilla de comprender. Para sentir piedad hacia alguien o “algo” debías de sentir empatía hacia el ser en cuestión. Esa era la regla número uno, la madre de todas las reglas.
Caminar con paso rápido siempre lo había tranquilizado, lograba aquietar su mente en unos pocos minutos. Esta vez, el efecto fue el contrario. Una catarata de imágenes pasó por su cabeza como una gran diapositiva inconexa. Y ahí estaba él de nuevo, torturándose. Que si hubiera llegado antes, que si hubiera hecho caso a sus corazonadas, bah…lo mismo una y otra vez; como si no supiera ya que el pasado no puede ser cambiado.
La conoció a finales de la primavera pasada, una chica sencilla, recién llegada del interior. Su tez era blanca como la nieve, su pelo de un negro profundo, azabache, sus ojos verdes irradiaban toda la energía de una tormenta en el Amazonas. Su cuerpo de sirena despertaba en él las más locas fantasías, las que siempre había logrado reprimir. Verla caminar entre los estantes de la Biblioteca Nacional era, simplemente, un regalo para la vista. Se llamaba Sofía. A veces, pronunciaba su nombre susurrando, casi en secreto, y el sonido arrastrado de la S entre sus labios, al reverberar en la gran cúpula bizantina, le recordaba al siseo de una serpiente. La analogía no estaba tan mal, puesto que ese era el significado que su religión le daría, una serpiente dispuesta a tentarlo cuando menos lo esperara.
Concurrir todos los días a la biblioteca en la hora de la siesta se había vuelto una rutina muy agradable a lo largo de los últimos cinco años. Amaba la paz que reinaba a esa hora del día, los adolescentes que asistían al proyecto "Crea tu propia biblioteca virtual" aparecerían más tarde y los más chiquitos que concurrían a "La hora del cuento" ya se habían ido a casa. Pero desde que apareció ella reemplazando a la señorita Lidia, (una agradable solterona que se había quebrado la cadera), las cosas eran distintas. Empezaron a hablar tanteándose, cosa que, con el correr de los días, cambió rápidamente; ya se llamaban por el nombre de pila a la semana de haberse conocido, al mes, ya sabían todo sobre la vida de ambos con todos los detalles posibles y más también.
Si él se hubiese considerado un hombre común y corriente habría intentado algo, como pedirle el número del móvil y después invitarla a salir, pero las cosas eran difíciles...Todas las cosas buenas siempre lo son, ¿no creen?, la veía casi como un ángel pero despertaba en él todos sus demonios.
Todo cambió ese verano, los estudiantes casi no concurrían y la biblioteca se había convertido en un refugio íntimo al que iba a diario y en el que cada vez pasaba más horas. Un martes, Eduardo dudó en ir. Se avecinaba una tormenta horrible y la radio aconsejaba no salir, en lo posible. Pero el solo pensar en que ese día no la vería le provocaba una desazón pocas veces sentida, un nudo en la boca del estómago que subía como si quisiera estrangularlo. Se asomó por la ventana, oteó el cielo (cada vez más negro), tomó el paraguas y salió.
De poco sirvió el paraguas, llegó empapado y sus pies nadaban dentro de sus zapatos. Sofía lo miró con una expresión entre divertida y preocupada.
—¡Pero si estás empapado, Eduardo! Pensé que hoy no vendrías —dijo Sofía y fue directo hacia su mochila, de ella sacó una toalla limpia.
—Es que cuando salí solo caían unas gotas, lo peor me agarró una cuadra antes de llegar —contestó mientras ella le secaba con suaves movimientos la cara y el cabello.
La toalla olía a su perfume, Eduardo sintió que se asfixiaba dulcemente. Un torbellino de sensaciones lo inundó haciéndolo sentir débil y a la vez eufórico.
—Quédate quieto que estás salpicando todo como un perro mojado —dijo entre risas Sofía, una gota brillaba traviesa en la punta de su nariz.
Un rayo fuertísimo cayó de pronto y la energía se cortó. Eduardo nunca supo si fue culpa del perfume, o de la gota de agua que había ido a parar a la punta de su nariz, o si fue la luz casi inexistente del lugar que dejó todo en penumbras. Sin dudarlo, la besó. Ella respondió inmediatamente, primero lo abrazó como una colegiala tímida, pero luego dio rienda suelta a sus manos que empezaron a recorrerlo íntegro. Él, a su vez, hizo lo mismo, sus manos la recorrían explorando. Cuando se topó con sus pechos generosos los apretó con dulzura, sintió que un agujero negro se lo tragaba y lo devoraba. Y cuando ella tocó desenfrenadamente su entrepierna él ya no pudo aguantar más.
—Te amo — susurró Sofía mientras besaba su cuello.
—Te amo —respondió mientras la penetraba suavemente.
Hicieron el amor como si no hubiera un mañana, como si nada importara, como si él fuera un hombre libre. Se quedaron abrazados en la oscuridad, en silencio, no había nada que decir.
La luz regresó de repente, mostrándole a Eduardo un escenario surrealista de lo que acababa de ocurrir. ¿Este soy yo, yo hice esto?, pensó. Se vistió rápidamente y empezó a balbucear palabras inconexas. Sofía colocó su dedo índice sobre los labios de él.
—Shhhhh, no digas nada, por favor. Nada que arruine este momento tan bonito —dijo.
—Es que yo... no debí, yo no puedo... lo siento mucho, Sofía. No sé que hice —concluyó, ahora sí arruinando lo que sería un bello recuerdo.
—Nos dijimos que nos amábamos, los dos, ¿qué puede tener eso de malo? —respondió airada.  
—Lo sabes perfectamente, no me hagas decirlo a mí, los dos bien lo sabemos. O, ¿acaso quieres ser mi amante? ¿Te gustaría eso, que te mantenga bien oculta durante toda tu vida? Yo no puedo darme ese lujo, Sofía, me mataría la culpa —dijo y en la última sílaba su voz se quebró.
—Entonces deja todo, podríamos irnos a mí pueblo, vivir tranquilos, nadie nos molestaría. Aquí me quedan pocos días, Lidia se reintegrará pronto  —contestó mientras sus ojos se llenaban de lágrimas—, no me dejes.
—En este momento me gustaría ser como Rayo, el gatito que siempre ronda por aquí. Él tiene siete vidas, en una puede equivocarse..., yo no, Sofía —respondió.
—¡Entonces seremos gatos! Si catorce vidas son dos gatos aún nos queda mucho por vivir —dijo incoherente— por favor, mi amor.
—Ya debería irme, es tarde. Tengo que pensar en esto, tengo que pensarlo mucho —dijo Eduardo, mientras se dirigía hacia la puerta.
—Aquí te espero, no lo olvides —dijo.
El cielo se había despejado milagrosamente, pero el camino de regreso fue terrible. Millones de sentimientos encontrados se abatían sobre él. Se daba cuenta que no era solo deseo, la amaba como nunca antes había amado, desde el primer día que la vio. Y esa era la peor tortura que podía tener. Fue hacia la costanera y caminó con paso rápido, los sauces lloraban con él; el sol ya comenzaba a caer dándole al día rojas tonalidades semejantes al fuego. Así debe de ser el infierno, pensó. Ahí es en donde voy a terminar si sigo con esto. Pero, "El corazón tiene razones que la razón no entiende", dijo Blaise Pascal, claro, aunque él no pensaba en el filósofo en ese momento, pensaba en La Renga, una banda argentina de la que era fanático allá por los noventas, cuando el mundo aún era cuerdo para él. El nombre de la canción era "El final es en donde partí" y lo describía increíblemente, ¿en qué lugar habrá consuelo para mi locura, esta ironía con qué se cura?, si el final es en dónde partí...
Pasaron los minutos, las horas, los días y Eduardo seguía confundido. No volvió a la biblioteca, ni respondió los mensajes de Sofía. No quería confundirse, quería llegar a un acuerdo con él mismo, dentro de lo posible. Y así vagó por los laberintos más recónditos de su ser, le imploró a Dios una respuesta que jamás llegó, hasta que se dio por vencido. Tenía que verla, saber que le ocasionaría un nuevo encuentro, que sentiría al oír su dulce voz, pero antes debería asegurarse, quizás ella estuviera ofendida, ya que había dejado pasar un mes sin ninguna respuesta. Fue hacia el teléfono y llamó a la biblioteca.
Al primer timbrazo su corazón ya latía desbocado.
—Biblioteca Nacional, buenas tardes —respondió una voz de mujer totalmente diferente a la de Sofía.
—Buenas tardes, con la señorita Sofía, por favor —contestó y un nudo ya comenzaba a formarse en la boca de su estómago.
—Sofía volvió a su pueblo la semana pasada cuando yo me reintegré —dijo.
—¿Lidia?
—Sí, ¿quién habla? ¿Puedo ayudarlo en algo? Si quiere yo podría...
En cámara lenta vio a su propia mano cortar la comunicación. La Ley de Murphy dice que si algo puede salir mal, saldrá mal. Y esto salió de la peor manera que podría salir. Fue hasta la cama, se acurrucó como un niño y lloró. Cuando logró calmarse decidió salir a caminar, eso siempre lo había ayudado.
Caminó por la rivera acordonada de sauces, más que caminar, su paso era rápido, casi como el de un maratonista. Su mente parecía a punto de explotar, pero ahora todo estaba en claro. La amaba y no se resignaría a perderla, si tendría que ir a buscarla al mismísimo infierno, iría. Arrancó el cuello clerical blanco de su camisa negra y lo arrojó al río, que las profundidades oscuras se quedaran con el. No pudo sentir piedad hacia ese ser invisible al que tanto había amado, si Dios era amor, entonces, tendría que comprenderlo.
Volvió a la parroquia, hizo una pequeña maleta y partió. Ya dimitiría en su momento y exigiría una dispensa de sus obligaciones sacerdotales. Pero primero lo primero, recuperar a Sofía.
Mientras el tren viajaba hacia el sur, el sol salió de entre los árboles. Un luminoso rayo lo alcanzó,  levantó el rostro hacia el y sonrió. Iba camino hacia la vida.

Fin

Consigna: relato ROMÁNTICO en el que encajes la frase «Si 14 vidas son dos gatos, aún nos queda mucho por vivir».

La diligencia

Massimo no paraba de roer su lápiz. Desde que tuvo el acceso de ira al comprobar que debía eliminar la escena de la diligencia porque no cabía en el sendero y que habían perdido tiempo y dinero, nadie se atrevía a dirigirse a él. Los actores, sentados en torno a la mesa del estudio de grabación improvisado, le lanzaban miradas furtivas disimuladamente. Sabían de la importancia del tiempo perdido y que se le tenía que ocurrir algo pronto para llegar a tiempo a la presentación del corto al concurso de Nápoles.
La idea de rodar un western en Córcega les había parecido disparatada desde el principio. Pero Massimo era un genio. Capaz de lo mejor y de lo peor. Los recursos eran los que eran y no podía permitirse ir con su equipo hasta Colorado. De modo que los había convencido de que los estrechos de montaña y la vegetación que brotaba entre las rocas escarpadas de la isla eran lo más parecido al escenario real que podían encontrar y costear.
El guión era impecable y se ajustaba a los 10 minutos de duración que debía tener el corto. No habían tenido problemas para encontrar reses locales cuyos propietarios estaban encantados de cobrar por dejarlas ser guiadas por los "vaqueros". El caballo que habían alquilado y que se turnaban en montar Carlo, Mario y Lucca, era manso y su único defecto era que le costaba un poco galopar. Pero el cámara era un experto en sacar el máximo rendimiento a las tomas con ángulos que las hacían totalmente creíbles. También sería el encargado de tunear al manso con las pelucas equinas que llevaban para que parecieran tres caballos distintos. Todo estaba saliendo de maravilla pero la dichosas diligencia se había encargado de estropear el plan. La escena cumbre en la que Cara debía ser rescatada de la diligencia en marcha por el sheriff no se podía rodar porque los senderos eran demasiado estrechos y se encallaba constantemente. En su fuero interno Cara estaba contenta ya que no le hacía ninguna gracia que Carlo, el sheriff, la tuviera que coger por la ventanilla por la cintura y subirla a ese caballo. Por muy manso que fuera.
Así que allí estaban los cinco esperando que Massimo tuviera una idea brillante para sustituir a la diligencia. De todos es sabido que un western sin diligencia deja bastante que desear. Y al lápiz de Massimo ya casi no le quedaba madera que roer.
—Ya me encargo yo de la cena— anunció Lucca para relajar el ambiente.
—Mientras no vuelvan a ser espaguetis tan "rabiosos" que no se puedan comer— comentó Mario.
—¿Acaso se te ocurre algo mejor que se pueda hacer con esta porquería de hornillo? En esto sí que parece que estemos en el Oeste—gruñó Lucca antes de alejarse hacia el rincón del almacén que les servía de "cocina".
Iban por la segunda botella de vermentino, sumidos en un tenso silencio sólo interrumpido por las maldiciones del cámara que, a su bola, intentaba retocar las tomas en su ordenador —qué difícil resulta filmar en una isla tan pequeña sin que se cuele el mar por todas partes— cuando se  abrió la puerta del despacho improvisado de Massimo al más puro estilo Catarella, provocando un portazo que retumbó en todo el almacén y sobresaltó a los presentes.
—¡Lo tengo! ¡En marcha!— gritó el guionista.
—¿A estas horas?— repuso Cara.
—¿A dónde?— quiso saber Carlo.
Les contó su plan. Había contactado con el chico que alquilaba las canoas en la playa. Traería una; también unas bicicletas y a un amigo carpintero con sus herramientas. Disponían de toda la noche para convertir la canoa en una estrecha diligencia. No sería muy complicado darle a ese amarillo una pátina para que pareciera madera, disponían además de las cortinas del almacén y del gran baúl del atrezzo para conseguir hacer la cabina. Los remos los usarían para crear la estructura y colgar las cortinillas.
—¡No puede ser tan difícil!— alentó a los suyos imbuido por el espíritu napoleónico corso. —¿A qué esperáis?— les gritó, impaciente, a los rostros de incredulidad que lo miraban. —¡Movéos!—
 De arreglar los efectos y de la falta de caballo de tiro para la canoa ya se ocuparía el cámara y su programa de retoques. En cuanto llegara el joven con el material se pondrían manos a la obra y por la mañana harían la toma de la escena de la diligencia tal como estaba prevista.
—Por cierto, tendremos que ensayar bastante ya que el chico hará de conductor-secuestrador. Tiene más experiencia en el manejo de canoas que Lucca. El resto hará todo como estaba previsto.
Esa noche la luz del almacén no tuvo descanso. Unos estaban trabajando en la transformación de la canoa, otros cosiendo, ensayando, imprecando o maldiciendo y todos bebiendo vermentino. El chico de la canoa resultó ser un actor bastante aceptable, aparte de apuesto, y a Cara se le había pasado el mal humor por tener que trasnochar.
El único que miraba todo con escepticismo era el cámara. —Raro, no digo diferente digo raro— no paraba de repetirle a su copa. —Y, como siempre, tendré que arreglarlo yo mañana—.
A la mañana siguiente, aunque un poco resacosos, pudieron rodar la escena sin grandes contratiempos. El vehículo circulaba sin problemas por los senderos, Cara fue rescatada con éxito, aunque un poco a su pesar, por el sheriff Carlo que la alzó en volandas a su caballo y salieron al "galope" del manso hacia un "Happy End" necesario en el género.
Al cámara ya le daría tiempo de adecentar un poco lo que hiciera falta con su ordenador durante el vuelo de vuelta que pudieron alcanzar, tras recoger todo y regalarle la canoa-diligencia al chico de la playa que la pondría de reclamo para los turistas en su puesto de alquiler.
Y los dejamos, vestidos de gala, algo adormecidos, a las nueve en punto de la noche cuando en el teatro Augusteo se abre el telón para el pase del "Concorso Cortometraggio, Napoli 2019".

Consigna: relato WESTERN en el que encajes la frase  «Raro, no digo diferente digo raro». 

Elegida

Papá siempre me había dicho que nadie me haría daño. Porque era tierna y delicada. Yo sabía que nada de eso era verdad, porque al verme en el espejo veía todo lo contrario. Pero siempre le seguí la corriente, porque sabía que lo hacía sentir bien. ¿Me hacían en cambio sentir bien a mí sus palabras? No lo sé. Pero aquí estoy, con veintisiete años y un fusil que apunta a mi cabeza.
Lo primero que vino a mi mente cuando vi la punta del arma fue si moriría virgen. Tal vez el agujero del fusil era una analogía de mi vagina. Me dieron ganas de reír por los nervios. Hice un esfuerzo magistral por controlar la risa y, mientras lo hacía, aparecieron unas ganas tremendas de llorar.
«Estoy a punto de morir», pensé.
Todo había comenzado unas horas atrás, cuando una manada de hombres armados irrumpió en la calle. Yo estaba sola, porque papá había salido a comprar el pan para la cena. Desde entonces no lo volví a ver. Me hice con la idea de que simplemente se había perdido en el camino para alejar la posibilidad de que pudiera haber muerto. Los hombres armados, que vestían todos uniformes militares, entraron en las casas por la fuerza. Rompieron puertas, ventanas e incluso paredes enteras. Yo no tuve tiempo de esconderme (tampoco habría servido de mucho), así que cuando vi la puerta abrirse, era demasiado tarde hasta para beberme el agua que había dejado sobre la mesa.
 Primero apareció un tipo con una barba tan poblada que apenas se le notaba la cara. Apuntó para todos lados, y en lo que me vio, se fijó sobre mí. Pensé que dispararía, pero no lo hizo. Más atrás, aparecieron casi inmediatamente otros dos hombres.
—Esto es una invasión —dijo el tipo de la barba. Alcancé a leerlo a mala pena en sus labios, que estaban tan rojos que parecían pintados con labial. Aquella frase la repitió un par de veces más, como si fuera lo único que supiera decir.
«¿Cómo una invasión?», quise preguntarle, pero no solo no habría entendido el lenguaje de señas, sino que había sido bloqueada por los hombres de traje militar que se habían abalanzado sobre mí. Atraparon mis brazos en una llave tan fuerte que pensé haberme roto algún hueso. Luego de eso sentí cómo me las mantenían firmes bajo la fuerza de unas esposas. El hombre de la barba me estaba hablando al oído, lo supe por las cosquillas que me generaron sus labios en la oreja. Hasta el día de hoy me sigo preguntando qué me dijo, y si lo que dijo me habría servido de algo.
Lo dudo.
Me subieron a la parte trasera de un camión. Dentro estaba lleno de personas, pero esto no detuvo a los militares a empujarnos hasta hacernos convertir en algo parecido a una lata de sardinas. Miré a todos lados en busca de papá, pero estaba tan nerviosa que no lograba concentrarme en ningún rostro, como si todos fueran iguales. Cuando quedó claro que no entraría una persona más, cerraron las puertas y nos dejaron en completa oscuridad. Sentía la vibración de todas las voces que hablaban en contemporáneo. Me habría gustado poderles gritar que se callaran, pero me limité a cerrar los ojos, incluso cuando todo a mi alrededor era negro.
No supe si en algún momento me habría quedado dormida o no. Tal vez la fuerte vibración de las voces me había dejado aturdida. Apareció de pronto una fuerte luz que me encandiló. Habían abierto las puertas del camión y, siguiendo las instrucciones de una serie de militares, salimos poco a poco. Había un fuerte olor a pólvora y quemado que reinaba en el aire; tanto, que se me hacía difícil respirar y los ojos me ardían.
 El cielo estaba gris. Aviones volaban de aquí para allá. Vi cómo dejaban caer bombas que, al encontrarse con el suelo, lo hacían vibrar con tanta fuerza que las piernas me temblaban. Pensé que caería en cualquier momento, como si no me bastara ya tener una pierna más larga que la otra.
Me pregunté si así lucía el fin del mundo. Quizá se le parecía bastante.
Nos llevaron en una especie de fila un tanto desorganizada a un edificio que conocía muy bien: la biblioteca de la ciudad. Iba todas las tardes después de la escuela cuando era pequeña. Tuve un vago presentimiento de que allí estaría bien. Puede que me equivocara.
Apenas entrar vi cómo habían destruido todo el lugar. Y no solo eso, a quienes allí dentro trabajaban. Megan, la bibliotecaria, yacía en medio de la recepción en una laguna de sangre que seguía tan fresca que me provocó nauseas. Nos llevaron hasta el final de una de las salas de lectura, donde la mayor parte de las mesas habían sido rotas por la mitad y los libros de las estanterías estaban desperdigados por todas partes. Había más personas allí dentro, apretadas contra uno de los muros.
Nos llevaron hasta los demás, encargándose de empujar a quienes se resistían. Un hombre junto a mí se mostró reacio ante la actitud de uno de los militares y, luego de gritarle algo que no llegué a entender, le escupió en la cara. Un segundo después su cabeza estalló.
Alguien a unos metros de allí había disparado, apuntando a matar sin haberlo dudado siquiera un segundo. La sangre del hombre salpicó sobre mi ropa, pero estaba tan impactada que apenas me había dado cuenta de las manchas. Lo vi desplomarse junto a mí. Luego levanté la mirada hacia el militar que había disparado.
 —¿Alguien más tiene algo que decir? —Alcancé a leer en sus labios. Nadie dijo nada. Lo supuse solo porque no volvió a disparar.
Una fila se posicionó frente a nosotros, con sus fusiles en alto. Nos registraron a todos con sus ojos llenos de odio. El tipo que había disparado antes dio un paso al frente, sobresaliendo de entre la fila. Mantuvo la pistola en su mano, pero no apuntó a nadie. Empezó a hablar.
 —Ha iniciado un día histórico, los días de… —Acá no alcancé a descifrar qué dijo—… Éramos vecinos, pero ahora somos uno. Estaremos contentos de verlos trabajar para la nueva nación. Y entonces —Palabras incomprensibles—… No podrán resistirse a la autoridad —Con esto último volvió a levantar el arma y empezó a caminar de un lado a otro, pasando por cada rostro hasta detenerse en el mío. Me había visto. El tipo guardó su pistola y cogió el fusil de uno de los hombres de la fila.
 Comencé a sudar como nunca lo había hecho en mi vida, mientras veía cómo su cuerpo se hacía más grande conforme se acercaba. Y aquí es dónde estaba, en medio de la biblioteca que me había visto crecer, con un hombre desconocido que me apunta en la cabeza en pleno fin del mundo.
—¿Ha quedado claro lo que te he dicho?
Asentí con la cabeza mientras explotaba en mí un llanto que no pude contener de ninguna manera.
—Di que sí.
Levanté la mano derecha, que temblaba como si corriera un terremoto a través de ella y señalé mi boca. Intenté decir «Soy sordomuda» con mis labios, pero sabía que de mi garganta no había salido ni un hilillo de voz. El hombre de la pistola arrugó el rostro con tanta fuerza que pensé que podría accionar el arma solo con la mirada. Por suerte esto no pasó. Mantuvo su fusil firme sobre mi cabeza, luego la retiró y me tendió la mano. Hizo un gesto insistiendo que la cogiera. Obviamente no podía hacer nada con las esposas, así que me ayudó a ponerme de pie.
—Tú me gustas —me dijo cuando me hallaba frente a él. Me tomó por el cuello y me dio un beso que no pude evitar.
¿Qué coño estaba pasando?
Sentía las miradas de todos los presentes. Me había convertido en el centro de atención en menos de diez segundos. Con una seña, el hombre llamó a otros dos militares que me tomaron por los brazos y me guiaron a una dirección desconocida. Alcancé a ver cómo cogían a otras chicas más y se las llevaban como a mí. Mientras caminaba, de espaldas al resto, sentí de pronto una serie de vibraciones que pareció infinita; venían acompañadas de breves corrientes de aire caliente que llegaban hasta mí.
 «Están disparando», pensé.
Siempre me pregunté qué habría sido de mí si en ese momento me hubiese girado a mirar. Así fuese un solo segundo. ¿Habría soportado aquella imagen, que quedó en mi cabeza ilustrada solo por mi imaginación? Creo que no.
Los hombres que me llevaban por los brazos hablaban entre ellos.
—… buena presa. —Había alcanzado a leer.
—¿Dices? —preguntó el otro, el de la izquierda—. Ella está gorda y es fea, es sordomuda y cojea.
—Pero en la cama se lo hace muy bien.
Empezó a reír.
«¡No es verdad! —quise gritar—. Nada de eso es verdad».
Aquella noche entendería lo mucho que habría preferido quedarme allá atrás con los demás, fusilada. Y entendería además que, después de todo, morir virgen no habría sido tan malo.

Consigna: relato BÉLICO en el que encajes la frase «Ella está gorda y es fea, es sordomuda y cojea, pero en la cama se lo hace muy bien».