lunes, 7 de septiembre de 2020

El jardín sin fin (Dratraco)

  “El mundo es un jardín, y

el jardín, mi sembradío.”

1

Las cartas

Fui yo el que ofreció más en cada precio que salía de la boca del subastador, así la gané, una casa rodante construida en Inglaterra por Sir Peter Renfi. Recuerdo una necesidad embriagante de tenerla y nunca antes haber sentido compulsión por poseer algo al sólo verlo.

Cuando la instalaron en el terreno de Castle Rock Motorhome Park, donde previamente renté un lugar, me llamaron al móvil para preguntar si deseaba que se hicieran las conexiones de agua, gas, electricidad y drenaje. Contesté que sí, pues hicieron una buena oferta.

Ese día salí del trabajo y conduje hasta el parqueadero, al llegar miré emocionado mi nuevo hogar: una flamante casa sobre ruedas construida a mano por un solo hombre, y yo tenía la fortuna de ser el segundo dueño. Subí la escalerilla de entrada, abrí la puerta de resplandecientes cromos en sus marcos y entré, lo primero que vi fue una mancha oscura sobre el piso de madera de la sala. “Eso no estaba ahí”, pensé, de inmediato saqué mi celular y marqué el número del encargado de la instalación, me debía una buena explicación.

—Mark, ¿qué demonios significa la mancha sobre el piso de mi sala? —cuestioné grosero al ver que entraba la llamada.

—Estaba a punto de llamarte, Manny —respondió apenado—, pero estoy en el hospital…

—Eso no me importa, Mark —interrumpí con molestia— lo que quiero saber…

—Con uno de mis trabajadores que se cortó una mano al estar poniendo unas mangueras para el gas en tu “morojom” —terminó de explicar en tono firme, causado por mi impertinencia.

—Lo siento, no lo sabía.

—Lo sé, es solo que el chico perdió la mano por el accidente y no tenía seguro.

Esas palabras me hicieron sentir peor, me senté en el sillón de la sala y, sin dejar de observar la mancha, escuché la explicación de Mark: “el muchacho se cortó con la navaja para trozar mangueras, yo lo estaba viendo, fue algo ilógico, como si lo hubiera hecho adrede. Después fue a la sala y ahí sangró sobre la madera del piso. Te juro que no lo entiendo.” Pensando en eso, me levanté y fui por un vaso de whisky, lo tomé y regresé al sillón. La mancha había desaparecido.

Movido por la repentina desaparición inspeccioné a detalle las tablas del piso. Era una madera negra que relucía esplendorosa, ninguna de las tablas tenía picazón de insectos, de hecho, parecían recién barnizadas. Al no encontrar una explicación para satisfacer mi curiosidad, retiré las tablas para ver lo que había debajo. Nada, sólo material aislante para el frío. Al reinstalar los tablones descubrí en uno de ellos un rectángulo que servía como escondite para unos papeles viejos y amarillentos. Con mucho cuidado retiré la delgada pieza que cubría el rectángulo y extraje las hojas. Al abrirlas las vi, eran cartas, una de ellas tenía fecha del siete de septiembre de mil ochocientos setenta. De inmediato pensé en su valor, tenía que ser uno considerable.

Esa noche me dediqué a leerlas, debía conocer lo que vendería.

“7 de septiembre de 1870

Tras una larga y extenuante búsqueda de la tumba de mi Señor, la he encontrado. Le dije que lo lograría, ahora es necesario cavar. Lo haré sin descanso…”

“10 de octubre de 1870

He cavado durante treinta cuatro días con sus noches y no he logrado mi cometido. Seguiré buscando, no pierda su fe en mí…”

“8 de enero de 1871

Mis esfuerzos y los ánimos que usted me infunde han dado frutos, encontré el ataúd del Señor. Mañana lo abriré…”

“9 de enero de 1871

El ataúd estaba vacío, ni siquiera polvo había en su interior. No encuentro explicación para este hecho ilógico…”

 

“11 de enero de 1871

¡Buenas nuevas! La esencia de mi Señor sigue viva, lo descubrí al buscar refugio del frío en el interior del ataúd que encontré…”

“20 de junio de 1871

Estoy a punto de desfallecer, necesito encontrar una nueva forma de alimentar a mi Señor. Si continúo así, no alcanzaré a ver el invierno…”

“13 de marzo de 1899

Está hecho, mi Señor vivirá eternamente, y, quizás, yo con él…”

¡Maldita suerte! ¿Por qué tuvo que ser un loco el autor de estas cartas? Preferiría que fueran de amor.

2

Los incidentes

De un mes a la fecha han mejorado mucho las cosas, obtuve un ascenso en el trabajo, se presentó una oportunidad irrechazable para comprar un auto y mi hermano regresó de medio oriente, pero lo mejor son las chicas. He tenido tantas que aún no puedo creer el giro tan grande de mi suerte, y es que antes no era capaz de conquistar a ninguna sin importar cuánto me esforzara. La parte que no me gusta es la de las pesadillas, en cada ocasión que viene alguna chica a casa sueño que mueren, pero sólo recuerdo eso: ni la muerte ni la forma o los rostros se quedan en la memoria.

Otra cosa intrigante ha sucedido: de la nada han brotado unos rosales hermosos en el jardín de entrada, sus flores son de un carmesí intenso, hipnotizante, pero no despiden ningún olor. “Vivas de esencia, pero muertas de fragancia”, mencionó una de las tantas visitantes al olerlas, antes de entrar. Creo que se llamaba Mina.

Todo iba de maravilla, hasta hoy que pasó Dylan a visitar.

—Así que esta es tu nueva casa —dijo al verme arreglar el jardín. El tono, aunque cordial, encerraba otras implicaciones, así lo sentí en el momento.

—Pues no es tan grande ni bonita como la de papá y mamá, pero al menos la obtuve con mi esfuerzo —repliqué con el mismo tono del comentario.

—Tranquilo, Manny, no lo dije para que te ofendieras —aclaró antes de abrir los brazos en señal de saludo—. ¿Cómo has estado, hermano?

—Bien, Dylan, muy bien, pero entremos, el sol es muy fuerte.

Después de entrar y sentarnos en la sala, le ofrecí un trago.

—Limonada, está bien.

—¿Seguro que no quieres una cerveza? —pregunté al servir su bebida en un vaso de vidrio grueso.

—Ja, ja, ja, ja, no me harás caer.

Conforme bebíamos recordábamos andancias y vagancias. De pronto, durante la charla de reencuentro y sin motivo aparente, sentí un temor que erizó la piel de mi espinazo. Algo estaba mal. En ese momento observé a mi hermano con la mirada perdida y sonriendo como un loco.

—Dylan, ¿estás bien? —inquirí al poner mi mano frente a sus ojos, en un intento de sacarlo de su estado, pero no contestó. Sin esperarlo, vi cómo el vidrio del vaso cedía a la presión violenta de sus dedos. Siguieron heridas y sangre, mucha sangre que se derramó sobre las tablas negras del piso de la sala cuando mi hermano, en un acto incongruente y grotesco, situó la mano sobre ellas. El horror y el miedo se apoderaron de mí al ver cómo la sangre era bebida por los maderos, al tiempo que secaban, primero la mano y el brazo después, pero no paró ahí, continuaron succionando el líquido carmesí del torso, que viajaba en hilos informes hasta consumirse en las tablas que, conforme se alimentaban, se ponían más negras y brillantes. Intenté arrancarlo de ese maldito piso, pero no logré hacerlo. Al final, tras varios jaloneos, sólo conseguí quedarme con la mitad del torso seco de mi hermano al caer sobre mi trasero. Ahí permanecí por mucho tiempo, el que me tomó asimilar a medias lo que había ocurrido. Sin saber si estaba en una pesadilla o en la realidad, esperé por la oscuridad para enterrar el cuerpo en el jardín.

Una vez que me aseguré de que no había vecinos curiosos, empecé a cavar un hoyo del tamaño suficiente para enterrar el tercio de cuerpo de Dylan. Recién había iniciado la clandestina actividad cuando lo vi: un cadáver en estado avanzado de descomposición. Mi sorpresa fue mayúscula al reconocer su rostro, se trataba de Mina, una de mis tantas conquistas de una noche. Seguí cavando en distintos lugares de mi jardín, pero en cada pozo hecho resultó lo mismo: un cadáver pudriéndose. No encontré un solo lugar disponible para enterrar la parte de mi hermano que yacía dentro de una bolsa plástica, a un lado del pico y la pala. En ese momento de desesperación escuché su voz distorsionada, grave y profunda:

—Es tiempo de buscar un nuevo hogar para nosotros, este jardín está sembrado. La casa fue hecha para eso, para que el mundo sea el jardín y sembrarlo con nuestras semillas. Aquí, nuestra obra está hecha.

Comprendí tanto como las emociones del momento me permitieron, no había posibilidades de sospechar que lo peor estaba por llegar.

Parálisis (Talismán)

         Matías despertó y lo primero que percibió fue la densa oscuridad que lo envolvía. Intentó moverse y no lo logró, trató por todos los medios gritar, pero solo consiguió un soplido asmático y estertóreo. Otra vez estaba paralizado. La única diferencia consistía en la falta de aire. Lo sentía espeso, denso, como si respirase dentro de una bolsa. Por todos lo medios trató de no desesperarse, pero el cerebro, ese amigo incansable, usó todos los mecanismos posibles para mantener su mente alerta. Fue, entonces, cuando empezó a recordar.

 Entre las dudas existenciales que tuvo alguna vez en su vida, la parálisis del sueño fue, por lejos, una de las más inquietantes. Sin embargo, tan solo simbolizó el principio de una seguidilla de acontecimientos, que lo dejaron al ras del mundo tal y como lo conocía hasta entonces. O quizás el principio fue otro, en realidad, no estaba muy seguro y nunca lo estaría.

Todo comenzó casi sin darse cuenta. Una marca de nacimiento en el medio de la frente y la urgencia por quitarla cuando empezó a trabajar. Tardó diez años en recibirse de abogado, y cuando tenía algún que otro cliente, lo único que lograba era que este le observase fijamente, sin el más mínimo pudor, la indeleble marca roja que residía en el centro de su frente, en lugar de centrar su atención en lo que él decía o aconsejaba. Incontables burlas ya había recibido de niño, como para seguir siendo blanco de ellas en la adultez.

La cirugía fue mínima y duró menos de una hora. Casi no había huellas que señalaran que alguna vez hubiese existido. Se observaba en el espejo de su casa a diario y, si caminaba por la calle, en un reflejo que cualquier escaparate pudiera brindarle. “Un buen trabajo”, es lo que se decía a sí mismo en cada una de esas ocasiones. El indeseable círculo rojo, al fin, había desaparecido.

La primera diferencia que notó fue que los desconocidos que cruzaba camino a su estudio ya no lo miraban, y que sí recibía miradas del sexo opuesto, cosa que lo puso más que feliz. Ya habían pasado dos semanas de la cirugía y hasta había conseguido un par de citas bastante exitosas y unos cuantos clientes con casos gordos muy redituables e imposibles de perder. En fin, la vida le sonreía. La felicidad siempre nos pone un poco cursis, ¿no creen?

La segunda diferencia, si es que puede llamarse diferencia, la notó al mes de la cirugía. Había salido con una rubia despampanante a cenar en un viejo y acogedor restaurante italiano. La velada fue del todo normal, hablando de mil cosas sin importancia, y la habían concluido en un hotel con una maratónica sesión de sexo. Al llegar a su casa estaba exhausto. Beber de más y el sexo desenfrenado no eran costumbre en él. Se duchó y se fue directo a la cama. Se durmió profundamente, pero en la madrugada lo despertó una sensación de pesadez sobre su pecho. Al intentar moverse para encender la lámpara no pudo, todos sus músculos estaban entumecidos. Lo único que podía mover eran sus ojos, que despavoridos, iban de un lado a otro de la habitación. La tenue luz de la luna entraba subrepticiamente por la ventana y solo alcanzaba a ver los contornos de las cosas. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, no sabía si habían pasado horas o solo minutos, divisó una figura en cuclillas sobre su pecho desnudo. El pánico era como un pequeño roedor mordiendo sus terminaciones nerviosas. La figura solo lo observaba, aunque no distinguía rasgo alguno en su rostro, sabía a ciencia cierta que lo estaba mirando. También podía percibir el olor que emanaba de ella, un hedor nauseabundo a carne podrida y fermentada bajo el sol durante varios días. Luchó, pero la parálisis era absoluta, hasta que no pudo más y solo atinó a cerrar los ojos. En ese mismo instante la inmovilización cesó, tiró un manotazo, pero ya no había nada sobre él. Encendió la lámpara y comprobó que así era. Confuso se levantó y comenzó a revisar cada resquicio de su habitación. Naturalmente, no encontró nada. Si ese había sido un sueño, pensó en ese momento, tal vez fuera el más real que jamás había tenido. Por esa noche, y unas cuantas siguientes, ya no pudo más dormir.

Si bien conservaba el amargo recuerdo de la experiencia, esta no se volvió a repetir. Pero pronto comenzó a sentir un ardor, bastante pronunciado, en el lugar en el que habían extirpado su marca de nacimiento. Era como si alguien estuviese apagando un cigarrillo en su frente. Pese a que su agenda era bastante abultada concurrió a su médico personal lo antes posible.

—Todo está perfectamente normal, Matías. No encuentro nada extraño, ¿cuándo comenzó esta sensación? —preguntó el médico, con cierto asombro en sus ojos.

—Hace dos días. ¿Está seguro doctor? —insistió.

—Por supuesto. Quizás sea algo psicosomático, ¿has estado bajo mucho estrés en los últimos días?

—En realidad no. Alguna que otra pesadilla, pero en verdad, nunca en mí vida me sentí mejor.

—Vamos a hacer una cosa, le doy cita para dentro de diez días, si la molestia continúa haremos una serie de análisis. ¿Qué le parece? —consultó el médico.

—Perfecto, doctor. —concluyó, pero nunca tuvo tantas dudas.

Se fue caminando pensativo hasta su lugar de trabajo. ¿Psicosomático?, él se sentía bien, no tenía ningún problema. Antes sí que los había tenido con esa maldita mancha, si se lo ponía a pensar detenidamente, hasta era irrisorio.

Cuando llegó a su casa esa noche se preparó una cena ligera, no tenía apetito. El escozor iba en aumento y creyó que no iba a poder dormir, sin embargo, estaba exhausto. Tomó una aspirina y se fue a la cama. Se durmió apenas cerró los ojos.

Otra vez… Esa sensación de pesadez en el pecho. Alguien o algo estaba sobre él. No quería abrir los ojos, no quería pasar por eso de nuevo. Sin embargo, pasados unos minutos, al notar que persistía, los abrió. La luna, que la vez anterior estaba en cuarto creciente, ahora estaba llena, e iluminaba toda la habitación. Eso le permitió ver mejor el espectáculo que se estaba montando sobre él.

La parálisis volvía a ser total, no podía mover ni un músculo. Solo sus ojos, abiertos desmesuradamente, giraban en sus órbitas a una velocidad que solo el terror extremo puede lograr. Eran ojos que querían abarcar más allá del punto en donde la visión terminaba. El ser que yacía sobre él era una bella joven y estaba desnuda. Ella lo observó y una sonrisa lasciva se dibujó en su rostro. Al instante, y pese al hedor irrespirable que lo envolvía, Matías tuvo una erección. Ella, al notarlo, lanzó una carcajada, sus largos cabellos le rozaron sus piernas desnudas. Eso, no entendía cómo, logró excitarlo aún más. Ella acercó su rostro al de él y dijo:

—Gracias por abrir tu portal, ahora eres mío —su aliento semejaba una tumba recién abierta. Una mano en forma de garra de pájaro se posó en donde antes Matías tenía aquel círculo rojo—. Mío para siempre.

Y comenzó a tener sexo con él. Sentía como si su pene hubiera entrado en una caverna de hielo, pero el hielo, como ya todos sabemos, también puede quemar.

Me está violando, atinó a pensar Matías. El movimiento era rítmico. Al sentir que se acercaba el clímax, una especie de cola en forma de serpiente surgió de ella y empezó a menearse entre los dos. La monstruosa eyaculación fue acompañada de dos movimientos convulsivos de su cadera, lo que rompió por completo la parálisis.

Encendió la lámpara y no vio rastros de nada ni nadie. Sin embargo, su miembro le ardía como si se hubiese quemado. Se levantó como pudo y fue hasta el baño. Miró con detenimiento, su pene estaba como siempre, flácido y sin ninguna muestra de reciente actividad sexual. Pero cuando se encaró al espejo sintió que toda su fuerza vital lo abandonaba. Grandes gotas de sangre brillaban sobre su rostro, brotaban en donde antes existía una marca de nacimiento, pero ya no la había…, brotaban en el lugar donde esas horribles manos de pájaro lo habían tocado. Embebió un poco de algodón en agua oxigenada y restregó con furia, no había nada, ni una sola herida sobre su frente.  Esa noche no volvió a dormir, tampoco lo intentó.

Al otro día llamó al estudio y avisó que no iría, culpó a una gripe y se tomó la semana. Abrió su notebook y comenzó a buscar. Lo que más se asemejaba a lo que padecía era la famosa parálisis del sueño, esta era una incapacidad temporal de moverse o hablar, al dormirse o levantarse, y si algo se dejaba en claro era que no requería ir al médico o realizar ningún tipo de estudios, y no se mencionaban heridas inexistentes que sangraran mientras uno tenía sexo con un demonio ancestral.

Buscó “punto rojo sobre la frente” y ahí encontró varias cosas interesantes. Los hindúes cuentan que Dios nos dio dos ojos con los que poder ver el mundo físico, y un tercero, invisible, con el que poder ver el mundo etéreo. Según la tradición védica, el sexto chakra es un importantísimo centro de energía que se localiza en la frente y, pintarlo de rojo, era una vieja tradición que simbolizaba la apertura mística del ser y la capacidad de ver sin necesidad de utilizar los ojos.

Bueno, si le daba crédito a la tradición hinduista, suponía que, al extirparse su círculo rojo natural, le había abierto un portal a un súcubo que solo planeaba violarlo hasta acabar con él…, sí, como no.

Pasaron algunos días más, la aterradora experiencia ya se repetía a diario. Su cansancio físico era extremo, ya casi no dormía y cuando lo hacía era para ser ultrajado por un ser tan bello como repugnante. Había perdido el apetito totalmente y notó que estaba mucho más delgado. No podía seguir así. Fue a la cita con su médico y en un rapto de sinceridad se lo contó todo. Apenas terminó de hacerlo se dio cuenta que había sido un error. Este sugirió una serie de pruebas en una institución psiquiátrica, un par de semanas internado ahí y quedaría como nuevo, dijo. Matías le aseguró que lo pensaría y se fue para nunca más volver.

¿Cuándo fue que perdí la cabeza?, se preguntó. La cordura, ese bien tan preciado que pocas veces valoramos hasta perderlo, parecía burlarse en su propia cara.

¿Y si no estaba loco? ¿Un loco era consciente de la pérdida de su propia razón? No lo creía. Ahí, precisamente ahí, estaba el asunto, eso de ser o no ser ya no importaba, estar o no estar loco…, esa era la cuestión, y Matías no creía estarlo.

Un mes después de la frustrada visita al médico todo seguía igual. Había adelgazado quince kilos y ya no trabajaba. Lilith, como así le dijo que se llamaba, concurría diariamente a su encuentro. Hubiera deseado preguntarle algunas cosas y decirle que lo estaba matando lentamente, pero claro, no podía… La parálisis no lo dejaba.

Decidió cruzar a la farmacia que tenía frente a su casa para comprar uno de esos batidos nutritivos, pero el esfuerzo de solo caminar cinco metros hasta la calzada fue demasiado. Antes de cruzar la calle un dolor inmenso se desató en su pecho, fue tan fuerte que lo derribó. La gente comenzó a agolparse a su alrededor. Antes de perder la conciencia oyó a la ambulancia que se acercaba, después no supo más.

Matías despertó y lo primero que percibió fue la densa oscuridad que lo envolvía. Intentó moverse y no lo logró, trató por todos los medios gritar y solo consiguió un soplido asmático y estertóreo. Otra vez estaba paralizado. La única diferencia consistía en la falta de aire. Lo sentía espeso, denso, como si respirase dentro de una bolsa. Lilith estaba acostada sobre él.

—Te dije qué serías mío, bienvenido —dijo y desapareció quebrando la parálisis.

Matías intentó levantarse, pero su cabeza golpeó contra algo duro, la falta de aire se acentuaba cada vez más. Empezó a golpear aquello que lo cubría y a gritar con desesperación. No pudo hacer más.

Juan, el guardia nocturno del cementerio de Monte Paz, oyó gritos y golpes que venían de su izquierda. Caminó con la linterna encendida buscando el origen de esos ruidos, no encontró nada.

—Chicos, solo los malditos chicos gastándome otra broma.

Rojo (Geodana)

 

Te levantas una mañana, igual que otras muchas en las que te sientes mal. Tu cuerpo no puede más. Sabes que esta maldita mierda que te está consumiendo. Esta enfermedad infernal, no te deja vivir, disfrutar, hacer nada.

No te encuentras bien. Miras a tu alrededor y ves que estás solo, completamente solo. Sufres, y en soledad. Tampoco quieres molestar, pero necesitarías tanto realmente salir a la ventana y pedir ayuda gritando lo más fuerte que puedas. Pero no lo haces, no es tu modo de ser. Siempre has salido de todo sin ayuda, no hay necesidad de molestar. El problema es que, de esta posiblemente no salgas.

Ya estás acostumbrado a esto, ha sido toda la vida así. Y ahora, más. Nadie quiere compartir sus momentos con alguien enfermo.

Pero hoy sientes que hay algo diferente, que tu soledad es mayor. Te sientes raro, aunque sabes que ya de por sí, lo eres. Algo ha cambiado. Miras a tu alrededor, pero todo sigue en su sitio. Cada mueble, cada cuadro, el mismo orden, el mismo silencio de una mañana normal cuando vives en una zona tranquila. Y soledad.

Los dolores también siguen siendo los mismos. En el mismo sitio, la misma intensidad. En todas partes. Ya ni te preocupa si algo no se mueve un día en ti. Solamente estas esperando a que, un día, todo deje de moverse. Y deje de doler.

Has puesto a calentar agua, como siempre, para desayunar lo de siempre. La monotonía es también algo común. Nada, absolutamente nada, cambia en ti, ni en tu día a día. Levantarte, confirmar que sigues vivo, desayunar, descansar, comer, descansar, cenar, dormir. Solamente unos pequeños paseos para hacer compras, rompen la monótona normalidad. No quieres más, te gustaría, pero no lo quieres. Tampoco podrías. No quieres hablar con nadie, no quieres contacto con nadie. La presencia de personas te molesta. O quizás sea la tuya la que le molesta a ellos.

Mientras el agua se calienta, te das una ducha rápida. No sabes bien para qué, te vas a volver lo mismo de siempre.

Al salir de la ducha, del baño, vuelves a sentir que es una soledad diferente a otros días. No molesta, pero perturba. Vuelves a mirar a tu alrededor, y todo sigue igual. Nada ha podido pasar, nadie puede entrar. Nadie se va a preocupar en hacerlo hasta que tu alma deje este mundo y tu cuerpo emane el suficiente hedor, como para llamar la atención de alguien.

La tetera avisa de que el agua ya está hirviendo. Cuando vas a retirarla del fuego, escuchas un murmullo. De casa es imposible, nunca hay nadie. No hay televisión puesta. Y se nota lo suficientemente cercana y profunda que casi puedes sentir hasta un aliento.

Continúas con tu monotonía diaria. Por la tarde habitualmente lees. Es lo único que te hace mantener la cordura. No ves televisión, no lees noticias. Al fin y al cabo, lo que ocurra en el mundo exterior, no importa. No importa, ni lo que ocurre cerca de ti. La lectura es tu refugio. Vuelas, sueñas, imaginas.

Te levantas y vas al baño –eres solitario, pero tienes las mismas necesidades que el resto de los seres humanos-. Te lavas las manos, te miras en el espejo. Tu mirada se encuentra vacía, triste, pobre. No hay profundidad, no hay brillo. En algún momento de la vida, lo has perdido todo, hasta la vida de tu mirada.

Aprovechas que no tienes nada más que hacer, y decides que quizás sea buen momento para, aunque nadie te vea, mimarte un poco físicamente.

El murmullo se vuelve a oír. Te giras, escuchas, pero nada hay nuevo. Como esta mañana, todo sigue en su lugar. Quizás estés perdiendo la cabeza, quizás esa tremenda soledad te esté pasando factura.

Te denudas y observas tu cuerpo. Es un desastre, te ves horrible. Los terribles dolores han hecho que no te cuides nada. Quizás puedas hacer algo, e intentar salir a ver un poco más la luz del sol, por lo menos, con mejor porte.

No tienes un cuerpo fuera de lo normal, no entras dentro de los estándares de belleza, pero no te sobra, ni te falta nada. Excepto esa mierda de dolores que recorren punto a punto de tu cuerpo. Si fueses capaz de, por lo menos un momento, dejar de sentirlo.

Tienes el pelo largo, sin cuidar. ¿Para qué? Decides que quizás es el momento. Coges unas tijeras, las de cocina mismo, no tienes más. Y vas cortando mechón a mechón. El solo hecho de coger el mecho para estirarlo y cortar mejor, te duele. Ese dolor en el cuero cabelludo, como si te estuviesen clavando mil agujas. Te arrancarías el pelo en ese mismo instante si supieses que va a desaparecer.

-          Hazlo

Ahora la voz fue más clara. Se escuchó perfectamente.

-          ¿Qué haga, qué?

-          Acaba con el dolor.

Si realmente fuese posible acabar con ello tan fácilmente, si hubiese un modo. Seguramente mejorarías mucho en calidad de vida

Sigues cortando el pelo, mientras no dejas de pensar en lo que esa voz ha dicho. Pero no sabes ni de donde salía. Sería tu mente de nuevo jugándote una mala pasa. Le das mil vueltas, mientras los mechones de tu pelo caen al suelo. No sabes el motivo, pero vas cortando poco a poco. Total, da igual lo que tardes, tienes tiempo.

Has terminado de cortar el pelo, cuando ya apenas queda un centímetro del mismo, con la tijera poco más puedes hacer. Y te duelen las manos. Tienes los dedos arqueados, esqueléticos. No tienen fuerza para mucho más. Pero quieres seguir cortando cabello.

Buscas, y encuentras una cuchilla. Quizás no sea mala idea rasurar el poco cabello que te queda. Al fin y al cabo, el pelo crece. Y si no crece, ¿qué más da?

Comienzas a pasarte la cuchilla por la cabeza, y después de un rato y de ver como sigue cayendo esos hilos castaños al suelo, notas que te cae una gota de sudor por la nuca.

No es posible, no hace tanto calor.

Coges una toalla y te limpias el sudor, para poder seguir rasurando. Te secas. Coges de nuevo la cuchilla. Echas tu mano hacia la zona de la nuca para comprobar por donde tienes que seguir.

Algo raro sucede, algo va mal. Coges con dificultad algo que tienes en la nuca. ¿Es tu piel? ¿Es posible que te hayas hecho un corte sin tan siquiera notarlo? Sin sentir dolor.

Observas tu mano y la toalla con la que te has secado. Tanto ellas como la cuchilla tienen sangre.

Vuelves a recordar esa voz. Ese murmullo en tu cabeza, o de donde quisiese salir, que te decía que acabases con el dolor. Y el caso, es que no te ha dolido el corte, y el trozo que noto suelto es de un tamaño suficiente para causar dolor a la persona más dura.

Pero a ti, no te dolió. Y sientes alivio porque un pequeño sector de tu cuerpo, ya no duele.

Vuelves a echar tus manos hacia la nuca. En una de ellas llevas esta vez la tijera. Y cortas ese trozo, pensando en evitar desgracias mayores. Y te sigue sin doler.

Notas como una hilera, seguramente de sangre, cae desde tu nuca. Recorre tu espalda, tus glúteos, tus piernas

-          Sigue

Volvió a decir esa voz.

-          Acaba con el dolor

No sabes muy bien cómo, pero entiendes el por qué te lo dice. Entiendes a qué se refiere y sabes cómo hacerlo.

Con una de tus débiles manos, intentas en ese espacio a carne viva de tu nuca, hacer un hueco. Intentas despegar tu piel del resto de tu ser. Sorprendentemente, sigues sin sentir dolor.

Te ayudas con las tijeras. Te abres camino con ellas, haciendo un corte limpio alrededor de tu cuello.

Cuando tienes todo el cuello ya rodeado, mientras te miras en el espejo, agarras desde debajo de tu barbilla. Quizás si lo haces de golpe, quizás si es rápido, no sentirás dolor. Cierras los ojos y tiras hacia abajo deprisa. No hay dolor, y el que sentías en cada poro de tu piel desaparece a medida que tu piel se separa de tus músculos.

Abres los ojos. La sangre corre por tu cuerpo como un manantial, pero sientes alivio. Frenas el ritmo en el que literalmente, te despellejas. Hacia tanto tiempo que no notabas tanto alivio.

Además de ese alivio, lo que ves te gusta. La belleza del cuerpo humano sin piel. Tus pechos, tu abdomen, tus piernas. Es un trabajo delicado y lento, pero te gusta observar como cada mínimo dolor en tu cuerpo desaparece.

Podría ser una imagen horrenda. Tu piel se encuentra descolgada del resto de ti. Tus músculos se ven a trozos desgarrados, y alguna parte de tus huesos ha quedado totalmente a la vista.

Pero a ti, te gusta. Te causa paz. No hay dolor. Y sonríes por primera vez hace muchísimo tiempo. Te sorprende hasta el hecho de seguir aún vivo. De hecho, tus ojos ahora tienen vida, tienen brillo. Pero no es suficiente.

Tus manos siguen doliendo. Siguen teniendo piel. Piel con sus terminaciones nerviosas. Tanto tiempo de médicos, tanta medicación y resulta que la solución era tan sencilla.

Te quitas la piel de las manos, dejando al aire tus huesos, como si de unos guantes se tratasen. Y las observas detenidamente. Estiras los dedos, puedes hacerlo. No duele.

-          Acaba. Deja de sufrir.

El baño es un charco de sangre y piel, asquerosa piel. ¿Pero por qué no terminar lo que has empezado? Al fin y al cabo, queda poco. Solamente queda de mí, mi cara. Mi nariz, mis labios, mis orejas. Mis ojos cada vez tienen más y más brillo. Mi alma cada vez está más tranquila, más libre, más liberada.

Sujetas con tus huesudos dedos desde donde empezaste, desde la nuca. Y tiras despacio hacia delante. Observas por un último instante tus parpados, tus mejillas. Cierras los ojos y bajas rápido. Solamente estas deseando que el mas mínimo atisbo de dolor se esfume.

Abres los ojos. Solo ves paz. Ahora todo es, rojo.

Ya no hay dolor. Si no hay vida, nada duele.