jueves, 9 de junio de 2022

La totora

   Ofelia había desaparecido. La buscaron arduamente, incluso con la policía, pero fue inútil, ella no apareció. Su única nieta, Mariela, se obsesionó mucho con la idea de encontrarla, pues amaba y admiraba a aquella pulcra mujer que solía dejar una estela de aromas lavanda a su paso. La mujer era alta, hermosa, de cabello rubio platinado, siempre peinado prolijamente con un rodete. Llevaba los labios pintados de rojo y solía lucir su habitual vestido verde; todas cosas que marcaban su estilo tan particular.

Tras la desaparición sobrevinieron noches de desvelados sueños, entonces, Mariela sintió que debía ir al viejo departamento de su abuela, aunque ello le resultase doloroso.

La muchacha recordaba el lugar como lo había encontrado la última vez: la cocina siempre impecable, el comedor con su habitual mantel tejido a mano, los libros ordenados obsesivamente por color en cada estante de la biblioteca, las fotos de sus viajes alineadas sobre el bahiut, dispuestas, claro, por orden temporal, y los adornos atrapasueños colgados en la puerta de su dormitorio, tejidos estrictamente siguiendo el orden de los colores del arcoíris.

Se sacó los zapatos como pudo, los dejó en la entrada de la cocina, junto con el impermeable y la cartera rosa. Decidió pasar al cuarto, tratando de no manchar el piso. Entrar en aquella habitación era traspasar un portal. Allí había una única protagonista, compañera inseparable de la abuela: la totora. Decenas de ovillos de distintos colores llenaban el baúl que estaba junto a la cama: rojos, amarillos, verdes, eran los colores principales, junto con otros tonos siempre en composé. En la mesita de luz se hallaban, en un pequeño jarrón, las agujas ordenadas de menor a mayor, al lado del velador. La cama estaba cubierta por una manta de trabajado diseño. No olía a nuevo ni a sucio ni a vieja, como se dice que huelen las casas de las abuelas. Tenía un aroma perfumado. Olía simplemente a Ofelia, a esa esencia que sólo ella tenía, que la identificaba desde que tenía memoria, la que respiraba cuando llegaba del colegio a tomar la merienda en su casa, o cuando pasaba a visitarla los domingos; ese aroma a lavanda que nunca cambió a lo largo de los años y que la hacía sentir segura, a salvo.

Cansada, se sacó las medias, desanudó su largo cabello amarillo —igual al de su abuela— y se dejó caer de espaldas sobre la cama. Sólo tomaría una pequeña siesta de diez minutos, los que aconsejan los manuales de Mindfulness para aumentar el rendimiento mental.

Acostada sobre la manta de totora, se sentía como llevada en andas por ángeles; era tan suave la textura que no parecía algodón y poliéster comprado en Once; se sentía como si fuera seda… no, más bien como la piel misma, como una caricia, como una larga caricia que invita a dormir y descansar entre nubes perfumadas y placenteras, donde el tiempo no existe y es sólo una palabra.

Cerró los ojos y se dejó llevar… «unos minutos más», pensó, después reanudaría la búsqueda de alguna pista que pudiera dar con el paradero de su abuela. Sentía que su cuerpo se hacía más pesado y se hundía en la cama, como si el colchón estuviera descendiendo sutilmente sin querer despertarla, se sentía de alguna manera protegida, abrazada; entreabrió los ojos para no cortar el trance del placer y ver si todo estaba en orden y notó que parte de la manta de totora ahora cubría sus pies y los lados de su cuerpo, como un rollito primavera de los que venden los chinos. No recordaba haberse tapado, pero pensaba que seguramente lo habría hecho sin darse cuenta mientras dormitaba, ya que era una noche realmente fría, helada.

Los ojos se cerraron; ganó el cansancio. Su respiración se hizo trabajosa. Estaba entrando en un profundo sueño, en un profundo sopor, en un ambiente ya no tan angelical, sino lóbrego y espeso, que oprimía cada uno de sus músculos y tendones, impidiendo movimiento alguno. Un asfixiante olor a lavanda la sofocaba.

Con esfuerzo, abrió los ojos. Yacía inmóvil. No pudo ver sus pies ni su cuerpo. Sólo un entramado que se repetía infinitamente.

Con horror comprendió que la manta la había amortajado, y entonces dejó de respirar.

Escrito por Nadando en la oscuridad

Consigna: Escribe un relato del género que desees con el título de «La totora».

El palillo

Cuando entró la policía, con sus armas apuntando hacia aquel rincón, el hombre del palillo estaba tranquilamente sentado bebiendo un vaso de lo que pretendía ser whisky.

—¡Las manos en la cabeza! —ordenaba uno de ellos por encima de los gritos de los demás.

Sin embargo, el hombre del palillo parecía no oírle. Solo se dio cuenta de la presencia policial cuando uno de ellos le estampó la cara contra la barra del bar y le esposó las manos a la espalda.

El hombre del palillo no era consciente de la presencia de ellos y ellos solo reparaban en el hombre del palillo; o mejor dicho, solo reparaban en la presencia de un hombre con un palillo, ignorando al resto de los presentes. Parecía que aquel mondadientes atraía la atención de todo el personal uniformado, como un agujero negro atrae hacia sí todo lo demás. No buscaban al hombre, buscaban el objeto. Sin pensar que aquel objeto podría no pertenecer siempre a la misma persona.

Sentado allí en la mesa recordaba como lo había conseguido años atrás. Había sido en un viaje organizado para parejas por los pueblos de las montañas del norte: "un viaje para desconectar y volver a reencontrarse con uno mismo", como lo catalogaba su esposa.

Él nunca había tenido la necesidad de reencontrarse con nada. Había crecido en un barrio humilde de la meseta. Vivió su infancia sin grandes lujos, compartiendo habitación con sus dos hermanos mayores y su hermana pequeña. Sus padres eran demasiado pobres para tener una casa con una habitación para cada uno, sin embrago, nunca les falto un trozo de pan que llevarse a la boca. Con la ropa remendada y los zapatos dos tallas más pequeños y heredados de sus hermanos, se abrió camino en la vida y consiguió un trabajo con el que compaginar sus estudios y poder costeárselos.

En la universidad de derecho conoció a la que, a la postre, fue su esposa. Él no estudiaba allí, si no que era el encargado del mantenimiento de los lavabos en el turno de tarde. Sus estudios los cursaba en centro de formación profesional de fontanería y soldadura. Ella nunca llegó a sospechar que era un mero trabajador de las instalaciones, y él no le sacó de su error.

Terminados los estudios de ella se casaron. La muchacha enseguida tuvo un puesto en el reconocido despacho de abogados de su padre y sus socios. Él continuó con su engaño diciendo que no había terminado sus estudios y que le quedaban varias asignaturas por cursar.

Tras un año de matrimonio lleno de discusiones, con más lunas de hiel que de miel y con la sombra del divorcio planeando sobre sus cabezas, decidieron emprender aquel viaje. Visitaron los asentamientos en ruinas de los primeros pobladores del lugar y las ciudades más modernas que vinieron después de la desaparición de estos.

En un mercadillo local se paró frente a un puesto donde había una mujer que vendía objetos exotéricos, velas y varitas de incienso. Según decía aquellos objetos podían proporcionarle la felicidad que no tenía y curar todos los males físicos y mentales que tuviera. Había piedras que curaban el cáncer, colgantes que limpiaban el aura y anillos que equilibraban el cuerpo.

Él nunca había creído en todas aquellas cosas, pero allí estaba parado frente al puesto, como atraído por una fuerza magnética desconocida.

—Quiero eso —dijo señalando un mondadientes que estaba apoyado en un extremo del puesto de venta. Se veía viejo y un tanto mordisqueado, pero no le importaba—. ¿Qué es lo que hace?

—Tiene el poder de concederte tus más queridos deseos, incluso aunque no los pronuncies de palabra. Pero no está a la venta —respondió la mujer que estaba al otro lado del mostrador

—Te daré lo que me pidas por él. La familia de mi mujer es rica.

—No está a la venta —repitió—. Es un objeto muy poderoso y especial y no lo puedo vender. Solo será tuyo si realmente lo deseas y si el palillo quiere que lo poseas. Antes de que intentes cogerlo siquiera, tengo que advertirte de una cosa: el palillo puede concedértelo todo, pero a la vez puede quitártelo todo, el precio a pagar por lo que creemos que es la felicidad, en ocasiones es demasiado elevado. No podrás deshacerte de él a no ser que realmente lo desees y haya otra persona que lo quiera.

—No tengo nada que perder por intentarlo. —Y se le lanzó a coger el palillo. Un instante después, el mondadientes rodaba del lado derecho de su boca al izquierdo, y regresaba de nuevo al derecho.

Le gustaría verse en un espejo y comprobar el aspecto que le daba aquel objeto. Seguro que tenía aire de tipo duro de las películas de en blanco y negro que veían sus padres cuando él era pequeño. Su mujer, cuando lo viera, sentiría un deseo irrefrenable por tener una sesión de sexo salvaje en la habitación del hotel.

Y así fue. Cuando ella le vio aparecer, con ese aire rudo, se acercó a él y le susurró algo al oído. Minutos después se entregaban a la pasión. En aquel momento volvió a ser feliz, como cuando se conocieron. Algún tiempo después, su mujer le comunicó el retraso de varias semanas en la menstruación.

Desde entonces había vivido con la ilusión de ser padre y enseñarle a su hijo todo lo que le habían enseñado a él. Sin embargo, los constantes reproches de su mujer en relación al trabajo que desempeñaba como fontanero por horas, el cual ella no consideraba digno de alguien de una clase alta como la de su familia, dieron al traste con esas ideas de paternidad y regresaron las discusiones. Y, al final de las mismas, siempre salía a relucir el mondadientes que él constantemente mordisqueaba (y a pesar de ello estaba tan nuevo como le primer día).

Mediado el embarazo, su mujer se trasladó a casa de los padres, donde él no era bien recibido y apenas podía verla. ¡Ah!, si él pudiera vivir en aquella casa sería feliz. No deseaba otra cosa que vivir allí.

—Jokim, este fin de semana me voy a con mis padres a la casita de la montaña —le dijo su mujer cuando sus suegros le permitieron pasar al jardín a verla—. Mientras, mi padre ha dicho que puedes traer tus cosas para instalarte aquí con nosotros. Me ha costado mucho convencerle, espero que no hagas que me arrepienta de ello, porque el niño necesita un padre.

Su deseo estaba a punto de cumplirse, pero no se conformaba con vivir allí. Quería ser el legítimo dueño de la mansión y poseer las riquezas que tenía la familia de su mujer. Y no tener que aguantar los desprecios y los reproches de ninguno de ellos.

Así fue como la familia de su mujer se montó el coche y partió rumbo a la casa de la montaña, pero nunca llegaron. En un área de descanso fueron asaltados y asesinados. Jokim recibió la noticia de boca de un policía local a las puertas de la casa que había sido de la familia de su mujer. Allí lo interrogaron y nuevamente en la comisaría. Era el principal sospechoso, pero él argumentaba una y otra vez que se encontraba en su casa empaquetando cosas para la mudanza.

Tres años después se cerró la investigación sin haber encontrado al asesino de la familia de su mujer. Al ser el único familiar, heredó todas las posesiones de sus suegros una vez que un juez dictaminó que no había tenido nada que ver con la muerte de su mujer y de sus padres.

Lo que Jokim ignoraba era que le vida que llevaba su suegro no era tan perfecta como él pensaba. El hombre debía una gran cantidad de dinero a un prestamista y en su despacho de abogados llevaban los asuntos de un conocido delincuente, al cual le blanqueaban en paraísos fiscales las ganancias de sus negocios sucios. Lo que él pensaba que era una vida feliz se volvió una pesadilla. Cuando se demostró su inocencia y todos los bienes de su suegro pasaron a él, resultó ser el máximo accionista del despacho de abogados y se convirtió en el dueño del mismo.

Su nivel de vida aumentó de la noche a la mañana. Las fiestas en las que cuando era joven tenía que limpiar eran las que él ahora organizaba. Era admirado por todos, como siempre había deseado.

Con el paso de los años, la reputación de su despacho de abogados fue creciendo, sobre todo entre la gente cuyos negocios no eran tan legales como querían hacer creer; y no tardaron en llegarle ofertas de los cabecillas de las diferentes bandas que operaban en la ciudad. Debido a su gran implicación con alguna de ellas fue amenazado de muerte, también amenazaron a la nueva familia que había construido, e incluso llegaron a quemar su coche. Pero la gota que colmó el vaso fue cuando asaltaron su casa y torturaron y violaron salvajemente a su mujer y a su hija delante de él. Aquel era un precio demasiado elevado. Entonces fue cuando supo que quería deshacerse del palillo. Pero antes tenía que darle un último servicio.

No resultó sencillo, ya que nadie creía que un simple objeto podía tener el poder que Jokim aseguraba. Les sonaba al cuento de la mano de mono que tantas veces habían oído. Pero entonces sucedió. Sin más. Un buen día que estaba tomando un whisky en la barra de un bar del centro se presentó ante él un hombre al que nunca había visto. Tenía aspecto desaliñado y parecía al borde de la desesperación.

—Llevo mucho tiempo buscándote —le dijo.

—Entonces sé a lo que has venido. Cógelo. Solo tienes que desearlo—. Se sacó el mondadientes y lo depositó encima de la barra. Se seguía viendo tan impoluto como el día que él lo recibió.

Entonces la mano sucia del recién llegado agarró el palillo y se lo llevó a la boca. Jokim se retiró a una mesa del fondo. Fue entonces cuando escuchó el grito y el alboroto posterior.

—¡Las manos en la cabeza! —ordenaba un policía por encima del barullo que se había formado—. Queda detenido por el asesinato del empresario Vicent Núñez y de su familia.

Uno de los policías estampó la cara del hombre del palillo contra la barra del bar justo antes de esposarle. Desde su mesa, Jokim observó cómo se lo llevaban detenido. Por fin había alcanzado la felicidad, y sin necesidad de pedírselo a un mondadientes.

Escrito por Dirdam

Consigna: Escribe un relato del género que desees con el título de «El escarbadientes» (o como lo llamen en tu país).

 

martes, 1 de junio de 2021

Pulp Challenge

 

—¡Hostia puta! ¡Joder! —Vincent se levanta de la silla y la lanza contra las cuerdas del ring con furia.

—Joder, tío, no te pongas así. A un hombre puede que no le guste el Blackjack, que lo considere un juego para chusma poco inteligente que solo busca ganar dinero sin pensar demasiado. Puede pensar que consiste en un par de sumas, no pasarse y…, ¡listo! Pero ese hombre está equivocado, amigo mío. Hay todo un mundo a su alrededor. Qué digo un mundo. Hay todo un puto universo de estudios sobre las probabilidades...

—Cierra tu jodida boca —interrumpe Mia—. Me va a estallar la cabeza, Jules —añade mientras esnifa otra raya de coca de rodillas.

—Coño, tío, ¿qué quieres que te diga? —contesta obviándola y dirigiéndose a Vincent—. Dios es así, amigo. A veces te da y a veces te quita. ¿Has dejado de leer la Biblia? No, no me contestes, no abras tu sucia y apestosa boca de bailarín de tres al cuarto y apoya tu culo gordo en la puta silla. Y escucha, joder, escucha, que aunque vengas de Amsterdam veo que solo sigues siendo un blanco que no tiene ni zorra idea.

Vincent, resoplando, recoge la silla tirada en la lona y se sienta en ella de mala gana. Enciende un cigarrillo y lanza el Zippo hacia la cabeza de Butch, que permanecía inconsciente hasta ese momento. Se despierta dolorido tras el golpe, pero tan solo es capaz de girarse hacia Mia y llamarla mi caramelito mientras vomita en sus pies.

De pronto, la gente de las gradas del recinto donde se encuentran esos cuatro infelices se levanta y aplaude como loca al ver entrar la enorme figura de Marsellus Wallace en el recinto. La chusma está entusiasmada con el espectáculo que a continuación va a presenciar. El ruido de sus gritos es ensordecedor y Marsellus pide silencio alzando los brazos hacia ellos, pero consiguiendo el efecto contrario. Los más de mil espectadores gritan como una masa embravecida en busca de sangre y muerte.

 —¡Muerte! ¡Muerte! ¡Muerte! —comienzan a vocear babeando como seres infectos.

—¡Tranquilos, amigos! ¡Tranquilos! —intenta calmar Marsellus—. Aquí estoy. Hemos venido para poner en orden nuestra conciencia y nuestra propia vida. Como os prometí, hoy tendréis espectáculo garantizado en este ring de boxeo donde comencé. Ah..., ya sabéis que llegué a la ciudad sin un miserable dólar en el bolsillo y ahora soy el puto amo. ¡El puto amo! —La masa, enardecida, clama su nombre con furia y comienzan a caer cigarrillos y latas de cerveza al ring. —Y, ¿de qué me sirve eso? ¿Eh? Calmaos, amigos. Habrá tiempo para que manifestéis si os está gustando o no el espectáculo. No os preocupéis por eso y guardad la munición. Y, recordad, ¡solo puede quedar uno! —finaliza dirigiéndose hacia sus compañeros de juego.

Tras un último chillido pidiendo muerte, los espectadores se sientan en sus respectivos asientos y se van calmando poco a poco. Las voces callan y las ansias de muerte crecen.

—Bien, comencemos —dice Jules a Marsellus mientras este toma asiento en la sucia plancha de acero que han colocado como mesa de juego.

—Marsellus... —saluda Butch frotándose los ojos—. Comencemos... —añade mirando la hora en el reloj que le regaló su padre.

Mia se limita a mirarlo con profundo odio. Su propio marido se ha visto abocado a esto. El mafioso más temido de la ciudad celebra su ocaso. Y ella con él. ¿Para qué seguir viviendo así? ¿Para qué continuar con una vida tan aburrida en la que nada ya te seduce ni te sorprende? Cuando lo tienes todo, lo único que te hace sentir vivo es el miedo a perderlo. Y a eso han ido.

—Vincent, ¿ni siquiera saludas? —inquiere Marsellus—. Venga, tío, es un juego tan elegante como cualquier otro. No me vengas con esas, te lo estoy viendo en la cara. Mira, una vez estuve en Kansas City, fui por negocios. Me metí en un casino mientras esperaba que me entregaran cierta mercancía y, ¿sabes dónde estaban sentados todos los culos blancos y ricachones que había allí metidos? Exacto. ¿Sabes a qué apostaban sus jodidos billetes perfumados con Paco Rabanne? Apoyaban sus manos llenas de pulseras y anillos de oro macizo en esa puta mesa. En la del Blackjack. Así que no me vengas con que es un juego para ineptos mongolos. ¿De acuerdo? ¿Me oyes?

—Lo que tú digas, hermano… —murmura Vincent apagando el cigarrillo en la plancha de acero—. ¿Empezamos ya, negro? ¿O qué?

—Un momento, un momento —interrumpe de pronto Butch—. ¿Has dicho Rabanne? ¿Te refieres al perfume? ¿Al de Paco Rabanne? ¿Tú crees, Marsellus que ese es un perfume elegante? Mira, te diré una cosa, ese perfume lo usaba mi cuñado.

—¿Tu cuñado, Butch? ¿El gilipollas de Jimmy? —pregunta cabreado Jules.

—Ese mismo, tío. ¿Tú dirías que Jimmy es un tipo elegante? —interroga Butch incriminando con la mirada a Marsellus.

—Diría que Jimmy es todo menos elegante, joder. Es la puta cosa opuesta a la elegancia, mierda. Eso que quede claro.

—Pues os digo, par de mamones, que allí había pasta. Pasta de los que están forrados desde que nacen, ¿entendido? Y allí estaban jugando al Veintiuno. El Veintiuno al que tú llamas basura, Vincent.

—¡Queréis callaros de una jodida vez! —grita Mia de pronto—. Me trae sin cuidado quién jugaba en un casino de paletos de Kansas City, ¿comprendéis? Los casinos de nivel están en Las Vegas, como todo americano sabe. Igual que sabe que las mejores hamburguesas son las de Juliani’s. ¿Estamos? Así que callad, estáis aburriendo al público. ¿Queréis seguir con esta cháchara mientras vienen todos a jodernos vivos con sus botellas de cristal y sus machetes? Hemos venido a morir dignamente. Así que me cago en todo lo que se menea. Punto final. ¡Mierda!

Los jugadores callan y asienten. Dan la razón a Mia. La plebe está comenzando a aburrirse y eso no lo pueden permitir.

—¡Amigos! —interviene Vincent esta vez—. ¿Queréis saber cómo morirá el ganador de la primera ronda? —Extrae del bolsillo de su camisa una pequeña botella de cianuro y la pone en la mesa. ¡Así!

Los espectadores comienzan a hacer sus apuestas entre ellos, el ambiente empieza a caldearse y al grito unísono de ¡Muerte! ¡Muerte! ¡Muerte! ondean camisetas sudadas y otros harapos al viento.

Juegan la primera mano. El agraciado es el propio Marsellus.

—¡Hostia puta! —grita al conseguir el veintiuno con el as de diamantes.

Sin pensarlo, sin dirigir la mirada ni a su propia esposa, se echa un chupito de veneno y hace el ademán de brindar con sus compañeros. Los cuatro restantes llenan sus vasos con güisqui y brindan ceremoniosamente con él. La gente aguarda en silencio. Se puede palpar la tensión.

—¡Si el último se raja, volveremos del infierno a por él! ¿Me habéis oído bien? Si el último huye y se esconde en Indochina, saldrá un puto negro de su bol de arroz para pegarle un tiro—  grita con furia mientras suelta una carcajada enfermiza.

Se bebe el chupito de un trago. Los demás hacen lo mismo y apartan la mirada disimuladamente cuando Marsellus comienza a toser y a atragantarse. Se retuerce en la silla y cae al suelo como un plomo. Allí, continúa sufriendo mientras el cianuro paraliza poco a poco todos los órganos de su cuerpo. Por fin deja de latir el corazón.

—¡Uohhhhhhhh! —El alarido es bestial. Las gradas echan humo y celebran a golpes contra el suelo del recinto. Lanzan desesperados botellas de cerveza, güisqui y vodka al ring donde los jugadores se escabullen como pueden.

—Bien, bien, bien —canturrea Mia—, veo que os gusta lo que veis, jodidos psicópatas. ¿No es así? —pregunta mientras su marido todavía agoniza echando espuma por la boca—. Claro que sí. Así me gusta. Ahora tomo el mando yo y os voy a proponer el siguiente juego. ¿Estáis preparados?

—¡Síiii! —El grito es atronador.

—Bien, malditos bastardos. Aquí lo vais a flipar —grita enseñándoles cuatro bolsas de plástico con nudos corredizos—. Sí, es lo que estáis pensando. Nos pondremos cada uno una bolsa en la cabeza y cuanto más os guste el espectáculo, más apretaremos los nudos. ¿Estamos, escoria? —Vuelven a berrear como animales enjaulados—. Lanzad todo lo que se os ocurra, así sabremos que os estáis corriendo de gusto.

Comienza el espectáculo. La lluvia de botellas vacías empieza casi tímidamente mientras los jugadores van cerrando poco a poco sus bolsas a medida que juegan. De pronto, alguien lanza un artefacto que casi destroza la mesa de juego y peligra la operación.

—¡Cabronazo! ¿Quién ha sido el pedazo de mamón que ha lanzado esto? —aúlla Butch señalando parte del manillar y el faro de una moto—. ¿Quién huevos ha lanzado esta motocicleta? —pregunta cabreado empañando su bolsa de plástico.

—No es una motocicleta, idiota, es una jodida Chopper, ¡mola lo que estáis haciendo! ¡Estáis pirados, colegas! —vocea alguien desde la grada.

Algo alterados, ajustan las bolsas a sus cuellos ante tal muestra de gratitud mientras decenas de objetos se estrellan contra el suelo. Por fin, Butch consigue ganar la partida al extraer el as de picas. Se hace el silencio. Butch, impertérrito, ajusta de un brusco tirón su bolsa y comienza a respirar violentamente. Mia, maldiciendo la suerte que ha tenido su compañero por ser el siguiente en poner fin a su insulsa existencia, le sujeta los brazos como a ella le hubiera gustado para impedir que se la quite en un momento de debilidad. Desde que se conocieron en aquella ciudad habían vivido a lo grande. Lujos, sexo, drogas. Estaban hartos de todo eso y habían decidido acabar con ello.

—Sigamos, amigos, antes de que la pasma llegue —anima Vincent mientras se quita la bolsa de plástico de la cabeza—. Ahora empieza lo bueno, cabrones —añade mostrando dos garrafas de gasolina al público—. Sí, lo sé, lo sé. Yo también me muero por un buen filete a la brasa—. Ríe estrepitosamente mientras la grada aplaude la gracia.

Los tres jugadores restantes se recolocan en la mesa de juego y van rociándose por turnos con la gasolina a medida que beben güisqui. La partida se alarga y el público se desespera imaginando cuál de los tres, Vincent, Jules o Mia, arderá próximamente en vivo. Excitados, continúan lanzando todo tipo de objetos al ring. Un machete acaba clavado en el trasero del ya fallecido Marsellus.

—¡Yo! ¡Gané! —vocifera Vincent fuera de sí—. Por fin. Aquí está mi as de corazones.

Agarra su propio encendedor y, arropado por los insultos del público, se prende fuego inmediatamente. Lo último que sus propios alaridos le permiten escuchar son las sirenas de la policía que se acercan al local. Los demás observan la macabra danza que está llevando a cabo mientras arde y se excitan pensando que ellos mismos podrían haber sido los afortunados.

Ahora solo queda una prueba. Jules y Mia, codo con codo, echan a correr por la escalera hacia la azotea del edificio al oír las sirenas. Les siguen como una masa deforme de zombis todos los espectadores. No se lo pueden perder. La turba llega al terrado y les observa dejando una distancia prudencial. Ante todo, les respetan. Son sus ídolos. Las apuestan bullen, ¿quién será el próximo en morir?

—¿Leéis la Biblia? —pregunta de pronto Jules dirigiéndose a sus seguidores mientras se sienta en el borde de la terraza.

Tras unos segundos de silencio, se oye una voz.

—Últimamente no mucho —contesta alguien con sinceridad.

—Pues prestad atención a Ezequiel 25:17, porque el camino del hombre recto... —Una voz metálica procedente de un megáfono le interrumpe.

—Será mejor que permanezcan con las manos en alto. Repito, colaboren y nadie saldrá herido.

—No empecemos a chuparnos las pollas todavía, cabrón. Hagámoslo ya, Mia. —Y comienzan a jugar.

El público espera en silencio. Jules y Mia permanecen sentados con las piernas colgando por la fachada y ven desde arriba cómo la policía intenta tirar la puerta del edificio. Juegan la partida y...

—Joder, lo sabía. Jules, siempre has tenido una suerte del carajo —sonríe Mia.

—Dios mío, ¡gracias! —exclama él llorando de la emoción. Mira al vacío y se lanza sin pensárselo dos veces mientras sentencia—: ¡Y sabrás que mi nombre es Yahvé cuando caiga mi cólera caerá sobre ti!

Mia se encoge de hombros y mira tras ella. Allí, agazapados los unos entre los otros, boquiabiertos, aguardan sus seguidores. Al oír los golpes de la policía corren como ratas escurridizas por todos los rincones. Unos saltan a la terraza contigua, otros bajan despeñándose por la escalera de incendios y algunos desandan el camino que hicieron con las manos en alto sabiendo lo que se van a encontrar.

Solo Mia permanece completamente quieta y en silencio. Saca un cigarrillo y lo enciende. Podría huir, pero sabe cuál es el castigo sagrado para quien logra sobrevivir al juego: seguir haciéndolo.