miércoles, 13 de diciembre de 2017

Malditos bichos

Por Paloma Celada Rodríguez.

    —¡Malditos bichos! No me podía haber tocado otro proyecto. De tres posibles trabajos me tuvo que caer el único que no me gustaba, el de los insecticidas. ¡Qué voy a contar yo sobre insecticidas si a mí no me pican los mosquitos!
De esta manera iba rezongando por la Rambla del Carmelo, Ariadna. Tan solo hacía dos meses que había terminado el grado de publicista y ya estaba trabajando en una reputada agencia de publicidad. Con su flamante título bajo el brazo se presentó a una entrevista de trabajo y, para su sorpresa, la admitieron.
Claro, que la alegría le duró más bien poco. Como era la última en recalar, y novata, más que apreciar su desbordante ingenio lo que solicitaban de ella eran trabajos de poca monta, como rellenar impresos solicitando permisos de rodaje en la calle para filmar los anuncios que la agencia gestionaba.
Sin embargo, hoy parecía que su suerte había cambiado. La habían convocado a una reunión donde se repartirían tres proyectos nuevos que habían sido concedidos a la agencia. Uno de los proyectos era una petición de la oficina de turismo de Suecia que quería promocionar las visitas a ese país, otro era una campaña sobre la violencia de género y el último era el que Ariadna automáticamente bautizó como “el de los bichos”, un anuncio para una famosa empresa de productos sanitarios entre los que se encontraban unos aerosoles repelentes de mosquitos.
Cuando Ariadna leyó los resúmenes de las tres campañas se quedó prendada de la de violencia de género. No es que fuera particularmente susceptible al problema –ella nunca había sufrido ese tipo de agresión y ni siquiera conocía a nadie que la hubiera padecido–. Además, Ariadna siempre fue una egoísta; los problemas de los demás le importaban un bledo; pero a su congénito egoísmo había que añadir otra característica de su personalidad: era una trepa. Por eso hacerse cargo de esa campaña le pareció una estupenda manera de promocionarse. En la actualidad la sociedad está muy sensible con las víctimas de maltrato y seguro que ese posible spot ideado por ella la lanzaría al estrellato en el mundo de la publicidad.
Pero más que lanzarse al estrellato lo que hizo fue estrellarse, porque le tocó hacerse cago del proyecto “de los bichos”. Tendría que ingeniárselas para cantar las excelencias de una sustancia llamada dietiltoluamida –por Dios, si hasta el nombre ya era repelente– que aplicada sobre la piel ahuyentaba a los mosquitos y sus picaduras.
“El mosquito es vector de enfermedades. Bill Gates presentó en su página personal una lista con los animales más peligrosos para el hombre y el primer puesto lo ocupaba el mosquito con una estimación de 725.000 muertes al año.” Esa era la manera que la empresa insecticida quería justificar la utilidad de su producto y en ese aspecto debería incidir Ariadna, o al menos eso es lo que su jefe quería que hiciera.
—Y a mí qué más me dan las muertes por picaduras, si a mí no me pican yo estoy a salvo –pensó Ariadna haciendo gala, una vez más, de su egoísmo más recalcitrante.
Esta peculiaridad de Ariadna con las picaduras de los mosquitos había sido motivo de bromas por parte de sus allegados. Alguno le había dejado entrever, medio en serio, medio en broma, que si los mosquitos no la picaban era porque la veían como un insecto más pero mucho más grande que ellos y con mucha peor intención.
El mal humor que se apoderó de ella tras salir de esa frustrante reunión la tenía amargada y le había levantado un fuerte dolor de cabeza o quizás había sido el memorizar el nombre de la sustancia esa. Utilizó la jaqueca como disculpa para largarse de la oficina e irse a su domicilio en el barrio del Carmelo. Quería llegar cuanto antes para tomarse un analgésico y una cerveza fresquita, a ver si así se le quitaba la cefalea y de paso la mala leche.
Su casa se encontraba en lo alto de una cuesta. Dado que su barrio estaba ubicado en la ladera de una colina lo de tener que subir empinadas calles era algo habitual y lógico. Una vez arriba las vistas eran espectaculares pero llegar hasta ahí se hacía muy pesado en algunas ocasiones, como la de hoy en la que un molesto dolor de cabeza no era el mejor compañero para hacer esfuerzos al caminar.
Mientras ascendía sintió un cosquilleo en el pie, algo estaba sobre su tobillo. Levantó la pierna y vio una pequeña arañita que se había entretenido en hacerle cosquillas cerca de la pulsera de su sandalia.
—¡Qué monada! –pensó, para acto seguido recordar que había visto en un documental de la tele que los arácnidos eran unos depredadores naturales de los mosquitos. Ese recuerdo le trajo a la memoria su contencioso con esos bichos en particular y con todos los insectos en general por lo que el mal humor volvió con toda su crudeza y se tradujo en un manotazo que lanzó a la arañita a unos veinte centímetros de su pie.
El arranque de furia trajo consigo, a su vez, una punzada de dolor más fuerte en su cráneo y Ariadna lo volvió a pagar con la araña que recibió un pisotón para quedar aplastada contra el pavimento en forma de un puntito negro.
Justo cuando espachurró a la araña creyó ver cómo una sombra negra salía del minúsculo cadáver. También, en ese momento, Ariadna percibió una especie de zumbido a su espalda.
—Bzzz, bzzz.
La publicista se giró rápidamente hacia el lugar de donde procedía el ruido pero no vio a nada ni a nadie. Y esto fue lo que le hizo sospechar, que no hubiera nadie, pues a esas horas de la tarde, aunque ya empezaba declinar el día, lo normal es que hubiera transitando por la rambla más gente y la calle se presentaba inusualmente vacía.
Decidió caminar más deprisa a pesar del dolor de cabeza y de la inclinación de la calle y en este punto advirtió otro elemento extraño: la cuesta tenía escaleras.
—¿Escaleras? –se dijo– ¿desde cuando hay escaleras en este tramo de la calle?
Miró más detenidamente a su alrededor y comprobó que se encontraba en el carrer Beat Almató, una calle alejada de su domicilio y del itinerario que utilizaba para llegar a él.
—¿Qué demonios está pasando aquí?
Ariadna pensó que su monumental cabreo unido al terrible dolor de cabeza habían sido la causa de que deambulara sin ton ni son, alejándose de su casa y del analgésico que empezaba a necesitar con urgencia.
Comenzó a descender la calle pero comprobó que le costaba mucho trabajo, más pareciera que estuviera subiendo pues notaba una pesadez extraña en las piernas. Después de dar una veintena de pasos levantó la mirada y, alarmada, constató que había estado ascendiendo en lugar de bajando.
—No puede ser, he girado y me he dado la vuelta, no puedo haber estado subiendo –dijo en voz alta y ya bastante asustada. Mientras esto se decía giró sobre sí misma y en ese giro las escaleras se distorsionaron de manera que no sabía qué tramos eran para ascender y cuáles para descender.
Se sintió como si formara parte de un cuadro de Escher, ese tío que pintaba cosas muy raras, con escaleras que se interconectaban en ángulos imposibles y con una especie de gusanos que no se sabía si subían o bajaban.
Ariadna creyó que la cabeza le iba a estallar, el dolor cada vez era más fuerte y la desorientación que tenía en ese momento le añadía una sensación de vértigo. Se masajeó las sienes con los ojos cerrados y en cuanto los abrió comprobó que se encontraba en lo alto de la empinada escalera. No sabía cómo ni cuándo había llegado hasta allí, porque no era consciente de haberse movido.
Delante de ella una interminable sucesión de escalones bajaban hasta el inicio de la calle, y a su espalda… no había nada. Creyó que la cefalea le había producido una especie de ceguera selectiva, pero el caso es que tan solo el vacío se encontraba en lo alto de esa alucinante escalinata.
Por si esto no fuera suficiente motivo de confusión volvió a oír el zumbido de los minutos anteriores –o puede que hubieran transcurrido horas, ya que el atardecer se había convertido en noche cerrada–.
—Bzzz, bzzz.
Ariadna se giró otra vez y en esta ocasión le pareció ver arrastrarse algo y que se escondía entre una grieta de un escalón.
Se dispuso a bajar pero notó que no podía mover los pies. Bajó la vista para ver una sustancia pegajosa que se adhería a sus sandalias. Con mucho esfuerzo consiguió despegar uno de los pies y comprobó que esa sustancia era blanca y al tacto parecía sedosa.
—Bzzz, bzzz, bzzz.
Esta vez el zumbido era mucho más fuerte y se sentía más cercano. Al mismo tiempo la luz descendió notablemente. La sustancia pegajosa empezó a ascender por sus piernas hasta llegar a la cintura. No podía moverse.
—Bzzz, bzzz, bzzz.
Una pequeña arañita apareció por un lateral de la escalera, con una lentitud  exasperante se dirigió hacia Ariadna.
Fascinada y aterrada a partes iguales, Ariadna intentó zafarse de aquello que la impedía moverse. Quería huir, quería despertarse pues una pesadilla debía de ser lo que le estaba ocurriendo. Seguro que era eso, una pesadilla.
En su delirio recordó que a ella no le picaban los mosquitos, y puede que tampoco lo hicieran las arañas. De todas formas en Barcelona no hay arañas venenosas, o quizás sí, pero esa que se le acercaba no era demasiado grande. O puede que el tamaño no tenga que ver con la toxicidad del veneno, en cuyo caso el artrópodo, que ya estaba a escasos centímetros de sus pies, podía ser muy peligroso.
—¡Mierda! –pensó– debería haber puesto más atención cuando vi aquel documental sobre arañas. Seguro que también dijeron algo sobre los antídotos. Si tuviera a mano un espray de dietitula… duetila… ditelula… como se llame la sustancia esa, podría mandar a ese asqueroso bicho al infierno. Aunque, eso solo sirve para los mosquitos, o puede que también para las arañas…
Mientras esto balbucía, Ariadna sintió cómo la araña la había alcanzado y con la misma parsimonia empezó a reptar por sus piernas hasta llegar a su rostro. De cerca pudo comprobar que entre lo que debía de ser la cabeza salían dos apéndices que se incrustaron en su labio superior. Al instante, Ariadna sintió un picotazo.
 —¡Joder! Al final resultó que las arañas sí me pican –pensó a la vez que una extraña sensación de bienestar la invadía, incluso ya no sentía el lacerante dolor de cabeza.
Medio adormilada sintió cómo la oscuridad se cernía sobre ella y con cierta sensación de mareo, como si empezara a caer por un precipicio sin fin, aún tuvo tiempo para un último pensamiento.

—¡Malditos bichos!

-- FIN --

DATOS Y CONSIGNA.
Datos del receptor:
Nombre: Sergio Bonavida Ponce
Aficiones: Escribir y Cine
Lugar donde me gustaría que sucediese: Carmelo-La Teixonera (Barrios de Barcelona de cuestas empinadas)
(Localizaciones de interés: Parque Güell, refugio antiaéreo de la guerra civil...)
Estado Civil: Soltero (pobre y sin dineros)
Miedos: A las arañas (pero no al punto de odiarlas, me intento hacer amigo, lo juro) y Vertigo
Dos “algos”: El maravilloso viaje de Nils Holgersson de Selma Lagerloff (Novela) e Interstellar (Película)
Consigna: Relato de terror en el que aparezcan fantasmas 

No hagas enfadar a Santa

Por Ismael Manzanares.

    «El contorno parece estar en orden. La línea ondulada … sí, también. Los colores del fondo son engañosos, hay que revisar con mucha atención. El plástico parece estar intacto, pero nunca se sabe. ¿Esto es un punto, o una punzada? Hmmm… A ver, la tipografía: “Sensibilidad natural”, “Sabor a fresa”, “Tamaño gigante”. Nada. Todo está en orden».
Mr. Ironicus termina la inspección del paquete de preservativos y resopla satisfecho. Hamlet y McFly se desperezan, y en ese momento los tres se dan cuenta de que ocurre algo extraño.
No se escucha ningún sonido.
Luis se incorpora. Le duele la espalda. Ha pasado un rato absorto en la inspección del paquete que ahora sostiene. Si Hamlet no fuera tan neurótico, no habría hecho falta que Mr. Ironicus revisara el puto paquete hasta la extenuación. Pero ¿quién sabe? Cualquier culero puede pinchar el paquete y chingarle la vida a un hombre. En fin.
La cosa es que es extraño que un supermercado en hora punta esté tan silencioso. Luis está solo en el pasillo, entre baldas repletas de jabones líquidos y acondicionadores de pelo. La quietud hace que Hamlet se revuelva un poco, pero no se atreve a quejarse después de la escena del paquete de condones. McFly lleva tanto tiempo aburrido que parece no existir. Luis se encoge de hombros, toma los preservativos y camina por el pasillo solitario hacia las cajas registradoras.
Entonces las luces se apagan con un chasquido, primero las del fondo con un clac rotundo; después la siguiente hilera, recortando el limitado horizonte del autoservicio; y así, como una marea creciente, recorren todo el espacio hasta inundar el lugar que ocupa Luis con su negrura. Hamlet chilla, Mr. Ironicus aguza el oído, McFly se activa. Luis, en definitiva, se detiene en espera de acontecimientos.
Pero nada ocurre. Todo está en silencio. El espacio, tan diáfano y luminoso hace apenas unos instantes, se ha transformado en una cortina impenetrable de oscuridad.
—Me asfixio —dice Hamlet.
—Calma, insensato —responde Mr. Ironicus—. Todo se resolverá en unos instantes.
—Que no se resuelva —intercede McFly—. ¿Es que no os dais cuenta de las posibilidades? Si esto dura, podremos hacer lo que queramos. Imaginad: el pasillo de los juguetes, con los monopatines para hacer lo que queramos. O mejor, imaginad: el pasillo de las bebidas alcohólicas.
La emoción de McFly, desatada ante la posibilidad de aventura, fluye por las venas de Luis como un líquido incandescente. Mr. Ironicus hace un rápido cálculo y estima que el citado pasillo de las bebidas espiritosas se encuentra, aproximadamente, en aquella dirección. Todos ignoran al lloroso Hamlet, y Luis se pone en movimiento con cuidado, extendiendo los brazos para no golpearse con las baldas.
Es extraño. La cuestión es que hay una sección de televisores que debería proporcionar cierta iluminación atmosférica, pero en el espacio abierto del supermercado no se advierte claridad alguna. Pese a todo, Luis comienza a distinguir contornos a medida que sus ojos se van acostumbrando a la ausencia de luz. Aquí, una esquina; allá, el borde de un canasto…
Luis tropieza con algo y se cae.
—¡Maldita sea! —masculla Luis. La exclamación resuena de manera incómoda en el silencio. Cuando el sonido se desvanece queda un vacío mayor, más silencioso si cabe.
—La oscuridad nos está escuchando —gime Hamlet.
—La oscuridad nos escucha —se burla McFly— y a mí me ha dicho al oído que el ron cubano está por allí.
—La oscuridad no nos escucha —responde categóricamente Mr. Ironicus—. Qué desfachatez. ¿Con qué nos hemos tropezado?
Luis se gira y tantea. Hay un bulto en el pasillo: no debería haberlo. Recuerda la pequeña linternita que metió en el bolsillo anoche, durante el largo turno en el hotel, cuando tuvo que levantar el fusible de la luz. Echa mano de ella y la enciende.
La luz de la linterna ilumina el rostro de un cadáver. Luis reprime el grito que Hamlet emite sin parar. La cara está contraída en una mueca de terror; por la comisura de los labios desciende una línea roja de sangre; los ojos, abiertos, se fijan con vidriosa insistencia en Luis, que se apoya en Mr. Ironicus para morderse la lengua, pero no tanto como para no retroceder asustado. La linterna ilumina febrilmente los alrededores, dejando ver diversos bultos más a un lado y otro.
—Oh, oh —dice McFly—. ¡Esto se pone interesante!
—Silencio —interrumpe Mr. Ironicus. El tembloroso Hamlet tiembla y se calla, previendo futuros desastres.
Y así es. En el silencio impenetrable de la oscuridad más allá del alcance de la linterna, un gruñido se eleva, bajo pero inconfundible. No recuerda el sonido de ningún animal que Luis conozca. De hecho, no recuerda el sonido de ninguna cosa que esté viva. Esta vez ni McFly ni Mr. Ironicus hacen comentario alguno. Hay veces que no es necesario.
De entre la negrura, al fondo del corredor, se hacen visibles dos cuernos altos y retorcidos sobre una cabeza peluda, algo vagamente diabólico, sucio y tenebroso, sin rastro alguno de humanidad. Luis no necesita más. Se levanta y corre.
—Lo sabía lo sabía lo sabía lo sabía —gime incansablemente Hamlet.
Un bramido resuena a sus espaldas. Luis corre a ciegas, con la luz de la linterna iluminando espasmódicamente los pasillos repletos de comida para gatos, de abrillantador de coches, de libros, de peras y manzanas. Corre y corre, pero el bramido a su espalda no hace sino aumentar de intensidad. Corre y salta, porque el suelo sigue sembrado de cadáveres en las posturas más inverosímiles. Corre y golpea los laterales, haciendo caer paquetes de cereales y torres de papel higiénico, con el afán de que los productos frenen el avance de aquello que le persigue y que suena cada vez más cerca.
—¡Maldita sea, lucha! —gime McFly. Pero está en minoría.
Luis reconoce el corredor. La salida está al final. Pero hay una figura que bloquea el paso. Luis se abalanza sobre ella, jadeante. No tiene energías para decir nada. El hombre que le sujeta afablemente mientras recupera el aliento no es ni más ni menos que el mismo Santa Claus.
—Quieto, Rodolfo, quieto. —Por el corredor se acerca el reno, dando pasos con lentitud—. ¿No ves que has asustado al pobre chiquillo?
Luis intenta parapetarse como mejor puede detrás del robusto brazo de Santa, pero este no se lo permite. La risa jocosa del anciano resuena un tanto lúgubre en la oscuridad. El reno Rodolfo no se parece en nada a como lo describen en las fábulas navideñas. Más bien parece un engendro expulsado del infierno por mal comportamiento.
—Veamos, qué tenemos aquí… —dice Santa, extrayendo un papel grasiento del bolsillo—. Luis Ironicus Maximus. Natural de Guadalajara, aficionado a los videojuegos y a las películas. Soltero, bla bla bla —suspira—. Vamos a ver, Luis, ¿qué regalos has pedido este año?
—Un monopatín volador —responde McFly.
—Una jaca que me monte hasta dejarme en carne viva —responde Mr. Ironicus.
—Yo solo pido que me dejen vivir en paz —responde Hamlet.
—Nada. No he pedido nada, señor —responde Luis, indeciso.
Rodolfo resopla con pesadez, dejando caer un reguero de baba sobre el suelo. Plic, plic. Santa se mesa la barba, pensativo.
—¿Así que nada? ¿Estás seguro?
—Mala pinta. Arréale y sal pitando —sugiere McFly.
—Sé honesto. Santa sabrá si mientes —apunta Mr. Ironicus.
—¡Dile que sí has pedido algo, adúlale, miente como un bellaco! ¡Le vas a hacer enfadar! —gimotea Hamlet.
—Le estoy siendo sincero —responde Luis, algo trémulo.
—Hmmm… está bien. Rodolfo, descansa —responde Santa Claus—. Parece que Luis no es uno de esos chingones que hacen de mi vida un auténtico infierno. Quizás… —Rodolfo emite un bramido suave, cargado de mal aliento y moco— pero sí, tienes razón, viejo amigo. Es mejor asegurarse. Dime, amigo Luis, ¿qué música te gusta? ¿Acaso te gustan los villancicos?
El silencio se envuelve alrededor de los tres: Luis, aún jadeante y sintiendo una fría corriente de aire correr por su nuca; Santa, gordo y mal encarado, observándole con unos ojos astutos y duros; Rodolfo, frente a ellos, con los cuernos manchados de un rojo brillante.
—Korn —responde McFly.
—¿Por dónde empezar? Mago de Oz —responde Mr. Ironicus.
—Uh… ¿Pantera? ¿Megadeth? ¿AC/DC? —gime Hamlet.
—No me las canciones navideñas, señor. Lo mío es el rock duro —responde, con seguridad, Luis.

Santa parece asentir y se desplaza imperceptiblemente a un lado. Luis se da la vuelta y camina hacia la salida, dejándoles a sus espaldas. La luz que entra por la única puerta del supermercado, entre cadáveres de empleados y compradores, dispara una punzada de dolor en su cabeza. McFly, Mr. Ironicus y Hamlet se hunden en las profundidades de su mente. Luis empuja el cristal y sale, sintiendo nacer los principios de una nueva jaqueca.

--FIN--

Datos del receptor:
Luis Ironicus
Aficiones: videojuegos y ver peliculas
Lugar donde se desarrolla: un supermercado
Edad: 32
Estado Civil: Muy soltero
Lugar de nacimiento: Guadalajara México
Trabajo: Reepcionista nocturno en un hotel (creo que esta embrujado)
Miedo mas profundo: que me toque un condón defectuoso
Dos libros películas o canciones: Hamlet (libro) y Volver al futuro (pelicula)
Consigna: Relato dramático en el que ocurra una muerte



martes, 7 de noviembre de 2017

Mi yo en tu alto

Por Ismael Manzanares.

     Consigna: Libre.
Texto:
He gastado doscientos treinta y cinco pares de zapatos caminando por las calles de París. He gastado zapatos y más zapatos, tantos que con ellos podría dar varias vueltas al planeta, un auténtico botín para perros famélicos, un tesoro de cuero y cordones. He caminado por las arterias de la ciudad más bella del mundo y he hecho de mi soledad un sayo, me envuelvo en mi silencio interior y me dejo empapar por los sonidos de la urbe, por el runrún de los viandantes, por las fachadas de los edificios que tan bellamente han ido creciendo a orillas de la calle, porque yo, cuando camino, miro al cielo, elevo la vista hacia las alturas como si quisiera volar, y así descubro un mundo diferente, un mundo paralelo al que existe a pie de tierra, un mundo de aristas y azoteas y luz brillantísima, un espacio etéreo donde viven lectores, trapecistas frustrados, voyeurs de las vidas ajenas, solitarios encaramados a su balcón que sueñan con ser gatos; a veces gatos temerarios que sueñan con ser pájaros; y siempre pájaros que no sueñan con nada más que poder cagar en mi calle. Miro hacia las alturas y es un problema, debería mirar solo hacia el suelo, pero no puedo remediarlo. Porque soy barrendero y esa es la razón última de que gaste tantos zapatos.
 Te cuento todo esto porque así fue como te encontré. Yo caminaba por el boulevard Saint-Michel ajeno a todo, era un día ventoso y las hojas del cercano Jardin du Luxembourg revoloteaban por todas partes, un auténtico baile de otoño, los vástagos juguetones se levantaban en una hélice de papelitos y arenilla, girando y elevándose como hijas del aire que eran. Entonces levanté la vista entre ese remolino ocre y te descubrí en lo alto de una farola. Balanceabas las piernas como en un columpio, indiferente hacia una altura que me daba vértigo incluso a mí. Eras tú, no cabía ninguna duda, una hoja revoltosa se elevó hasta rozar tu mejilla, quizás para darte un beso o un pescozón como de niño pequeño y tú la apartaste con un gesto casual, así. Después agitaste una mano blanca y me saludaste.
No supe qué pensar. Volví la vista al suelo, medio avergonzado, y continué barriendo hasta llegar al final de la calle, ni tan siquiera un poco alterado por el hecho de verte de nuevo, tan fresca en lo alto de aquel mástil de metal, como si todo no fuera más que una feliz ocurrencia, el desliz de un viejo que desvaría, el chorrito de agua que se escapa de una tubería ajada por los años. Pero al doblar la esquina volví la mirada y seguías allá arriba, con el viento ondulando tu falda y rodeada por las hojas que, libres de mi vigilancia, se desbordaban de nuevo por la calle como un alud otoñal. Supe que eras real.
He gastado pares y pares de zapatos y alguna cosa he aprendido sobre la soledad. La soledad se encuentra en las puertas de un colegio que se abre, en el bullicio de una boca de metro de la que emana un caudal intermitente de personas, en la parada vacía que deja un autobús que acaba de pasar. La soledad es el eco de las llaves al abrir la puerta de casa, es la oscuridad que repta por la noche montada a horcajadas encima de uno mientras piensa en el pasado, mientras te ve como eras antes, al otro lado del océano, en Buenos Aires, antes de que te fueras a París, cuando yo todavía dedicaba mi tiempo a inflar la cabeza de los universitarios con insulsas teorías acerca del tiempo y la relatividad. El tiempo es lo que nos separa de lo que no hemos vivido, eso lo sé ahora que soy barrendero y no antes en mi ignorancia de erudito, en la pequeña pieza que compartíamos se dilataba hacia el infinito sobre tu piel blanca, se condensaba en la pava del mate, se confundía con tanto libro por las esquinas y al fin se reflejaba en el azul de las paredes estucadas, azul como el cielo bajo el que he gastado centenares de zapatos.
Repetí la ruta al día siguiente, mi supervisor ya no sabe qué hacer conmigo, a veces creo que me mataría si pudiera, pero yo volví al boulevard Saint-Michel con el corazón ligero de todos modos. No estabas sobre la farola. Me encogí de hombros e imaginé la cara del supervisor, roja como la de Hitler en su búnker, pero dos manzanas más allá te encontré de nuevo, encaramada a la viga desnuda de un edificio a medio construir. Me mareaba verte tan alto, pero aun así sentí el impulso de subir, de comprobar con mis propias manos si tu pelo era real, si tu cuerpo era tibio como yo lo recordaba, si tus ojos devolvían el brillo de los míos. No lo intenté, pues era imposible que hubieras llegado allí: habrías necesitado arneses, ganchos, cuerdas, qué sé yo; habrías sentido frío, temor, vértigo, un súbito apretón en los intestinos; no posarías tu brazo desnudo sobre el metal, no mirarías al vacío como quien mira una película, no me dedicarías una sonrisa risueña.
A partir de ese día comencé a encontrarte en mi deambular diario. Entonces me apoyaba en mi escoba y te hablaba.
Encaramada al tejado ruinoso de un teatro abandonado:
—Hoy he visto un mimo. Ha dibujado una caja alrededor de mí y se ha quedado esperando. Yo me he echado a reír y él ha abierto la puerta, invitándome a salir. ¿Sabes? Cuando he salido de la caja me ha dado un abrazo y hemos permanecido ahí los dos, sosteniéndonos mutuamente durante unos segundos, durante toda una vida.
En lo alto de las columnas del Trocadéro, con tus brazos rodeando las rodillas:
—Recuerdo cuando tocaba tu boca, allá en la piecita de Buenos Aires, y de tu boca mis dedos bajaban por tu mejilla, rozando tus ojos cerrados, deslizándose por la frente hasta tu pelo, donde mis dedos se enredaban como pajaritos, después tironeaban con suavidad de tus orejas diminutas y se deslizaban por tu cuello, largo como el de un cisne, los dedos llamaban a mis labios y tu suspiro nacía, yo no era más que tu pelo, mis dedos, tu aliento, siguiendo la línea de tu mentón de vuelta a tu boca, tu boca, tu boca.
Abrazada a una pierna del ángel dorado en la Place de la Bastille:
—A veces escucho el sonido de la noche y tengo miedo, miedo de volver a llorar por cualquier tontería, miedo de no haber hecho con mi vida lo que debería. A veces me parece como si los árboles que susurran por la calle me hablaran en un lenguaje que he olvidado. A veces tengo la impresión de que solo falta un poquito, apenas esto, para que todas las piezas del mundo encajen en su posición. A veces, solo a veces. ¿Sabes? Tendrías que conocer a mi supervisor.
A la vuelta de uno de mis recorridos una persona amable se me acercó para preguntarme si me encontraba bien, yo estaba perfectamente y así se lo dije, pero el hombre me observó marchar con una mueca de preocupación. Cuando llegué a mi hogar fui directo al excusado y allí me miré en el espejo para averiguar cuán mal me veía; tengo la piel tostada, surcada de arrugas por una vida a la intemperie, no obstante entre las muescas de la edad me pareció encontrar un rejuvenecimiento, una piel más lisa y más lozana, un pelo que se lanzaba a la reconquista del terreno perdido. Con timidez esbocé una sonrisa. Desde la pared contigua se escuchaban los golpeteos de la cabecera de la cama, cuando mis vecinos ponen a ello son como conejos, yo pensaba en la dicha de la juventud y en los lejanos días de Buenos Aires mientras observaba mi rostro floreciente; los jadeos amortiguados iban subiendo de intensidad y entonces encontré el motivo de la discordancia que tal vez ese buen samaritano había detectado en mí; el espejo devolvía una mirada que, a pesar de la sonrisa, era triste. El tableteo de la pared adquirió un tinte frenético, como de tren de mercancías, yo me miraba a los ojos y veía reflejada la soledad, el vértigo de tu ausencia de años, el frío de las calles de París prendido en lo profundo del iris, un conocimiento doloroso del que no puedo evadirme. Mientras mi reflejo luchaba entre la primavera y el otoño, el dúo de gemidos alcanzó su éxtasis glorioso, un ahhh prolongado, una liberación de la que yo anhelé tomar parte, tanto en cuerpo como en espíritu, y esa revelación me dejó asombradísimo. Comprendí que necesitaba una prueba de fuego.
La indigente se arropaba en una manta junto a un castillo de cartones. El cuello de una botella sobresalía de una bolsa de papel, cangurito tierno al que besaba de cuando en cuando. Una persona así nunca me mentiría, porque has de saber una cosa: los barrenderos y los mendigos compartimos una verdad secreta bajo los cielos del mundo, si no me crees puedes mirar en los ojos de uno de nosotros y así lo sabrás con certeza. Con el corazón en un puño me apoyé en mi escoba y le pregunté. Ella buscó donde yo le señalaba. Después volvió la vista a mí y sonrió, alzando su dedo índice, y al seguir la dirección yo vi, encaramado a un árbol, a un señor de barba blanca e impecable compostura, que asentía con afabilidad a mi interlocutora desde las alturas.
He gastado cientos y cientos de zapatos caminando durante todos estos años y aquel día gasté un par más: cepillo y escoba quedaron abandonados junto al carrito huérfano de barrendero, mi supervisor aulló de indignación en alguna parte, pero yo ya corría por las calles de la ciudad, me parecía que el mundo se había invertido y yo, más que correr, volaba por un espacio de cornisas y balcones, de nidos de pájaro y de cometas enredadas, de anuncios de neón y de globos que los niños dejan escapar, un lugar donde el aire circula más limpio y las nubes son los adoquines del cielo, mi yo en tu alto. Había esperanza, me había sido dada la oportunidad de volver a tocar tu luz. C’est la vie.
Te encontré de nuevo sobre una farola. Me miraste y sonreíste. Yo esperé a recuperar el aliento, me ajusté los tirantes y entonces comencé a trepar, arañando el metal, con todo mi cuerpo dedicado a la imperiosa necesidad de ascender, centímetro a centímetro, año a año, hacia donde tú esperabas, recortada frente a la luz de un sol rotundo y definitivo, rodeada de un cielo de increíble color azul. Tal vez fueron mis esfuerzos los que llamaron la atención: debía parecer un demente encaramado en aquel poste. Unas manos duras me agarraron y me devolvieron a tierra, Vous êtes détenu, yo me resistí cuanto pude pero la policía no se anda con contemplaciones. Cuando pude recuperar el control sobre mí mismo les expliqué, con frenético entusiasmo les hablé de ti. Los gendarmes alzaron la mirada hacia la farola y al instante la bajaron. Vi compasión en sus rostros.
Porque tú no estabas donde yo señalaba. No estabas.
Cerré los ojos y me tambaleé. Los agentes, gentiles, me sostuvieron con delicadeza. Cuando pude abrir los ojos vi sus zapatos: estaban tan gastados como los míos. Como en un sueño fui conducido al coche patrulla, a donde me hicieron entrar con una mano en la cabeza. Sentado en el asiento de atrás, eché una última mirada a través de la ventanilla hacia las calles que tantas veces había recorrido. La sonrisa volvió a mí. Porque allá te encontrabas, en lo alto de una grúa, balanceando los pies descalzos, juguetona, con tu pelo ondeando libre, las palmas de tus manos acariciando el viento, la mirada perdida hacia el infinito.
Estabas radiante.