lunes, 29 de octubre de 2018

Blancanieves y la serpiente de Isis

Por Yolanda Boada Queralt.

Érase una vez en el Antiguo Egipto, una campesina que consiguió conquistar el corazón del faraón utilizando un embrujo de amor. Ella había aprendido las artes oscuras a través de un anciano sacerdote y mago que la convirtió en su pupila. Años después, cuando la esposa del faraón murió al dar a luz a su hija Nut, una niña de cabellos negros y piel nacarada, la hechicera puso en práctica su ambicioso plan y pronto se convirtió en reina de Egipto.

Pasó el tiempo y, a medida que la niña se iba convirtiendo en una jovencita inquieta, el faraón enfermó de un mal que ningún médico ni sabio conseguía identificar. Nut amaba profundamente a su padre y pasaba muchas horas junto a él, sentada al lado de su cama. Intentaba animarlo explicándole historias que se inventaba o relatando hazañas que contaban los viajeros, pero sufría por dentro al verlo cada día más débil y demacrado. Se sentía muy sola en aquel gran palacio, a pesar de estar rodeada de lujos y de sirvientes. Además, no soportaba a su madrastra, aquella mujer fría y calculadora como una serpiente. Aunque su padre la adoraba, ella estaba segura de que esa harpía jamás lo había querido.

Cuando se sentía muy triste, Nut se recogía los cabellos en una trenza, se vestía con unos harapos que habían pertenecido a un sirviente y se manchaba las mejillas y antebrazos con un poco del kohl con el que se maquillaba los ojos. De esta forma podía recorrer las calles y el mercado con libertad, sin que nadie reparara en ella. Esas escapadas siempre le levantaban el ánimo y regresaba al palacio con ganas de contarle nuevas historias a su padre.

Sin embargo, cuando una tarde entró risueña en la habitación del faraón tras una de sus aventuras, le encontró más pálido que nunca. Acarició su mano y la notó fría. Se le partió el corazón al comprender que los ojos de su padre se habían cerrado para ir en busca de Anubis y que ella no había estado allí para desearle un buen viaje.

La madrastra empezó a dar órdenes para organizar el funeral del rey. Los ojos le brillaban al dar sus primeras disposiciones como monarca, liberada por fin de la sombra del faraón. Una vez iniciados los preparativos, fue a cambiarse de ropa para salir.

—Voy al Templo de Horus —dijo a su hijastra al cruzarse con ella—. Quiero pedir consejo a los dioses.

***

En el interior del templo reinaba el silencio. La reina de Egipto había llegado hacía unos minutos y había ordenado a los sacerdotes que la dejaran sola ante el dios Horus. Por supuesto, todos se apresuraron a obedecer y abandonaron el recinto.

De improviso, en el corredor que conducía a la biblioteca se produjo un destello de luz y una corriente repentina de aire agitó las flores que los fieles habían traído.

—¡Hemos llegado! —exclamó Hermione mientras guardaba el giratiempo en el bolsillo.
—Ssssshhhhh —pidió silencio Harry apartando la capa de invisibilidad que los cubría. Sus cuerpos se hicieron visibles en medio del corredor.

Ambos participaban en un torneo organizado por el Ministerio de Magia y se les había encomendado la misión de conseguir el Papiro de la serpiente de Isis. Según les habían indicado, el valioso papiro se encontraba en la Cámara de los Escritos, dentro de la biblioteca del Templo de Horus.

Emocionados por estar en el Antiguo Egipto comenzaron a avanzar hacia la biblioteca, pero se detuvieron al oír una voz de mujer. Harry murmuró el hechizo de traducción simultánea y, de inmediato, ambos pudieron comprender lo que la desconocida estaba diciendo. La observaron escondidos tras unas columnas.

—Gran Horus, dios del cielo, de la guerra y de la caza —decía la mujer, arrodillada ante la estatua del dios, representado con cuerpo de hombre y cabeza de halcón—. Ahora que el faraón ha muerto, ¿quién será la reina más grande de Egipto?
—La reina más grande de Egipto será tu hijastra Nut, hechicera —respondió una poderosa voz masculina reverberando entre las paredes del templo. La reina se incorporó, muy contrariada, y amenazó la estatua con sus uñas puntiagudas convertidas en garras.
—¡Tú me dijiste que si él moría yo sería la más poderosa de Egipto! ¡Por eso he absorbido su vida hasta terminar con él!
—Tu destino ha cambiado, hechicera.

La mujer gritó y clavó las garras en la estatua, pero el dios Horus no volvió a hablar. «¡Ella morirá!», proclamó la hechicera mientras avanzaba hacia la puerta.

—¡Harry! ¡Tenemos que hacer algo! —propuso Hermione, muy afectada por lo que había visto.
—Sabes que no podemos intervenir, está prohibido... —comentó Harry. No obstante, una sombra de duda cruzó su semblante.
—Creo que al presenciar esto ya hemos cambiado la historia, ¿verdad? ¿Tú serías capaz de marcharte sin haber ayudado a la princesa? ¡Esa bruja va a matarla!
—Está bien... Pero vayamos primero a por el papiro.

***

Cuando el sol ya declinaba sobre las dunas del desierto, tiñendo la arena de añil y púrpura, Harry y Hermione entraron en el palacio real cubiertos con la capa de invisibilidad. Comprendieron que habían llegado demasiado tarde cuando se cruzaron con algunos sirvientes que se apresuraban de aquí para allá. «La desgracia ha caído sobre esta casa, ¡que los dioses nos ayuden!», comentaban unos; «Anubis se ha llevado a la princesa para que el faraón no viaje solo hacia el más allá», decían otros.

Subieron hasta el primer piso atraídos por una repentina algarabía de voces y justo en ese momento estaban cortando la cabeza a una cobra real. Según decían, el ofidio se había metido bajo las sábanas de la cama de la princesa y la había mordido en una pierna. Los alumnos de Hogwarts entraron en la alcoba y distinguieron el cuerpo inerte de Nut tras la mosquitera que rodeaba el lecho. Sin embargo, un atisbo de esperanza brilló en sus ojos y Harry y Hermione se miraron a la vez.

—¡Tenemos el Papiro de la serpiente de Isis! —exclamó Hermione.
—Podríamos probarlo..., aunque no conocemos las consecuencias.
—Por favor, Harry —rogó la chica tomando las manos de su amigo.
—Con tantos muggles aquí, ahora no podemos hacerlo. Esperemos...   

Pasaron las horas y fue imposible estar a solas con la princesa. Las plañideras llegaron a medianoche y no se apartaron de la cama hasta que el cortejo fúnebre partió del palacio al día siguiente. Ignorando los consejos de los sacerdotes, la reina ordenó que los cuerpos del faraón y de su hija no se momificaran y que el doble funeral se llevase a cabo de inmediato. Su pérfida intención era impedir que la existencia de su esposo y de la hijastra se prolongara más allá de la muerte.

El cortejo fúnebre comenzó a avanzar al alba en dirección al Nilo. Los sarcófagos se transportaban sobre un catafalco con forma de barca, del cual tiraban dos bueyes. Harry y Hermione siguieron la comitiva bajo la capa de invisibilidad asombrados por poder contemplar con sus propios ojos un rito funerario del Antiguo Egipto. Llegaron al gran río y lo cruzaron con solemnidad, pues este ritual simbolizaba el paso del mundo de los vivos al mundo de los muertos. Poco después divisaron la pirámide del faraón, cuya construcción empezó tras su nacimiento, y los porteadores se prepararon para depositar los sarcófagos y el ajuar funerario en el interior.

Después de sellar la entrada, la comitiva se alejó para regresar al palacio, donde tendría lugar el banquete fúnebre. Al fin, Harry y Hermione pudieron liberarse de la capa que los hacía invisibles y se dispusieron a entrar en la tumba. Harry pronunció el hechizo abrepuertas y un haz de chispas surgió desde la punta de su varita. De inmediato, una sección del muro de piedra se fue abriendo hacia el interior mostrándoles un pasadizo que se extendía hacia las tinieblas. Los dos chicos entraron.

Contuvieron el aliento al llegar a la cámara mortuoria. Harry acercó la varita a unas lámparas de aceite y las sombras retrocedieron por las paredes de la estancia. Fue entonces cuando descubrieron a siete niños agazapados en un rincón; eran sirvientes del faraón y de su hija que habían sido enterrados con ellos para que continuaran atendiéndoles en el más allá. «Podéis salir, sois libres», les dijo Harry indicándoles el pasadizo. Los niños se arrodillaron a sus pies y luego se marcharon corriendo. 

Hermione se acercó a los imponentes sarcófagos y vio que el de la princesa tenía una tapa de cristal. Contempló su rostro sereno y su piel delicada, muy pálida en contraste con la cabellera oscura, y en ese instante reparó en todas las similitudes. «¡Es como en el cuento de Blancanieves!», murmuró.

—Pues ha llegado la hora de despertar a Blancanieves —respondió Harry. Extrajo el Papiro de la serpiente de Isis de entre sus ropas y comenzó a leer el conjuro que, supuestamente, servía para revivir a las víctimas de los ofidios.

***

Nut abrió los ojos. Se encontraba en un desierto desolador de arenas rojizas. Divisó unas figuras que avanzaban a lo lejos y se apresuró para alcanzarlas. No fue fácil, ya que tuvo que luchar contra el viento y la arena que se metía en los ojos, pero lo consiguió. Se sorprendió mucho al descubrir que una de esas personas era su padre.

—¿Dónde estamos, padre?
—Estamos muertos, hija.
—Entonces podremos seguir juntos.
—No. Los dioses tienen otros planes para ti. Perdona mi ceguera, ella me tenía hechizado —le dijo besándola en la frente—. Ahora debes regresar.
—¡Eso no es posible!
—Recuerda esto, hija: un rey debe ser sabio y justo, pero también duro cuando es necesario.

En ese momento Nut vio con horror que sus manos y brazos se desdibujaban, convirtiéndose en arena que el viento barría. «¡¡Padreeeeee!!», gritó.

***

Nut abrió los ojos al mismo tiempo que inspiraba una gran bocanada de aire. Descubrió que estaba en el interior de un sarcófago y lo recordó todo. Una mezcla de tristeza y de rabia llenó todo su ser, pero entonces reparó en los jóvenes magos extranjeros. Harry y Hermione levantaron la pesada tapa de cristal y la ayudaron a salir.

—Gracias —les dijo—. Os debo la vida. Pedid lo que deseéis y os lo concederé.
—Solo queremos volver a casa. Nos alegramos de que esté bien, alteza.
—Nunca había estado mejor —aseguró Nut.

***

Atenazada por un sueño inquieto, la hechicera agitaba la cabeza sobre la almohada. Un ruido cercano rompió el silencio que reinaba en el palacio y la durmiente despertó. Se encontró con la mirada encendida de su ahijada, que la miraba desde los pies de la cama. Sin embargo, aunque lo parecía, esa joven ya no era la misma. Percibió todo el poder de aquella criatura y sintió miedo.

Nut estiró un brazo y la señaló con un dedo acusador. Un haz de luz surgió entonces de su extremidad y fue creciendo, formando los contornos de una gigantesca serpiente. Aterrada, la hechicera se transformó en harpía, con la intención de escapar volando por el balcón, pero la serpiente de Isis fue más rápida y se enroscó alrededor de su cuerpo. A pesar de que la harpía agitaba sus alas con desesperación y hundía las garras en la piel del ofidio, no consiguió aflojar ni un milímetro el abrazo mortal.

—Nunca serás reina, querida madrastra. El inframundo te espera —dijo Nut.

Las costillas de la hechicera se rompieron y perforaron su negro corazón. Cuenta la leyenda que el mismo Anubis en forma de chacal dio buena cuenta de sus restos y que, desde entonces, cuando un aullido se escucha en la noche significa que una nueva alma impía ha sido arrastrada hasta el infierno.


– FIN –

Consigna: Deberás reescribir «Blancanieves». La trama debe transcurrir en el Antiguo Egipto. Y deberás incluir dos protagonistas de la saga «Harry Potter».


HÉROES BRUTOS Y POLÍTICAMENTE INCORRECTOS

Por Salvador Bayona Bou.

La princesa Ahmose detestaba a Tutmosis, pero ella deseaba ser la esposa principal del faraón y él… bueno él era alguien que le permitiría acceder al poder y manejar sus hilos. Le dio tres hijos. Especialmente hermosa era Hatshepsut, la de piel blanca como la nieve, que se convirtió en la principal candidata al trono las la muerte de su hermana. A nosotros, en realidad, eso nos importaba un rábano. Habíamos ido hasta allí o, mejor dicho, hasta entonces, únicamente atraídos por la fama de su espejo, uno de esos extraños objetos que son ventanas a la omnisciencia, objetos que contienen en sí mismos la imagen de todo el universo creado. Los muggles lo llamarían un Aleph, y seguro no sabrían qué hacer con él: o bien se dedicarían a perseguir los recuerdos de una antigua amante, o bien le preguntarían quién es la más hermosa del reino.
Hagrid me había convenció para hacer este viaje. Desde que descubrí el hechizo translatio nos lo pasamos bien él y yo lejos de las puritanas normas de Howarts, hablando con gentes de todas las lenguas, culturas y épocas. Nos hemos emborrachado con los vikingos, hemos saqueado Jerusalén y Roma, visitado los mejores burdeles de la Grecia clásica, y recopilado los mejores objetos mágicos de la historia de la humanidad, pero en este viaje traspasamos algunos límites que, tal vez, no debimos.
Hagrid y yo viajamos con el giratiempo mientras cabalgábamos a lomos de Buckbeak. Había sido idea de Hagrid traer al grifo, y a raíz de lo que sucedió fue la mejor de las elecciones posibles.
Tomamos tierra en una pequeña cantera al sudeste de Tebas. La atendían unos hombrecillos morenos y no muy altos. Debo decir que los egipcios de esa época no estaban especialmente desarrollados, de manera que apenas me llegaban al hombro, y eso que soy más bien bajito. A Hagrid le llegaban a sus partes nobles. En fin, que eran como enanos.
El grifo suscitó de inmediato su admiración, admiración que llegó al colmo del delirio cuando despedazó a dos de ellos y se los engulló en un santiamén como almuerzo. Después eructó ruidosamente, como sólo los grifos saben hacerlo, y se tumbó, relajado, en una posición muy parecida a la de la esfinge de Guiza. Los canteros que conservaban todos sus miembros se cagaron encima inmediatamente y se postraron clamando “¡Horus, Horus!”. Hagrid y yo hubiéramos querido salir de allí discretamente pero, claro, éramos un gigante y un tipo con gafas que acababan de llegar a lomos del dios del cielo, y también se arrastraron ante nosotros. La parte positiva es que no nos costó trabajo que nos llevaran ante la princesa Ahmose.
El plan era sencillo: embaucar a la princesa con un par de truquitos, conseguir acceso al espejo, darle el cambiazo, y salir por piernas. Lo habitual. Sin embargo no todo iba a ser tan sencillo.
Al anochecer llegamos a Tebas pero, por lo visto, nuestra fama había llegado mucho antes, ya que la comitiva fue creciendo en número conforme nos conducían al palacio real por las calles de la ciudad. No ocultaré que se nos había pasado por la cabeza la posibilidad de tomar el espejo por la fuerza, pero somos magos, no superhéroes invulnerables, de manera que preferimos conservar toda la sangre dentro de nuestros cuerpos y continuamos con el plan B.
Ya esperábamos que la princesa fuera un poco escéptica, pero las pruebas a las que fuimos sometidos por sus adivinos resultaron realmente fáciles de superar. La princesa tampoco se tomó demasiado en serio todos aquellos preparativos y de inmediato nos dio permiso para dirigirnos a ella. Supongo que el efecto de haber llegado a Egipto a lomos de uno de sus dioses allanó bastante el camino.
¡Oh, divina Ahmose!, venimos de las lejanas tierras de Albión, atraídos por la fama de tu hermosura y tu sabiduría, pues únicamente ella puede ayudarnos en este trance. No hay oráculo en el mundo que pueda responder a una simple cuestión que, sin embargo, es fundamental para los ritos de nuestro pueblo.
Por supuesto, la supuesta pregunta hubiera sido algo absolutamente baladí para cualquiera con una enciclopedia a mano, pero su finalidad no era obtener una respuesta, sino alcanzar a ver el espejo el tiempo suficiente y desde la distancia justa para poder lanzar el conjuro tocomochus.
La princesa meditó durante un buen rato, al cabo del cual nos sonrió con malicia. No sabía lo que íbamos a preguntar, pero ya entonces supe que tampoco le importaba. Se hizo traer un pequeño cofre y ordenó que todo el mundo, excepto su guardia personal, abandonara la sala. El cofre, no hay que decirlo, contenía el espejo, una pequeña plancha de plata bruñida que, cuando es frotada, emite unas vibraciones en las que puede reconocerse una voz humana, capaz de responder cualquier pregunta. Frotó el espejo delante de nosotros, pero no nos permitió acercarnos.
Dime, oh, espejo, si Ahmose llevará algún día la corona del faraón.
La hermosa Hatshepsut lo hará. Mientras ella viva Ahmose no alcanzará la corona.
Guardó de nuevo el espejo en el cofre y una pareja de soldados lo volvieron a llevar a los aposentos de la princesa.
Como veis, grandes magos, también yo necesito algo. Egipto necesita una mano firme que la gobierne, y esa ha de ser la mía. Propiciad mi suerte y yo propiciaré la vuestra. Os permitiré consultar mi espejo una vez.
Comprendimos, asentimos y nos retiramos con el compromiso de regresar pronto. Tan pronto como estuvimos fuera del palacio Hagrid y yo urdimos un nuevo plan. Somos bribones, pero no asesinos, de manera que planeamos cómo apartar momentáneamente a Hatshepsut de la circulación y engañar a la mala pécora de Ahmose.
Al día siguiente nos dirigimos hacia Luxor, en uno de cuyos palacios se refugiaba nuestro objetivo. Utilicé un poco de poción multijugos para disfrazarme de anciana sirvienta y le ofrecí unos dátiles drogados con escopolamina. Esto anularía su voluntad y podría llevármela sin escándalo ni violencia. Hatsepshut aceptó los dátiles y comió unos cuantos. Demasiados, a juzgar por lo que pasó después. Me acompañó, efectivamente, a las afueras de la ciudad, y allí se desplomó.
¿Cuánta escopolamina le has dado? –bramó Hagrid al verla.
¡Yo qué sé! Mi fuerte no son las pociones. Si querías pociones haberte traído a Hermione. Hemos de llevarla a la cantera, como habíamos planeado. ¿No es, acaso, lo que queríamos?
Los canteros enanos, de los que ya sólo quedaban siete, se mostraron obedientes a nuestras indicaciones: el secreto, y los cuidados que debían tener para con Hatshepsut. Les proporcionamos una solución de escopolamina que, convenientemente administrada, la mantendría dormida hasta nuestro regreso. La princesa, con una altura similar a la mía y un piel realmente lechosa debía ser para ellos una especie de semidiosa, a juzgar, al menos por la reverencia con la que se inclinaron al verla..
Nos marchamos confiados de regreso a Tebas, no sin haber tomado un poco de la merienda que Buckbeak, ahíto de carne de enano cantero, había dejado apartado. Se trataba, concretamente, de un corazón, que hicimos pasar por el de nuestra víctima. Con él no resultó difícil engañar a la princesa Ahmose para tener acceso al Aleph, formular nuestra pregunta, y reemplazarlo por otro similar, del que saldrían, eso sí, los acordes de Staying Alive, de los Bee Gees, al ser frotado de nuevo.
De regreso a la cantera encontramos un extraño silencio. Temí que Buckbeak se hubiera comido a los siete enanos que dejamos. Habían transcurrido dos días y los grifos son seres impredecibles cuando se les abre el apetito. Hagrid y yo ascendimos la colina sólo para comprobar que el animal dormía plácidamente, sin nuevos restos humanos a su alrededor. Todo estaba en silencio. Nos asomamos al interior de una de las cuevas donde se alojaban los canteros, de la que salía una débil luz. Habían depositado a Hatshepsut al fondo, en una especie de altar. Estaba completamente desnuda e inmóvil. Era realmente hermosa. Su piel blanca contrastaba con el color cetrino de los canteros que hacían cola a sus pies. Al menos seis de ellos. El séptimo se encontraba entre las piernas de la princesa, agitándose y sacudiendo su pálida e inerme carne con sus movimientos.
Yo no sabía qué hacer. La escena me atraía y repelía al mismo tiempo. Noté que Hagrid se movía, inquieto, y le miré en el momento en que acomodaba su entrepierna. Se incorporó lentamente y comenzó a desnudarse sin apartar los ojos de ella.
Su enorme, elefantiasíaco falo quedó a mi vista. Supe lo que iba a suceder.
¡Joder, Hagrid! No lo hagas. La vas a destrozar.
Me miró y en sus ojos extraviados reconocí un brillo animal que me aterrorizó. Caí en la cuenta entonces de que, cuando cabalgamos sobre el grifo, era yo quien lo hacía delante, por lo que tendría aquella monstruosidad a escasos centímetros de mi culo. Era mi culo, o la princesa. Le tocó a la princesa, de manera que callé prudentemente y bajé la mirada. Hagrid se dirigió lentamente hacia ella. Los canteros enanos miraron aquel monstruo y al gigante que era su propietario con una mezcla de terror y admiración y se apartaron de inmediato, tal vez considerando los mismos riesgos que yo había considerado. Buscaron aceites, ungieron el enorme falo como quien aplica óleos sagrados a una imagen divina y se aplicaron a su recién descubierta vocación de mamporreros.
Debo decir que la cosa comenzó con mayor suavidad de lo que yo había imaginado, pero pronto los movimientos de Hagrid tomaron velocidad hasta alcanzar dimensiones colosales. Tal era aquella potencia de la naturaleza que la tierra se contagió de la vibración  y alcanzó la categoría de temblor que amenazó en vencer el techo de la cueva, y la montaña entera, sobre nosotros.
El cuerpo blanco y blando de Hatshepsut se movía convulsamente, mantenido en vilo por las manazas y la fuerza de la erección de Hagrid, cuyos pulgares jugaban con los sonrosados y juveniles pezones. Y justo en el instante en que la naturaleza misma no podría soportar tamaña intensidad, la princesa abrió la boca y profirió un profundo grito, aún no sé si de placer, dolor o ambas cosas, pero que precipitó la respuesta de Hagrid, cuyos fluidos la rebosaron y resbalaron por el altar.
Hatshepsut despertó, sí, y se retorció durante horas en aquel lecho improvisado. Hagrid la cubrió con su capa y le acercó comida y bebida, pero no tengo claro que lo hiciera por remordimiento. Un poco después de mediodía uno de los carreteros que venían de Tebas trajo la noticia: la princesa Ahmose había muerto de un ataque, al descubrir que su espejo había desaparecido. Y eso que le dejé uno de los mejores temas de los Bee Gees. Como legítima heredera, pues, Hatshepsut no tardaría en acceder al trono.
Por la noche, mientras preparábamos las cosas para irnos, Hatsepshut se acercó a Hagrid. Le rogó que se quedara, pero ambos sabían que no era posible. Sin embargo, mi amigo, el crápula gigantón permaneció taciturno un buen rato..
Cabalgando sobre el grifo, de regreso al lugar donde haría funcionar el giratiempo, reflexioné sobre lo sucedido.
¿Sabes, Hagrid? Creo que esta vez nos hemos pasado. Deberíamos sentar la cabeza y dejar de hacer estas cosas.
Tienes razón, Harry –dijo él rascándose la entrepierna-, creo que esa princesita me ha pegado ladillas.

– FIN –

Consigna: Deberás reescribir «Blancanieves». La trama debe transcurrir en el Antiguo Egipto. Y deberás incluir dos protagonistas de la saga «Harry Potter».


lunes, 8 de octubre de 2018

EL ULTIMO VUELO DE AMELIA EARHART

Por Ernesto V. Salcedo.

            Cinco de Agosto de Mil Novecientos Treinta y Siete.
Con las primeras luces del alba, del que sé que es mi último día en la tierra, comienzo a escribir en estas pocas hojas inmaculadas que he encontrado entre mis viejos mapas, la que será mi postrera anotación en este improvisado cuaderno de bitácora, guardián de mis pensamientos. De todo lo que ha pasado y voy a narrar, la mayor víctima, y por quien más lo he sentido, ha sido, y será por siempre, Frederick. Mi enfermedad nos obligó a intentar salvarnos bajo el auspicio de un descabellado plan, que al final, como era de esperar, fracasó. Estoy convencida que, sin la disentería debilitándome a pasos agigantados, podríamos haber sobrevivido en esta isla hasta que nos hubieran encontrado, pero, el tiempo jugaba en nuestra contra y, sin la cantidad de agua potable que mi cuerpo necesitaba para recuperarse, mis días estaban contados. Nos lo jugamos todo a una carta y perdimos. Él cayó primero y ahora me toca a mí.
Mientras trazo estas líneas con pulso endeble, rememoro un pasado glorioso, repleto de éxitos que hablaran de mi durante años. Heroicos momentos que han llenado las páginas de los periódicos más importantes del mundo. Mi foto, portada de innumerables revistas, ha marcado tendencia. Pero la fama no fue nunca el acicate que me llevó al enfrentamiento con el mundo. Desde aquel día en que decidí volar en solitario y cruzar el Atlántico, mi vida quedó marcada a fuego lento por la aventura. Jamás me planteé que lo que hice fuera nada más que una batalla personal contra mis demonios interiores, contra ese espíritu indomable que ansiaba retos que pudieran acallar el grito interior de mi descontrolada alma. Y la incipiente aviación me ofreció lo que necesitaba.
Con tesón, y pasando muchos momentos difíciles, lo conseguí y a raíz de mis triunfos sé que, numerosas mujeres de todas las partes del globo, me tomaron como ejemplo a seguir. Vieron en mi a alguien que les ofrecía la posibilidad de lograr aquello que anhelaban en su interior, la convicción de un sueño alcanzado, el aliento embriagador con el que despertar esas mentes anestesiadas por una sociedad patriarcal que las mantenía aprisionadas y amedrentadas con corsés, estereotipos y absurdas normas de etiqueta aun victorianas. Un mundo de hombres que se sustenta en la máxima que, desde hace siglos, ha maniatado nuestras voluntades, corazones y almas sin piedad. Una mentira granítica que nos obliga a creer que lo que nos conviene saber y aceptar es el lugar que nos corresponde y que no es otro que permanecer sumisas bajo la protección de un hombre.
Tras superar tan ardua prueba volví a mi país como una amazona libre y entendí que, todas aquellas reflexiones que invadieron mi mente mientras me enfrentaba a un horizonte lejano y esquivo, a tormentas hercúleas o a momentos de desidia y derrota, debían traducirse en combustible de alto octanaje que hiciera arder y derrumbarse la jaula que mantenía encarceladas a muchas de mis iguales a lo largo y ancho del mundo. Y así fue como me convertí en una de las abanderadas de la causa más justa en la que nadie puede luchar hoy en día, la igualdad de la mujer. Pero si bien mis aventuras abrieron muchas puertas, me daba cuenta que nunca eran suficientes. Debía hacer algo grandioso y no sola. Entendí que debía mandar un mensaje a todos, sin excluir a nadie y por eso, cuando comprendí que solo un hito como dar la vuelta al mundo sería lo que elevaría mi voz por encima de la intolerancia que buscaba mi fracaso para mantener el régimen establecido, supe que debía hacerlo con un varón a mi lado, no porque no pudiera hacerlo en solitario, sino porque esta arcaica sociedad debía aprender que la humanidad solo podrá alcanzar las cotas para las que está destinada si hombres y mujeres unimos nuestras manos y espíritus.
Así fue como formamos un triunvirato a todas luces mágico. Mi fiel avión Lockheed, Frederick y yo. Sin temor, con el impulso que dan las alas de un propósito mayor que nosotros mismos, nos embarcamos en el viaje de nuestras vidas. Y todo iba a la perfección hasta que llegamos a Bandung. Allí se nos acabó la suerte y sellamos nuestro destino con las decisiones que tomamos. Tal vez podríamos habernos quedado allí y reconocido la derrota, pero jamás pasó por nuestras cabezas esa posibilidad. Seguimos adelante, no por nosotros mismos, sino por el ideal que nos guiaba. Teníamos que apurar las opciones aceptando que, si fracasábamos, sería nuestro fin, pero no teníamos dudas, nuestros actos serían leyenda y propósito de cambio.
Continuamos adelante sin miedo, pero la noche, la tormenta y la desorientación se conjugaron para lanzarnos al Pacífico, a lo que parecía una muerte segura. Pero no, con su aliento final, nuestro querido aeroplano, en un vuelo digno de un albatros, nos mantuvo en el aire el tiempo suficiente para hacernos llegar a las inmediaciones de la isla Nikumaro. El impacto fue brutal pero nuestro aparato nos dejó sanos y salvos en su playa. La alegría inicial se convirtió pronto en preocupación al darnos cuenta que este atolón era insuficiente para aguantar vivos hasta el rescate.
Los días pasaban y, aunque teníamos comida cazando tortugas y pescando peces, las reservas de agua, que trajimos con nosotros, disminuían con extrema rapidez y la isla no tenía agua bebible en toda su extensión. La sombra de la deshidratación acechaba, y más, estando enferma como estaba. Es por eso que decidimos utilizar los vacíos tanques de fuel como improvisada balsa e intentar llegar a Arariki, una isla a doscientos kilómetros al este, mucho más grande y con más posibilidades de amparo que Nikamoro. Nos lanzamos al océano, pero este no tardó en mostrarnos el grave error que habíamos cometido. Creímos que al ser ases del aire podríamos salir airosos de la batalla contra el impetuoso mar, pero las olas de diez metros que nos recibieron embravecidas no nos dieron ni una sola oportunidad. Frederick no tardó en ahogarse a escasos metros de mí. Vi horrorizada como era engullido en un abrazo terrible y frío. Yo, no sé cómo, pude volver al punto de partida ilesa, pero sin fuerzas.
Y así es como, al final, he terminado sola y agonizante, escribiendo un legado que estoy convencida que jamás llegará a nadie. No he encontrado un refugio para mi cuerpo salvo el abrigo de una sobresaliente piedra. El insaciable sol me está absorbiendo las pocas energías que me quedan y ya solo permanezco tumbada esperando el final. Sé que, cuando fallezca, que será más pronto que tarde, estas cuartillas yacerán bajo mi mano inerte hasta que el tiempo inmisericorde borre mi rastro y el viento, al quedar liberadas, se las lleve, si es que antes no quedan desechas por alguna tormenta tropical, esa que no tuvo la clemencia de venir a alimentarme cuando más la necesitaba. Aun así, no estoy triste, he escrito estas líneas por mí no por nadie más. Para todas las mujeres que en algún momento pensaron en mí como una guía, como un faro que las iluminaba a fin de encontrar la salida a sus oscuras vidas, les he dejado la historia de mi vida y no tengo duda que mi recuerdo infundirá valor a femeninos corazones durante décadas, llenándolos de confianza y orgullo de ser quienes son. Y también ruego que los hombres, inspirados por mis logros, vean a las mujeres, no solo como objetos de deseo o de ostentación sino como compañeras capaces y valientes.
Termino ya. Ahora dejaré el lápiz descansando en la ardiente arena y levantaré la vista al cielo azul por última vez. Me iré admirando al reino que tanto me dio y al que ofrecí mi vida con pasión y verdad. Adiós, mi verdadero amor.